PRINCIPIO ANTRÓPICO
Roberto Rosaleny Aguado
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—¡Todo esto no es más que una maldita locura! —el profesor Marcus Gilmore se dirigió al grupo de colegas que comandaba en un tono furioso. Se sentó ocultando la cara entre sus manos y la cólera fue dejando paso al abatimiento. Sus ataques de malhumor eran míticos entre quienes le conocían, por eso tenía bien ganada fama de histrión. Sin importarle los lamentables espectáculos que acostumbraba a ofrecer cuando las cosas no rodaban según su gusto, gritaba, lanzaba por el aire todo lo encontraba a mano, insultaba a cuántos le acompañaban sin atender a su rango, y algún allegado contó en petit comité que le había visto arrojarse al suelo llorando y tirándose de los escasos pelos que le quedaban, jurando y maldiciendo por su mala estrella, cuando un ingeniero cometió un error de cálculo que retrasó un proyecto dos horas. Y los arrebatos verbales no iban a la zaga. Utilizaba calificativos hasta extenuar a quienes lo escuchaban, empleando sinónimos sin orden ni concierto para reiterar sus ideas. Esta vez, más pacífico, siguió hablando deprimido, desconsolado, si bien a ninguno de los presentes les inspiró la menor lástima.

—Lo único seguro que hemos conseguido ha sido enloquecer al mundo entero. Nos encargan el proyecto más formidable y hermoso que pueda existir, que digo existir, imaginar siquiera y estamos donde estamos. Ahí fuera, detrás de esa puerta, tenemos a las más altas instancias del país esperando una explicación que no tenemos. Políticos, militares, que dicho sea de paso nos tienen ganas, funcionarios y banqueros. Además, ellos están, a su forma, en una situación similar a la nuestra. Deben convencer a los representantes de las naciones amigas que no estamos llevando el mundo al Apocalipsis. Francamente, tampoco me gustaría estar en su pellejo. Hemos gastado, dilapidado, o mejor dicho, expoliado las arcas públicas cual ladrones audaces y no tenemos una excusa plausible que nos permita ganar algo de tiempo. Por si fuera poco, hemos mandado al infinito en un viaje sin retorno a seis personas.

—Si, si, —dijo al ver algunas caras de escepticismo— ya sé que todos ellos conocían de sobra su misión y asumieron gustosos ese destino, pero no deja de ser una temeridad, una irresponsabilidad con consecuencias funestas. Lo pienso fríamente y no entiendo cómo me deje embaucar en algo tan disparatado. Así que, estimados colegas, ya no pretendo convencer a las altas instancias del éxito del experimento, lo tomarían con razón por una ofensa a su inteligencia, solo quiero que entre todos los presentes seamos capaces de buscar una argumentación lo suficientemente sólida para no terminar en Guantánamo u otra cárcel más siniestra aún que me consta que existen —su mirada a la concurrencia parecía rebosante de súplicas.

En el aula donde se celebraba aquel cónclave científico, ubicada en un inmenso laboratorio subterráneo a dos kilómetros de profundidad en medio de un desierto, reinó un silencio espeso por breves instantes. Los rostros de los físicos, ingenieros, informáticos y una extensa pléyade de talentos, denotaban una gravedad considerable. Mientras unos oscilaban las cabezas en clara señal de preocupación con las manos en los bolsillos de sus batas blancas cuchicheando palabras ininteligibles, otros repasaban una y mil veces sus blocs de notas en busca de una ecuación errada, o tecleaban frenéticamente en los ordenadores, tal vez para justificar que hacían algo y, de paso, ayudar a que la tempestad pasara por encima de ellos sin tocarlos. Del fondo de la sala, un joven del que Gilmore no recordaba el nombre levantó la mano. Con una arrogancia que no pasó desapercibida para nadie comenzó a hablar sin esperar a que Gilmore le concediera el uso de la palabra.

—Profesor, entiendo que la mejor prueba de que la misión ha alcanzado el objetivo completo es que estamos aquí. A fin de cuentas de eso se trataba. Además, la primera fase ya fue verificada en todos sus puntos y resultó asombrosamente exacta tal y cómo teníamos previsto. Eso lo demostramos en su momento y lo podemos volver a hacer. La parte final, repito, es evidente que también se ha cumplido. Creo que el fenómeno a nivel planetario que se está dando se debe a algún simple error que será subsanado en cuanto se advierta desde la nave o les llegue nuestro aviso. Tal vez esté resuelto ya. Una cuestión de tiempo simplemente que las cosas vuelvan a la normalidad.

Gilmore recordó de repente el nombre de aquel recién doctorado. Alan Weiss con el cual tuvo más de un roce durante los farragosos e interminables preparativos. Altivo e irreverente, discutía cualquier cuestión que entendía mejor hacerla de otra forma, sin importarle la irritación que pudiera causar en sus superiores. De no menguar en su carácter insolente nadie le auguraba una larga carrera en la élite de la comunidad de cosmólogos.

Gilmore respiró hondo. Comenzó a hablar con un ritmo cansino, casi imperceptible que presagiaba un inminente ataque de cólera.

—Estimado señor Weiss, ¿pretende usted que mostremos ante ministros, presidentes de gobierno, generales y un largo etcétera de personajes importantes, unas fotografías, o si lo quiere mejor, una cinta de video donde se observan aumentadas miles de veces unas diminutas lucecitas que llamamos fotones, las cuales giran al revés que las manecillas del reloj desde hace un tiempo, cuando antes lo hacían en el sentido contrario? Perfecto, magnífico, grandioso —dijo alzando las manos y levantando la cabeza hacia el cielo.

—Ahora mismo —continuó— salgo y digo, señor presidente de los Estados Unidos, mire esta película casera, es la misma que teníamos hace tiempo, pues ¡fíjese bien señor presidente! los fotones que originalmente tenían un espín determinado, ahora lo han cambiado. Ah señor presidente, disculpe usted, el espín es un giro angular, una extraña propiedad que tienen las partículas, aunque en realidad no giran. Ya sé que no lo entiende señor presidente, pero me tiene que creer. Le prometo solemnemente que el video es el mismo, no hemos dado el cambiazo ni jugamos a prestidigitadores. Es una prueba evidente que hemos cambiado el pasado. De una manera insignificante, pero cambiado a fin de cuentas. Es algo extraordinario. Las mismas fotos —fuimos previsores y tomamos miles de ellas— presentan idéntica característica. Son diferentes a cuando se tomaron. Han variado. Y lo han hecho porque como muy bien predecían las ecuaciones de la Teoría Especial de la Relatividad, hemos hecho coincidir la simultaneidad de nuestros astronautas con el día de la toma de las fotografías. Al alejarse de nosotros el corte espacio—temporal de los astronautas coincide con lo que nosotros llamaríamos nuestro pasado, es decir, su rebanada en el espacio tiempo es diferente a la nuestra que estamos en reposo, si bien para ellos ese pasado nuestro es justo su ahora. Le parecerá contra intuitivo, ilógico, pero es así. Todo lo que abarca el espacio—tiempo existe con igual de realidad, aunque a nosotros nos parezca lo contrario. Los hechos simplemente son, con independencia de que estén iluminados por nuestra conciencia. Y las cosas que, desde nuestra óptica, no existen por el ser pasado o están por determinar a nuestro modo de ver porque aún no se han producido, son coincidentes con seres u objetos que se muevan por el universo para los que son hechos perfectamente reales y simultáneos.

Gilmore seguía y seguía hablando solo, representando una pequeña y ridícula obra de teatro de la que se había autoproclamado único actor, pese a los signos de impaciencia que empezaron a mostrar buena parte del grupo de científicos.

—Eso si, —levantó más la voz para acallar algunos siseos— siempre hemos considerado que era imposible influir en los sucesos debido a los enormes distancias que gobiernan el cosmos. Una nave extraterrestre que se acercara a la Tierra para avisarnos de una catástrofe en el futuro jamás llegará a tiempo de evitar el desastre, pero en su viaje hacia nosotros su concepción del ahora será coincidente con personas que aquí aún no han nacido.

—A partir de ahí, hemos jugado nuestra baza añadiendo una variable maravillosa. Gracias a la matemática de la física cuántica que sostiene que la actuación sobre ciertas partículas es instantánea —no juega el límite de la velocidad de la luz— sin importar la distancia, hemos llegado a este emocionante resultado. A ese fenómeno le llamamos entrelazamiento, o si lo quiere expresado de mejor forma, creemos que significa que el Universo es no local. Los tripulantes de la nave modificaron el giro de las partículas y al instante sus hermanas en la Tierra hicieron lo mismo y, esto es lo importante, lo hicieron el día que se separaron esas partículas, en concreto hace unos meses. Todo ello viene a confirmar que la grandiosa misión que hemos tardado años en planificar debe haber resultado exitosa.

Nadie en la sala entendía por qué Gilmore estaba dando un repaso teórico al experimento. La totalidad de participantes conocían al dedillo la idiosincrasia completa del mismo y no veían necesaria esa diatriba expuesta con formas tan bravas. Gilmore continuó.

—Por supuesto se lo intento expresar de manera entendible señor presidente. Hay muchas facetas complicadas que hemos tenido que salvar. La principal ha consistido en la toma de las fotos y la película. El observar las partículas, y fotografiarlas es una forma de observación que hubiera destruido la superposición, y por tanto, el entrelazamiento. Para evitarlo construimos un dispositivo que fotografió los fotones al detectar su movimiento, cuando éstos cambiaron el giro, justo en el momento en que fueron medidos desde el espacio. Como esta operación la realizaron desde la nave miles de veces, el margen de error quedó reducido casi a cero. Interminables estadísticas así lo acreditan.

—El que la parte sencilla y fácil haya salido según nuestros cálculos indica que lo sustancial, lo importante, lo trascendental, también ha ido tal y cómo teníamos previsto. Lo segundo deriva de lo primero. Si bien es una cuestión de fe, ni lo podemos demostrar hoy, ni lo podremos hacer nunca, pero confíe ciegamente en este criterio particular. Ah y hágame el favor de comunicar esta formidable noticia al presidente de Rusia, al Primer Ministro de Inglaterra y a cuantos prebostes tenga por conveniente. Que la humanidad entera esté chiflada es un pequeño daño colateral sin la menor importancia. —algunos de los presentes sintieron un rubor incontenible al observar a su jefe terminar la escenificación arrodillado en el suelo con los brazos extendidos simulando una crucifixión. Luego se levantó con teatralidad y acercó al joven doctor.

