NO ESTÁS SOLO
Eduardo Delgado Zahino
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Mec observó lo que había hecho. Lloró.

Se encaminó flotando hasta el puente y se posó en la butaca del difunto capitán. Abrió un canal común.

—Me llamo Mec. Los he matado a todos. Estoy solo. Lo siento. Lo siento mucho.

Dejó en suspenso la computadora y desconectó los sistemas no vitales. Después flotó hasta el sarcófago y se introdujo.

* * *

Despertó. Todo estaba como lo había dejado. Flotó hasta el comedor y extrajo una bandeja del expendedor. Comió.

Fue hasta el puente y activó los sistemas. Abrió el canal.

—Han pasado cien años. Para mí no hace ni dos horas que los he matado a todos. Lo siento. Lo siento de veras. Estoy solo.

Flotó hasta un baño. Se lavó un poco. Comió. Hizo ejercicio. Una rutina que mantuvo durante unos días. Después fue hasta el sarcófago y se introdujo.

* * *

Despertó. Hizo algunos estiramientos en el gimnasio. Comió. Fue al puente y abrió un canal.

—Otros cien años... Yo... Lo siento.

Hizo sus necesidades y se dedicó a vivir durante una semana, tiempo suficiente para permitir que su cuerpo se recuperara de la hibernación.

Se introdujo en el sarcófago.

* * *

Despertó. Flotó hasta el comedor. Comió. Fue al puente...

Una luz roja parpadeaba.

Activó nervioso el comunicador. Un mensaje grabado hacía apenas treinta y dos años llenó el vacío silencioso del puente.

No estás solo. Cuéntanos. ¿Quién eres, qué haces, qué quieres¿.

Leyó los datos de procedencia. No podía creerlo, pero el mensaje había sido enviado desde algún punto situado a no más de cuarenta años luz. Abrió el canal.

—¿Quién eres? —preguntó.

Se quedó en blanco. ¿De quién podría ser aquella voz femenina, en aquel lugar? Decidió contestar a las preguntas por orden.

—Me llamo Mec. Soy navegador de segunda de la nave de avanzadilla colonizadora Mantra-22.

Soltó el botón de emisión y repasó lo que acababa de decir. También comprobó que la señal de socorro, que funcionaba a intensidad mínima, seguía emitiendo sus coordenadas. Prosiguió.

—La nave entró hace ahora trescientos años en un sumidero cuántico, debido a un fallo en la proporcionalidad energética. Sencillamente, el generador soltó toda su carga de una vez y nos catapultó hasta aquí. Es algo que ha ocurrido antes, a otras naves como esta. Ahora lo sé. Empiezo a sospechar que algo en el diseño no funciona bien.

Soltó de nuevo el botón. Inspiró.

—Contestando a tu segunda pregunta, intento sobrevivir la mayor cantidad de tiempo posible hasta que me rescaten... ¿Qué quiero? Quiero vivir.

Se arrellanó en la butaca del capitán y pensó. ¿Qué diablos hacía hablándole al vacío? Volvió a comprobar los datos. Sí, el mensaje existía, no se había vuelto loco. Estaba claro que hacía setenta años alguien se había molestado en emitir ese único mensaje. Sin más. Abrió de nuevo el canal.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Por qué no has dicho nada más en todo este tiempo?

Esperó unos segundos antes de terminar.

—¿Sigues ahí?

Después se dedicó a estirarse en el gimnasio, comer y lavarse durante otra semana. Al final decidió que era mejor dormir y esperar a que, al despertar, hubiera un nuevo mensaje.

* * *

Despertó. Flotó con impaciencia hasta el puente y casi le dio un ataque al ver que la luz roja no parpadeaba. Comprobó de nuevo que no lo había soñado. No. El mensaje seguía almacenado en la memoria de la consola, igual que los emitidos por él cien años atrás.

Hizo sus necesidades, comió, se lavó y se acostó.

* * *

Cien años después, la luz parpadeaba.

Hola, Mec. Me llamo Laura y soy la nieta de la primera mujer que te habló. Te explico: somos los descendientes de una de las naves que se perdieron en el sumidero cuántico, hace mucho, mucho tiempo. Tal vez lo sepas, la Mantra-12. Aquí, entre las galaxias, hay mundos errantes. Nuestros abuelos encontraron este en el que vivimos. Tu mensaje nos llegó hace algunos siglos y desde entonces esperamos tus emisiones para guiarte hasta nosotros. No temas, no estás solo.

