
Cadarache, año 2030. Menos cinco horas para la primera generación de plasma en el reactor del ITER
El doctor en física teórica lucía bajo sus gafas una sonrisa que no le cabía en la cara. Subió de un salto al metro de alta velocidad y se acomodó en uno de los asientos libres cerca de la puerta. Tenía un puesto lo suficientemente importante como para sentirse partícipe y orgulloso del proyecto. Ese día apenas tenía nada que aportar, únicamente supervisaría el escaneo de sistemas de regulación térmica, una rutinaria verificación muy simple, que aún así, lograba motivarle lo suficiente. Disfrutó de la horrible melodía que brotaba de los altavoces del transporte urbano, alterada solo por las frases rimadas con informaciones comerciales.
Deuterio, tritio y millones de grados Kelvin, soñó despierto acunado por el suave deslizamiento del moderno vehículo. De pronto le apeteció subir, disfrutar del día, respirar en la superficie, y se bajó en la parada anterior a su destino, y ya que iba con tiempo más que de sobra, se tomó la libertad de andar. La rampa lo llevó en volandas al exterior, y la pantalla de la salida le informó del camino a seguir para llegar a la pequeña ciudad científica, una urbe forjada en torno al proyecto ITER, todo surgido de la nada en los últimos quince años al amparo de docenas de países e intereses privados.
Caminó ensimismado por el centro de la calzada peatonal, regocijándose en sus logros, rebozándose en la fantasía de cómo el reactor daría vida de nuevo a esas calles sin tráfico, sin comercio, sin futuro, atascadas en épocas pasadas, consumidas por el agotamiento de los combustibles fósiles y sus tóxicos residuos. Los cables de la luz acumulaban polvo, inertes, pronto recobrarían el brío olvidado, con miles de kilovatios fluyendo por sus entrañas.
Se internó en un callejón estrecho. Según su ruta, podría ver la estatua de su reverenciado Otto Hahn antes de llegar. Apenas había avanzado unos metros y se dio cuenta de que caminaba entre indigentes que se agolpaban contra las paredes. La mayoría pobremente tapados, en parejas o tríos, buscando desordenadamente mantener el calor corporal. Aceleró el paso, nervioso, observando de reojo aquellos seres humanos olvidados por la sociedad, ruborizado por la visión de la pobreza, y tan ensimismado que cuando sonó el aviso no supo reaccionar. Le restaban unos segundos para salir de la callejuela, abrió desmesuradamente la boca al comprender el error que había cometido. Una verja automática se cerraba bloqueando la salida. Llegó corriendo, justo para agarrar los barrotes y comprobar la firmeza de su encierro. Se aferró al metal con sus manos, antaño fuertes y ahora refinadas con años de trabajo sedentario tras un escritorio. El cuello del traje le pareció más ajustado que al ponérselo por la mañana. Apretó la mandíbula y ahogó un grito.
Vio como pasaban coches y coches con cristales tintados, posiblemente formaban parte del dispositivo de protección de dignatarios extranjeros, una cohorte de variado abolengo, que venían a ponerse medallas y aparecer sonrientes en las fotos en el estreno.
Derrotado, apoyó la espalda contra el hormigón gris de un edificio y las piernas apenas lo sostuvieron, dobló las rodillas y acabó sentado en el asfalto, entre papeles sucios. Las manos le temblaban. Consiguió tranquilizarse y extrajo el teléfono del bolsillo. Sin red. Demasiados políticos necesitados de inhibidores de frecuencias en la ciudad, muchos enemigos sin rostro. Estuvo tentado de arrojarlo contra el asfalto. Bajó la mirada al suelo y se abandonó a sus lamentaciones.
Cadarache, año 2030. Menos dos horas para la primera generación de plasma en el reactor del ITER
Helicópteros de transporte cruzaban el cielo en todas direcciones. Una sirena acompañada de destellos luminosos regó el callejón con audio y luz. Otro control de seguridad.
El doctor miró a su derecha. A su lado se sentaba un individuo de poblada barba con aspecto de no haberse lavado en meses. Leía un libro, lo que hizo sonreír tímidamente al científico, aplaudiendo los lugares que la cultura podía alcanzar. La cara le cambió cuando giró la cabeza para curiosear el título en el lomo. El vagabundo leía El tokamak. Principios técnicos avanzados
. Lo miró a los ojos, y luego se inclinó para ver la página, y otra vez a los ojos. No daba crédito. Era una lectura compleja aún para él, con su cara formación y todos sus doctorados en distintas ramas de la física y las nuevas tecnologías.
—Disculpe, amigo —se atrevió a dirigirse al hombre— ¿qué está leyendo? —comentó con fingida ignorancia, rascándose la cara y esperando que comprendiese su idioma.