—Si esa es su opinión doctor Weiss —continuó Gilmore iracundo— más le valdría callarse. Suena tremendamente ridículo. Y rayaría en la tomadura de pelo si les decimos que ese cambio ni siquiera podemos demostrarlo. Para acabar de arreglar las cosas la nave está a una distancia que tardamos nueve meses en hacernos escuchar y otros tantos en recibir respuestas.

—Ellos exigen resultados señor Weiss, no atienden a disquisiciones que parecen mas propias de la filosofía que de la ciencia —la eminente explosión de rabia se desató al fin en Gilmore, la voz imperiosa dejó paso a los gritos desgarrados.

—Le cederé gustoso el honor de dar tan brillante explicación— chilló ¿Nadie más puede aportar una idea que no sea un estúpido sinsentido? —terminó su ataque de furia recorriendo con la mirada de sus ojos saltones a toda la audiencia. El pequeño discurso lo había teatralizado de tal forma, recurriendo a un montón de aspavientos y empleando tanta gesticulación que su figura bajita y regordeta se mostraba como la de un personaje algo grotesco.

Alan Weiss, en un gesto que desquiciaba a Gilmore, se ajustó las patillas de las gafas de cristales circulares y sonrió con frialdad. Sin dejarse atemorizar por la agresividad de su jefe, le respondió con calma.

—Doctor Gilmore, creo que estamos olvidando un punto capital. La clave del asunto. Nuestro proyecto no podrá ser demostrado jamás por un medio directo sino indirecto, residual, o por defecto, como queramos llamarlo. La historia de la ciencia está repleta de descubrimientos realizados sobre indicios indirectos. Hoy conocemos siete dimensiones espaciales extra, trabajamos con ellas con normalidad y gracias a una serie de suposiciones teóricas hemos conseguido enormes avances, sin embargo, nadie ha podido verlas jamás ni parece razonable que pueda verlas en un futuro cercano por ser inimaginablemente pequeñas. Incluso voy más allá. Nadie que entienda el experimento en sí puede esperar una especie de prueba física, tangible, un objeto que pueda pesar o medir. Creo más razonable intentar exponerles este punto de vista que tomar caminos que nos llevarán a un callejón sin salida. En definitiva doctor, piénselo detenidamente ¿qué prueba espera mostrar a nuestros patrocinadores? No la hay. Si, en efecto, es una cuestión de fe. No hay más. Por otra parte estamos en la segunda fase de la misión que es estanca de la tercera y definitiva. No implica en absoluto que la tercera tenga que ser un fracaso —de nuevo se ajustó las gafas sin dejar de sonreir.

Un murmullo más de asentimiento que de crítica se dejó escuchar por la sala. La lógica de Weiss pareció de una lógica impecable al grupo de científicos. Pero el profesor Gilmore, debido al despecho por verse superado en el debate por un simple aprendiz o porque se hallaba preso de un ataque de histeria, no estaba por la labor de ceder un ápice.

—A usted no parece importarle que gracias al proyecto Génesis los suicidios en el mundo entero se han multiplicado por mil, las bolsas han tenido que cerrar para evitar un colapso económico, se ha decretado el estado de queda en todas las grandes ciudades y mil calamidades más que no hace falta enumerar. La gente tiene recuerdos falsos, se cruzan recuerdos entre personas diferentes y de una manera anárquica. Un buen día te levantas y eres tú y al siguiente tu cerebro recrea imágenes que nunca existieron o pertenecen a tu vecino. Para mayor confusión el fenómeno es sólo parcial con lo que verdad y mentira se mezclan y nada tiene sentido ¿Y todo por qué? Porque un grupo de físicos chalados ha jugado a ser Dios. Nosotros mismos hemos tenido que recurrir a un estricto protocolo para evitar los efectos de está peste psíquica porque tampoco somos inmunes y nuestro trabajo corría el riesgo de irse al infierno —esperó un largo minuto con la secreta esperanza de que alguien saliera en su ayuda.

—Bien, dado que percibo ciertas simpatías hacia la postura de Weiss, voy a nombrar una comisión integrada por cinco ilustres colegas para comparecer y suplicar al gobierno un poco de tiempo, aunque de nuevo me corresponderá asumir la responsabilidad de este clamoroso fracaso. La suerte está echada. Mientras salgamos con vida de la empresa...—la sarta de ironías no debió surtir los efectos deseados por Marcus puesto que ninguno de los presentes puso la mínima objeción a que fuera él quién diera la cara por todo el colectivo encabezando la comisión. Y eso que desconocían que Gilmore se juró a si mismo despedir a Weiss en la primera oportunidad que tuviera por rebelde e insolente.

—Si me quedan las influencias suficientes —se dijo apretando los dientes con rabia— voy a conseguir que la comunidad científica mundial condene al ostracismo a este impertinente de Weiss. Y sigue con esa sonrisa fría y cínica el maldito...

Weiss a quién no le pasó desapercibido que su jefe le observaba de reojo, volvió una vez más, a ajustarse las patillas de las gafas.

* * *

Signad Nilsson esbozó una sonrisa de satisfacción al ver la figura de su amigo Olof Larsson entre una multitud de viajeros presurosos que llegaron en el vuelo procedente de Estocolmo. Las respectivas carreras profesionales de ambos se separaron dos años atrás. Desde que colaboraron en un trabajo destinado a encontrar nuevas medidas y cálculos para formular una revolucionaria tesis sobre la construcción de la pirámide de Keops, no se habían vuelto a ver. El mecenas que les llevaba financiando generosamente excavaciones arqueológicas por el mundo entero, un millonario llamado Robert Ross, entusiasta de los misterios de las civilizaciones antiguas, se cansó de la falta de resultados y canceló de repente las aportaciones económicas.

Olof regresó a la Universidad de Estocolmo donde impartía clases de antropología, mientras que Nilsson consiguió subsistir en Estados Unidos gracias a diversas becas de fundaciones privadas, más los emolumentos que percibía por las colaboraciones en varias revistas especializadas en arqueología.

Cuando Nilsson fue visitado e informado por una organización que decía hablar en nombre de varios gobiernos, para que compareciera públicamente con el fin de lanzar un mensaje de tranquilidad a la población mundial respecto de los extraños fenómenos de los falsos recuerdos, mensaje que previamente le sería entregado y sobre el cual no podía añadir, restar, ni modificar una sola palabra, solicitó permiso para hacerlo en compañía de Olof. Los agentes, que desde ese mismo instante dirigían cada segundo de su vida, no opusieron el menor reparo a la petición de Nilsson, incluso se prestaron a ayudarle para facilitar la llegada de Olof a Nueva York.

En menos de veinticuatro horas se halló estrechando la mano de su colega en el aeropuerto donde había ido a recogerlo. Después de un breve café que aprovecharon para ponerse mutuamente al día de los asuntos personales de ambos, Nilsson le reveló los detalles del motivo del viaje y la urgencia del mismo. El día anterior lo convocó mediante una llamada telefónica y fue muy parco en palabras. Lo único que se atrevió a contarle fue que se trataba de un asunto de la máxima gravedad. Olof, paciente hasta la exasperación, no interrogó a su amigo en absoluto. Sabía esperar y en este caso la espera sería corta. Acepto la invitación y, raudo, se dispuso de inmediato a tramitar el billete de avión.

—Creo que ya es momento de contarte lo poco que sé— dijo Nilsson algo impaciente por entrar en materia y bajando el tono de voz por temor a que la conversación estuviera siendo grabada.

—A mi modo de ver —continuó— se trata de algo que ha salido mal en un asunto de una envergadura incalculable, si bien desconozco por completo de qué se trata, tanto del tema en sí, como de la causa del error, en el caso de mi sospecha sea cierta. Mejor dicho, no sé más que tú o cualquier otro ciudadano corriente. Supongo que en Suecia la consternación no será menor que aquí y que en el resto de países. La gente, con razón, está aterrorizada. Recordar sucesos de otras personas deja al ser humano desnudo. Por fortuna el fenómeno parece mostrarse de forma anárquica. Casi la totalidad de los recuerdos cruzados corresponden a personas totalmente desconocidas. Imagina que esto se ciñera sólo en ámbitos reducidos, como la familia por ejemplo. Se quebrarían los mismos fundamentos de la sociedad. Conocer lo más vil o deshonroso que ha hecho un hijo o un hermano terminaría por suponer el fin de toda norma moral y jurídica. La civilización colapsaría. Lo que nadie se atreve a decir es que la mano del hombre es la causante de este despropósito. Siento involucrarte en algo cuyas consecuencias me superan, pero no tenía a nadie en quién confiar.

Nilsson no era del todo sincero en aquella confidencia. Tener a su lado a Olof le ayudaba a compartir la responsabilidad. Y por primera vez en su vida tuvo la intuición que en algún momento le iba a resultar de enorme utilidad.

Su compatriota sueco siempre le daba seguridad, siempre le aconsejaba bien y siempre tenía razón. Además, su peculiar aspecto físico ayudaría a captar bastante tiempo el enfoque de las cámaras de televisión. Tenía la cara salpicada de pecas que, unidas a una abundante cabellera rojiza, al igual que las cejas, conjuntaban una cabeza en permanente ignición, más similar a una antorcha viviente que a un rostro humano.

—Podrás imaginar —dijo Nilsson— que a partir de este mismo momento, al igual que yo, vas a estar sometido a una estrecha vigilancia. Creo que mientras no nos salgamos de la versión que nos obligan a exponer todo irá bien. Los guardianes encargados de seguirnos se muestran con una corrección exquisita y me permiten cierto grado de libertad, dadas las circunstancias.

—Menos mal —continuó— que aceptaron mi condición de no admitir preguntas. No es que pudieran resultar incómodas, es que no tendría una sola respuesta coherente que ofrecer. Me siento ridículo. Por primera vez en mi vida me gustaría ser un hombre anónimo. Tampoco entiendo por qué me eligieron a mi— sentenció.

—Sin duda la celebridad mundial como antropólogo que te acompaña y tus descubrimientos en arqueología no han pasado desapercibidos —respondió con su habitual serenidad Olof.

