LA MÁQUINA DE VENCER
Dante De Marco
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La rampa asciende interminablemente. Conduce a la muerte. La de uno de ellos.

La iluminan: globos de gel fijados al tosco muro; mas acentúan la claustrofobia.

La rama: concluye en el cerco ovalado de la arena. La espían millones de ojos en toda la Galaxia. Ávidamente. Algunos, los MUY PRIVILEGIADOS, in situ. La mayoría, por medios artificiales: telepresencia, virtuRE, soligramas.

La Galaxia: sedienta de sangre, violencia y muerte. Los gladiadores que la van a surtir: poseen un elevado cometido social; con el duelo singular, suplen la guerra, que desbarataría la armonía de estas estrellas.

—Aún puedes retirarte.

—Imposible —niega ella. La cuesta hablar. El miedo oprime sus órganos. Su garganta. Jadearía de pánico. Mas se obliga a mostrar entereza. No muestres debilidad ante este monstruo, se disciplina—. Nod depende de mí.

Además, mi honor me lo impide. —Punzante—: ¿Sabes lo que es?

—Lo que va a matarte —confirma Héctor, el invencible. Ella se repone de la sorpresa, soportando este primer ataque de parte del... humano—. Porque lo haré.

Diena le arroja una encendida mirada gatuna; pupilas dilatadas. Piensa retrucarle: O te mataré yo.

Pero opta por callar al valorar nuevamente al adversario.

Héctor: un primitivo dios de violencia. De pasiones básicas. Tiene ALGO que lo destaca conspicuamente del resto.

Es delirante leyenda urbana gracias a ese ALGO: pasión, garra, estilo, clase... Difícil precisarlo, aun junto a él. Tras años de duelos: invicto. Es monomaníaco del triunfo. Se aparea con la victoria en un lecho compuesto por las víctimas aniquiladas en liza. Cuesta contabilizar cuántos mundos conquistó o defendió.

En boxes resonaban: las leyendas urbanas.

Ni el matraqueo mecánico de las retroarmaduras al ajustarse, el hedor espeso del miedo, la ansiedad y la balbulina, las sofocaban. Otra Temporada. Héctor despertó del criosueño dispuesto a revalidar su imbatibilidad. Y no está un solo día más viejo que la primera vez que salió a la palestra, nadie recuerda ya cuándo.

Ni menos feroz.

Cuentos, desdeñó el entrenador de Diena. Héctor es mortal. Conforme con que el Coliseo parece hecho para él y demás. Pero debe ser viejo. Tú eres joven, rápida, ágil. Él es tosco. Olvida las leyendas urbanas. Nadie puede ya discernir los hechos de las fantasías, ¿entiendes?

Diena: supo discriminarlas durante el ascenso.

Advierte la implacable voluntad e innata fuerza de Héctor, potencia orientada hacia un punto. Irradia energía, como un aura. No es en absoluto sutil, o elegante: un rostro feo, como descantillado de un pedazo de granito, arañado con cicatrices de viejos sufrimientos, cuerpo macizo enfundado en una retroarmadura equilibrada por doquier, funcional, sin ornamentos. Ojos grises.

Invicto, recuerda su angustia. Acabaré con él. Puedo, ¡PUEDO! ella se defiende.

—Nada personal —añade él—. Sólo trabajo.

—¿Sufres remordimientos, Héctor? —lanza ella espontánea. La mira. Difícil atisbar emoción en sus ojos—. Los conocerás, ¿no? —Héctor cabecea afirmativamente. Otra sorpresa—. Mi planeta será conquistado por otra raza si pierdo. Por eso luchas. Por ellos. —Pausa. ¡Qué rampa, interminable! odia su fuerte anticipación—. No sólo matas al gladiador: ¡aniquilas su mundo!

—Lo sé. Pero... así son las cosas. Y me gusta ganar.

—Ah. Claro. La victoria —murmura, defraudada.

Ella siente una terrible desazón sajar su ánimo. Qué simple: Me gusta ganar...

Encadenaron exitosamente una compulsión vital (por la cual Héctor se emplea a fondo) con un sórdido propósito.

Fracasé: Héctor es insensible. Inatacable desde el aspecto moral.

La arena devastó sus emociones tras tantos duelos.

Las asó con el resplandor de hojas pulidas.

Vislumbran el fin de la rampa: un rectángulo brillante. Esa luz hace relucir los rieles del aura antiagresión que divide la cuesta. También evita el uso de trampas.

—No hice las Leyes —ella advierte que le irrita hablar. ¿Lo desconcentra, o acaso lo obliga a asumir la existencia del ser a su lado, sus sueños, angustias, miedos...?—. Existían antes que nosotros. Pretenden impedir devastadoras guerras interplanetarias.

