EL ESTÓMAGO
Eduardo Delgado Zahino
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Cualquier tonto puede contar las semillas que ve en una manzana. Solo Dios puede contar todas las manzanas que saldrán de una semilla

Robert H. Schuller

—¡Atiego!

El barrio cobró vida de pronto, sin previo aviso y en respuesta a ese grito pronunciado como una sentencia, por alguien, en plena noche.

—¡Atiego! —se oyó de nuevo.

El sonido de pies corriendo, muebles arrastrándose y puertas al abrirse llenaron la penumbra en la solitaria calle. Los primeros ciudadanos surgieron de los portales, armados con mazas y piedras, algunos con cuchillos de cocina.

En las ventanas iluminadas, cientos de pequeñas caras infantiles atenuaron la luz del interior de los hogares.

Carmela fue de las primeras en salir. Armada con un cuchillo y con los ojos enrojecidos de odio, escudriñó la procedencia de ese primer grito desgarrado, pero, en la semioscuridad, tan solo adivinó los rostros de sus vecinos.

Todos buscaban con la mirada. Esperaban.

Del portal 5 salió trastabillando un hombre. Justo detrás, otra figura le procuraba patadas y puñetazos.

—¡Atiego! —gritó de nuevo el agresor.

En un estallido de cólera, los vecinos se encaminaron hasta la primera y tambaleante figura, que cayó de rodillas, implorante.

—¡Atiego! —repitió el responsable ciudadano, con tal odio que se hubiera dicho que esa iba a ser su última palabra antes de romperse las cuerdas vocales al pronunciarla.

Con una sola voz, los ciudadanos corearon.

—¡ATIEGO!

Y comenzaron el ritual de linchamiento, el de siempre, con porrazos y pedradas descontroladas. Carmela no se quedaba corta y dedicaba golpes con el mango del cuchillo al bulto, encogido sobre sí mismo, que era aquella primera persona surgida del portal 5.

Pero sabían que no debían matar al atiego. No inmediatamente.

El hombre que llegó caminando, sin prisa, acompañado por un séquito vecinal de personas en pijama y batas multicolor, era el sacerdote del barrio. Él trasmitiría la sentencia legal de muerte si admitía estar en presencia de un ciego y ateo traidor.

Le abrieron un pasillo hasta el aterrorizado posible atiego. El sacerdote alzó las manos, exigiendo silencio, y miró con inconmensurable piedad al desdichado.

—Levántate —dijo.

El hombre permaneció quieto unos segundos, pero no tardó demasiado en esforzarse por alzar su figura y dotarla de una cierta dignidad humana.

En pie y sangrante, se encaró al sacerdote.

Este miró a su alrededor.

—¿Quién lo acusa? —preguntó.

—¡Yo, su hermano! —respondió la segunda figura, la que lo había sacado a puntapiés del portal.

—¿Acaso ves probable que tu hermano esté ciego ante el Amor de Dios?

—¡No, probable, no!

—¿Entonces?

—¡Es seguro que mi hermano no es capaz de sentir el Amor!

—¡Miente! —exclamó el acusado— ¡Me envidia porque yo he conseguido a la mujer que él desea...!

—¡Silencio! —atajó el sacerdote— ¡Tendrás tu turno de defensa!

Miró de nuevo al hermano. Este prosiguió.

—Hace tiempo que noto falta de interés sexual en mi hermano cuando el Amor nos subyuga. Pero ha sido esta noche cuando lo ha admitido.

—¿Lo ha admitido?

—Con estas palabras: maldito envidioso de mierda, ella es mía, y no necesito sentir el falso amor de tu enfermizo dios para que me desee.

El sacerdote se volvió hacia el atiego.

—¿Es cierto? ¿Has pronunciado tú esas repulsivas palabras?

El hombre rompió a llorar. Una mujer vestida con bata de flores y rulos en la cabeza irrumpió en el juicio.

—Su ilustrísima, es cierto —dijo.

—¿Y quién eres tú?

—Soy la vecina de al lado de su casa. Les he oído discutir y es verdad que él ha pronunciado esas palabras.

La mirada, ahora fría, del clérigo, volvió al atiego.

—Entonces, es cierto —sentenció.

—¡No...! Sí..., pero no han sido palabras sinceras. Lo dije llevado por la rabia... ¡No lo dije de verdad...!

Pero el sacerdote ya le había dado la espalda, sin querer escuchar el resto de la desesperada explicación.

Antes de desaparecer en la oscuridad del mismo modo en que había llegado, pronunció.

—Es hombre. Aplíquese la Ley de Dios.

Carmela supo que debía actuar, primero, antes que nadie. No debía quedar duda de su fe. Se lanzó, cuchillo en mano, sobre el atiego y le propinó una primera puñalada en un costado. Como si un resorte hubiera saltado, los demás vecinos hicieron lo mismo.

No tardaron ni diez segundos en destrozar al pobre diablo, que murió en silencio, sin un solo grito.

De todos modos, aunque hubiese gritado, no se le habría podido escuchar entre la cacofonía de voces furibundas y risas infantiles.

