3. Exterminio

Lo que ha sucedido, cuanto en este preciso instante está teniendo lugar, lo que vendrá más tarde. Todo se encuentra recogido en Las Escrituras. El Tiempo forma parte de una sola unidad. Somos nosotros los imperfectos. Los incapaces de contemplar varios tiempos al unísono. De ahí que Ellas lo establecieran. Necesitamos desgajar el pasado, el presente y el futuro. Como si no fuesen lo mismo. Como si los hechos pasados no pudiesen seguir generando efectos. Como si el presente existiese más allá de una ficción. Como si el futuro resultara inabarcable. Quien redactó Las Escrituras sabía de nuestra visión limitada. Por eso, fijó las bases de lo que tarde o temprano tendría lugar. Un día aparecerán. Nosotros no los conocemos. Sabemos, no obstante, quiénes son. Lo sabemos al menos tan bien como ellos. Los visitantes procederán del firmamento. Unas luces así los anunciarán. Ese día se desencadenará lo que conoceremos como el final. No habrá salvación posible. Las Escrituras así lo recogen. Faltan palabras. Hay trozos deteriorados e ilegibles. Pero Las Escrituras no dejan lugar a la duda. Aun cuando callen, aun cuando obvien los hechos. Lo verdaderamente importante es que Ellas nunca se equivocan.
Las luces son cada vez más intensas.
Nosotros no los conocemos. Hemos crecido, no obstante, junto a ellos. Lloramos junto a ellos cuando Elliot se despedía de E. T. Nos creímos uno más de los Joad. Sonando de fondo stuck in the middle with you disfrutamos de un acto de tortura que concluye con una amputación de oreja. Sentimos todo el odio posible hacia la ballena blanca. Mostramos el culo a un ejército de soldados ingleses. Conocimos los avatares del linaje de los Buendía. Galopamos a lomos de un proyectil que destruiría el planeta Tierra. Recorrimos todos los sinsabores que separan Troya de Ítaca. Nos enamoramos de un actor que brota de la pantalla de un viejo cine de barrio. Probamos todas las drogas, todo el alcohol y el jazz que los garitos de California eran capaces de cobijar. Pretendimos luego que nos borraran ese trozo malgastado de memoria del cerebro.
Las luces son cada vez más intensas.
Las Escrituras establecieron el final. Dios las dejó como testimonio para su profeta, Mumo. El comandante, que es el nombre de Dios previo a su deificación, quiso que supiéramos quiénes éramos, somos y seremos. Fuimos creados a imagen y semejanza del Comandante. En cualquier caso, no resulta sencillo seguir lo establecido por las Escrituras. Exigen una gran determinación. Algunos no dudaron. Siguiendo sus palabras, pero sobre todo, su ejemplo, fueron arrebatándose la vida conforme despertaban. Otros, en cambio, no pudieron hacerlo. Son débiles pero tienen el perdón del Comandante. Son los conocidos como vigilantes. Los que cumplieron los quehaceres que en un primer momento se habían destinado a éste y de los que renegó quitándose la vida.
Las luces son cada vez más intensas.
Las naves son ya visibles en el firmamento. Sus cañones nos enfilan. Saben qué han de hacer.
2. Desciende horizontal la nieve en Marte
Lo primero que hizo fue llamarse a sí mismo Yo. Creyó que aquella decisión solucionaría sus problemas. En el peor de los casos, lograría mitigarlos. Acababa de despertar. Estaba desnudo. Estaba hambriento. Todo aquello, sin embargo, carecía de verdadera importancia. Lo que lo hacía sentir profundamente desamparado era la ausencia de un nombre, de una manera a la que llamarse a sí mismo; una conjunción de sonidos por la que otros lo llamaran, lo describieran, lo recordaran. Se aferraba a la esperanza de que él también había tenido un nombre. No le cabía la posibilidad de lo contrario. De alguna manera, aquella privación constituía la antesala de la inexistencia. Por ello, rastreaba una y otra vez en los yermos parajes de su memoria. Siempre sucedía lo mismo. No encontraba nada. No tenía pasado. No tenía recuerdos. No sabía qué objetivo había establecido en su vida: si huía de algo o alguien o, si por el contrario, su destino consistía en esperar. Su universo estaba compuesto por un abismo de incertidumbres. Aunque ninguna de la magnitud del vacío de identidad que anticipaba el hecho de no tener un nombre.
