VÍCTIMAS
Antonio Santos

una historia de la frontera.

—El asesino.

—Jerry Lee Lewis.

—El forastero pelirrojo.

—Willie Nelson.

—El hombre de negro.

—Johnny Cash.

—El rey.

—Elvis.

Dama de Picas calló un momento para concentrarse en tomar la curva.

Viajábamos en un Trans-Texas de cinco años antes. Tenía algunas abolladuras y la pintura deslucida, evidencia de que era otra víctima del sol de Tejas que en esos momentos nos alumbraba. El fabricante prometía, empero, otra cosa: perdurabilidad.

Mintió. Falló.

Una polvareda se tambaleó desde el lado derecho de la carretera envolviéndonos en su seno. Frotó contra el chasis algunas piedrecillas y aulagas que había arrancado al paraje, que intentaba llegar a mañana como único afán.

Era un paisaje desolador para las almas cándidas y los soñadores, pero empezábamos a considerarlo, al fin, un hogar.

Llegamos a Tejas, ajá, sí, por fin, años después de cuando empezamos el viaje.

Originalmente, no estaba pensado ir a Tejas, Estados Unidos.

Lo de ir a Tejas era una de las tantas frases, del argot de los Últimos Cowboys, con cierto contexto histórico, para referir que te evaporabas, te quitabas de en medio, ibas a donde no lograsen encontrarte. Desaparecías.

El vagabundeo terminó llevándonos al Estado de la Estrella Solitaria.

Lo considerábamos lo suficientemente grande y desértico como para poder incrustarnos en su ecosistema y pasar desapercibidos.

Méjico estaba casi a tiro de piedra; cruzábamos la frontera con más frecuencia y facilidad de lo que pudierais creer. Teníamos claro que ninguna parte de la América hispana, o Brasil, servía de santuario. Error correr hacia allí, Logan.

Los dictadores bananeros Neo Rojos colaboraban muy estrechamente con el PragmaSoc y los Probetas, y nosotros éramos sus enemigos públicos número uno.

HomeCorp IG seguía enviando sicarios procurando localizarnos. Y si no era el dinero, o soborno, con la violencia encontraban a alguien dispuesto a delatarnos. En algunos casos, comprendías que la situación en que les ponían los obligaba a hacerlo.

Llevaba siete años huyendo del Estado; habíamos hecho tales contorsiones por el mapamundi que, a veces, me sentía totalmente descoyuntado. Con un esqueleto de huesos de goma.

No ayudaba a conciliar el sueño, pero podía adoptar las configuraciones más asombrosas con mínima-nimia facilidad.

A Dama le costaba más; seguía epatante, y rebasar la treintena la había colocado una especie de solemne/sobrio velo figurado que realzaba su atractivo.

A mi lado, conduciendo como un ama de casa que sólo pensara en cómo rellenar el pavo de Acción de Gracias con poco esfuerzo y el máximo rendimiento, no podías asociarla con la experta dominatrix al mando de su muy boicoteada web warra.

Lo que más me gustaba de Dama era cómo separaba ambas facetas de su existencia. Aun así, a veces podían coincidir en un apartado puesto fronterizo.

Y tremenda conjunción sucedía.

Evoqué Bolivia: sofocante trocha selvática.

Me aterró cómo se deleitó matando a aquél rural de fronteras; con esa expresión concentrada que la enmascaró, eso inorgánico que destelló en sus ojos castaños.

Se semejaban a los de la Bendita Bianca Beauchamp (¡aclamad a la diosa!).

—Madonna.

—La tentación rubia. Oye, no quiero seguir con esto. Tengo cosas en qué pensar.

—Concernientes al gato, ¿eh?

—Eh.

—No podemos hacer nada, Pequeño Joe.

—Claro que sí.

Dama me miró apartando un instante la mirada de la carretera.

A lo lejos divisamos una vieja camioneta modelo Jonathan Kent rojo anaranjado (otra víctima del sol de Tejas) que también hendía las polvaredas intermitentes que el desierto soplaba sobre la dilatada pista de macadán agrisado.

Espectrales granjas se perfilaban más allá.

Lugares abandonados que nosotros solíamos considerar un refugio.

Pasábamos con frecuencia noches escondidos en sitios así, huyendo de HomeCorp IG y sus perros comecojones de aterradores ladridos.

—Sé qué listo eres, pero no creo que ni tú logres salvarle... De esto, no.

