LOS MUNDOS INFINITOS
José Luis Loperena
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—Saludos, Ísquime. Se requiere tu presencia de inmediato.

El grupo liderado por Ísquime se encontraba en una posición de ventaja. Habían resuelto cuatro de las siete propuestas sin ningún error, y eso les daba tiempo y ciclos suficientes para terminar el experimento sin prisas. Y justo ahora, cuando más compenetrados se sentían y mejor fluían las ideas, llegaba ese mensaje. Y además, ¿quién lo enviaba?

—Saludos, mensajero. ¿Quién me reclama?

—El remitente es privado, solo tú puedes saberlo. Pido disculpas a los demás.

—Disculpas aceptadas —dijo el resto del grupo con una sola voz—. ¿No pueden esperar? Estamos a punto de resolver un problema complejo.

—No importa —dijo Ísquime—, seguro que podéis seguir sin mí. Ya habíamos avanzado bastante.

Eso era cierto. Los flujos cuánticos trazaban una parábola perfecta y alrededor del conjunto de bosones la gravedad se había invertido. Podían analizar los resultados sin Ísquime, de momento.

—Te avisaremos de las novedades cuando regreses —dijo el grupo, que dejó que la mente de Ísquime se escindiera.

Cuando la líder se hubo aislado pudo percibir con más claridad al remitente del mensaje. Llegaba desde la Autoridad Exterior. Ísquime accedió a sus bancos de memoria: nunca la había convocado una instancia tan importante. Luego accedió a la memoria de su grupo, de su sistema, de sus ancestros y de los sistemas de éstos. No había precedentes. Ísquime se sintió inquieta, pero tenía la conciencia tranquila. No había contravenido ninguna directriz.

—No temas, Ísquime —le dijo el mensajero, que leía sus procesos mentales en todo momento—. No me consta que esta convocatoria sea por un hecho reprobable. Te buscan por tu experiencia diplomática. O esos son los datos que se han colado en la orden. No debería haberlos visto, pero no he podido resistirme.

Intentando contener una sensación de vértigo, Ísquime dejó que el mensajero le introdujera en el sistema de la Autoridad Exterior. Su mente no había estado nunca tan lejos.

Me lleva tan lejos, y al mismo tiempo tan cerca, pensó la mente femenina, e intentó imaginar su cuerpo; intentó concebir el sentido del tacto, el olfato, la materia. Decidió compartir su inquietud con el mensajero.

—Nunca había estado en ese nivel, mensajero. He oído que los miembros de la Autoridad Exterior son los que más relación tienen con el Mundo Original.

—Así es, Ísquime. Ellos son los que se relacionan con la parte material de todos vosotros. Muy pocas mentes procedentes de humanos pasan por allí.

—¿Tú has estado en el Mundo Original?

—No podría. Al ser una entidad sin cuerpo, carezco de la capacidad de sentir a través de vuestro cerebro. Para mí todo ese mundo es un concepto inabarcable.

Ísquime pensó que para ella también. Jamás había visto su cuerpo, aquel en el que una vez había nacido la mente que era ella, y que se conservaba en algún lugar físico, hecho de materia impenetrable. ¿Cómo sería algo impenetrable? Aunque tenía noción de los sentidos físicos, pues debían aprender obligatoriamente sus orígenes, Ísquime jamás había caminado, respirado conscientemente, ni percibido nada a través de sus ojos o sus oídos. Llegar al nivel de la Autoridad Exterior, donde solo le separaría una fina capa de datos de su realidad material, le sobrecogía.

—¿Y qué querrán de mí?

El viaje se prolongó más de lo que ella esperaba, pero el mensajero no le dio una respuesta. Atravesaron niveles de mundos que ya estaban olvidados. Millones de capas de datos de otros tantos pasados, algunos fructíferos, otros fallidos, todos superados.

Cuando al fin se detuvieron en un lugar casi vacío de información, se presentaron ante ella tres entidades. Eran sabias, viejas. Enigmáticas. Como si todo lo que sabían fuera un secreto, más por antiguo que por peligroso. Observaban con una intensidad sobrecogedora.

—Alivia tus preocupaciones, Ísquime. Te hemos llamado para hacerte una propuesta que sabemos que te alegrará. Hemos observado tus avances con el grupo de investigación; vais muy bien.

—Gracias.

Ísquime no sabía con quién estaba hablando, a pesar de que ellos parecían saberlo todo sobre ella.

