EL CASTIGO
Ricardo Cortés Pape

Me paseo por el puerto con aire de hombre de mundo, dedicando miradas de estudiada indiferencia a las naves esbeltas como agujas, pero debe vérseme en la cara que soy un perfecto paleto; avergüenza admitirlo, pero tengo 20 años y aún no he salido de la Tierra.

Firmado: Yan
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No hacía tanto tiempo que yo había escrito esto en la página de cortesía de la Guía de mundos, de Ángelo Petruzzi, entre otras anotaciones y dibujos de astros y monstruos. No había apuntado la fecha, pero estoy seguro de que mentí sobre mi edad, poniéndome más años de los que tenía, pero en cualquier caso no hacía tanto tiempo. Y sin embargo en los pocos años que habían transcurrido desde mis frustrados vagabundeos en tierra firme las cosas habían cambiado mucho para mí, aunque no sabía decir si para bien. Para empezar había llegado ya mucho más lejos que mi padre, no digamos que del padre de mi padre, que, aunque participó como peón en la construcción de la gran cúpula, tuvo que contentarse con ver las naves desde lejos. Mi padre a lo más que llegó en su vida fue a tocar, y hasta a lamer, la pulida superficie de un cohete; formaba parte del personal de limpieza del espaciopuerto, ocupación miserable, aunque tengo que admitir que de niño yo codiciaba sus guantes de trabajo, sucios, como imaginaba, de la mugre del espacio. Al principio me traía de vez en cuando alguna flor de pétalos de escoria nacida a partir de una tuerca y cosas de esas que se quedan incrustadas en los cascos, cuya extraña flora llegué a conocer tan bien. Con doce años yo presumía de reconocer la procedencia de una nave con apenas echarle a su regreso una ojeada, por la clase de suciedad de la que venía cubierta, no solo los ocres cargueros que venían de Marte que hasta un niño podía identificar. Con quince pasé una noche oculto en el vientre de un mercante que al día siguiente iba a salir para Venus a por un cargamento de madera (horas antes del despegue, descubrirían al polizón). Y ahora, bien que como mero pinche de cocina, había visto alejarse el puerto como un brillante bosque de estalagmitas y me encontraba viajando en el espacio profundo a bordo de una nave lustrosa rumbo al confín del universo, pero mi situación no era lo que se dice envidiable, encerrado como estaba en una celda.

Me habían advertido que el comandante aborrecía los libros y no toleraba otros que los técnicos, lo que era fácil de comprobar echando un vistazo a la biblioteca de la nave, ni un solo libro en papel y, aun entre los electrónicos, ni una obra de ficción, no digamos un clásico de la ciencia ficción. Pero no hice caso y me empeñé en llevar conmigo mi Guía de mundos y, después de que me sorprendieran con ella, no exactamente leyendo, más bien soñando despierto, pero sí con el libro entre las manos, el volumen fue a parar al pozo de los desperdicios luego de recorrer a fuerza de patadas todo el suelo de la cocina. La ira del comandante no tenía grados, sino que se manifestaba bruscamente en su forma extrema, sin transiciones.

—Me importa una mierda —fueron mis palabras—, me sé el libro de memoria —Indudablemente lo primero no era cierto, pero lo segundo sí; me lo había leído tantas veces que podía recitar sin equivocarme cualquier capítulo.

* * *

Siempre que el comandante me veía, donde fuera y a cualquier hora, preguntaba: Qué haces que no estás pelando patatas. Y lo decía en serio. Después examinaba mi aspecto, siempre con desaprobación, y pasando el dedo por mi mejilla, me mandaba que fuera a afeitarme.

—Ya me he afeitado, señor.

—Pues hazlo otra vez, y hazlo como hay que hacerlo, a contrapelo —Le encantaba verme aparecer sangrando, la cara cubierta de cortes.

Maniaco de la pulcritud, el pelo le tenía obsesionado, por todas partes el hombre veía pelos, se pasaba el rato quitándoselos, reales o imaginarios, del planchado uniforme. A veces cogía uno y lo miraba al trasluz, incrédulo, preguntándose al parecer de dónde podía haber salido un cabello tan largo si todos teníamos el pelo cortado al rape y él no toleraba siquiera la sombra de una barba. A menudo nos quitaba la gorra como para cerciorarse de que no nos había salido una larga melena de la noche a la mañana. Me extraña mucho que no nos obligara depilarnos. Cuando nos pasaba revista nunca podía evitar una mueca de disgusto. En realidad, le repugnábamos, solo estaba a gusto entre máquinas, no por nada tenía como ayudante a un bello adolescente del más fino metal.

