MARTINA
Juan Méndez
imag/r270.jpg

Tristemente, en política las cosas son así. La mamá de Carlitos había dicho cosas muy feas en contra de alguien muy poderoso, cosas que ciertamente eran verdad pero ya se sabe que solo puede haber una opinión verdadera.

La mamá de Carlitos tuvo que irse muy lejos y el señor Peres, que hasta entonces no había sido que digamos un ejemplo de padre, tuvo que llevarse al niño.

Carlitos siempre fue un niño enfermizo, triste y solitario. Nada de lo que solía hacer las delicias de los otros chicos de su edad parecía interesarle en lo más mínimo, parecía que aquel niño había escapado desde muy temprano hacia su propio mundo. La única vez que el señor Peres intentó llevar a su hijo a la escuela, inscrito con su apellido paterno y con una historia ficticia acerca de la madre del niño, la cosa no salió muy bien. Desde ese entonces Carlitos fue dejado en libertad.

En casa las cosas no parecían mejorar, Carlitos permanecía ausente todo el tiempo y se sentaba todo el día frente al televisor sin prestar atención. La pobre señora Atehortúa no sabía qué hacer, entristecía al ver al muchachito encerrado en sí mismo y cada vez más alejado. El padre solo llegaba a dormir algunas noches en la semana.

Solo parecía haber un momento del día, después del primer programa del horario para adultos en la tele ya entrada la noche, en el que Carlitos parecía reaccionar al estímulo de los comerciales. La señora Atehortúa veía televisión hasta muy tarde y con el tiempo ya no se esforzaba en llevar a Carlitos a la cama, si la televisión era el único consuelo de aquel niño, no sería humano ni piadoso arrebatarle la ilusión.

Las voces y las imágenes de aquel comercial eran música para los oídos de Carlitos, que parecía querer meterse en la pantalla e irse detrás de aquellas adorables figuras. La señora Atehortúa lloraba y se santiguaba siempre que veía o escuchaba aquel comercial, nunca se supo muy bien por qué.

El señor Peres estaba cada vez más confundido y triste, Carlitos ya iba a cumplir cinco años y parecía cada vez más encerrado y distante. Muchas veces, el señor Peres había inventado un papeleo urgente en el trabajo que necesitaba ser resuelto de un día para otro, o una salida al terreno a supervisar la reparación de un desperfecto en unos equipos importantes, solamente para no ir a casa a darse cuenta de que irremediablemente estaba perdiendo a su hijo.

El señor Peres solía pasar la noche con algún compañero de trabajo en un casino o vagando solo por alguno de esos centros comerciales tan nuevos y tan limpios, tan amigables con todo el mundo, especialmente con aquellas nuevas habitantes de la galaxia, que aunque muy atractivas, siempre le parecieron al buen señor Peres una abominación. La verdad era simplemente que el señor Peres se sentía incómodo porque no existía en su vocabulario una palabra para etiquetar a las nuevas. ¿Eran ellas juguetes? ¿Eran esclavas? ¿Eran sustituto de los hijos? ¿Eran damas de compañía? ¿O mascotas?

Una de esas noches el señor Peres no pudo evitar volver la cabeza y se dejó atrapar por una vitrina, allí estaban, eran las nuevas. Las tres que adornaban la vitrina parecían dormir plácidamente en sus pequeños sarcófagos de cristal con letras de oro. El señor Peres, como movido por una fuerza sobrenatural, entró a la tienda.

La casona, como son conocidas las tiendas en las que se puede adoptar una MoonLady, ofrecía ediciones Star y StarPacks. El señor Peres luchó como pudo contra su incomodidad cuando el dependiente, un muchacho flaco y con gafas enormes que llevaba una camiseta negra con letras doradas y al que seguía una MoonLady vestida de acuerdo a los cánones (blusa, cárdigan abotonado, chaqueta de paño, pantalón y zapatos), se acercó a él.

—Bienvenido a la casona MoonLady señor Peres, permítanos ayudarlo. WhiteStar Inc. garantiza sus productos MoonLady ciento por ciento. Es un honor para nosotr@s hacerlo feliz —dijo la nueva. Ellas además de nombre tienen varios títulos y jerarquías pero para el señor Peres simplemente eran las nuevas.