El hombre se atusó la barba antes de levantar la vista hacia su interlocutor. Lo repasó sin hacer ningún gesto de extrañeza por encontrarse al lado de una persona limpia y arreglada.
—Curioseo sobre el reactor de plasma, el diseño original, intento hacerme una idea general de las posibilidades del confinamiento magnético. Puede decirse que estoy simplemente pasando el rato.
El doctor abrió la boca y los ojos a un tiempo, sin dar crédito a las palabras de aquel desarrapado. Tragó saliva y se recompuso para replicar.
—Es algo increíble, verdad, es la forma de obtención de energía definitiva, totalmente nuevo —expuso con voz temblorosa, deseando conocer algo más sobre su interlocutor.
—Bueno, teniendo en cuenta que el proyecto se inició en 1986, y de que las ideas sobre la fuerza de Lorenz que como seguro sabe sustentan la contención del plasma, datan del siglo diecinueve, decir que es nuevo tal vez no sea lo más apropiado para describirlo —respondió el vagabundo con voz firme y tranquila, exponiendo tranquilamente los hechos.
—¿Quién narices es usted? —se atrevió a decir, sorprendido.
—Soy Frank, encantado —expresó acercándole la mano—en otra época de mi vida no vestía estos harapos, ni dormía bajo unos cartones. Hasta vestía ropa a medida. Pero yo a ti te recuerdo, en Inglaterra.
—¿Me recuerda? ¿nos conocemos? ¡No puede ser! —contestó frunciendo el ceño.
—El remero de la tercera fila, zurdo. Tres títulos seguidos, teníais un equipo impresionante, en aquellos años ganábamos con cierta ventaja.
El doctor se quedó pensativo un segundo, y luego se le iluminó el rostro.
—¡La regata de Oxford! ¿Usted fue un antiguo alumno?
—Profesor, uno de mis varios trabajos —corrigió con un suspiro y mirando con algo parecido a la vergüenza el suelo.
La lluvia comenzó a caer continua, los dos hombres recibían gotas que rebotaban e impactaban sobre los pies, solo los cubría un balcón de medio metro de ancho. No llegó a mojarlos y no duró, en pocos minutos despejó dejando entrever un tímido rayo de sol.
Cadarache, año 2030. Menos cinco minutos para el encendido
La verja seguía cerrada, aunque ya no se veía pasar ningún vehículo. El doctor se debatía entre la frustración por no acudir a la inauguración y el interés que había descubierto en la conversación con aquel andrajoso individuo.
—Pronto mejorará su vida, la de todos estas personas. Tendremos energía limpia, barata, el mundo podrá disfrutar de una nueva época de bonanza. Encontrarán trabajo, las comunicaciones serán más rápidas y eficaces, los beneficios de la industria se dispararán, el dinero volverá a fluir...
—Verá, doctor —interrumpió con una sonrisa el vagabundo— si me permite una opinión diferente, creo que la especialización masiva en la formación de su generación les impide tener una visión más general de los hechos.
—Ilústreme, profesor.
—Odio dar discursos. Acabo pareciendo un individuo pretencioso y dando pena por vivir en la calle. Nunca me ha gustado.
—Usted ha empezado, por favor. Yo creo firmemente en que este será un hito positivo y fundamental para la vida humana —comentó efusivamente el doctor, arrodillándose y apretando el puño buscando reforzar sus palabras.
Un gemido agudo se perdió en el callejón, levantaron la vista en un gesto inútil. Nadie se movió para ver que ocurría, demasiado frío.
—Usted habla de un beneficio para las personas —comenzó al fin el hombre barbudo—, pero si tuviese un conocimiento más profundo de la historia humana, no pensaría lo mismo. Para fortalecer mi argumento podría remitirme al descubrimiento del fuego, pero le pondré un ejemplo más simple y moderno: El petróleo. Hace seis mil años servía para calafatear barcos, en el siglo nueve, los árabes consiguieron destilarlo para crear queroseno con diferentes usos, todo parecía ir razonablemente bien hasta que se convirtió, ya hacia el siglo diecinueve, en imprescindible. Después las crisis, las guerras por el crudo, las luchas de poder, las oligarquías, y por último la gran hambruna del dos mil veinte, acompañada de la inmigración desbocada hacia el norte provocada por el cambio climático. Toda una serie de eventos históricos desgraciados asociados a esa fuente de energía.
—Pero eso es demagogia ¡hemos avanzado! —expresó con indignación creciente el doctor.