Finalmente el comandante pareció convencido de que un gato se ocultaba en el interior de la nave e iba por ahí mostrando a todo el mundo un pelo blanco de cinco centímetros.

—El día que encuentre al gato le voy a arrancar la cabeza.

No andaba del todo equivocado, aunque lo que finalmente descubrió resultó ser, no un felino, sino un conejo que, naturalmente, precedió a la Guía de mundos por el conducto de la basura. No se le ocurrió otra cosa para hacernos hablar, lo que no tardó en suceder, que obligarnos a ponernos botas más pequeñas que las que nos correspondían, un número y hasta dos números menos. Desde luego, Fran, el dueño de la desdichada mascota, recibió un castigo ejemplar, y eso que entre otras cosas, Fran era el peluquero de a bordo. Poco después empezó a darle al comandante la obsesión por el polvo; sus delicadas narices se contraían con náusea a cada instante. Aún no lo sabía, pero había dado con el rastro de mi libro de papel. Pronto sus formidables estornudos le pondrían sobre la pista, llevándole muy, muy cerca.

Tengo que decir que a esas alturas mi ejemplar del libro de viajes de Ángelo Petruzzi estaba hecho una ruina, repleto de anotaciones y subrayados como estaba, con las cubiertas gastadas y sucias, y el lomo roído por mi cachorro de cerdo vietnamita, que menos mal que no había tenido la idea de llevarme conmigo. La impresión que al verlo se llevó el comandante tuvo que ser tremenda. Lo primero que hice cuando me pilló con él fue arrancar la primera página y metérmela en la boca. La intención era tragármela, pero no me dio tiempo. Alfil, el delicado asistente robot, abrió sin esfuerzo el cepo de mis mandíbulas y extrajo la bola de papel. El comandante la alisó y leyó, entre estornudos:

—El comandante es un mangante, un maleante, un farsante, un cargante feriante, un ignorante babeante.

En la celda donde me arrojaron, no mayor que un cuarto de baño, tuve tiempo de sobra para imaginar lo que me esperaba; evidentemente el prolongado tiempo de espera formaba parte del castigo, lo mismo que tenerme a oscuras sudando como un pollo. Entre la tripulación corrían rumores temibles acerca de los castigos que infligía el comandante, muchos tenían que ser inventados, sencillamente no podían ser verdad, pero yo había visto con mis propios ojos en qué había quedado reducido el bueno de Fran después de pasar por sus manos, postrado en la enfermería en una camilla, revolviendo los ojos, buscando en algún lugar en el techo los pedazos de su personalidad. Porque los castigos no eran físicos, o no solo físicos, al comandante le gustaba jugar a trastocar componentes intangibles, romper el más precario de los equilibrios, el mental.

Con solo tocarme, Alfil debió de poder rastrear con facilidad mis más secretas fobias, incluso algunas que ni yo mismo conocía, y luego dar forma audible a mis terrores. De otro modo no me explico lo que pasó después. La oscuridad de la cabina se vio de pronto cortada por los chillidos de un millar de ratas. Solo una grabación, desde luego; en la nave no había ratas. Pero daba lo mismo: qué no podía hacer mi imaginación impresionada con un solo espeluznante chillido. Al poco podía sentirlas subir, atascarse en la pernera de mi pantalón, una oleada de bestezuelas calvas, hipertrofiadas, enloquecidas por la radiación. En algún lugar, arriba, se desbordaba una bañera, se rompía una cañería, caía sobre mi cabeza un torrente de babosas. En algún lugar, a mi lado, un gorila (pero no era un gorila) aplicaba el ojo a una mirilla. La negrura se iluminaba a veces con destellos de instrumental quirúrgico. Reflejado en las paredes, podía ver mi cuerpo brillante y afeitado, como dispuesto para una monstruosa operación. Costó lo suyo, pues no colaboré, al contrario, me resistí con uñas y dientes, de modo que hubo que sujetarme con una llave de inmovilización, pero al fin consiguieron sacarme de la celda.

