DEUTERIO
César Sirvent Sempere
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La postura de Dimitri era bastante ridícula. Se encontraba boca abajo, terminando de ajustar las anillas de sujeción del enorme bloque de hielo, que, junto a las dos figuras humanoides, flotaba a 400 kilómetros sobre la superficie de la Tierra. La enorme mole de la estación espacial rusa MIR se hallaba a escasos metros de distancia, haciendo sombra a los dos cosmonautas.

Aunque aquí en el espacio, en una continua e interminable caída libre, la orientación no tenía mucho sentido, Ania no podía dejar de pensar que era Dimitri el que se hallaba en la postura incorrecta. Llevaban trabajando en el exterior desde hacía ya más de dos horas, y se encontraban exhaustos.

Parecía increíble lo difícil que podía llegar a ser descargar el bloque cúbico de hielo, rodearlo firmemente con la malla de sujeción especial, mientras todo el conjunto flotaba suave pero caóticamente ante la atenta mirada de Leonid y Louise, en el interior.

La inmensa mole gélida, formada por más de 60 toneladas de agua helada, debía ser asegurada mediante una red o malla especial, que, según las simulaciones realizadas por ordenador y los recientes experimentos, mantendría el bloque íntegro durante su travesía a lo largo de la atmósfera terrestre, impidiendo que se fragmentase en múltiples trozos. Para que el experimento resultara útil, era aconsejable evitar cualquier posible ruptura y desmembramiento antes de tiempo, para lo cual los científicos de la Agencia Espacial Rusa y la NASA habían trabajado conjuntamente en el desarrollo y fabricación de esa malla, formada por enormes moléculas de fullereno.

Además, el experimento de hoy era quizá más importante que el de días anteriores. De hecho, ya era bastante más caro, y es que el agua que formaba ese gran cubito cósmico había sido fuertemente deuterada, y contenía una proporción de un átomo de deuterio por cada 30 de hidrógeno.

Dimitri se dio cuenta, repentinamente, de que la parte inferior de su visor estaba empañada. Dio un grito de sorpresa e instintivamente se llevó las manos al regulador de temperatura del traje. No era conveniente que se condensase vapor de agua en el interior del casco, eso era indicativo de que algo fallaba en los mecanismos de autorregulación.

—Ania... parece que algo va mal. Tengo vapor de agua condensado y...

En los auriculares del casco de Dimitri sonó una risa femenina.

—Dimitri... frótate el casco con la mano...

Éste lo hizo así. El guante arrastró parte de las gotitas de agua condensadas.

—Qué tonto... ¿no ves que son cristalitos de hielo desprendidos del bloque, que se han ido acumulando en tu casco? Qué poco observador, deberías haberte dado cuenta hace rato...

Dimitri se alegró de que el visor impidiese ver con claridad su rostro, pues se estaba sonrojando.

por momentos. Chasqueó los dientes y terminó de limpiar el resto del visor.

¡Maldito vodka enlatado! y maldita Ania, siempre con esos aires de superioridad. Aunque parte de esa actitud se debía a su reciente separación de Dimitri y a que la causa de la ruptura había sido Louise, la otra cosmonauta, y una de las mejores amigas de Ania.

En fin, la convivencia dentro de la Mir no había sido muy agradable últimamente, que dijéramos. Se imaginó lo que ocurriría si la prensa se enterase del asunto. Ya veía los titulares de los principales tabloides: Triangulo amoroso en la MIR, Lío de faldas galáctico, Celos astronómicos...

Se iba a organizar un escándalo, aunque no superaría al que generaron los rumores de que la compañía Private estaba haciendo negociaciones para rodar una de sus películas a bordo de la Mir.

—¡A ver si nos damos algo de garbo! —irrumpió la ronca voz de Leonid en los auriculares de ambos cascos—. Me han dicho los de abajo que nos acercamos a la ventana de entrada. Así que todo debe estar listo en menos de media hora, y todavía os falta instalar los cohetes...