—Lo haré.

—¿Cómo?

—Lo estoy pensando. Pero le curaré.

—Por eso has comprado esos manuales de veterinaria...

Lo confirmé con sencillo ademán.

Solía pasar así: algo me impulsaba a hacer una cosa, comprar determinado artículo, contemplar el destello del sol en el agua de un estanque; poco después, cierto artefacto aparecía en el tablero de dibujo o el programa adecuado.

O solucionaba un problema que tenía a Bujías, mi maestro hacker, estresado.

—A veces logras asustarme —aminoró un momento conforme la camioneta se acercaba, y en su rigidez entreví cómo su instinto de supervivencia se ponía en ON; una vez nos dispararon desde una furgona de UPS IG. HomeCorp IG refinaba sus procedimientos, y NADA nos parecía tan inocente como sugería. Nunca mirábamos los cochecitos de bebés: podían estallarnos en pleno rostro. Empuñó la Millenium que tenía junto al freno de mano. Tomé la culata de la Eagle Commander (que yo llamaba Mander) en réplica a la tensión que iba agarrotando a Dama—. La seguridad que dimanas en esos momentos... tu rotundidad... Te hace mucho más adulto. Incluso para lo que debiera ser un hombre maduro.

Es como si te asomaras a Dios sabe qué abismo y lo que ves allá, en el fondo, te transformara. —Pausa—. Asustas.

—La Fuerza es intensa en mí —bromeé—. Entra las respuestas en mis sesos, y sé qué hacer.

—Y ¿debes poner esa cara? No soy la única a la que asustas.

La Jonathan Kent pasó a nuestro lado. El runrún de su planta motriz de gel: informaba que estaba averiada.

Su conductor se inclinaba sobre el volante como si fuese miope absoluto.

E inofensivo. Uno, al menos esta vez.

Empezamos a relajarnos, mas Dama siguió vigilando por el retrovisor interno.

El vehículo seguía a su destino, cualquier faena agrícola.

Esa expresión: me la habían visto, por primera vez, pocas horas después del asesinato de mis padres. El tanquista la descubrió, y Aouda Becker no pudo evitar reflexionar también sobre ella, a su manera, con palabras igual de sombrías.

Cuando adquiría esa faz me abstraía totalmente del mundo.

El Cosmos podía desgarrarse a mi alrededor que no me alteraría en absoluto.

Sólo una vez resuelto el problema, presentando la solución a un vasto océano de escombros, comprendería qué pasó.

Conforme crecía, se acentuaba y Dama llegó a decirme que atisbaba hasta cosas malas en mis rasgos. Una impiedad superior a las más inhumanas acciones. Ignoraba hasta qué punto mi falta de compasión vendría bien a la guerra que estábamos librando contra el PragmaSoc y los Probetas. Nosotros teníamos principios; ellos, no.

De momento, Pekín no podía restablecer su suministro de agua por medios artificiales. Les tenía bien jodida la mecánica a base de mis virus de computadora.

Bujías no podía creer que un chaval como yo (con la pinta de Edward Furlong en Terminator II) lograra tales cosas: boicotear la seguridad de HomeCorp IG, hacer peligrar Atalanta, el bastión de los Probetas en órbita terrestre, desviar las lanzaderas a Marte estrellándolas en la Luna, eliminar la cotización en Bolsa de las IG o ZB que descaradamente colaboraban con el PragmaSoc, putear las webs de los Junkers...

Me divertí bastante puteando el mensaje de saturnalia de Roderick S. Difundido al mundo entero por las grandes pantallas que cubrían algunas fachadas. Sí, ¡seguro! Toma dibujos animados.

Pero tuvimos que largarnos de San Carlos, aquél refugio de entonces, a toda velocidad: los perros comecojones informáticos instalados en metaNET pudieron dar con mi IP y lanzaron un contingente físico de mercenarios en H Negros y Truenos Azules (pareció una secuencia de Apocalypse now) contra la población costera.

Huimos porque conseguí hackear sus comunicaciones, contaminándolas con consignas confusas. Los demoraba.

...y volviendo al tema: el gato siamés del tanquista, que heredé, tenía cáncer.

Un bultito, inofensivo en apariencia, lo estaba comiendo.

La veterinaria lamentaba tener que informarnos que lo mejor era dormirlo.