—Ísquime, somos la Autoridad Exterior —dijeron, como si le estuvieran leyendo el pensamiento, algo que, supo entonces, realmente ocurría—. Nosotros tres coordinamos las relaciones entre el mundo material y los infinitos mundos que poblamos.

Junto a las palabras, Ísquime recibió toda la información que necesitaba para comprender la labor que desarrollaban aquellas entidades. Como ella, las tres eran humanas, e imaginó sus cuerpos, dormidos en algún lugar oculto del mundo material, y por primera le inundó una sensación física. Era calor. Ísquime quiso saber sobre su propio cuerpo, y la información le fue proporcionada. Sintió por primera vez lo que significaba estar dentro de un mundo cuatridimensional. De alguna manera, la sensación de flotar en un líquido conservante, de sentirse vulnerable, frágil en su consistencia, no le resultó tan extraña como esperaba.

Pero las mentes de la Autoridad Exterior seguían dando explicaciones.

—Ísquime, te hemos convocado porque tienes una gran habilidad para empatizar con otras inteligencias. Sabes comprender el carácter de los otros, amoldándote a ellos, pero sin perder la autoridad. Por eso tu grupo de investigación avanza tan rápido. Observar tu capacidad de liderazgo y tu inteligencia social nos proporciona un gran placer.

—Muchas gracias, Autoridades. Para mí, es una labor igual de placentera.

—Eso es algo notorio. Bien, ese es el motivo por el que has sido elegida. Si aceptas unirte a esta misión, deberás poner en práctica todas esas habilidades.

—Me gustaría saber de qué se trata. No logro imaginarlo.

Pero Ísquime ya lo estaba sospechando. Tan cerca del mundo material, reclamada por sus habilidades diplomáticas...

—Vas bien encaminada —le dijeron—. Algo o alguien inesperado ha aparecido en el mundo físico. Se trata de algo dotado de inteligencia, pero no sabemos nada más.

Le revelaron los detalles: en el mundo material existían los días y las noches, y tres días antes había aparecido de manera espontánea una esfera en la órbita de la Tierra.

—Apareció en un instante, no fue un proceso gradual. Le acompañaba una gran cantidad de energía, que se disolvió en el espacio, dejando a la forma esférica brillando en el cielo.

Ísquime descubrió los conceptos de brillar y cielo y comprendió la extraña riqueza del mundo material. A pesar de haberlo sentido antes, durante el período de formación, estaba asombrada por lo diferente que era todo, tan rígido, tan obtuso. Observó, en su mente, el cielo de la Tierra, el viejo cielo que había cobijado millones de años de vida biológica y aún seguía haciéndolo, ahora sin la presencia de seres humanos que la hollaran. Vio nubes y las comprendió, y lo mismo ocurrió con el Sol y la Luna. Luego observó la pequeña esfera a la que se refería la Autoridad Exterior. En el cielo azul, destacaba como un pequeño punto blanco, brillante, tan pequeña vista desde la superficie de la Tierra que casi pasaba desapercibida.

—Ahí está —la Autoridad Exterior compartía la visión con Ísquime—. Un objeto inexplicable en un lugar imposible. Es una esfera de un material sintético, elaborado con productos que bien pueden haber salido de la propia Tierra. No emite señales de ningún tipo que nosotros conozcamos, pero ha cambiado su órbita de manera antinatural, lo que indica que algo la controla. O quizás se controla a sí misma. ¿Te interesa seguir participando en este enigma, Ísquime?

—Por supuesto.

—Ten presente que si lo haces, ya no tendrás posibilidad de retirarte. Si embarcas en este proyecto, deberás habitar tu cuerpo físico e interactuar en el mundo biológico. No podrás volver hasta que no hayamos solucionado los problemas que se puedan presentar.

Ísquime sintió una impresión muy cercana al miedo.

—Pero si habito mi cuerpo, no veo la forma de relacionarme con esa esfera. Está orbitando el planeta.

—Aún no lo sabes todo, Ísquime. Algo ha salido de esa esfera y está en la superficie de la Tierra.

—¿Cómo? ¿Dónde?

—Ha ocurrido poco antes de convocarte, no lejos de donde están los depósitos de nuestros cuerpos humanos.

