EL INCIDENTE CON/DE TIMMY O´TOOLE
Francisco Javier Sánchez Donate
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¿Lo ves? todo era cuestión de perspectiva. Si hubiéramos sabido que todo acabaría justo así lo podríamos haber hecho desde el principio.

Habíamos llegado al pueblo aquel después de que se acabase la temporada de recolección en el sur. Fue una buena racha con noches calientes y oscuras partidas en cachos por las estrellas fugaces. Pedimos tantos y tantos deseos que las estrellas dejaron de caer por no escucharnos.

Si, fue una buena temporada. Yo conseguí recuperarme del aborto que había tenido. Los medico me dijeron que ya no podría engendrar más y nos entró como una depresión. Nuestro otro hijo, Alex, se perdió en el camino diciendo que iba a comprar comida. Pero si tenemos un montón en el morral, le dije. Alex dijo es cierto ma, pero ahora tengo dinero y así tendremos aun más. Cuando no volvió y nos dijeron que le vieron montado en una carreta que iba al norte supimos que había cumplido su ciclo natural y nunca más lo veríamos. Era por eso que Wilbur y yo nos pusimos a tener otro, además de que el sexo nos gustaba cosa mala. Los vecinos de tienda nos preguntaban cada mes si me había venido la regla... Sospecho que estaban un poco hartos de nuestros ruidos mientras intentábamos preñarme.

Fue cuando el campamento de temporeros se estaba desmantelando que un hombre gordo y sudoroso con un sombrero de ala ancha se nos plantó delante, y nos dijo que en las tierras centrales necesitaban brazos para levantar una zona recién liberada. Wilbur es más educado que yo y le dijo que muchas gracias y todo eso, pero yo me olía que allí ya no nos querían. Sobre todo porque nos lo dijo apuntándonos con un rifle de repetición y con una horda de mastines que no dejaban de ladrarnos.

Así que empacamos y en el bar de carretera hicimos recuento de nuestros dineros: Teníamos para llegar, teníamos para comprar comida por el camino y nos sobraba mucho más de lo que pensábamos. Tal vez, dije a Wilbur, podremos comprarnos un cachito de tierra para hacer una casita y dejar de mover nuestros culos de un lado para otro. Ojalá, dijo Wilbur antes de echarse el sombrero sobre los ojos y salir a la carreta y a ese sol de justicia.

El transito fue horroroso: Polvo, mucho calor, las noches eran mas y mas luminosas y las estrellas fugaces siguieron sin caer. Y yo que tenía tantos deseos, sobre todo el de volver a tener a Alex me quedé con las ganas.

El pueblo estaba más levantado de lo que nos habían dicho, había una tienda y todo. Tenía por lo menos varios años y la gente quería volver a la normalidad ahora que habían empezado las liberalizaciones de tierra. Tenían praderas verdes y desde una colina se podía ver la tierra liberada que se alargaba hasta ese horizonte tan brillante. Los surcos abiertos en el suelo, el olor del agua empapando la tierra: Eso era el paraíso y mis huesos me dijeron que allí podríamos tener un lugar.

Ya, ja, seguro. Hasta que apareció Timmy O´Toole.

Aun no necesitaban temporeros y por eso nuestra llegada fue recibida con interés. En las tiendas nos preguntaban si íbamos a permanecer mucho tiempo allí mientras en la calle nos preguntaban si estábamos de paso o qué. Cuando yo les decía que igual nos quedábamos allá como que se les quedaba una cara rara y luego cuchicheaban entre ellos para no molestarnos, pero aunque mi oído es muy fino yo no les escuchaba porque mi mamá me enseñó a no ser fisgona. Que gente más maja, dije a Wilbur, se preocupan de verdad por nosotros. Cuando preguntamos por algún sitio donde quedarnos nos señalaron una verde colina muy alejada y nos dijeron que aquel lugar era perfecto para nosotros.

Así que allí nos instalamos y plantamos nuestra tienda y como la tierra era barata y por las leyes había ayudas para gentes como nosotros, nos compramos un cachito en esa colina y Wilbur comenzó a cortar árboles para construirnos una casa de verdad. Todo era muy mágico, como nuevo y lleno de esperanza.