—Es curioso que use ese término, demagogia, una palabra griega, una civilización brillante que usaba madera como fuente de energía, y también que le diga todo lo que hemos mejorado a una persona que vive bajo poliuretano rayado, cartones y plásticos, a pesar de tener una cierta formación avanzada... en fin, de todos modos, dejando a un lado las implicaciones éticas y el alcance real para el global de la población de su adorado ITER.. ¿usted cree que las corporaciones bajarán los precios de la electricidad? ¿Puede afirmar que todas estas personas con las que convivo diariamente en este callejón tendrán un techo bajo el que cobijarse? ¿cree que toda esa panda de pomposos millonarios con sus cuentas virtuales y sus mansiones tendrán en consideración en algún momento a las personas que lo hemos perdido todo? Y remato mi alegato con un cambio de tercio que tal vez le interese más ¿Cree usted que han reforzado las válvulas de transmisión del refrigerante de la capa exterior de la cámara principal? Debe saber que yo trabajé en los albores del proyecto, en la fase dos de la planificación básica, y mis jefes, dos políticos estirados que manejaban el presupuesto, no tenían tan claro ese gasto extra. Un día levanté demasiado la voz en una reunión y he acabado...
El doctor ignoró sus últimas frases, ahogado en su propio ego. Miró su reloj, un preciso y caro artefacto de fabricación artesanal, comprobó la hora y se levantó, orgulloso y con los brazos en jarras, dejando al vagabundo con la palabra en la boca. No entendía sus reticencias, sería la edad, ese pesimismo obsceno que se adopta con el paso de los años, él no sabía nada de historia, quizá le contaba la verdad, desde la infancia había estudiado física únicamente, sus ideas políticas se reducían a las lecturas en medios de comunicación. Concluyó egoístamente que si vivía en la calle sería por algún motivo bien justificado, no creía que un desarrapado hubiese trabajado en el proyecto científico más importante del siglo, imposible, y la situación no le impidió reír a carcajadas al escuchar la música a lo lejos, la melodía de la presentación, la había compuesto uno de los más grandes músicos de la década, las notas del éxito.
Cadarache, año 2030. Media hora de funcionamiento del reactor
Podía ver los coches circulando a lo lejos a demasiada velocidad. Sirenas de policía y luces. El rostro se le apagó al observar la desbandada. Gritos a los que no era capaz de poner caras. Dos helicópteros chocaron en el aire y cayeron descontrolados tras un reguero de humo. Todo se desmoronaba. El doctor lloraba sin hacer ruido, agarrado a los barrotes de la verja. Algo terrible había ocurrido. La gente corría desesperada. Miró atrás y comprobó que nadie en el callejón parecía haberse alterado. Se subió a un contenedor para alcanzar con la vista la instalación. Le pareció ver llamas ¿Qué habría pasado? ¿Algún problema en la corriente toroidal? ¿La cámara de vacío había cedido en su contención del plasma? Esos eran supuestos imposibles, las simulaciones en el Pitz Danz Tercero, el superordenador más rápido del mundo de 890 petaflops...
Notó una mano en el hombro. El antiguo profesor de Oxford se había levantado y lo miraba sin hablar. Entonces lo percibió como un profeta, un enviado de alguna religión clásica, alguien que conocía todas las respuestas y al que no se le prestó suficiente atención.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo puede ser? —preguntó el doctor lloriqueando.
—Las válvulas... —murmuró el profesor encogiéndose de hombros—. No conozco la respuesta. Los hombres somos muy complicados, por eso es importante encuadrar la ciencia en paradigmas que incluyan un entendimiento de muchos campos e ideas diferentes, valorar la ética y la moral desde una perspectiva humana, y no encerrarse en burbujas ajenas al sufrimiento y felicidad de otras personas. El dinero no garantiza el talento, ni los votos, ni la posición social.
—¿Porqué está usted aquí?
El indigente valoró la pregunta, cómo si no hubiese palabras adecuadas que respondiesen y a la vez consolasen al pobre hombre. Lo miró con la ternura de un padre hacia un hijo descarriado.
—Fui profesor de física experimental. En algún momento la universidad recortó fondos durante la segunda gran crisis. Era una materia que alguien consideró prescindible. Rentabilidad, supongo, es el término adecuado. La innovación perdió terreno ante los números, la eficiencia y el capital. Tuve que trabajar en algo más práctico, a la vez con mucho menos sueldo y con mucha más responsabilidad —señaló las instalaciones—. No salió bien. Eran más útiles los esclavos menos cualificados y más dóciles.
Una nube de humo blanco a ras de suelo que les llegaba hasta las rodillas comenzó a salir a través de la verja como una marea implacable. Los ataques de tos se sucedían tras los dos hombres, que seguían estáticos a pocos centímetros de los barrotes. Los gritos lejanos se apagaron para dejar paso a un silencio abrumador.
—Tal vez se pueda volver a empezar —sollozó el doctor.
Frank suspiró agotado, y apoyó a su compañero con una sola lágrima al ver en la distancia las llamaradas devastando la incompetencia de los hombres.