Con el corazón en un puño comprobó los datos. El mensaje había llegado hacía cuarenta y tres años. Y había más.

Hola, Mec. No estás solo. Soy Laura de nuevo. Me han dado permiso para enviar este segundo mensaje. Me dicen que antes de proporcionarte las coordenadas de encuentro, tienes que explicar algunas cosas. Las preguntas son estas: ¿sabes a dónde te diriges? ¿tienes medios para subsistir? Y... ¿los... has matado a todos?.

Comprobó que ese segundo mensaje había llegado seis años después del primero. La voz madura de Laura había cambiado de un mensaje a otro para volverse algo más ronca.

Aún quedaba un tercer mensaje.

Hola Mec, no estás solo. La situación política ha cambiado y por eso se me permite mandarte este mensaje de despedida. Para cuando nos llegue tu respuesta, si llega, ya habré muerto. Por eso quiero decirte adiós y que tengas suerte.

Ese mensaje había llegado apenas cuatro años antes. La voz de Laura era la de una mujer anciana.

Le echó un vistazo a los datos de procedencia y pudo comprobar que el último mensaje había sido emitido desde una distancia relativa no mayor a veinte años luz. Pensó seriamente en activar la cuántica, pero recordó el motivo por el que la había desconectado. Sin la computadora cuántica no podría llevar a cabo los cálculos de aproximación al punto de emisión de los mensajes y, sin las coordenadas, tampoco podría realizar un cálculo fiable que le permitiera llegar a ese mundo entre las galaxias.

Estos pensamientos le hicieron reflexionar. Un mundo entre las galaxias. ¿Era eso posible?

Estaba claro que lo era, pero le resultaba muy extraño. ¿Por qué emitían cada tantos años? ¿Tenían realmente la intención de aceptarle en su sociedad? El paso del tiempo para él era muy diferente del que experimentaban ellos. Él se dedicaba a subsistir unos días cada siglo y ellos a vivir sus vidas día a día. Tenían hijos, tenían situaciones políticas. En definitiva, tenían un mundo. ¿Qué era él para ellos?

Se preparó para hacer al vacío todas aquellas preguntas, pero no antes de responder a las que ellos le habían hecho.

Pulsó el botón de emisión.

—Hola, soy Mec. Me dirijo al cúmulo globular más cercano, al cual pretendo llegar dentro de varios miles de años. Hago esto porque intentar llegar a la galaxia que dicho cúmulo orbita sería imposible. Está demasiado lejos. El cúmulo ofrece la posibilidad de encontrar mundos habitables, o eso quiero creer. Me dedico a dormir cien años en estado de hibernación. Este es el límite que el cuerpo humano acepta sin sufrir daños. Cada vez que despierto permanezco despierto el tiempo suficiente como para recuperarme y poder afrontar otros cien años de sueño.

Pulsó el botón, cortando la emisión. Volvió a activarlo.

—Mis medios para sobrevivir se basan en el ahorro de energía y alimentos. Solo como una pocas veces cada cien años y he desactivado todo lo no esencial. Las mantras fueron diseñadas para durar muchos miles de años, así que, a no ser que ocurra algo malo, de eso no debo preocuparme. En estos momentos avanzo por inercia hasta que llegue el momento en que tenga que frenar para ponerme en órbita de alguna estrella con planetas..., cosa que no sé si ocurrirá. Los cúmulos globulares no suelen tener mundos orbitando sus estrellas, pero en la misma Vía Láctea, como sabréis, se identificaron varios con posibilidad de habitabilidad en algunos de sus cúmulos satélite y no tengo razones para pensar que no sea así en este al que me dirijo... La verdad, sois la única posibilidad real que tengo de sobrevivir a esto, todo lo demás son conjeturas.

Apretó el botón y pensó en la última pregunta: ¿los has matado a todos?

Volvió a pulsarlo.

—Fue un accidente. Éramos veinte. Salí de la nave para soldar una rotura que se produjo debido a las presiones de la reentrada en el espacio normal..., solté una placa para sustituirla y... el aire escapó... Cuando terminé el trabajo y volví a la nave no quedaba nadie con vida.