Un carajo. Prometí no dejar JAMÁS a ese animal.

Nadie moriría mientras yo pudiera impedirlo.

... ¿ni papá, ni mamá, ni Aouda, ni el tanquista...? ¿Eh?

No tenía edad, ni esta facultad de ahora. Este reproche, no vale.

El gato estaba echado dentro de su caja. Realmente, no tenía ganas de nada.

—Lo curaré.

—Es el cáncer, Pequeño Joe. El peso pesado definitivo.

—Lo noquearé.

—¿Ves? No pareces tener trece años. Hablas como un científico centenario.

—Descuida: no dejaré que, mientras tanto, bloqueen tu web warra.

El sado será distribuido. El mundo lo necesita.

—No vuelvas a hablar así.

Entendí su duro tono de reproche al instante.

La molestaba muchísimo que yo supiera a qué se dedicaba.

Pero nunca tenía reparos en presentarse de faena en mi habitación quejándose de que Pekín había jodido de nuevo las IP, y no podía distribuir su sado ´por demanda´.

Lo que no permitía, pero JAMÁS, era que la viera trabajar.

Impedía activamente que conociera a sus clientes. Se encabronaba que daba miedo cuando decidía husmear por la mazmorra.

Bujías me sacaba casi a tirones de orejas de allí. Luego, ¡qué bronca me echaba!

Compartimentaba esos mundos y fieramente protegía las fronteras. Sí, sí.

—Vale.

Me miró de soslayo. Distante estaba ya Buen Rey, donde nos aprovisionábamos.

Buen Rey: un puñado de casas de fachadas blancas, un cine cerrado, y más techos aplastados con montones de parabólicas que husmeaban el alto cielo, buscando el satélite que emitía Canal Reposiciones entre todos los vientos.

Ese canal estaba bastante libre de la basura de Propaganda, y apenas sufría la censura de las Imelditas.

En el mp3 del Trans-Texas sonaba Material girl. Inmortales 80 Forever.

* * *

Tenía aspecto lánguido-plano; mas atisbé qué mujer llegaría a ser.

Se fraguaba debajo de su soso vestido barato y la desteñida chaqueta vaquera de puños raídos.

Lucía lacia cabellera castaño claro y había dudado un rato antes de sentarse a mi lado, andando distraídamente por el patio del rancho donde vivíamos.

Dama lo compró por un puñado de KS. Instaló cosas nuevas, cambió otras.

Acondicionó un viejo refugio nuclear para mazmorra, y me mandó al otro lado para que no viese qué coches venían con gente para sufrir, en su piel, la ´caricia´ del látigo de pelo humano que ella se hizo en la Guerra de las Dunas.

Pelo humano auténtico: cabelleras de los Turbantes Locos que mató allí.

Bujías tonteaba con una de las chicas. Todavía no tenía que entrar a trabajar. Las conocía a todas. No lograba compaginar el que, durante la cena, o el desayuno, libando un cóctel, estuviesen con aquél rollo civilizado y hasta pastueño.

Y, de golpe, Dama las hacía chillar, de aquella manera.

Pasado el rato, hala, a recuperar la vida común. Aquí no ha pasado nada.

No: esa mecánica seguía siéndome inaprensible e incomprensible.

La chica me miró. Estudió mi pinta de pasota anarco John Connor juvenil, leyendo con absoluta concentración un grueso texto como la guía videofónica.

Cada día, el cáncer mataba un poco más a mi gato. Tenía aferrada la mano de la muerte (para mí, adicto a Canal Reposiciones, no era un esqueleto, ni mierdas góticas de ésas: era Ellen Muth, interpretando a Georgia Lass) y tanteábamos nuestras fuerzas.

De momento, Georgia iba ganando.

Pero intuía que por poco tiempo ya.

Era un solano día frío. El viento dejaba tranquilitas las polvaredas.

Las placas solares que había optimizado rendían kilovatios bestiales. De vez en cuando, la parabólica rotaba, zumbando ligeramente. Buscaba el satélite oportuno para emitir la sesión a la que Dama sometiese la carne de alguien.

—Hola.

—¿Qué? —esto, cuando reparé en la existencia de la chica; su voz.

—Hola. ¿Quién eres?

—¿Y tú?

Recelaba. Acostumbraba a hablar con adultos MUY PELIGROSOS.