Debía de haber sufrido un ataque de amnesia. Un ataque rotundo. Y aun así estaba seguro de que nunca había experimentado una situación similar a aquella. No necesitaba de su memoria para confiar en esa certeza. Había despertado en un lugar frío, sin ventanas. Decorado como el plató de un estudio en el que se rodaba una escena hospitalaria. Sabía que no podía ser un hospital. Respiraba con intensidad y, a pesar de ello, no percibía un solo ápice del olor característico de los hospitales. Ese olor a enfermedad que emanan de las entrañas de los hospitales y de los centros médicos antes incluso de que abran sus puertas. Un olor, que pese a que es la seña de los productos antisépticos, es realmente el anticipo de la enfermedad y de la muerte. Yo había gritado hasta que la garganta había alcanzado su límite. Desprovisto de nombre y de voz, Yo habría querido lanzarse a llorar. Algo en su interior le había dejado claro que de esa forma no solucionaría nada. Una especie de resorte para momentos de emergencia. Así que lo que hizo fue dedicarse a inspeccionar la habitación.
Entonces encontró los papeles.
Aparte de diversos equipos electrónicos, de los que desconocía el funcionamiento, la sala destacaba por un minimalismo atroz. Un lugar para que los dementes pudieran sentirse como en casa. Afortunadamente, estaban los papeles. Podría decirse que eran eso. Realmente se parecían a hojas como de cartón, sólo que no eran de cartón. Alguien había escrito en ellas con un lápiz. Una grafía pequeña como un ejército de miles de hormigas, colocadas en fila con extrema minuciosidad. Algunas palabras resultaban ininteligibles. Por suerte, no impedían que se pudiese comprenderse el sentido íntegro del texto. Parecían las memorias de un náufrago.
Yo leyó los papeles y se sintió de pronto invadido por una profunda tristeza. Si bien es cierto que no conservaba ningún recuerdo, albergaba una irrefutable consideración de sí mismo. Como no podía ser de otro modo, tenía que ser una persona resulta, audaz. A fin de cuentas, no existían pruebas de lo contrario. Yo comenzaba a encontrar la parte positiva de haberse liberado de la tiranía de la memoria. Tenía la oportunidad de comenzar de nuevo. Nadie, ni siquiera él mismo, podía establecer quién era. De alguna manera, había sentido una suerte de renacer. Podía enmendar sus propios errores, partir de cero si así se lo proponía. Y sin embargo, la lectura de los papeles producía en él que algo se resquebraja. No se trataba tan sólo de sus expectativas con respecto a sí mismo. En su interior sonó un estallido de cristales. Los papeles resultaron ser una carta. Pese a los subterfugios, el destino de la carta parecía obvio. Yo no pudo evitar compadecerse por su destinatario. Los papeles no sólo desvelaban que se trataba de un ser clonado, sino que la carta impelía a su suicidio. No tardó, sin embargo, en desechar la compasión que había experimentado hacia aquel desafortunado ser. De alguna manera, que ni él mismo lograba comprender, sintió una punzada de envidia hacia él. Aquel tipo, que no era más que un ser de probeta y al que los papeles estimulaban a que diera fin a su vida, tenía algo que Yo anhelaba. Algo que Yo codiciaba por encima de cualquier presente. El tipo tenía un nombre y con eso bastaba. El nombre lo era todo. Constituía las ideas previas, era la forma preconcebida. La carta lo dejaba claro desde sus primeros compases. El tipo se llamaba Mumo.
A pesar de haber concluido la lectura, Yo mantuvo los papeles durante unos segundos en una posición que parecía que continuaba leyendo. Realmente no era así. Cavilaba. Aquello no podía ser verdad. Debía de tratarse de una broma. La misma carta mencionaba la existencia de algunos relatos de ciencia-ficción. Diversas historias protagonizadas por el último superviviente humano a una debacle atómica. ¿Y si la carta no era más que un juego literario? Una metaficción, que en sus manos, pero sobre todo en su mente amnésica, cobraba cierto matiz diabólico. Y por si fuera poco, a pesar de que no tenía recursos en su memoria para refutar tal posibilidad, Yo no creía que fueran posibles tales progresos en cuanto a la clonación. Tal vez clonar ovejas, o terneritas. Pero clonar dinosaurios o humanos no debía ser algo tan sencillo, ni siquiera ético.
