LA LLAMADA
Roberto Rosaleny Aguado
r261.jpg

Joseph decidió acudir a aquella cita pese a no estar invitado. Una llamada de auxilio en horas intempestivas, durante la noche anterior, le produjo una curiosidad insuperable. Al otro lado del hilo telefónico la voz angustiada de una mujer desconocida le despertó sobresaltado. No le dio tiempo a identificarse y sacarla de su error. Hablaba muy apresurada y, al parecer, se cernía sobre ella un peligro tan inminente que sólo pudo limitarse a escucharla. La joven le emplazaba para que acudiera al día siguiente a la puerta C de la estación de trenes de cercanías de la ciudad. Y para completar el misterio le pareció que en algún momento de su breve y excitada charla, le había llamado por su nombre de pila, pero tampoco estaba seguro de ello. Lo cual, sin duda, podía deberse a una mera coincidencia porque ni la voz de la mujer, ni los pocos indicios que pudo captar sobre el motivo de la llamada parecían destinados a él. Trató de tranquilizarla y poner algo de orden en el diálogo sin conseguirlo. Antes de que pudiera articular una frase entera su interlocutora había colgado. Los posteriores intentos de contactar resultaron inútiles porque la llamada se produjo con número oculto. Con el pensamiento atrapado en esa voz femenina, suave y asustada, a Joseph le resultó imposible volver a conciliar el sueño. Hasta el amanecer estuvo meditando sobre el incidente y si debía dejarlo correr o asistir de espectador pasivo a un drama de incierto desenlace. Las primeras luces del día inclinaron la balanza a favor de correr el riesgo.

* * *

Joseph aparcó su automóvil en el propio garaje de la estación. Cubrían el cielo gruesas nubes negras que adelantaban pequeñas gotitas como presagio de un diluvio inminente. Un desapacible viento helado cruzaba el rostro de Joseph. Se anticipó largamente a la hora de la cita para inspeccionar con tranquilidad la zona. Quería encontrar un lugar donde observar sin que nadie reparase en él. Y a ser posible evitar calarse hasta los ojos. La estación, un edificio modernista de principios del siglo XX, estaba muy concurrida y sería fácil equivocarse de persona. Los trenes de cercanías los utilizaban gentes de cualquier clase social y edad, lo que engordaba la confusión. Podría ser cualquiera. La mujer de la llamada debía situarse en el lugar exacto para poder reconocerla. Y aún así la tarea era difícil. Eso y la expresión de ansiedad que se le suponía eran los pocos indicios disponibles. Joseph fue realizando sus propias conjeturas. ¿Cómo sería el tipo al que se le pedía socorro? ¿Se trataría de un tema sentimental o quizás de un asunto económico? ¿Y cuando se encontraran, dispondrían de tiempo suficiente para resolver su conflicto, o tal vez se limitara a entregarle una nota? La larga espera le permitía recordar detalles que no percibió durante el mensaje. El auténtico destinatario de la llamada tal vez tampoco fuera conocido de la mujer. No hablaba con esa confianza. Y en ese caso podría suplantarlo. Eso facilitaría mucho las cosas. Si se marchaban juntos podría seguirlos, pero si tomaban caminos diferentes no tenía decidido a quién seguir. Consultó su reloj, se aproximaba la hora. Se sentó en una terraza cubierta desde la cual disponía de una visión privilegiada. Intentaba fijar la atención en las personas que iban solas, pero la tarea era complicada. Una multitud inquieta pululaba de un lado a otro, la mayoría de cuyos componentes andaban apresurados y el bosque no dejaba ver los árboles. Los elementos jugaban en su contra. Las nubes amenazadoras empezaban a descargar toneladas y toneladas de agua con absoluta ecuanimidad. Los paraguas y las prendas que improvisadamente los viandantes utilizaban para resguardarse de la lluvia, entorpecían la visión, acrecentando su nerviosismo.