Se le daba mal mentir, desde siempre. Su padre solía pillarle en las mentiras que inventaba para justificar sus chiquillerías. Siempre, siempre lo pillaba.

Cambió de tema.

—Para vosotros será un recuerdo lejano, pero sabréis que las Mantra están diseñadas para navegar entre los pliegues del Universo, a través de agujeros de gusano provocados. Según la energía que proporciones, llegarás así de lejos. Pero existen agujeros naturales, largos como el mismo Universo. Si se produce un fallo y la energía escapa a raudales, se entra en uno de esos agujeros y terminas saliendo... Bueno, terminas saliendo aquí, por lo que parece. No me extrañaría que en este sector concreto haya, aparte de la vuestra y la mía, algunas mantras más, perdidas y dirigiéndose al cúmulo. No sé. Vosotros lleváis muchos años de ventaja en cuanto a investigación y tal vez podáis proporcionarme información sobre lo que les ocurre a las naves en estos casos. Yo no tengo tiempo real para ponerme a estudiarlo.

Apretó el botón.

En esa situación, mientras explicaba a aquellas personas que, seguramente, poseían todas las respuestas, sintió la necesidad de mirar con sus propios ojos el cúmulo. Desde su punto de vista apenas hacía algunas semanas que lo había visto por última vez. Quería saber si había crecido visualmente después de aproximarse durante quinientos años.

Pero para eso tenía que activar la consola y eso resultaría costoso. Era consciente de que cada vez que usaba algo no vital, el gasto, aparentemente nimio, se traduciría en meses de tiempo necesario para alcanzar cualquier lugar del cúmulo. No quería que, llegado el momento, le faltasen algunas semanas de energía y, por lo tanto, de oxígeno para poder insertarse en la órbita de alguna estrella prometedora.

Con todo, activó la consola y comprobó que podía abrir los paneles frontales sin peligro.

Ante él, el Universo se concentraba al fondo de un rojizo túnel. El efecto normal cuando se viaja a velocidades próximas a la de la luz. El cúmulo no aparentaba tener mayor tamaño desde la última vez que lo miró, pero allí estaba, exultante en su esperanzadora forma.

Viajar a través de los pliegues, usando agujeros de gusano, recortaba enormemente los tiempos necesarios para alcanzar las estrellas, pero no era una ciencia exacta. Por eso, cuando una nave de tipo Mantra salía de un agujero al espacio normal, solía hacerlo alejado del punto de destino deseado. No mucho, pero si lo suficiente como para que las velocidades relativistas fueran necesarias en un último momento hasta alcanzar la estrella de destino. Los sarcófagos también resultaban útiles para no perder demasiado alimento y energía, manteniendo con vida a los tripulantes.

No iba a perder tiempo informando de eso a los descendientes de la Mantra-12. Aprovechando que la consola estaba conectada, buscó información sobre ese caso concreto en la memoria de la computadora.

Introdujo los datos en el buscador. Algunas páginas de información aparecieron en la pantalla.

Mantra-12. Desaparecida en 2345, supuestamente en un sumidero cuántico.

Tecleó, pidiendo información sobre la tripulación.

Por orden administrativo, los tripulantes de la Mantra-12 eran los siguientes.

»Rodolfo Domínguez: capitán.

»Elda Neigber: navegante de primera.

»Laura Ochoa: navegante de segunda.

Esa era. Se concentró en los atractivos rasgos de Laura, la abuela de esa otra Laura que había heredado el interés de su antecesora por su persona.

Cerró los paneles exteriores y apagó la consola.

Navegante de segunda, como él.

Pulsó el botón de emisión.

—No puedo contaros nada que ya no sepáis, que no sepas, Laura. Solo os pido que os apiadéis de mí y que no me dejéis solo, viajando a ese estúpido cúmulo para siempre. Gracias por vuestra atención. Me voy a dormir. Espero alguna respuesta. Por favor, habladme de vuestro mundo.