—En cualquier caso pienso que se debe sobre todo a tu falta de significación política. No estás contaminado socialmente y te has ganado a pulso el respeto en cuantos países has trabajado. Jamás has atacado ideologías, religiones, ni razas, así que supongo eres el tipo que necesitan. Si a ello añadimos tu facilidad de palabra y lo bien que te mueves antes las cámaras eres el candidato ideal. Alguien con una reputación impoluta. Lo que más me extraña conociéndote es que te hayas prestado a esta farsa.

—Cuando —Signar Nilsson intentó mudar el semblante para reflejar tristeza y preocupación sin conseguirlo— te visitan un par de tipos trajeados en nombre del gobierno para insinuarte que debes tranquilizar a la población mundial, y luego preguntan por tu familia con igual educación que frialdad, es difícil resistirse. Mejor acatar de buen grado lo que te piden. Cualquiera se atreve a rechazar esa invitación. Encima tengo que atribuirme una hipótesis absurda como si fuera propia. Mi prestigio entre los colegas, ya de por si bastante deteriorado desde nuestras andanzas con Robert Ross, quedará degradado hasta la nada, pero sería muy necio oponerse a unos poderes gubernamentales o quizás hasta algo superior. Me intriga saber quién está detrás de esta locura. Intuyo que varios países y enormes grupos económicos tendrían mucho que decir, pero no los tengo identificados, ni sé lo que pretenden. El secretismo con el que llevan el tema es absoluto. Da miedo. Lo único seguro es que algo no ha salido bien del todo en algún proyecto o experimento al más alto nivel. De todas formas, creo que es acertada tu visión sobre nuestros trabajos anteriores. En cuanto hayamos terminado la misión encomendada, deberíamos repasar detalladamente nuestras investigaciones en busca de una pista. Quizás se nos ha escapado un detalle al que no dimos importancia en su momento. ¿Y si hicimos algún descubrimiento y no fuimos capaces de verlo?

—Recuerda —contesto el pelirrojo— que en varias ocasiones tuvimos que retocar u ocultar pruebas para ajustarlas a las teorías visionarias del lunático que nos pagaba. Por desgracia no teníamos otra elección, o contentábamos al millonario o adiós a las subvenciones. El muy necio buscaba huellas extraterrestres en la noche de los tiempos, desde Egipto a las culturas precolombinas pasando por la Biblia y, aunque nunca le dimos nada concluyente, si le aportamos un buen número de indicios que para una mente fantasiosa como la suya debería haber sido suficiente. Al final nos tomó la medida, entendió que jamás le ofreceríamos lo que tanto anhelaba, así que el viejo nos dio pasaporte. Sería una tarea gigantesca desmenuzar ahora la verdad y la mentira de cuanta documentación acaparamos en su momento. Además me surge una duda, ¿no consideras que sería bastante peligroso iniciar una investigación por nuestra cuenta de un asunto que tú mismo calificas de una importancia sin precedentes? Y voy más lejos, ¿qué beneficios nos reportaría? —Olof taladró a su amigo con una mirada profundamente inquisidora.

—No te voy a afirmar —contestó Nilsson con una sonrisa maliciosa— que mi intención sea por completo altruista. Tampoco quiero ser ningún héroe que salva el mundo. Piensa en que dentro de un tiempo, en el supuesto imaginario que llegáramos a conocer la verdad, publicáramos un trabajo aflorando toda la realidad de este embrollo. Aún tenemos contactos importantes que si les aportamos pruebas irrefutables no dudarán en ayudarnos. Imagina que damos con la tecla y alumbramos la verdad al mundo entero. Sería nuestra fortuna. Nuestro salvoconducto será la propia notoriedad que vamos a adquirir mañana. No creo que se atrevan a quitarnos de en medio, sería demasiado pueril por su parte. Tendrían que dar excesivas explicaciones. Eso sí, debemos andarnos con sumo cuidado. De momento nos comportaremos como chicos obedientes a sus ojos.

Conforme Nilsson se expresaba, Olof hacía señales de asentimiento con la cabeza. Parecía no disgustarle la idea.

—No sé por qué, pero he supuesto que podíamos necesitar información sobre nuestros estudios anteriores y los llevo todos en mi maleta. Y por si se perdiera o la confiscaran, remití copias a buenos amigos para que las conserven un tiempo.

—Siempre tan eficaz —dijo Nilsson con entusiasmo. Mis comunicaciones están vigiladas estrechamente, solo puedo conectar el ordenador en presencia de mis queridos guardianes que fiscalizan antes, durante y después de cada sesión todo mi tránsito por Internet. Empezare, cuando vea que el peligro ha pasado, por repasar primero las medidas y relaciones astronómicas de los monumentos antiguos. ¡También sería curioso que el viejo Robert tuviera razón y estos americanos hubieran contactado con alguien de ahí fuera! Quizás buscando una mentira dimos con una verdad. De ser el caso nuestros captores pueden estar actuando bajo la creencia que sabemos algo que en realidad no sabemos.

—Bien, —dijo Olof levantándose— temo que nos estamos extendiendo demasiado y esa pareja de tipos altos que hacen todo lo posible para no pasar desapercibidos, pueden impacientarse. Mejor será que les abordemos para que nos acompañen a nuestros hoteles respectivos y escuchemos sus instrucciones para mañana atentamente. Nada me disgustaría más que contrariarles.

* * *

El día que Nilsson y Olof debían comparecer en la sede de las Naciones Unidas amaneció cálido y luminoso. A pesar de que Olof madrugó en exceso para no retrasarse un solo segundo, al salir a la calle ya le esperaba un coche oscuro en cual le acomodaron en el asiento de atrás junto a su amigo.

Nilsson repasaba las últimas frases del documento que debía exponer. Conforme llegó al del final del texto su cara de extrañeza cambió a la de asombro. Sin mediar palabra y con un suspiro profundo entregó la carpeta a uno de los acompañantes. En su momento ya le advirtieron que el discurso tenía que ser espontáneo. No dispondría de ningún papel que leer, ni tan sólo consultar, para dar una imagen de teoría expuesta libremente.

—Debe usted improvisar si es necesario sin salirse de la línea que marcamos —le aconsejó un agente que parecía estar al mando de la operación.

Tras un paseo de veinte minutos llegaron al edificio sede de la O. N. U, colándolos los vigilantes de seguridad por una puerta en que la no se vislumbraba un solo reportero, ni siquiera algún transeúnte curioso.

—Han limpiado bien la zona —pensó Nilsson.

Cuando accedieron a la sala de conferencias, ésta se hallaba repleta. Personas, micrófonos y cámaras de televisión se mezclaban en un conjunto de personas y medios, ávido de respuestas. La organización del evento tuvo cuidado en programar la escena a su gusto. No había una mesa dónde celebrar el discurso. Un pequeño atril en el cual permanecería de pié, era el único mueble del escenario. Olof y el grupo de guardaespaldas quedaron detrás de Nilsson en silencio. Sólo el que hacia las funciones de jefe de prensa se limitó a presentar al ponente con austeridad, sin malgastar una solo palabra, aludiendo escuetamente a su fama mundial como arqueólogo.

—Quieren que nos sintamos incómodos —le dijo Nilsson a su amigo mientras el jefe de prensa hacía la presentación. Ni siquiera una silla, todo está preparado para que la exposición resulte confusa y corta. ¡Fíjate! jamás escuché una megafonía tan lamentable! Bueno me temo que ya debemos empezar. Tratemos de salir dignamente de este atolladero.

Después de dar varias series de pequeños golpecitos en el micrófono y carraspear con irritante reiteración, Nilsson se dirigió a la concurrencia en un tono grave.

—Me corresponde informarles de las conclusiones a las que hemos llegado un numeroso grupo de científicos de distintas disciplinas, todos ellos firmantes del manifiesto que se les ha entregado al acceder a la sala. Allí figura el nombre y rango de cuántos respaldan mi hipótesis sobre el Síndrome de los Falsos Recuerdos como se ha popularizado el fenómeno, aunque no considero esta denominación la más adecuada al mismo. Todos ustedes conocen muy bien lo que parece un fenómeno singular y en cierto modo aterrador. Tanto por su extensión universal, dado que ya son muy pocas las personas que no se hayan visto afectadas, como por la peculiaridad del mismo. No existe en la historia del ser humano un hecho constatado semejante, ni siquiera parecido. Si algo se le pudiera acercar cae sin duda en el ámbito de la mitología.

—Pues bien, todo apunta a que es un paso más en el proceso evolutivo. Un nuevo carácter adaptativo de la especie que le generará alguna ventaja en la lucha con su entorno por la supervivencia. El mecanismo a través del cual se ha desarrollado se debe, sin duda, a una mutación —Nilsson por primera vez vaciló en su alocución, se le hacía muy duro dar una tesis tan prosaica ante miles de millones de personas que seguían la conferencia ofrecida por la mayor parte de las cadenas de radio y televisión del mundo. Para no atascarse decidió continuar sin pensar lo siguiente que iba a decir, esperó que le brotaran las palabras.

—Sorprende desde luego la velocidad de dicha mutación. Los biólogos y antropólogos tendemos a creer que los cambios en las especies se producen a largo de períodos enormes de tiempo. Sin embargo, nada impide que una mutación devenga mucho más rápida de lo que pensamos.

—La pregunta clave que en este punto se formularán, es si la mutación necesariamente será benigna, o por el contrario maligna. Lamento no poder concluir con una respuesta tajante. Varios indicios, no determinantes, parecen apuntar en el mismo sentido, en cuanto que este salto en la psique humana supondrá un enorme avance. Aunque como todas las revoluciones reportará temporalmente consecuencias traumáticas, pero terminará por resultar favorable cuando la humanidad se adapte a este cambio. Cuando asumamos que una parte de nuestra consciencia ha dejado de ser individual para integrarse en el inconsciente colectivo, la humanidad superará este trance. Lo que hoy vemos como un hecho insólito será habitual. En estos momentos, miles, decenas de miles de los más brillantes cerebros del mundo entero están trabajando sin descanso para comprender y desentrañar la manera por la que viene operando este hecho singular.

—Jamás creí que pudiera hablar como un político— pensó Nilsson al terminar. Consultó su reloj de pulsera. Habían transcurrido cuatro minutos y medio. Suspiró satisfecho, no le podían recriminar que había superado el tiempo previsto.

Las instrucciones que recibió eran tajantes, no extenderse más allá de cinco minutos, terminar la brevísima conferencia y abandonar de inmediato la sala sin dar lugar a preguntas e impedir a toda costa que algún periodista atrevido le abordara antes de subir al coche que le alejaría de allí. Si bien de esta última parte se encargaron cuatro guardaespaldas que no se apartaron de su lado un solo instante.

