SIN CONTROL
por Jacinto Muñoz
Gerd Altmann, Pixabay License

—Ha muerto.

La noticia le llegó, primero al presidente y después al ministro de Sanidad. El resto del consejo, reunido en sesión extraordinario y, de manera excepcional, en presencia física, la adivinó antes de leerla, por la crispación de sus caras.

—¡No puede ser! ¡Esto es una catástrofe! ¿Cómo ha podido suceder algo así? —los gritos del presidente eran para todos, la pregunta para los titulares de Sanidad e Interior.

Ambos actualizaron sus informes del caso a toda prisa y se miraron sin decir nada por ningún canal. Su lenguaje corporal inclinó la balanza, el de Interior estaba más acostumbrado a interactuar en entornos reales. Iba con el cargo.

—¿Que ha pasado? —Los ojos del presidente se clavaron en el representante de Sanidad.

—Una... Desgracia... Inevitable —respondió este.

—¿Inevitable? —murmuraron todos los presentes excepto uno.

—Una casualidad —se defendió el de Sanidad—, un hecho impredecible.

—¿Impredecible? ¿Se da cuenta de lo que acaba de decir?

—Vea el informe. Todo está ahí. El Sistema funcionó, cumpliendo el protocolo con total precisión. Los nanos actuaron de inmediato y las unidades de emergencia acudieron al lugar del incidente en un tiempo record. No pudieron hacer nada, las heridas eran —el ministro de Sanidad se humedeció los labios varias veces—, mortales.

—¿Mortales? —volvió a murmurar casi todo el consejo.

—El Sistema —masculló el presidente— no funcionó, porque hay un muerto.

—Pero...

—Pero nada. Los recortes presupuestarios ya han dejado nuestra popularidad por los suelos, después de esto... no hace falta ser muy listo, incluso ustedes pueden imaginar lo que circula por la red.

* * *

—...no estoy hablando de vidas paralelas, no estoy hablando de esa muerte que todos hemos experimentado cientos de veces en nuestros mundos virtuales. ¡No! Estoy hablando de una muerte física, real, de la extinción definitiva de la existencia a los treinta y cinco años —la cabeza del comunicador de moda, pálida y sin un sólo pelo excepto dos pobladas cejas que se agitaban sobre unos ojos eyectados de pasión, palideció, su carne se tornó una masa blanda y purulenta que chorreó en goterones hasta dejar sólo una calavera sanguinolenta—. Sí, amigos, un hombre de treinta y cinco años —dijo con voz lúgubre, recuperando ojos y cejas—. Un ciudadano honrado, y trabajador. Uno de los nuestros.

El busto parlante recuperó toda su carne, coloreada de rojo ira.

—¿Acaso hemos vuelto al siglo XXI, donde un terrorista enloquecido, un cacharro sobre ruedas, una maceta voladora o mal resfriado, segaban cada día la vida de tantas y tas personas? ¿Es ese el futuro que nos espera con este gobierno? ¿Han dado alguna explicación? No. ¿Han tomado medidas? No. ¿Ha presentado su dimisión? Por supuesto que no.

Las cejas se enarcaron hasta formar una uve imposible, con el vértice sobre el arranque de la nariz.

—Yo os diré lo que hace nuestro gobierno, recortar el presupuesto y vivir a nuestra costa.

* * *

—Ya es suficiente espectáculo —el presidente cortó la conexión, obligando a los demás a hacer lo mismo—. Toda la red clama por nuestras cabezas y no me extraña, una muerte a los treinta y cinco, incluso yo estoy asustado.

Casi todo el consejo asintió, comprensivo y solidario. El presidente aceptó el gesto y pasó de la bronca a la exigencia. Al esfuerzo común bajo las directrices del líder.

—Necesitamos una explicación satisfactoria y una relación de medidas urgentes que garanticen que un hecho así no volverá a repetirse jamás. Por supuesto lo primero debe excluir cualquier responsabilidad achacable a este gabinete, comenzando por mí. Espabilen porque todas sus cabezas me servirán de cortafuegos, las suyas, las primeras —terminó, señalando a los ministros implicados.

—Perdone señor presidente —dijo el de Sanidad carraspeando—. Mi informe no ofrece dudas sobre la actuación de mi departamento, entiendo que mi colega de Interior...

—Su informe ofrece muchas dudas —le interrumpió el presidente—, pero tiene razón, la red interior habrá registrado todo lo sucedido. ¿No es así?

El ministro de Interior aguantó el asalto sin parpadear y replicó de inmediato, sin vacilar ni dar lugar a interrupciones.