—A sus órdenes, mi general —respondió Dimitri. En realidad Leonid era comandante del ejército ruso, y físico nuclear, pero a Dimitri le gustaba meterse con él.

* * *

En la estación de control de vuelo rusa, en Moscú, el profesor Boranov jugaba caprichosamente con su barba pelirroja, mesándola suavemente. Estaba algo preocupado. Estaba a poco más de una hora de conocer por fin, después de más de quince años, si su teoría era correcta. Detrás, conversando con un técnico de vuelo, se hallaba su eterno rival, el doctor Kolesnikov, que se oponía ferozmente a la teoría del cometa de deuterio. Saltándose todas las normas comúnmente aceptadas acerca de la buena educación científica, no había dudado en calificar la teoría de Boranov como insensata majadería que no merece ni un segundo de reflexión.

Y sin embargo, los responsables del proyecto Tunguska 2001 no habían dudado ni un instante en incluir la propuesta de Boranov en el proyecto. Éste básicamente consistía en pasar de los cálculos teóricos a la experimentación en el asunto Tunguska, según una sugerencia hecha hacía unos años por el físico E. Teller.

Y es que la explosión de un objeto cósmico a escasos kilómetros de altura sobre la región siberiana de Tunguska en la mañana del 30 de junio de 1908 había sido uno de los acontecimientos astronómicos más enigmáticos y estudiados de todos los tiempos. El objeto incandescente que había surcado la atmósfera terrestre a tremenda velocidad, finalmente había reventado en una aterradora explosión, que en segundos había liberado 1000 veces más energía que la bomba atómica de Hiroshima. El hecho de que posteriormente no se hallase cráter de impacto ni restos de ningún tipo, sino millones de árboles destruidos, arrancados de cuajo y quemados por el fuego, hizo aventurar todo tipo de teorías, desde que había sido un trozo de cometa (formado por hielo principalmente, con lo cual al evaporarse no hubiera dejado restos), hasta un fragmento de antimateria, un miniagujero negro o incluso el accidente de una nave interplanetaria.

Finalmente, se había llegado al consenso, dentro de la comunidad científica rusa, (la que más esfuerzos había dedicado a analizar el suceso), de que había sido un cometa, evaporado instantáneamente cuando estaba a pocos kilómetros de la superficie de la taiga siberiana. Por su parte, los norteamericanos estaban convencidos de que se había tratado de un meteorito de tipo rocoso, que literalmente se había pulverizado en pleno vuelo, debido a los enormes gradientes de presión por roce con la atmósfera.

Quedaban, sin embargo, algunos datos por explicar, y que ninguna de las dos teorías rivales conseguía solucionar plenamente, principalmente la anómala tormenta magnética que había registrado el observatorio geofísico de Irkustk, justo minutos después de la explosión. Y es que esas anomalías locales en el campo magnético terrestre eran muy semejantes a las registradas en las pruebas de explosión de ingenios termonucleares. Ningún meteorito había producido jamás tales anomalías en un grado tan intenso. Y el profesor Boranov había propuesto un mecanismo que podía conciliar la hipótesis favorita de los rusos con los datos de los fenómenos geomagnéticos: la posible colisión de un cometa de deuterio con la Tierra, es decir, un cometa en cuya composición la proporción del isótopo deuterio respecto al hidrógeno hubiese sido anormalmente alta.

Según los cálculos de Boranov, la energía liberada durante la explosión mecánica postulada por los sabios rusos podía haber sido suficiente como para producir la fusión nuclear de una gran cantidad de átomos de deuterio, produciendo helio y radiactividad, la cual podía explicar las anomalías. De hecho, las simulaciones mostraban que una cantidad suficientemente alta de deuterio/hidrógeno (en torno a 0.1) podía haber ocasionado una segunda explosión, de origen termonuclear, con gran desprendimiento de energía y radiactividad. Según estos cálculos, las temperaturas locales en algunos puntos durante la primera explosión por fricción podían haber llegado a varios millones de grados y las presiones a casi cien mil atmósferas, lo que favorecía la reacción de fusión.