Apagó la emisora. Justo cuando se disponía a salir del puente, tuvo una idea. Pensó en comunicarla a los del planeta, pero en el último momento lo consideró innecesario. Activó la consola y rebajó el tiempo de sueño de cien a cincuenta años en su sarcófago. Estando tan cerca el planeta, lo mejor sería no dejar que pasara un siglo completo. El gasto energético y alimentario sería mayor, pero no podía arriesgarse a pasar de largo.

Comió, fue al baño e hizo ejercicio durante la semana reglamentaria.

* * *

Despertó. La luz roja parpadeaba.

Hola, Mec. Soy Elvira, hija de Laura. Mi madre me pidió, antes de morir, que permaneciera a la escucha, cosa que hago una vez al año, pues tengo permiso expreso del gobierno para ello. Hace tan solo unos días que recibimos tus últimos mensajes y he tenido que pedir permiso especial para poder responderte. Mi madre me pidió que empezara con esta frase: no temas, no estás solo. Así que, Mec, no estás solo. De momento están analizando tus mensajes para decidir si es posible mostrarte las coordenadas de aproximación. Ya sabes, burocracia. En unos días podré volver a emitir. Saludos desde Nívea, mi mundo.

Era una voz madura, tanto como lo había sido la voz de la nieta Laura en su primera comunicación. Comprobó los datos. Relativamente hablando, el mensaje había sido emitido desde una distancia no mayor a doce años luz. La computadora, en sus mermadas funciones, se ocupada de corregir el efecto Doppler para hacer inteligible el mensaje, pero no podía hacer un cálculo exacto de su procedencia. Era normal, estando la cuántica desactivada. Estuvo tentado a encenderla, pero las cuánticas eran recelosas y seguramente le traería problemas concernientes a la suerte del resto de tripulantes. Se preguntó si, explicándole la situación, su mente electrónica podría llegar a entenderlo. Después de todo había pasado mucho tiempo. Las leyes que debían castigarle por sus actos deberían de haber desaparecido y una cuántica tenía que ser consciente de eso más que nadie...

Decidió escuchar el siguiente mensaje, que esperaba en la memoria de la consola a ser abierto.

Hola, Mec, no estás solo. Soy Elvira. Me han dicho que te de permiso para que puedas aproximarte a Nívea, por lo que procedo a enviarte las coordenadas. Solo tienes que tener en cuenta que hace siglos que nuestra cuántica no funciona, y que la información que proporciono está relativizada con el punto en el que creemos que estarás cuando lo recibas.

La pantalla se llenó de datos. Datos que solo la cuántica podía traducir en coordenadas fiables. Con sus funciones básicas podría hacerlo, aproximadamente, siempre y cuando fuera él el encargado de pulir los datos. Prueba y error interrumpidos por los periodos de hibernación. Un trabajo de años.

Espero que no tengas problemas. Aquí eres una leyenda, Mec, y esa última frase que emitiste, en la que pedías que te hablásemos de nuestro mundo, es una frase utilizada para referirse a un sentimiento de esperanza. Mi marido la usó para conquistarme. Me dijo: Elvira, háblame de tu mundo Y me derretí. Pero qué te voy a contar sobre ese sentimiento. Tú lo sientes ahora, puro y sin límites, ¿verdad? Como descendiente directa de la mujer con la que hablaste, hace tanto tiempo, soy la encargada, por decreto, de responderte. Escucha, Mec:.

Mec, escuchó.

Salimos del sumidero. Estábamos perdidos. Los veinte tripulantes, que son nuestros ancestros, hicieron lo mismo que tú haces ahora; pusieron rumbo al cúmulo y durmieron durante cien años. Cuando despertaron Nívea estaba ahí, latiendo en la pantalla frontal, blanca y prometedora. Nívea es un mundo expulsado de la galaxia que vamos dejando atrás, hace tanto tiempo que ni siquiera tiene sentido preguntarse cuanto. Seguramente su estrella explotó, o algún cuerpo de mayores dimensiones la sacó de su órbita original. No importa. Dios la puso ahí para nosotros. Y para ti, Mec. Nívea es un mundo inhabitable en su superficie, por eso vivimos bajo tierra, usando el calor residual de su núcleo, que aún está activo, para proporcionarnos calor y energía. Y Nívea viaja, Mec. Cae hacía ese cúmulo de esperanza. Pero sabemos que tardará millones de años en alcanzarlo y por eso es nuestro hogar definitivo. Tu hogar, Mec querido, tu hogar definitivo entre los tuyos. Te esperamos.

