EL PASEO
Magín Méndez Sanguos
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Tod se levantó y cerró la cápsula. El chico frotó los ojos, miró la pantalla, de reojo a la cámara y comprobó que había cumplido con las tres horas de rezo diarias. El frío se pegaba a la gruesa ventana, tomaba la forma de placas de hielo y hojarasca de nieve. Temperatura exterior: setenta bajo cero y en descenso uniforme.

Una cara conocida asomó por la puerta del pequeño habitáculo. Otrora un amigo, en ese momento cruzaron una mirada dividida entre la tristeza y el desprecio.

Quedaban unos dos días, el tiempo se consumía demasiado rápido. En el pasillo el trajín de personas abarrotaba las escaleras y los elevadores. Sus vecinos más previsores habían cerrado los cuartos con gruesos candados de metal, clásico y efectivo, otros aún deambulaban cargados de maletas, la mayoría tosían y estornudaban. Al bajar las escaleras que daban al patio comunal, lo primero que hizo fue arrodillarse ante El Símbolo, una fea escultura en cemento. Sabía que las terrazas tenían ojos. En una esquina, oculto entre cartones, un robot oxidado mostraba escenas de una película antigua. Tod se subió la bufanda para tapar la lágrima que caía sin control. Se había vuelto un cobarde. Dos sacerdotes llegaron a la carrera y él señaló obediente el lugar, ese simple gesto lo desgarró por dentro hasta extremos inimaginables, el robot fue desconectado y desmantelado en minutos.

No siempre había sido así. De niño sonreía mucho, incluso cuando se aproximaba el primer invierno, con la primera hibernación, y aún cuando la iglesia comenzaba a aglutinar todo el poder, había aprendido a esconder sus historias dibujadas entre dos cajones ¡Cuanto había cambiado! En aquellos días había contenedores para todos, el sueño había sido largo y templado. La gente con miedo comenzaba a acudir en masa a la religión, habían sabido moldear su temor e ir reptando hasta hacerse con el control. El Símbolo tenía cada vez más poder, gobernaban al amparo de peleles, leones dominando a corderos.

Ahora llegaba el segundo invierno, los cálculos más optimistas hablaban de diez años. Nada podría sobrevivir, se esperaba el frío más salvaje de la historia humana. El sueño se había organizado en círculos concéntricos. En el nivel más cercano al núcleo del ordenador central era donde se situaban las cápsulas de animación suspendida de los dirigentes políticos y religiosos; en el segundo círculo, cinco o diez grados más frío, dormirían los sacerdotes de más graduación; en el tercer nivel, rozando las posibilidades de muerte, los predicadores y los creyentes más fervorosos, los que podían aportar ayudas económicas a la iglesia; en el cuarto, en donde aspiraba a poder entrar Tod, en donde morir o vivir quedaba en manos divinas, o así rezaba la propaganda, todos aquellos acólitos y personas religiosas practicantes que demostraran su fe y su compromiso. A partir del quinto se colocarían los ateos, los que quisiesen, muchos de ellos se quedarían a morir en sus habitaciones, aceptando el destino y valorando las ínfimas probabilidades de supervivencia si se metían en las cápsulas tan alejados de la fuente de calor.

Tod avanzaba por el pasillo principal cuando llamó su atención un grupo de personas que se peleaban por observar el exterior por un ventanuco.

—¿Qué ocurre? —preguntó con timidez a un anciano de gorro gris.

—Son los seguidores del otro símbolo, Los Apócrifos —respondió con los ojos muy abiertos— su líder y su rama han sido excluidos de la religión principal y se les ha dicho a sus fieles que deben salir al exterior y encomendarse a Dios.

Miraron por encima de las cabezas y vieron grupos de personas que avanzaban penosamente. Algunos caían y se convertían en bloques de hielo para siempre, otros, los más enérgicos, conseguían dar unos docenas de pasos antes de acabar de rodillas y luego en el suelo.

El anciano apoyó la mano en el hombro del chico.

—Tú ya no te acuerdas, pero hace muchos años, cuando yo era un niño, existían múltiples tendencias religiosas, y aunque no lo creas, todas intentaban coexistir. Recuerdo las pugnas por atraer adeptos unas de otras, líos y más líos, pero todo más puro, inofensivo, más natural. Hoy día nadie se puede desviar, se agotan las opciones.

Tod se alejó bruscamente, no era el momento de escuchar herejías, había trabajado muy duro para subsistir. Se metió en el ascensor a empujones, tenía una cita.

Llegó al despacho a media mañana frotándose las manos, la temperatura seguía cayendo. Se arrodilló y presentó las credenciales ante el sacerdote.