—Sé la historia. Tras la Guerra Económica, que causó tantas muertes y miseria en la Galaxia, crearon esto —palmea irritada el muro—: ¡el Coliseo! Cuando un planeta, Corporación o Nobilato codicia un mundo, en vez de emprender una guerra, lucha aquí. Sabiduría comercial: mínimo gasto/esfuerzo, máximo beneficio. —Ahora anhela la longitud de la rampa. Un minuto de vida, es vida. El ascenso, lo brindaba. La arena está AHÍ MISMO. Hiede a muerte—. Las Leyes son la religión. Tú, Héctor, su dios.

—Cuentos —Héctor esgrime hosca sonrisa—. Si te ayuda, habla. Tu charla es educada. No como la de Telus. ¡Bravucón insoportable!

—¡No quiero TU piedad! —estallan sus nervios—. ¡No la NECESITO! ¡Soy la mejor gladiadora de Nod! ¡ La chica milagro, me llaman! ¡Te mataré, ganaré nuestra libertad y nadie jamás osará conquistarnos!

—Bien: he ahí la arena —invita parsimonioso—. Demuéstralo.

La impide replicar al dar el paso que lo hace todo irreversible.

Entra en la arena.

Se cala el casco de larga crin equina, notándolo.

Héctor carece de ciberimplantes y estimulantes talámicos de odio, al contrario que la esbelta chica-gato de ojos felinos y nariz de cartílago superpuesto. Se tiene a sí mismo, la fe inquebrantable en sus posibilidades y su obsesivo impulso de VENCER.

Pero: lo percibe. Y cómo. Innumerables gargantas jalean al verle, enardeciendo el ambiente, sofocando la atronadora megafonía, bombeándole una fuerza fanática. Casi tangible. Lo baña: en oleadas. Una sola, nuclear y ardiente pasión en las mentes.

¡¡HÉCTOR!!

Podridos hijos de puta, piensa despectivo. Alza el hacha de dos filos y robusto mango óseo laminado con titanio. Gira sobre sí, barriendo con la mirada el vasto Coliseo. Gradas abarrotadas. Convulsivas. Degeneradas. Pantallas desmesuradas.

Equipos de holografía y telepresencia: en ON.

La bulbosa cámara flotante se adhiere a él; otra, a Diena.

Grabarán para un Cosmos anhelante el más mínimo-nimio de sus gestos.

Hipócritas. Deploráis la violencia. La reprimís en vosotros con mantras y cirugía. Habláis de ética, moral y conceptos sublimes. ¡Chuminadas! Aquí estáis, agolpados, viviéndolo en directo. O inyectándolo a vuestros sesos por telepresencia, con estimulador corticoidal, enchufados a todo mecanismo deshinibidor, sin sombra de esa moral suprema que predicáis y hace elevado al individuo.

Bárbaros primitivos. Sádicos carniceros. Ávidos de sangre y masacre.

Ansiosos de los escalofríos producidos por la brutalidad y el asesinato.

Y soy el mejor en provocároslos.

Más que Telus, la Violencia Carmesí, la sádica máquina orgánica asesina. Allá, en las gradas: lo destaca. Sonríe despectivo, rodeado de acólitos. La rivalidad entre ellos: histórica. Pulsa patente ahora.

Las Leyes una religión.

Héctor su dios.

Con billones de acólitos.

Incita a Diena a dar el paso. Poner hechos, no palabras, sobre la arena.

Los nods en las gradas: explosión de vítores.

—...se cala el casco —describe el comentarista enchufado a varias máquinas y pantallas—. Entra en la arena. Héctor y Diena, de Nod, se dirigen a la Torre Palco Cero para presentar sus respetos al Gran Kadd. Este combate inaugura la Temporada.

Diena defiende Nod de la pretensión colonizadora de Iipov, raza anélida comercial que ha contratado a Héctor. Ella ha sido descrita como la chica milagro. Su currículum es impresionante. Destacó tras una brutal selección. Ha recibido la mejor instrucción, la cibernética y el neurosoft autorizados para este lance.

Héctor sigue sin utilizarlo, como es habitual. Están ante la Torre Palco Cero. Alzan sus armas: Héctor, hacha; Diena, tridente...

—Tengo MIEDO —reconoce Diena.

Se cala el casco hermético dotado de climatizador. La da aspecto élfico.

Se conectan los neuroimplantes de sienes y nuca. Un chorro neto de odio la inunda. Vigor estimulado al tálamo: mediante microondas.

¡Todo Nod emite colectivamente! La arropan, fortaleciéndola.

Su entrenador irrumpe en su cerebro por radio. La aconsejará. Ahora: chequea sus constantes.

—Calma. Reduce el flujo de adrenalina —instruye el áspero rostro encuadrado en su visión expandida. A la derecha. Arriba—. Todos estamos contigo, ¡todos!