Lloraba. Las palabras de Elvira habían conseguido emocionarle. Eran humanos y le hacían una llamada para que fuera reunirse con ellos en su mundo. Nívea, que bonito nombre. Esperó unos segundos a que la emoción remitiese y las lagrimas dejaran de emborronarle la visión. Por todo el puente flotaban pequeñas gotas, saladas de ternura.

Pulsó el botón.

—Voy a introducir las coordenadas, voy con vosotros. Gracias... Gracias por aceptarme.

Los datos introducidos en la consola no causaron efecto. Comenzó un análisis en el que tendría que tener en cuenta las velocidades relativas de ambos cuerpos, junto con los datos almacenados de las emisiones. Relativas también, como todo.

Todo era muy relativo.

Algo en su interior se rebelaba. Las preguntas volvieron a hacerse insidiosas en su cabeza. ¿Por qué transmitían tan pocas veces, cada tantos años? ¿No sería más lógico mantener un flujo constante de información con la nave para mantenerlo esperanzado? ¿Por qué no había más comunicaciones, aunque no fueran referidas a él?

Le costaba imaginar una civilización que no emitiera algún tipo de frecuencia constante, en forma de ondas de radio residuales expulsadas al espacio. Aunque, tratándose de una civilización subterránea, tal vez, todo lo concerniente a comunicaciones se llevase a cabo a través de cableado. Pero entonces, ¿por qué podían escucharle?

Barrió todo de su mente. Lo hizo porque entre las dos opciones, cúmulo posiblemente inalcanzable o planeta relativamente cercano, la segunda era mejor.

Pasaron muchas horas hasta que la cuántica tuvo listos los resultados. Lo primero que le alarmó fue que estaba a punto de pasarse de largo. No quedaba otra opción que iniciar una secuencia de frenado brusca. Introdujo los datos necesarios para que la secuencia se iniciase en diez horas. Para entonces estaría a salvo de toda inercia destructiva dentro del sarcófago. El frenado duraría seis meses, por lo que programó la consola para que su sueño durase siete. Se trataba de conseguir una parada total, a partir de la cual tendría que guiar la nave hasta un punto donde pudiera detectar el planeta. Sería un trabajo de años... Sin cuántica, era lo que había. También se aseguró de que el combustible le permitiera volver a alcanzar una velocidad cercana a la luz, si todo salía mal, para seguir con la aproximación al cúmulo. Muy justo, pero podría volver a ponerse en marcha a una buena velocidad relativista con un margen de combustible aceptable para el frenado.

Pensó durante veinte minutos.

Sin saber muy bien por qué, activó el sistema de códigos de la nave.

Se introdujo en el sarcófago. En su regazo, descansaba una pistola.

* * *

Cuando despertó, una muchacha le apuntaba con un arma.

—Buenos días, listillo—dijo la chica.

Era joven, morena y de piel blanca. La pistola era una estándar, como la suya. Se encontraba sentada en el aire, ingrávida, con una mirada de determinación atemorizante.

—¿Elvira?

—Error. No te llevas el osito astronauta de peluche.

—Entonces...

—Entonces me vas a dar los códigos.

—¿Qué códigos...?

—¡Los de tu culo, no te jode!

La situación se hizo más real a medida que su cerebro despabilaba desde la modorra de la hibernación. Se incorporó lentamente, con una mano expuesta en un gesto que intentaba ser tranquilizador, mientras con la otra agarraba el arma.

—No hay motivo para que me obligues a punta de pistola. Te daré los códigos, claro está.

—Por supuesto que me los darás. Y haz el favor de ponerte algo. Me enferma verte la minga flotando en estado de ingravidez...