Bajó los brazos. Dejó caer los papeles al suelo. Dio unos pasos al frente. Yo no hizo nada por evitar que sus pies descalzos los pisaran. De pronto recordó que estaba desnudo y hambriento. Cada vez se sentía más confuso. La memoria sin embargo se mantenía vacía. Decidió salir de la habitación.
Abrió la puerta y salió al exterior de la sala donde había despertado. Recorrió los pasillos claustrofóbicos. Sus pasos eran cautos. Temía enfrentarse a alguna nueva sorpresa. Sin embargo, no fue así. Se encontró con una puerta cerrada. Tras sobrepasarla llegó a una sala más pequeña que la anterior. Casi toda ella se veía ocupada por una maquinaria desprovista de motor. Sus brazos podían moverse aplicando una serie de resistencias y poleas. Yo no tardó en comprender que, a pesar de su apariencia insectiforme, se trataba de una máquina para fortalecer y tonificar la musculatura. En la sala se encontraban esparcidas una serie de mancuernas de diversos pesos. Turbado, salió. En la carta se mencionaba precisamente que su destinatario tenía a su disposición una máquina con esas características. Yo trató de calmarse. Podían ser casualidades. Pese a ello, algunas ideas comenzaron una invasión lenta y cruel de su cabeza. Yo hizo todo lo posible por rechazarlas. Prefirió continuar con la inspección del lugar.
De nuevo, Yo volvió a recorrer los pasillos. Esta vez caminó en dirección al lugar opuesto. Arribó a otra sala. Sin embargo, al igual que sucediera en la anterior, un solo artilugio prácticamente la rellenaba. En este caso se trataba de un ordenador y de sus diversos periféricos. Más allá de las posibilidades del ordenador fue algo distinto lo que cautivó su atención. A diferencia de cuanto había recorrido, en esta sala sí existía una pequeña ranura en la pared. Minúscula, pero parecía cumplir las funciones de una ventana. Yo se aproximó hacia ella. Sus pasos eran dubitativos. Tras la ventana no podía divisarse nada en absoluto. Yo pegó las manos al cristal. Pero, ni siquiera con la sombra que las palmas de sus manos producían, consiguió distinguir lo que sucedía al otro lado del cristal. Era obvio que no se trataba de un problema de diafanidad. El cristal cobijaba la más rotunda oscuridad. Yo dejó de pensar con claridad. Comprendió que debía huir. Haciendo uso de la fuerza bruta trató de abrir la ventana. No tardó sin embargo en desistir de esa idea. La ventana no contaba con ningún cierre, ni gozne, ni bisagra. Ni siquiera parecía tener oculto un medio remoto de apertura. Yo se marchó de la sala. Esta vez sus pasos eran seguros y largos. Ahora sabía lo que quería. Regresó sosteniendo una mancuerna en la mano. Se encaminó hacia la ventana e inició un constante golpeo al cristal. Pese a la rabia con la que Yo se desahogó el cristal se mantuvo indemne tras la descarga de golpes.
Ahora sí. Yo comenzó a llorar.
Aún con las lágrimas en las mejillas se dirigió hacia el ordenador. Sabía que aquella era su última posibilidad. Tal vez pudiese comunicar con el exterior, enviar un mensaje de S. O. S. No hizo más que poner la mano sobre el ordenador cuando el sistema operativo de éste se arrancó de forma precipitada. El ordenador inició un programa de video. Yo trataba de recuperar el control, golpeaba el teclado, pulsaba atropelladamente las teclas del teclado pero nada parecía surtir efecto. El video mostró a un tipo de unos 60 años sobre el fondo de una bandera de los EE. UU. Vestía traje civil. Iba bien peinado. Comenzó a hablar con lentitud. Sus palabras eran hermosas. Yo sin embargo las notaba vacías. Un rótulo apareció sobrescrito. El que hablaba el Presidente de los Estados Unidos de América. Su discurso se centró en el reconocimiento de las igualdades entre seres humanos y sus clones. Habló de los sueños y habló de Marte. Terminó su discurso mostrando el agradecimiento de todo el pueblo americano. De inmediato comenzó la reproducción automática de otro video. Esta vez quien aparecía en pantalla era un tipo uniformado. Igualmente bien peinado. Sus maneras un tanto más hoscas. Llevaba diversas medallas. Yo leyó el rótulo sobrescrito. Se trataba del Administrador de la NASA. Su alocución se centró en los sacrificios que había supuesto el Project Island para poder mantener una estación permanente en Marte. El Administrador de la NASA se dirigía a Yo y al mismo tiempo a Mumo. Expresaba su respeto y admiración. Les informaba de la importancia de su misión, los beneficios que supondrían a largo plazo para toda la humanidad.
