EL ROBOT JB7
Anselmo Vega Junquera
Las tres leyes de la Robótica (según Isaac Asimov)

1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Steve Bidmead, Pixabay License

El primer robot fiable que salió de los Talleres de Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc. fue el X7. Antes se habían hecho seis pruebas, que no dieron el resultado apetecido.

No era fácil trasladarlas a formulaciones matemáticas las Tres Leyes de Robótica que se habían enunciado literalmente muchos años atrás. El primer X1 fue apenas un brazo mecánico, controlado por un chip. Lo pusieron a la salida del Alto Horno, para que golpeara el hierro al rojo. Pero no funcionó. Primero, porque sus niveles de temperatura le indicaron que era peligroso para su integridad según la Tercera Ley. Segundo, porque en la pantalla de la monitorización apareció el siguiente mensaje: ¿Y si eso es un Hombre, con una fuerte insolación?. Tampoco era fácil aclararle, con algoritmos, lo que era un Ser Humano.

El modelo X2, que salió un año después tenía dos brazos articulados sobre una especie de cajón con ruedas y motor, llevaba una descripción física de lo que era una persona. Lo quisieron probar con motivo de un incendio en una tienda de modas, pues era peligroso para los bomberos acceder hasta donde estaban los clientes y el personal que se había quedado dentro. Pero el robot volvió a fracasar, porque lo primero que sacó fueron los maniquíes de los escaparates, mientras las personas que estaban más adentro morían asfixiadas por el humo y quemadas por las llamas.

El siguiente modelo, el X3, ya sabía distinguir entre personas vivas y objetos inertes con forma de ser humano. Para ello se le habían incorporado unos detectores de actividad cerebral. En vez de ruedas le colocaron una especie de orugas, así como diversas herramientas. Lo probaron con motivo del derrumbe de una casa, puesto que era peligroso para los zapadores meterse bajo los escombros. Le pidieron que sacara primero a los supervivientes que encontrara y en último lugar a las víctimas mortales. Volvió a fallar, porque al no haber vivos, sacó a los muertos, pero troceándolos para poder extraerlos, ante la consternación y grandes protestas de los familiares.

Se hizo un nuevo modelo, el X4, con instrucciones más precisas Se le dio apariencia humana y se le pusieron piernas, aunque su caminar no dejaba de ser muy peculiar. Lo colocaron a las puertas de las oficinas de Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc., como reclamo. A los pocos días tuvieron que retirarlo, porque una noche que entraron unos ladrones, les ayudó cuando ellos así se lo pidieron, en virtud de la Primera Ley.

El X5, que fue el siguiente, ya distinguía a los ladrones de las personas honradas, por lo que una joyería de fama se avino a probarlo como guardia nocturno. Los atracadores que quisieron entrar una noche no se pudieron llevar nada, pero el destrozo que organizó el robot, en su persecución, rompiendo tantas vitrinas y objetos de arte como era físicamente posible fue tal, que lo tuvieron que descartar.

El X6 casi fue perfecto. Reconocía a las personas por la vista, por el oído o por el tacto. Lo que no tenía era olfato. Por ese motivo, el Ayuntamiento se avino a probarlo para que limpiara las cloacas de la ciudad, atascadas de porquería, cuyos insalubres olores habían motivado el rechazo de los operarios. Se fabricaron seis robots, que hicieron el trabajo a la perfección y dejaron las cloacas relucientes. El propio Alcalde, que las inspeccionó en persona, quedó muy satisfecho. Pero a los pocos días empezaron los problemas. Los robots habían cerrado las bajantes, para que no se volvieran a ensuciar las cloacas. Los vecinos se dieron cuenta cuando sus inodoros empezaron a desbordarse. Las protestas fueron multitudinarias y el X6 fue dejado de lado.

Androides y Mecanismos Cibernéticos, Inc., había invertido ya demasiado dinero para volverse atrás. El Director exigió a sus técnicos que lograran el robot perfecto y les dio de plazo otro año más. Éstos se reunieron y repasaron todo lo conseguido hasta la fecha. Se habían escrito miles de líneas de código. Se habían ido incorporando millones de sentencias if... then..., y case, para plantear y resolver las distintas alternativas. El sistema neuronal del robot ya reconocía a los humanos. Sabía si estaban vivos o no y en este último caso los trababa de diferente forma que a las cosas inanimadas. También reconocía si eran gente normal o su comportamiento iba de lo ambiguo a lo claramente delictivo. Ya no tenía tanto temor por sí mismo y al tiempo era delicado en el trato cuando era necesario. Pero... faltaba saber si estaba preparado para defender a la Humanidad.

El X7 fue dotado de un cuerpo con un revestimiento que imitaba perfectamente la piel humana y que cubría sus mecanismos. Se le incorporó un complejo sistema de comunicaciones inalámbricas y una pistola paralizante. Se le vistió con un smoking negro, camisa blanca y corbata de pajarita. Por último, un Monitor lo acompañó a la Gran Fiesta de Gala, para la prueba final. Cuando entraron en el salón, ya abarrotado de gente, un camarero les ofreció licores. El robot, entrenado perfectamente, tomó una copa con delicadeza. El Monitor se fijó en la botella. ¡Ajá...! Era de un conocido güisqui. Se volvió al robot y en voz baja, le dijo...

—A partir de ahora te llamarás JB...7, como el James Bond 007 ese, pero... —rió— ¡Sin licencia para matar!

X7, ya JB7, se comportó con distinción. Era capaz de saludar a los caballeros y besar la mano a las damas. Incluso invitó a una a bailar un vals.

—¿Y usted, cómo se llama? —le preguntó ella, con curiosidad.

—Mi nombre es... Bond, James Bond —contestó con una bien modulada voz de barítono.

Desde su butaca, mientras paladeaba la bebida, el Monitor no le perdía de vista, mientras su rostro mostraba complacencia.

La dama entornó los ojos y con la voz más susurrante que pudo, le dijo a su acompañante...

—¡Quisiera que el tiempo se me detuviera!

Y claro, él la paralizó con la pistola, en virtud de la Segunda Ley, ya que eso sólo duraría unos instantes y no le haría un daño irreversible, por lo que tampoco transigía a la Primera ley. De esa forma, también el robot JB7 volvió a fallar.

© Anselmo Vega Junquera, (1.098 palabras) Créditos