EL PANEL PRODIGIOSO
Anselmo Vega Junquera
Skeeze, Pixabay License

—¿Ya está listo? —preguntó el Director al químico que había entrado en su despacho.

—Así es. Puede usted ir a verlo, ahora mismo —le contestó éste, mientras sonreía, complacido.

Se levantó aquél y se dirigió, con paso decidido y seguido de su subordinado, por el largo pasillo de Industrias Avanzadas S. A. hacia la sala de demostración.

—¿Es eso? —inquirió, mirando fijamente hacia un panel de color lechoso, cuadrado, de unos dos metros de lado, que estaba soportado por dos caballetes metálicos en un lateral de la sala.

—Si, eso es. De momento no le hemos dado color, pero puede fabricarse en gris acerado, negro...

El jefe lo observó con detenimiento. Parecía bastante sólido. Sabía que era un aglomerado molecular, conseguido tras un complicado proceso, pero desconocía más detalles. Se acercó despacio y posó su mano sobre él. Estaba frío.

—Es sólo una sensación —observó el técnico, adelantándose al posible comentario de su superior.

Éste afirmó con la cabeza, mientras desplazaba su mano por toda la superficie. También era rígido al tacto. Y no tenía asperezas...

—¡Déle un golpe! —dijo, de pronto, el químico.

—¿Un golpe? ¿Fuerte?

—Bueno, no tan fuerte que se haga usted daño...

El Director se miró la mano, que cerró instintivamente. Luego, con un calculado movimiento, lanzó su puño contra aquella superficie.

—¡Ay! —exclamó, mientras se frotaba el miembro dolorido.

—Ya le advertí... ¡Es duro!

Pasaron unos instantes mientras se rehacía. Luego se volvió hacia el técnico.

—Bien. ¿Y qué más?

—Ahora apoye su mano contra él y presione muy suavemente.

El directivo le dirigió una torva mirada, que el otro captó, sonriente.

—No se preocupe. No va a hacerse daño...

Con precaución, puso su mano sana sobre la superficie y empujó muy ligeramente...

—¡Dios! —exclamó, mientras advertía que se hundía en aquella superficie lechosa. Y con toda la celeridad que pudo, la retiró precipitadamente.

El técnico amplió su sonrisa. Siempre ocurría igual, la primera vez.

—Señor, le presento el primer sólido no newtoniano jamás sintetizado.

—¿Y eso significa que...? —preguntó el Jefe, aún no repuesto de la sorpresa.

—Es elástico a baja velocidad, pero rígido si se quiere atravesar de golpe.

—¡Qué interesante! ¿Y para que sirve?

—Bueno... eso es lo que no sé. Nosotros sólo nos encargamos de producir nuevos materiales. Luego, los de Comercial le buscan una aplicación.

El director se quedó callado, mirando fijamente para aquella especie de pared opaca. El técnico aprovechó entonces para hacerle una nueva demostración.

—Se puede entrar y salir por él, como si fuera una puerta.

—¿Si?

—Así es. Fíjese usted.

Y uniendo la acción a la palabra, el químico se dirigió al panel y, con lentitud, lo atravesó limpiamente, desapareciendo al otro lado del mismo, mientras en su superficie no quedaba ningún agujero.

El Director de Industrias Avanzadas S. A. por poco se desmaya. Aquello parecía una brujería. Pero era sólo tecnología punta y su empresa lo había conseguido...

Al poco asomó la punta de la nariz del técnico, seguida de todo su rostro y su cuerpo. En un santiamén ya estaba de este lado.

—¿Así de fácil? —exclamó el Director.

—Sí, así de sencillo —contestó aquél, con satisfacción, ya que era quien había conseguido la fórmula de aquel material prodigioso.

Ahora sí que el jefe inició una sonrisa. Aquella substancia podía tener muchas aplicaciones. Por ejemplo, corazas, chalecos antibalas para la policía...

—Sólo hay un problema. No la podemos curvar —aclaró el técnico.

—¿Entonces, sólo sirve para superficies planas?

—Eso es. Planas y no más de dos metros cuadrados. Si es más, se desintegra.