Joseph había tomado tres cafés y fumado medio paquete de cigarrillos. No había separado la vista de la puerta C ni cuando sorbía de la taza. Su intuición le engañaba continuamente. Cuando creía encontrar las características supuestas en personas solitarias, siempre terminaban en la taquilla o tomando algún tren. Dos largas horas de espera le hicieron desistir. Ni uno sólo de los transeúntes se detuvo un segundo en la puerta C. Tampoco advirtió en el rostro de nadie una mirada escrutadora, ni el mínimo gesto sospechoso.

—Mis ansias de aventura me han jugado una mala pasada. Ni la mujer en peligro ni quien debía de socorrerla han aparecido por aquí. Me habló con tal agitación que debí confundir la hora o el lugar, era dificultoso entenderla. No pierdo más el tiempo. Fin del misterio antes de comenzar —se dijo.

* * *

Aquella noche se cumplía una semana desde el incidente que Joseph vivió en la estación. Era viernes y no tenía ninguna intención de irse a dormir. Se sirvió un vaso de ginebra con hielo y se dispuso a leer los correos electrónicos. Fue eliminando sistemáticamente cuantos parecían contener mensajes publicitarios. De pronto se detuvo. Oculto entre un sinfín de spam figuraba, en uno de ellos, en el campo asunto, una palabra: Gracias. Abrió el correo y al leerlo sintió como se le helaba la sangre. El corto texto rezaba.

Estimado Sr. Joseph no sé cómo agradecerle su intervención tan desinteresada de la semana anterior. Sin su ayuda posiblemente me hubiera visto obligada a quitarme la vida o me la hubieran arrebatado otros. He tenido que dejar transcurrir estos días por motivos de seguridad que fácilmente entenderá. No intente responder a este correo. La cuenta desde el cual le escribo la cancelaré en este mismo instante. Gracias de nuevo.

El estado de ánimo de Joseph tras leer la misiva se alteró de improviso. En su mente bullían ideas contradictorias en tremenda confusión. La fantasía y la realidad se unían en extraña nebulosa. Quería pensar que la llamada había sido una coincidencia, un error, una mala interpretación. Un hecho de los que se producen miles a diario en cualquier ciudad. Pudo comprobarlo con sus propios ojos. Además no había revelado a nadie ni la llamada ni su larga espera en la estación. Primero por considerar que la prudencia era la mejor forma de averiguar qué se escondía detrás de ella, y después para evitar ser el blanco de comentarios irónicos y burlescos tras el decepcionante final. Pero ahora, otra vez, todo cambiaba. Y de forma desconcertante. El suplantado era él. Otro desconocido tuvo más fortuna o más astucia y consiguió entrevistarse con la mujer. Ahora era el poseedor del secreto.

Falto de sueño y de respuestas pasó la noche impaciente, ideando mil planes sin que ninguno le convenciera. El dilema inicial devino por obra del correo electrónico en un enigma descomunal, quedando su espíritu impregnado de un ansia incontenible de resolverlo.

* * *

Anne Richards no se deprimió con su tercer divorcio. Mirándolo de una manera práctica en ninguno de los anteriores consiguió un beneficio económico de esta cuantía. Pero esta vez supo encontrar al abogado perfecto. Un moderno sofista que supo exigir la contraprestación justa por los cinco años de dedicación completa en el matrimonio. Y fue tan brillante en su argumentación, exponiendo sus criterios con admirable oratoria, que al juez no le quedó otro remedio que acceder a la cuantiosa pensión compensatoria solicitada. Eso la hizo sentirse bien. Y con el futuro libre de penalidades resultaba sencillo recuperar los sentimientos. Una buena tarjeta de crédito secaba velozmente las lágrimas del corazón. En el mundo abundaban los hombres y muchos de ellos ricos. Con treinta y ocho años conservaba buena parte de los encantos que la hicieron ganadora del concurso de belleza en la universidad.

