DESPUÉS DEL COSMOS
José Luis Loperena
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Frío. No del que sentía cuando era humano, en su casa de Santa Isabel, sino uno mucho mas profundo. El frío del espacio. El del espacio que hay entre las galaxias. El frío del vacío. El de millones de años luz sin una sola molécula de materia. El del metal surcando la nada, el vacío infinito, a la temperatura del cero absoluto. Ese era el frío que estaba sintiendo Anand cuando despertó.

No abrió los ojos, ni estiró las piernas. No se le había dormido un brazo por la presión del cuerpo sobre el colchón ni se le habían pegado los párpados por las legañas secas. Anand despertó surcando ese vacío a la temperatura del cero absoluto porque era el momento de hacerlo. No poseía sentido de la vista, tal y como lo había conocido siendo un simple homínido, ni del tacto. El frío de Anand era el del propio metal de la nave que surcaba ese espacio vacío. Anand era la nave. Ya no era un compendio de humores y vísceras; ahora era un conjunto de circuitos, placas, fotones y flujos.

Ni siquiera tenía una ventana, pues en su interior no existían salas de navegación, camarotes o pasillos. O un puerto de embarque, pues no estaba previsto que nadie entrara en el cuerpo de Anand. Su nuevo cuerpo, compacto y rígido. De siete metros de diámetro y veinte de largo. En forma de huso.

O no tan nuevo, si quien lo estuviera observando no viajara, como él, al noventa y siete coma cuarenta y seis por ciento de la velocidad de la luz.

Frío.

Anand estaba soñando con su casa cuando despertó. No veía su propio cuerpo, pero en el sueño había leña, estaba junto al ventanal, el paisaje borroso parecía ser el de siempre, llevaba abrigo grueso y guantes porque el clima de la montaña te puede matar cuando eres un animal de piel fina. Luego le llegó el conocimiento de haber alcanzado el punto intermedio de su trayectoria y salió suavemente de ese estado onírico para recobrar el sentido de ser una nave espacial que viajaba entre dos galaxias, de carecer de dedos donde enfundar los guantes u ojos para ver paisajes, pero sí de poseer sensores para averiguar su ubicación en el espacio, la distancia recorrida, la composición del surco espacio-temporal, los rayos de diferentes denominaciones, frecuencias y procedencias, la luz residual de su estela, la energía remanente de su inercia, el volteo de su eje, el desgaste de su memoria.

El frío de su entorno.

—Aquí Anand. Informando desde el punto intermedio de la travesía. Todos los parámetros correctos. Continúo hacia B-ER3. Cambio.

—Aquí Destino B-ER3. Confirmo recepción de datos.

—Aquí Origen V1-A. Confirmo recepción de datos.

Anand dejó que pasara un tiempo. Calculó que dos milisegundos de pausa dramática se transformarían en unas trescientas horas terrestres para quienes le escuchaban, quizás demasiado para captar el sentido teatral de su comentario. Pero aun así, lo hizo.

—Hace mucho frío aquí fuera.

No esperaba respuesta, y no la tuvo. Sus dos contactos, el situado en la Vía Láctea y el que le esperaba en la galaxia enana del Can Mayor, no eran humanos. No habían nacido del vientre caliente de una hembra de mono; no se habían criado tumbados en una roca calentada por un sol; no había tenido una piel para sudarla, ni unos ojos para frotárselos o secar las lágrimas. Eran dos lápidas negras flotando en medio de la nada, sin más ocupación que esperar, durante milenios, la recepción de la frase que Anand acababa de transmitir.

No podían imaginar cómo era el paisaje de Santa Isabel, por lo que el comentario les resultaría indescifrable.

Pero Anand no sentía lástima por ellos, ni tampoco por sí mismo, siendo, con toda seguridad, el ser humano más solo que hubiera existido en toda la historia de su especie. Su destino lo había elegido él, y no se arrepentía. En cualquier caso, la capacidad de arrepentimiento, de nostalgia, de soledad, de ira o de lástima habían sido suprimidos de su mente. Un acto de compasión, en todo caso, que sus congéneres tuvieron antes de traspasar su mente a esa nave.