La reproducción de ambos videos no alcanzaba los cinco minutos. A pesar de haber concluido, Yo se mantenía ensimismado. No gesticulaba. No parpadeaba. Lo único que hacía era observar la pantalla. Las interferencias que emitía se asemejaban a una neblina o a una triste nevada que descendiera de forma horizontal.
Ahora Yo tenía un nombre y sabía qué es lo que tenía que hacer.
1. Nada que pueda hacer
Tu nombre es Mumo, aunque tú no necesitas un nombre. Has llegado a la vida hace unos minutos, unas horas a lo sumo. El revestimiento interior de la cápsula fue lo primero que tus ojos contemplaron. Una visión tristemente claustrofóbica. En otro punto, un corazón debió detenerse y, de pronto, la puerta herméticamente cerrada se abrió. Escapaste del coma como quien despierta de una siesta en una tarde tórrida de verano. ¿Soñaste mientras tanto con el desarrollo exponencial del vacío? Te encuentras desnudo. Afortunadamente tú no conoces la tiranía de los usos de la moral. Tienes tanto por descubrir, amigo mío. Los primeros movimientos debieron de suponerte un esfuerzo titánico. Desplazarte por la sala tan estrecha. Las paredes blancas, el suelo frío, una oscuridad impenetrable a través de las ventanas pequeñas, minúsculas. Acostúmbrate a los espacios reducidos, este mi primer consejo. Estarás hambriento. La comida sabe a sobras de geriátrico. Por suerte, no tienes con qué compararla. ¿Cuánto tardarás en dar con el reflejo de tu imagen en un espejo? Como a todos, te mentirán. Te dirán que tienes una edad biológica aproximada de 30 años. ¿Qué harás entonces? ¿Mirar a todos lados buscando una explicación? Probablemente no la encuentres. Sólo puede contar con lo que tus sentidos te aportan. Tienes la sala que se parece a un quirófano, aunque no sabes lo que esto significa. Tienes todo el complejo de la estación, que realmente es una nave. Te tienes a ti mismo. Tienes estos papeles. ¿Cuánto tiempo has tardado en dar con ellos? Y bueno, me tienes a mí. El único problema que esto plantea es que yo estoy muerto.
No creas que no asumo tu confusión. La sensación que experimentas ha de parecerse a la resaca de un sueño muy profundo. Un sueño del que pierdes cualquier noción con la realidad y del que requieres de unos segundos para determinar la ubicación espacio-temporal. Algo similar –supongo- a lo que yo mismo sentí. Sucedió muchos años atrás. El viaje de La Tierra a Marte implicaba demasiadas complicaciones para la resistencia biológica de un ser humano. Todos los procesos de la nave debieron ser automatizados. Los auxiliares quedaron mediante control remoto. Es por ello que los médicos de la NASA, previamente al despegue, inducían en los navegantes un estado de vigilia parecido al sueño. Lo llamaban hibernación aunque no lo era. En mi caso sólo había un navegante. Cuando desperté no sabía dónde me encontraba, cuánto tiempo llevaba dormido. Ni siquiera sabía qué demonios hacía en este mismo lugar en el que tú también has despertado. Debieron pasar unos minutos para que fuese recuperando las nociones. Miré por la ventana. El más abrupto de los vacíos, la oscuridad más honda. Entonces lo recordé todo. Me vestí con un traje que torpemente se parecía al de un miembro de la tripulación del Enterprise y comencé a trabajar.