Fue en el momento en que ella fijó los ojos en su miembro viril durante medio segundo cuando Mec alzó su pistola hacia ella y disparó. Un acto demasiado precipitado. La pequeña bala plástica paso rozando el hombro de la chica que aún tardó otro medio segundo en darse cuenta de lo que ocurría. Como su arma ya se encontraba apuntándole a él, su disparo instintivo fue algo más certero y dio a parar en la rodilla derecha de Mec, justo un momento antes de que la usase, junto con la otra, para proyectarse hacia el techo. Dolió mucho, pero el impulso ya se había llevado a cabo y de pronto se encontró ascendiendo mientras afinaba la puntería hacia un blanco que se batía en retirada. Disparó de nuevo, alcanzándola esta vez de lleno en su trasero. Esto le provocó una especie de malsana alegría, sobre todo cuando ella emitió un grito de dolor. Volvió a apuntar, olvidando que estaba a punto de dar con la cabeza en el techo. El dolor que le provocó el golpe y la consiguiente pérdida de conocimiento evitaron que el disparo alcanzase a la chica.

Todo se volvió oscuro.

* * *

Antes de cobrar consciencia, sintió el dolor en la rodilla. Era tan intenso que por unos segundos fue la única realidad posible. Dolor, por y para siempre...

* * *

Despertó. Al dolor se le unió el miedo.

Estaba atado en la butaca del capitán, solo y desnudo. Gotas rojas flotaban por todas partes.

Cerró los ojos y se concentró. Se concentró en él, en la situación. Barrió todo intento de darle una lógica a lo que estaba viviendo, de encontrar respuestas.

Después de todo ya sabía lo que ocurría. Lo había sabido siempre.

La puerta del puente se abrió. Sintió la presencia de la chica acercándose hasta que se situó justo delante.

La bofetada le obligó a abrir los ojos. El cañón de la pequeña pistola centró toda su atención.

—¿Estás despierto? Bien.

Mec no dijo nada.

—Creo que no hemos empezado con buen pie. Me olvidé de pedirte por favor que me dieras los códigos.

Entonces apartó el arma y abrió un estuche botiquín. Extrajo una vendas.

—La bala no voy a poder sacártela hasta que me des los códigos para activar la camilla médica. Lo entiendes, ¿no?

Aplicó líquido desinfectante directamente en la rodilla herida de Mec. El dolor estuvo a punto de hacerle perder de nuevo el conocimiento, pero un par de buenas bofetadas lo evitaron.

—¡Pedazo de zorra!

—Grosero.

—Pero, ¿quién coño eres tú?

La chica esbozó una pequeña sonrisa antes de contestar.

—Lo sabes. Laura Ochoa, navegante de segunda de la Mantra-12.

Desde luego, a Mec le pareció que el estado actual de Laura no hacía justicia a la fotografía que hacía apenas unas semanas, o doscientos años, había visto en la consola.

—Entiendo. Oye, menuda historia te has montado...

—A que sí. Tengo mucha imaginación —respondió Laura con un deje irónico.

Mec sopesó.

—Necesitabas que desacelerase para poder abordar la nave, ¿no?

Laura terminó de enrollar el vendaje alrededor de la rodilla.

—Bueno, por lo menos así evito que sigas sangrando como un cerdo. Lo estás poniendo todo perdido.

—¿Qué tal tu culo? Te di en el culo, ¿no?

Laura fijó sus ojos en los de él.

—Mi culo está igual que tu rodilla, a la espera de poder usar la camilla robótica.

—Lo hiciste muy mal. Si hubieras seguido con la mentira un poco más y te hubieras presentado como la nieta de Elvira o algo así, con una buena sonrisa, habrías podido apropiarte de la nave sin problemas.

Laura se alzó con demasiado ímpetu, lo que hizo que se elevase en el aire. Enganchó un pie en el reposabrazos del sillón y volvió a descender hasta quedar frente a Mec.

—Me pasé de lista. Además, no confío en ti. En cuanto hubieras visto a través de la ventana la nave, o que no había ningún planeta...

—Pero podrías haber dicho la verdad, Laura. Después de todo estamos solos en mitad de ninguna parte. Te habría aceptado con alegría...

—¡Claro, y habríamos follado alegremente hasta palmarla de hambre a docenas de años luz del cúmulo! Vamos, Mec, tú y yo somos iguales.

—¿Iguales? ¿A qué te refieres?

—Me refiero a: hola, soy Mec, los he matado a todos —respondió Laura con voz de falsete.

Mec comprendió con una claridad que se antepuso arrolladora incluso al dolor lacerante de su rodilla perforada. Supo de un solo plumazo que aquella chica era, efectivamente, como él.