—Atención Anand aquí Origen V1-A. Comience traslación temporal aumentando su velocidad, por favor.

A pesar de las distancias, la comunicación entre V1-A y Anand era inmediata gracias al entrelazado cuántico de datos. Anand reparó en que estaba viviendo un momento histórico: iba a retroceder en el tiempo para llegar a su destino en seis meses, en lugar de en los casi treinta y cinco mil años que tardaría si la teoría de la relatividad funcionara igual en todo el Universo. A medida que se alejaba de la Vía Láctea, la ausencia de materia y de gravedad borraba el tiempo, de manera que, una vez fuera, superar la velocidad de la luz no requería una cantidad infinita de energía. El tiempo, al carecer de fuerzas gravitatorias que lo domeñaran, fluía como el aceite sobre la superficie del agua en el inmenso espacio entre las galaxias; en ese lugar Anand podía manipularlo a su voluntad y aparecer en el límite de la galaxia Can Mayor un instante después de haber desaparecido del límite de la Vía Láctea. Así, solo él habría viajado durante milenios soñando con su hogar en Santa Isabel, la pequeña isla del Pacífico Sur. Para el resto de los seres conscientes que esperaban sus noticias, para sus seres queridos, la misión duraría dos años.

El descubrimiento de las propiedades de la materia oscura era el responsable de la proeza. Con un gasto de energía mínimo se conseguían aceleraciones exponenciales capaces de colocar naves espaciales en los límites de la galaxia en cuestión de meses. Era una suerte que el sistema solar estuviera situado en una zona tan externa, pues los viajes hacia el centro de la galaxia, aunque posibles, estaban sojuzgados al paso del tiempo y quienes tripulaban aquellas naves estaban condenados a la soledad, pues los pocos años que tardaban en llegar a su destino se transformaban en centurias para quienes habitaran fuera de sus naves aceleradas a velocidades lumínicas.

No era el caso de Anand, la primera mente humana transferida a una nave que iba a visitar otra galaxia, tras la primera incursión por parte de una inteligencia artificial, la llamada B-ER3. En ese momento, estaba a punto de invertir el sentido de su propio tiempo de manera que, aunque a él aún le quedaran miles de años de viaje a través del vacío, la llegada a su destino se produciría en los límites de la vida de sus congéneres. De hecho, las frases que se había intercambiado con V1-A y B-ER3 no se llevarían a cabo hasta miles de años después de haberse realizado la proeza, cuando la humanidad, probablemente, ya hubiera abandonado su planeta de origen o incluso desaparecido, y aquellas dos lápidas flotantes en los límites de ambas galaxias fueran los últimos vestigios de una raza tan ambiciosa como mortal.

Que los mensajes se hubieran transferido significaba, de hecho, que en todos los milenios transcurridos aquellas máquinas no habían sido destruidas por sus propios creadores ni por ninguna otra civilización que hubiera podido surgir de otro lugar. Y eso ya era bastante esperanzador.

Una década antes, cuando B-ER3 llegó a su destino tras dos años de trayecto para los que estaban esperando y treinta y cinco mil para aquella inteligencia artificial, no se pudieron obtener datos de cómo se comportaba el espacio-tiempo mientras tenía lugar la inversión temporal. B-ER3 aseguraba no tener absolutamente ninguna lectura. Para aquella nave oscura y fría, el viaje había sido una casi eterna quietud en una absoluta oscuridad. Se dedujo que los instrumentos de medición no estaban preparados para recoger datos de algo desconocido, por lo que se decidió buscar un voluntario humano para recoger esas impresiones en primera persona. Durante la mayor parte del viaje su mente carecería de cualquier connotación que le pudiera hacer perder la cordura, convirtiéndose en un mero instrumento de navegación; pero una vez llegado al punto de retroceso temporal, volvería a recuperar sus particularidades humanas, de manera gradual y cuidadosa, para poder grabar las sensaciones de retroceder en el tiempo y hacer al resto de la humanidad partícipe de sus recuerdos.