Es lo mismo que tú harás. Ya lo verás. Antes de que te des cuenta habrás logrado desconectar el control automático de los procesos. Podrás cumplir a la perfección con el plan establecido. ¿Qué sentirás al retomar lo que otros comenzaron antes que tú? No te preocupes si al principio te supone alguna dificultad la bipedestación. No sólo te enfrentas a un inconveniente de gravedad artificial. Tu musculatura ha de estar atrofiada. Con un poco de esfuerzo por tu parte se desarrollará gradualmente. Para ello, cuentas en la bodega de la nave con una multiestación gymstatation pro cover. Antes deberás cumplir con el protocolo. El Presidente del Gobierno de los Estados Unidos y el Administrador de la NASA te darán la bienvenida a la vida. Sólo son un par de minutos de vídeo y audio. Con un lenguaje plagado de tópicos te explicarán la finalidad del proyecto, los esfuerzos que fueron necesarios.
Tras esta primera toma de contacto es hora de que te confirme lo que probablemente sospeches. Eres un clon. Has sido creado genéticamente desde mi ADN. El ordenador nodriza de la nave estaba previamente programado. En el preciso instante, en que mi corazón se detuviese, tenía que dejar salir de su cápsula del sueño al primero de los clones (a lo mejor tienes la fortuna de ser tú). Cuando éste fallezca será el turno del siguiente. Así hasta que la nave agote su energía. Una posibilidad que se me antoja remota. La nave está equipada con equipos de retroalimentación constante de energía, recursos y ADN. Sería por tanto más proclive afirmar que el proyecto en Marte se prolongará hasta el infinito. Tras tu extinción te sustituirá otro idéntico a ti... y a mí. Y luego otro, y otro. Los últimos adelantos en el campo de la genética permiten realizar el almacenamiento y posterior transmisión de la memoria procedimental. El estriado dorsolateral y los ganglios basales conservan todo lo aprendido por el ser clonado a lo largo de su vida. Desde tu perspectiva tal vez no te parezca gran cosa. Pero tuve la fortuna de trabajar en el proyecto experimental. Al principio apenas sabíamos nada. Sólo que en caso de que culminara con lograríamos cambiar el curso de la historia de la humanidad. Volvernos inconscientemente inmortales, convertirnos en celebridades. Palabras grandilocuentes, por supuesto. El caso es que este adelanto te permite recordar, aunque no hayas experimentado directamente el aprendizaje, todo los conocimientos que albergué; es decir, la forma de mantener el equilibrio, de caminar, el funcionamiento de un ordenador, conversar en varios idiomas (aunque esto no te servirá mucho que digamos) y otras cosas que poco a poco irás descubriendo. En cambio, se te privó de la llamada memoria declarativa. Tanto de la semántica, lo que probablemente te impedirá comprender con exactitud la mayoría de las palabras que conforman esta carta, como de la episódica. El criterio de los expertos era que lo hacían por tu futuro bienestar. ¿De qué te serviría convivir con una batería de recuerdos que ni siquiera comprenderías? Serían como las piezas de un puzle imposible de encajar. En la base de datos de tu ordenador personal cuentas con todo lo que puedas necesitar: manuales digitalizados, archivos con videos tutoriales con lo que a priori te pudiese suponer un mayor esfuerzo. Con el coeficiente intelectual de 136 que compartimos no tendrás demasiados problemas en aprender a manejar el software específico, a cumplir con tus obligaciones de vigilante y colonizador en Marte.
Pronto descubrirás que, pese al sinfín de obligaciones que conforman tu rutina, te sobrará tiempo. Demasiado tiempo para encontrarte solo en una nave en mitad de la nada. Me planteo, si aun cuando compartes mi configuración genética, actuarás de forma similar a como yo lo hice. Al principio opté por utilizar los recursos de entretenimiento básicos. Hacía un poco de deporte, leía, escuchaba música, veía una película tras otra, mientras la oscuridad del exterior no parecía sufrir modificación alguna. Descubrirás que en la memoria del tu ordenador personal tienes a tu disposición más de un millar de obras, de todos los géneros y épocas. Incluso cuentas con videos pornográficos, que tendrás saber encontrar, pues no aparecen referenciados en la guía principal. Llegó sin embargo un momento en que caí en un profundo cansancio. Los refuerzos vitamínicos no servían. Las dosis de cafeína cada vez surtían menos efectos. Empecé a escribir pequeños relatos. La mayoría de ellos estaban protagonizados por un tipo que se quedaba sólo en la Tierra tras una debacle nuclear. Un tipo que no tenía nombre. No eran grandes cuentos, lo reconozco; pero me servían para entretenerme, para compartir mis angustias con alguien que, pese a no existir, era el único que podía comprenderme. No te molestes en buscar los relatos. Cuando comprendí que mi fin se acercaba se despidieron las eliminé de la memoria del procesador de textos. De todo lo que escribí sólo dejé esta carta.