—Tú llegaste la primera a la misma conclusión que yo, en tu nave. Entendiste que la única forma de sobrevivir era deshacerte de todos.

—Eso es, pero yo lo tenía peor. Mi nave perdió el combustible, solo podía acelerar hasta cierto punto de camino al cúmulo y sin posibilidad de frenado cuando llegase. Un cálculo rápido: no iba tardar menos de cincuenta mil años en llegar. ¡Cincuenta mil años, ¿entiendes?! Y la comida me iba a durar apenas cinco mil, y eso si transgredía los límites de la hibernación...

—Entonces te llegó mi primer mensaje...

—Pero ibas demasiado rápido. Te pasabas de largo...

—Y como intuías que decirme la verdad no iba a dar resultado, te montaste todo ese rollo de Nívea, tus nietas y la civilización benefactora.

Laura asintió. La sonrisilla traviesa apareció de nuevo es sus finos labios.

—Y picaste.

—Piqué. Si pudiera, te aplaudiría. Lo hiciste muy bien, pero, es verdad, en el último momento te pasaste de lista.

—Sí. No tuve en cuenta que en realidad no eres más que un cabrón desconfiado.

—Hagamos cálculos, Laura.

Laura sonrió.

—No vayas por ahí.

—Tiene que haber alguna forma en la que los dos podamos sobrevivir.

—Incluso si tu nave estuviera al cien por cien, no podría llevar a dos personas hasta el cúmulo. Créeme, lo he calculado.

—Pero uniendo los recursos de las dos naves, durmiendo doscientos años en vez de cien...

—No quiero llegar al cúmulo hecha un adefesio deforme...

—¡Joder, Laura! ¿No entiendes que no voy a darte los códigos y sin ellos no sobrevivirás?

La muchacha pensó en lo que acababa de oír.

—Ya. Es todo un problema.

—¿Me vas a torturar?

—Ya lo estoy haciendo.

Mec luchó por no suplicar. Sabía que no le iba a servir de nada con aquella chica, tan cruel, tan dispuesta a lo que fuese por sobrevivir.

—Está bien, está bien, hagamos cálculos para ver cuánto tiempo puedo dormir yo sin perjudicar tu salud.

Laura amplió la sonrisa.

—Déjalo...

—No, no, escucha. Digamos que tú duermes cien años cada vez, pero yo... los que sean necesarios...

—No digas tonterías. ¿Y si los cálculos determinasen que tienes que dormir quinientos años? ¿O mil, cada vez? ¿Sabes lo que va a ser de ti? —dejó de sonreír— No, Mec, eso sería demasiado cruel, incluso para mí.

—¿Y qué más te da? Te va dar igual que esté muerto o dormido.

—Eso es cierto.

—Y lo más importante; no importa lo mucho que me tortures, no voy a hablar, eso tenlo por seguro.

—Y si prometo que dormirás lo que dictaminen los cálculos, ¿me dirás los códigos?

Mec se repantingó lo que le permitieron las ataduras.

—Los estrictamente necesarios...

—¿Lo ves? —Laura se incorporó y se impulsó hasta Mec, de modo que sus caras quedaron muy cerca una de la otra—. Por eso no lo tengo en cuenta.

—Si te doy todos los códigos simplemente me matarás. Pero si, digamos, me quedo para mí el necesario para poder frenar cuando lleguemos, los dos, al cúmulo, necesitarás que yo esté vivo para introducirlos.

—Te imagino despertando dentro de miles de años, hecho una piltrafa humana, sin apenas vida, jodido y tan lleno de odio hacia mí que decidas no dármelos...

—Te los daré.

—Y eso contando con que sobrevivas, que podrías morir...

—Por eso haremos cálculos para maximizar los despertares. Dependerá de ti el que yo me mantenga lo mejor posible.

—Lo mejor posible puede ser un estado de deformidad o demencia terrible.

—No es seguro. Siempre nos han dicho que eso es así, pero, hasta dónde yo sé, no se realizaron más que simulaciones por ordenador. Nadie permaneció dormido más de cincuenta años cuando yo salí de la Tierra, y se supone que cien años es lo máximo, pero yo me encuentro bastante bien, y a ti no te veo demasiado deforme o demente... Bueno, un poco demente sí que estás.