Hasta que tuvo que abrir la boca el asqueroso de Timmy O´Toole.

La primera vez le encontramos, o más bien nos encontró él, en la tienda de provisiones. Compramos unas cuantas semillas para tener un pequeño huerto y comer cosas más nuevas y sin código de barras. La tienda estaba abarrotada y los clientes pasaban a nuestro lado susurrando disculpas por no tocarnos y sugiriéndonos tal o cual colonia o desodorante diciendo que nos vendría de perlas. Y yo estaba al borde de las lágrimas, me magnificaba tanta bondad y daba gracias a Dios por esa gente.

Pensé sin decirlo porque Wilbur gruñía cada vez que decía algo al respecto, aquí nos quieren de verdad.

Entonces la puerta de la tienda se abrió; todo el mundo quedó en silencio cuando la silueta de Timmy O´Toole, con su ropa toda limpia y sus pantaloncitos cortos se perfilo contra el sol de justicia del exterior. Timmy O´Toole llego hasta nosotros, nos olió y nos miró con descaro con esos ojos verdes tan profundos.

Dios mió, dijo con su voz de pito insoportable, que auténticos monstruos. Ella es fea, pero lo que es él... es un oso de los pies a la cabeza. Si, mi Wilbur es muy peludo, hasta en la planta de los pies, pero de eso a llamarle oso... Es hormonal, nos lo contó el medico.

Algunos tosieron porque debían tener la garganta rota del polvo, otros fingieron no haber escuchado nada y siguieron como si nada a sus cosas. Y Timmy O´Toole con los brazos en jarra acercó su cara pecosa y blanquita a Wilbur y luego se rió y le dio un tirón a los pelos de los brazos. Yo quiero una mascota como tu. Criado, utiliza el dinero de mama y cómpramelo.

Wilbur miro al criado que no sabia donde meterse, y se dio media vuelta. Yo, que soy más bocazas, me encaré con el niño y le pregunté que dónde tenía su educación. Timmy O´Toole movió sus pestañas de mariposa varias veces y soltó: Estos bichos hablan. Criado, cómpramelos.

El criado, que también era de nuestra gente, abochornado cogió al niño de la mano y musitó que se lo pidiera a su madre pero que ya había tenido muchas mascotas y que ni una consiguió sobrevivir. Se lo llevó en medio de un berrinche del Timmy, llorando, tirando hacia nosotros y amenazando con ser aún más insoportable.

Cuando salieron, el dueño de la tienda musitó que claro, el niño al ser único estaba un poco consentido. Que Timmy era de la alcaldesa y que, en fin, tenia el pueblo como su patio de recreo particular. Que se le pasaría.

Yo, toda orgullosa, dije que más le valía al Timmy O´Toole que no se nos acercara mucho porque un buen azote acabaría cayéndole. Y que ya daría yo clases de educación a su madre la alcaldesa. La gente volvió a quitarse el polvo de la garganta unas cuantas veces mas mientras nos íbamos.

Pero mientras nuestra casa crecía regada con nuestro trabajo, Timmy O´Toole comenzó a hacernos la vida imposible.

Un día le vimos llegando con su bicicleta autopropulsada, subiendo la cuesta. Wilbur se erizó todo él y yo le dije al Timmy que fuera un niño bueno. Timmy nos sacó la lengua y soltó que estaba fuera de nuestras tierras y que podía hacer lo que quisiera allí. Wilbur y yo comenzamos a trabajar la tierra bajo el sol y Timmy, acalorado por el calor, no hacia más que cantar que si quería un oso de peluche, o que su mamá era la alcaldesa y nadie podía hacerle nada y siempre terminaba con que era único y no se le podía tocar. Yo me volví a Wilbur y le dije: Tranquilo, que se cansará.

Eso el primer día, porque desde ese momento Timmy nos sometió a un seguimiento tal que comenzó a pasarnos factura: Nos seguía por el pueblo canturreando, su odiosa voz de tenor resonando en todas las ventanas. Los lugareños nos miraban y, avergonzados por la actuación de Timmy, se ocultaban bajo sus sombreros o daban media vuelta. No querían decirnos que sentían como actuaba Timmy, porque como era único y su mamá la alcaldesa...