* * *

Aquella mañana Carmela presentaba un aspecto lamentable. Tenía ojeras y estaba despeinada. Su marido lo notó nada más entrar en casa y se lo hizo saber, sonriente.

—¿Has estado retozando a mis espaldas?

Carmela le clavó una fiera mirada.

—Es broma, cariño —se disculpó él.

—No es cosa de broma. Anoche ajusticiamos a un atiego.

El marido se sentó ante su desayuno. Trabajaba de guardia nocturno en una nave del polígono.

—Vaya, siempre me pierdo las fiestas. ¡Maldito trabajo!

—Te repito que no es cosa de broma. Era amigo tuyo.

El primer bocado se detuvo a mitad de camino. Frunció el ceño.

—¿Amigo mío?

—No recuerdo cómo se llamaba, pero era uno de tus amigotes del bar.

—¡No me digas...!

—Te digo. Era ese tan alto y rubio..., ese que siempre vestía con un chándal rojo...

—¿Fermín?

—Sí, ese.

—¿Fermín es un atiego?

—Era.

El tenedor volvió al plato.

—¿Sientes dolor? —preguntó ella, inquisitiva.

—Extrañeza.

—¿Nunca sospechaste de él?

—¡Carmela! ¡Por supuesto que no!

—¿No?

—¡No! ¡Si hubiera sospechado de él lo más mínimo, lo habrías sabido!

Carmela se sintió culpable al darse cuenta de que intentaba cazar a un atiego en su marido. Se soltó el pelo y se sentó a su lado.

—Perdona, mi amor. Anoche me di cuenta de que cualquiera puede ser un atiego.

—Pero es que cualquiera puede serlo. Por eso estamos tardando tanto en eliminarlos. Pasan desapercibidos, ya lo sabes...

—Sí, sí, pero pensar que vivía con su hermano... Y que este haya tardado tanto en darse cuenta...

—¿Manolo?

—Su hermano, sí. Él lo acusó anoche, en medio de la calle.

Como si las fuerzas lo abandonasen, el marido apartó el plato y se llevó las manos a la cara. Ella se fijaba en cada movimiento. Sin quererlo, seguía buscando señales que lo delatasen.

—Andrés —dijo—, anoche maté a un amigo tuyo.

Él la miró. Tenía los ojos enrojecidos.

—Y bien que hiciste, si de un atiego se trataba.

—Lloras.

—Lloro porque nunca vamos a terminar con esto. Lloro porque el Amor de Dios parece no ser suficiente para ellos. Me dan pena.

—La piedad es una señal de Dios.

—Lo es. Por eso la siento...

Entonces, de pronto, Andrés quedó en silencio. La compasiva expresión de su rostro cambió, dando paso a un aura de placer. Carmela imitó el gesto con una diferencia casi imperceptible de apenas una milésima de segundo. Los dos permanecieron en éxtasis durante veinte minutos, hasta que la sensación desapareció como había llegado.

—Bendito sea —dijo él.

—Por siempre —añadió ella.

Con la renovación de fuerzas que llegaba después de una oleada de Amor de Dios, se abrazaron y se amaron sobre la mesa de la cocina.

Así debía ser.

* * *

Carmela llevó a sus cuatro niños asignados al colegio. Allí, entre febriles gritos infantiles, pudo ver a varios de los vecinos que habían participado en el linchamiento la noche anterior. En esas circunstancias, bien vestidos y tranquilos, parecían ser otros.

Se preguntó cuántos de ellos conocían a Fermín, el atiego, antes de terminar con su vida en el acto benevolente del linchamiento.

Los pequeños del primer turno escolar corrieron hasta las aulas, muchas de ellas improvisadas, donde los profesores les inculcarían la fe y esperanza en un futuro mejor. Era bonito. Carmela sonrió. El mundo había cambiado mucho en los últimos diez años. La población había crecido de tal modo que los colegios se quedaban pequeños de un día para otro.

Tampoco pudo evitar preguntarse cuántos de aquellos críos estarían ciegos ante el Amor de Dios y se alegró de que la responsabilidad de hacerlos desaparecer cuando se los detectaba recayera únicamente en el Estado. Matar niños y mujeres, sobre todo embarazadas, estaba terminantemente prohibido.

Dedicó un segundo más en recordar a sus tres hijos. Los suyos, los que no volvería a ver jamás.

La mañana era agradable y cálida, así que decidió recrearse en ella mientras volvía dando un paseo hasta la tienda, donde realizaría algunas compras.

Pepa Sánchez la asaltó mientras salía por la puerta del colegio.

—¡Qué el Amor de Dios te otorgue felicidad por y para siempre! —exclamó.

—Qué mi felicidad sea la tuya —respondió Carmela.

—¿Estuviste anoche en el linchamiento?

Carmela se puso inconscientemente en guardia.

—¡Claro! ¿Tú no estuviste?

—No llegamos a tiempo. Escuchamos el ruido, pero pensamos que venía del parque. Cuando dimos con el origen ya había terminado todo. No me parece correcto linchar a los atiegos justo donde se los descubra... Deberíamos tener un lugar común..., en el parque, por ejemplo. Así podríamos acudir a un sitio concreto cuando fuera menester.

—Cerquita de tu casa, ¿verdad?