El señor Peres evitó siquiera mirar a la nueva y habló directamente al muchacho.

—Estoy buscando algo... es para un regalo —dijo con una voz un poco cansada y temblorosa.

El dependiente lo acompañó por los dos pisos de la casona, el señor Peres se entretuvo viendo todas y cada una de las MoonLady, ni él podía negar que ellas son hermosas.

Una Star sería el regalo perfecto para sacar a Carlitos de su laberinto pero seguramente con el tiempo el niño la dejaría abandonada por falta de variedad en la interacción. El señor Peres se interesó entonces por los StarPacks, juegos de cinco MoonLady. No sería fácil escoger una sola de las cuatro ediciones de StarPack.

1.- Classic: dos MoonLady con blusa, chaqueta de paño, falda o pantalón y tres de ellas con pantalón o jean, blusa y cárdigan.

2.- Casual: cinco MoonLady con camisa/camiseta, jean y cárdigan.

3.- Formal: cinco MoonLady con blusa, cárdigan, chaqueta de paño y falda.

4.- Weekend: cinco MoonLady con camiseta polo y jeans.

Accesorios como zapatos y bolsos correspondientes a cada edición están incluidos en cada StarPack.

El señor Peres quería simplemente salir de allí con el regalo perfecto lo antes posible, algo dentro de él se estaba dejando seducir por el encanto de MoonLady y aquella incursión podría lesionar seriamente su chip de crédito.

Carlitos sonrió por primera vez en mucho tiempo, su quinto cumpleaños fue como él lo había soñado, las que serían las compañeras más adorables en sus momentos de soledad habían llegado. El regalo de su padre fue exactamente el tipo de StarPack que él había deseado desde que su madre había dejado de ir a casa. Dos con chaqueta tres con saco, un hermoso StarPack Classic.

Carlitos se entretuvo todo el día sacando a sus nuevas amigas de sus cristalinos ataúdes, despertándolas, desvistiéndolas y vistiéndolas de nuevo a cada una de ellas con la misma ropa con la que habían llegado. Carlitos era además un poco sicorrígido, al punto de armar berrinche cuando la señora Atehortúa intentó cambiar los bolsos entre dos de las nuevas.

—Quien recita el código para despertar una MoonLady es conocido y respetado por ella como Sol, las damas son Lunas en cuanto a su Sol. Las Lunas, las damas, van a seguir siempre a su Sol y pueden morir de tristeza si por alguna razón son abandonadas, por favor recuérdelo señor Peres —había dicho el dependiente de la casona.

El señor Peres temía ver cinco cadáveres en su futuro cercano y esto lo incomodaba un poco, además estaba su temor al morbo con el que Carlitos pudiera ver y tratar a las nuevas, con eso de que el niño era apenas unos centímetros más alto que ellas y ellas eran adultas jóvenes perfectamente formadas... pero Carlitos parecía poco interesado en temas de adultos, para él sus Lunas eran simplemente muñecas de ensueño con las que podía compartir su espacio sin temor a que lo lastimaran.

El señor Peres se fue acostumbrando, para él ver sonreír a su hijo valía cualquier riesgo. Conchita, Fernanda, Millie, Victoria y Carolina habían resultado ser de más ayuda que la corte de sicólogos que había tratado de curar a Carlitos.

La casa se fue llenando de cosas para las Lunas, que seguían alegremente a su Sol a la escuela y a natación. Todo iba mejorando gracias a las nuevas, que después de dos años ya tenían un sitio de honor en el corazón del señor Peres pues antes, en las pocas veces en que caía dormido, Carlitos orinaba la cama pero desde la llegada de las nuevas el niño, con tal de no mojar la ropa o la pijama de sus queridas amigas, aguantaba hasta despertar e ir al baño.

