AMPHIMOEA
Raúl Alejandro López Nevado
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I

Cuando lo avistaron no lo podían creer. Después de más de mil años vagando por el espacio, acababan de dar con un planeta que parecía cumplir con todas y cada una de las condiciones necesarias para ser habitable. Era tan idóneo que resultaba sospechoso, y más, cuando el sistema de navegación automático de la nave los conducía de manera inexorable e irremediable hacia allí. Algunos de los mejores ingenieros de la Amphimoea trataron de alterar ese destino sin éxito. Era como si algo los arrastrase hacia aquel lugar, como si estuvieran atados a una cuerda infinita que el planeta fuera enrollando para atraerlos, o mejor aún, como si ellos fueran en verdad la mariposa nocturna que les daba nombre, y aquel planeta la única fuente de luz en todo el Universo.

La nave había sido programada para hallar planetas habitables, era posible que ante uno reaccionara de aquella manera. No lo podían saber porque jamás en toda su historia se habían encontrado con uno, y porque los sistemas educativos y de consulta llevaban novecientos años sin funcionar. Los conocimientos, que debían ser transmitidos de manera inmutable por la propia nave, se habían ido diluyendo en la deformación y el olvido de la tradición humana. Así que los ingenieros trabajaban a ciegas, esperando que el tirón ejercido por el planeta se debiera a la programación de la nave, y no a un secuestro.

Toda la tripulación de la Amphimoea se aprestó a trabajar en el análisis de los datos que iban recibiendo. El más pequeño detalle, por trivial que pareciera, podía acabar siendo vital. Debían evitar a toda costa que el descubrimiento se convirtiera en una sentencia. Con los mejores cerebros de la nave trabajando en ello, no tardaron en interceptar las primeras ondas de radio y televisión, y lo que hallaron les heló la sangre. No era una sorpresa que el planeta estuviera habitado por una civilización tecnológica; pero sí el aspecto de sus moradores. Eran humanos. Humanos en el sentido más estricto de la palabra; humanos por aspecto y por cultura; humanos exactamente igual que ellos.

Entonces aparecieron los agoreros: Se dirigían directamente hacia su fin. El descubrimiento era un símbolo. Aquél era el lugar en el que reposaban todos sus muertos. Su cielo que, paradójicamente, se encontraba en tierra firme, pero sobre todo, su infierno. Cuando llegaran a su órbita se produciría el desastre, y todos los tripulantes de la Amphimoea morirían. Oh, sí, morirían, como las mariposas, que eran su tótem y su símbolo, morían quemadas al acercarse a los fuegos que las atraían. Entonces encendían una llama, y las amphimoeas se acercaban revoloteando en la oscuridad del jardín. En cuatro días, su población se había reducido a la mitad, y el suelo estaba alfombrado por una masa crujiente de pequeños cuerpos chamuscados.

La autoridad tuvo que tomar cartas en el asunto, y todos los agoreros fueron detenidos antes de que exacerbaran más los ánimos de la tripulación, y acabaran con la población entera de mariposas de la nave. Entonces llegaron los profetas. Para ellos, el planeta era la Tierra Prometida. Una vez allí, podrían olvidarse del tedioso trabajo, del viaje constante, de la oscuridad y la tristeza infinita que parecía habitar hasta el más pequeño de los recovecos de aquella nave. Aquél era un mundo luminoso en el que la comida crecería en los árboles y el aire sería siempre respirable, y con aroma de flores. No más alimentos y aire reciclado, en aquel mundo todas aquellas cosas dependerían del suministro constante de Dios.

Los profetas eran menos peligrosos que los agoreros; pero despistaban igualmente a la tripulación del trabajo. En un instante en que necesitaban que todo el mundo a bordo cumpliera con sus obligaciones; se encontraban con que gran número de personas se congregaba cada tarde para escucharlos. El monarca dudó si proscribir a estos personajes, igual que había hecho con los agoreros, y encarcelarlos, o permitirles que siguieran existiendo. Finalmente, valoró que se corría el peligro de que la tripulación se rebelara si los encarcelaba, y optó por un medio más sutil.

Se celebró un concilio. Había demasiada discusión, demasiadas teorías. Si aquello debía tener la forma de una religión, debía, al menos, ser coherente consigo misma. Se pidió a los profetas que expusieran su verdad, que la escribieran y luego, que la depositaran en una de las celdas de la nave. Se eliminarían la gravedad artificial de aquella sala durante unos instantes, y luego, cuando se volvieran a activar, el propio Dios sería el encargado de permitir que sólo la doctrina verdadera permaneciera sobre la mesa. Así se hizo, y así se decidió de entre la miríada de cultos que habían ido apareciendo durante las últimas semanas, cuál sería el oficial dentro de la Amphimoea.

Fue escogido el culto de un tal Nicasio, que afirmaba que aquel planeta hacia el que se acercaban era la mítica y legendaria Tierra, el planeta madre, el Edén perdido del que habían sido expulsados por cometer el pecado original. Tras más de mil años en el espacio, la humanidad ya había lavado sus culpas y se le permitía volver. El rey estaba contento con esta elección. Había introducido en el culto, de manera subrepticia, la idea de que sólo los que se entregaran de manera firme y dedicada al trabajo a bordo de la nave, en esta vida, podrían disfrutar de la otra vida en el paraíso de la Tierra.

Nicasio no tardó en elaborar una compleja teología sin saber que cada uno de sus preceptos era valorado en base a su funcionalidad antes de ser publicado. Mientras tanto, ni siquiera el propio monarca podía saber que a lo lejos, a unos diez mil millones de kilómetros, un ojo omnisciente y casi omnipotente los vigilaba con atención.

II

—Es una nave esfíngida —dijo el doctor Torres.

—Imposible —dijo la doctora Murillo— la última esfíngida llegó hace más de cuatrocientos años.

—Lo he comprobado, su señal de identificación es inconfundible. Concretamente se trata de la Amphimoea.

—¿La Amphimoea? ¿Esa nave no fue una de las primeras en perderse?