La desilusión se hizo patente en el rostro del Director, que ya se imaginaba produciendo aquel material para todo tipo de usos.

—Bueno, no importa... Con dos metros se pueden conseguir muchas aplicaciones... Además, a base de juntar pequeñas secciones... Bien —continuó— ahora tenemos que patentarlo... ¿Qué nombre le pondremos?

Se quedaron los dos pensativos unos instantes, mientras que por la imaginación del Director pasaban diversas variaciones... ¿Metal traslúcido? ¿Superficie permeable...?

—¿Qué le parece... Panel Prodigioso? —se aventuró a opinar el químico, dirigiéndose a su superior.

Aquél se quedó mirando para su subordinado...Vaya, no estaba mal el nombrecito. Panel Prodigioso... Panel Prodigioso... ¡Sí!

—Perfecto. ¡Me gusta! —exclamó el Director, mientras le daba una palmadita en el hombro.

—¿Quién sabe más de esto? —preguntó de pronto.

—Pues... Sólo mis dos ayudantes. Ya sabe que todo lo llevamos reservadamente.

—Muy bien. No diga nada hasta que esté patentado. Guárdelo y ya le avisaré.

—De acuerdo. Así lo haré.

El Director salió de la sala de demostración en silencio, pensando en las aplicaciones posibles de aquel nuevo material. Era algo único en el mundo, de eso no tenía la menor duda. Su empresa habían conseguido algunas mejoras, pero aquello del... ¡Panel Maravilloso!superaba todas las expectativas.

De acuerdo a su cargo, empezó a pensar en términos económicos. Los miles de millones de beneficios posibles casi ofuscaron su mente. Seguro que en toda la historia de la Compañía no habrían ganado tanto como preveía con aquél nuevo material. Se imaginó ya la fábrica que construirían para su producción. ¡Naves inmensas, para dar cabida a la demanda mundial! Hasta quizá le subieran a él a la categoría de Consejero Delegado. O mejor, un royalty por cada metro cuadrado elaborado...

El Director ya se veía rico y encumbrado. Se sentó despacio en el sillón de su despacho y contempló, con una incipiente sonrisa en sus labios, la fotografía de su esposa, que tenía en un portarretratos, encima de su mesa. ¿Conque creías que no llegaría a triunfar, eh? le dijo, con un movimiento imperceptible de labios.

De pronto sonó el teléfono interior. ¿Quién llamaría ahora?

—Diga...

—Soy el químico, señor...

—Diga, diga...

—Tenemos un problema.

—¿Sí? ¿Cuál?

—Verá... entró uno de mis ayudantes para llevarse el panel y...

—¿Y...?

—Pues... que traía en la mano el bocata de las once, con un sobrecito de kétchup para echarle, pues no había tenido tiempo...y...

—¿Y...? —quiso saber más el ya un poco preocupado Director.

—Pues... que al apretarlo, salpicó el panel...y...

—¡Por Dios! Termine de una vez...

—No sé cómo decírselo... El caso es que el panel empezó a disolverse...

—¿Con el kétchup?

—Sí... Luego me acordé que mi esposa lo usa para quitar la costra cuando se le quema algo en la olla.

—¡No puede ser!

—Sí, señor director... Es un remedio casero, que se lo dijo su madre y a ésta su abuela...

—¡Basta! —El silencio se hizo sepulcral en el despacho de Director. ¡Adiós sus sueños de grandeza! Porque si un simple sobre de kétchup lo disolvía, ni corazas ni chalecos antibalas se podrían hacer con ello, ni servía para nada.

—No diga usted nada. Que nadie se entere de nuestro fracaso —le ordenó—. ¿Cuánto tiempo le llevará solucionar... eso?

—No lo se, llevamos trabajando seis años en el concepto... habrá que reformular, resintetizar... mínimo meses..., otro par de años, al menos... ¿Oiga? ¿Sigue ahí?

El Director, con un gesto lleno de desilusión, cogió la fotografía de su esposa y la puso boca abajo, pues le pareció que una sonrisa perversa se había empezado a formar en los labios de ella.

© Anselmo Vega Junquera, (1.188 palabras) Créditos