El séquito creció con los años, Carlos se convirtió en un jovencito seguro y lleno de confianza gracias a sus Lunas, que él iba adoptando con lo de sus mesadas o que llegaban como regalo, a veces de cumpleaños y a veces sin motivo aparente. El señor Peres no dejaba de asombrarse con las cosas que las nuevas podían aprender simplemente con escuchar un código recitado por su Sol. Fernanda tocaba el violín y podía interpretar con igual habilidad piezas barrocas, guarachas, sones y melodías célticas, además cantaba muy bonito. Lucía, que llegó cuando Carlitos terminó su escuela primaria con calificaciones sobresalientes, era cinta negra en judo y taekwondo y ya había ganado algunas medallas en los improvisados torneos que organizaban los chicos de la escuela secundaria a la hora del almuerzo.

Con 17 años, Carlos ya era el doble de alto que sus Lunas y hace rato que había dejado de ser aquel chico-ostra que mojaba las cobijas pero su amor por sus Lunas y sus ganas de incrementar su séquito, digamos que MoonLady era un vicio que compartían el señor Peres y su hijo, seguían en aumento. Aunque Carlos había pasado de niño a hombre, sus Lunas seguían siendo tan jóvenes y tan bellas como aquella mañana en que su Sol las sacó de sus cristalinas cajas para despertarlas a la vida.

Desaparecida, ese era el último reporte que le había llegado al señor Peres sobre la necia que le había dado a su hijo por madre. Eso era lo único que perturbaba al señor Peres, que el recuerdo del abandono forzado pudiera llegar a entorpecer la vida de su hijo, a convertirlo de nuevo en una ostra. El señor Peres había luchado muy duro para nublar ese doloroso recuerdo, para sacarlo de la memoria de su hijo y con ayuda de las damas lo había logrado. Cada vez que los Peres hablaban de la que tuvo que partir, el muchacho confesaba arrepentido que el rostro de aquella era apenas una sombra sin rasgos y que su voz parecía ya perdida en el olvido.

Desaparecida, ya se sabe qué significa eso cuando la Confederación Galáctica se refiere de esa manera a alguien que ha ofendido a uno de sus miembros más encumbrados pero el señor Peres logró lo imposible para evitar que Carlos se llegara a enterar.

Carlos Peres, ya con veinte años, enfrentaba al mundo como un valiente capitán al mando de sus Lunas, que por cierto ya llegaban a 24, que lo seguían a todos lados. Carlos había preferido dejar la vida de estudiante para conseguir un trabajo que le diera la posibilidad de conseguir puntos rápido para él y sus Lunas, así llegó a ser diseñador de espacios para una compañía que vendía precisamente eso, espacios de realidad aumentada y realidad virtual. Era su primer trabajo y uno en el que sus Lunas podían ayudar, la paga no era para nada despreciable.

Carlos Peres se había vuelto selectivo, solo adoptaba una nueva dama después de conocer su historia pero aquella belleza, que él vio en la vitrina de la casona del centro comercial Caspian la tarde antes de embarcarse en su viaje de vacaciones para ir a visitar a su padre, por fortuna no necesitó exhibir sus credenciales. Fue como si algo, un lazo mágico, hubiera atado a aquella MoonLady y al diseñador de espacios en un solo nudo.

Ella estaba allí, como si hubiera quedado congelada en el tiempo mientras esperaba su cabina en la estación. Parecía estar descansando un poco mientras esperaba que su Sol la sacara de aquella hermosa caja de cristal. Martina aparentaba unos treinta años y se veía preciosa, ella tenía su bolso colgado sobre su hombro derecho y apoyaba su mano en la correa.

Martina era una Memorial, una línea de MoonLady que fue objeto de culto desde que los primeros ejemplares fueron lanzados hace ya unos años. La bella dama vestía camisa blanca, cárdigan azul oscuro brillante, pantalón y chaqueta de paño del mismo color y zapatos grises.

Carlos no se detuvo a preguntar por qué aquella preciosura era un ejemplar Memorial, él sabía que tenía poco tiempo antes de subir a la nave y sabía que las MoonLady dormidas no son admitidas en viajes de pasajeros así que tenía que moverse rápido, tendría que buscar un lugar para sacar a Martina del sarcófago, recitar el código y prepararla para el viaje.