—Estimado representante del único Dios verdadero. Me encomiendo a tu infinita sabiduría que seguro sabrá juzgarme como me merezco —comenzó Tod.

El hombre, orondo, vestía una toga por encima de una gran cantidad de ropa de abrigo, revisó los datos en el ordenador. Dibujó una escalofriante sonrisa e hizo un gesto con la cabeza.

El penitente Tod introdujo en el tubo sus chips, los códigos y las cuentas. En un segundo se había desecho voluntariamente de todas sus posesiones materiales.

—¿Todo en orden, excelencia? —preguntó sin levantar la mirada.

El religioso lo miró y no ocultó una mueca de desprecio.

—Según tu historial llevas ocho años como afiliado.

—Siempre he creído en El Símbolo, mi señor, desde que pronuncié mis primeras palabras, mucho antes del primer invierno, pero mis padres no tuvieron a bien registrarme. Dios los perdone —mintió Tod, recordando el dineral que le había costado falsear los datos.

—Veo en tus trabajos que has sido intérprete de textos profanos —escupió en el suelo escenificando su asco.

—Otra vez mis terribles progenitores, me obligaron a entrar en la escuela de teatro y no me daban de comer si fallaba en los ensayos, o si me descubrían rezando al Símbolo en las horas del ritual. Ahora el Dios es mi única guía. Ellos han muerto.

Aún receloso, el hombre levantó el sello que cayó como una bomba sobre el dorso de la mano de Tod. Los nanobots penetraron en el torrente sanguíneo.

Salió de allí sin lugar a donde ir, había donado hasta su cubículo, había borrado su vida tumultuosa de todas las bases de datos, abandonado a todos sus amigos, incluso había renegado de las personas que le habían dado la vida. Se cruzó de brazos y por un instante, se le pasó por la cabeza volver atrás y decirle la verdad. Regodearse frente aquel pomposo sacerdote de cómo había eludido sus controles y había conseguido engañarlos. Unos segundos de satisfacción y luego una muerte más digna.

El camino hacia las cámaras en donde se almacenaban las cápsulas de hibernación fue corto, aceleró el paso cuando vio a cuatro rectores de la fe dando una paliza a un disidente, volaban las patadas y aún así no se oían gritos, ni siquiera palabras. Hacía tiempo que los corazones ya se habían helado por completo.

Se plantó ante la gran puerta roja, introdujo en la ranura su dedo y el ordenador abrió la cerradura y le permitió el paso. Unas luces indicadoras lo condujeron a una sala donde esperaban decenas de devotos. Una señora embutida en una túnica, que solo dejaba entrever sus ojos, le agarró la mano y escaneó sus datos hasta quedar satisfecha. Le ofreció el cáliz y Tod se hizo el corte y vertió una gota de sangre. Ella le dedicó una sonrisa maligna.

Un murmullo recorrió la sala y todos se agolparon en una gran cristalera. Por la pasarela principal, escoltado por ocho enormes guardaespaldas, llegaba él: El guardián del Símbolo, el garante de la palabra de dios en la tierra. El corazón de Tod se aceleró, siempre estaba esperando que alguien surgiera entre la multitud y acuchillara a aquella persona cruel y tenebrosa. El guardián llegó a la última puerta, muy cerca del núcleo, la atravesó con displicencia y lo perdieron de vista.

Un altavoz anunció que el nivel uno y dos ya estaban completos y cerrados. Todo listo para el gran sueño. Pasaron horas. En la sala la temperatura seguía cayendo, ninguno tenía valor para preguntar a la mujer cuando los iban a dormir.

Tod se sentó y se agarró las rodillas, la mayoría se agrupaban de tres en tres o de cuatro en cuatro para mantener el calor corporal. Una pantalla comenzó a destellar. El nivel tres estaba completo. El chico se levantó y miró a lo lejos. Ya no pasaban más personas, el terror lo embargó. Un nuevo mensaje en la pantalla, todos los niveles completos, hibernación completada y cerrada, que Dios os bendiga a todos.

Y los disturbios comenzaron, los pocos que tenían fuerzas se volvían locos en segundos, golpeando las paredes con los puños o sus cabezas, la sangre salpicaba a donde se mirase. Los llantos se oían esporádicos. El pánico se terminó tan rápido como había llegado, los humanos se retiraron a morir en paz junto a sus seres queridos.

El chico se quedó inmóvil observando las cámaras, cientos de almas fervorosas en ataúdes de metal y cristal, la mayoría sobrevivirían para alzarse más fanatizados aún, una purga social. El Símbolo resurgiría tras el invierno con más fuerza.

