CRONEN Y CREPÚSCULO
Antonio Santos

una historia de la frontera.

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1

El alto cielo está emponzoñado.

(¿quién lo desemponzoñará?).

y ni todos los vientos pueden limpiarlo, pese a la fuerza que pusieran en soplar los céfiros empeñados en aclararlo.

Legado de la catástrofe. Su terrible magnitud: arrasó el mundo.

Su secuela se extiende globalmente. Adquiere la forma de hollín y óxido pardo rojizo. Tiñe el firmamento, especialmente. El paisaje: nada en él promete piedad o esperanza. Sobrevives porque morir no es mejor.

El eco de la catástrofe perdura, vibrante, en la atmósfera. Un sordo rumor, de oleaje lejano en perpetua reverberación.

Los estampidos compiten con él. Pero no hay color.

El viento constante que sopla desde remotas guaridas daña. Proyecta ráfagas hirientes contra los ojos, recalibrados, e inunda las fosas nasales de escoria. Sus posos en los pulmones: humus para tubérculos cancerígenos.

El sol llamea como una gran ascua, inmersa en vapores mefíticos.

—Te toca, pececito.

La niña no tiene ni cuatro años y parpadea cuando rudas manos recalibradas la pescan del interior de la jaula, donde más cuerpos, andrajosos y desaseados, se acoquinan. La cesta abulta la parte trasera del voluminoso Rover artillado, un compacto monstruo/dino erizado de romos cañones y ametralladoras multitubo.

El suelo donde las manos recalibradas la dejan caer está saturado de sedimentos y aristas cortantes de metal y hueso. Rasgan su piel.

Su terror complace y excita a los rudos y toscos Mercenarios. Tropa particularmente salvaje, soez y aburrida, pone a prueba su puntería con los Miserables capturados. Buena forma de esperar la próxima guerra.

Siempre surge una.

Como toda partida de caza: hay copas y comida, enlatada, liofilizada, estéril.

—Corre —indica con afable hipocresía el Mercenario autonombrado Teniente—. Te damos un minuto de ventaja, ¿vale? —Grandes ojos humedecidos enfocan el tosco rostro recosido y regenerado con recalibrado de campaña—. Fíjate qué justos somos: alcanza aquél poste y ganas. Te acogeremos entre nosotros.

Una carcajada sarnosa, exprimida de pulmones de plástico y polímero de gel. Más mal recalibrado.

—¡Necesitamos otra puta! ¡Quemamos la última y siempre dos son mejor que una! —ladra el autonombrado Sargento, de mandíbula/barbuquejo chirriante.

Más malas risotadas.

El Teniente la obliga a correr pateándola.

—¡Corre! —grita.

Ningún Miserable enjaulado protesta; se limitan a esperar melancólicamente su turno. Protestar induciría a palizas. Despiadadas. A morir antes.

Y un minuto de vida, es vida.

Ese es el espíritu.

Ella: comprende al fin.

—¡Llega al poste y vives! ¡Así de simple! —insiste el Teniente.

El poste: erecto trozo de hormigón de un pilar superviviente a la catástrofe.

Rasguñado, herido por la erosión despiadada y la onda expansiva que cercenó y allanó todo el país. Un Arma T, quizás junto a una Teflón-Protón...

Es el objeto más conspicuo en kais a la redonda del paisaje color Marte. Otros exóticos fósiles destacan pero, siendo justos, el poste es objetivo razonable para la mugrienta putilla.

El Sol, luciendo tras un rasgón en el ondulante palio nuboso, arranca un destello al calibre blandido. Robusto, pendenciero; su pavonado delata un uso excesivo.

—Expira tu tiempo —musita el Teniente.

Los Mercenarios jalean: ¡CORRE, CORRE, CORRE! obligándola a obedecer.

El Teniente respeta el cómputo. La niña cae varias veces. Termina salpicada de su sangre. Calaveras semienterradas ríen sin humor el chiste de su muerte. Hay miles, por doquier desparramadas, semillas de futuros esqueletos, pero no personas.

—A pulso —propone el Teniente—. Démosle interés.

Desconectan los dispositivos de puntería que les hacen infalibles. Tampoco desean atinar a la primera. Es un día TAN aburrido... Despacharon los Miserables más interesantes. Sus vísceras están empanadas con el hollín.

Las balas silban sobre su cabeza. Alguna, muy cerca. Altos surtidores, llenos de escoria candente y lacerante, la contonean. Proyectiles sanguinarios DE VERDAD.