De nuevo, a Ísquime le llegó información que necesitaba: minutos después de aparecer la esfera en la órbita de la Tierra, se originó una nueva explosión de energía, procedente de su interior, aunque aparentemente sin consecuencias en ella. Pero en ese instante apareció otra esfera, de un tamaño mucho menor y de color oscuro, en la superficie de la Tierra. Lo hizo a poca distancia de la orilla de la costa de Nueva York, en el lugar llamado Long Island. De ella surgió una figura humana, con la apariencia de una mujer de unos mil años de antigüedad. La figura se lanzó al mar, nadó hasta la orilla y comenzó a caminar hacia las ruinas boscosas de la antigua ciudad. La esfera oscura de la que salió, que por su tamaño no podría haber albergado a dos o tres seres más como ella, permaneció flotando, aparentemente a la espera de su regreso.

—Eso ha ocurrido hace veinte minutos. Ahora la mujer sigue caminando entre las calles.

—No parece muy estable —dijo Ísquime—. Es como si estuviera débil, o enferma.

La mujer, efectivamente, parecía en un estado poco saludable. Tras nadar hasta la orilla, lo que le llevó un buen rato, comenzó a caminar despacio por los senderos llenos de vegetación. Pocos siglos antes habían sido carreteras y sobre ellas había viajado el hombre, cuando su mente aún estaba encerrada en un cuerpo, cuando se estropeaban, enfermaban, envejecían y morían, sufrían dolor y placer físicos; luchaban por sobrevivir encerrados entre vísceras e impulsos bioquímicos. Ísquime y los tres entes de la Autoridad Exterior observaban a la mujer caminando, llegando a las primeras edificaciones en ruinas, dándose cuenta de que se trataba de alguien que no podía haber llegado hasta allí, hasta el tiempo en el que vivir en un cuerpo era cosa de animales.

—Su fisonomía coincide con los humanos de hace mil o mil doscientos años, aproximadamente —dijo una de las entidades de la Autoridad Exterior—. Pero es una apariencia engañosa. La vestimenta que la recubre no es de esa época, ni de ninguna que conozcamos. Aunque tenga el aspecto de una tela ajustada, es un tejido vivo, independiente de su cuerpo pero sincronizado con su cerebro. En la época de la que parece proceder no existía esa tecnología tan avanzada. Y a pesar de parecer desvalida, tiene un corazón robusto, una musculatura bien desarrollada y el pelo y las uñas parecen fuertes.

—¿Cómo sabemos todo eso? —preguntó Ísquime—.

—Nosotros estudiamos la superficie de la Tierra. Mientras las inteligencias que vivimos en los mundos no-físicos necesitemos de una base material para existir, como es nuestro cuerpo en el caso de los humanos, o los bancos de datos en el caso de las demás inteligencias, dependemos de que el planeta Tierra permanezca estable y sano. Aunque no nos demos cuenta, vivimos en él, y nosotros procuramos que siga siendo así durante mucho tiempo. Tenemos sensores repartidos por su geografía, y sabemos todo lo que le ocurre. Estudiamos su vida orgánica, su clima y sus alrededores en el espacio, y modificamos, si hace falta, lo que podemos.

A Ísquime le pareció una labor apasionante. ¿Por qué nunca se había interesado por ella? Pero decidió postergar esa nueva vocación para más adelante. Le habían pedido ayuda, y aún no tenía claros los motivos.

—¿Qué queréis de mí exactamente? —preguntó— ¿Acaso no tenéis ya los medios suficientes para saberlo todo sobre esa mujer?

—Evidentemente, no. Podemos saberlo todo menos su historia. No sabemos cómo ha llegado hasta aquí, ni ella ni la esfera de la que procede, ni de dónde han salido, ni cuáles son sus intenciones. Además de la curiosidad, nos mueve nuestro deber de protegernos. Si la dejamos actuar, puede que no podamos detenerla, si se hiciera necesario, hasta que sea demasiado tarde. Alguien debe estar con ella para obtener información.

—Y ese alguien soy yo.

—Ella es mujer, y tú naciste con ese mismo sexo. El aspecto de tu cuerpo, conservado cerca de donde ella está en estos momentos, no difiere mucho del suyo, aunque tu pelo y tu piel sean más oscuras. Aparentáis edades parecidas. Tú tienes la flexibilidad y empatía necesarias para hablar y entenderte con ella. Y además tu cuerpo está depositado en las inmediaciones. No puede ser otra la que contacte con nuestra visitante.

—Entonces, ¿voy a meterme en mi cuerpo?