—Un nuevo carácter adaptativo de la especie— repitió Olof entre risas mientras se alejaban del público. ¿A quién se le ocurrió semejante sandez?

—Tuve que improvisar —dijo Nilsson resoplando— te puedes creer que fui incapaz de memorizar un simple texto de unas pocas líneas. Bien, la parte dramática de la obra ya se ha cumplido, esperemos que a plena satisfacción de los autores. Ahora nos toca a nosotros cumplir el siguiente capítulo.

* * *

La nave espacial Génesis era una obra maestra de la ingeniería y la aeronáutica. Fue lanzada al espacio en absoluto secreto sin que la noticia fuera dada a conocer a la opinión pública ni a la mayoría de los gobiernos del mundo. Dotada de la tecnología más revolucionaria conocida, a los seis meses de su despegue había conseguido alcanzar un diez por ciento de la velocidad de la luz. Gracias a una matemática asombrosa de los espacios curvos, la nave fue multiplicando su aceleración aprovechando la gravedad de los planetas gigantes que convirtieron su tirón gravitatorio en una descomunal fuerza repulsiva sin que tuviera que consumir un aporte extra de energía. Primero Júpiter, después Saturno, Urano y Neptuno empujaron a Génesis hacia el infinito en dirección a Próxima Centauri, siguiente estación que aumentaría aún más su velocidad.

Construida siguiendo el modelo de una diminuta ciudad, los seis tripulantes encargados de pilotarla, gozaban de cualquier comodidad que imaginarse pueda. Estaba equipada con gimnasios, laboratorios, salas de cine, recreaciones de espacios abiertos y mil detalles más destinados a hacerles la vida fácil. No faltaban en ella alimentos frescos de todas clases suficientes para vivir cien años, medicinas, aparatos y material médico y quirúrgico, biblioteca, filmoteca, juegos y un sinfín de artículos y artilugios más. Como el presupuesto del proyecto ascendía a sumas mareantes, se autorizó a la tripulación para que cada individuo llevara consigo los objetos que considerada convenientes, incluso en el supuesto de que pudieran parecer superfluos o poco aconsejables. Incluso se les dotó con los medios necesarios para que desarrollaran a su antojo cuantas aficiones o diversiones les vinieran en gana. Hasta unas pequeñas píldoras que provocaban un rápido y profundo sueño del que ya no despertarían, se pusieron a su disposición en caso de que surgiera alguna emergencia imprevista que les evitara una muerte terrible. Todo estaba preparado para que la misión fuera un cúmulo de placeres para los astronautas. Todo excepto un detalle inquietante y algo aterrador. No estaba previsto el viaje de vuelta. Otra cuestión sería que los científicos encontraran por su cuenta la forma de regresar una vez completada con éxito la misión. Vuelta que nadie era capaz de aventurar, dada la velocidad y posición de la nave, en qué año del futuro en la Tierra podría darse. Tal vez no quedara en el mundo nadie de cuantos trabajaron en el proyecto. Este hecho no les fue ocultado a los bravos tripulantes. Por ello costó dos años encontrar a los voluntarios con suficientes conocimientos y preparación para enrolarse en semejante aventura que, vista según cierta perspectiva, no dejaba de tener una naturaleza suicida. El problema no surgió por la falta de candidatos, pues una larga lista de aspirantes colapsó por unos días el proceso de selección, sino por las severas pruebas psicológicas, de conocimiento y médicas a las que fueron sometidos. Se impuso como premisa que fueran personas con una vida en cierta forma desestructurada, tanto a nivel familiar como social, sin nada en el mundo con capacidad para hacerles arrepentirse de una decisión tan trascendental. Pero con la estabilidad psicológica suficiente para afrontar situaciones a las que jamás se enfrentó el ser humano.

Como había mentes encargadas de pensar en todo, se optó por el modelo Arca de Noé —nombre sugerido por un ingeniero aficionado a los chistes— para el cual fueron elegidos tres hombres y tres mujeres jóvenes en plenitud de sus facultades físicas y psíquicas y con un brillante expediente académico y laboral. Con ello contaban con la posibilidad de formar una colonia en algún lugar remoto del Universo llegado el caso de que lo considerarán conveniente Cada uno de los elegidos pertenecía a una rama diferente de la ciencia. Fueron éstas las que terminaron apellidando a los científicos, pues quedaron para la posteridad los nombres de Fred el matemático, Jane la doctora, Jonás el físico, Eva la informática, Marvin el piloto y Lisa la ingeniera, motes también acuñados por el mismo ingeniero gracioso.

A los seis meses de su lanzamiento la convivencia en la nave comenzó a resultar difícil. Los períodos en los que el módulo espacial transitaba por inmensas regiones del espacio— tiempo carentes de materia sin otra tarea que esperar noticias de la Tierra o realizar experimentos menores sin mayor trascendencia que mantener ocupados a los habitantes, ciertas tensiones hicieron su aparición. La idea apriorística de que las cosas funcionarían mejor con tres parejas de diferente sexo no parecía, a tenor de los hechos, afortunada. Al contrario, llevados por inquietudes comunes, los hombres y mujeres pronto formaron dos facciones encontradas. Como si de algo disponían en abundancia era de tiempo libre, Fred, Jonás y Marvin dedicaban interminables períodos de tiempo a fortalecer los músculos en el gimnasio, cuando no se enzarzaban en partidas de juegos de ordenador que, igualmente les llevaban un consumo de horas excesivo a juicio de sus compañeras. Éstas, a su vez, se fueron convirtiendo en las únicas del grupo que conservaron el interés por la misión, atendiendo cada una sus funciones con una meticulosidad digna elogio.

El grupo entero solía reunirse a las horas de las comidas, momentos que las mujeres aprovechaban para recriminar a los hombres sobre la dejación de funciones cada día más patente que observaban por su parte. Tal fue el caso del día en que la doctora Jane, mostró su indignación a Marvin.

—Hace días que no nos informas sobre la posición exacta que ocupamos, ni lo que falta para llegar a las inmediaciones de Próxima Centauri. Teniendo en cuenta que eres el personaje de la tripulación más liberado de obligaciones, creo que tu trabajo aquí está dejando mucho que desear —dijo con un tono seco, sin intentar disimular la rabia contenida.

Marvin, piloto militar, no se distinguía por sus dotes diplomáticas. Subió el nivel de tensión con una contestación agria.

—La trayectoria de la nave está dirigida desde la Tierra al ciento por ciento. Ellos losquetodolosaben se encargan de llevarnos donde les viene en gana y a la velocidad que estiman oportuno. A mi me eligieron sólo para evitar que, si algo se les va de las manos, estrellemos su juguete de billones de dólares contra un árido planetoide. Por lo demás tengo que matar el tiempo de alguna forma. Así que entiendo mejor pidas explicaciones a tu inseparable Eva que se encarga de las comunicaciones. Dile que hable con Gilmore o alguno de sus vasallos a través de su omnipotente ordenador para saber si estamos cien mil kilómetros más allá o más acá de la nada.

Jane, ante una respuesta tan impertinente, se levantó furiosa sin decir palabra. Contuvo su ira consciente que de entrar en una discusión podría acarrearle un incidente de imprevisibles consecuencias. Se levantó bruscamente sin terminar el plato de comida y se puso a revisar los últimos análisis de sangre de la tripulación sin poder centrarse en su labor. En su mente sólo cabía la forma de dar una represalia contundente a la salida de tono de Marvin.

El resto del grupo continuó comiendo sin que mediara una sola palabra. Todos hicieron lo posible para terminar rápido y desaparecer lo antes posible de la escena.

* * *

Eva Morrison era la miembro de la tripulación más joven y mejor dotada intelectualmente. Tenía un aspecto de niña buena que aún le daba apariencia de contar menos edad de la tenía. Esa característica sirvió también para ser la persona más respetada entre los compañeros. De alguna manera era la hermana menor de todos. A los diecisiete años inventó un nuevo lenguaje informático, para doctorarse a los veintitrés con una brillante tesis en la que descubrió un modelo de encriptar códigos indescifrables. Ese talento le sirvió para ocultar en el proceso de selección varias alteraciones notables en su carácter. Eva era tremendamente insegura y con poca facilidad para adaptarse a la vida en una comunidad. Y menos con la peculiaridad de ese tipo de comunidad. Por decirlo de otro modo era una inadaptada socialmente.

Dentro de la nave era la persona que ocupaba con diferencia más horas en el trabajo. Su tarea principal consistía en que la comunicación con la Tierra permaneciera constantemente fluida, labor en la que empleaba no menos de catorce horas al día. Repasaba de continuo las frecuencias de radio empleadas eliminando cuantos ruidos y distorsiones pudieran molestar el tránsito de mensajes con la Tierra, así como se preocupaba de que estuvieran siempre disponibles nuevos canales en el caso de ser necesarios. Aunque siempre fue una trabajadora metódica e incansable, el exceso de trabajo respondía a otra inquietud que le tenía soliviantado el ánimo: le encomendaron la responsabilidad de ser ella quién llevara a cabo el experimento final y los dos ensayos previos. Para ello contaría con la ayuda del físico Jonás, pero en última instancia tenía que ser Eva la que decidiera el momento y la forma de completar la misión para la cual fueron enviados al infinito.

El temor a un error comenzó a pesar en su ánimo. La única persona a la que se atrevió a confesar sus miedos fue la doctora Jane. Ésta trataba de liberarle los temores con palabras amables bajo la doble intención de tranquilizarla y, sobre todo, evitar un error de nefastas consecuencias.

—¡Bah! —le decía a menudo— no te preocupes tanto. La primera parte ha resultado un éxito completo, los fotones en la Tierra respondieron perfectamente al entrelazamiento cambiando su espín en el día previsto. Y si al final lo hacemos mal será culpa de todos y cada uno de nosotros. Además contamos con una ventaja: nadie podrá castigarnos ¡estamos demasiado lejos para que vengan a exigirnos responsabilidades! —frase que acompañaba con una sonora carcajada que podía interpretarse como un incipiente signo de demencia.