La mañana que conoció la sentencia de divorcio estaba radiante. Desatendiendo los consejos del abogado, brillaba como la antítesis de esposa desolada. Vestía una falda de tubo a juego con su blusa amarilla. Adornaba su cuello con un pañuelo negro anudado en forma de corbata y llevaba su melena recogida en una graciosa trenza. Su rostro denunciaba ansiedad. Para su fortuna, la sentencia favorable ya estaba dictada y sólo tenía que hacerse pública.

Una vez cumplidos los formalismos, expresó su agradecimiento al bufete por conseguir que la justicia, en contadas ocasiones como esta, actuara con la diligencia y equidad merecidas. Por suerte para el grupo de allegados que la escuchaba, con escasa atención, la diatriba fue corta. Otros quehaceres ocupaban y preocupaban a Anne. Los nuevos grandes almacenes se hallaban a tres manzanas del palacio de justicia. Armada con el monedero rebosante de dinero de plástico y con dos buenas amigas actuando de cooperadoras necesarias marchó con premura.

Transcurrió la tarde entre gastos suntuarios y alegorías mordaces al matrimonio. Durante varias horas el sentido común operó del revés. Después de conseguir la tarjeta VIP en las mejores tiendas de moda y cercano el fin del dispendio, una de las amigas, Jessica, introdujo un elemento distorsionador.

—Es una lástima terminar así un día tan maravilloso, pero deberíamos irnos. Desde hace tiempo alguien nos sigue, o nos vigila no lo sé. Y quién sea lo hace bien porque nunca se trata de la misma persona —la voz de Jessica dejaba bien a las claras que no estaba de broma.

—También a mi me parece que algo no va bien —apuntó la otra amiga temerosa.

—Bueno —concluyó Anne—, me consta que no sois dos aguafiestas, llevada de mi entusiasmo consumista he perdido la noción del tiempo, por hoy creo que es suficiente.

* * *

Anne no encontraba las llaves de su apartamento. Las innumerables bolsas que ocupaban sus manos impedían que pudiera moverse con libertad. Después de no pocos y fallidos intentos, depositó los paquetes en el suelo y emprendió, con éxito, su primitiva tarea. Venía tan cargada de ropa como de ilusiones. Durante el trayecto en el ascensor había preparado un pequeño discurso de despedida para sus muebles. Con las primeras mensualidades de la pensión podría renovarlos por completo. Por fin saldría a la luz su vocación de decoradora de interiores. ¿Y qué mejor proyecto que la casa propia?

Una vez dentro de su domicilio fue consciente que se encontraba muy cansada. Las emociones del día daban paso al agotamiento. Además la atmósfera estaba muy cargada. El aire tenía tal densidad que por momentos parecía que iba a solidificarse. Era como si se avecinara una tormenta dentro de su salón. Extrañada porque vivía en un sexto piso y la ventilación era buena, abrió varias ventanas. Sin embargo, no se produjo ningún efecto. Ni una leve brisa que purificara el ambiente. Una mezcla de gases contaminados detenía la entrada del viento que soplaba en el exterior. Comenzó a sentirse realmente mal. Tanto que no tuvo ánimos para disfrutar con la visión de su compra. Lo que unos minutos antes era el producto de una tarde placentera se transformó en un amasijo de molestos bultos esparcidos sin orden. Sólo le preocupaba poder respirar. Llenar de aire limpio sus pulmones. Con grandes dificultades logró llegar al sofá negro de imitación de piel. Pero no mejoraron las cosas. Unas pequeñas corrientes eléctricas le sacudían todo el cuerpo. Crueles calambres indeterminados en el inicio y en el final. Comprendió que su vivienda era un enorme campo magnético. Para asegurarse que no se trababa de una ensoñación, reunió todas las energías de que era capaz e hizo reiterados intentos por mover los brazos. Una fuerza invisible y poderosa le frenaba. Como unas arenas movedizas etéreas y misteriosas. En un esfuerzo supremo, intentó levantarse en busca del teléfono. Lo último que vieron sus ojos, antes de desmayarse, fueron tenues resplandores surgidos de la fricción entre su cuerpo y aquella pesada atmósfera reinante que la asfixiaba.