Y ese momento había llegado. Por eso Anand estaba soñando con su casa en Santa Isabel, y por eso había reflexionado sobre el infinito frío que hacía ahí fuera.

—Aquí Anand. Comienzo protocolo de traslación.

—Aquí V1-A. Adelante.

Los colectores de materia oscura aumentaron sutilmente su capacidad; la nave de Anand inclinó su proa levemente hacia arriba; su eje comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj con una velocidad creciente; un aura dorada rodeó la nave y, tras un destello equivalente al de diez soles que duró una millonésima de segundo, Anand desapareció del espacio-tiempo.

—Aquí Anand. Solicito confirmación de recepción de datos.

Pero mientras transmitía ese mensaje, Anand ya sabía que no había nadie escuchando. El entrelazamiento cuántico de datos había desaparecido. Tampoco tenía mediciones de ninguna clase. Los sensores de su nave estaban aturdidos, como si los hubieran untado con una grasa espesa.

Una vez llegados a este punto, el protocolo que transfería capacidades humanas a la mente de Anand terminó la transferencia, y el hombre tuvo conciencia total de sí mismo. Sentía el exterior de la nave como su piel; los sensores que rastreaban la composición del entorno se convirtieron en ojos y oídos; su sistema nervioso eran ahora los millones de filamentos transmitiendo datos de un extremo a otro de su cuerpo; su locomoción, a falta de piernas y de suelo donde apoyarlas, se concretaba en los colectores de materia oscura.

Sin embargo, nada de eso le resultaba útil. Lo que quiera que fuese que había fuera de su estilizado cuerpo era incompatible con su capacidad de percibirlo. No sentía que hubiera nada a su alrededor, y si activaba los colectores para avanzar tampoco tenía la sensación de dirigirse a ninguna parte. Aun así, Anand continuó con el protocolo que él mismo supuso más adecuado.

—Soy una nave híbrida biomecánica procedente de la galaxia Vía Láctea. Me dirijo a la galaxia Can Mayor. Mi nombre es Anand. Si alguien puede recibirme, que me envíe una señal, por favor.

Sentía que hablaba solo para sí mismo. Como si alrededor del casco se acabara la realidad. De hecho, pensó Anand, probablemente así era. Pero se llevó una sorpresa.

—Atención Anand, aquí B-ER3. No esperaba una comunicación tuya. ¿Hay algún problema?

La señal de la inteligencia artificial llegaba a su percepción de una manera extraña, como si un pensamiento ajeno se colara entre los fotones de las fibras de Anand. Eso, sumado a la sorpresa de encontrar allí esa voz, atemorizó un poco a la mente humana.

—Hola B-ER3, vaya sorpresa. ¿Puedes recibirme desde tu posición en Can Mayor, aunque yo esté en un flujo temporal diferente?

—No estoy en Can Mayor todavía, Anand, acabo de empezar la transferencia temporal. Lo que no entiendo es cómo has llegado tú aquí, mi previsión era contactar contigo dentro de diecisiete mil quinientos siete años, tras mi llegada a Can Mayor.

—B-ER3, acabo de hablar contigo y estabas en Can Mayor. Yo soy el que acaba de llegar al momento de transición, tú estás en tu destino y V1-A se encuentra en origen, en la Vía Láctea. Yo soy el que lleva diecisiete mil quinientos años de viaje. Tú ya has completado tu trayecto de treinta y cinco mil años, tu reversión temporal ha sido óptima y para nosotros tu viaje ha durado dos años. Acabamos de hablar, B-ER3. Confirma que estos datos son correctos, por favor.