A diferencia de los relatos, la carta era necesaria. Quería que supieses quién fuiste, qué nos impulsó a emprender este viaje sin retorno. Yo no nací en el interior de una cápsula, sino en el paritorio del hospital de Saint Cloud, una pequeña ciudad del condado de Stearns, en Minnesota y de nada he estado más seguro a lo largo de mi vida de que quería ser un astronauta. Sé que suena un poco a sueño de niño de los años 70 (como si tú pudieras comprender lo que esto significa), pero era así. De pequeño, pocos placeres encontraba que superasen a oír Space Oditty de David Bowie a todo volumen, soñar con los ojos abiertos.
No fue fácil. Los requisitos físicos y sobre todo intelectuales para acceder al plan de adiestramiento de la NASA eran altamente exigentes. Aquello en cualquier caso lo era todo para mí. Por eso no cejé un solo instante en mi empeño. Conseguí las notas más altas del Estado, lo que me permitió elegir Universidad. Con apenas 18 años hacía el viaje más largo que nunca había hecho. Me dirigía en un autobús a la Universidad de Manitoba en Canadá. Aquel era el primer paso. Mientras tanto, la vida real proseguía. La Tierra, amigo, no es como la nave en la que vives. No estás solo. No todos los días son semejantes los unos a los otros. Tienes diversas distracciones. Existen los domingos, por ejemplo, en los que no tienes que trabajar, en la que puedes permitirte un respiro a los estudios. Los sábados por la noche los jóvenes salen, buscan diversión. Y los que no la encuentran acaban en la cama con una mujer y mucha cerveza. Tras la Universidad, accedí a los estudios en el Centro Espacial John F. Kennedy, al mismo tiempo que, sin querer ser del todo consciente, iba formando una familia. Tenía 24 años cuando alquilé un piso con Dorothy en Tallahassee. Otra diferencia de lo que sucede en La Tierra. Pese a su materialidad manifiesta, allí el tiempo transcurre a toda velocidad. Nada que ver con el espacio, donde pareces pertenecer a la eternidad, donde las luces provenientes de las estrellas se mantienen inalterables. Esto a pesar de que muchas de ellas se apagaron hace millones de años. Dorothy y yo nos habíamos conocido en una discoteca, nos habíamos gustado y habíamos follado. La disolución del tiempo se encargó del resto. En cualquier caso, todo parecía reversible. Hasta que un buen día Dorothy se presentó con un cachorro entre sus brazos. Lo habíamos hablado y yo había mostrado mi más rotunda oposición. Que te diga que las mujeres actúan de esa manera puede que no te aclare nada al respecto. Sólo que es así. Desde ese momento Dorothy y yo tuvimos algo en común más allá del pago de las facturas y un mismo techo. El cachorro tenía ya un nombre. Se llamaba Mumo.
El tiempo no sólo servía para sucumbir a lo irremediable, a lo que se nos escapaba de las manos. Me acercaba a mi propósito. El trabajo empezaba a dar sus frutos. Fui uno del puñado de candidatos finales para un proyecto que se había catalogado de altamente secreto. Project Island. Aquello al menos sonaba a misterio, a riesgo incluso. Era precisamente lo que quería. Los viajes espaciales ya no eran lo que habían sido, lo que fueron durante mi infancia. Si bien es cierto que se había colonizado la Luna, los viajes eran extremadamente seguros. ¿Y para qué? En la superficie lunar se erigían diversas instalaciones. Sin embargo, se habían convertido en poco más que un parque de atracciones y restauración temática para gente pudiente. Los viajes espaciales se limitaban al trayecto ida y vuelta a La Luna. No había expansión, no había riesgo. La aventura de las películas de ciencia-ficción del s. XX había desaparecido por completo. No quedaba un solo ápice de Alien, ni de Star Wars, ni de Battlestar Galactica. Un viaje espacial se parecía en exceso al que hacía un autobús de línea o un vuelo en avión comercial. No era lo que yo había soñado.