* * *

Dos meses después de su comparecencia forzada en la sede de Naciones Unidas, Nilsson consideró que la vigilancia a la que se veía sometido comenzaba a relajarse. A ello contribuyó el haber cumplido a rajatabla la orden dictada sin separarse en absoluto del guión establecido, pero en mayor medida la causa fue que el Síndrome de los Recuerdos Cruzados se fue apagando a un ritmo vertiginoso hasta casi haber desaparecido. La terrible agitación inicial fue dando paso a un período de cierta calma en las distintas poblaciones integrantes de la especie humana. Posteriormente, ante el claro retroceso en intensidad del fenómeno, el mundo fue recobrando la normalidad.

Durante ese tiempo permaneció alejado de la vida pública con el fin de no atender entrevistas ni estar en el punto de mira de periódicos y cadenas de televisión. No le costó llegar a un acuerdo con las autoridades para que le ayudaran a ocultarse. Una vez recuperada la libertad total que incluía el permiso para viajar, vio llegado el momento de volver a contactar con Olof con el fin de repasar mutuamente los avances logrados por cada uno.

Antes de separarse pactaron la estrategia a seguir. Mientras Nilsson revisaría cuantos datos arqueológicos tenía a su disposición, bajo la firme promesa de estudiarlos desde alguna perspectiva diferente, a Olof le encomendó la tarea de rastrear en los ámbitos científicos y académicos en busca de una pista.

—En alguna parte —le dijo Nilsson— habrá un profesor, un científico, una persona que tenga alguna referencia sobre este misterio. Aunque sea de forma indirecta, pero es imposible silenciar por completo un proyecto de esta magnitud. Tu labor consistirá en buscar un contacto que nos encauce en el camino correcto. Siempre será más prudente que te encargues tú porque tienes la residencia fijada en Suecia y dispones de mayor libertad de movimientos para tantear a personajes que pudieran saber algo o estar implicados en el experimento.

Los dos amigos, víctimas de cierta psicosis más propia de una película de espías que de la vida real, tomaban medidas un tanto melodramáticas.

—Por ahora, entiendo mejor que cese por completo nuestro contacto. A su debido momento nos reencontraremos en Suecia y recapitularemos de cuánta información dispongamos. No debe ser problemático para ti conseguirme un par de conferencias en la Universidad o en círculos culturales sobre cualquier tema relacionado con el estado actual de la arqueología.

* * *

Nilsson llegó a Estocolmo una mañana de enero. El frío era glacial. A pesar de que Olof le ofreció tomar un reconfortante té en una cafetería que frecuentaba, su amigo prefirió que la primera toma de contacto fuera dando un paseo por las calles de la ciudad.

—Necesito de este ambiente gélido para aclarar mis ideas porque lamento comunicarte que pocas novedades puedo aportar. Estoy empezando a dudar que mi intuición de un contacto con inteligencias alienígenas fuera cierta. He repasado una y mil veces nuestros estudios de las civilizaciones desparecidas y creo que todo lo que insinuamos en ellos se reduce a humo. La arquitectura y los conocimientos avanzados de las culturas antiguas se deben a algo tan simple como el talento. Siempre han existido individuos muy inteligentes. De otro lado tampoco he hallado nada concreto en la actualidad que me induzca a pensar que por fin hemos contactado con los extraterrestres. Y te aseguro que no ha sido por falta de intentarlo. Sólo me que pensar en un experimento de control mental colectivo o algo así por parte de los gobiernos, más propio de la ciencia—ficción que de la realidad —dijo intentando mostrarse decepcionado.

—Espero conseguir animarte un poco. Creo que podemos estar cerca del hilo que nos llevará al ovillo.

—Venga, venga —el rostro de Nilsson se iluminó— tienes el don de renovarme las esperanzas cuando todo parece perdido. Adelante, estoy ansioso por escucharte.

Olof detuvo a Nilsson para que centrara mejor la atención. Lo hizo sujetándole el hombro con la mano levemente. Unos espesos copos de nieve se dejaron caer sin que los amigos se percataran de ello.

—El caso —dijo Olof— es que también pase varias semanas desconcertado. Sin ánimo de elogiarme a mi mismo, la verdad es que he dedicado día y noche a este tema. Apenas he dormido tres o cuatro horas al día desde que nos separamos en Nueva York. Hablé con un montón de colegas, amigos, conocidos, indagando siempre de manera subrepticia para no desatar sospechas. Así transcurrió casi un mes y medio y me encontré en el mismo punto. Nadie me reconoció conocer las causas del Síndrome de los Recuerdos Cruzados, y lo que fue peor y me llevó al borde de desistir: ninguno de los científicos con los que me entrevisté me confesó sus sospechas de que la mano del hombre estuviera detrás. Negativas y evasivas por todas partes, unas sinceras y otras no tanto, creo. Y lo que vino a empeorar las cosas fue cuando mencioné a mis interlocutores la posibilidad de algún contacto extraterrestre. Ya conoces la postura de la comunidad científica en general. Huyen de esos temas y estigmatizan a quienes dan pábulo a semejantes historias. Al final tuve que omitir esa hipótesis ante el temor de perder todo mi crédito como antropólogo.

Una noche —volvieron a andar al percatarse de que se estaban quedando ateridos por el frío— tumbado en la cama estaba sumido en una desesperación que no me permitía conciliar el sueño. Me dije a mi mismo que estaba analizando el problema desde una óptica errónea. Tenía que haber una manera de enfocarlo mejor o más amplia. De repente caí en la cuenta de algo curioso. Algo tan evidente que me avergoncé por no haberlo pensado antes.

—Me tienes en ascuas, —dijo Nilsson enfundándose unos guantes— pero creo mejor aceptar tu invitación a ese té hirviendo, había olvidado la temperatura a la que puede llegar el invierno sueco. Además, la nevada nos está calando hasta los huesos.

Olof agradeció el cambio de opinión. También el frío le comenzaba a molestar. Como no estaban en buenas condiciones para perder el tiempo eligiendo el lugar idóneo, se adentraron en el primer bar que encontraron a su paso. Antes de continuar Olof su narración, se tomaron un respiro para dar cuenta de unas infusiones acompañadas de pastas.

—Esto reconforta a cualquiera —Olof retomó la conversación. Bien, el caso es que como te decía, un hecho muy significativo me iluminó. En mis múltiples movimientos hallé algo muy curioso que en su momento no me llamó la atención y estoy convencido que no responde a una casualidad. Una buena cantidad de personas destacadas en distintas disciplinas científicas no estaban en sus puestos. Excedencias, bajas voluntarias, viajes largos y misteriosos sin nadie dejara referencias sobre la futura ubicación; en fin, una causa desconocida había retirado de la circulación a un número importe de talentos. Universidades, laboratorios, empresas pioneras en tecnología e informática, prácticamente todas vieron mermado su capital humano en forma de deserciones. Esto podría encajar y dar sentido a nuestra hipótesis de que un experimento de una magnitud grandiosa se ha estado cociendo acaparando a lo mejor de la ciencia.

—Siempre supe no que no me ibas a defraudar —dijo Nilsson entusiasmado. Pero continúa por favor, me temo que aún tienes alguna perla más con la que alegrarme el día.

—En efecto, veo que me conoces tan bien como pensaba. Hace más o menos dos semanas un antiguo alumno que hoy trabaja en una industria óptica que fabrica espejos para telescopios, y con el que conservo una buena amistad, me relató una historia muy evocadora. Al parecer un joven doctorado en física que trabajó un tiempo en Arecibo en el proyecto SETI, ya sabes ese tinglado que tienen montado los yanquis en busca de señales inteligentes procedentes del espacio, y para el cual al parecer tienen activos varios millones de canales con sus poderosos radiotelescopios, pues bien, como te decía este joven al parecer llamó la atención por su prometedor expediente y fue reclutado para, según sus propias palabras, trabajar en el proyecto más emocionante y grandioso que el ser humano haya podido imaginar.

Nilsson estaba tan absorto escuchando a su amigo que no se atrevía a pronunciar una sola palabra para no cortar el hilo del relato.

—Después de un tiempo desparecido de la vida pública como tantos colegas, el joven ha vuelto a dar señales de vida. Unas desavenencias con el máximo responsable le dejaron fuera del trabajo que con tanta ilusión afrontó. Y por lo visto, ha ido dejando algunas frases sueltas por ahí del todo enigmáticas que no han pasado desapercibidas.

Esta vez Nilsson encontró necesario interrumpir al pelirrojo.

—¿Crees que esa versión será cierta? De serlo podemos estar tras la pista verdadera de este misterio.

—La historia te puedo asegurar que no es apócrifa —respondió Olof satisfecho. La he confirmado personalmente. Si de algo me precio es de meticuloso. Le mostré a mi alumno interés por saber más del asunto. Por supuesto, sin hacerlo partícipe de la verdadera causa que nos mueve. Le conté que tal vez necesitaríamos un perfil semejante para colaborar en un nuevo trabajo y la excusa la dio por buena. Con gran satisfacción por su parte, halagado por poder ayudarme, me puso en contacto con Bernard, pues así se llama el que conoció al físico díscolo. Bernard también se mostró muy colaborador. Me dijo que tiene acceso al curriculum del tal Weiss, no sé si te había mencionado su nombre, y no puso inconveniente en facilitarme el teléfono. Si no hemos hallado el hilo me dejo un cortar un dedo de la mano.

Nilsson estaba a punto de explotar de alegría. Al fin un testigo directo. Alguien con mucho que decir.

—Ya estoy impaciente por entrevistarme con ese chico. Mañana mismo le llamamos. Tendremos en cuenta la diferencia horaria para no molestarle en horas intempestivas. Esperemos que no sea reacio a contarnos lo que sabe.

—No creo —dijo Olof levantándose— tengo entendido que las rencillas con el director del proyecto no fueron una nimiedad. Ya verás como tiene muchas cosas sustanciosas que contar a todo aquel que quiera escucharle.

Los dos amigos aún guardaban ciertas precauciones por si todavía les vigilaban. Tomaron un taxi que les llevó al hotel donde se alojaría Nilsson. En la entrada, bajo la mirada impasible de un portero ataviado con un elegante uniforme amarillo, casi a voz en grito concretaron los detalles para la conferencia de Nilsson al día siguiente.