Ísquime había imaginado ese momento bastantes veces. Algo que la mayoría de los habitantes de los mundos no-físicos apenas se planteaban, pero que ella consideraba que debería ser obligatorio para los que procedían de un cuerpo humano. Nadie debía olvidar sus orígenes, conocer los porqués de sus virtudes y debilidades. Sin embargo, esa idea había sido solo un argumento para sostener en tertulias y debates, pero nunca una tesis tan importante como para llevarla a cabo.

—Vamos a transferirte a tu cuerpo en este momento, Ísquime. Estarás sola: al desconectarte, perderás cualquier posibilidad de hablar con nosotros. No podremos consensuar decisiones que haya que tomar sobre la marcha, ni aconsejarte sobre tu proceder. Pero creemos que esta es una misión que debes asumir tú. Tu objetivo es averiguar qué quiere esa mujer y, si necesita ayuda, valorar cómo podemos hacerlo sin comprometer nuestra seguridad. Encontraremos la manera de comunicarnos a través de algún dispositivo que esté por los alrededores.

Ísquime estaba pensando que tantas precauciones y recelos resultaban excesivos para tenerlos con una mujer de aspecto tan poco amenazador, pero fue un pensamiento que no compartió con nadie. Quizás existieran motivos para ser tan cautos. Aún no sabían qué había dentro de la esfera blanca aparecida en la órbita de la Tierra, o si esa mujer era realmente lo que parecía.

—Está bien, hablaré con ella. Espero poder desenvolverme adecuadamente dentro de un cuerpo. Nunca lo he hecho antes.

—Te sorprenderá lo fácil que resulta ser como realmente somos, Ísquime. La vida en nuestra realidad no es más que una imitación mejorada de la que tendríamos si viviéramos dentro de un cuerpo. Se parece mucho a vivir en las capas antiguas, las primeras en las que habitamos.

—Esas capas las estudié hace mucho, espero recordarlo.

—Lo recordarás. De hecho, ya estás en una simulación de espacio y tiempo como el de la realidad física. Este lugar tiene dimensiones perceptibles por los sentidos, ¿no lo notas?

La Autoridad Exterior tenía razón. La realidad que habitaba Ísquime se había estado transformando, y ahora la rodeaba, existiendo una frontera entre ella y lo que había fuera de ella. Incluso las mentes que conformaban la Autoridad Exterior estaban definidas, y se presentaban como tres figuras humanas luminosas, etéreas pero materiales.

—¿Pero ya estamos en el mundo físico? —quiso saber Ísquime—.

—No, pero tú pronto estarás. Tu cuerpo ha salido del sueño y está esperando que deshagamos el vínculo con el mundo no-físico. Prepárate. Despertarás en una sala donde hay más cuerpos como el tuyo, durmientes. Deberás seguir las indicaciones que se muestren en la pared, que te llevarán hasta una plataforma que te subirá hasta la superficie. Una vez allí aparecerás en el interior de un edificio situado en la ciudad de Nueva York. Todo indica que la mujer se dirige hacia allí, así que posiblemente bastará con que la esperes. Mientras tanto, podrás adaptarte al movimiento, la respiración y el uso de los sentidos. Procura que el encuentro sea lo más tranquilizador posible para ella. Lleva caminando por las calles bastante tiempo, y parece que la visión de una ciudad abandonada por los hombres y tomada por la naturaleza y los animales le tiene desconcertada.

Cuando la Autoridad Exterior dejó de hablar, Ísquime abrió los ojos. Los verdaderos.

El sentido de la vista. Esto son las paredes... no, las paredes eran lisas. Esto es una hilera de cubículos, y dentro de cada uno hay un cuerpo. Están frente a mí. Y yo...

Ísquime alzó los brazos, mirándose las manos, moviendo los dedos.

Y yo soy esto.

Juntó las manos. El sentido del tacto. Y de pronto se asustó. ¿Y debo respirar? ¿Cómo se respira? ¡Sin aire puedo morir!. Al tener esos pensamientos, se escuchó jadear, y supo que eso mismo era la respiración. Claro, ese es un acto reflejo. Mi cuerpo ha estado respirando siempre. Y yo he escuchado cómo lo hace. Eso es el sentido del oído.