La propuesta había sido acogida con cautela, aunque Kolesnikov había llegado más lejos. Para él, la existencia de cometas de deuterio era una fantasía que no merecía figurar ni siquiera en las peores historias de ciencia-ficción, y los cálculos de Boranov eran completamente erróneos.

No está errando por uno o dos órdenes de magnitud, lo cual sería disculpable, sino por bastantes, y muchas de sus hipótesis denotan una falta de conocimientos de termodinámica bastante preocupante, había llegado a declarar justo después de anunciarse que la teoría del deuterio sería comprobada durante el proyecto Tunguska 2001.

De momento, la explosión de tres de los enormes bloques de hielo, lanzados desde la Mir, a más de 400 kilómetros de altura, no había generado apreciables anomalías magnéticas, lo que había contrariado a los científicos.

Boranov se frotaba las manos. Su teoría era la única medianamente razonable que podría explicar el fenómeno observado por los registros de Irkustk. Si no, habría que desenterrar la vieja hipótesis del platillo volante y el marciano borracho, como a él le gustaba llamarla.

El experimento era bien simple, aunque costoso en tiempo y dinero. Se llevaban hasta la órbita de la Mir enormes bloques helados, se recubrían con la malla especial para asegurar que el témpano llegaba más o menos intacto, y se lanzaban, separándolos de la órbita mediante unos cohetes especiales fijados en una de las caras del bloque. Varias decenas de globos sonda especiales se encargarían de medir todos los parámetros físicos que podían ser registrados y mandar la información directamente a la estación de seguimiento. Habían tenido algunos problemas con el proyecto, fundamentalmente las protestas de Greenpeace, aunque finalmente se había podido convencer a casi todos de que los experimentos no entrañaban ningún riesgo para la población humana ni para el planeta. Incluso la cantidad de energía y radiactividad liberadas por los bloques especiales ricos en deuterio sería sencillamente ridícula, dado el pequeño tamaño de los bloques, y a que su velocidad no llegaría a la decena de kilómetros por segundo.

Efectivamente, los detectores magnéticos de los globos eran bastante sensibles, pues aún en el caso de que los resultados más optimistas de Boranov fueran ciertos, las anomalías serían difícilmente detectables.

Boranov salió del edificio, y contempló el cielo estrellado. Era una noche especialmente fría, y un viento gélido soplaba procedente de las regiones siberianas. En tan sólo una hora, volvería a contemplar el fenómeno de la mini-explosión de las cargas de hielo. Sería mucho más luminoso que una simple estrella fugaz, aunque duraría también sólo un instante.

El Comité había decidido que se utilizarían dos tipos de cargas con deuterio. Una con una distribución homogénea del isótopo, y otra con este elemento concentrado en la periferia, pues había surgido la idea de que ciertos procesos cósmicos podían haber influido en cometas normales, provocando una deuterización del agua contenida en los mismos, haciendo que la relación isotópica fuese más alta en las capas externas. Eso permitiría que la teoría de Boranov fuese todavía correcta, a pesar de los resultados negativos en la búsqueda isotópica de elementos en la zona del desastre de Tunguska. Aparentemente, se había encontrado menos deuterio del normal en la región, lo que confirmaba el aporte de agua procedente de algún cuerpo cósmico. Sin embargo, si la mayor parte del deuterio estuviese contenida sólo en una pequeña región superficial del cometa de Boranov aún podían reconciliarse su teoría y los datos obtenidos.

* * *

Ania resopló. Finalmente habían logrado incrustar el arnés que fijaba los cohetes a la pared de hielo del bloque. Dimitri y ella comprobaron el sistema de encendido por control remoto y se dirigieron a la escotilla de acceso de la Mir. Ahora sólo restaba que los de control les diesen el aviso, y ellos encenderían los cohetes, controlando desde allí los primeros movimientos de la carga de hielo. Posteriormente, el mando pasaría a ser de Control, para finalmente dejarlo todo en manos de Newton.

