Diaño
Magín Méndez Sanguos
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La niebla que cubría el pueblo se estancaba en los pulmones sin que Berta pudiera hacer nada para evitarlo. La montaña gallega era predecible, siempre fría y siempre difícil. La espera se estaba haciendo eterna, su marido tenía que haber vuelto, la noche había caído como una losa. Una angustia malsana crecía y crecía en su interior.

Empujó la puerta de madera oscurecida por la humedad e intentó ver algo. Un ruido la sobresaltó pero en la dirección equivocada, giró la cabeza y apretó los diente. Dos luces simétricas y un sonido de motor poco engrasado se acercaban por la cuesta: el todoterreno de la guardia civil. Se ocultó tras un arbusto con un pequeño movimiento, lo suficiente para intentar pasar desapercibida pero no lo bastante como para levantar sus iras si era descubierta. Cuando pasó a su lado le pareció ver dos ojos rojos demoníacos, que escrutaban su puerta desde el asiento del conductor. La guerra había acabado hacía dos años, en el treinta y nueve, había dejado dolor, hambruna y muertos, y algo mucho peor, una capa de aceite que se extendía poco a poco, fascistas en puestos de poder e inútiles a montones con grandes varas de mando.

Entró de nuevo en la casa y alimentó el fuego de la lareira con un tronco grueso de carballo. Las piedras deformes del suelo atestiguaban una larga época de sufrimiento. La mano derecha le temblaba. Los miedos volvían. Poco después de su boda, hacía ya un decenio, habían comenzado los problemas con el vecino. Él pretendía mover los lindes de la finca en virtud de un acuerdo verbal con un abuelo suyo, su marido no lo había permitido, las discusiones se contaban por cientos. Ahora el peligro era real, se decía en el pueblo que un sobrino suyo tenía un cargo en el ayuntamiento, que conocía a los falangistas adecuados. Se oían historias. Militares que entraban por la noche y secuestraban a cualquiera, nadie decía nada, una purga asumida que quedaba muy lejos de la más civilizada vida en Santiago o en Pontevedra.

Berta agarró el rosario y comenzó la carrera entre los dedos, murmuraba los versos sin apenas mover los labios, una repetición de susurros inútiles. Un mugido desde el sótano la sobresaltó, la vaca se quejaba de la poca hierba de la última comida, rumiaba aire. La mujer limpió el sudor frío de su frente y retomó la plegaria.

Al día siguiente, después de agotar las fuerzas y no haber conseguido dormir nada, cogió su pequeño cesto de mimbre y puso en él todo el pan que le quedaba, las raciones de toda la semana. Echó a andar hacia la iglesia. Bajó por la calle principal presurosa y con la cabeza gacha.

—¡Bos días, Berta! ¿Onde vas? —gritó una señora desde un balcón.

La mujer no respondió y apretó el paso.

Golpeó la puerta de la residencia anexa a la iglesia. Cuatro golpes. Se oyeron ruidos y alguna blasfemia entre dientes. El padre Braulio aún estaba en cama. Al rato no le quedó más remedio que volver a llamar. Cinco golpes.

—¡Ya voy!

Apareció al fin el sacerdote con la cara avinagrada, vestía la sotana negra y se le distinguía el pelo revuelto bajo la boina, estaba acabando de colocar el alzacuellos. Al ver a Berta no escondió la cara de odio, no le gustaba levantarse antes de las once.

—Padre, necesito su ayuda —comenzó compungida en un castellano en el que le costaba expresarse.

—No son horas de molestarme. A Dios no le gusta esta soberbia, debería saberlo, vuelva a su casa y ya por la tarde, después de la misa...

Berta rompió a llorar.

El cura torció el gesto, molesto por la actitud de la mujer, aún así la hizo pasar con un gesto de desdén.

—A ver ¿Qué es tan importante como para molestar al siervo del señor?

—Mi marido no ha vuelto a casa anoche. Usted lo conoce, él no anda de bares, no tiene otras amigas, es un buen católico que siempre viene a la misa —balbuceó la mujer, y al mismo tiempo ofreció su cesto al religioso.

Don Braulio levantó la tela y no pudo ocultar un gesto de asco al ver aquel pan reseco y con manchas negras, se echó la mano a su oronda barriga, le dio un pequeño retortijón.

La mujer seguía lloriqueando, con el rostro oculto entre las manos.

—Manuel es un buen hombre, usted lo sabe. No falta nunca a misa, se confiesa cada semana y damos todo lo que podemos ahorrar para la iglesia.

El cura echó otro vistazo al cesto y se le ablandó el corazón, sabía que era lo que tenía la mujer para comer en mucho tiempo, se le pasó rápido y pensó en abrir su despensa y empezar el chorizo.

—Esta bien, mujer. Espérese ahí fuera, voy a coger las botas y vamos a buscarlo.

La extraña pareja se ganó un par de miradas inquisidoras mientras salían del pueblo por el camino del bosque. El día había amanecido despejado pero cuando más caminaban más se agolpaban negros nubarrones sobre sus cabezas.