Por eso me agarré con toda la fuerza posible al proyecto secreto para el que había sido preseleccionado. Con el paso de las cribas de aspirantes fuimos conociendo los detalles. Se trataba de un programa de la NASA que pretendía la colonización de Marte. Las dificultades logísticas parecían salvarse con la genética. Elegirían a un solo individuo que en un viaje que solo sería de ida colonizaría el planeta rojo. Sus clones se quedarían en Marte como la descendencia de un farero. Las pruebas físicas y psicológicas resultaban cada vez más arduas. Mucho más duras de lo había imaginado. Mucho más duras de lo que estaba preparado. Llegaba a casa derrotado, viendo en peligro la materialización de mi sueño, precisamente cuando más próximo parecía. Apenas hablaba con Dorothy. Apenas tocaba la cena. No veía la tele. Me encerraba en una habitación y oía una y otra vez Space Oditty. Cada vez sonaba más distante. Llegué entonces a comprender que, más que de una tragedia, hablaba de un imposible. Sólo Mumo parecía no rendirse. Tras la puerta ladraba con infinita tristeza, arañaba con sus patas como si tratara de salvarme de mí mismo. Mientras escribo, soy consciente de las horas que irreductible pasó junto a la puerta, como el mismo vigilante que en Marte yo añoraba ser. A veces me rendía a su obstinación. Abría la puerta y el perro asomaba meneando su cola. Traía en la boca algún juguete mordido y babeado. No era yo el que jugaba con él, sino el perro el que me entretenía para que mi mente lograra un poco de sosiego.
Meses después mi sueño se cumplió. Los hechos se sucedían a toda velocidad. Adquirí el rango de Comandante. Fui el elegido. El Project Island me llevaría en un par de años a Marte. En ningún momento del proceso se me garantizó la permanencia de una comunicación con La Tierra. Sería el primer ser humano que pisaría su suelo pero moriría allí, en la más absoluta soledad. No sólo una vez. Infinitamente nacería y volvería a morir. Mis clones no estaban para hacerme compañía, sino para sustituirme en el momento de mi fallecimiento. En contra de lo que pudiese parecer estos inconvenientes apenas me inquietaron. Sólo lograba en pensar en el futuro inmediato. Mi objetivo no se limitaría a la mera permanencia en el planeta. Debería realizar continuos análisis astrométricos. Tal vez algún día la tecnología lograría superar la barrera, enviar una expedición de regreso. Mi descendencia clónica daría la bienvenida a aquellos futuros terrícolas, les facilitaría toda la información almacenada durante décadas o siglos de estudios en Marte.
Recuerdo la primera ocasión en que me invitaron a presenciar la nave que me llevaría hasta Marte, en la que viviría lo que me quedaba de vida. Parecía inmensa desde el exterior, nada que ver, por otro lado, con lo que cobijaba en su interior. Antes incluso de despegar, paseando por sus salas desnudas y a medio terminar comprendí la diferencia existente entre los sueños y su materialización. El día antes de partir me despedí para siempre de mi familia, de mis amigos, de Tallahassee y de todos los rincones en que había vivido, de Dorothy y de Mumo. Fue una fiesta íntima y triste. Los invitados actuaban como si se encontraran en un funeral anticipado. Muchos de ellos trataban de sofocar la irrupción incontrolada de las lágrimas. Entendía sus sentimientos encontrados, pero yo no podía sentirme afligido. Estaba a punto de conseguir aquello que más deseaba.