Y luego llegó ese horrible tirachinas al pueblo, rebotando desde Dios sabe dónde. Y Timmy lo quería, y su mamá la alcaldesa le dijo que no, así que Timmy amenazó al tendero con hacer que su mamá le cerrase la tienda y el tendero, asustado, le regaló el tirachinas.

Mi pobre Wilbur se convirtió en la diana perfecta. Timmy se apostaba fuera de las tierras, apoyado en la cerca, y buscaba las mejores piedras, las que tuvieran forma de punta de flecha o las limaba hasta que fueran como él quería. Era capaz de esperar horas y horas bajo el sol para tener un buen acierto en el cuerpo de Wilbur. Al llegar la noche yo tenía que desinfectar las heridas y coserlas donde hubiera desgarrado la piel. Preguntaba a Wilbur por qué no me dejaba ir a hablar con la mamá alcaldesa o ese policía del pueblo y Wilbur me decía que era mejor no meterse en líos, que el crío ya se cansaría. Que Alex de niño era igual: Malo hasta la saciedad, y una turbina a propulsión. Pero yo sabía por qué no podía hablar con nadie: Wilbur era muy bueno, pero tuvo aquel problemilla con el ron de miel y cuando bebía de más nos zurraba de lo lindo a Alex y a mí. Y después ocurrió que se metió en líos con la ley y tenía miedo de la policía. Por eso no quería que yo dijese nada de nada.

Pero es que a mi me daba la tristeza y miraba el cielo por las noches y esperaba por las estrellas fugaces para pedir que Timmy O´Toole desapareciera de nuestras vidas, o que volviera Alex y le diera una buena azotaina. Alex no era tan quieto como su padre, Alex hubiera puesto fin a eso de una sola vez.

Así que me consolé cantando a las plantas que, poco a poco, comenzaron a asomar tímidamente: Judías, tomateras, calabazas. Nunca habíamos plantado nada que fuera nuestro, pero nuestro de verdad. Y sin yo saberlo, también cantaba a la maldad de Timmy O´Toole que apostado en su escondite, me escuchaba y notaba como crecían ideas y se enroscaban en su maldito cerebro gris.

Un día me fui para la tienda a comprar y el tendero me preguntó si Timmy ya se había cansado. Yo dije que no, que ese crío del infierno tenía una paciencia increíble. El tendero me dijo que Timmy siempre la tomaba con los nuevos, los nuevos y los diferentes dijo entre dientes.

Cuando volví a la casita no vi a Wilbur por ninguna parte. En el huerto pisoteadas todas las plantas que habían empezado a salir al sol.

Hasta que escuché un gemido cerca del bosque. Wilbur se había escondido allí hecho un bulto de pelo en medio de hierbas resecas. Tenia toda la cabeza llena de sangre pegajosa. Ni quise preguntar qué había ocurrido.

Timmy O´Toole ya se había cansado del tirachinas y se presentó con una carabina. El muy maldito había esperado hasta que yo me fui para colocarse en una colina cercana. Wilbur me dijo que iba vestido con ropas viejas de soldados camaleones, de las que se mimetizaban y que por eso no le había visto cuando salió a trabajar la tierra. Dijo que de pronto escuchó un zumbido y que un dolor increíble le recorrió el cuerpo. Cayó al suelo, me contó entre lágrimas, y supo que había ocurrido algo terrible. Luego escuchó un grito de júbilo y pisadas que se acercaban y notó agujas de dolor que se le clavaban en la cabeza. Y cuando vio alejarse a Timmy se alejó y escondió y se encogió y empezó a relamerse para calmarse.

Lleve a Wilbur al medico. Este no pudo hacer nada por el ojo derecho de Wilbur, aquel que había reventado Timmy con un balín. Respecto a la oreja que Timmy cortó como un trofeo indio, esa se la pudo coser porque la descubrí pisoteada y llena de tierra en el camino al pueblo.