Minutos después, un poco más adaptada, Ísquime caminaba despacio por un pasillo, siguiendo una línea verde que se había iluminado y la guiaba por un lugar de paredes blancas y espacios, a su juicio, algo estrechos. Apoyaba la mano en la pared en cada paso, aún insegura, pero se daba cuenta con satisfacción de que aprendía con rapidez. No es aprender, en realidad es recordar, pensó, lo que todos los que me precedieron han hecho, durante millones de años..

La línea verde la llevó hasta una habitación donde se almacenaba ropa. Supo entonces que estaba desnuda, y que los temblores que padecía no eran más que frío, y que esa era otra de las sensaciones que debía recordar. Cubrió su piel con un traje ajustado, parecido al que viera en la mujer con la que iba a encontrarse, de aspecto fino y elástico pero abrigado y cómodo. Se sintió así más protegida, y al entrar en calor su mente se aclaró bastante.

Mis pensamientos son los mismos. De hecho, en realidad mi mente nunca ha salido de este cerebro. Es mi procesador, mi base, y desde ella he vivido todas mis experiencias. Lo único que he hecho ha sido desconectarme de la información que me llegaba para aparentar que estaba allí, en los Mundos Infinitos, pero mi verdadero mundo siempre ha sido este. Y el de todos los demás, incluidas las inteligencias no humanas, pues ellas también tienen una base física donde deben existir que se encuentra en este mundo físico..

La línea verde se había interrumpido en una pared, y al cuerpo de mujer joven le costó varios intentos acertar con el botón luminoso que se encendía intermitentemente en la pared. Tuvo que cogerse una mano con la otra para dirigir los dedos hasta el lugar correcto, y cuando finalmente lo consiguió, la pared se desplazó hacia los lados. Ísquime se escuchó a sí misma gritando: al otro lado de la puerta se encontró de frente con una mujer, y ambas, al verse, dieron un salto hacia atrás asustadas. Ísquime cayó al suelo, pero antes de levantarse comprobó que la figura que se había encontrado había desaparecido. ¿Cómo era posible? Se incorporó con precaución, volviendo a encontrar el equilibrio que tanto le había costado controlar al salir de su cubículo, y al hacerlo comprobó que aquella mujer estaba haciendo los mismo. Se quedó observándola, y un retazo de memoria, de algo que había visto en algún lugar, hacía mucho tiempo, le iluminó de pronto. Esa pequeña habitación era un elevador y la figura que estaba dentro era ella misma, reflejada en un espejo. Ísquime sonrió, descubriendo sus dientes blancos en su propia imagen. Al hacerlo, al verse la cara, las orejas, los ojos y las cejas, los hombros rectos y los brazos largos, comprendió que ella era un simio, un animal como los que ahora campaban tranquilos por la Tierra, luchando por sus vidas y su alimento, y eso la impresionó bastante. Estaba a punto de encontrarse con alguien así, alguien que vivía en un cuerpo que no conocía los Mundos Infinitos.

Ísquime salió a las calles de Nueva York. El edificio que contenía los cuerpos humanos era uno más entre la vegetación y los pájaros, que ocultaban parcialmente las fachadas altísimas bajo un cielo, ese día, plomizo y amenazante de lluvia. El viento sonaba al atravesar las ramas, añadiendo ese susurro de hojas arrastradas que hay en todos los bosques. Había movimiento, sutil, entre las raíces del suelo, de pequeños roedores. Quizás cerca de allí hubiera ciervos, o lobos, pero tan solo dos seres humanos: ella y la extraña visitante.

No sé desde qué dirección llegará, pensó, pero el encuentro debe de ser tranquilo, que no se asuste, como me dijo la Autoridad Exterior.

Unos pájaros le dieron la respuesta. A mitad de la amplia avenida una bandada salió volando, llegando hasta los oídos de Ísquime su aleteo asustado poco después de haberlos visto. Ísquime no se percató, por la escasa experiencia en el mundo físico, en que escuchó a las aves después de haberlas visto, porque el sonido viaja más lento que la luz, pero supo relacionar la reacción precavida de las aves con la llegada de la desconocida. Pasados unos segundos, su figura apareció desde la calle adyacente, se paró en medio del cruce, miró a derecha e izquierda y finalmente se encaminó hacia donde Ísquime la estaba esperando. Aún las separaban más de cien metros, pero la mujer pareció reconocer la figura humana que la esperaba en pie, dos cuadras más adelante, en el centro de la carretera poblaba de arbustos. Primero avanzó unos pasos, luego se detuvo, finalmente comenzó a correr, pero tras unos metros de esfuerzo, se detuvo nuevamente para coger resuello. Ísquime pensó que esas podrían ser las pautas típicas de alguien tan exhausto como desesperado, pero prefirió seguir los protocolos habituales a los que estaba acostumbrada, y en vez de caminar hacia ella permaneció quieta, con los brazos bajos y los pies juntos, esperando su llegada.