El despegue se asemejó en exceso a una mentira, a una de las tantas simulaciones que habíamos realizado durante el periodo de preparación. Las últimas palabras que oí me llegaron por radio. Hasta pronto, Comandante. Me tendí en el interior de una cápsula. Comprobé que se cumplían todos los dispositivos de seguridad. Entonces comenzó la cuenta atrás. Los números apenas pasaban. Cerré los ojos y cuando los abrí me encontré de bruces ante todo el peso de la oscuridad. No parecieron transcurrir más que unos segundos. Pero de un plumazo acababa de perder varios años de vida. Como ya te dije, Mumo, fue difícil recuperar consciencia, regresar a la vida sensorial. Las toxinas de la droga que produce la hibernación (aunque no lo fuera) se aferran al sistema nervioso con especial virulencia. Durante unos minutos una sensación de profunda irrealidad se apoderó de mí. El primer recuerdo de la estación en Marte que conservo es el silencio. Un silencio atroz como un animal hambriento que recorría las salas y los pasillos, que a pesar de ser minúsculos se habían tornado infinitos. Tan rotundo resultaba que podía percibir el propio funcionamiento de mi organismo, oír cada latido de mi corazón. Como no podía ser de otro modo me coloqué unos auriculares, incrementé hasta el tope máximo el volumen y pulsé el play del reproductor mp3.
Sonó Space Oddity y creí ser plenamente feliz por primera vez en mi vida.
Conforme pasaron los días asumí toda la dureza del entrenamiento previo. Si bien, la actividad cotidiana no resultaba en ningún aspecto compleja, la estricta soledad, la incomunicación hacían que constantemente tuviese que recurrir a las pautas que había aprendido en el entrenamiento psicológico. En el botiquín contaba con algunos ansiolíticos. Su uso estaba previsto para los primeros días del asentamiento. Sin embargo, la rápida progresión de sensaciones que afloraban en mí de forma descontrolada me aconsejó un uso racional.
Las semanas transcurrían y todo iba a peor. Ni las películas, ni los libros conseguían entretenerme. Lo más preocupante comenzó cuando noté algo hasta entonces inusitado: ponía Space Oddity y mi cuerpo se mantenía inalterable. No experimentaba ningún tipo de sensación. Reconocía la calidad musical de la canción, pero algo se había secado en mi interior y me impedía emocionarme con la tragedia que narraba. Fue entonces cuando comencé a escribir. Me inventé un alter ego, que en lugar de en Marte, experimentaba las mismas sensaciones de frustración y soledad en La Tierra. Lo convertí en el último superviviente humano a una debacle atómica. Fueron días más sosegados. Vivir una vida que no era la mía, como había hecho con el personaje de Space Oddity, me salvaba. Pero pronto aquellos relatos mal escritos y nihilistas perdieron su condición de salvación. Entonces empecé a recordar, como si fuese una terapia en sí misma, los días perdidos en La Tierra. Pensaba en mis padres, en mis amigos y en todos los lugares en los que había vivido anhelando precisamente en el que me encontraba. Pensaba en Dorothy y en Mumo. Me castigaba imaginando la vida que habrían construido apenas se habían despedido de mí.
Fue entonces cuando comencé a escribir esta carta. Antes de hacerlo comprendí que sólo podía ser manuscrita. Lo que fuese a escribir tenía que escapar al control de los automatismos del ordenador principal. Éste hubiese destruido cualquier elemento discordante, cualquier acción que según su criterio supusiese un peligro para la estabilidad del Project Island. Podría parecer increíble, pero lo más difícil resultó encontrar papel y lápiz. El inventario de la nave parecía contar con todo lo eventualmente necesario. Sin embargo, a la hora de la verdad no hallé ninguno de aquellos instrumentos básicos. Pasaban los días o las horas y la sensación se volvía cada vez más profunda. El lápiz apareció perdido en el botiquín. El papel fue más difícil de obtener. Tuve que fabricarlo yo mismo de las cajetillas de cartón. La mayoría pertenecían a antibióticos y otros fármacos. Las introduje en un recipiente con agua. Batí la masa uniforme, añadí lo más parecido que encontré a un disolvente y tras un secado interminable pude contar con este papel irregular que tienes en las manos (por suerte no puedes compararlo con ningún otro). Entonces pude comenzar a escribir. Nunca había sentido una tristeza mayor. Cuando terminé la carta puse fin a mi vida.
Segundos después se abrirá la cápsula en la que duermes ajeno a todo.
Ahora que conoces toda la historia, Mumo, ya sabes lo que tienes que hacer.