—Siempre viene por allí —indicó Berta al religioso, señalando una senda que atravesaba un monte de arbustos frondosos y árboles salteados entre riscos, tojos y malas hierbas.

Don Braulio escupió y no pudo reprimir un gesto de hastío. Ella hizo como que no lo veía y echó a andar. El cura la siguió desganado, y tras dos pasos, recordó las historias que había oído la semana anterior. Un hombre asustado en el confesionario le había contado historias increíbles, seres sobrenaturales, meigas e bruxas, en el pueblo lo llamaban: O Diaño. Aquel individuo estaba muy nervioso, había tenido la desfachatez de dirigirse a él en gallego. Le habló de este monte, sucesos extraños, luces en la noche, desvaríos. Lo mandó para casa con tres padrenuestros, sabía que había acabado gastándose la paga en el bar. Lo intentó, pero no pudo recordar exactamente la historia que le había narrado, demasiado vino él también aquella mañana.

Tras casi una hora de camino aún no se habían cruzado con nadie y la ruta se hacía cada vez más oscura y pedregosa. La mujer esquivó de un salto una enorme bosta plagada de gigantescas moscas. El cura observaba el cielo sudoroso, entre jadeos, esperando una señal más intensa de mal tiempo para tener una excusa para volver a la tranquilidad de su cama. Las espinas de las silvas arañaban sus tobillos blanquecinos.

—Espera, vamos a sentarnos un momento —comentó Don Braulio al ver dos grandes piedras cubiertas de musgo.

La mujer permaneció de pie mientras el hombre recobraba el aliento y aflojaba un poco el cinturón de la sotana.

—¿Cree usted que le ha pasado algo malo? —preguntó Berta.

El cura apretó la boca con indiferencia.

—Quizá le han confundido con un rojo, y le han pegado un tiro, y está en alguna cuneta...

Berta se puso blanca y luego colorada, al borde del llanto.

¡Nosotros no somos nadie, no sabemos nada de política! —respondió con los ojos cerrados.

Un grito surgió de los matorrales. Un idioma que ninguno entendía pero que exigía atención. Tres hombres aparecieron de la nada armados con fusiles apuntando a los dos lugareños. La mujer apretó los dientes e hizo ademán de salir corriendo. Las piernas no le respondieron y se quedó clavada en el sitio. El religioso levantó las manos con cara de terror, estaba observando los uniformes militares, las gorras y las insignias, ya las había visto antes, en Madrid, el año final de sus estudios en el seminario. El negro, las cruces y las calaveras ¿Alemanes allí? ¿SS?

Sin mediar palabra, los soldados se acercaron y miraron a la extraña pareja con detenimiento. El de más graduación se fijó en el religioso y escupió en la bota del cura con una sonrisa en el rostro.

—Soy... soy de los vuestros —comenzó Don Braulio levantando el brazo muy despacio y ejecutando el saludo fascista—. No me matéis, por favor.

Uno de los nazis señaló con el cañón a la mujer que seguía desafiando con la mirada.

—Ella no es nadie, una pobre campesina, no os dará problemas, pero como queráis, Dios os perdonará si tenéis que matarla.

Berta cambió el gesto hacia los militares por una mirada de odio hacia el religioso, deseó tener allí su legón para hundirlo en su cráneo. Se santiguó ante tan blasfemos pensamientos.

Los ataron y los condujeron a través de la espesura, por un camino oculto entre los helechos. Uno de los alemanes conducía al grupo y otro lo cerraba. El cura avanzaba atropelladamente pisando bellotas y pequeñas ramas, con los ojos de la mujer clavados en la nuca. Llegaron a la falda de la montaña. Tras unas ramas apoyadas en la ladera se escondía una grieta con el espacio justo para un hombre. Los hicieron entrar a empujones.

A pocos metros había una puerta de madera incrustada en la roca. Una gran llave entró en la cerradura por el otro lado y pronto se abrió. Otro soldado alemán de rostro agrio apuntó una linterna hacia los rostros y luego les permitió el paso. Una cortina negra tras la entrada escondía la potente luz que iluminaba el interior, unas lámparas de carburo alargadas y extrañas.

Las paredes de hormigón eran algo nuevo para Berta. Dos veces había ido a la ciudad pero no se había acercado a ningún edificio moderno. Solo el hospital, de grandes piedras ajadas con los años. Tuvo la tentación de tocar aquellos muros tan lisos. Los metieron en un elevador y descendieron un piso. Al abrir la rejilla salieron a una zona más oscura, un pasillo sucio y habitaciones con barrotes. Se cruzaron con un hombre de bata blanca y barba, andaba con prisa y llevaba un montón de papeles desordenados bajo el brazo. Ni los miró. Apareció un joven soldado que señaló a su izquierda, los invitó a pasar con la culata y cerró la puerta de la celda con un golpe seco. Berta y Don Braulio se miraron dejando a un lado sus diferencias ante la presencia del miedo.