Rara vez me mezclaba con chavales de mi edad, o algo mayores, o niños. Y jamás con Junkers. En todo humano presentía amenaza. Pero si la chica estaba allí, era porque superó todos los filtros. Aun así, la desconfianza era automática en mí.

El tanquista habría actuado así. De él, por cosas que Dama me contó, aprendí a proceder de este modo.

Aouda supongo que la habría tratado con amabilidad al momento.

Pero Aouda era todo calor, amor, luz. Dama era disciplina, un cariño más seco.

Curiosamente, su forma de ´amar´ carecía de maldad, pese a parecerlo.

—Pues... verás... Mi hermana está... bueno, ya sabes —explicó apartándose lacios mechones de cabello del rostro, moteado de pequeñas pecas. Qué diferente era a las Junkers Novias de la Muerte Imelditas—. Así nos ganamos la vida, ¿sabes?

—¿Quién es tu hermana?

—Hot Gates.

—Ah.

—¿La conoces?

—Conozco a casi todas las dóminas, sumisas y fetish model de este lado del ancho mundo. —Miré al desierto. Su frío se enquistó en mi mirada—. Pero no a los tíos.

Los odio.

—¿Por qué? –juntó las rodillas sintiéndome MUY INTERESADA por mí.

—Hieren queriendo. Eso no forma parte del juego.

—Para ti, ¿ eso es un juego?

—Claro. —Sólo así me permitía Dama entenderlo. Era algo que, a su vez, había aprendido de la Bendita Bianca Beauchamp—. ¿Tu hermana está ahora abajo?

—Sí. Con un tío, como les llamas, y Dama de Picas. No me has dicho quién eres.

—Soy el hermano menor de Dama. —De eso íbamos por el mundo.

—No sabía que tuviera un hermano. —Pausa. Agregó—: Soy... Crepúsculo.

No me importó que me diera su nick. ¿No era el mío ´Pequeño Joe´?

En este mundo, hablábamos así. Los Últimos Cowboys (los supervivientes) procedían de ese modo, y veía natural ser llamado por un alias.

Que alguien me dijese me llamo fulano de tal era un sigul de peligro para mí.

Me presenté, pues, con mi nick, sintiendo un leve enojo con la garla.

Estaba estudiando, cojones.

Mi gato dependía de mí.

—Es raro ver gente con libros —apreció Crepúsculo—. Los que no han quemado, los chinos han prohibido tenerlos, ¿sabes, no? ¿Qué lees?

—Veterinaria —mostré la ajada cubierta. Los chinos; así supe que Crepúsculo no estaba en la pomada. No era una Cowgirl, ni estaba relacionada con nosotros. Los hubiera llamado limones.

—¡Qué guay! ¿Quieres ser veterinario?

—Mi gato tiene cáncer. Voy a curárselo.

—Sólo los Purificados pueden curar el cáncer. Pero no a gente como nosotros... sabes, los Impuros, los Rechazados... —Crepúsculo se entristeció, pero sin entender la causa perfectamente. Era algo que oía en sitios, y nutría su conversación—. Y no creo que ellos quieran curar tu gato. Hay un Protocolo de eso...

—Lo hay de todo. Pero no los necesito para nada —expresé con reprimida cólera y odio en la mirada—. Lo haré solo.

—No puedes —a Crepúsculo la impactó mi madura rotundidad.

—Claro que sí.

—Te quedas conmigo, ¿no, tío?

—Soy tan sincero como la muerte y los impuestos.

Ella hizo un exagerado gesto de asombro con la cabeza.

Me creyó loco, fijo. Salvo Bujías, todos los demás pensaban que se me había ido definitivamente la olla. Qué pena. Tan joven...

Derrotar al cáncer era un triunfo que sólo podían atribuirse los Probetas. Jaja.

—Es bonito tu nick —esto, elogié. (Me pareció oportuno, ignoro por qué.).

—¿Te gusta? —Brilló su mirada, reemplazando las previas emociones adversas.

—Es alegórico.

—¿Qué significa eso?

—La raza humana original desaparece, sustituida por engendros de probeta.

Y durante el proceso nos exterminaban con su puto Protocolo Pabellón Once o lo primero que se les ocurriera. Crepúsculo, aprecié, no quería hablar de esto.

—¿Entiendes algo de lo que lees? — ¿Veis? Cambió de tema.