El medico puso un parche a Wilbur en el ojo y le sujetó la oreja con tensoplas, pidiéndole que no se la tocara. Yo, con las lágrimas anegándome por dentro, dije a Wilbur que estaba muy guapo. Wilbur si lloró, preguntándose qué había hecho él para que ese niño le odiara tanto.

Es Timmy O´Toole dijo el medico, como excusándole.

El medico le contó a la gente de la maldad de Timmy, y de pronto comenzamos a recibir visitas que nos traían algo de comida, que trasplantaban algunas de sus tomateras en nuestro huerto arrasado. Sin haberlo querido, Timmy nos había conseguido un lugar en el pueblo.

Pero yo no me quedé tranquila, no señor. Un día me vestí con lo mejor que tenía en el saco de la ropa y me planté en la casa de la alcaldesa. Me extrañó que siendo tan mayor como era y con esas caderas tan estrechas, pudiera haber parido a Timmy con su inmenso cabezón hace sus ocho años ya. No señor, me dije que allí había gato encerrado porque esa vieja ya estaba resecada por dentro cuando Timmy O´Toole vino a este mundo. Eso y que no se apartaba de esa botella de alcoholazo casero a la que daba tientos continuamente. Y es que todos sabemos que Dios no da hijos a gente mala que bebe y juega y hace esas cosas.

La alcaldesa ya sabía lo que Su Timmy había hecho a Mi Wilbur pero yo se lo conté igualmente con pelos y señales. La alcaldesa me aseguró que Timmy estaba castigado con no salir a la calle en muuucho tiempo, y yo le aseguré que era mentira porque me contaron unos buenos vecinos que le vieron visto correteando por el campo en busca de nuevos objetivos para su carabina.

Ah, si, la carabina, suspiró la alcaldesa. Ese niño se mete donde quiere, y se coló en el almacén de las armas que nos dieron los soldados a guardar por si algún día volvían. He intentado quitársela, me confesó, pero es imposible. Ya sabe que como es el único niño, pues me amenaza con irse de aquí y desaparecer. ¿Imagina cómo me sentiría yo si escapara? Le dije que si, que lo sabía, y le conté la historia de Alex y su marcha en la carreta hacia el norte. La alcaldesa, que ya tenia suficiente alcohol en su cuerpo para poder tener un poco de empatía con alguien como yo, soltó unos lagrimones y me confesó que Timmy no era suyo; que ella estaba tan ocupada con su carrera política que no tuvo hijos, y que en la reconstrucción posterior se quedo seca por dentro. Y que por ello vio el cielo cuando los soldados le dejaron a Timmy envuelto en sabanas muy blanca y le pidieron que lo guardara. Y el niño era tan perfecto...

Así que fíjese, me dijo mientras se echaba más alcoholazo en el vaso, que si le pasara algo a Timmy y los soldados volvieran... No quiero ni pensarlo.

Aun así, yo no me fui de aquella casa sin la promesa de que Timmy O´Toole no se acercaría a Wilbur y que la carabina volvería a su almacén y se cerraría con candado.

Algo debió de cumplir la señora, porque ese monstruo desapareció de nuestras vidas aunque Wilbur nunca fue el mismo y el pueblo sufrió las iras de Timmy cuando hacia zancadillas, robaba, rompía cristales con su tirachinas... Hasta decían que había comenzado a fumar sólo porque la alcaldesa era asmática.

En el pueblo se cocía el odio hacia Timmy mientras este derramaba su maldad sobre todo y todos, y era cuestión de tiempo que saltara la chispa.

Desgraciadamente esa chispa fue mi Wilbur.

Más tarde la alcaldesa confesó que le parecía muy raro que Timmy comenzase a desaparecer por las mañanas y volviera de noche cubierto de mugre de los pies a la cabeza. Cuando le preguntaba dónde se había metido, Timmy se limitaba a escabullirse dejándola con la palabra en la boca.

Un día Wilbur desapareció. Yo estaba en un pueblo vecino haciendo de temporera mientras Wilbur, al que no querían para trabajar porque le faltaba un ojo y ya siempre estaba como débil, se encargaba de la casa y el huerto. A escondidas abusaba otra vez del ron de miel, yo se lo notaba porque le conocía pero como le quería tanto no le dije nada.