* * *

Anne despertó en el suelo. En el transcurso de los primeros instantes no intentaba moverse. Seguía muy viva en su memoria la escena que le hizo perder el conocimiento. Con una pequeña inclinación de cabeza consiguió ver el reloj que adornaba la librería del salón. Habían pasado tres horas desde que llegó a casa. Ese movimiento le demostró que la espesura parecía haber desaparecido. No encontró dificultades al realizarlo. Con lentitud se incorporó. Ninguna huella física delataba lo que allí había sucedido al anochecer. Todo en orden. Incluso el caos de los paquetes adquiridos por la tarde. Seguían desplegados igual, si bien uno se hallaba más arrugado al soportar el peso de su caída. Tampoco su cuerpo sufría consecuencias. Ni un leve dolor de cabeza. Estuvo tentada de coger el teléfono y llamar a alguien para contar esa experiencia. Pero, ¿quién la iba a creer? Además eran ya las doce de la noche. Sólo conseguiría asustar a su interlocutor.

Con tantas emociones en un mismo día, optó por intentar dormir. Esta vez de forma voluntaria, sin químicos que la narcotizaran. Sin embargo, advirtió que su mente no actuaba con libertad. Un número acudía una y otra vez a su pensamiento. Un número de nueve cifras. Intentó centrar sus ideas en otras cuestiones. Recordar las agradables noticias que el día le deparó y volver a disfrutar con el recuerdo de la tarde. Imposible. La cifra la martilleaba una y otra vez. Pensó que seria buena idea apuntarla. Con impaciencia volcó el contenido de su bolso para extraer las tarjetas de crédito. Cabía la posibilidad que con tanto utilizarlas su inconsciente hubiera retenido el número. Una por una las fue estudiando sin resultados significativos. El número seguía machacando su cerebro, no necesitaba ni consultarlo. Encontrarle sentido era un trabajo complejo. No parecía guardar relación tampoco con fechas de nacimiento, aniversarios o con algún hecho importante. Mientras estaba en su mente se mostraba como una cifra continua, si bien al escribirlo, sin conocer el motivo, lo había agrupado en tres bloques de tres. Al fin comprendió que era un número telefónico. Con la certeza que no estaría en su agenda realizó un último intento tranquilizador. Comparó uno por uno cuantos teléfonos conocía, sin éxito. Quería negarse la evidencia porque la realidad le causaba pavor. Alguien había invadido su voluntad. Y ese número se anunciaba como la primera parte de un drama al que le faltaba todo su desarrollo.

* * *

Anne era consciente que una extraña obsesión anidaba como un huésped en su interior. Y de momento estaba inoperante, le permitía mantener sus pensamientos libres, no interfería. Pero estaba allí. Era como si hubieran marcado con fuego el número en uno de sus hemisferios cerebrales. Tardó poco en comprender que aquella nube de energía desconocida, veinticuatro horas antes, le dejó una misión que cumplir. Estuvo indecisa. Dudaba entre esperar más signos o descolgar el teléfono y marcar. Pero después ¿qué diría? Podría responder un particular o estar llamando a una empresa u organismo público. Otra posibilidad la planteaba el hecho que en la propia respuesta estuviera la solución. Quizás preguntando a quién llamaba apareciera luz en el enigma. Consideró prematuro realizar la llamada. Estaba convencida que quien había ocupado parte de su mente, realizaría pronto otros movimientos.