—Exacto. Según los registros, se perdió la comunicación con ella apenas cien años después de su marcha.

En la pantalla apareció una imagen de la Amphimoea, su diseño en tres dimensiones, y vídeos de su despegue de la Luna, donde había sido ensamblada. Había sido la décima esfíngida en levantar el vuelo según la información que aparecía en su ficha.

—Casi mil años sin saber nada de ella. Es increíble que haya seguido funcionando. ¿Seguirá tripulada o será un puro automatismo?

—Creo que sigue tripulada —dijo el doctor Torres.

—¿Cómo que crees? ¿No lo has comprobado?

—No he podido. Me da la impresión de que hay alguien ahí, ¿por qué sino mantener la temperatura de la nave constante? pero que no quieren que lo sepamos. Como si sus tripulantes se ocultaran por miedo a nosotros.

Ahora la pantalla mostró una imagen de temperaturas, donde se veía un punto de luz que debía estar a una media de veinte grados centígrados.

—Mil años —dijo la doctora Murillo—. Tal vez ni siquiera recuerden quiénes somos, para ellos la Tierra debe de ser un mundo como cualquier otro.

—Sí. Cuando lleguen, no sólo los astrónomos, sino también los psicólogos y sociólogos van a tener mucho trabajo con ellos.

—Creo que estás adelantando acontecimientos. Si en verdad se trata de lo que pensamos, tal vez no quieran saber nada de la Tierra, tal vez incluso sean peligrosos.

—Las esfíngidas no iban armadas.

—Esa gente lleva vagando por el espacio casi mil años sin contacto alguno con el resto de la humanidad, no subestimes su inventiva y su inteligencia. Por lo que ahora mismo sabemos, esa nave podría haber desarrollado armamento suficiente para hacer volar nuestro mundo en pedazos.

—¿Debo comunicarlo a presidencia, pues?

—Sí, pero ponte en contacto antes con la doctora Gimeno?

—¿Con Cristina Gimeno?

—Sí, ella es la máxima experta en esfíngidas. De hecho, creo que es la única experta que queda.

—Siempre había pensado que era una excéntrica.

—Lo es; pero también es la mejor en arqueoastronomía.

III

Cristina colgó el comunicador y comenzó a leer el informe que le había enviado el doctor Torres. Ya había perdido la esperanza de asistir a la llegada de una nave esfíngida. Habían sido su pasión desde que tuviera memoria; pero no se hacía ilusiones. La última nave en regresar lo había hecho hacía más de cuatrocientos años, y no se esperaba que ninguna de las tres desaparecidas regresara jamás. Y sin embargo, allí estaba ahora, no cabía ninguna duda, el informe era claro; la señal de radio continua emitida por la Amphimoea era inconfundible. Estaba volviendo a casa, y había que comenzar con los preparativos para su recibimiento.

Lo primero sería poner en estado operativo alguno de los espaciopuertos que se habían diseñado para las esfíngidas en la Luna. Con el paso del tiempo y el desuso, todos habían acabado convertidos en ruinas turísticas. Eran demasiado caros de mantener, y totalmente inservibles para la mayoría de naves espaciales que no necesitaban de unas instalaciones tan descomunales. Cristina valoró si tal vez mereciera la pena enviar lanzaderas para ayudar a descender a la tripulación y dejar la nave nodriza en órbita. ¿La tripulación? En verdad no se sabía nada de ella, ni siquiera si existía. Según el informe del doctor Torres, nadie había respondido a los intentos de comunicación desde la Tierra. Tal vez la Amphimoea fuera un monstruo deshabitado. No, no tenía sentido ¿Un Mary Celeste cósmico? Aquello era ridículo, veinte, cuarenta, ochenta, tal vez hasta cien personas podían desaparecer sin dejar rastro; pero en la Amphimoea viajaban más de un millón de personas, y la nave estaba diseñada para protegerlos a todos. Y sin embargo... sin embargo habían sido novecientos años sin que se supiera nada de ella, nueve centurias viajando por las abisales fosas del Universo sin dar ninguna señal de vida. No, no podía negarlo, la hipótesis de que lo que estuviera volviendo a la Tierra fuera un gigantesco féretro cósmico también debía ser tomada en cuenta.

IV

Odiaba aquella tarea. Eduardo adoraba el proceso de documentación, el glorioso orden que se establecía cuando todas y cada una de las piezas de información encajaban en su sitio formando una bella estructura arquitectónica. Odiaba tener que dar parte de aquella obra de ordenación a un burócrata incompetente e incapaz de apreciarla; pero aquélla era su tarea, hablar con los científicos, con los garantes del saber, e informar a los secretarios de gobierno, inútiles institucionalizados, pero los únicos con acceso a los gobernantes encargados de tomar decisiones.

—Entonces —dijo el burócrata— dices que una nave del pleistoceno viene hacia nosotros.

—Tiene mil años, sí —respondió Eduardo—; pero le he de recordar que se trata de una nave sofisticada capaz de volar casi a la velocidad de la luz.

—Pues muy rápida no ha sido volviendo —el burócrata emitió una risita.

Eduardo sintió un escalofrío. Aquél era el imbécil encargado de hacer llegar la información al gobernador. Lo que era conocimiento en manos de los científicos especializados debía pasar a través de aquella mente ridícula e ínfima antes de alcanzar a quien podía tomar las decisiones. No quería ni pensar en qué tipo de información podría acabar transmitiendo aquel hombre. Decidió fingir que no había escuchado la broma, y siguió hablando.

—La doctora Gimeno...

—¿La doctora Gimeno? ¿Igual que tú?

—Es mi hija.

—Ajá —dijo el burócrata con un odioso tono de complicidad.

—Mi hija es la mayor especialista viva en Esfíngidas de todo el Sistema Solar.

—Para el carro, Gimeno, yo no te juzgo. Simplemente observo.

El burócrata le guiñó un ojo, y Eduardo tuvo deseos de estrangularlo. Fue a hablar, pero lo interrumpió.