Disparan entre lingotazos de birras Viking en lata. Liberan risotadas dementes. Aciertan al poste, arrancándole gruesos fragmentos. Un impacto próximo la arroja al suelo, las mejillas heridas de metralla.

Su carita, tiznada y sucia, refleja inmensurable terror.

—¡Joder, nos la cargamos! —grita el Sargento—. ¡Con lo guay que era!

El débil movimiento de la niña al levantarse los impulsa a gritar ¡¡HURRA!! encaramados al Rover de colores mercenarios estarcidos por el maltratado blindaje.

La animan a levantarse y ¡CORRER, COÑO! cuando algo electriza el aire.

El repentino fenómeno crea violentas polvaredas, minitornados. Engullen a la cría. Su energía: paraliza.

Las cabezas de los Mercenarios, cuyos cascos están llenos de dispositivos no muy bien ajustados, zumban.

Supernova.

2

Cegadora, irritante. Funde sensores modificados en algunas retinas, de cabezas que no se giraron presurosamente.

El aura de plasma emite sierpes eléctricas. Ondulan buscando objetivos a matar.

Los Mercenarios se acuclillan tras el Rover, rogando paganamente protección a los Dioses del Rock y la Pantalla. La CultuPop en esta Faceta del Prisma Universo: aguda, pero las creencias, superficiales.

La poderosa onda expansiva ahueca pulmones y nucas; alza un vendaval.

Después, pasa todo.

El silencio se restaura (salvo el constante gemido del viento). Asoman testas. Los Mercenarios: necesitan cierto tiempo para empezar a asimilarlo... si pueden.

—Oh, tíotíotío —advierte un Cabo.

El globo de plasma contenía un tío en genuflexión. Viste de negro (de combate). Detalle: rostro tatuado.

Y vaya cara.

Quien lo ve bien es la niña. Yace en un embudo. Este desnivel la salvó del aura de plasma, del picoteo de las serpientes de energía.

El forastero exhala frío, uno como jamás sentirá. Ella tirita, mientras escamas de hielo se desprenden de él, fundiéndose en el caliente vidrio del suelo.

Esa cara: fue noble una vez; pero algo (o un cúmulo) la oscureció.

Es quizás la criatura más poderosa jamás concebida.

Pero está muerto. No respira.

* * *

—¿Qué ES? —el Teniente enfoca al tío con ojos telescópicos y sensores córneos. Escanean al hombre.

—Fiambre. Parece... congelado. A cientos de grados bajo cero. Sus células estarán reventadas. La criogénica fue una cagada —voz avinagrada de experto.

Una carpeta en el metacril cerebral barato del Teniente se abre, recordándole las fotos JPG de los astronautas, muertos, en sus cápsulas de hipersueño.

* * *

La niña oye la primera inhalación.

Profunda, analítica.

Me huele, piensa. Y con extraña madurez: Y calibra mi grado de hostilidad. Mi capacidad para dañarle.

La respiración se regulariza.

* * *

—¿Qué hacemos? —el Sargento da voz a los nervios colectivos.

El Teniente: calcula cuánto sacarían por el fiambre en una Comuna. Es algo raro, exótico, arqueológico. Ganarán un pastón.

—¿Disparamos? —el Cabo.

—¡No, capullo! —irritado, el Teniente gesticula—. ¡Dejadme pensar!

* * *

Párpados abiertos. Ojos gélidos y castaños. La enfocan.

Esa mirada: la asusta como nada pudo antes.

Cronen se endereza.

* * *

—¡AL LORO! ¡VIVE!

Se encaraman al Rover. Miran con detalle la figura cuya ropa emite vapor, al secarse sola. Sienten su escrutinio. Cómo traspasa sus cerebros, incrustándose en sus médulas espinales, tras sondear las inmundas cavidades de sus mentes.

—¡No me gusta! Al carajo la pasta. ¡Matadle! —El Teniente eleva su masivo rifle.

Activa el sensor de puntería de su metacril cerebral. Dispara. Le obedecen. Miles de proyectiles vuelan raudos. Oleadas de casquillos alfombran el hollín. Hormigas de metal pesado.

Cronen alza la mano. Inmoviliza las incontables balas en el aire. Parecen clavadas en gelatina. Da un revés con esa mano.

Los proyectiles, duplicada su velocidad, regresan.

Impactan en el Rover y algún Mercenario, arrancándole de cuajo órganos del cuerpo recalibrado. Sus camaradas ocultos tras el vehículo se acuclillan. La mortífera granizada perfora blindajes de metatitanio y ferrocerámica. Sale por detrás. Con tal impulso, que las balas queman el aire, chillando estridentemente.

