UN JB7... ¿DEFINITIVO?
Anselmo Vega Junquera
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El fracaso del robot JB7 sumió en el abatimiento a la cúspide de Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc. y, en particular, a su Director General. Los técnicos le habían garantizado que funcionaría, pero las Tres Leyes de la Robótica, en las que tanto confiaban, no habían dado el resultado apetecido. Algo de su enunciado teórico, o no se correspondía con la realidad, o no había podido ser trasladado a la materialidad de los circuitos electrónicos.

—¿Qué será lo que ha fallado? —se preguntaba una y otra vez, tratando de descubrir un resquicio que le diera la respuesta. La literalidad de la petición de la dama que había bailado con el robot —bueno, con JB7— había sido atendida por éste, sin violar ninguna de las Tres Leyes. Pero el resultado había sido socialmente inaceptable. Y los robots deberían poder tener un comportamiento interactivo con los seres humanos que no causara desazón o rechazo en éstos, si es que su Empresa quería tener éxito.

—Por favor, convoque para mañana una reunión de todo el staff consultivo y de todos los directores de área —ordenó a su secretaria personal, dispuesto a enfrentar, de una vez, la gravedad del problema.

Al día siguiente, todos los convocados estaban ya sentados en el gran salón de reuniones, esperando impacientes la llegada del Director General. De sobra sabían de qué iba la asamblea, sin necesidad de que al convocarles se les hubiera manifestado explícitamente el orden del día, pues el nuevo fracaso del robot experimental era la comidilla de toda la compañía.

A la hora prevista hizo entrada el Director, acompañado de su secretaria, quien tomaría nota de todo lo que se tratara. Los asistentes se levantaron al punto y esperaron a que el Director se sentara, para hacerlo lo mismo.

—Señores, ya saben por qué estamos aquí reunidos. El presente, y no digo el futuro de la Compañía, peligra. Y, consecuentemente, el puesto de trabajo de todos ustedes —comenzó diciendo, con la voz más grave que pudo poner.

—O seguimos, o cerramos. Pero si seguimos, no toleraré ni un fracaso más —añadió, mientras que con su dedo índice señaló, en un movimiento circular, a todos los presentes.

Un gran silencio se hizo durante unos momentos, que parecieron eternos. El Director parecía esperar alguna sugerencia, antes de tomar una determinación. El Jefe del Proyecto X, y de todos los robots que se habían hecho con esa denominación inicial, se vio obligado a abrir el debate.

—Señor, en lo que respecta al diseño y fabricación del robot X7 —no se atrevía a llamarlo ya JB7— he revisado personalmente todo el proceso y no he detectado ningún fallo.

El Director miró para él sin proferir palabra. Evidentemente, algún fallo sí que había habido. Quizá no fuera de fabricación, pero...

El silencio continuó, mientras ninguno de los otros directores de área se atrevían a tomar la palabra. Ni el de Materiales, ni el de Instrumentación, ni el de Circuitos Lógicos...

De pronto, uno se levantó. Era el de Comportamiento, una nueva área que se había creado después del fracaso del robot X1.

—Señor...

—¿Sí, Roberts?

Esto... Creo que el fallo puede venir de... más atrás.

—¿Cómo de más atrás?

—Quiero decir... de las propias Tres Leyes —se atrevió a sugerir, después de unos instantes de vacilación.

Todos los presentes se volvieron hacia él, con el asombro en sus rostros. Aquello casi era una herejía. ¿Dudar de las Tres Leyes? ¡Imposible!

—¿Me quiere usted decir que las Tres Leyes no son perfectas?

—Oh... Sí lo son. Pero no son completas.

El Jefe del Proyecto se levantó inmediatamente para aclarar.

—¡Claro que son completas! Incluso hemos tenido en cuenta la Ley 0, enunciada después de las anteriores y que dice así: Un robot no puede causar daño a la humanidad o, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño.

—No, no me refiero a esa, que también la conocía —aclaró el Jefe de la nueva área de Comportamiento.

