EL CEREBRO DE LOS ROBOTS
Anselmo Vega Junquera
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Robert, el que fuera Director del Departamento de Comportamiento en Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc. tuvo un pequeño percance con la Jefa del Departamento de Robosicología de U.S. Robots. Ella era muy dominante y no aceptó una de sus sugerencias. Es más, a partir de ese día sus relaciones laborales fueron más tirantes. Roberts supuso que al término de su primer contrato de seis meses, no se lo renovarían.

¿Y entonces, qué haría? Porque su antiguo Departamento había sido cerrado y toda la División de Hombres Mecánicos desmantelada, como le había comentado Mr. Herbert en la última reunión que había tenido con él.

Aún le quedaba un mes, como mucho, en U.S. Robots. Tendría que aprovechar ese tiempo para intentar aprender más. Iría a ver otra vez a su amigo Jimmie, el químico que le había explicado lo de los cerebros positrónicos. Sí, eso haría.

Unos días después por fin se lo encontró en la cafetería. Quería que ese contacto pareciera casual.

—Hola, Jimmie, ¿Qué tal te va?

—Muy bien, Robert, ¿Y a ti?

—Perfectamente —mintió este—. Analizando conductas, que es lo mío.

—Por cierto —añadió—, el domingo voy de pesca al río. ¿Te animas?

Robert sabía que su amigo era aficionado a esto, ya que en un campeonato se habían conocido.

—¿A qué hora sales?

—Temprano, sobre las 7. ¿Paso por tu casa a buscarte?

—Ok... Sí, me vendrá bien un poco de relax... Últimamente tengo bastante trabajo...

—Pues mejor. Así te desconectas un poco de ello —convino Robert, para dejar zanjado ese asunto. Ya había conseguido lo principal.

A las ocho de la mañana del domingo ya habían lanzado los sedales y ajustada su tensión con los carretes. Era el momento de esperar a que los primeros peces picaran. Pero, como todo buen pescador, ellos sabían que tenían que tener paciencia.

—¿Y en qué estás trabajando ahora? —le preguntó Robert a su amigo, para entretener el tiempo.

—Pues estoy analizando los cristales de platino e iridio de los cerebros de los robots... No me cabe en la cabeza que no descubramos a qué se debe la anomalía de la cristalización en el sistema hexagonal.

—Ciertamente... eso es algo anómalo, por lo que me has contado... y alguna causa ha de tener.

—Sí, así es. Hasta ahora, lo que he descubierto es que en los vértices del cristal, hay muchas veces impurezas de cobre y níquel.

—¿Cómo es eso? —pregunto Robert

—Bueno, ocurre con frecuencia. Por ejemplo, muchos silicatos tienen impurezas de hierro.

—¿Y no se pueden quitar con un electroimán?

Jimmie se sonrió. Indiscutiblemente, la química no era lo fuerte de su amigo.

—Verás —le aclaró— eso que llamo impurezas son en realidad átomos que están compartiendo electrones. Así que con electroimanes, nada de nada...

—¡Ah! No sabía...

—Pues así es. Forman parte ya del cristal y no se pueden eliminar.

—¿Y eso es importante, en el caso de los cristales... robóticos?

—Mucho... porque también he descubierto que se forman aleatoriamente, en disposición especular.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues que, unas veces, el átomo de cobre está en un vértice de la derecha... y otras a la izquierda, sin que todavía haya descubierto una ley que así lo determine.

—¿Y qué resultado produce eso?

—Pues, como el cobre es más conductor... se forman sendas electrónicas a través de los cristales, de forma indeterminada pero constantes.

—¿Y esa indeterminación qué origina? —volvió a preguntar Roberts, que ya estaba adivinando una posibilidad sobre lo que tenía pensado.

—Pues... que esas redes o sendas electrónicas, tengan un principio de indeterminación. Ya no es necesariamente un camino fijo.

—¿O sea que se podrían producir algo similar a lo que llamamos pensamientos dubitativos?

—Bueno... No es que nuestros robots duden... Lo que quiero decir es que una vez establecida la... llamémosla red neuronal, en este caso cristalina... las trayectorias se mantienen ineludiblemente.

—¡Eureka! —exclamó Robert, para sí, sin dejar traslucir su emoción. Aquello ya era algo concreto y tenía visos de que podía funcionar, si se conseguía volver a construir esos cristales. Es decir, que todo consistía en la capacidad especular de ellos... Unas veces el recorrido electrónico iba hacia la derecha...y otras hacia la izquierda... o no iba. Y así, la red se ramificaba o se interrumpía y que al contar con miles de millones de cristales... producía otras tantas posibilidades, muchas más que el ordenador más potente.

—¡Hey... picó uno! —exclamó Jimmie, al sentir el tirón del sedal.

—Sí... Picó —contestó Robert, aunque no pensando precisamente en un pez.

A la noche y aunque estaba algo cansado, tomó un lápiz y un papel y comenzó a diseñar cómo podría ser una red neuronal, compuesta de cristales hexagonales, que cumplieran la condición aleatoria especular de la que le había hablado su amigo.

Primer caso, dos vértices de arriba, contiguos, de dos cristales, tienen cobre. Resultado, pasa la corriente. Es decir, es un si. Y sale por el vértice inferior. Segundo caso, un vértice de arriba no tiene cobre, y aunque el contiguo de otro cristal lo tenga, no pasa la corriente. Resultado, es un no. Y esto, de forma aleatoria, gracias a la propiedad de la cristalización del platino con impurezas en hexágonos especulares.

—¿Y cómo se determina que una senda electrónica lleva a una conclusión determinada? —se preguntó Robert, pues aquí estaba la posible aplicación de esto a un cerebro artificial.

—¡Ah! —se dijo— ¡El comportamiento! Sí, eso es... Al final de la red cristalina, se unen electrodos a los vértices que contienen iridio —a donde van a parar esas sendas eléctricas— y se conectan ya a los terminales, lo mismo que los axones de las últimas neuronas lo hacen a los nervios motores. Si está activo, mueve un dedo o un brazo mecánico, por ejemplo. Así que lo único que tienen que hacer los técnicos es determinar si ese electrodo tiene corriente o no, según convenga. ¡Muy ingenioso!

Ahora, lo que faltaba era construir esa red de cristales hexagonales... miles de millones de cristales con esa propiedad... No hacía falta que fueran de platino e iridio —pensó Robert, que no sabía mucho de química— ya que eso era parte de la patente de U.S. Robots. Lo importante es que, aleatoriamente, formaran pasos on/off y constituyeran una red. Luego, los técnicos utilizarían las sendas adecuadas.

Pero... ¿Cómo conseguir que se formaran esos cristales, si su amigo le había dicho que había sido una casualidad? ¿Habría otro modo? Él no era químico y no podía desarrollar ni siquiera un punto de partida. Para eso tenía que involucrar a su amigo... ¿Lo lograría? Tendría que verlo otra vez y sonsacarle la información, sin que se diera cuenta. Pero esta vez no lo invitaría a un día de pesca. Tendría que pensar en otra cosa... más comprometida, aunque le costara el puesto a Jimmie. Pero si eso ocurría, lo emplearía en su fábrica, de la que ya casi veía los letreros de neón con su nombre refulgiendo en la noche.

© Anselmo Vega Junquera, (1.403 palabras) Créditos