* * *

Los siguientes días intentó llevar una vida normal. Para que nadie formulara conclusiones erróneas o, dudara de su salud mental, guardó absoluto silencio. Una reciente separación, unida a un fenómeno desconocido, parecería derivarse el segundo de la primera. Y no tenía a nadie próximo para confiarle un hecho tan peculiar. Intentaba aparentar normalidad en cualquier acto cotidiano. No alteró costumbres ni rutinas. En especial para demostrarse a sí misma que todo iba bien.

Su lógica no la engañó. El número resonaba y resonaba en la cabeza con mayor frecuencia a media que pasaban las horas y no llamaba. Incluso cuando dormía los sueños llevaban el número. Era imposible desprenderse, olvidar por un instante esa cifra. La cuarta noche, desde su aparición, creyó enloquecer. La frecuencia alocada con la que acudía a su mente era superior a lo que podía resistir. Y de nuevo el aire comenzaba a corromperse. Entendió que no debía esperar otras señales. Debía actuar con premura o el desenlace devendría fatídico. Con las fuerzas agotadas descolgó el teléfono sin pensar en lo que tenía que decir. No le importaba. En lo más íntimo de su yo sabía que regresaría la calma una vez la realizara.

Una voz masculina y soñolienta atendió la llamada. Sin interesarle de quién pudiera tratarse le emplazó para una cita en la estación. Nunca supo el motivo de esas palabras. Las utilizó como habría empleado otras. No quiso esperar respuesta, hubiera estado llena de preguntas que no podía contestar. Colgó y en ese instante olvidó por completo el número. Ahora su duda se centraba en si debía acudir a la escena que había promovido.

* * *

Anne llegó empapada a la estación. Un imponente aguacero se precitaba con violencia sobre la ciudad. La intensidad de la lluvia retrasó su llegada. El corto trayecto entre la boca del metro y la entrada a la estación de cercanías le parecía interminable. Iba a una entrevista en la que no tenía nada que decir. Sin embargo, estaba segura que hacía lo correcto. Su guía actual era la intuición. Y esta le decía que quedaba una segunda parte que debía cumplir. Intentaría que el encuentro fuera breve, caso de que se produjera. Cuando le asaltaba esa duda se sentía desfallecer. Si razonaba con tranquilidad encontraba mil motivos para que nadie se presentara. Y en caso de hacerlo lo único que obtendría serían un montón de improperios. En una mañana tan infernal quién iba a escuchar una historia descabellada; pero mejor eso que verse enloquecida por turbulencias psicológicas día y noche.

Aterida de frío y en un estado lamentable producto del chubasco, se detuvo al llegar a la puerta C. Intentó llamar la atención obstruyendo ligeramente el paso de quienes la cruzaban.

Joseph descubrió de inmediato a Anne. Con poco disimulo, fijó la vista en ella a la espera de ver aparecer el tercer personaje. Estudiaba la figura de la mujer. Para sus adentros deseaba que nadie viniera. Eso le empujaría a entrar en escena. Encendió otro cigarrillo. Transcurrían los minutos y la tensión nerviosa aumentaba en Joseph. Poco a poco se fue convenciendo que el destinatario final de la llamada era él. Apuró el tiempo hasta el extremo de esperar a que Anne emprendiera la vuelta para levantase decidido y abordarla.

Consideró mejor iniciar la charla interrogándola abiertamente sobre la llamada. Lo contrarío provocaría titubeos innecesarios.

—Señora, he venido por su llamada de esta noche. La llevo observando desde que llegó y he podido comprobar que nadie, excepto yo, ha hablado con usted. Así que me gustaría pudiera explicarme que hacemos ambos aquí —se admiró de no haber tartamudeado ni una sola vez.

Anne emitió una especie de suspiro de alivio.

* * *

La pantalla donde se veían las figuras de Joseph y Anne se apagó repentinamente. Se encendieron las luces de la estancia y el profesor Kraus Richter tomó la palabra.