—Anand, esos datos no pueden ser correctos. Lo imposible es que tú estés aquí, ya que te dejé en la Vía Láctea y tu salida hacia el destino en Can Mayor no está prevista hasta que yo no llegue e informe del éxito del viaje y la reversión temporal. Y para la percepción del tiempo de mis sistemas, eso ocurrirá dentro de otros diecisiete mil años aproximadamente.

Las dos inteligencias, artificial y humana, se quedaron en silencio cavilando sobre las posibles razones del enigma. Al fin, B-ER3 habló.

—Si tú ya estás aquí, y resultando imposible que eso suceda, la conclusión es que mis sistemas están fallando a causa de un factor desconocido existente en este entorno. Como resultado de ese fallo, percibo una señal tuya pero no eres real. Lo anotaré en mi bitácora y continuaré el trayecto. A mi llegada informaré del fenómeno para su análisis.

Anand pensó que esa era la única conclusión a la que podía llegar B-ER3. Una inteligencia fabricada exclusivamente para viajar entre las galaxias no podía obtener más respuestas que aquella. Pero Anand no era así. Y era obvio que ambos estaban allí, a pesar de que cuando el humano había comenzado su viaje, B-ER3 ya había llegado a su destino. Sin duda, se trataba de un efecto de la reversión temporal. Estaba hablando con un B-ER3 del pasado, en un lugar donde el tiempo podía doblarse con cierta facilidad. Anand sintió vértigo por asomarse a un acantilado de esas dimensiones y agradeció no poseer sentido del equilibrio ni tener un lugar donde caer desmayado.

—B-ER3, creo que la respuesta es mas sencilla. El tiempo está transcurriendo a diferentes velocidades dentro y fuera de este entorno, por lo que yo ya he hablado contigo en lo que para ti es el futuro, antes de que yo entrara en la reversión temporal. Yo ya sé que has llegado bien, y por eso he partido yo hacia tu destino. Ahora vuelvo a encontrarte durante tu viaje porque estamos deshaciendo el camino temporal.

—Es razonable, Anand. No encuentro ninguna formulación que haga posible lo que dices, pero el razonamiento tiene posibilidades. Anotaré también tu idea para analizarla al final de la misión.

—Pero ahora recuerdo, B-ER3, que a tu llegada dijiste que durante el trayecto no pudiste realizar ninguna medición, ni tuviste ningún contratiempo. Según la versión que diste, en tu viaje no ocurrió absolutamente nada.

—Eso se contradice con lo que está ocurriendo actualmente, Anand. Si cuando llegue mi reporte dice que no hubo novedades, significa que este encuentro no está ocurriendo.

—Sin embargo sí que está ocurriendo, B-ER3. Lo que está pasando en tu viaje difiere de lo que nos contarás cuando llegues a tu destino.

Nuevo silencio. Las dos mentes trabajaban a toda potencia intentando encontrar una respuesta. De nuevo fue B-ER3 quien habló primero.

—Mi conclusión es que el que ha dado el informe de llegada no seré yo, Anand. Debo abortar la misión.

—Yo me comunique contigo, B-ER3. Eras tú, todas las lecturas lo confirmaban.

—Anand, es obvio que, seas real o no, tendré que informar de este suceso a mi llegada. Si no lo hago, estaré ocultando una información importante. Y me estás diciendo que mi informe no habla de este encuentro. Yo no oculto información ni miento, es matemáticamente imposible. Por lo tanto, el B-ER3 con el que hablasteis no era yo. Eso me hace deducir que algo me está suplantando, ya que se identificó como yo mismo y no aclaró que se trataba de otra entidad. Por lo tanto, deduzco que se trata de un plan trazado para fines que no nos convienen, Anand. Una trampa. ¿Tienes tú alguna conclusión diferente que se me haya escapado?