—¿Cómo has dicho que se llamaban las naves? ¿Espíritas?

—No. Esfíngidas, se trata de un tipo de lepidópteros.

—No me líes con palabrejas.

—Mariposas. Se trata de mariposas nocturnas. Cada una de las naves tenía el nombre de una de las especies de la familia de las esfíngidas.

—Bah, polillas, menuda chorrada.

—Hace mil años, a alguien le debió de parecer poético...

V

...considerar a aquellos viajeros de la oscuridad sideral como mariposas nocturnas. A fin de cuentas, tanto las naves como sus insectos homónimos pasarían toda la vida vagando en la negrura de la noche buscando un lugar adecuado para que lo pudieran habitar sus descendientes, usando la luz como guía. Las mariposas se sentían atraídas por las pequeñas llamas de las velas, las naves por los gigantescos hornos nucleares de las estrellas. Ambas sabían que aquellas luces, que las guiaban y les daban calor y energía en su vuelo nocturno, podían a la vez ser las encargadas de aniquilarlas.

Hacia el 3500, la humanidad necesitaba nuevos retos, nuevos horizontes hacia los que dirigir su inventiva, su ambición y sus anhelos. El Sistema Solar había sido conquistado. Todos los mundos aprovechables: La Luna, Marte, Europa, Ganímedes y Calisto habían sido ocupados en mayor o menor medida; se vivían unos instantes de relativa bonanza económica a la vez que la rivalidad entre la vieja Tierra y el recientemente independiente Marte espoleaba la carrera espacial. El siguiente paso era el espacio profundo, las inmensidades cósmicas que los hubbles llevaban descubriendo desde hacía quince siglos. Ahí nació la concepción de la flota esfíngida. Se trataba de naves de distintos tamaños, que transportarían entre cien mil y tres millones de personas, y que hollarían el espacio más allá de las confusas imágenes que alcanzaban a fotografiar los más potentes telescopios.

Durante varios años, la idea de aquellas naves fue tomando forma en las mentes de los ingenieros, y en las de la ciudadanía, que terminó por convencerse de su necesidad. Los terrícolas se volcaron con tanta fuerza en su construcción y financiación, que acabaron arrastrando a los marcianos. Más tarde se unieron el resto de colonias. Nadie quería quedarse fuera, y por primera vez en la historia, toda la humanidad se implicó en un mismo proyecto: encontrar vida o al menos planetas habitables, más allá del Sistema Solar, tal vez, incluso, encontrarse con otras inteligencias con las que compartir e intercambiar sabiduría.

También hubo grandes críticas, muchos consideraban que aquello era una locura: un gasto intolerable en recursos económicos y en vidas humanas. Sin embargo, la opinión mayoritaria prevaleció. Un día el mismo Sol habría de morir, comenzaría a extender su corona hacia fuera, cada vez más enorme, devorando a su paso a Mercurio, Venus, hasta abrasar la Tierra y engullirla, luego le vendría el turno a Marte, y más tarde al propio Júpiter. El Sol proseguiría su camino, cada vez más grande, cada vez más rojo, cada vez más frío, cada vez más muerto. Pero la humanidad, la vida tal y como se la conocía en la Tierra y sus colonias, no tenía porqué morir, es más, era la obligación moral de los seres humanos hacer que sobreviviera, que se extendiera por todos los rincones del Universo hasta que todo éste fulgiera de vida como la propia Tierra.

Las primeras naves sufrieron problemas. Algunas regresaron al cabo de unas pocas décadas, en pocos años incluso. La conquista del espacio era más complicada y costosa de lo que se había pensado. La bonanza económica dio paso a sucesivas crisis que fueron profundizándose, hasta dejar en la pobreza más absoluta a un gran número de personas. Las misiones esfíngidas, sin ser las responsables directas, habían supuesto y suponían un gasto excesivo e imposible de rentabilizar. Se invirtieron las tornas, y la opinión pública pasó del interés en la conquista espacial, al desinterés primero, y al estar abiertamente en contra después. Los problemas en el propio Sistema Solar ya eran lo suficientemente acuciantes, como para que a la gente le siguiera quedando interés en aquellas misiones de dudosa utilidad que requerían de unos presupuestos insoportables. Las partidas económicas fueron bajando hasta quedar en lo simbólico. No las abandonaron por completo, porque, de vez en cuando, regresaba alguna de las naves de aquella flota, y era necesario ayudarla a reentrar en la atmósfera, y dar asistencia médica a todos sus tripulantes. No los abandonaron por completo, aunque habían dejado de creer en su sentido, y cada nave que regresaba con la noticia del desierto cósmico por el que había navegado, los confirmaba en su convicción.

Transcurridos mil años, eran muy pocos los científicos como Cristina, que estaban genuinamente interesados en el proyecto. Muchos se sentían atraídos hacia el desafío científico y tecnológico que había supuesto en su momento la fabricación y posterior lanzamiento de aquellas naves pensadas para llevar a más de un millón de personas a bordo; pero su interés tenía más de arqueológico e histórico que de científico. Era un interés comparable al que sentían los hombres del s. XXI por la construcción de las pirámides, les fascinaban, les parecía admirable y misterioso que sus antepasados hubieran sido capaces de hacerlas, pero no tenían interés alguno en continuar construyéndolas.

El caso de Cristina era diferente. Su hija, pensó Eduardo, se había sentido atraída desde siempre no sólo por la historia, sino por el programa en sí. De niña, pensaba en aquellas naves surcando los vacíos interestelares durante generaciones, y su imaginación echaba a volar con ellas. Se intentaba imaginar cómo sería la vida sin haber visto jamás el Sol ni la Tierra, circunscribiendo el mundo a las paredes de una nave. Con el paso del tiempo, Cristina se convirtió en una de las principales expertas en la materia. Finalmente en la única. Esperando con tesón y convencimiento a que alguna de las naves desaparecidas regresara; aunque cada vez más convencida de que ninguna lo haría jamás.