Sagrada Bastet, ¡qué inmensa responsabilidad cargan sus hombros!

—Héctor es una masa. Fuerte, pero lento. ¿Recuerdas? ¡Aprovéchalo! Eres pequeña, ágil, rápida. Rómpele una rótula. El resto será fácil. Es un bruto, nada más.

—Sí. Un bruto. Sí.

Diena se pregunta: ¿Habrá más como Héctor? Humanos. Y ¿todos son como él?

¿Imaginas un mundo infestado de ellos... de humanos? ¡Terrorífico!

Están ante la majestuosa Torre Palco Cero: hormigón de búnker y triple capa de metacril. Una burbuja blindada la corona. Dentro: el Gran Kadd. Amorfo, amarillo, macilento. Flota en un líquido más bien espeso. Lo respira, le nutre. Acepta su saludo.

Luego, extiende una mano de dedos romos, verrugosos, hasta un sensor.

Observan los discos: luz roja encendida; verde, apagada.

El gesto: enciende la verde.

Gritando salvajemente, Diena proyecta su puño al cuello de Héctor.

Las Leyes son estrictas sobre el armamento: cuchillos, espadas, porras, hachas...

Quieren objetos punzantes/cortantes/lacerantes que destrocen, dañen, hieran, desgarren, rompan, maten cruelmente. El duelo: debe durar, y ser sangriento. Hay muchos vicios bestiales que aplacar; bastantes ansias asesinas reprimidas que desfogar.

El Absoluto Juez del Reglamento, Totalmente Imparcial (un neurochip lo garantiza) equilibró las retroarmaduras para hacer la lucha larga, justa y sanguinaria.

La Galaxia acumula en dispositivos ansiedades, odios, beligerancias. Así, logran aparentar superioridad moral ante razas más primitivas. Luego descargan tanta inhibición sobre sus gladiadores favoritos durante los veinte días de la Temporada.

Diena cuenta con dicha ventaja (todo el ODIO carga sus músculos y reflejos); Héctor la desprecia.

En su interior tiene cuanto necesita.

Bloquea el golpe con el antebrazo. Las corazas chocan, trepidan. Crujen los servos y mecanomúsculos. Ataca con el hacha; ella la esquiva.

Azuza con el tridente. Buenísima. Lo obliga a desplegar el broquel del antebrazo.

Giran. Buscan fisuras en sus defensas. El punto débil, terminal. Diena extiende su broquel. Ataca. Héctor desvía el golpe con el hacha.

El público ruge; pide ¡masacre Masacre MASACRE!

Héctor castiga a Diena. El hacha retumba como un martillo gigantesco sobre la fragua del caos, templando la espada Devastación. Agrieta el broquel. Ella rueda por la arena. Es química, especial. Absorbe con obscena sed la sangre, toda humedad.

Héctor la odia; la considera impúdica.

Diena se recupera. Pugna por romper a Héctor una rótula. ¿Cuál? ¡¿Importa?! ¡¡Rómpela e incrústale el tridente en la cara!! ¡¡¡Revuelve sus sesos!!!

El entrenador fríe su cerebro. ¡Demasiadas estrategias vía neurosoft! ¡A la vez! ¡Me aturden, Bastet! Golpea débilmente una rótula. Héctor trastabilla. Lo pone a la defensiva. Se aleja, plegándose. Qué pavoroso espectáculo.

Parece erizarse de púas, acumulando poder.

Su fallo no merma el entusiasmo de los nods; inyectan en Diena un variado y picante juego de emociones vía satélite. ¡Redujo a Héctor a esta masa cautelosa! ¡SÍ!

Contienden. Golpes atronadores, potentes, malignos. Uno tras otro Otro OTRO.

Héctor logra desarmarla. Diena enloquece de pánico. Carga con el broquel a plena potencia mecánica contra él. Esquiva un hachazo al cráneo: por pura suerte.

Impactan. ¡Estruendoso choque! Héctor, al suelo.

Diena corre por su tridente.

Aullido brutal, conmoción galáctica. El Coliseo emite a toda la Galaxia en plenoRE vía satélite sin cortes publicitarios, ni interferencias y calidad Blu Ray Plus.

Diena: ¡empuña el tridente! Atisba esperanza. ¡No perderé, ni hablar!

Aspira una bocanada mentolada sabor ilusión. El climatizador del casco y el nanoporo absorbente de la coraza la mantienen fresca, seca, al total de capacidad. ¡Vamos, Héctor! ¡Hoy harás Historia: MORIRÁS!