—Claro, mujer.

Ambas rieron.

—Vamos, te invito a un café —dijo Pepa con alegría.

Aceptó la invitación, era lo correcto, aunque tuvo que predisponerse mentalmente para lo que se avecinaba. Una larga cháchara sobre el Amor de Dios, que era lo único de lo se podía hablar sin miedo a meter la pata.

Tuvieron que echar a un grupo de chavales, seguramente pertenecientes al segundo turno escolar, o al tercero, que holgazaneaban en las mesitas del restaurante que habían elegido por tener unas buenas vistas de la Torre Madrid. Una vez sentadas comenzaron a soltar las conocidas frases, una tras otra, que debían decirse.

—El acceso de esta mañana ha sido mágico. Manu y yo lo hemos hecho en el baño de casa.

Dejó un margen de silencio para que Carmela informase de su experiencia.

—Nosotros en la cocina —corroboró.

Pepa asintió.

—Creo que he concebido un niño impregnado de Amor de Dios.

—Espero que así sea, para ambas.

—Que así sea, para ambas —respondió Pepa, remarcando la última palabra con un deje de ironía que no escapó a la alertada mente de Carmela—. Oye...

—Dime.

—¿Te has enterado de la visita?

Carmela reafirmó la guardia. No sabía qué debía responder. Si se equivocaba conseguiría que aquella metomentodo sospechase de ella.

—Claro —respondió.

—¿No te parece maravilloso?

—Ciertamente, lo es.

—Que nos pase a nosotras, precisamente.

—Quién iba a decirlo...

—¿Te imaginas que me tocase a mí?

Intuyó que su vecina debía de estar refiriéndose a alguna visita de un miembro importante del episcopado.

—O a mí...

—Claro, amiga, o a ti.

Se impuso un incómodo silencio. Carmela notó que Pepa esperaba a que continuase con la conversación, ya que se suponía que sabía de lo que estaban hablando. Como era casi seguro que se trataba de la visita de alguien importante, se arriesgó.

—La verdad, ya iba siendo hora de que se pasasen por este barrio...

—Pero mujer, si es la primera vez que viene a España.

Un nudo se le agarró a la garganta. ¿A España? Estaba claro que no estaban hablando de la visita del obispo al barrio, ni de la de algún receptor de poca monta.

—Bueno, claro. Quise decir que sería lo más que, encima, se pasase por nuestro barrio.

Era evidente que hablaban del Papa. ¿Cómo había podido ser tan descuidada? ¿Desde cuándo se sabía que iba a venir?

—Claro que sería lo más, pero de momento nos conformaremos con que la visita sorpresa sea a nuestro país. Espero que no se pase primero por Barcelona.

—Madrid es la capital. Debería tener esa deferencia.

—Bueno, la Torre Madrid está en Madrid.

Se estaba dedicando a auscultarla a fondo. Carmela imaginó que, tal vez, todo lo que estaba diciendo no era más que una estratagema para pillarla. Lo mismo ni venía el Papa. Sintió verdadero miedo ante esa posibilidad.

—Por supuesto. Solo decía que sería lo más.

—Ya, amiga, ya sé lo que quieres decir. La excusa oficial, como bien sabes, es la comprobación de las obras en la torre, pero nadie se lo cree.

Carmela echó toda la carne en el asador.

—Que busque pareja reproductiva en España es de lo más esperanzador.

Pepa sonrió.

—Pero es un sueño imposible el que nos elija a una de nosotras, ¿verdad?

Se despidieron con un fraternal abrazo, como debía ser.

Carmela no pudo esperar a llegar a casa y se detuvo en un cibercafé para conectarse y ponerse al tanto de las buenas nuevas.

En la pantalla del ordenador apareció la noticia.

EL PAPA VIENE A ESPAÑA A OBSERVAR DIRECTAMENTE LA CONSTRUCCIÓN DE LA TORRE MADRID.

Suspiró aliviada. No, no era una trampa de Pepa para pillarla. Era una noticia real.

Por sorpresa y anunciado de un día para otro, el Papa venía a España.

* * *

Cada minuto, sobre todo si estaba acompañada, era una vigilancia constante del comportamiento de las demás personas. En cualquier momento, mientras caminaba por la calle, compraba en una tienda o se desplazaba en metro, podía ocurrir. Acceso de Amor de Dios, lo llamaban. Por eso no había coches en las calles excepto policiales o ambulancias, que disponían de un sistema de frenado automático en caso de que el conductor sufriera un acceso en pleno cumplimiento de sus funciones.

Se había acostumbrado a no tener que utilizar su coche. A veces lo recordaba, tan compacto y rojo, y lo imaginaba oxidándose en algún macro vertedero de vehículos del extrarradio...

Pensar en algo que no fuera lo inmediato resultaba peligroso. En un acceso multitudinario de Éxtasis, cualquiera podría darse cuenta de su retraso al recibir el Amor. Pero ella era buena en aparentar recibirlo al mismo tiempo que el resto de personas. Cuando lo notaba en los demás, simulaba entrar en trance. Era un automatismo adquirido. Algo que le permitía sobrevivir.

Eso, y ser la primera benevolente de su iglesia.