Sin embargo, el milagro había sucedido finalmente. Una de ellas regresaba. Estaba de camino y era necesario volver a poner en marcha alguno de los espaciopuertos lunares para que toda aquella gente pudiera pisar tierra firme. Se necesitaría un equipo interdisciplinar de personal sanitario, desde enfermeros hasta psicólogos y psiquiatras para atenderlos. Quién sabe cuál sería el estado físico y mental de aquellas personas.

También se necesitarían soldados. No cabía ser ingenuos, por lo que en ese preciso momento sabían, la tripulación de la Amphimoea bien podía ser hostil. Estaban ahí, tras analizar una y otra vez los datos, su hija había concluido que era la única explicación plausible del gasto en energía que consumía la nave. Si la nave estuviera funcionando de un modo totalmente automático, sin nadie en los controles, no tenía sentido mantener su temperatura interna. El ordenador estaba preparado para funcionar casi al cero absoluto, así que si no lo hacía era porque estaba procurando preservar las vidas que llevaba en su interior. Pero, maldita sea, ni siquiera podían estar seguros de que los viajeros de la Amphimoea fueran humanos. Por rocambolesca que pudiera parecer, la hipótesis de un abordaje alienígena no podía ser descartada.

Lo que Eduardo le estaba pidiendo a aquella delegación del gobierno eran en definitiva medios, tanto para garantizar la seguridad de la tripulación amphimoea, como para garantizar la seguridad de la humanidad indígena del Sistema Solar.

VI

—Es una bonita historia —dijo el burócrata—; pero, ¿de verdad crees que se ha de molestar al gobernador con ella?

Eduardo no se pudo contener. Imbéciles como aquél eran los responsables de que la humanidad no hubiera alcanzado ya su techo evolutivo, de que se mantuviera atada y hundida en el fango que la había hecho nacer, y que tal vez un día la destruyera. Por un instante, aquel burócrata fue el símbolo de todos los fracasos de la historia, se imaginó a legiones de seres como aquél más preocupados del aspecto de su peinado que de cumplir con su responsabilidad, aplastando las posibilidades de crecimiento de toda la humanidad. Así que se inclinó hacia él, lo cogió de las solapas y lo levantó a la altura de su rostro.

—Escúchame, y escúchame bien...

—¡¡Traición, traición, a mí seguridad!

Le dio una bofetada para hacerlo callar, y el burócrata comprendió, por primera vez en su vida, que en aquella ocasión no se iba a salir con la suya.

—Vas a entrar ahí —señaló el despacho del gobernador—, y vas a decirle que aquí afuera hay alguien que tiene algo muy importante que decirle.

—Yo... yo no puedo hacer eso —balbuceó el burócrata—, el gobernador me mataría.

—Todavía no lo has comprendido —susurró Eduardo entre dientes—. Si no entras ahí ahora mismo y me consigues una entrevista directa con él, yo seré el encargado de matarte, y no me importa que me detengan, tarde o temprano saldré de prisión y vendré a buscarte.

Lo bajó a la altura del suelo, y el burócrata se escurrió como una rata hacia el despacho del gobernador. Al quedarse solo, Eduardo se apoyó contra la mesa. Le temblaban las piernas. Aquello había sido demasiado, ya no era un crío, y sentía como el corazón golpeaba endiabladamente en su pecho.

VII

Tras el fervor religioso, había llegado el turno de la filosofía y la ciencia. Eneas lo había aguardado pacientemente, conocía la historia y sabía que ante los grandes descubrimientos, la población de la Amphimoea seguía patrones de comportamiento cíclicos. Un hallazgo cualquiera, primero debía de ser abordado desde una perspectiva religiosa, integrado en un corpus de creencias coherente que permitiera a la mayoría asumirlo. Después vendría el tiempo del estudio y de la razón, en el que el descubrimiento se convertiría en ciencia, si en verdad era merecedor de serlo, o se lo descartaría por completo, si era sólo una superstición.

En aquel caso se trataba indiscutiblemente de ciencia. El nuevo planeta hacia el que se dirigían era real a pesar de todas las sorpresas. Los sondeos previos indicaban una atmósfera y temperatura sencillamente ideales, y una biosfera en estado de perfecta salud. Luego llegó la constatación de que no sólo era habitable, sino que estaba habitado. Aún no se habían repuesto de aquel descubrimiento cuando llegaron los primeros mensajes. El planeta se estaba intentando comunicar con ellos. De modo que no se trataba simplemente de vida, se trataba de vida inteligente, de una civilización lo suficientemente desarrollada para detectarlos, enviarles un mensaje y, llegado el momento, probablemente destruirlos.

Los militares habían decidido que era mejor no responder hasta no estar seguros de las verdaderas intenciones de aquella civilización y Eneas había estado de acuerdo. Se enfrentaban al descubrimiento más grande de toda su historia, pero también al más peligroso. Ninguno de sus predecesores, Eneas miró a su alrededor los cuadros de aquellos ilustres científicos del pasado, se había enfrentado a un problema como aquel.

—¿Alguna idea ya? —le preguntó el general.

—De momento intento no dar un paso sin haber afianzado bien antes los pies en el anterior —dijo Eneas.

—No me importan las teorías. Sólo quiero saber qué demonios son esos seres y por qué se parecen tanto a nosotros.

El general se estaba refiriendo a los vídeos que todos habían podido ver. Habían sido interceptados de lo que parecían ser comunicaciones internas, y mostraban a humanos como ellos interaccionando entre sí, y con un lenguaje que parecía lejanamente emparentado con el suyo propio.

—La única explicación —dijo Eneas— es que en realidad se trata de seres como nosotros.

—Pero, ¿cómo puede ser? ¿Seres humanos fuera de una nave? ¿Sobre la superficie de un mundo salvaje y sin la posibilidad de abandonar la terrorífica estrella frente a ellos? No tiene ningún sentido.

—No. He de reconocer que parece no tenerlo; pero creo que he hallado la explicación.

—Habla, necesitamos cualquier hipótesis para preparar la defensa.

—Esos humanos, y la vida de ese mundo en su conjunto, sin lugar a dudas descienden de una nave como la Amphimoea que debió de llegar allí centenares o miles de años atrás.