La recién llegada se paró, al fin, a pocos metros de Ísquime, que decidió no efectuar ningún movimiento. Eso provocó la extrañeza de la mujer, que se acercó despacio, observando con atención, con gestos que a Ísquime le parecieron tremendamente simiescos. Finalmente, la mujer habló en un idioma que Ísquime conocía: inglés antiguo. Sin mover un músculo, tiró de sus recuerdos para traducir la breve frase.

—Si aún eres un ser humano, he venido a pedir ayuda.

Ísquime le respondió sin mirarla, con la mirada fija en el frente, los brazos tensos y pegados a las caderas, en pie, recta frente a la avenida poblada de verde. Difícilmente podía imaginar que esa actitud era extraña en la recién llegada, y que hubiera sido mejor imitar sus movimientos, miradas y gestos.

—¿Quién eres, de dónde procedes y cuáles son tus intenciones? —dijo—.

—Mi nombre es Aurora. Mi procedencia es difícil de explicar con el poco tiempo que nos queda, pero te diré que nací hace dos mil años, aproximadamente. Vivo, junto a otros seres humanos y conciencias autónomas, en una esfera que ahora mismo está en órbita de la Tierra. Esa esfera es capaz de viajar en el tiempo, aunque eso también requiere explicaciones que serían muy extensas con el uso de la palabra hablada. Estamos en grave peligro, debemos abandonar ese lugar porque se está muriendo. Dentro de ella hay un ecosistema cerrado, un mundo invertido en el que hemos vivido durante centurias, en un plano de la realidad diferente a este, formando una sociedad perfecta. Pero una serie de circunstancias que no tengo tiempo de explicarte han provocado un cataclismo que nos obliga a regresar a la Tierra. Realmente, a la esfera le quedan pocas horas de vida. Se acabna el oxígeno y la energía. Debemos volver aquí o morir asfixiados.

La respuesta de Ísquime fue inmediata.

—Los viajes en el tiempo son inviables, y me consta que hace dos mil años, cuando dices que naciste, también lo eran. Tu ropa revela que tienes una tecnología muy superior a la época de la que dices proceder. Una esfera de construcción humana en cuyo interior se puede desarrollar vida que evoluciona es algo de lo que jamás he tenido noticia, hasta donde puedo saber, que es mucho. El resto de tu exposición, por tanto, es algo que debo ignorar, dado que las premisas en el que se basa parecen totalmente falsas. Te pido que comencemos de nuevo esta conversación, y esta vez me respondas a la pregunta con premisas creíbles. ¿Quién eres, de dónde procedes y cuáles son tus intenciones?

Ísquime observó cómo la mujer la observaba con una expresión que no supo interpretar, con las cejas arrugadas y la boca torcida hacia abajo. También había cerrado las manos, apretando los dedos. Ísquime supuso que podría ser un gesto que le ayudaba a interpretar lo que estaba oyendo.

—Está bien —dijo Aurora tras pensar unos segundos—. Ya contaba con que pudiéramos encontrar reticencias. Puedo mostrártelo, pero que me creas ya depende de ti.

Aurora llevaba algo adherido a la zona lumbar, que despegó con un gesto rápido. Se trataba de un objeto rectangular que cabía en una mano. Al presionar en una parte del mismo, la vista de Ísquime comenzó a nublarse, como si lo que estaba viendo estuviera sufriendo una convulsión a nivel atómico que la difuminaba. Poco a poco, frente a ella se dibujó un paisaje diferente. Las calles ahora eran rectas y ordenadas, limpias de arbustos. Los edificios eran bajos, de no más de tres plantas, y todos estaban construidos en un material gris. Y lo más curioso: el fondo se elevaba hacia arriba, de manera que al alzar la vista uno comprobaba que la ciudad en la que se hallaba volteaba sobre sí misma, hasta circundar por completo en el cénit y regresar hasta ellas por detrás. Estaban en el interior de una esfera, en pie sobre el anverso de su superficie. A los lados de la ciudad, que parecía ocupar una franja en el ecuador de un kilómetro de ancho, todo parecía ser vegetación bien controlada, con franjas de diferentes tonos de verde bien distribuidas. En el epicentro flotaba una pequeña estrella que proveía de luz y calor al entorno.