El sacerdote la recibió en confesión aquella tarde, como casi todas las tardes en los últimos años.

—Que el Amor de Dios te sea propicio por y para siempre, Carmela —dijo el párroco desde detrás de la rejilla.

—Que sea mi guía en este caos que es la vida terrenal —respondió Carmela, como siempre hacía.

Se trataba del mismo sacerdote que la noche anterior había pronunciado la sentencia de muerte. Su voz parecía inofensiva, casi adorable.

—¿Qué terrible pecado has podido cometer desde ayer a estas horas, cordero?

—He sentido vergüenza y rabia ante el sondeo de una buena vecina.

—Las sospechas son necesarias.

—Lo sé, Padre.

—Y es bueno que lo sepas y vengas a confesar tu vergüenza. ¿Algo más?

—Siento el pecaminoso y enfermizo deseo de ser elegida por el Papa como pareja reproductiva.

—Sentir eso no es malo, ni pecado, ni enfermizo.

—Lo es, Padre. Es egoísta.

—Es natural que una mujer sana sienta semejante deseo, incluso si resulta enfermizo. De todas formas sabes que, oficialmente, no es a eso a lo que viene a Espa...

Volvió a ocurrir. A través de la ventanilla del confesionario, Carmela intuyó que se producía un acceso. Reaccionó automáticamente, apenas una milésima de segundo más tarde que el párroco. Ambos quedaron en trance durante los correspondientes veinte minutos. Algunas beatas que rezaban, o vigilaban, en los bancos de la iglesia, permanecieron del mismo modo, pero eran viejas y no resultó extraño que, de entre todas, el hombre eligiera a Carmela como receptáculo de su amor cuando salieron del trance.

La erección de un cura podía ser tan real y permanente como la de cualquiera que pudiera haberla poseído en plena calle, pero a Carmela le sirvió para saber que el sacerdote no había notado ese maldito retraso al imitar el acceso de Amor de Dios.

—Reza y procura no volver a sentir lo que hoy has sentido, Carmela —dijo el párroco mientras se recolocaba la sotana.

—Que su semilla arraigue en mí, para mayor gloria del Altísimo.

Con el esperma del cura chorreando entre sus piernas, se situó en uno de los bancos, de rodillas, para rezar como le había ordenado. Una anciana la miraba.

Seguramente, aquella mujer sentía envidia por el acto que había presenciado y que ya no le tocaría a ella recibir. Nunca más.

—A ver si esta vez pares un niño normal —murmuró entre dientes.

Avergonzada, tal vez, la vieja señora se puso en pie y se encaminó hasta el confesionario.

* * *

El Papa venía a España. Esa era la realidad y a esa realidad tenía que ceñir sus esperanzas. Por lo menos, en apariencia.

Carmela encendió el televisor.

Su marido permanecía, también, expectante. Esa noche libraba. Había sacado patatas fritas y cerveza sin alcohol. Los niños asignados jugaban mientras los spots publicitarios anunciaban nuevas formas de agradar a Dios.

—Emocionante —dijo Andrés.

—Sin duda —corroboró Carmela.

Los anuncios cesaron y un autobús blanco rodeado de docenas de coches oficiales apareció en la pantalla. Nadie comentaba los acontecimientos.

El vehículo maniobró, se detuvo, la puerta se abrió. Dos azafatas guapísimas surgieron, situándose cada una a un lado de la salida. Después, salió el Papa. Era joven. Llevaba unas pequeñas gafas doradas y vestía de sport informal. Más parecía un ejecutivo de Microsoft que el mayor cargo al que un mortal podría aspirar. Miró a la cámara, sonrió y saludó con la mano. Hizo un gesto a alguien fuera de plano. Unos segundos después una joven periodista puso un micrófono cerca de sus atractivos labios. El Papa habló con su conocido e interesante acento italiano.

—Carmela —dijo—. Carmela Cibeles Gómez. He venido a buscarte.

Pareció que la imagen se congelaba, que el tiempo mismo se congelaba. Silencio. El Papa continuó.

—Serás mi pareja reproductiva, por Orden Divina de primera magnitud.

Y el mundo estalló en un caos paroxístico de primerísima magnitud. En la tele y, sobre todo, en el barrio. Gritos femeninos por doquier. Portazos. Pasos en la escalera. Golpes furibundos en la puerta.

La patata frita que Carmela pretendía comer cayó al suelo, los niños aullaron enloquecidos y Andrés salió de su estupefacción el tiempo suficiente como para articular una sola palabra.

—¡Carmela...!

La puerta se abrió de una patada, entraron en tropel, la sacaron de su hogar y la metieron en un coche.

Fue la última vez que Carmela vio a su familia asignada.

* * *

Tumbada sobre una camilla esperaba a que un médico corroborase que no estaba embarazada. Su útero debía estar vacío de toda nueva vida para recibir la semilla Papal. En su mente se reordenaban los recuerdos.

La habían sacado de casa sus propios vecinos y un coche policial se había detenido en el barrio para transportarla. La imagen de mujeres asomadas en los balcones, gritando como posesas ante la visión de la Divina Receptora, cobró forma en su mente. Recordó a Carlota Pérez, cayendo de su balcón y estrellándose contra el suelo. Esto la hizo temblar incontroladamente. En ese momento empezó a ser consciente de su situación.