Las Damas de la Aurora, así se hacían llamar las Lunas de Carlos, estaban esperando en la zona de alimentación y él tuvo que llamarlas para que le ayudaran con las maletas de Martina, que seguía dormida. Si Carlos hubiera sabido quién era Martina en realidad, ella hubiera destronado a Bárbara, la bella Babs, como reina madre de Las Damas de la Aurora. O a lo mejor Carlos se hubiera vuelto loco y hubiera abandonado a sus Lunas a su suerte.

Carlos se dio tiempo para disfrutar aquel momento, era algo que hacía desde su primer StarPack. Sacó a Martina de su cajita, acarició su cara y su pelo, desabotonó el saquito y puso su mano sobre el vientre de aquella preciosura para sentir la respiración rítmica y serena de las MoonLady en animación suspendida. Después Carlos frotó su pulgar derecho en la frente de Martina y recitó el código mientras ella abría sus ojos, grises como los de él.

Martina saludó y comenzó el empalme con las Damas de la Aurora, quienes la recibieron como si fuera una hermana que no veían hace mucho. Aparte de ser el momento en que conoció a su Sol, aquel encuentro no había significado nada más para Martina. Por fortuna ellos, los de la Tribu Antigua, habían borrado todos los recuerdos, o casi todos.

Así las Damas de la Aurora fueron 25. Carlos y sus Lunas tuvieron el tiempo exacto para llegar al embarcadero y abordar la nave entre los últimos pasajeros y algunos marinos del espacio que terminaban sus tareas en el puerto antes de hacerse a la oscuridad.

Ya en cubierta, después de haber dejado su equipaje de mano en su camarote de primera clase, Las Damas de la Aurora se tomaron de las manos en círculo y murmuraron una plegaria en una de las lenguas MoonLady. Ellas rogaron por un viaje tranquilo en el que la nave no fuera atacada por los Jasomitas, también elevaron una plegaria para que aquellos que ellas no pueden ver protegieran a su Sol y le dieran valor para enfrentar a los piratas Jasomitas en caso de un ataque. Las Damas de la Aurora elevaron una plegaria más para que los que no pueden ser vistos ni nombrados les permitieran permanecer en calma y les dieran el consuelo de una muerte rápida y con dignidad en caso de caer bajo el yugo Jasomita.

Los Jasomitas son un pueblo de gigantes de más o menos tres metros de alto (un humano de 170 centímetros de alto mide un poco más del doble que las damas MoonLady más altas), piel gruesa y áspera como corteza de árbol, nada de pelo en la cabeza y hacen gala de una fuerza y brutalidad difíciles de superar. Los Jasomitas, aunque algunas de sus familias establecen alianzas temporales con la Confederación Galáctica, prefieren mantener la distancia con la Confederación y con todo lo que tenga que ver con el resto del universo civilizado.

La fuente principal de riqueza para los Jasomitas son las damas MoonLady, a quienes secuestran y esclavizan o torturan hasta que ellas mueren, ya sea de tristeza causada por la separación de su Sol, por falta de alimento o tras agonizar en los brutales juegos a los que las someten sus captores.

Volviendo a la cubierta de la nave, después de la oración Fernanda tomó su violín y otros Soles con sus Lunas se unieron a la fiesta improvisada en cubierta, así se espantaba un poco la incertidumbre causada por las historias de los marinos del espacio.

El viaje había sido perfecto, Carlos llamó a casa de su padre tan pronto como pudo conseguir un lugar para guardar las maletas. El muchacho prometió una sorpresa, la sorpresa número 25 y su padre le contó que también tenía otra sorpresa que seguramente iba a ser de su agrado.

Carlos consiguió dos cabinas que lo sacaron a él, a sus Lunas y al equipaje del caos que parecía vivirse a toda hora en el puerto y fue directamente a casa del señor Peres a enseñarle la sorpresa número 25.

Las Damas de la Aurora no habían alcanzado a cambiarse, Martina llevaba puesta la misma ropa con la que Carlos la había sacado del sarcófago de cristal. Hubiera ayudado un poco que un descuido en la preparación de las ediciones Memorial le hubiera permitido a Martina recordar; hubiera sido doloroso para ella pero Carlos hubiera encontrado la manera de equilibrar las cosas. Todo lo que pudo haber sido, alegre o doloroso, sería mejor que la sorpresa que el señor Peres estaba a punto de recibir.