—Como todos ustedes habrán podido comprobar, hemos conseguido un hito histórico. Partiendo de un hecho presente, que más adelante les detallaré, hemos creado, o mejor dicho, iluminado, un pasado posible que nunca hubiera existido de no ser por nuestro experimento. Por primera vez y aplicando las ecuaciones expuestas en esta pizarra, el futuro establece el pasado. Mejor dicho, para ser exacto porque los términos son esquivos y hay que utilizarlos con precisión, hemos desenmarañado de la hebra de pasados de Joseph, uno cualquiera y le hemos dado realidad. En el punto en que nos hallamos y hasta donde llegan nuestros conocimientos, podemos afirmar sin ningún género de dudas, que Joseph es el único ser de la creación, que cuenta paralelamente con dos pasados tan reales y tangibles el uno como el otro. Sin cruzarse y convergiendo en un mismo presente. Si bien nuestros medios actuales sólo nos han permitido dividir unas horas ese pasado en dos. Nos encontramos ante un hito de la ciencia.

Richter paladeaba el sabor del triunfo ante una multitud de colegas. La mayoría de los talentos científicos del mundo entero, reunidos en una conferencia secreta, se rendía ante su genialidad. Continuó su alocución.

—Alguna generación futura, cuando consiga dominar enormes cantidades de energía, creará nuestro pasado llegando hasta el Big Bang. Así, forzará las leyes de la naturaleza para que permitan un universo observable y habitable por nosotros mismos. Hoy hemos comprobado que nuestro error es un sentido equívoco de la flecha del tiempo. El fundamento teórico está sentado. Nada surge de la nada. Nuestro futuro lleva implícito el germen de nuestro pasado.

Dosificaba el uso de sus palabras para recrearse con el impacto que estas causaban en su audiencia. Para desdramatizar un poco su discurso grandilocuente, cambió el rumbo de la disertación.

—Cuanto ustedes han visto en forma de película ha sido filmado por un innumerable conjunto de cámaras instaladas para que pudieran seguir las 24 horas del día a nuestros ya entrañables protagonistas. Y la banda sonora la ha conseguido el equipo de técnicos incrustando micrófonos ocultos en los lugares más insospechados. Así, podría decirse que les hemos televisado una historia cotidiana sin actores.

Desde el fondo de la sala un profesor de química, venido de Calcuta, levantó la mano en señal de pregunta.

—No estaba el previsto el coloquio, pero admitiré su pregunta. Adelante profesor Rhandir.

—¿Cuando piensa hacer partícipe a Joseph del experimento?

Kraus frunció el ceño. Su rostro adquirió un tono más grave. Dejó sobre la mesa un pequeño pedazo de tiza que sostenía entre los dedos e introdujo las manos en los bolsillos de su bata blanca. Comenzó a pasear con cierta inquietud.

—Eminencias, como a ninguno de ustedes se le escapa, la humanidad, en el punto actual, no está preparada para conocer esta tecnología. Las consecuencias serían desoladoras. Piensen por un instante lo que significaría. Cada individuo exigiría el mejor y más placentero de los pasados. Hasta algún legislador inepto lo regularía como derecho. Tampoco es conveniente que hagamos público el ingente gasto económico que ha ocasionado. Ayer mismo lo dimos por concluido el experimento sin dejar la mínima huella del mismo. Nunca nadie lo podrá rastrear. Ni siquiera la mayor parte de las autoridades gubernamentales saben de él. Y aquí enlazo con mi primera frase. El hecho presente era el fin de Joseph y Anne, ese destino era inevitable. Nos limitamos a bifurcar dos caminos en su pasado. Eso si, nuestros simpáticos protagonistas quedarán en el recuerdo como héroes de la ciencia.

Encendió un cigarrillo inhalando con terrible placer el humo, hasta lo más profundo de los pulmones.

Jamás el salón de actos de la universidad había escuchado quince minutos de entusiastas e incesantes aplausos.

FIN.

© Roberto Rosaleny Aguado, (4.112 palabras) Créditos