—Tengo un buen diccionario para consultar las palabras complejas —lo mostré: era otro tocho avasallador y la impresionó. Parte de mí empezó a sentir curiosidad por esa faceta del mundo que me era casi del todo/completamente desconocida: vivía entre panoplias de FRENTE, computación Terwilliger, huidas a media noche en veloces deportivos Relámpago Rojo o Azul, vuelos en H Negros propiedad de los Barones de la Droga, o robados a las fuerzas militares bananeras, metido a empujones en despachos de sex-shops donde Dama pactaba negocios o compraba artículos, apremiado a NO VER NADA ni SABER NADA de todo eso. Mi virginidad, mi integridad, mi orientación sexual definitiva, mis fetichismos, me explicó Dama una vez, y venía en plan guerrera, revestida de su vistosa parafernalia dominatrix, debía ser algo que eligiera sin presiones ni influencias externas. Dama temía que me transformara en un pervertido. En un tío. Por eso evitaba presentármelos. Así, había desarrollado aquél odio por ellos. Y me gustaba—. Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

—Como mi hermana, o la tuya.

—No, en serio. Eso es el juego. No la vida.

—Mi hermana vive así. —Lo veía bien.

—No debería. Dama... mi hermana, no vive así. Le dedica un tiempo, no el día.

—Pero nosotras, sí. Y Dick dice que ya debo empezar a acostumbrarme a esto...

—¿Quién es Dick? —Un tío, intuí, envarándome.

—Quien nos cuida.

—¿...pariente?

—Algo así.

—¿Te ha tocado?

Crepúsculo me enfocó de forma singular y, a continuación, desvió, con la misma vehemencia, la mirada. La hizo vagar por todos aquellos kais de graves planicies.

—Adiós.

Se levantó con cara grave y algo cenicienta. Fue hacia donde estaban los coches estacionados. Emociones que hasta entonces nunca habían burbujeado en mi interior empezaron a hacer plock, plack, pop, enquistando cierto cuchillo en la mirada.

Observé su lánguido caminar, su chaqueta vaquera al menos una talla mayor, su falda de pobretona, sus Nuke IG avejentadas, cómo su pelo se agitaba merced al viento.

Me soslayó un instante; la tristeza inundaba sus ojos.

Un tío estaba llamándola; había salido del búnker. Lo ODIÉ al instante.

* * *

—¿Qué te pasa?

—Una niña rondaba por aquí.

Dama había acabado el juego. Vestía de persona normal.

Cenábamos. Hamburguesas Johnny Bravo. O lo intentábamos. Había dado las Pastillas Potentes al gato y quería tenerlo conmigo todo el tiempo posible. Percibía mis anhelos, y se aferraba a mí como si fuese su verdadero baluarte contra la muerte.

Joder, ¡lo era!

—Un tío la toca —agregué, cavernoso.

—No es asunto tuyo —Dama escudriñó el metacril. Reponían Bonanza. ¿ Quizás lamentaba esta cena en el cuarto de estar en penumbras?

—No vas a tocarla, ¿verdad, Dama?

Su silencio enquició una sombra de dómina en su rostro. Pero esta vez decidí arrostrarla, pese a que, cuando se enmascaraba con ese semblante, me acojonaba vivo.

—No es mayor de edad. Nosotros no hacemos esas cosas.

—¿Quiénes son nosotros?

—Los Últimos Cowboys.

—Salvo tú, Bujías y yo, no quedan más en todo el ancho mundo. Y su retórica romántica ni pone comida en la mesa... ni golpea a los limones y Probetas como pensamos hacerlo, Pequeño Joe.

—El tanquista no lo hubiera permitido.

—No le metas a él en esto.

Llamearon sus ojos de tal modo que me aterró. Relegaba a la mujer que por mí se desvivía, amándome a su modo un poco severo, pero sincero y sin duda generoso, desprendido, dando paso a la otra, la que mató a latigazos a un ejecutivo ejecutor.

Lo mondó, dejando la osamenta desnuda.

Había olvidado que ella luchó en las Dunas. Y podía matarme de quince formas inimaginables. Era como el Batman de Frank Miller.

No debí mentar al tanquista, por supuesto.

Pero él era mi baremo moral, y sabía que esto le hubiera repateado.

Además, llevaba años viendo westerns MUY SELECTOS donde se me predicaba cómo comportarme en según qué situaciones. Asistía a reuniones con terros y Barones de las Drogas, gente de Extrema Der muy chunga y traficantes de armas con vicios repulsivos. Fingían combatir por la libertad. Una mierda; iban por el dólar. El porno.