Ella era la elegida.

—Necesito que deje de temblar, Carmela —dijo el doctor.

Pero los temblores se acentuaron.

—Comprendo que le esté costando aceptar la noticia pero, de verdad, tranquilícese.

—¿Por qué yo...? —empezó a decir.

—Los designios de Dios, ya sabe. Por favor, deje de temblar.

Era verdad. El sueño de toda mujer en edad de concebir. Algo para lo que ninguna podría estar preparada jamás.

¿Por qué no podía aquel matasanos esperarse unos minutos?

* * *

El Papa la recibió vestido de impoluto blanco. Su sonrisa era igual de blanca. Las cámaras y reporteros permanecían en silencio, captando el acontecimiento.

A Carmela le habían encasquetado un vestido negro muy ajustado y de cuerpo entero. Le quedaba bien, disimulaba su vientre ligeramente abultado por los partos. Apenas podía caminar. Le habían recogido el pelo en un moño y le habían limpiado todo el maquillaje.

Él se aproximó, acompañado por los flashes de las cámaras fotográficas.

Verlo en persona no podría haberla emocionado más. A pesar del aturdimiento, que no la abandonaba, se dio cuenta de lo guapo que era; moreno, bien musculado y con unos ojos verdes apabullantes.

Sin decir nada tomó su mano y tiró suavemente de ella para que lo acompañara al balcón.

Entonces supo dónde estaba.

Afuera, en la plaza de Puerta del Sol, docenas de miles de personas abarrotaban cada centímetro disponible. Lo que más la impresionó fue el silencio que mantenían.

Salieron y observaron. Él la miró a ella. Ella lo miró a él. Devolvieron la mirada al populacho.

Sonrieron.

Los vítores fueron tan monstruosos que Carmela supo que la masa humana se extendía más allá de la plaza. Mucho más allá.

Él acercó su rostro al de ella, su boca a su oído.

—¡Te quieren! —dijo en un grito apenas perceptible.

Ella lo miró, e hizo lo mismo.

—¿Por qué yo? —preguntó.

Entonces ocurrió, de pronto y como siempre, sin previo aviso.

La plaza se silenció ante un nuevo acceso de Amor de Dios.

Carmela lo notó, por supuesto, pero en esta ocasión, debido al aturdimiento, demasiado tarde para su gusto. Lo extraño es que, por estar mirando al Papa, creyó notar que este también se retrasaba al entrar en éxtasis.

Permanecieron así los veinte minutos. Cuando todo cesó, la masa humana se entregó al amor de la forma habitual y ellos entraron de nuevo. Las personas en el interior tampoco les hacían mucho caso. Se retiraron a una habitación privada para, supuso Carmela, practicar la primera arremetida de amor papal.

Él cerró la puerta tras de sí, echando el pestillo. Ella comenzó a desvestirse.

La detuvo.

—¿Quieres saber por qué tú? —preguntó muy serio.

Carmela quiso volver a quitarse el vestido, pero el Papa la interrumpió de nuevo.

—Eres tú porque Dios me ha dicho que seas tú. Eres tú porque, como yo, también eres atiega.

* * *

El autobús papal partiría al día siguiente hacia Roma, eso ya era un hecho, pero antes el Papa había dado instrucciones para organizar la visita a la Torre Madrid. Irían él, Carmela y un selecto grupo de acompañantes.

En ningún momento le había procurado atención alguna a su sexualidad y esto, sencillamente, la aterraba.

De camino a la Torre, en un viejo coche oficial blindado de los que ya no se usaban, el Papa retomó la conversación iniciada aquella mañana en Puerta del Sol.

—Es una cuestión de supervivencia, Carmela. Pero qué te voy a contar—dijo él.

Ella lo miró.

—Quiero que entiendas que cuando digo supervivencia me refiero no solo a la tuya o la mía individuales, sino a la de la especie humana.

Carmela se atrevió a romper su silencio.

—Eres un atiego.

—Tú también lo eres.

—No, no lo soy.

—Lo eres, igual que el conductor de este coche —miró al frente y dirigió su atención al chofer—. ¿Verdad, Carlos?

—Verdad, Santidad —respondió el conductor.

—Todo el papado, cualquiera que sea elegido para estar a mi lado, lo es. Carmela, debes entender que los regidores son todos atiegos y que por eso son regidores.

Recibió la información sin aceptarla. Lo primero que le vino a la mente fue que en realidad todo aquello no era más que una prueba...

—Y no, no es una prueba —añadió el Papa.

La Torre Madrid permanecía justo delante del vehículo, que seguía la línea recta que era la carretera principal que llevaba a ella. Carmela nunca había estado tan cerca y se asombró de lo enorme que era.

A los lados de la carretera, la masa humana presenciaba el acontecimiento en silencio. Cientos de miles de niños alzaban sus manos hacia el cielo.

—El Amor de Dios me inunda y no me hace sentir otra cosa que piedad por ti —dijo Carmela.

—No hables así. No es necesario. Tú lo has visto en la plaza. El Amor de Dios llegó a todos ellos, pero no a nosotros. Lo viste. Lo noté.