Laura se alejó de Mec con brusquedad. Estaba pensativa. Lo miraba directa a los ojos.

—Vamos, Laura, eres una superviviente, como yo, pero ¿de qué te servirá llegar sola al cúmulo?

—Ese no es el mayor de mis problemas.

—Ahora no, pero lo será. Te lo digo yo, que cuando me enviabas esos mensajes me dabas la vida...

—Creo que no terminas de entender nuestra situación, Mec —interrumpió Laura—. Nuestras vidas han quedado determinadas. Lo único que hacemos, lo único que podemos hacer, es ir al cúmulo. Hemos matado a nuestros amigos por ello aunque, en el fondo, sabíamos que eso solo iba a servir para alargar nuestra vida un poco más. Solo un poco y aún así, lo hicimos.

Los ojos de Laura se humedecieron.

—Pero, Laura...

—Es un juego, Mec. Un juego que consiste en aguantar lo más posible. Y lo más posible es estando solos. Yo, sola, Tú, solo.

Laura se encontraba a dos metros de Mec. Sonreía con una tristeza que denotaba que, en realidad, no era la chica cruel que se había esforzado en aparentar en todo momento. Las gotas flotantes de su propia sangre se iban pegando a ella a medida que hablaba.

—Entonces, ¿qué más da? Vivamos el tiempo que sea estando juntos...

Entonces lo vio. Diciendo la última frase sus ojos se dirigieron por un instante a la consola.

—No, Mec. Es un juego que se juega en solitario. Te voy a hacer el mismo favor que le hicimos a los demás. Aunque, por desgracia, contigo tendré que ser un poco más mala. Voy a torturarte.

El rostro de Laura se volvió de nuevo frío y determinante. Mec se agarró a esa última baza que se le presentaba.

—¿Me enviaste más mensajes después del último que yo recuerdo?

Laura no pareció escucharle y sacó de su bolsillo una pequeña daga plástica.

—Y será mejor que empiece cuanto antes...

—¡Escúchame! ¿Me escuchas?

—Queeé...

—¡Que si después del último mensaje me enviaste otro!

Laura pareció comprender. Se volteó para poder ver la consola.

En la misma, titilaba la luz roja.

Ambos quedaron en silencio, mirando embobados el pequeño piloto parpadeante.

La muchacha rompió el silencio.

—¿Qué posibilidades hay?

—No lo sabremos hasta que la conectes y escuchemos.

—Dame el código para activar la consola.

—La consola no necesita código alguno. Solo aprieta el botón.

—De verdad que es demasiado improbable...

—¡Aprieta el puto botón!

Dudosa, Laura se impulsó hasta la consola, colocó el dedo sobre el botón y un segundo después, lo pulsó.

Una voz llorosa llenó el puente.

Me llamo Oswaldo. Envío este mensaje a la nada. Soy el único superviviente de la Mantra-345 y he decidido usar parte del combustible para alcanzar el cúmulo más cercano...

—¡Cabrona! ¿No será otro truco?

—Shhh.

...así que he decidido dormir lo máximo posible y minimizar el gasto de energía hasta llegar....

—No me lo puedo creer —dijo Laura.

—En serio, eres un bicho de mucho cuidado.

Laura fijó sus ojos en los de Mec, se impulsó hacia él y con un rápido corte seccionó el cable que lo mantenía amarrado.

—Bien, cariño, ¿puedo llamarte cariño? te voy a decir lo que vamos a hacer: iremos a la camilla médica para curarnos, después comeremos algo y si te apetece, a mí sí me apetece, echaremos nuestro primer polvo. No me importa que guardes los códigos en tu cabeza, si eso te hace sentir más seguro.

Mec estiró los brazos, abriendo y cerrando las manos para facilitar el riego.

—¿Así, sin más?

—No. Antes de hacer todo eso...

Laura flotó de nuevo hacia la consola.

Las reglas del juego habían cambiado. Mec lo entendió mientras se preguntaba por lo avanzada que sería la tecnología de aquella Mantra, cuan de lejos estaría, cómo de desconfiado podría llegar a ser el tal Oswaldo...

Laura puso el dedo en el botón de emisión. Carraspeó. Lo pulsó.

—No estás solo —dijo.

© Eduardo Delgado Zahino, (6.066 palabras) Créditos