Oyó un cuchicheo en el pasillo y asomó la cabeza. Un grupo de individuos caminaban juntos como sabiendo a donde querían ir, sus ojos mostraban una extraña determinación. Tod se colocó el último del grupo, con curiosidad suficiente como para aparcar el miedo. El líder abrió con una palanca un portón lateral y descubrió una rampa que se hundía en la oscuridad. Varias linternas iluminaron el descenso, nadie pareció reparar en el último de la fila. Los túneles giraban en ángulos imposibles y cada vez estaban a más profundidad.

El trayecto finalizó ante una gran puerta de gruesos remaches. Una mujer descubrió su rostro lleno de tatuajes, y de un bolsillo extrajo herramientas y comenzó a trabajar en un panel lateral. Usar los dedos sin protección era todo un desafío, tendría que acabar pronto. El chico tenía los ojos muy abiertos, nunca había visto a nadie tatuado, sabía que era una costumbre de algunas religiones animistas extintas, tenían un personaje en una de las obras de teatro al que maquillaban de ese modo.

La puerta se abrió dejando ver una sala de un blanco inmaculado, con un gran sillón en el centro. El líder entró al asalto armado con una barra metálica, miró a todos lados y comprendió que allí no había nadie.

—¡Esos cobardes! no han dejado siquiera al controlador humano ¡Peor para ellos! ¡Samir, a trabajar! —gritó entusiasmado.

El hombre aludido se sacó el pesado abrigo para tener más movilidad. Llevaba un turbante cubriendo la cabeza. Tod sabía lo que era, ¡un musulmán! ahogó una exclamación de sorpresa.

Entonces repararon en él. La mujer tatuada cerró la puerta y se dirigió directa al chico.

—¿Y tú de donde sales? ¿Quién eres?

Intentó hilvanar una mentira pero su cerebro no funcionaba bien con tanto frío.

—¿Yo? nadie. Solo... os he visto pasar y me pareció inteligente seguiros —confesó finalmente Tod.

El líder del grupo se acercó, aún con el arma en la mano. La soltó al ver la mirada de terror del muchacho.

—Tranquilo. No sabes la suerte que has tenido. Shiva te ha traído hasta nosotros. Solo puede haber sido un acto divino.

—¿Divino? ¿Shiva?

—Shiva es un Dios tan poderoso que es capaz de cambiar el destino de una persona, sus designios...

—¡Bueno, bueno! —respondió otro de los miembros del grupo— yo creo que ha sido un acto dirigido por Buda. Es quien salvaguarda la vida en todas sus formas, desde los animales más pequeños hasta...

—De eso nada —intervino un tercero— ha sido cosa de los tres grandes sabios, ellos gobiernan desde su montaña sagrada, protegidos por un campo de fuerza que les...

—¡Ya basta! —recriminó la mujer— poneros a trabajar o no habrá Dios en el mundo que nos salve.

—¿Qué tenéis pensado hacer? —preguntó Tod.

El líder cogió un asiento e hizo un gesto para que el chico se acercase. Sacó un inhalador de calor y le dio un buen trago al aire templado.

—Vamos a revertir el proceso, simplemente reprogramaremos las cámaras para que rechacen a los seguidores del Símbolo y acepten al resto de las personas. Un simple sí por no y no por sí. Muy sencillo.

La cara del chico se iluminó cuando empezó a hablar y se volvió a ensombrecer al finalizar su explicación.

—Los diferenciaréis por los bots, ¿verdad? Los que no tengan insertados los nanobots sobrevivirán y los que sí, morirán —afirmó Tod.

—Por supuesto.

—Será un genocidio en masa —volvió a afirmar.

—Creen en ese impostor, no deben ser tratados como humanos, nuestros dioses le han dado la espalda, es un acto necesario de supervivencia. Retiraremos sus cuerpos inertes y los quemaremos para ganar tiempo, entonces entraremos en los recipientes de animación suspendida y pasaremos el invierno ¡Estás salvado!

Tod echó a andar y salió de la sala sin decir nada ¿Habría aceptado de haber podido? ¿Era una persona tan ruin? ¿En esto lo habían convertido o había sido responsabilidad suya? Casi agradeció tener los pequeños bichos circulando por su torrente sanguíneo. Un dolor de muelas mental lo corroía, y aumentaba y aumentaba cada metro que se alejaba por la rampa. Todo el lugar estaba desierto, los humanos que restaban, cual ratas ignorantes, se agolpaban en recovecos para morir.

Al final la decisión fue más fácil de lo esperado. Quería ver lo que quedaba del mundo. Descorrió los pestillos y giró la pesada rueda. Abrió la puerta al exterior y comenzó su último paseo.

© Magín Méndez Sanguos, (2.493 palabras) Créditos