La tensión en el cuerpo de Carmela se acentuó.

—Te va a costar entenderlo, pero lo entenderás, porque eres atiega. Cuando asimiles lo que le sucede a nuestro planeta lo verás claro y aceptarás lo que tienes que hacer... —calló un momento—. Lo que tenemos que hacer.

El coche llegó a la entrada principal de la Torre y se detuvo suavemente. Descendieron. Carmela miró hacia arriba.

—Es enorme...

—Tres mil metros de grandeza.

Entraron al interior. La maquinaria de construcción permanecía silenciosa.

—No debemos tardar mucho. He dado orden de suspender las obras mientras permanezcamos aquí, para que los trabajadores no nos vean y surjan chismorreos, pero en cuanto volvamos a bajar todo continuará. Subamos.

Entraron en el ascensor principal y el chofer pulsó el último botón. El Papa siguió hablando.

—¿Recuerdas cómo era el mundo antes de que Dios se diera a conocer?

Carmela no comprendió la pregunta. Aquel hombre que la había elegido para reproducirse con ella ya no sonreía. Al contrario, parecía contener en su mirada y su voz una profunda tristeza.

—¿Recuerdas los problemas? ¿Las guerras? ¿Los atentados? ¿Los sucesos extraños?

Carmela hizo un esfuerzo por responder.

—El Amor de Dios nos trajo la paz. Las religiones se aunaron y el Amor de Dios nos hizo entender que éramos queridos...

—No te pregunto cómo se solucionaron las cosas malas, te pregunto si las recuerdas.

Carmela entornó los ojos.

—Yo era una niña. Recuerdo a mi padre desesperado porque no encontraba trabajo. A mi hermana intentando mantenernos con su pequeño sueldo mientras estudiaba la carrera de medicina. Me avergüenza decir que fueron ajusticiados.

—No sientas vergüenza por eso. No es más que una simple cuestión genética. Tu familia era atiega y por eso tú también lo eres. Bien, recuerdas los problemas y recuerdas que cesaron en cuanto comenzaron los accesos de Amor de Dios. Pero lo que no sabes es que fuimos nosotros los que empezamos todo esto. No sabes que, por aquellos días, se estudiaban nuevas formas de comunicación.

—No entiendo...

—Déjame explicarte: ocurrió una noche, en un centro de investigación que ya no existe. Trataban de encontrar formas de hacer llegar mensajes, en principio para poder comunicar con la base marciana a tiempo real. La naturaleza del universo es extraña, Carmela. Su misma esencia responde al modo en el que se lo concibe... ¿Sabes algo de física cuántica?

Carmela negó con la cabeza.

—¿El gato de Schrödinger?

Volvió a negar.

—Da igual, yo tampoco lo comprendo demasiado bien. El caso es que se descubrió la manera de generar taquiones, ¿entiendes? No, no entiendes. Bien, un taquión es un tipo de partícula capaz de desplazarse más rápido que la luz. Se trataba de poder comunicar con Marte usándolos, pero surgieron problemas. Resultó que al intentar enviar un mensaje, al conectar el emisor, el receptor comenzaba a recibir las respuestas. Respuestas a preguntas que todavía no se habían formulado. Provenían de la colonia marciana, claro, y correspondían exactamente a las preguntas que los científicos tenían programadas, así como respuestas a preguntas que ni se les había ocurrido hacer.

Carmela escuchaba aquello como si de un cuento de ciencia-ficción se tratase. Por supuesto, lo entendía, del mismo modo que comprendería cualquier concepto fantástico explicado para personas que no sabían nada de temas científicos. Lo que no asimilaba era por qué le contaba aquellas cosas que no tenían nada que ver con ella.

A través de la ventana del ascensor la ciudad se empequeñecía por momentos.

—Si se preocupaban de hacer las preguntas a pesar de saber las respuestas, todo iba bien. Las hacían y punto. Pero claro, pronto sintieron curiosidad por saber qué ocurriría si, conociendo la respuesta correcta, hacían otra distinta. Entonces comenzaron a recibir respuestas caóticas provenientes de lugares inexistentes. Si un científico preguntaba, ¿hace calor? cuando sabía que la respuesta a esa pregunta había sido, los vegetales proliferan bien, inmediatamente aparecían otras del tipo: no podemos dar más carne a los tomates, se están acercando las piedras, el ojo terrible ha entrado, y cosas así. Eran respuestas que no se pronunciaron respondiendo a preguntas que nunca se harían. A veces, las respuestas se producían en idiomas extraños jamás oídos por humanos. Encontraron la forma de comunicarse con, lo que en un principio creyeron, otros universos.

Carmela asintió. Había decidido aceptar todo lo que el gran hombre le dijera. Sin más.

—Pero pronto descubrieron que no se trataba de universos alternos. Se trataba de otras posibilidades. Entendieron que estaban alterando el continuo de lo que debía ser y que el universo respondía autocorrigiéndose. Y cada vez que lo hacía, la realidad cambiaba. Cambiaba a formas absurdas, extrañas. Mis padres estaban en el equipo y vieron cosas que no creerías... O tal vez, sí ¿Recuerdas cuando el cielo se volvió violeta? ¿O cuando llovieron agujas de cristal?