—¿La existencia de otras naves no es una mera leyenda?

—Es una leyenda, pero creo que ese planeta es la confirmación de que no lo es meramente. Estoy seguro de que hubo otras naves además de la Amphimoea. Si alguna de ellas se hubiera averiado y se hubiera visto obligada a aterrizar en ese planeta, que por aquel entonces podía ser simplemente habitable, y no perfecto tal y como lo vemos ahora, con el paso del tiempo podrían haber ido transformando su entorno hasta resultar en lo que vemos ahora.

—¿Y por qué no marcharse una vez reparada la nave?

—La avería pudo haber sido lo suficientemente grave. Tal vez hubieran perdido el conocimiento de cómo llevar a cabo la reparación.

—De acuerdo, tiene sentido; pero con todo el tiempo que han tenido para transformar ese planeta, es seguro que también hubieran podido recuperar los conocimientos para reconstruir la nave.

—Es cierto, pero es probable que para ese entonces, la nave ya no fuera importante para ellos. La habrían olvidado, y habrían llegado a creer que su origen real estaba en el planeta.

—Es horrible —dijo el militar con una exhalación.

—Lo es; pero es el único modo de explicar lo que estamos viendo, y ya se sabe que, cuando se descarta todo lo imposible, lo que queda es lo posible.

El general guardó silencio unos instantes. Ambos hombres se miraron como si compartieran un secreto terrible.

—¿Debo preparar a mis hombres para intervenir?

—Creo que no será necesario; pero es mejor que estén listos para cualquier eventualidad.

VIII

En las semanas que había durado su viaje hasta llegar a las órbitas interiores de aquella estrella, Eneas había tenido tiempo de analizar, comprender y aprender a usar uno de los lenguajes más frecuentes entre aquellos seres humanos. Aquella misma característica le fascinaba. Imaginaba que en la nave madre, al igual que pasaba en la Amphimoea, todos debían de hablar el mismo idioma; pero las distancias infinitas sobre un planeta habían hecho que se dividiera y se multiplicara en diversas lenguas. De hecho, no cabía duda alguna de que la lengua que él había aprendido estaba emparentada con la hablada en la Amphimoea, lo cual no era tan extraño si se pensaba que todas las naves debían tener un lenguaje común: el lenguaje óptimo para la razón y la ciencia.

Seguía pareciéndole una verdadera locura la idea de que pudiera existir una humanidad como la de ellos habitando un planeta de manera constante y fija, no simplemente como medio para repostar y hacer reparaciones en las naves, sino como hábitat natural. Era inconcebible; pero ante las dudas, allí estaba la realidad incontestable.

Los militares lo habían situado al frente de las comunicaciones, y el propio rey le había dado su espaldarazo al presentarlo ante todos como su representante para el asunto del planeta. Eneas hubiera despachado con gusto todos aquellos honores, si con ello le hubieran permitido más tiempo para seguir estudiando los datos que llegaban de continuo; pero él se debía a la Amphimoea y a su gente, la ciencia pura era una entelequia, sólo la práctica era moral.

—¿Sigues ahí? —dijo la voz femenina que se había presentado como Cristina.

—Sí, aquí estoy —respondió Eneas acercándose al comunicador.

—Ya está todo preparado para vuestra llegada. Podréis aterrizar en el espaciopuerto, como te dije, o ser recogidos por lanzaderas. Lo que vosotros prefiráis.

—Las lanzaderas. Jamás hemos aterrizado, y no estamos seguros de si la nave lo resistiría —mintió Eneas.

—Muy bien. Estará todo preparado. Estoy deseosa de conocerte, ver qué aspecto tienes y hablar contigo cara a cara.

Cristina cortó la comunicación, y Eneas se quedó a solas con sus pensamientos. Podían haberse visto. La tecnología lo permitía, por supuesto, incluso permitía la proyección de un holograma en tres dimensiones, si la parte emisora se emitía de este modo; pero él había preferido no ver a la persona con quien se comunicara. Le resultaba turbador. En toda su vida no había conocido a nadie distinto de los habitantes de la Amphimoea, y ahora, la riqueza genética de los terrícolas le parecía de una exhuberancia peligrosa. Había visto las imágenes, y había sentido lo mismo que todos a bordo de la Amphimoea, los terrícolas, incluso los marcianos, que eran una colonia suya en el planeta vecino, parecían más sanos que ellos, estaban mejor alimentados y sus pieles, ojos y cabellos explotaban en un torbellino de formas y colores distintos y extraordinariamente sugestivo. Básicamente eran iguales, pero el atractivo sexual de los planetarios hacía que los amphimoeos enrojecieran.

Aquello coincidía con la idea de Nicasio acerca del planeta como el Edén perdido del que hablaban las escrituras. Pero el pope no debía de tenerlas todas consigo, porque tras conocer aquel aspecto inesperado de los planetarios, comenzó a aleccionar a los amphimoeos acerca de los peligros que para sus almas tendría yacer con ellos. Eneas no podía dejar de pensar que aquel pensamiento rocambolesco debía de haber salido más bien de la mente del rey y de sus consejeros que de la mente enajenada del profeta. El rey debía ser capaz de ver que establecer vínculos amorosos con los planetarios podía ser lo peor que le ocurriera a sus súbditos amphimoeos y por consiguiente, a su reinado. Por un lado, peligraría su pureza genética, en poco tiempo, la sangre amphimoea se diluiría en la sangre planetaria, como una gota de lluvia en el océano, sin dejar rastro. Por otro, una vez los amphimoeos comenzaran a formar familias con planetarios, sería imposible arrancarlos de la superficie del planeta para volverlos a poner en el recto camino de la navegación estelar. En todo caso, Eneas pensó que carecía de importancia, en apenas unos días estarían sobre aquel mundo, y lo que debiera ocurrir, ocurriría irremisiblemente.

IX

—Nunca me acostumbraré a ese horizonte sin estrellas —dijo Eneas.