Mi mundo no era el de Harry Potter o los críos de Las crónicas de Narnia. Iba a todas partes con un Mander de 10mm. FRT y tenía buena puntería.

Aprendí a montar y desmontar un WAC a la edad en que muchos niños lo más que saben es desembalar las cajas de sus juguetes por sus cumpleaños, porque ya no había ni Navidad, ni Reyes Magos, merced a las Persecuciones Cristófobas.

—No la toques; tú, no, Dama.

—Este tema está zanjado. Haré lo que deba.

—Vale.

Dama entornó los párpados intentando mensurar la intención de mi réplica.

* * *

Dick parecía sacado de una novela de James Ellroy, uno de esos secundarios con pinta desastrada pero que se creen el rockanrolla 1955.

Su vago rasgo rockabilly desvirtuaba a Ford Fairlane.

Su abierta camisa estampada mostraba su vello pectoral veteado de canas. Una cadena dorada rodeaba su cuello. Se movía como perdonándote la vida.

Fumaba Mors Certa (cagándose en el Protocolo Trinidad) y miraba con aire superior a través de sus estilizadas Roy Orbison de Ray Ban IG el ancho mundo.

Hot Gates: tela de buena (siempre lo ha estado).

Ese día trasuntaba ser Marilyn Monroe, Diosa de la Pantalla que detesto. Por su espléndida exuberancia, costaba un huevo creer que Crepúsculo fuera su hermana.

Se habían acercado al porche. Estaba leyéndome aquél manual sobre nanobots.

Oía en mi mp3 Hardline (Waylon Jennings). Hot Gates me besó nimbándome con su perfume y el calor de sus labios plenos; ¡qué adorable sintética era!

—¿Tú eres el hermanito de Dama?

—¿Tú eres Dick? —Parecía Joe Pesci en Uno de los nuestros, pero en alto.

—Así que tú eres el coquito del grupo. He oído leyenda urbana sobre ti.

—Y yo de ti. —Mi hostilidad lo tenía algo descuadrado y así escoró un poco más.

—¿Está tu hermana? —Se forzó a centrarse.

—Espérala lejos de mi casa. Ellas pueden quedarse. Tú, no.

—¿Qué te pica conmigo, renacuajo?

—ODIO a los.

(tíos).

chuloputas como tú.

Reaccionó como si le abofetease. Con rictus tenso y enojado, deslizó la diestra hacia la parte trasera de sus pantalones color crema. Desplegó una navaja barbera.

—Tranquilo, Dick, por Dios —exclamó Hot Gates retrocediendo, espantada. Tal ánimo impregnó a Crepúsculo—. ¡Enfadarás a Dama de Picas!

—Ningún medio mierda me llama chuloputas impunemente...

Le encañoné con el Mander al pecho. Palideció súbitamente.

—Vive de tu trabajo, cabrón, no de explotar mujeres.

—¿Estáis viéndolo? —aulló reculando, y según salía al sol que bañaba el terreno ante el porche, me levantaba con el arma apuntando a su corazón. ¡Cristo! Juré que si daba un paso hacia mí vaciaba el cargador en su torso—. ¿Lo estáis viendo? ¡El cabrón me amenaza con un hierro!

Siguió gritando, elevando el tono de voz y las amenazas. Hot Gates trató de aplacarlo con palabras amables y promesas de practicar cosas sexuales inmundas.

Crepúsculo me miraba asombrada. Como si, inesperadamente, hubiera hallado a su paladín ¡en mí! Lo que la hechizaba era, por supuesto, mi mirada de los mil metros de adulto anticipado, la concentración de mi rostro.

El tanquista hubiera reventado de orgulloso viéndome.

Bujías apareció abrochándose los pantalones. Procuró poner paz, mientras Dick enrojecía blandiendo la navaja arriba y abajo. Destellaba al sol como plata que mata.

Bajé el Mander para no herir a Bujías accidentalmente.

—Esto puede traerte problemas —profirió Crepúsculo.

—No creo.

—¡Ven aquí, hijaputa! —llamó Dick con coléricos gritos y aspavientos feroces.

—Debo ir.

—No. Si no quieres, no.

—Para ser lo que quiero, Joe, debo ir.

Primera norma de los Últimos Cowboys: no interfieras. Déjales vivir.