Carmela asintió de nuevo, aunque era demasiado niña para poder decir que lo recordaba realmente. Eran temas de los que estaba prohibido hablar bajo pena de linchamiento callejero.

—Pues esas cosas eran la prueba de que la realidad luchaba por reordenarse en formas caóticas que justificasen las preguntas dadas a las respuestas que deberían haberse hecho. Y no podía detenerse. Cuando intentaban pararlo, sencillamente, ocurría que la última reordenación permanecía, como aquella vez que durante semanas tuvieron que vérselas con ratas medio humanas caníbales. Para detenerlas, para borrarlas de la realidad, se vieron obligados a formular nuevas preguntas. Entonces ocurrió; llegó una respuesta que decía: sí, existo.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron.

—Ante aquello, empezaron a elucubrar sobre cuál debía ser la pregunta que tenían que hacer...

—¿La pregunta era: existe Dios? —preguntó Carmela, demostrando así que ya dominaba el juego.

El Papa se la quedó mirando con un brillo de aprobación en sus ojos.

—Eso es. Vayamos al punto de inflexión.

Salieron del ascensor y se dirigieron a unas escalinatas ascendentes.

—Pues esa es la pregunta que hicieron y resultó que sí, que acertaron.

Subieron. El resto de acompañantes quedó atrás. Estaba claro que lo que quiera que fuera a suceder, concernía únicamente a la pareja papal.

—Entonces, emocionados, algunos, comenzaron a mantener una conversación con Dios. Y la realidad que vivimos ahora es la que dejaron por buena. Pensaron que un universo con Dios traería orden al caos. Destruyeron el emisor justo después de recibir la Última Respuesta, para evitar que nadie realizara una pregunta equivocada.

Traspasaron el último escalón.

—Estamos en lo más alto. Justo dónde se encuentra el emisor...

—Estaba destruido.

—No el Emisor del que te hablé, uno de los que construimos después. Están basados en el primero, claro, pero solo pueden transmitir una única pregunta programada. La Última Pregunta. Estas torres son antenas de altísima frecuencia, querida.

Carmela observó su alrededor. Se encontraban en una cúpula de cristal. Justo en el centro de la misma, descansaba una consola con algunos botones, un teclado y una pantalla.

El Papa permitió que se situase durante unos segundos y acto seguido se dirigió a la consola. La conectó y un ligero zumbido cibernético retumbó en sus tímpanos.

—Bueno —dijo—, no perdamos más tiempo con explicaciones. Ahora vas a ver por ti misma el resultado de la última reordenación de la realidad.

Tecleó rápido y seguro. La pantalla se llenó de datos.

—Está diseñado para emitir a mucha potencia, pero si se le aplica poca energía sus efectos apenas serán perceptibles en un círculo de escasos metros. Todo aquel que se encuentre dentro podrá ver la realidad tal y como es ahora —pulsó enter —. Y recuerda: una vez veas lo que vas a ver, ya no podrás concebirlo de otro modo.

La luz del sol se atenuó. A través de la cúpula transparente ya no podía verse el azul del cielo.

Carmela avanzó los pasos que la separaban del cristal y contempló La Realidad.

Estaban bajo lo que parecía ser el interior de una bóveda que ocupaba la parte superior del firmamento y se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era como si el cielo hubiera descendido abruptamente sobre ellos y hubiera perdido su color azul para adoptar otro, rosado y húmedo.

Sintió que se le encogía el alma.

El Papa se situó justo a su lado con una silla plegable en las manos y observó con ella.

—Esto que ves es lo que yo veo, lo que todos los que sabemos La Pregunta, vemos.

A lo lejos, sobre la masa humana, podía verse una cortina móvil que descendía directamente sobre ella. Si miraba bien, si afinaba la vista, podía intuir que vibraba.

—Pero..., ¿qué estamos viendo? —preguntó Carmela con un tono de voz apenas audible.

—El estómago de Dios.

—¿El estómago de Dios?

—Desde dentro.

Las piernas de la mujer flojearon. Por primera vez en su vida sintió que se desmayaba.

Por suerte, las fuertes manos del Papa la sujetaron y ayudaron a sentarse en la silla plegable.

—No te preocupes, es normal, todos sienten lo mismo la primera vez. La Última Respuesta fue: acepto la ofrenda. La pregunta que debemos emitir para hacer efectiva la realidad es: ¿tienes hambre?.

La voz del Papa le llegaba desde muy lejos.

—Esto que ves —continuó—, es el resultado de la última reordenación.

—No puedo entenderlo.

—Es sencillo una vez aceptas que hemos estado destruyendo la realidad con cada transmisión. Verás, el Universo se defiende de nosotros. Somos los que hemos alterado su esencia y, por lo tanto, debemos ser eliminados. Pero no te preocupes, está todo controlado...

—¡¿Está todo controlado?!

—La realidad no se hará definitiva hasta que conectemos todas las torres del mundo al mismo tiempo y formulemos La Pregunta...

—¡Malditos! ¡No la hagáis!