Al principio pensé que Wilbur había salido a hacer algún recado, pero al caer la noche nadie en el pueblo le había visto. A la mañana siguiente no fui al trabajo y perdí mis derechos sobre el sueldo, un sueldo que necesitábamos para mantener nuestra casa. Pero mi Wilbur era lo primero de lo primero. Subí a las colinas mas altas y grité su nombre una y mil veces.

Nada. Silencio.

Por la tarde bajé al pueblo y les pedí ayuda. Se organizaron en grupos de búsqueda que comenzaron a peinar los bosques de alrededor.

Fue por la noche cuando volvió uno de los grupos con la noticia: Habían encontrado a Wilbur. No se atrevían a moverle hasta que yo llegase.

Con el alma en vilo corrí hasta el agujero en el suelo. Wilbur estaba allí, tumbado en el fondo de la zanja. Empalado en las estacas afiladas que brotaban del suelo. Parte de Wilbur estaba tapada por el entramado de hojas y ramas que habían utilizado para tapar la trampa.

Levanté mi vista hasta el cielo y gemí con dolor. Mis gritos se oyeron lejos, cada vez más y más lejos, como un eco que avisaba a la gente de que algo horrible había ocurrido y que no había marcha atrás.

Abracé el cuerpo de mi Wilbur cuando lo sacaron y lo acuné sin dejar de llorar y aullar lastimeramente.

Esa fue la chispa. Wilbur estaría orgulloso de haberla prendido porque encontraron la carabina de Timmy O´Toole junto al agujero.

En el pueblo pidieron la cabeza del culpable. Pero el culpable es Timmy, dijo alguien, y todos sabéis que al ser el hijo único...

Eso no bastó a las buenas gentes del pueblo, quienes se fueron para la casa de la Alcaldesa quien, aturdida por la bebida y sin saber la razón, les abrió la puerta y les indicó donde estaba escondido Timmy. Este, al ver llegar a los aldeanos y ver que se le había acabado el tiempo del perdón, saltó por la ventana y corrió monte arriba gritando que sólo era una broma, que jamás volvería a hacerlo.

El pueblo no quiere contarme muy bien qué pasó porque en su frenesí destructivo olvidaron todo y prefieren no recordarlo. Algunos dicen que se escapó hacia las tierras brillantes buscando a los soldados que le dejaron allí. Otros contaron que le abatieron como un animal con su propia carabina. Hay algunos que afirman que le colgaron de un árbol y celebraron sus espasmos entre carcajadas.

No me importó qué fue de Timmy, porque eso no me devolvió a mi Wilbur.

Le enterré cerca de la casa, en la colina desde donde contemplamos el pueblo por primera vez. La huerta volvió a la vida, gracias, y las plantas crecieron fuertes y verdes y aun hoy comemos de ella y hemos vendido nuestro remanente.

Y el día y un año después que enterré a Wilbur vi una estrella fugaz y pedí que me llegara alguien que me quisiera. Y apenas acababa de bajar la vista cuando vi llegar a mi Alex, el Alex que nos había abandonado. Cayó en mis brazos llorando de felicidad y me contó que se había subido al carromato que iba al norte pensando que era el nuestro. Que se durmió hasta llegar al pueblo siguiente y que despertó encontrándose como perdido.

Nuestro Alex había seguido nuestra ruta siguiendo el rastro de un hombre oso y una mujer gata que se internaban en las tierras liberadas de la radiación. Alex venía del brazo de una mujer humana muy hermosa y completa, con cierto gusto por los mutantes. Es mi mujer, me dijo con orgullo, tiene brazos fuertes y me ama y ya está en camino de darme un hijo.

Así que mira Wilbur, que ahora vivimos cuatro en esta casa y en el pueblo nos quieren porque dicen que gracias a nosotros se libraron de esa plaga de Timmy O´Toole, el último niño genéticamente normal nacido en la tierra de la guerra.

© Francisco Javier Sánchez Donate, (3.476 palabras) Créditos
Relato aparecido originalmente en la antología Visiones 2009