—Bueno, eso no es totalmente cierto, ahí tienes a una buena estrella —Cristina señaló el Sol con una sonrisa.

—Es tan extraño...

—Supongo que lo es si has crecido y vivido toda tu vida en el espacio profundo.

El hombre miró hacia el sol durante un instante antes de volver a hablar. Hacía ya más de tres meses que habían descendido al planeta, y aún no se acababa de acostumbrar. Tenía que reconocer que no era tan terrible cómo había imaginado; pero aún así seguía sintiéndose extraño.

—Da un poco de miedo —dijo Eneas—. ¿No te parece?

—No, ¿por qué iba a darlo?

—Esa estrella ahí, tan cerca, convirtiendo la noche en día con su fuego nuclear.

—Si no fuera por ella, no estaríamos aquí.

—Claro, gracias a ella se originó la vida y todo eso que decís; pero algún día también será la encargada de destruiros.

—Por eso os enviamos a vosotros, para buscar por todo el espacio nuevos planetas habitables a los que poder huir en caso de catástrofe.

—¿Todavía sigues con eso?

—Pronto se publicarán los informes de la comisión, y verás como tengo razón.

—Nosotros también hemos encargado nuestros informes.

—Lo sé. Los tuyos se han mostrado muy escépticos, pero espero que podáis llegar a las mismas conclusiones.

—No lo creo...

—¡Mira! —lo interrumpió Cristina señalando a una mariposa que se había posado en una rama cercana.

—Se parece a las que viajan en la amphimoea.

—También es una esfíngida. Las amphimoeas son originarias del continente americano, ésta, la esfinge de las enredaderas, es europea.

—¿Quieres decir que hay más tipos?

—Por supuesto, se trata de una familia con más de mil doscientas especies.

—No puede ser.

—¿No me crees?

—Es imposible. En cada una de las naves sólo puede viajar un tipo de mariposa.

Los dos callaron. Por un instante, Eneas comprendió que tal vez aquella mujer tuviera razón. Tal vez todo hubiera comenzado en aquel planeta. Pero no, fue sólo un atisbo, la idea de la Evolución, del nacimiento espontáneo de vida era demasiado extraña y supersticiosa. Si en verdad existían todos esos tipos de mariposas, tenía que haber otra explicación. Quizá en la Tierra no hubiera aterrizado una sola nave, quizá a lo largo de los siglos habían sido varias las que habían llegado, y sus respectivas mariposas tótem se habían acabado hibridando dando origen a toda aquella vorágine de especies distintas y variadas.

X

INFORME DE LA COMISIÓN PLANETARIA ACERCA DE LA NAVE AMPHIMOEA

Elaborado y redactado por el doctor Gimeno

Tras un análisis exhaustivo de la Amphimoea, la conclusión más evidente es que su desaparición se debió a una falla en su sistema educativo y de consulta. Las esfíngidas habían sido dotadas de un sistema educativo automático a fin de que en las generaciones que deberían aparecer y desaparecer sin ver jamás la Tierra, no se perdiera nunca el vínculo con el planeta madre. La población esfíngida debía de asistir a recreaciones de los colores, sonidos, texturas, sabores y olores terrestres. Conocer su historia, su geografía y desarrollar el amor hacia la Tierra. De este modo se lograban dos objetivos primordiales para el éxito de la misión: primero, amortiguar el sentimiento de desarraigo de aquellos seres humanos, servir de salvavidas frente al vacío del cosmos, concederles algo a lo que aferrarse y que diera sentido a sus existencias más allá de la interminable tarea de la expedición. Y segundo, asegurarse la fidelidad y la voluntad de servicio. Este último fin no se puede considerar egoísta, ya que, en el caso de carecer de él, ni siquiera los oficiales esfíngidos serían capaces de ordenar sus pensamientos y sus objetivos, y acabarían cayendo en la arbitrariedad.

Parece ser que el sistema educativo de la Amphimoea dejó de funcionar hace más de novecientos años. O, lo que es lo mismo, dejó de funcionar cuando la nave apenas llevaba un siglo de travesía. Los propios amphimoeos corroboran este hecho con su registro, sin embargo no parecieron otorgarle la debida importancia, y en lugar de volver de inmediato, como hubiera sido preceptivo, decidieron seguir su navegación, y sustituir al ordenador por profesores humanos. En principio, la diferencia fue apenas perceptible, y la separación fue tan suave y paulatina que nadie la notó; pero a medida que pasaban los años y los siglos, los amphimoeos fueron desvinculándose de su origen terrícola hasta olvidarlo. El ordenador estaba programado para despertar en los amphimoeos el anhelo de volver; los maestros humanos, en cambio, acabaron por recrear un universo en el que nada era verdaderamente real, nada estaba vivo o tenía sentido más allá de las paredes metálicas de la nave. Por fortuna, el resto de sistemas, incluido el sistema de navegación que los ha hecho volver finalmente, han funcionado perfectamente durante todos estos siglos.

Observación final: Esta comisión no se cree con autoridad suficiente para emitir opinión alguna ni en lo referente a la afectación psicológica de los individuos, ni en lo referente a la complejidad sociológica de la microsociedad amphimoea por parecerle un tema demasiado arduo, complejo y sensible para el que serán necesarios muchos años de estudio y trabajo. No obstante, se ve en la obligación de recomendar fervientemente este estudio, ya que de él, de la comprensión profunda entre unos y otros puede depender la convivencia pacífica entre amphimoeos y planetarios.

XI

REAL INFORME DE LA COMISIÓN AMPHIMOEA ACERCA DE LOS PLANETARIOS

Elaborado y redactado por Su Majestad Halvorsen I, bajo el auspicio del profeta Nicasio

Los planetarios no son especialmente hostiles hasta lo que se ha podido observar; pero manifiestan un grado de desarrollo gnoseológico sorprendentemente primitivo. No creemos que puedan llegar a considerarse como una amenaza real a nuestra supervivencia, pero la ventaja que les da su número, y lo imprevisible e irracional de su conducta y sus creencias los hace peligrosos. Resulta sorprendente constatar que unos seres tan parecidos a nosotros en lo externo puedan, a su vez, ser tan diferentes en lo interno. Esta Comisión concluye que no se ha de confiar en ellos en ninguna situación de verdadera responsabilidad, por mor de evitar los indeseables efectos que de ello se pudieran derivar.