No importa qué consternación te produzca.

Siempre luego podremos calentar hierros y deslizar sogas por sus cuellos.

Si no podemos salvarles, les vengaremos.

Recuperé la lectura del manual de nanobots. Cada segundo que no estudias, das ventaja a la muerte, me discipliné, procurando ignorar los gritos de Dick. Resonaban en la explanada solana.

Salió de la casa la chica con la que Bujías estaba socializando. Sintiéndose en familia, sólo vestía sus tatuajes no cinéticos.

Otras cosas me impedían deleitarme con tal monumento en ese momento.

—¿Qué ocurre, Pequeño Joe?

—Dama te azotará DE VERDAD si te pilla hablándome en bolas.

—Hostia, sí. Pero ¿qué ocurre?

—Nada.

Su instinto la hizo comprender que era mejor dejar de barrenar. Volvió dentro.

Dick siguió gritando, cerca de su Viva Las Vegas de pintura clara.

* * *

—Estás tonto, ¿no, tío? –Dama se apoyada en el frigorífico Chili Willy III con imanes de Superman y otros mendas de DC Comics (tebeos extintos; los quemaron al considerarlos literatura patriarcal machista) pinzando notas en post-its que perdieron el adhesivo. Acariciaba al gato mientras le daba sus medicinas. Su tono, sereno y frío, era la fusta que usaba conmigo—. ¿Qué te ha dado?

¿Te has enamorado de esa chiquilla?

—Pensáis hacerla algo malo.

—Sí. Pero ganaremos un montón a cambio.

—No me has educado así —y la llamé por su nombre. Era otro sigul de qué serio consideraba el asunto.

Aceptó mi flagelo verbal y deslizó la mirada por la cocina.

—La culpa es mía, en efecto, al final —exhaló con fría resignación—. Eres un genio precoz. Nadie en toda la Historia ha sido más listo que tú. Tienes alucinado a Bujías con lo que haces con las computadoras; has entrado en FUERZA como ningún hacker pudo antes, sobreviviendo a los de HomeCorp IG.

Has viajado en helicópteros de combate, en blindados de FRENTE, vivido en mansiones de narcos. Mi trabajo es causar ese dolor a personas que lo necesitan para sentirse vivas. Me ves con indumentaria no apta para menores.

—En los cómics salen así...

—¡Cállate! Estoy hablando YO.

A veces, en la mesa, hablamos de cosas que deberías tardar en saber. Por aquí se pasean esas golfas en pelotas, porque te tienen tan incrustado en sus mentes que no ven en ti un crío, sino un adulto de pequeña estatura que no las bordea.

Eres como nuestra mascota. Nuestro gato.

Tu coco funciona a velocidad luz, superándola en cinco puntos. Casi nunca sé qué mierda piensas. Todo eso ha construido una personalidad inédita. O eso creo. La psicología que estudié no llega a tanto.

Pero, esta vez, lo que hay que hacer es imprescindible.

—¿No hay otra forma?

—¿Alguna vez te he mentido? En cosas serias. DE VERDAD, quiero decir.

—Jamás.

—Pues esta vez, no hay otro camino.

—Debe haberlo, Dama, ¡lo encontraré!

—Ni tú puedes, en serio.

—Dime cuál es el problema, ¡y lo solucionaré!

—Oh, mi pequeño Tony Stark... —Dama sonó TAN triste—. ¿Te has enamorado de ella? —repitió con dulzura. Cuando se ponía tierna y comprensiva, pocas mujeres en el mundo podían superarla en amor. Solo Aouda. Y así sí que conseguía cosas de mí.

Me había educado de forma que la zalamería femenina no me afectase, evitando, de paso, que me comportase como un tío. A cualquier tía que quisiera sacar algo de mí, pagándolo con sexo, debía despreciarla, desconfiar en realidad, al instante, de ella.

Pero Dama sabía qué resortes tocar para obligarme a colaborar con ella. ¿No era, acaso, mi madre adoptiva, aunque se comportase más como mi hermana mayor?

Sondeé mi interior conforme el ocaso extendía una pátina dorada por la pared opuesta a la que yo estaba. Don´t give up sonaba en el hilo ambiental de la casa.

—No –descubrí al fin, enfocando a Dama—. Es otra cosa. Evitar que sufra daño.