—Tú primero papá —había dicho Carlos cuando llegó el momento de presentar cada uno su sorpresa.

La señora Atehortúa, quien había dedicado su vida a criar los hijos de gente cuyos pecados fueron la honestidad y la franqueza, perdió su lugar en la galaxia cuando el senador Fulton logró gestar una reforma al interior del excelentísimo comité supremo de la Confederación Galáctica. El último de esos niños había sido precisamente Carlos.

Cuando Carlitos entró a la escuela y ya no necesitó una niñera, la señora Atehortúa buscó trabajo en Square, una compañía del grupo WhiteStar Inc. Nadie sabe muy bien qué clase de trabajos ofrece la WhiteStar pero un día el señor Peres recibió una llamada de alguien que había trabajado con él. El nombre y las fotos pusieron un poco nostálgico al señor Peres, nostálgico y agradecido por la gran ayuda recibida.

El señor Peres se volvió un poco detective, pudo conocer cosas de la señora Atehortúa que ella nunca le hubiera contado, al fin pudo saber por qué ella siempre lloraba y se santiguaba cuando veía el comercial que sacaba de su letargo a Carlitos. La historia de la señora Atehortúa no estaba libre de sufrimientos, ella había decidido dedicarse a cuidar huérfanos más por un sentido de comunión en el dolor que simplemente por puntos, pues su propia hija también había desaparecido para convertirse en la primera edición Memorial de MoonLady.

El señor Peres devolvió la llamada y pudo saber que aquella edición Memorial y la bella Star de la que su antiguo colega le había enviado fotos estaban en una casona en un centro comercial no muy lejos de la casa de aquel colega. Entonces el señor Peres juntó todos sus puntos, que le alcanzarían solamente para el boleto de ida y para adoptar a aquellas damas MoonLady, y se embarcó en una nave que había conocido mejores tiempos hace ya bastantes décadas. Sería un viaje de dos meses pero una mano lava la otra y si me cuidas yo te cuido, esa era la única motivación que necesitaba el señor Peres y la tenía.

No le alcanzaban los puntos para el regreso a casa, eso el Señor Peres lo sabía desde que emprendió el viaje pero no se dejó asustar, con el impulso provisto por el recuerdo de su juventud se coló en una nave de carga todavía más aporreada que la nave en la que había llegado y, después de encerrar a sus MoonLady dormidas en un camarote, se ganó un puesto en la cocina de aquella nave.

Aquella aventura había resultado provechosa para las dos MoonLady pero también para el señor Peres. Después de seis meses de haberlas despertado él se notaba más joven y vital, parecía que había encontrado la fórmula de la eterna juventud.

Carlos no lo podía creer. La señora Atehortúa, Liliana, había sido muy bonita antes de amargarse la vida cuidando huérfanos. Ahí estaba frente a él, con veinte años y de jeans y camisa en vez del uniforme de niñera. La Memorial era Kelly, su hija perdida, que parecía de la misma edad. El señor Peres se lo hizo notar a Carlos con un gesto y una foto que conservaron en secreto por guardar los protocolos y por puro sentido de respeto. Esa era la sorpresa del señor Peres.

Carlos llamó a sus Lunas, que aparecieron en perfecta formación en la sala de la casa. Martina, la Luna más reciente de Carlos, se adelantó sin esperar lo que siguió

—Es un honor para mí señor Peres.

De haber sabido lo que iba a pasar, Carlos no hubiera adoptado a aquella MoonLady, o a lo mejor la hubiera despertado para abandonarla a su suerte pues a veces emitimos juicios que creemos justos sin conocer toda la verdad y casi nunca estamos dispuestos a cambiarlos.