—Yan es un gallina —se mofó el comandante, viendo cómo me debatía—. Tranquilo, guarda tus fuerzas —Por lo que pude ver, lucía un extraordinario buen humor; obviamente ya tenía pensado mi castigo. Grande, blando y con ojos azules, he conocido a otros tipos como él, y nunca hay que fiarse de ellos. Es uno de los aspectos que suele tomar la crueldad. Conforme a su costumbre, había reunido a toda la tripulación para comunicar lo que fuera que me tuviera reservado. Tenía una reputación que mantener, debía mejorarse en cada ocasión. Dedicaba no poco tiempo a concebir sus tormentos, siempre distintos y siempre peores que los anteriores. Darlos a conocer requería cierta ceremonia, y algo de público.

—¿Qué vamos a hacer —empezó sin dirigirse a nadie en particular— con este delincuente? No, delincuente es poco, con este criminal, sí, culpable del peor de los crímenes, el crimen de ociosidad. Decidme, qué hacemos con él. ¿Darle 100 azotes? No es suficiente. ¿Encerrarle? Pero si ya estamos encerrados. No, tengo pensado algo mejor. Le encerraremos, pero fuera de la nave, pasará unos cuantos días encerrado en el espacio exterior. ¿Qué os parece?

A decir verdad, el castigo no impresionó demasiado a nadie. No yo precisamente, un ayudante de cocina, pero muchos estaban acostumbrados a pasar mucho tiempo fuera de la nave. Algunos debieron pensar que el comandante estaba perdiendo facultades. Pero se veía que aún no había terminado, que aún tenía algo que decir.

—Pero para que no se nos aburra —agregó teatral— le daremos cierta medicina. Confío en que se lo pasará bien.

Con cierta solemnidad fui llevado hasta la compuerta principal, no sin que antes Alfil, empuñando una gigantesca hipodérmica, me inyectara en el brazo un líquido azul intenso que me recordó insensatamente a refrigerante de motor. Mis compañeros se despidieron de mí como si no fueran a volverme a ver, o por lo menos a nadie que conocieran. La locura tiene eso, cambia extrañamente a las personas.

—Buen viaje —me deseó por último, ceremonioso y burlón, el comandante.

* * *

La compuerta se cerró y quedé fuera, adherido al cascarón de la nave como un poco de desperdicio. Porque al instante la nave se me apareció como un banco de basura flotante, un cúmulo de inmundicia y chatarra colgado en el espacio, extrañamente rojo, como por causa de un vertido extraordinariamente tóxico, y que parecía atraer como un imán toda la porquería del universo. Y de este astro de deshecho me desprendí, yo, sucio grumo, hinchado guisante.

Y caí.

Por espacio de cien días caí. Sólo en mi imaginación alterada, es cierto. Por debajo del guantelete, seguía notando la pulida superficie de la nave. Pero eso no impedía que cayera.

Ya estoy alucinando, pensé. Qué coños me habrán metido.

Yo era sólo una partícula, un granito de suciedad, y sin embargo llamé la atención de unos cuantos monstruos.

Una precaria construcción de planchas metálicas y otros elementos menores, de la que continuamente se iban desprendiendo componentes al tiempo que se agregaban otros nuevos, rehaciéndose continuamente sin perder por ello una forma medianamente antropomórfica, se encontró flotando delante de mí. En la parte superior, detrás de lo que me pareció el redondo cristal de una puertezuela de lavadora, vi dibujarse un rostro que no tardé en reconocer como el mío propio.

Si debía juzgar por esa cara, empequeñecida, pálida y a punto de desaparecer tras el empañado cristal, yo estaba muerto de terror.

Tranquilo, tío, me dije, es solo una puta alucinación, y ni siquiera demasiado impresionante. El comandante se lo estará pasando en grande, debes de estar meneándote como un pelele. Así que cálmate, y no me jodas.

Para mi alivio, la estructura se desintegró y sus elementos se dispersaron y chocaron con la basura circundante en una silenciosa colisión de mundos. Del tipo al que habían cobijado no vi ni rastro. Casi no me sorprendió ver un objeto, una especie de guijarro de metal provisto de un filo pavoroso, voltear y venir flotando hacia mí. Desde luego si me encontraba en su camino me partiría en dos. Me encogí cuanto pude, tratando de doblegar con el pensamiento su trayectoria, lo conseguí a medias, pero aún así la filosa piedra me dio en el pie.

A estas alturas la nave que me soportaba se había alejado para recobrar en la distancia (a buenas horas) su normal apariencia de elegante artefacto deslizante, y yo me encontraba solo, con el traje desgarrado y sangrando por una extremidad. Mi propio pie cercenado acabó por volver a mí y orbitarme, de modo que por un momento pude observar con todo detalle la bota de astronauta, un plácido mundo a la deriva en su nube de tinta.