—¡Más POTENCIA! —ordena atolondradamente el Teniente—. ¡Las Minigun!

No piensa en la eventual y centuplicada respuesta de Cronen.

Abruptamente, el Rover se sacude. Cruje, se bambolea, sus tripas mecánicas gimen, se levanta del suelo (totalmente increíble). Pedazos del blindaje, chatarra, varios artefactos, se desprenden de él. Gritos de los Miserables.

Cronen lanza el Rover a gran distancia. El brutal impacto lo desguaza.

Los Mercenarios corren y gritan. Experimentan terror medular en las meninges del cerebro, gelatinoso, infernalmente frío. Tropiezan con sus pies. Caen al hollín.

Algunos con mayor entereza: disparan a saco a Cronen. Las andanadas se abren como feas flores, aplastadas a corta distancia de él. Interesado por las armas, arranca una a un Mercenario, junto con los brazos.

Hemorragia masiva, alaridos fugitivos en la llanura de hierro.

Nuevas ráfagas impactan en su aura inofensivamente.

Al instante analiza y entiende el robusto fusil antirecalibrados de futurista y anguloso diseño. Dispara, saltando en pedazos sesos enfermos y malvados corazones de pestilentes Mercenarios.

Los supervivientes corren por la llanura. Alguno replica alocadamente al fuego. Otro con más entereza: ¡cuerpo a tierra! y tira. Cronen obtiene cargadores de respeto y ejercita su puntería, indiferente a la salvaje marea metálica que le orla.

Estallan sucesivamente cabezas. Su espeluznante sonrisa ratifica su disfrute.

Tanteo final: Mercenarios muertos, Cronen indemne.

De hondos estratos, insectos hambrientos, no especialmente carroñeros, salen a comer los sesos Mercenarios esparcidos por el hollín.

Cronen, apúntatelo, reemplaza el cargador.

Se gira. Encara a la niña, arrodillada, asombrada, con su harapiento y sucio vestido flameando con las rachas de viento, remarcada por polvaredas más o menos extensas y compactas que transitan aquél páramo.

Fija la cruz filar en la frente de la niña; entre las cejas.

Primera resistencia del gatillo, oponiéndose a la presión de su índice.

Debate consigo mismo.

Elimina esta miserable vida. Mira qué sitio. Un mundo atroz.

Pero Cronen tienes reglas: dejas uno para que lo cuente.

La niña respira despacito, mirándole fijamente.

El rifle cae al suelo.

3

Regresa. Enseguida: ante la niña.

Ella: no hace por huir. Ni parece temerle particularmente. Al menos, ahora.

—Me llamaron Cronen —expone, rudo. Incapaz de ser sutil, o amable—. ¿Y a ti?

Silencio; ella es todo ojos.

—Perfecto. ¿No tienes nombre?

Mirada. No palabras. Cronen: se resigna.

Extiende los brazos. Ella se acerca, permite que la coja. Y él se siente obligado a darle la mínima-nimia partícula de calor, supuestamente humano, que posee, enterrada bajo múltiples capas de adversas emociones.

—Te llamaré Crepúsculo. En honor al... entorno.

Crepúsculo indica el Rover volcado, tan similar a un estegosaurio. Uno muerto.

—Lo sé. Hay más como tú en la jaula. Pero decidí salvarte a ti. —Se miran—. Soy implacable. —La niña lagrimea en silencio. Apenas tiene cuatro años e ignora millones de cosas—. Leo tu mente. Bueno, deduzco por el aura electroquímica. Fui construido para ser imparable. Ni casi toda la Fuerza Olimpo pudo reducirme y aprisionarme en esa mierda gélida... —panorámica al mundo de hierro y firmamento color óxido— para mandarme aquí, sea donde sea.

Cronen se pregunta por qué no lo mataron.

No hacían eso: la vida es sagrada. Lo sabes bien. Infinitas veces te lo dijeron, muchacho, recuerda. Te dejaban las ejecuciones a ti.

No sé por qué no me llamaron, entonces, Tánatos. O Erebo.

Crepúsculo indica el Rover de nuevo.

—Víveres, agua. Los necesitas —interpreta él.

Llevándola en brazos, inmune al clima, al chasquido de los huesos humanos que aplastan sus botas, avanza. La deja en el suelo. Recoge un rifle.

En la jaula: caótica masa de carne gemebunda y huesos rotos, o astillados, de Miserables harapientos que agonizan. Fríamente Cronen los remata. Dos cargadores.