—Sí, y no hay anomalías, confirmado con una auditoria de nivel diez. La más precisa realizada hasta la fecha. Dada la gravedad del caso, he ordenado una investigación sobre el terreno, estableciendo un bloqueo de máxima seguridad, para impedir más filtraciones a la red durante, al menos, un par de horas. En estos momentos, estamos revisando una por una las interfaces individuales de todos los ciudadanos que se encontraban presentes en dos kilómetros a la redonda del lugar de los hechos, en el instante de la tragedia. Mi mejor hombre está a cargo de la investigación. Les expondré mis conclusiones definitivitas en una hora.

Todo aquello no era más que una cortina de humo, iban a confirmar lo que ya sabían, nada escapaba al control de la red interior, la única finalidad del ministro del Interior, era ganar tiempo y salvar su cabeza, por encima de la del presidente y claro estaba, de su colega de Sanidad.

La estrategia funcionó.

—Bien, muy bien —dijo el presidente tras largos segundos de silencio—. Le espero aquí, de vuelta, en una hora —añadió.

* * *

A esa misma hora, el mejor hombre, o al menos el que el ministro del Interior tenía por tal, casi había terminado el trabajo, un buen trabajo. Al muro que exoneraba de responsabilidad a su jefe y al presidente, le faltaban un par de ladrillos para ser impenetrable y en casi todas las simulaciones, este último, tendría una deuda que pagar, al tiempo que el de Sanidad, el de Infraestructuras y el de Educación, eran sacrificados. Sí, su jefe estaría contento.

* * *

Ramón Martín, en cambio, no figuraba en ninguna lista de los mejores de nadie y si estaba a cargo de la investigación sobre el terreno, era por culpa del riguroso turno de guardia. Mientras observaba la interminable ristra de datos proyectadas en su retina, reconoció, una vez más, que estaba asustado. ¡Una muerte accidental! Por mucho que los análisis de las IA se empeñaran una y otra vez en arrojar el mismo resultado, seguía siendo un hecho alarmante, desasosegante, inconcebible.

Pero los hechos era incuestionables y las imágenes meridanas: un joven corría por el parque, tropezaba y caía, con tan mala suerte que la base de su cráneo iba a dar con una piedra puntiaguda. Muerte instantánea. Antes del accidente, todos los parámetros eran correctos, tensión arterial, pulso, azúcar, transaminasas, colesterol, neurotransmisores, y demás. Los nanos comenzaron a actuar de inmediato, previendo el golpe, y la sección sanitaria de la red envió al cerebro las pautas adecuadas para salvar la situación, la interface del finado, informaba de la correcta recepción y ejecución de dichas instrucciones. Una unidad motorizada de emergencia, acudió al lugar en cuestión de minutos. No fue posible hacer nada, los intentos de reanimación resultaron infructuosos. El ciudadano estaba muerto.

Sin duda era para acojonarse, se dijo Ramón, pensar qué... mejor no, mejor no pensarlo.

El resultado de la décima autopsia, realizada por los nanos que aún pululaban por el cuerpo del cadáver, no aportó nada nuevo. Ramón miró la hora, había tiempo y poco que hacer, de modo que encargó otra, la respuesta de la red le dejó con la boca abierta. Más tarde, tras idear una excusa plausible que justificara ante el Sistema la súbita alteración de sus parámetros emocionales, decidió que, ordenar el análisis de un organismo vivo en lugar de uno muerto, no había sido un fallo tonto sino una intuición genial.

La interfaz neural se tragó la orden como si tal cosa, algo que nunca debía haber ocurrido.

* * *

—¿Esta propuesta la presentó nuestro grupo?

—Sí.

—¿Hace seis años?

—En la campaña de las últimas elecciones que perdimos.

—Que perdimos porque nuestro líder y nuestro programa de reformas eran una mierda.

—Cierto y usted se encargó de dejarlo muy claro cuando sucedió al uno y descartó lo otro. Borrón y cuenta nueva.

—Ya.

—Es probable que nadie recuerde sus manifestaciones de entonces —el presidente entronó los párpados y el ministro del interior dibujo una levísima sonrisa antes de continuar—. Bastará con hacer hincapié en los ataques, mucho más furibundos, de la oposición y en su nefasta gestión de la economía. La falta de fondos, es la única razón que nos ha impedido poner en marcha este viejo proyecto, que en ningún momento habíamos descartado.

—Como demuestra el informe de su equipo de asesores presentó la... ¿Semana pasada?

—Así consta en registro de entrada.

—Claro, claro —el presidente volvió a repasar el dossier—. Un proyecto de reforma urgente, que sólo esperaba los preceptivos dictámenes de sanidad, infraestructuras y educación, para ser incluido en el orden del día del consejo de ministros.