Luego algo me impidió seguir mirando. Primero pensé que una hoja de periódico se me había adherido al casco; no me pregunté cómo un periódico podía haber llegado hasta el espacio profundo, yo ya no esperaba ninguna lógica en todo esto. Después que me impedía la visión una especie de alga, algo así como un racimo de dedos, puesto que podía ver algo entre ellos. Tentáculos más bien, porque al mismo tiempo algo se me había enroscado al cuello, y apretaba. Como apriete un poco más, pensé agarrando el tentáculo, grueso como un brazo, me va a arrancar la cabeza. Un momento después, mi cabeza, como un neumático, salió girando y pude verme a mí mismo, descabezado astronauta, desde ángulos insospechados.

Después debí quedar inconsciente, pues al cabo desperté en la enfermería de la nave. En la camilla vecina, Fran, la otra víctima del comandante, se alegró mucho de verme: me miraba con expresión idiota y expectante como si esperara que le hubiera traído de mi viaje una pieza que le faltaba para continuar ensamblando su personalidad fracturada.

Mientras yo comprobaba mi estado, Fran me informó de que habíamos sido atacados (yo no sabía muy bien por quién, pues que yo supiera no teníamos enemigos) y que nuestra nave calcinada iba a la deriva comandada por un bulto renegrido.

—¿Te acuerdas de los cuerpos de ceniza de Mundo Tumba? Pues igual.

Parecía estar viéndolo, al piloto en la cabina de mando, como si unas cuantas superficies opacas no fueran obstáculo.

Luego entró el médico de a bordo y luego el comandante. No respondí a las preguntas de ninguno. Como si hubiera perdido el habla. Ni siquiera les miré, me dejé atender, fijos los ojos en los pormenores de una interesantísima pared. Necesitaba tiempo para planear mi venganza, y para eso me convenía ser declarado, como Fran, enajenado.

—Usted no me engaña, comandante —decía Fran riéndose como un imbécil—. Solo es un fantasma. Usted está frito en la sala de control.

Se había levantado, como borracho. Una mano floja se acercó con reservas al hombro del comandante, como convencida de ir a atravesar una textura de niebla. El comandante sonreía, condescendiente con el bobo. Un momento después estaba en el suelo frotándose la mandíbula y Fran se soplaba el puño como si fuera la embocadura de un arma colosal.

Me temo que ahora era yo el que parecía sumido en la idiocia.

—Venga, a qué esperas —urgió Fran—, desármalo.

* * *

Por qué esperar, debió de pensar Fran. Yo hubiera preferido algo más sutil: me gusta elaborar pacientemente mis platos, pero, en fin. Al poco nos habíamos hecho con el control de la nave. Naturalmente, la mayoría estaba de nuestra parte. El comandante no se resistió pero juró vengarse cuando le hicimos descender vomitando (esto fue cosa mía) en la superficie de un planeta del que la Guía de Mundos de Ángelo Petruzzi dice, y cito de memoria:

Existe entre los habitantes de este planeta la costumbre de un saludo que consiste en un brevísimo coito, el equivalente entre nosotros a un fugaz estrechamiento de manos. Esto a los viajeros procedentes de la Tierra no deja de chocarnos, pero podría tal vez llegar agradarnos si no fuera porque sus habitantes son una especie de imposibles langostas llenas de extremidades y codos y puntas, de modo que uno siempre sale del encuentro contusionado, cuando no sangrando. Por esta y otras razones (ciertas excéntricas nociones en cuanto a gastronomía y alojamiento, por ejemplo), es preferible evitarlos, aunque, o precisamente, porque no son lo que se dice hostiles, sino todo lo contrario. Eso sí, nos perderemos ciertas muestras notables de arquitectura civil y poesía épica.

El comandante no podía quejarse; podía haber sido peor. Ahí quedó pues echando el bofe, asistido por un confuso Alfil. El resto seguimos rumbo al borde del universo. Se suponía que íbamos a ayudar a supervisar ciertas obras de reparación en la muralla exterior, cosa que como es lógico no teníamos la menor intención de hacer. Cerca del límite hay un mundo que Ángelo Petruzzi define como:

Un coto privado donde cazan sus sobrealimentados unicornios unos pocos privilegiados.

Nos pareció que valía la pena probar.

© Ricardo Cortés Pape, (2.925 palabras) Créditos