—Entonces, ¿A qué se refiere? —quiso saber el anterior, con aire un poco molesto.

—Pues... a las sutilezas del lenguaje humano, que no se puede tomar literalmente. Los robots —aclaró a continuación— deberían poder distinguir lo que llamamos el lenguaje figurado, si es que queremos que puedan convivir con nosotros.

El silencio se volvió a adueñar del salón de reuniones, mientras daba la sensación de que el Jefe de Comportamiento se ruborizaba por lo dicho. Pero el Director General tomó entonces la palabra.

—Es lo más sensato que he oído hasta ahora —sentenció—. ¿Y cómo podemos llevar eso a la práctica? —continuó, dirigiéndose a todos en general. Pero aunque todos se miraron entre sí, ninguno se levantó para dar una opinión.

Al poco, Roberts alzó tímidamente el brazo.

—Sí, hable... —le indicó el Director General.

—Pues... quizá poniendo antes una nueva Ley, la -1, por ejemplo.

—¿Una nueva Ley? ¿Y cómo la expresaría?

El joven Jefe dudó unos instantes. Todas las miradas estaban fijas en él y se sintió un poco acobardado. Carraspeó y se decidió por fin.

—Este... Ningún robot pasará el control si no sabe distinguir entre literalidad e intencionalidad del lenguaje humano.

El Jefe de Circuitos Lógicos se levantó enseguida y le espetó.

—¿Y cómo piensa traducir eso al lenguaje informático?

—Yo no soy experto en eso. Igual que hicieron ustedes con las Tres Leyes, que no dejan de ser una expresión literaria...

Aquello parecía tener visos de realidad, se dijo el Director General. Y una vez más, quizá la última, apostó por incorporar esa mejora a sus robots.

—Bien... Les doy tres meses de plazo. Ni un día más. Se levanta la sesión.

Cuando casi todos hubieron salido, el Jefe de Circuitos Lógicos se acercó a Robert y le preguntó.

—¿Cómo cree usted que podemos encarar el problema?

—Ya le dije que no soy un experto en eso... pero se me ocurre que incorporando a los robots una base de datos de equivalencias, con las frases habituales que pueden tener doble sentido. Por ejemplo, ¡Vete a freír espárragos! igual a ¡Márchate!, o esta otra Así sabrá lo que vale un peine igual Así sabrá lo que cuestan las cosas.

El Jefe de Circuitos Lógicos se quedó pensativo. Sí, podría ser...

—Puede ser un punto de partida, aunque su desarrollo probablemente sea mucho más complejo. Lo voy a estudiar —contestó por fin.

Antes de los tres meses de plazo, un nuevo JB7 salió de los talleres, listo y comprobado. Le habían incorporado una base de datos con más de 12.000 frases hechas, para que entendiera su doble sentido. Pero el director no las tenía todas consigo. Quería asegurarse antes de que el nuevo robot saliera a la calle, había que hacer pruebas de campo,, no bastaban con las del laboratorio.

—¿Mrs. Johana? —preguntó por teléfono, llamando a la anciana viuda del que había sido el primer Director de la Compañía.

—¿Sí?

—Soy Herbert, el Director de Androides y...

—Ah, dígame usted.

—Verá... Queremos probar un nuevo robot, en un ambiente familiar... ¿Tendría usted inconveniente en utilizarlo durante una temporada?

—Con mucho gusto. Ya sabe que el pobre Mathius siempre me consultaba sobre sus proyectos...

—Por eso se lo he propuesto.

—Pues cuando quiera me lo envía.

Al cabo de quince días, el Director General la volvió a llamar.

—Mrs. Johana, ¿Qué tal el robot?

—Muy bien... Me hace todos los encargos, me lava, plancha, cocina...

—¡Ah! Me alegro...

—Sólo le he encontrado algunos peros...

—¿Sí? —preguntó el Director, preocupándose un poco.

—No es muy importante, creo... pero siempre que compro en el mercado espárragos trigueros y le mando freírlos... ¡Se marcha de casa!

© Anselmo Vega Junquera, (1.263 palabras) Créditos