A continuación, se equipa. Fugazmente, lamenta su alarde de arrojar el Rover; ahora vendría de puta madre magistral. Percibe el campo electromagnético de esta tierra: jodido. Anula mi capacidad de vuelo... ¿o lo deterioraron a propósito?

Un brusco vahído lo tambalea. Remotas conexiones de sus nervios recalibrados fallan. Inoperantes sistemas, órganos defectuosos. El nitrógeno líquido me dañó. Estoy tocado, e incapaz de deducir si fue durante la captura, por cirugía posterior, o el frío.

La niña, a su lado, emite un calor radiante que logra recuperarlo. Se incorpora.

—Me repondré —asegura, sonriendo parcamente. Ella parece alegrarse.

Recoge el rifle, un pesado macuto atestado con raciones K, agua y un botiquín, cargadores, y alza a la niña sobre sus hombros. Avanza por la herrumbrosa estepa.

4

Ocaso: espectáculo sobrecogedor. La noche, llena de estrellas y polvaredas, pesadillezca. Hallan asilo en el descomunal resto de la carcasa de un Skyhigh estrellado.

Cronen logra prender fuego para cocinar. No necesita comer. Crepúsculo, sí.

La niña le mira muda, envuelta en una manta. Procede de un compartimento del pasaje. Ubicuas calaveras con ellos. Pero no tienen historias que contar. Ni ellos las buscan. Cronen abre una lata de ración K. Feo aspecto, apetitoso aroma.

El peso del dispositivo de Horseman IG de un solo uso entre sus dedos le hace temblar. Le teme. Vacila en conectarlo. Lo inhibe su contenido.

Capta cómo retumba el eco de la catástrofe, como si la atmósfera fuese un desmesurado y resonante parche de tambor, vibrando eternamente.

Lenta, meticulosamente, Crepúsculo come, indiferente a los ariscos perfiles de las sombras que las llamas proyectan en las curvas paredes acribilladas por la erosión del Skyhigh.

En ningún momento él sospecha que ella no hable su idioma.

Pero necesita hablar. Desahogarse. Compulsivamente.

Lo precisa el Cronen que fue bueno, pero que luego se maleó.

—Comparado contigo, soy obsoleto —entona—. Tus células son semiartificiales, pero efectúan tareas biológicas sin dificultad. Naciste así. A mí, me hicieron así.

Para crearme, mataron ciento cincuenta niños como tú. Huérfanos, ¿sabes? De madres yonquis y cosas así. Niños bastardos. No tuvieron una jodida oportunidad, ni compasión con ellos.

Los llenaron de ingeniería SLO, drogas, cables, aleaciones, plásticos y extrañas sustancias experimentales. Sustituían órganos por máquinas, ¿sabes? Y cuando el sufrimiento de los experimentos se hacía intolerable, los ejecutaban.

No tengo corazón, sino una máquina de diálisis y un reactor de hidrógeno que garantiza potencia por treinta años. —Pausa—. Ni puta idea de qué te hablo, ¿verdad?

Cronen experimenta desolación. Más aun así.

—Fue un palo leer esos informes. Ver mis radiografías. Posthumano de diseño. Pero no me quejo. En serio. Escapé bien. A Aqua y Phyros los putearon bien.

La niña: escucha. Atentamente. Parece.

—Me entiendes, ¿eh? —Cronen desea desesperadamente que así sea.

Crepúsculo parece asentir; gesto ambiguo, sobre todo.

Cronen observa el mellado casco y todos los orificios. Disparos de corrosión, por ellos sopla el viento con silbido maligno. Fuerza sus órganos recalibrados a crear valor. Y activa el dispositivo de holografía que le acompañó en el frío.

Genera un soligrama de la altiva Atenea, radiante, poderosa, nívea, cerca de ellos. La calidad de imagen: produce sombra. Pasmoso. La niña exclama asombrada.

Cronen carcajea de tal forma que la asusta.

La refugia en un abrazo que, pese a su tosquedad, desprende ternura.

Cronen ODIA a Atenea. Atenea: uranio enriquecido que quema su mente. Pura, distante, refulgente. Como una tripulante de la Enterprise. Sus perfectos labios articulan, en sonido DTS.

—Nos escogieron y recalibraron para proteger el planeta y a la Humanidad de graves amenazas. Somos Hijos del Sacrificio. Fruto del dolor y el esfuerzo global. La Tierra padece el azote de un terrorismo brutal e insensato. No son sólo bombas o disparos. Usan microtones y venenos en ríos, mares, embalses. Las cosechas. Quieren causar miles, MILLONES de víctimas. El tecnoterrorismo es un peligro inmensurable.