* * *

Faltaban escasos minutos para iniciar la segunda fase del proyecto y Eva Morrison tenía el rostro desencajado. Un incesante temblor en las manos le impedía teclear correctamente en el ordenador. Abrumada por la responsabilidad, había llegado al firme convencimiento de que en algún momento iba a equivocarse. A la doctora Jane no le paso desapercibido el excesivo nerviosismo de la joven. De hecho, mantuvo una estricta vigilancia médica sobre Eva, tratando de calmarla por todos los medios desde varías días antes, incluso con la ayuda de fármacos.

—Esta parte es la menos relevante —le decía a menudo— un simple eslabón que nos han programado, pero que era perfectamente prescindible, no va a aportar nada nuevo. Opino que el único motivo es para que nos mantengamos activos y nos sirva de repaso de cuanto nos enseñaron y no espaciar tanto la primera fase de la última y definitiva.

Eva asentía agitadamente con la cabeza, pero no había forma de que se tranquilizara. No hallaba la forma de conseguir el sosiego necesario para trabajar en condiciones óptimas. Confirmaba una y mil veces cada dato, repasaba cálculos y comprobaba la carga de las baterías que tenía que emplear.

La doctora, pese a que quería aparentar una calma que no sentía, también estaba inquieta. Pero no por el éxito o fracaso del experimento, sino porque a escasos momentos de iniciarse Marvin no se había dejado ver. Continuaba en el gimnasio trabajando los bíceps con un par de pesas que se estaban convirtiendo en su signo distintivo. Marvin tenía encargado confirmar que el punto espacio—temporal era el correcto para que la simultaneidad con la Tierra fuera la prevista.

Los otros tres de los tripulantes, temerosos de que se desatara tormenta, ocupaban los lugares que tenían encomendados para dar el soporte necesario a la operación. Se abstuvieron de realizar comentarios que pudieran irritar más a la doctora que ya daba síntomas de un malhumor patente.

Cuando asomó la figura de Marvin en el laboratorio, fumando y con un aspecto desaliñado no pudo contenerse.

—Conoces de sobra la trascendencia de ser exactos. El retraso de unos pocos minutos, proyectado hasta la Tierra a la distancia que nos encontramos, puede acarrear una desviación de días e incluso semanas con lo que se echaría todo a perder. Si eres incapaz de guardar las mínimas medidas disciplinarias, nunca deberías haberte apuntado a esta misión. No puedes seguir eludiendo tu responsabilidad de esta forma —terminó la cadena de reproches lanzando una desdeñosa mirada a Marvin que abarcó de la cabeza a los pies. Hizo una señal de desprecio en clara alusión a la vestimenta de Marvin y se dio la vuelta sin esperar respuesta. Pero el piloto no estaba por la labor de rehuir el combate dialéctico.

—Ayer comprobé nuestra posición y hay tiempo más que suficiente. En concreto casi una hora. No entiendo a qué obedece tanta preocupación. La gloria y el dinero quedarán en la Tierra, en manos de quienes nos embarcaron en esta maldita nave. Somos unas simples cobayas a las que únicamente les espera una eternidad en la nada más absoluta. Condenados a vivir siempre en un mundo artificial. Sólo seis desesperados como nosotros aceptarían ese destino.

Jane muy sensible a las impertinencias de Marvin le replicó con violencia iniciándose una batalla verbal que se alargo excesivamente. Los intentos de apaciguar los ánimos por parte del resto de compañeros fueron vanos. Cuando llegó el momento fijado para dar paso al experimento, la discusión seguía en su cénit. A ella se unió finalmente...quien llevaba un tiempo sintiendo por Jane algo superior a simpatía.

Eva en un estado emocional cercano al shock por resultarle insoportable aquella riña estúpida fue la única que tuvo la consciencia de la situación. Tímidamente intentó avisar dos veces a los compañeros que debían cesar en la pelea y ocupar los puestos porque el tiempo empezaba a apremiar. Ante el caso omiso de aquellos que mantenían el fragor del combate verbal, inició por sí sola la maniobra. En su ordenador tecleo la orden para enviar fotones de uno en uno a un detector que medía la polarización.

De repente lanzó un grito. Tal fue el espanto y la cara de horror que de inmediato atrajo la atención del resto. Esta vez ante los sollozos de Eva cesaron en la contienda. Los que unos instantes antes estuvieron a punto de llegar a la agresión física corrieron a atenderla.

¡Dios mío! ¡Dios mío qué he hecho! —repetía desconsolada. Me he precipitado.

Marvin con un profundo sentimiento de culpabilidad la interrogó cariñosamente sobre el motivo de su tribulación.

—¿Qué ocurre? ¿Qué has hecho Eva?

He dado curso al experimento omitiendo un dato trascendental. Para que la simultaneidad con la Tierra fuera correcta, introduje en el ordenador todas las variables, nuestro movimiento relativo y el de la Tierra, la curvatura del espacio y los campos gravitatorios interpuestos, pero al final no he corregido el factor expansión del Universo. Los fotones entrelazados con los de la Tierra no reaccionaran el día previsto. Cualquier cosa puede ocurrir— dijo sollozando.

Eva era demasiado tímida para culpabilizar a nadie del error. Asumió para si la responsabilidad completa y en las dos semanas siguientes fue incapaz de articular una sola palabra que no fuera un monosílabo.

Olof no tuvo excesivas dificultades en convencer a Weiss para entrevistarse personalmente. Los arqueólogos entendieron mejor que fuera el pelirrojo el encargado de llamar al físico porque tenía un don de gentes muy superior a Nilsson.

—¡Tenías que haber sido diplomático! —le dijo exultante al comunicarle Olof el éxito de su gestión. Ya me tarda en conocer al americano.

—Bien pronto lo harás. No ha puesto inconveniente en que sea la próxima semana. Así que nos toca de nuevo preparar las maletas. Hemos acordado visitarlo en su propia casa, en un pueblo muy tranquilo en las cercanías de...... Me ha impuesto dos condiciones innegociables a las que no me he podido negar. De un lado, la conversación no puede ser grabada, y de otro, me he tenido que comprometer a no publicar lo que nos revele hasta que nos dé un permiso explícito. Quiere que se calmen primero las aguas. El apartado económico no parece interesarle, al menos por ahora. Se conforma con el porcentaje que estipulemos al publicar nuestro trabajo.

—No veo problema en ello —contesto radiante Nilsson— preparar un trabajo tan impactante nos puede llevar mucho tiempo. Tendremos que confirmar todos los puntos de su relato y esa tarea nos llevará años. Para entonces es muy posible que tengamos ese permiso.

* * *

El día señalado, Nilsson y Olof acudieron a casa de Alan Weiss con máxima puntualidad. El joven pareció recibirles sin reservas, con una extraña cordialidad. Weiss vivía en una casa en las afueras que contaba con un jardín un tanto abandonado. En el interior reinaba la austeridad. Sin prácticamente otra decoración que diversos títulos y diplomas colgando de las paredes y algún que otro cuadro representando planetas y galaxias. El escaso mobiliario se distinguía por tener un diseño rectilíneo allá donde se mirara: sillas, mesas, armarios, las curvaturas no tenían cabida en ese hogar.

Olof reparó en la simplicidad del entorno, pero Nilsson no tenía ojos ni oídos para otra cosa que no fuera su anfitrión. Una vez acomodados en un viejo sofá de una tela estampada que chirriaba a la vista con el resto del mobiliario, se inició una charla intrascendente sobre el pueblo, los lugareños y las costumbres de la zona. Durante una pequeña pausa que se creó debido a que a ninguno de los tres le interesaba lo más mínimo el tema del que estaban hablando, Weiss cambió bruscamente de registro.

—Recuerdo muy bien su intervención en la O. N. U —dijo con expresión divertida— Gilmore nos obligó a presenciarla de principio a fin al equipo completo. Creo que se sentía orgulloso de ser el inventor de una hipótesis tan pueril. Porque no duden que fue él literalmente el que escribió la nota. El estilo era inconfundible. Vive frustrado porque le hubiera encantado que su talento, en lugar de inclinarse por las matemáticas, lo hubiera hecho por la literatura y la poesía. Jamás vi sufrir a tantos rostros por no lanzar una estruendosa carcajada. En su favor tengo que decir que mantuvo usted una dignidad intachable pese al papel que le encomendaron.

Nilsson algo turbado por las palabras de Weiss y especialmente por el tono, ya que no pudo discernir si entre líneas había una cierta sorna, intentó salir del apuro apelando al miedo.

—Me exigieron que relatara esa versión bajo graves amenazas a mí y a mi familia. No me quedó otra que obedecer.

La pose de Weiss comenzaba a incomodar a Nilsson. El joven no dejaba de sonreír mirando a uno y otro. Pero se trataba de una sonrisa fría, poco espontánea. Como si les estuviera estudiando. De nuevo cambió de tema.

—Estoy dispuesto a saciar su curiosidad en la medida de lo posible, pero antes me gustaría que fueran ustedes quienes aclararan algo que me intriga. Sin duda conocen que hay un proyecto oculto, puesto que de alguna forma les han utilizado en dicho proyecto. Pero antes de situarles en la realidad de los hechos quisiera saber hacia dónde apuntan sus sospechas. ¿Qué piensan que hay detrás de todo esto? —ahora la mirada se tornó inquisidora.

—No nos hemos inclinado decididamente por ninguna hipótesis, —Nilsson tomó la palabra— si bien los retazos que hemos podido ir encajando de aquí y de allí parecen apuntar en la misma dirección. El que usted mismo trabajara en el proyecto SETI de donde le sacaron podría confirmarlo. Pensamos que tal vez se ha producido un contacto con algo desconocido, con inteligencias superiores, por ejemplo. Pero reconocemos que no dejan de ser más que simples conjeturas sin una base sólida respaldada por evidencias. ¿Dígame señor Weiss, se ha producido dicho contacto?

Por un momento Nilsson se arrepintió de formular la pregunta de forma tan descarnada. Algo en su interior le hizo sentirse ridículo. Temió que Weiss se ofendiera y les echara de allí a patadas. Sonaba tan poco científico eso de contacto con inteligencias alienígenas. Por fortuna para él, Weiss no mostró extrañeza ante la pregunta. Continuaba con esa sonrisa hierática en la boca, pero era la misma que ofrecía desde que llegaron.