—Ya. Verás, no depende de mí, ni de nadie en realidad. Las cosas son como son.

—Pero si puede cambiarse formulando preguntas...

El Papa pareció perder la paciencia. Solo un poco y durante un segundo.

—¡Lo que quiero decirte es que los atiegos sobreviviremos!

—¡ ¿Sobreviviremos a qué?!

—A La Digestión.

—¡Oh, Señor!

—Todo volverá a empezar una vez se produzca La Digestión. Los atiegos tendremos que estar dentro de las torres, que son resistentes a los jugos gástricos, con todo lo necesario, ya sabes, animales, semillas... ¿Ves esa especie de cortina que desciende sobre la gente? Está formada por millones de hilos finísimos, y cada uno de esos hilos penetra en un creyente. Así es como Dios les hace sentir su amor. Pero hay algo en nosotros, los atiegos, que hace que no pueda influirnos, y eso nos ha dado la oportunidad de llegar a este acuerdo con Él.

De algún modo Carmela comprendió. Lo pudo visualizar en sus recuerdos, como si siempre hubiera sido consciente de aquellos hilos entrando directamente en la cabeza de la gente que la rodeaba.

—Dios quiere que la humanidad se reproduzca lo más posible antes de La Digestión. Tiene hambre, pero no le conviene que todos caigan aunque, claro, no puede evitar que sus jugos gástricos lo disuelvan todo, al menos todo lo orgánico, y debe asegurar una nueva cosecha.

—¿Pero por qué debemos sobrevivir los atiegos?

El Papa sonrió.

—Por fin los admites. Eso está bien.

Carmela se dio cuenta de que acababa de admitir que era atiega.

—Entonces..., es una prueba.

—No, no es una prueba. Te respondo: debemos sobrevivir porque Dios no puede llegar a nosotros. Podemos controlar al resto, a la mayoría. Podemos pensar con libertad, hacer cosas, como esta torre. No seremos digeridos y podremos reproducirnos. Ya te dije que el atieguismo es una cuestión genética. De vuestros vientres volverán a surgir personas de los dos tipos, creyentes y atiegos. Unos serán conscientes del Estómago y vivirán en base a ello. Los demás, los pocos atiegos que nazcan, controlarán al rebaño y escaparán de nuevo a La Digestión. Claro que esto ocurrirá dentro de mucho tiempo, cuando exista una cantidad de creyentes suficientes como para alimentar a Dios otra vez.

Carmela cerró los ojos. Al estar sentada, el leve desvanecimiento que sufrió apenas se notó. Fue como un reseteo de su cerebro. Todos sus recuerdos acudieron a ella en tropel y orden cronológico. Su padre siendo arrestado y ajusticiado en los primeros días, su hermana sufriendo la misma suerte antes de que la ley prohibiera matar mujeres, sus tres hijos, de diferentes padres, reconocidos como atiegos, siendo metidos en un coche y llevados lejos de ella.

—Mis hijos —dijo en un susurro.

—Tus hijos están bien. Fueron trasladados a la Torre Jerusalén. Los niños atiegos van a parar a lugares donde no abundan, pero no te preocupes, podrás verlos cuando desees.

La noticia de que sus hijos vivían no consiguió sacarla del terrible estupor que le producía el conocimiento de la absurda realidad. El último recuerdo fue el del costado de Fermín siendo perforado por su cuchillo de cocina.

—Ayer maté a un atiego... —dijo, sin esperar réplica.

—Era hombre, ¿verdad? No necesitamos hombres, ya somos muchos. Hay que dar algo de sentido a las vidas de los creyentes, algo de lo que preocuparse mientras fornican para traer más niños al mundo. Es terrible, lo sé, pero lo que más necesitamos son mujeres genéticamente predispuestas y niños reconocidos atiegos...

—Cállate —dijo Carmela de pronto—. Cállate de una maldita vez.

No podía soportar la cháchara de ese hombre, tan volcado en hacerle comprender, tan sonriente...

Se puso en pie y miró al cielo. Las paredes del Estómago eran opacas, aunque, de algún modo, dejaban pasar la luz del invisible sol a través de la cuasi materia de la que estaban compuestas.

No lo entendía. No comprendía cómo una serie de respuestas y preguntas hechas con una máquina podían haber dispuesto esa realidad. No era capaz comprender cómo el Mundo se había adaptado a ello tan fácilmente, sin hacer preguntas.

—Serás una buena madre para la Humanidad que viene —continuó el Papa, insistente—. Solo pares hijos atiegos. No hay muchas así. Dios te ha estado protegiendo sin tú saberlo. Hasta el momento en el que viniste a la torre no fuiste consciente de Dios, pero Dios siempre fue consciente de ti. Eres una de las pocas mujeres que se reproducirán con el papado, aunque, en tu caso, lo harás con el mismísimo Papa. ¿No te hace feliz?

Carmela observó la masa humana, estúpida, ignorante de su destino. Pensó que era preferible estar donde estaba y no abajo, con ellos.

No, no se sentía feliz, no se trataba de eso. Sobreviviría, como siempre había hecho. Sus hijos sobrevivirían.

Nada más importaba.

© Eduardo Delgado Zahino, (7.199 palabras) Créditos