Un ruido los sobresaltó, un hombre dormitaba en un camastro tras ellos. Tenía el aspecto de un náufrago en una isla desierta, con barba y pelo ensortijados que le llegaban hasta la mitad del pecho. Se giró y se incorporó al darse cuenta de que habían llegado nuevos compañeros. Berta lo miró, y después ahogó un grito y se desmayó.

Tardó unos veinte minutos en recuperar la consciencia. Unos ojos marrones y profundos la miraban. Desde el suelo rompió a llorar y abrazó a su marido. Don Braulio contemplaba la escena agarrado a los barrotes.

—Acouga amor, senta.

Manuel la ayudó a rehacerse y la sentó en el suelo, con la espalda en la pared.

—Sí, tranquila Berta —indicó el sacerdote— ¿Qué sabes Manuel? ¿Qué haces con esas pintas? pareces un bandolero.

—No lo sé bien. Algo me ha pasado. Se lo contaré Don Braulio, a ver si un hombre de Dios le encuentra sentido, yo no soy capaz de entenderlo.

Sonaban botas y carreras en el piso de arriba salteadas con algún grito ininteligible de cuando en cuando. Había mucho movimiento.

—Yo volvía de A Pomba —comenzó Manuel— detrás de la fraga, es la finca en donde cuido las ovejas. Venía atravesando el paso de Castiñeiros, se estaba haciendo de noche. Y entonces, sin más, desaparecí. Con una luz deslumbrante abrí los ojos y ya no estaba allí. Cuando pude ver a mi alrededor reconocí el río. Al otro lado del monte. En lo que fue un instante había recorrido una gran distancia. No me sostenían las piernas, de rodillas recé, Don Braulio. Me encomendé a la Virgen. Grité tan fuerte como pude. Deambulé por el bosque arrastrándome, notando dolor en las piernas, una señal de que estaba vivo. Poco más tarde aparecieron esos soldados y me trajeron aquí a rastras. Sé que Dios estuvo conmigo, podían haberme pegado un tiro allí mismo. Cuando me toqué la cara descubrí que mi pelo había crecido como si no lo hubiera cuidado en meses, mis uñas no me dejaban ni juntar las manos para pedir perdón a Dios ¿Conoce lo que le digo, padre? ¿Está en la biblia? ¡Por favor, respóndame!

—Si dices la verdad es cosa de demonios. No cabe duda.

—Ayúdeme, ¿qué debo hacer?

Un hombre sudoroso apareció tras la esquina lívido.

—¡Ustedes! acérquense aquí —gritó en un perfecto castellano.

Los tres cautivos se aproximaron temerosos a la puerta de hierro.

—Se están marchando. En unos minutos no quedará nadie aquí, y están colocando cargas explosivas, la montaña se hundirá, no dejarán ni rastro.

—¡Pero por Dios bendito! —se santiguó el religioso.

—Prepárense para huir, intentaré sacarles de aquí —sin acabar la frase el extraño individuo echó a correr hacia una garita al fondo del pasillo.

Volvió al poco rato con un manojo de llaves de hierro y comenzó a probar una tras otra. Eran veinte llaves de complicado manejo.

—Dese prisa, por favor... buen hombre —comentó Don Braulio temblando—. Ya hace un rato que no se escuchan ruidos arriba.

El buen samaritano metía y sacaba llaves sin cesar.

—¿Qué es lo que hacen aquí? —le preguntó Manuel.

—Buscaban una cosa.

—¿El qué? —preguntó la mujer, y los tres levantaron la vista con temor.

—Una discontinuidad.

—¿Cómo dices?

—¿Han oído hablar de un judío llamado Albert Einstein?

Los presos negaron con la cabeza.

El hombre continuaba su trajín de pruebas con las llaves, ya había consumido la mitad del manojo. Los ruidos habían dejado paso a un silencio estremecedor.

—Una grieta, una alteración del espacio-tiempo. Seguro que han odio hablar do diaño do monte.

—Un cuento para asustar a los niños.

—Sí, pero los alemanes piensan que en esta zona hay algo más que seres fantásticos... o pensaban, ahora se van con las manos vacías, no han encontrado nada y los llaman a otra localización.

La llave giró y la puerta cedió con un chirrido.

Demasiado tarde. Las bombas detonaron. Berta y Manuel se fundieron en un abrazo y cientos de toneladas de tierra, roca y escombros cayeron sobre sus cabezas.

* * *

Y despertó. Con las pestañas engarzadas, Manuel se incorporó en medio del bosque, se tocó la barba y miró al cielo. Oyó crujir unas ramas y le pareció escuchar voces en alemán, un déjà vu. Sintió que era algo malo, que debía alejarse. Corrió y corrió.

Al final del camino vio que venían dos figuras a lo lejos. Una de ellas con sotana y la otra una mujer delgada. Los reconoció de inmediato y fue a su encuentro con lágrimas en los ojos.

—O Diaño —balbuceaba ante una sorprendida Berta.

© Magín Méndez Sanguos, (2.723 palabras) Créditos