Lo has combatido. Es resultado de errores políticos del pasado, llevados a cabo por gestores necios, que ahora florecen vengativamente. Nuestra tarea es ímproba: hermanar la Humanidad, darles fe, confianza, esperanza, paz.

Y, especialmente: justicia.

Atenea hace una pausa, dramatizando, embutida en su reluciente coraza.

Para que él medite, quizás. Bah. Puta altanera, presuntuosa de mierda.

Crepúsculo deja la lata y bebe sorbitos infantiles de agua de la cantimplora, para asombrar al duro Cronen entonando.

—¿Y qué pasó?

forzándole a mirarla fijamente. No lo esperaba. Al menos, resuelve un dilema: habla.

Atenea hace un gesto y recaba su atención. Por supuesto. Era una especialista.

—Te has aficionado a matar, Cronen. Por encima de la ley, el deber, la necesidad. Sin motivo. Dicen que para ver sus caras agonizantes. O para saciar tu ego. No importa. Lo lamentable es que... fuiste uno de los Capitales. Pero algo te ocurrió, convirtiéndote en... el Enemigo.

—Leí los expedientes, zorra presumida —masculla al soligrama no interactivo—. Vi las tumbas de donde nacimos. Y quizás mi diseño poseía un defecto de fábrica no apreciado a tiempo. La ciencia no es exacta. ¡Soy prueba manifiesta de la ley de Murphy, entropía viviente, Segunda Ley de la Termodinámica en acción! Los chutes de endorfinas y serotonina que mi defectuosa sesera producía causaron desajustes en los dispositivos médicos de control. Quién sabe. Pero... ¿no sería que ¡me HUMANICÉ! adquiriendo más de sus miserias que de sus grandezas?

Atenea: nuevo ademán; apresa su atención otra vez.

—Toda la Fuerza Olimpo, especialmente el poder de Zeus y Tántalo unido, logró apenas retenerte para dispararte un proyectil de nitrógeno supercomprimido que te envolvió en hielo y frío, permitiéndonos tomar una decisión sobre qué hacer contigo.

Cualquier otro habría muerto. Tú sólo hibernaste. Y apreciamos una intensa actividad celular defensiva, restableciéndote.

Decidimos trasladarte al futuro, a poco antes de la explosión del Sol, pero podrías rastrear la línea electromagnética EspacioTemporal y regresar.

—¿No disponíais de ninguna Zona Fantasma, o Zona Negativa, cabrones?

—El Dr. Voivoda —el nombre causa sincero impacto en Cronen (¡pactando con el enemigo! piensa) — nos persuadió de que necesitaríamos menos energía y sería más seguro si te exiliábamos a un Universo paralelo, de donde no podrás regresar, pues se tratará de un impulso aleatorio. Irrepetible. Voivoda nos ha mostrado sus cálculos. Los Universos se mueven como los átomos, en trayectorias impredecibles.

Nos arriesgamos a lanzarte a un Universo donde adquieras un Poder Definitivo y nos invadas. Pero, lo más probable, es que aparezcas en uno cuyas leyes físicas te maten al instante.

Siento todo esto, Cronen. Sinceramente. Entenderás que el Mal no puede anidar entre nosotros. Somos incapaces de matar, incluso a alguien como tú. No te guardamos rencor. Hasta te deseamos suerte. Pero... esto parece lo mejor.

El soligrama de la Posthumana le dedica una última y arrogante mirada antes de desvanecerse. Jamás volverá a reproducirse. El aparato en forma de disco crepita, aplastado por la mano colérica de Cronen. Ah, si pudiera pillaros...

—¿No tienes casa, tampoco? —interpreta Crepúsculo.

—Jamás la tuve. Me engañaron, creyendo lo contrario.

Entonces, ella se acurruca a su lado (buscando afanosamente ese remoto átomo de bondad que él contiene) disponiéndose a dormir. Confunde al guerrero, pues todo él, y más en este momento, desea mostrarse frío, brutal, arrojarla lejos de sí.

Cometer atrocidades imposibles de disculpar.

Mas la arropa cariñosamente con la manta.

—Juntos —susurra— construiremos un hogar.


En Una historia de la frontera encontrarás este Breve Glosario para clarificar los distintos neologismos presentes en el relato parte de una precuela de mi novela RECALIBRADOS..

Además, esta breve nota sobre el universo de Recalibrados ayudará a situar el contexto.

© Antonio Santos, (3.698 palabras) Créditos