—¿Me has traído a tu hábitat? —preguntó Ísquime—.

—No, seguimos en Nueva York. Esto es una representación que se logra modificando la vibración del aire. Solo quiero que veas que el lugar del que te hablo existe. Aunque esto no es así ahora. Cuando salí esta mañana, la situación era esta otra.

Aurora volvió a manipular el objeto de su mano, y el paisaje cambió para mostrar el mismo entorno algo diferente: el aire estaba denso, y no podía verse más allá de los primeros edificios. La luz de la pequeña estrella era débil y de un tono blanquecino, algo azulado. La poca vegetación que se vislumbraba se había convertido en tierra árida y muerta. Ísquime comprendió que era imposible la vida en ese lugar cerrado sin que el ecosistema se mantuviera en perfecto equilibrio.

—Ahora lo entiendo, Aurora. Puedes ahorrarte más explicaciones.

La visitante apagó el aparato, y ambas se vieron de nuevo en las calles selváticas de la gran ciudad.

—¿Cuánto tiempo os queda para sobrevivir? —preguntó Ísquime—.

—Según los últimos cálculos, unas seis horas. El tiempo y la energía que hemos invertido en llegar hasta aquí nos ha dejado en el límite, pero no teníamos opción.

—¿Y cuántos seres vivos hay en el interior?

—Aproximadamente mil doscientos seres humanos y unas mil conciencias autónomas; estas últimas no necesitan oxígeno, pero sí la energía que se está agotando.

Por primera vez, y sin que ella misma se diera cuenta, Ísquime cambió la expresión de su cara al hacer la siguiente pregunta.

—¿Y qué os impide salir ahora y aterrizar como ya has hecho tú?

—Ese lugar no es una nave espacial; es un mundo en sí mismo, uno pequeño y muy controlado. No estaba prevista una evacuación masiva, por lo que solo existe un transporte, que he utilizado yo, capaz de albergar a un máximo de dos personas. No tenemos tiempo de salir, pero tampoco la energía suficiente para hacerlo, pues apenas queda para mantener activados los aspectos más básicos. Necesitamos salir de ahí todos al mismo tiempo, utilizando alguna nave grande.

* * *

La Comunidad de los Mundos Infinitos llevaba centurias —o, en su sistema de medición del tiempo, quintillones de pulsos— sin celebrar una Asamblea General. La sensación de volver a ser una gran mente global, como antaño, era algo que les resultaba incómodo. Cada conciencia que había evolucionado por separado ya tenía su propia identidad. Perderla, aunque fuera levemente, para discutir sobre un lugar del que ya no querían saber nada, no era agradable. Aún así, los argumentos surgían de cada una de las corrientes de pensamiento y opinión que ella misma iba creando. Aunque el debate estaba abierto, parecía que una mayoría ya se había impuesto sobre las demás corrientes.

—Vamos a resumir, pues, las tres opciones mayoritarias que se han planteado. Por un lado, tenemos la posibilidad de rescatar a los seres que viven dentro de esa esfera. No será fácil, pero podemos hacerlo llevando hasta allí una de las naves que tenemos preparadas para la posibilidad de evacuar la Tierra. Durante el rescate, podrían perder algunas vidas, pero la mayoría se salvarían, sin duda. Una vez en la Tierra, les buscamos un lugar donde crear una sociedad y dejamos que la desarrollen. Si tras hacerlo debemos intervenir o no, es algo que tendríamos que decidir más adelante.

En la mente global se recreaba la imagen de la humana Aurora. Se había quedado sola en el lugar donde se encontró con Ísquime, esperando un veredicto. Paseaba con rapidez, dando vueltas sobre el mismo círculo.

—La segunda opción es que, una vez hayan llegado a la Tierra, les proporcionemos los medios para formar parte de los Mundos Infinitos. Serían ciudadanos de pleno derecho de nuestra realidad, aunque sus mentes deberán pasar una adaptación de la que no sabemos el resultado, dada la antigüedad de las mismas. Esta opción ya ha sido desechada por carecer de apoyos suficientes.