Tras todas las observaciones realizadas tanto en suelo terrícola como marciano, es fácil concluir que los planetarios son los descendientes de una antigua nave que debió de llegar a la Tierra mediante el mismo modo casi accidental con el que hemos llegado nosotros. Ésta es la ciencia y el conocimiento, a pesar de que ellos se nieguen a aceptarlo.

Se constata que han olvidado su origen, y han generado una extraordinaria mitología (aunque ellos insisten en llamarla ciencia), según la cual, su presencia en este planeta se debería a la evolución desde los más primitivos organismos unicelulares. Llegan a afirmar, incluso, la hilarante idea de que la vida surgió de la nada, de la energización mediante rayos, meteoritos y volcanes de una supuesta sopa orgánica primigenia. Aportan pruebas, como todos los pueblos primitivos hacen para afirmar la realidad de sus dioses y sus demonios. Pero a poco que han podido ser analizadas por esta Comisión, hemos comprobado que se trata de teorías autoconfirmatorias del más burdo estilo. Dicen, por ejemplo, que la evolución necesitó de millones de años para llegar hasta los animales modernos, y entonces utilizan rocas con caprichosas formas geológicas para justificar que ha existido un cambio desde esos supuestos animales primitivos hasta los actuales. Lo que es llamativo, es que la misma teoría que les sirve para emplear las rocas como prueba, les sirve para datarlas, entrando pues, en una argumentación circular en la que un mismo objeto sirve para justificar una teoría que debe justificarlo a sí mismo.

Observaciones: Algunos científicos amphimoeos han apuntado la extraordinaria apariencia física de los planetarios para hacer notar que tal vez puedan no estar tan equivocados como se piensa en sus ideas de la evolución y de la riqueza genética; no obstante esta comisión valora que juicios como el de extraordinaria apariencia física sólo pueden ser considerados como subjetivos, y tienen una explicación de carácter claramente psicológico (los planetarios nos resultan a nosotros tan exóticos como nosotros les debemos resultar a ellos).

Decreto: Yo Halvorsen I, Rey de la comunidad Amphimoea, declaro que los planetarios terrestres y marcianos no deben ser considerados enemigos de facto, aunque no se permitirá a los planetarios, bajo ningún concepto el desempeño de ninguna tarea de responsabilidad en la sociedad amphimoea. Y entiendo entre estas responsabilidades el matrimonio con amphimoeos, ya que para cualquiera de nosotros, un matrimonio parecido sería semejante a aparearnos con bestias.

XII

La comprensión había sido difícil. Mucho más de lo que lo hubiera sido de tratarse de un encuentro entre especies distintas, entre alienígenas provenientes de mundos aparte. Imposible hacer comprender a los viajeros espaciales que eran terrícolas en misión. Imposible para los terrícolas que comprendieran que eran amphimoeos sedentarios. La divulgación de los informes de sendas comisiones de investigación no había ayudado demasiado a la cordialidad. El informe amphimoeo se había redactado dejando de lado los pensamientos de los científicos disidentes, a los que sólo se mencionaba de pasada en el apartado de observaciones. No era un informe, sino una justificación política, y así lo habían hecho notar los principales científicos amphimoeos, entre los cuales se contaba Eneas. Habían protestado por las conclusiones excesivas que se habían extraído de la idea principal, la de que los planetarios eran descendientes de alguna misión fracasada. Ellos estaban convencidos de que era así, y de que las creencias planetarias eran primitivas y equivocadas; pero las conclusiones a las que llegaba el informe les parecían xenófobas. Poco a poco, la voz de los científicos amphimoeos se fue imponiendo por encima de la voz real y profética cimentada en el informe. Ante lo inevitable de la convivencia entre planetarios y amphimoeos se fue estableciendo un entendimiento suficiente para evitar la mayor parte de los conflictos. Con todo, las heridas estaban abiertas, y la desconfianza entre amphimoeos y planetarios nunca llegó a salvarse del todo.

Cristina y Eneas habían alcanzado entre ellos una comprensión más profunda que la de las mentes, a través de sus cuerpos; pero, en ocasiones, ni siquiera eso bastaba y era como si estuvieran más lejos de lo que jamás la Amphimoea había estado de la Tierra.

—No me crees. ¿Verdad? —dijo la mujer.

—Me gustaría, te aseguro que me gustaría; pero no puedo.

Cristina se acercó a la ventana para ocultar unas lágrimas de frustración. Eneas era un hombre inteligente, y sin miedo a las prohibiciones estúpidas (podían despedirlo de su cargo de científico jefe de la Amphimoea si su relación llegaba a conocerse); pero para algunas cosas era terco y estulto como una roca.

A lo lejos el sol comenzaba abrirse paso en el cielo, tiñendo las nubes de rojo sangre. Eneas se levantó, y le abrazó los hombros.

—No hay pruebas —susurró—, no es culpa mía...

—¿No hay pruebas? ¿Y qué son los rascacielos, las catedrales o las pirámides? ¿Qué son los fósiles? ¿Acaso puedes dudar de que tengan la edad que decimos que tienen?

—No. No es eso...

—¿Entonces?

—No tiene ningún sentido. ¿Aparecer aquí de repente? ¿Cómo? ¿Para qué?

—Ya te lo he dicho.

—Sí, la Evolución, se os llena la boca con esa teoría: millones de años de azar y locura para acabar escribiendo El Quijote por una panda de monos tecleando al tuntún. ¡Tú misma te has de dar cuenta del sinsentido!

Alzó la voz sin notarlo, Cristina había dejado de llorar, y ahora le sostenía la mirada con dureza.

—Explícame entonces, de nuevo, tu historia.