Se esperaba que el bloque alcanzase una velocidad cercana a 10 km/s, en poco menos de una media hora, y que explotase a 8 kilómetros de altura. Algunos científicos románticos habían querido que alguna de las pruebas cayese justamente sobre Tunguska, pero los requerimientos técnicos hicieron que el punto de caída estimado fuese a más de 1000 km. de allí, relativamente cerca del lago Baikal. Parecía que el dios Ogdy (dios del fuego tungús) no quería volver a castigar esa tierra.

Louise apretó el botón rojo. Los cohetes se encendieron, con una llama de tono azul y posteriormente amarillenta. El bloque comenzó a moverse lentamente, separándose de ellos poco a poco.

El primero en darse cuenta fue Leonid. Al principio se percató de que ocurría algo inusual. El desplazamiento de la carga parecía excesivamente lento. Escrutó con intensidad, concentrando su mirada en el bloque. Pestañeó muy rápido varias veces, pero era indudable que su vista no le engañaba. Tardó sólo un par de segundos en aceptar lo que jamás hubiera querido aceptar. La sangre se le agolpó en las sienes...

—¡Estúpidos! ¡Malditos chapuceros...!

Dimitri se volvió hacia él, todo lo rápido que la ausencia de gravedad le permitía. Tenía los ojos muy abiertos. El rostro de Leonid estaba claramente congestionado, y sus ojos llameaban una mezcla de odio y terror...

—¡Los cables! ¡Los jodidos cables...!

Leonid miró por la ventanilla. ¡Se habían olvidado de desatar uno de los cables de sujeción a la Estación! Eso significaba que el bloque de hielo les estaba arrastrando lenta pero inexorablemente... ¡por eso avanzaba tan despacio el bloque, estaba arrastrando todo el módulo! No había tiempo de salir a desengancharlo, antes se habría agotado todo el combustible que impulsaba la mole helada... y también a la Mir.

El Jefe de Control se llevó las manos a la cara, se frotó enérgicamente los párpados, y miró con desesperación a Boranov.

—Parece que se ha agotado el combustible de los cohetes. Estamos calculando el cambio en velocidad y dirección... Pronto sabremos si la nueva órbita es inestable...

—¿No pueden modificar el rumbo? Vamos, la masa de la Estación es bastante mayor que la de la carga de hielo. Sólo deberán corregir ligeramente la órbita y...

El Jefe de Control le miró con aspecto cansado. Sus palabras le sonaban a él mismo estúpidas...

—No tenemos combustible... ni una sola gota... ¿quién iba a imaginar...?

El ingeniero se acercó a los dos científicos con un papel en la mano.

—Órbita inestable, colisión con la Tierra: 60 horas aproximadamente... creo que demasiado poco tiempo para una misión de rescate...

Dimitri se echó las manos a la cara. Los cuatro estaban en la cápsula de emergencia. Habían recibido la orden de abandonar la Estación cuanto antes. La cápsula era su última esperanza. Por una incomprensible falta de previsión, el combustible que se usaría no podía ser empleado en los motores principales de la Estación, así que la pequeña pero fatal variación de rumbo no podría ser corregida. Dimitri había sugerido enganchar la cápsula de salvamento a la Estación, y usarla como una especie de motores auxiliares para corregir el rumbo. Pero era una operación extremadamente delicada y sin muchas expectativas de éxito, así que el Centro de Vuelo había decidido salvar la vida de los cosmonautas.

Dimitri sollozaba. La mayor maravilla tecnológica espacial, la Estación Orbital Mir, iba muy probablemente a desintegrarse en las próximas horas, tras quince años de actividad, por culpa de su estupidez...

No volvería a probar una sola gota de vodka nunca más... pero ahora necesitaba un último sorbo.

© César Sirvent Sempere, (2.553 palabras) Créditos
Publicado originalmente en febrero de 1998 en la revista universitaria Lumen, de la Universidad de Zaragoza