Las mentes que conformaban esa corriente de opinión, entre las que estaba Ísquime, manifestaron su desacuerdo, intentando dar a entender que eso es lo mismo que ellos mismos esperarían si se vieran obligados a pedir ayuda. Fueron ignorados.

—Y la tercera opción es dejar que esa gente muera en su pequeño mundo. No utilizaremos eufemismos: morirán ahogados los que dependan del aire, y se borrarán los que dependan de la energía. Quizás todos tengan una copia de seguridad de sus conciencias en alguna parte de ese mundo, pero lo ignoramos. Y en cualquier caso, no se prevé que se recuperen esas copias. Si decidimos que no vengan aquí, es porque la Historia demuestra que su presencia solo puede romper el equilibrio que hemos conseguido mantener en el planeta. Un equilibrio que ha costado mucho tiempo, mucho esfuerzo y muchos sacrificios.

Hubo una última votación que confirmó el resultado.

—Se ha decidido dejarlos a su suerte. Ísquime: volverás a hablar con esa mujer a decirle que no vamos a ayudarles. Dejamos a tu criterio la mejor manera de hacerlo, bien sea argumentando que carecemos de maneras de hacerlo, o bien contándole la verdad.

Ísquime, por primera vez en su vida, estaba enfadada. La sensación de impotencia y rabia inundaba también las mentes que apoyaban su tesis, y estas la refrenaron.

—Ísquime, realmente es lo mejor. La solidaridad y la justicia no tienen razones para ser hermanas. A veces incluso son enemigas, como es el caso que hemos debatido. El bien de la mayoría, que somos nosotros, prevalece sobre la compasión que podamos sentir. Su presencia pone en peligro nuestro equilibrio y, por lo tanto, el futuro de todos, incluido el de ellos si se quedan aquí.

* * *

El cuerpo delgado y etéreo de Ísquime volvió a surgir del edificio. Esta vez parecía caminar con más seguridad. Aurora no había calculado que tomaran una decisión tan rápido.

—¿Ya está? Apensa han pasado quince minutos —dijo, nerviosa—.

—Para nosotros ha sido un debate largo y polémico. No es una decisión fácil.

—Lo comprendo; nuestra llegada puede ser un gran contratiempo. Pero no somos salvajes, Ísquime. El hecho de haber vivido en ese lugar que se muere nos ha dado una visión que no tiene nada que ver con el tiempo del que procedemos. No interferiremos, nos adaptaremos a lo que haga falta, seremos invisibles, si es necesario. Pero queremos vivir.

Ísquime dedujo que Aurora estaba segura de que iban a rescatarlos, y sintió que su estómago se caía al suelo.

—¿Y bien? —dijo Aurora— ¿Cuál es el veredicto?

Ísquime se desprendió de una diadema de luz suave que llevaba en la frente. Aurora reparó en que en el primer encuentro no la llevaba. La arrojó al suelo.

—La decisión es que iremos juntas a por una nave, la pilotaremos hasta tu mundo y sacaremos a todos de allí. Luego volveremos a la Tierra y os dejaré en un lugar aislado, donde podréis crear una sociedad básica. No tendremos contacto con vosotros, ni intentaréis mantenerlo bajo ninguna circunstancia.

Aurora la miró con extrañeza.

—¿Y debemos ir nosotras? ¿La nave no sabe ir sola?

—No. Debemos ser nosotras mismas las que vuelen en ella. La nave no sabrá a dónde vamos.

Aurora permaneció en silencio mientras comenzaban a caminar. El cuerpo de Ísquime parecía más flexible que la ocasión anterior; se movía con soltura por las calles llenas de raíces.

—Espero que no estén muy lejos —dijo Aurora—. No puedo comunicarme con la esfera, ellos esperan que llegue la ayuda, pero en la incertidumbre.

—La nave está a pocos kilómetros, cerca de los depósitos de cuerpos. Tenemos el tiempo justo, y el camino puede ser peligroso.

Aurora parecía darse cuenta de lo que estaba pasando.

—No puedo sino agradecerte lo que estás haciendo. Ten por seguro que cualquiera de nosotros haría lo mismo por los tuyos. Y no es necesario que diga que serás bienvenida en nuestra comunidad, por muy básica que sea.

Ísquime no sabía qué le había impulsado a actuar así. En el fondo, estaba segura de que, una vez más, aquellos humanos terminarían por destrozar el planeta.

Pero también era humana.

© José Luis Loperena, (6.327 palabras) Créditos