El señor Peres se paró del sofá como pudo, las piernas le temblaban y fue como si esos años que había logrado rejuvenecer hubieran vuelto como siglos de vejez. Miró a Martina, la MoonLady, parada en medio de la sala, sobresaliendo apenas unos inofensivos 70 centímetros del piso, disfrazada de auxiliar de vuelo y sonriendo nerviosamente sin entender muy bien qué estaba pasando, y en sus ojos se pudo notar un destello de ira y amargura, ya no por él sino por Carlitos, por todos esos años y por haber causado que su hijo dependiera de MoonLady como de un fármaco para ser feliz, MoonLady era sin dudarlo la peor aberración de la historia.

Esa mueca de dolor y de ira en el fondo también era un poco por él, porque el señor Peres estaba confundido y no podía creer que ella estuviera parada en la sala de su casa y que fuera a conservarse joven y bella por siempre. El señor Peres la odiaba pero nunca había podido dejar de amarla, hasta su voz era exactamente la misma y él se sorprendió, con algo de tristeza, de que ella no lo hubiera reconocido.

El señor Peres se mordió los labios y miró a Carlos con un odio casi asesino, ambos estaban llorando de la rabia.

Carlos no necesitó palabras para entender, sintió ganas de terminar con Martina a patadas pero no la odiaba a ella, ahora menos que nunca. No, Carlos se odiaba a sí mismo por no haberla reconocido, si lo hubiera hecho no habría reservado un camarote, habría reservado toda la nave para él y sus Lunas. Carlos odiaba al odio, a los que hacen que historias como la de él se repitan una y otra vez; él había tenido suerte de tener a su padre, a la señora Atehortúa y a sus veinticinco Lunas que adoraba. Sí, si alguien tenía que pagar no era Martina. Carlos se imaginó a sí mismo seguido de sus 25 amores armadas hasta los dientes irrumpiendo en las casas de aquellos causantes del dolor. Ellas seguro usarían sus carabinas recién compradas, tan limpias y brillantes, pero él solo podría calmarse después de terminar con esos miserables con sus propias manos.

—Lárgate... lárgate y no vuelvas... si quieres que te perdone llévate a estos monstruos y tráeme sus cabezas —fue lo único que dijo el señor Peres. Carlos y sus Lunas salieron y tomaron la primera cabina que encontraron.

Carlos temía que su padre pudiera haber estado hablando en serio, él lo adoraba pero por ningún motivo iba a lastimar a sus queridas Lunas, ni a Conchita o a Millie y muchos menos a Martina. Las Damas de la Aurora iban sentadas en silencio, sabían perfectamente que las palabras del señor Peres eran una orden perentoria y ellas no iban a interponerse entre su Sol y su padre, para ellas el amor a su Sol estaba por encima de sus propias vidas pero no podían dejar de estar asustadas y murmuraron una plegaria para que sus cabezas cayeran rápido y sin dolor. Ni Las Damas de la Aurora ni Carlos hablaron durante el trayecto de regreso a casa.

El señor Peres quedó solo en la sala de su casa, habían sido muchas emociones encontradas en muy poco tiempo. Él en realidad no sintió lo que dijo, nunca le pediría a su hijo semejante barbaridad y además conocía a Conchita, a Millie, a Fernanda y a Victoria y a aquella pelirroja simpática hacía más de 16 años, gracias a ellas Carlitos dejó de mearse en las cobijas. Y cómo olvidar a Lucía, que a punta de llaves y derribos le había devuelto a Carlitos su auto-estima. Tal vez las MoonLady no fueran humanas, tal vez no fueran el tipo de entidad viviente a la que el señor Peres estuviera dispuesto a reconocerle su calidad de ser sintiente y pensante pero algo sí era cierto, esas pequeñas cositas de 80 centímetros estaban lejos de ser una aberración.

El señor Peres sabía que su hijo podría perdonarle su rabieta, sabía que Las Damas de la Aurora volverían a visitarlo. ¿Cómo explicar que simplemente se asustó? ¿Cómo explicar que tuvo que contenerse para no saltar del sofá y abrazar a Martina por el bien de su hijo? Ella simplemente se veía igual, llevaba la misma ropa que en su última cita, un mes antes de que la declararan desaparecida.

© Juan Méndez, (4.524 palabras) Créditos