—Vosotros mismos reconocéis que llegaron otras naves antes que nosotros. Alguna debió de llegar aún antes de que vuestra historia la registrara, luego se perdió su memoria, y tuvisteis que inventar esa mitología de la evolución que me has explicado para comprenderlo.

—¡No es mitología, es ciencia!

—De acuerdo, ciencia, mitología... ¿qué más da? Es todo una mentira, un sinsentido.

—Lo que tú propones no es más que una variante de la teoría de la panspermia, no resuelve nada, no hace más que variar el lugar en el que se produjo el paso de la materia inerte a la vida, y de la vida a la conciencia.

—¿Pero por qué te es más fácil creer que se pudo dar ese paso, en lugar de creer que todo fue siempre como es ahora? Siempre hubo humanos, siempre viajaron en naves, siempre conquistaron algunos planetas y siempre olvidaron su origen...

—Claro, tu teología lo explica todo mucho mejor.

—Utilizas teología como si fuera algo peyorativo.

—Lo es. No hablamos de creencias, sino de hechos. ¿Cómo puede ser que seas capaz de comulgar con lo que dice ese loco de Nicasio, y luego me discutas a mí la teoría de la evolución?

—Se trata de cosas diferentes. Él proporciona consuelo y sentido, y todos sabemos que cualquier ciencia tiene que callar ante la pregunta última.

—De acuerdo. Nuestra ciencia calla ante lo que sea que lograra que se dieran las condiciones adecuadas, ante el mismo hecho de que las condiciones adecuadas existieran y dieran lugar a la vida y a la conciencia; pero explica cómo, una vez dadas, todo se desarrolla.

—No. No lo explica. Simplemente busca un hilo conductor como cualquier otro para dar sentido a vuestro olvido.

—¡Calla!

Cristina lo besó con ferocidad haciéndolo callar y él le devolvió el beso con premura, temeroso de que se le escapara, bebiendo de sus labios como si fueran una fuente y su cuerpo un manantial y un océano. Lo volvieron a hacer, a ratos cariñosos y suaves, a ratos garra y espada. Se perdieron en sus caricias hasta que el Sol alcanzó su cenit, y sus consciencias fueron capaces de tocarse de nuevo, más allá de la distancia, la longitud y el peso de las palabras, y entonces supieron la verdad, la ciencia y el milagro de la creación, el equívoco que los había llevado a pensar que ambos mentían, la locura que los había conducido a aquella discusión sin sentido.

XIII

La Amphimoea volvió a partir en su viaje hacia las estrellas. Muchos de sus tripulantes endémicos la habían abandonado, seducidos por los encantos de vivir en un planeta, y habían sido sustituidos por planetarios, encantados con la idea de embarcarse e inconscientes del arrepentimiento atroz que los corroería cuando la nave estuviera a años luz de cualquier sitio, solitaria en los oscuros vacíos interestelares. El equipo de gobierno de la Amphimoea se había visto obligado a transigir. El rey derogó las leyes que limitaban los derechos de los planetarios, incluida la que les prohibía casarse con amphimoeos. Sabía que era su única oportunidad, apenas llevaban un año amarrados en órbita alrededor de la Luna, y a cada día que pasaba, su reino se iba deslavazando más y más. Necesitaban volver al espacio si no querían desaparecer, aunque fuera con una tripulación formada en dos terceras partes por planetarios. A fin de cuentas, éstos también se mezclarían y se fundirían con ellos, y llegado el momento olvidarían la Tierra.

Pasaron mil años, y el recuerdo de la Amphimoea se fue diluyendo en el océano de la memoria planetaria. Sólo se seguía hablando de su historia en las escuelas. Las publicaciones especializadas se hacían eco, de tanto en cuando, de nuevos descubrimientos que habían quedado congelados en los datos que el ordenador de la nave había volcado en los ordenadores planetarios; pero la mayoría de medios guardaban un absoluto silencio. Poco a poco se pasó de la historia al mito. Transcurridos mil años más, sólo los mayores expertos en arqueoastronomía podían asegurar que aquella nave hubiera existido de verdad, que no era una simple leyenda. Su realidad se había comenzado a desvanecer como una sombra. Siguieron pasando los siglos, y se pasó de la leyenda y el mito a la duda, y de la duda a la mentira hasta que al final el recuerdo de la Amphimoea quedó enterrado bajo mil capas de olvido.

El mundo mientras tanto había comenzado a hundirse. La humanidad entró en una nueva era de barbarie auspiciada por la corrupción y la miseria. La Tierra perdió contacto con sus colonias. La tecnología se había convertido en demasiado cara, y los problemas de la metrópolis no permitían que ésta se preocupara de nada más que no fuera ella misma. Las colonias más alejadas fueron las primeras en caer. Abandonados a su suerte, los asentamientos en los satélites jovianos no resistieron demasiado. Marte y la Luna se pudieron mantener algo más, pero tras casi cuatro siglos de agonía, también a ellos les llegó su hora.

La locura se adueñó de la Tierra, y la guerra y el odio acabaron por cobrarse su presa sobre la menguada población. La tan temida guerra nuclear llegaba con varios milenios de retraso; pero al fin estaba aquí, había acabado por cumplirse y destruir a toda la humanidad en el Sistema Solar.

XIV

Cuando lo avistaron no lo podían creer. Después de más de diez mil años vagando por el espacio, acababan de dar con un planeta que parecía cumplir con todas y cada una de las condiciones necesarias para ser habitable. Era tan idóneo que resultaba sospechoso, y más, cuando el sistema de navegación automático de la nave los conducía de manera inexorable e irremediable hacia allí. Algunos de los mejores ingenieros de la Amphimoea trataron de alterar ese destino sin éxito. Era como si algo los arrastrase hacia aquel lugar, como si estuvieran atados a una cuerda infinita que el planeta fuera enrollando para atraerlos, o mejor aún, como si ellos fueran en verdad la mariposa nocturna que les daba nombre, y aquel planeta la única fuente de luz en todo el Universo.

© Raúl Alejandro López Nevado, (8.721 palabras) Créditos