—Así es.

—Y todo ello avalado por estadísticas abrumadoras.

—Más que eso, las estadísticas responden a causas muy concretas, la demostración matemática se incluye en el segundo anexo. Es muy sólida.

—Ya.

—La realidad en un sistema caótico, cualquier pequeño cambio puede tener consecuencias inesperadas y catastróficas. Es imposible prever y corregir todas las situaciones que supongan un peligro para la seguridad de los ciudadanos. Nuestro Sistema lo logra en un ochenta por ciento de los casos, el veinte por ciento restante, depende de la velocidad de reacción ante lo imprevisto. Un margen de microsegundos puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte.

—Microsegundos que se ganarían saltándose el filtro del cerebro. Actuando directamente sobre nervios y músculos.

—Si.

—¿Es posible hacer algo si?

—Según mi equipo, nuestra tecnología lo permite, aunque sanidad deberá confirmarlo. La planificación y puesta en marcha, modificando los cortafuegos de todas las interfaces neurales, implica a infraestructuras y el necesario reacondicionamiento de los ciudadanos a...

—A educación —concluyó el presidente—. ¿Se da cuenta de todas las implicaciones de este proyecto?

El ministro de interior volvió a dibujar una levísima sonrisa.

—Creo que los dos las apreciamos en toda su extensión.

—La ciudadanía no lo aceptará así como así.

—Se equivoca. La seguridad es lo primero. Las encuestas que he comenzado a realizar son muy alentadoras. No encontraremos mucha oposición.

El presidente, frunció el ceño, arrugó la nariz y asintió en silencio.

—Bien —dijo muy despacio— dispóngalo todo, en media hora lo comunicaré a la red.

* * *

A Ramón Martín, le costó un tiempo descubrirlo, lo tuvo de sobra, una vez superada la crisis, a nadie le importaba el resultado de las investigaciones y pudo trabajar sobre servidores basura, donde los datos almacenados tardarían años en llamar la atención de alguna IA, si es que llegaban a hacerlo.

Tras un largo proceso de ingeniería inversa, tenia, delante de sus ojos, la explicación del accidente: una interfaz neural modificada. Una modificación muy ingeniosa, sin duda y sin duda, ilegal. La solución era muy simple, el cerebro del muerto no había respondido a las órdenes del Sistema porque nunca llego a recibirlas. La modificación funcionaba como una pantalla. De cara al exterior, informaba a la red de lo que esta esperaba oír y de cara al interior, dejaba al individuo a su albur, en total autonomía.

—Total autonomía —murmuró para sí.

Las consecuencias le produjeron vértigo y tuvo que volver a justificarse con una falsa excusa frente las alarmas que parpadearon ante sus ojos.

—Dependiendo de los limitados reflejos de un ser humano —murmuró de nuevo.

Tenía que tomar una decisión. Era muy posible que el muerto no fuese el autor de aquel trabajo, que hubiese más lunáticos pululando por ahí fuera de control. Muchos más. Informar a sus superiores del peligro, era su deber, relanzaría su carrera, aunque también podía...

* * *

El programa se instaló en su interfaz camuflándose en el flujo normal de información, bit a bit, sin dejar rastro. La sensación fue extraña, imperceptible al principio, intensa al final. Un análisis más detallado le descubrió que podía ajustar la permeabilidad de pantalla, desde la autonomía completa hasta la asunción pequeños riesgos. Probó con el más bajo, inclinando la silla hacía atrás hasta sobrepasar el límite del equilibrio, a punto de caerse se sujetó a la mesa, su cerebro no le dijo nada. Sintió el chute de adrenalina, el sistema no se alarmó. Aumento el nivel de privacidad hasta la mitad, agarró el abrecartas, una antigüedad afilada, heredada de su padre, y presionó sobre la palma de su mano izquierda hasta que manó sangre. Los nanos restañaron la herida de inmediato, sin que la red se percatara de ninguna de sus acciones. La adrenalina inundó sus venas, la plena conciencia de hacerlo en el mundo real, lo convertía todo en una experiencia increíble y apabullante, sin comparación con cualquiera de las vividas en los paralelos.

Ramón Martín, sonrió, tendría que probar el invento un poco más para confirmar su alcance y peligrosidad real. Un par de semanas sería suficiente. Sí, eso haría. Antes de levantarse volvió a ajustar el nivel de la pantalla al mínimo, no era ningún loco con ganas de morir por culpa de un mal tropezón.

© Jacinto Muñoz, (2.137 palabras) Créditos