—Eso hubiera sido interesante —dijo— una noticia formidable para la humanidad, pero queda muy por debajo de lo que les voy a contar. Respecto al tiempo que pasé trabajando en el programa SETI lamento que la realidad sea más prosaica. Por ahora no hemos encontrado señales inteligentes. La oreja que hemos pegado al Universo no escucha nada que indique que hay alguien al otro lado. El Cosmos por ahora se mantiene mudo. Es cierto que en ocasiones puntuales algún canal ha mostrado distorsiones en las frecuencias que captaba, pero no se puede inferir que esas señales fueran inteligentes. A pesar de ello nunca pudimos evitar que cualquier perturbación captada por los radiotelescopios se convirtiera en noticia mundial y diera lugar a todo tipo de especulaciones.

—¿Entonces? —Olof decidió eliminar rodeos y que el físico abordara la cuestión de una vez.

Weiss se recreaba en la situación. Se recostó en el sofá, flexionó la rodilla tomándola entre las manos y respiró hondo. Después de una pausa que a sus interlocutores les pareció una eternidad se decidió a hablar.

—¿No les interesa antes de entrar en el fondo de la materia, conocer el motivo por el cual fueron ustedes elegidos para poner rostro a la mentira más grande.

—Un buen día, dos físicos oscuros, bastante desconocidos en la profesión, cuyos nombres omitiré, se presentaron en el despacho de Gilmore con una idea francamente desconcertante, por no decir descabellada. Le propusieron un experimento en dos fases. Eligieron a Gilmore por ser una de las personas mejor relacionadas de la comunidad científica mundial. Si alguien puede acceder a recursos económicos ese es Gilmore, si alguien puede tocar la tecla de las influencias políticas, ese es también Gilmore, y por último, si alguien está protegido por estamentos como el militar y otros, ese es también por desgracia, Gilmore.

—Al principio éste se mantuvo receloso porque consideró la idea disparatada. Luego, conforme los científicos le fueron desarrollando las ideas del proyecto, fue cambiando de opinión. Aunque de cara al exterior es un personaje teatral, tiene la mente fría para sopesar pros y contras. Y claro, la gloria de ser la cabeza visible de un asunto de tal envergadura le convenció por no decir lo atractivo que le resultaba que se pusieran a su disposición cantidades ingentes de dinero.

—La primera parte, por decirlo de alguna forma, era la más inofensiva, pero a la vez la más cautivadora porque daba entrada a la siguiente. Eso sí, no dejaba de encerrar enormes dificultades. La cuestión versaba sobre la posibilidad de cambiar el pasado apelando a una mezcla de la Relatividad Especial y la Mecánica Cuántica. La mayoría de los científicos como ustedes, y me perdonarán en este punto, están familiarizados con los efectos de la relatividad en el espacio y el tiempo, pero como vivimos en un mundo terriblemente lento, tienden a pensar que los efectos apenas son perceptibles. Siempre hemos estado muy lejos de poner a velocidades cercanas a la luz algún objeto, por lo que parece que el interés de la teoría pierde fuerza. Esta visión general, sin ser incorrecta, adolece un error grave. Los efectos de la relatividad pueden plasmarse, asimismo, de otra forma. En conjunto todo, ustedes, yo, esta casa, el barrio y la ciudad enteros se están moviendo a la velocidad de la luz. Estando en reposo esa velocidad tiene únicamente dirección en el tiempo, ya que no nos movemos en el espacio. En cuanto comencemos a andar, le restamos esa velocidad al tiempo para dársela al espacio. Abrimos un pequeño ángulo en el espacio—tiempo con respecto a lo que sigue inmóvil. Ese ángulo imperceptible para nosotros si lo proyectamos sobre distancias enormes se amplifica. No hace falta llegar a velocidades inmensas. Un observador paseando por su jardín rota ligerísimamente su rebanada espacio—temporal con respecto a quienes les rodean. Pero este pequeño ángulo extendido a una estrella lejana alcanzará una anchura enorme, lo que significa que nuestro hipotético observador simultánea su presente con el futuro o el pasado, según se aleje o acerque, con los no menos imaginarios habitantes de los planetas que orbiten esa estrella.

Weiss se levantó de su asiento y anduvo lentamente hasta una ventana sin cortinas observando su jardín absorto en sus pensamientos. Después de una breve pausa continuó.

Eliminando los detalles farragosos e innecesarios, el experimento consistía en su primera parte en conseguir que una nave espacial hiciera coincidir su presente con el pasado terrestre, basándonos en este principio. Para ello separamos partículas, previamente entrelazadas. Luego se trató ni más ni menos que reproducir a millones de kilómetros lo que ya había hecho Alan Aspect en Francia a principios de los años ochenta del siglo pasado con trece metros de distancia. Ni que decir tiene la dificultad que supone lo que estoy proponiendo. Mantener fotones aislados, porque su mera observación hubiera roto la superposición y quebrado el entrelazamiento, fue una tarea gigantesca. Pero ahí hizo su aparición lo mejor del talento humano. Miles de horas de trabajo dirigidas en el mismo sentido, dio los frutos esperados. Ni que decir tiene que los resultados se hicieron esperan. Fue precisa una continua comunicación con los tripulantes de la nave espacial para ir contrastando sus resultados con los nuestros, hasta que no quedó la mínima duda del éxito rotundo. Las mediciones realizadas por los astronautas sobre la polarización de los fotones, afectaron instantáneamente a los fotones de la tierra, y esto es lo vital, antes de las mediciones realizadas en la tierra. En concreto, se obligó a que las partículas girarán de una manera determinada, repitiendo tantas veces la prueba que fue totalmente descartable que las compañeras de la tierra tuvieran todas ese mismo giro, mientras se mantenían en un estado de movimiento aleatorio. Por desgracia fueron tiempos de incertidumbre porque contrastar los resultados de aquí y de allí llevó un largo tiempo. Como también suponíamos resultó imposible establecer a través del entrelazamiento un código de comunicación instantánea con los astronautas. El límite de la velocidad de la luz salió airoso una vez más. Puede haber influencia inmediata entre partículas por motivos que se nos escapan, pero esa influencia no puede transmitir mensajes. La cuestión se reduce a estadística y probabilidades. Como dijo Einstein, Dios es sutil pero no malicioso.

Cuando se verificó la realidad la euforia se adueño del equipo de investigadores. No tanto por el entrelazamiento que ya nos constaba con absoluta certeza, sino por haber conseguido cambiar el pasado mediante el corte espacio—temporal.

La segunda parte —Weiss hablaba sin separarse de la ventana, volviéndose hacia sus interlocutores de vez en cuando, sin dejar del todo de mirar hacia el exterior— fue muy debatida. Muchos de los miembros del equipo pensábamos que era por completo innecesaria y que no iba a aportar nada productivo. Sobre todo porque fue incrustada una vez el proyecto tenía todos sus pasos bien programados. Al contrario de lo que ustedes puedan creer no era el objetivo del experimento. Fue una parte introducida por un neurobiólogo amigo de Gilmore, a pesar de las acaloradas protestas de la mayor parte de los componentes del experimento. Éste, aprovechando que Gilmore le debía algún favor importante del pasado, le convenció o le obligó no lo sé con certeza, a probar una teoría nueva sobre el cerebro y la conciencia.

Weiss quedó pensativo, rememoraba los pasajes más duros del experimento.

—En verdad aquella intromisión estuvo muy a punto de echar a rodar todo el proyecto. Si de entrada ya tenía unas complejidades enormes añadir otras, y de una naturaleza alejada de física, sólo podía servir para terminar en el fracaso rotundo. Eso aparte de la improvisación que supuso ponerlo en marcha. La ocurrencia tuvo lugar varios meses después de lanzada la nave al espacio.

—El caso es que el tal Gribbin, pues así se llama el neurobiólogo, estaba obsesionado con la actividad electromagnética del cerebro humano. Al conocer por boca de Gilmore los detalles de nuestro experimento, vio la oportunidad de poner en práctica un sueño. Aunque Gilmore le empeñó la palabra de que su propuesta saldría adelante, no le quedó otro remedio para guardar las formas que nombrar una comisión que escuchara a Gribbin, si bien uno a uno los miembros de dicha comisión fueron coaccionados para que no opusieran resistencia y admitieran de buen grado este nuevo apartado.

—Según tengo entendido, mis ilustres colegas de la comisión encontraron los argumentos de Gribbin desordenados, difusos y hasta temerarios. A lo visto, el buen hombre diseminaba el tiempo de estudio en muchas y diferentes materias, tomando visiones parciales, y en muchos casos distorsionadas, de la ciencia. En definitiva, no terminaba de entender, o al menos de saber encuadrar en su justa medida lo que leía.

—Convencido que las ondas cerebrales se rigen por las mismas leyes que la mecánica cuántica, concluyó que esas ondas están distribuidas por el Universo entero y que con el estímulo correcto se pueden afectar, es decir, se puede influir en el pensamiento humano. Su visión era que las emisiones del cerebro también debían mostrar patrones de interferencia al igual que hacen las ondas porque también podían superponerse. Esta superposición de las ondas de muchos individuos daba lugar a la conciencia colectiva, una acumulación de imágenes ancestrales de la especie que sentían prácticamente todos los elementos de una comunidad, aunque no hubieran tenido una relación directa con el origen de esas imágenes.

—De ahí pasó a la parte más absurda —Weiss había llegado al punto que narraba con ironía la versión de Gribbin.

—A través del mismo método que ustedes han empleado para cambiar en el pasado el movimiento de las partículas —dijo— podemos crear un recuerdo falso en la memoria colectiva. Por supuesto será un recuerdo inocente. Algo que no cause ninguna perturbación y que la gente pueda creer que tal vez se corresponde con un sueño. Pero estoy convencido que si se advienen a prestarme sus medios y su tecnología, no habrá ser humano que no tenga el mismo sueño común y recurrente que el resto de sus congéneres— terminó sentenciando el muy patán.

—El resultado —Weiss suspiró— lo conocen de sobra porque es ahí donde les correspondió entrar en escena. Tuvimos que reprogramar sistemas, dar a conocer a la tripulación de la nave Génesis el nuevo experimento añadido y superar un montón de inconvenientes más. Como no podía ser de otro modo, lo que desde el principio nace contaminado no puede tener un buen final. No sabemos si debido a errores en los cálculos, por la precipitación con la que se acometió esta fase, porque la hipótesis en sí misma carecía de consistencia o, tal vez porque el ambiente entre los tripulantes no era el más adecuado, puesto que según tengo entendido mantuvieron una considerable trifulca entre ellos en el mismo instante de dar lugar al inicio de la prueba, lo bien cierto es el resultado que conocen de sobra. En lugar de crear un recuerdo común confinado en el inconsciente colectivo, se alteró la memoria del ser humano. Por fortuna la nave aún se hallaba dentro de un radio de acción razonable que nos permitía contactar en períodos de tiempo no excesivamente largos y dimos de inmediato la orden de cancelar las emisiones de ondas. Lo peor de todo es que Gilmore y Gribbin tuvieron el pretexto ideal para quitarse de encima responsabilidades, argumentando que la base de la hipótesis era correcta y sólo habían fallado las personas.