Ataca velozmente; pugnan con denuedo. Alzan grandes olas arenosas. Los implacables golpes se suceden con mortalidad Nivel MED. Diena exprime sus recursos (instrucción, software, consejos) esperando aumentar su eficacia; repasa mentalmente cuantas peleas de Héctor tiene almacenadas en sus hirvientes sesos.

Se le anticipa, frenándole. Conoce sus trucos. Todos.

¡Él carece de tal ventaja! ¡Jamás me vio luchar!

Ansia y esperanza: se enlazan en su mente. Lograré matarlo.

Lucha por dinero; algo vil, bajo. Mi causa es noble. ¡Eso me dará la victoria!

Una finta le arrebata el hacha. La arena intenta absorberla infructuosamente.

Las abarrotadas gradas: tiemblan con el clamor. ¿Podría ser que Héctor...?

Héctor ignora su hacha: posee otras armas. Ruge.

—¡Vamos, puta! ¡Ven a por mi corazón, si te atreves!

Diena avanza. Está: pletórica, fresca. Apenas jadea. Emplea su tridente como la triple punta de su furia. Espera romperle coraza y corazón. Héctor desvía el ataque con el broquel. A continuación, golpea a Diena con él. Implacablemente.

Una y otra Y Otra Y OTRA vez. Cada golpe: un estampido ensordecedor.

La multitud aúlla enloquecida. Estremecen las densas rocas del Coliseo.

¡HÉCTOR, ES HÉCTOR! ¡ÉL ES ESO, GENUINO!

Los golpes rajan su broquel, la coraza de Diena.

Astillas de blindaje revolotean por el aire. Algunas emiten fugaces destellos.

Diena cae al fin. La derrota su maniática fuerza. Golpea retumbando el suelo. Chasquea la astillada retroarmadura, abollada su bella manufactura artesanal.

El griterío cesa. La multitud: tenso animal expectante. Huele lo que vino a ver.

Acuciada por una irritante ciberórden, Diena intenta incorporarse. Héctor le da una patada despiadada. El dolor acuchilla sus nervios. ¡Me dijeron que no lo sentiría; el diseño lo anulaba! Pero ¡aquí está Aquí Está AQUÍ ESTÁ haciéndome sangrar!

Grita. Jadea; igual tiene profusas hemorragias.

Otra patada.

Los noditas se incorporan en las gradas: un terror glacial, sin fin-sin fin, los invade, paralizándolos. Exprime sus vísceras.

El entrenador no logra activar los adrenilizadores de emergencia por control remoto. Diena en vano intenta desconectarse del pánico colectivo que multiplica el suyo, confiando abrir una ventana, mínima-nimia al menos, hacia la supervivencia básica, una esperanza de vida. ¡Este terror entorpece de tal manera sus reacciones...!

¿Por este motivo él no usa estimulantes talámicos...?

Héctor recupera el hacha. Avanza con cautela veterana: Diena puede fingir un daño masivo, y agredirle con un arma semilegal oculta en la manga. Un virus, o ácidos inoculados desde falsas glándulas, indetectables al escáner gracias a la GENEmod.

Depreda sus gestos. Confirma: estás tocada de veras, hermana.

Ella pugna por incorporarse. La tumba de otra patada. Planta su bota blindada sobre el torso de Diena. Un alarido apremiante renace en las gradas, feneciendo en el instante que alza el hacha. Contienen el aliento.

Tensión galáctica: bordeando el orgasmo.

¡IUGULA, HECTOR! estalla entonces en las gradas, repetido in crescendo.

—¡Piedad, Héctor! —suplica la chica milagro. Sabor a sangre en el paladar.

A lágrimas en la garganta.

El Gran Kadd no conoce la piedad. Su gesto: lo confirma.

Héctor da un golpe seco, terminal.

El estruendo casi agrieta el Coliseo.

—Tu sacrificio será vengado. Te lo juro —susurra Héctor.

Alza la cabeza cercenada. La muestra a la cámara. Sacia a los bastardos.

Aquí tenéis, mamones, piensa inhalando furioso. Rebañad hasta la última gota, gozad en vuestra plenoRE esta ejecución. ¿Saciado el morbo?

¿Os excita saber que su muerte condena un mundo?

Alza el trofeo hacia la Torre Palco Cero. El Gran Kadd hace el habitual y gastado gesto que le concede la victoria, el motor principal de Héctor, su único motivo de vida.

Conserva la cabeza. Regresa con ella a boxes.

La chica milagro merece el más digno, respetuoso sepelio.

La arena absorbe ávida la sangre derramada abundantemente por las arterias seccionadas. Héctor odia verlo.

Anuncian otro combate. Sin compasión, retiran el cadáver de la arena.

Mas el griterío perdura. Late, como un obsceno corazón.

Clamando cada vez más alto.

Estremeciendo las estrellas con su nombre.

© Dante De Marco, (2.501 palabras) Créditos