Anand poseía todas sus capacidades mentales, reforzadas por las que la tecnología de la propia nave sumaba a su mente humana. Podía resolver fórmulas complejas con facilidad e imaginar teorías matemáticas rápidamente. Todo indicaba que B-ER3 tenía razón, pero algo le decía a Anand que esa no era la respuesta. Algo relacionado con el frío que sintió al despertar. Ese frío inhumano, no relacionado con la falta de sol o de vísceras. Además, acababa de darse cuenta de que, fuera o no una trampa, no tenían posibilidades de abortar la misión.

—B-ER3, si salimos ahora del flujo temporal en el que estamos, nos encontraremos en un punto indeterminado entre la Vía Láctea y Can Mayor, una distancia imposible de recorrer y en un momento del tiempo en el que ya es demasiado tarde para alertar a nadie. Nuestra única opción es llegar a nuestro destino dos años después de haber salido y una vez allí saber qué ha ocurrido.

—Hay otra posibilidad, Anand: que uno de los dos salga del flujo temporal y el otro se mantenga en su camino. Yo propongo que tú te quedes aquí y continúes el viaje. Yo saldré e intentaré entrar en otro flujo de reversión del tiempo para regresar a la Vía Láctea y alertar de lo sucedido. Los dos tenemos pocas posibilidades, pero tú tienes alguna más, y mi lógica determina que esa sea la opción más adecuada.

Ambas ideas eran malas, y las dos inteligencias lo sabían. Pero no se les ocurría nada mejor.

—Está bien, de perdidos al río, B-ER3. Sal e intenta avisar. Yo volveré a ponerme en modo inconsciente y llegaré a mi destino dentro de diecisiete mil años. A ver qué me espera allí.

—Comienzo protocolo de salida. Te deseo lo mejor, Anand.

—Igualmente, B-ER3.

Quizás transcurrió algún tiempo, quizás no. Anand no podía saberlo. Pero la señal de B-ER3 volvió a aparecer.

—Anand, ¿me recibes?

—Te recibo, B-ER3. ¿Qué ha ocurrido?

—No podemos salir del flujo temporal. He puesto en práctica el protocolo varias veces y no funciona. Estamos atrapados.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente. Incluso he modificado los parámetros de salida hasta lo ilógico, con el mismo resultado. No he podido salir de aquí. Las leyes de la física no existen en este lugar.

Sin poder evitarlo, Anand se vio a sí mismo flotando en un espacio absolutamente negro. Una lápida en forma de huso en medio de la nada, de la verdadera nada.

El frío era la respuesta.

—Creo que ya sé lo que ha ocurrido, B-ER3.

—¿Has hallado la manera de salir de aquí?

—No creo que podamos salir nosotros, amigo mío. Pero algo me dice que, de alguna manera, ya hemos salido.

—Necesito una explicación a ese razonamiento.

—El B-ER3 con el que hablé en Can Mayor eras tú. Cuando entraste en el flujo invertido del tiempo, te desdoblaste. Una versión de ti llegó a su destino al instante siguiente de haber llegado. La otra permanece aquí, fuera de la realidad.

—Eso no tiene sentido, Anand. Estoy aquí, lo mismo que tú, y no en mi destino.

—Sí, pero el B-ER3 y el Anand que están aquí y los que están en el flujo del tiempo en el que fuimos creados ya son dos realidades distintas. De alguna manera, al entrar en la reversión del tiempo entramos en una versión de la realidad de la que no podemos salir. Y al mismo tiempo salimos, porque hemos doblegado las leyes de la física hasta ese límite. Todo tiene una contrapartida, B-ER3. La de revertir el tiempo, es esta. Unos seres como nosotros, que no han vivido este momento, han logrado llegar a su destino y terminar la misión. Otros, tú y yo, han de permanecer aquí indefinidamente.

—¿Y dónde es aquí, Anand? No me llega ninguna lectura, no soy capaz de aprender cómo actuar en este entorno.

Anand comenzó a desactivar sus sensaciones conscientes antes de responder.

—Pues aprenderemos, amigo mío. Tenemos tiempo ilimitado para hacerlo.

© José Luis Loperena, (3.626 palabras) Créditos