Algo sacamos en claro de todo ello, la idea sugerida por Gribbin puede que tenga alguna reminiscencia de verdad, pero nos queda muy lejos dominarla.

Olof y Nilsson se miraron asombrados al terminar Weiss su exposición. Por la entonación parecía haber terminado de contar cuanto sabía. Otra vez volvió a reinar un silencio algo violento. Olof, más atrevido que su amigo, pensó que era el momento de empujar a Weiss para que terminara su relato. Debía haber algo más, tenía que haber algo más.

—Señor Weiss su narración parece inconclusa. Al principio nos habló que el proyecto constaba de dos partes. ¿Nos podría contar en qué consistía la última? ¡Es posible que aún esté por realizar?

—¿La última? —Weiss volvió a mirar a través de la ventana por enésima vez. Después de unos breves segundos dijo con sequedad.

—¡No me van creer!

* * *

Eva...... era la única tripulante de la nave Génesis que quedaba con vida. Al modo terrestre de medir el tiempo contaba con setenta y ocho años. Según el ordenador de abordo, en la Tierra habían transcurrido ciento noventa, aunque Eva llevaba sus propios cálculos independientes y contó que para los humanos ella acababa de cumplir los doscientos veinte. A pesar de que la idea le provocaba una profunda melancolía, el contar el tiempo e imaginar cómo sería en la actualidad el mundo que dejó constituía prácticamente su única distracción. Sentía escalofríos al pensar que ni una sola persona que habitó el mismo mundo que ella estaba vivo. Se preguntaba si sería recordada por las siguientes generaciones como una heroína de la ciencia o quizás su nombre permanecería en el más absoluto anonimato. Era muy plausible que la misión jamás se hubiera dado a conocer públicamente. Una sonrisa de tristeza le afloraba en los labios a ver la multitud de objetos con que fueron pertrechados para superar las condiciones de la misión. Con el tiempo ninguno de ellos tuvo la menor utilidad. Conforme pasaron los primeros meses de actividad frenética en la nave, el tedio y la indolencia fue ganando terreno en el espíritu de los astronautas. Ninguno de ellos encontró motivación alguna en cualquier actividad o distracción. Tan solo el tiempo que se pudo mantener la comunicación con la Tierra suscitó el interés de la tripulación. Luego comenzaron a reinar la rutina, la soledad y el silencio.

Eva apenas recordaba a... que murieron casi cuarenta años atrás...por causas naturales y... decidió tomar la píldora de la paz. Recordó los remordimientos que atenazaron al resto de compañeros por no haber sido capaces de ver la depresión que se apoderaba de ellos. Con el mismo síndrome de tristeza murieron los demás con una frecuencia aproximada de cinco años. Eva no fue ajena al mismo mal que afectó a los demás astronautas, pero su obcecación en llegar al final de la misión, la armó de las fuerzas suficientes para superar esa extraña nostalgia.

* * *

Weiss parecía disfrutar manteniendo a los arqueólogos en vilo. Con parsimonia tomó de nuevo asiento. Comenzó a hablar despacio, midiendo las palabras.

—Cuando el señor Olaff contactó conmigo para concertar esta cita, tuve la curiosidad de indagar sobre sus trabajos para saber un poco de las personas que se han interesado por escucharme. He podido constatar que acumulan ambos un ingente historial de interesantes descubrimientos, así como han proporcionado novedosas teorías sobre el origen de algunas civilizaciones y sus conocimientos astronómicos. En buena parte de sus textos existen incontables datos y medidas que apuntan hacia hipótesis francamente curiosas.

Los suecos intercambiaron una mirada recelosa. ¿Estaba aquel jovencito cínico burlándose de ellos por dar pábulo a creencias pseudo—científicas?

Weiss captó de inmediato la incomodidad de los visitantes. Tampoco dio el giro necesario a la conversación para sacarlos de su estupefacción. De nuevo apareció en sus labios la sonrisita irritante.

—No me malinterpreten por favor. Solo quiero que sean conscientes de un punto que les pudo llamar la atención. Aunque no deben sentirse mal por ello. Tampoco ningún físico, matemático, astrónomo o cosmólogo, entre los que me incluyo, cayó en la cuenta. Exceptuando a aquellos dos físicos que les he nombrado anteriormente.

Weiss respiró hondo antes de seguir. Ahora la mueca burlesca había desaparecido de su cara.

—Conocemos —dijo— cien mil millones de galaxias, cada una de ellas tiene aproximadamente cien mil millones de soles y un diámetro de cien mil años luz de promedio. La distancia de la Tierra al Sol es de ciento cincuenta millones de kilómetros. Habrán leído esos datos cientos de veces. ¿Nunca se han preguntado quién utilizó el Sistema Métrico Decimal para diseñar el Universo?

Nilsson y Olaff que llevaban mucho tiempo mudos, pero atentos a las palabras del joven, continuaron sin soltar palabra, pero los rostros habían cambiado. Reflejaban la duda en sí misma. Tardaron en reaccionar. Los dos creían entender lo que Weiss estaba diciendo, pero era tan increíble que dudaban en hablar. Temían haber interpretado algo mal y quedar en ridículo con una pregunta inadecuada.

Olaff rompió ese miedo. ¿Señor Weiss, está insinuando lo que nosotros creemos?

Weiss más relajado contestó con una frescura que no había mostrado en el tiempo que llevaban en su casa.

—Conocen de sobra el Principio Antrópico. El Universo es como es porque, de lo contrario, nadie podría observarlo. Dicho así parece una tautología sin demasiado sentido, por no decir una perogrullada, pero si profundizamos un poco va adquiriendo sentido. Existen demasiadas variables, infinidad de ellas, que impedirían por pura estadística, la vida y mucho menos la vida inteligente. Mayor o menor gravedad, fuerzas nucleares, composición química, solo por citar algunas, están ajustadas con una precisión inaudita. Demasiada casualidad ¿no les parece? Seguro que llegados a este punto pensarán que los datos que les revelo son coyunturales, lo que sabemos hoy en día. No se equivoquen, por muchas nuevas regiones del espacio que encontremos no duden que siempre serán múltiplos de cien.

Nilsson sintió como el corazón le palpitaba furioso. Estaba asombrado y emocionado. Perdió todo temor a preguntar.

—Me hallo tan conmocionado señor Weiss que me gustaría centrar la cuestión. Temo que la emoción me esté llevando a sacar conclusiones equivocadas. ¿Qué tiene que ver la fase final del experimento con el supuesto diseño inteligente del Universo?

—Weiss encendió un cigarrillo. Era el primero que fumaba en la sesión. Inhaló el humo con placer.

—Pues... porque nosotros, el proyecto Génesis, es el responsable de la existencia del Universo. Esa era ni más ni menos la finalidad del mismo. Una vez demostrada la posibilidad de acceder al pasado mediante el entrelazamiento, lo único que quedó fue hacer coincidir el corte temporal de la nave espacial con el Big Bang. Esa fue la parte difícil. Para conseguirlo nuestros intrépidos astronautas fueron dejando por el espacio vacío interestelar una serie de fotones entrelazados con otros que continuaron en la nave. Estos fotones llevaban comprimida toda la información que disponemos sobre el Universo. En algún momento, futuro para nosotros, presente para los tripulantes de la nave y, de alguna forma, pasado para el Universo, cuando el ángulo temporal de la nave coincida con unos quince mil millones de años atrás, siempre según su punto de vista, irán excitando los fotones de la nave para que alguno de ellos haga reaccionar a su pareja que flota en algún punto del espacio y dé origen al Big Bang que no es otra cosa que el desparramamiento de la información. De ahí la entropía señores. Siempre aumentará el desorden porque la naturaleza ondulatoria de la materia, al expandirse, sólo puede correr en el sentido de pérdida de información. Lo malo es que la nave está ya tan alejada de nosotros que hemos perdido todo contado. También desconocemos a la velocidad exacta a la que transita. Confiamos en que ellos, desde su propio marco de referencia, saben en que lugar dejaron los fotones y determinarán el momento de dar lugar a la creación.

Nilsson se levantó airado. Si bien no se encontraba moralmente más autorizado que Weiss porque era cierto que en ocasiones se dejó llevar por procedimientos poco ortodoxos e incompatibles con el método científico, la historia de aquel tipo no podía ser tomada en serio. Parecía una completa tomadura de pelo. Comenzó a simpatizar con Gilmore, soportar a este tipo en el día a día debía ser un suplicio.

—¿Pretende que creamos que todo la información del Universo la redujeron a una simple partícula? —dijo gritando. Me resultaría más fácil creer en un dios omnipotente como el Creador, antes que un grupo de científicos pretenciosos.

Bueno.. sí, —respondió el físico con falsa modestia y sin variar el tono de voz— habrán oído hablar de las holografías. Como les decía antes la materia y la energía son intercambiables y ambas tienen componentes ondulatorios. Un negativo fotográfico cortado por la mitad plasmará la mitad de la información. Pero un negativo holográfico mantendrá la información completa aunque se vayan recortando sus partes, incluso aunque dejemos un solo punto. Sólo tuvimos que seguir este principio, lo demás fueron meros detalles. Ya les digo esa fue la parte fácil. Y señores, como le dije a Gilmore ¡la única verdad es que aquí estamos!

Los suecos estaban abatidos. No atinaron a coordinar una frase coherente. Solo unos intentos de formular preguntas que quedaron en meros balbuceos sin sentido.

Weiss se levantó. Paseó unos instantes por el salón con las manos metidas en los bolsillos. De repente soltó unas frases lapidarias.

¿Saben lo que pienso? Que nos anticipamos en el proyecto. No seguimos el orden natural de las cosas, nos faltaban mil años de civilización y de avances para dar este paso. Dimos un salto inadecuado en el tiempo. Por eso el mundo es tan imperfecto.

FIN

© Roberto Rosaleny Aguado, (15.071 palabras) Créditos