Dama se alejó del refrigerador. Se situó ante mí. Aspiré el limbo de su perfume.

Creí que iba a acariciarme la mejilla afectuosamente. Pero posó la mano en mi hombro. Comprendí que me trataría como a un adulto, un camarada del frente; cualquier otra cosa habría sido insultante para ambos.

—Luego, me odiaré el resto de mi vida, te lo juro, pero esto, hay que hacerlo.

—Haréis una de esas películas de asesinatos, ¿verdad?

El abatimiento impregnó su mirada. Me hendió tal congoja que cerró la tráquea.

Me aparté de Dama, repudiándola como a un terrible monstruo de bella carcasa.

De inmediato, aterrado, cacé a mi gato y salí de la casa. Buscaría un lugar donde no tuviera que sentir la presencia de aquella mujer NUNCA MÁS.

Las primeras estrellas contemplaron mi doloroso llanto. Agitaba mi pecho.

Dios mío, ¡Dama de Picas NO PODÍA ser así!

No era el juego, ¡tramaba un BRUTAL asesinato!

Un pequeño maullido me recordó que, en este ancho mundo, no estaba solo. Pero que, en breve, podría estarlo. ¡Tremendo miedo me galvanizó!

Los coyotes rondaban por allí. Pero tenía ese chisme que había inventado y los alejaba usando una onda Penfield IG especial.

Permanecí esa noche en aquel montículo.

* * *

Evité a Dama días. Había construido en el sótano una fortaleza de la soledad que, por extraño impulso que caló potente mis sesos, llamé Rancho San Brandán.

Bujías: único lazo que me unía con el exterior.

—¿Cómo está tu gato?

—A punto de curarlo —le miramos dormir sobre el catre del rincón.

—Te faltan las herramientas que tienen los Probetas para hacerlo, tío.

—Estoy construyéndolas.

—¿En serio? ¡Flipante! Oye, ¿cuándo piensas volver arriba, a hablar con Dama?

—El robot virtual que diseñé sigue impidiendo que los limones boicoteen su web warra, ¿no? Pues que la den por culo, ¡para variar!

—Cuidado, Pequeño Joe, o te azotará por primera vez. Y hace que duela.

—¿Han matado ya a la chica, a Crepúsculo? —espeté rudamente.

—Tío, no me preguntes esas cosas. Sabes que sólo las veo vestirse de látex. —Se había puesto tope nervioso. Me miraba como a una joven amenaza ingobernable. Veía mis manos sobre el teclado virtuRE, como dispuestas a desencadenar el apokeclipse. Se resentía FUERZA bajo mis ataques, y no estaba lejos el día en que adquiriese las claves de los conmutadores de lanzamiento de las Armas Teflón-Protón—. El juego tiene fases. Yo ni estoy en la escala más básica. A nosotros dos —en tono CONFIDENCIAL— nos va la sicalipsis, no las cosas crudas que practica Dama, ya sabes.

—Saldré de aquí cuando cure a mi gato.

—Vale. ¿Tengo tu palabra?

—Puedes jurarlo —y chocamos las palmas, sellando el compromiso.

—Déjame ver esas herramientas...

Le mostré los diagramas básicos del nanobot que iba a curar a mi gato.

Lo flipó el Blu Ray Plus.

* * *

—Dama.

Se agitó un poco en sueños. No dejaba a sus amantes dormir en casa. Yo prefería que fueran mujeres. Me revolucionaba pensar que un tío la tocara.

Admiré, indiferente, su hermoso y sinuoso trazo en la cama, bajo las sábanas.

—Dama. —Acaricié la cabeza al gato y me obsequió con un ronroneo.

Una luz apenas gris entraba por las ventanas del fragante dormitorio.

Un nuevo día se abría paso por el alto cielo empujado por todos los vientos. Una escuadrilla de Truenos Azules estaba de maniobras a unos cincuenta kais de Buen Rey, cerca de la frontera con Méjico. De vez en cuando les veíamos sin necesitar prismáticos.

Esa noche habían estado luchando de mentirijillas. Les estuve observando desde el montículo rodeado de coyotes, contenidos por la barrera de la onda Penfield IG.

Lanzaban cohetes, los focos tanteaban la negrura, sus sensores apoyándolos, las microondas de sus comunicaciones, que podía captar con mis gafas de visión nocturna, flameaban como vigorosas columnas de bits y estadísticas. Arquitectura del gran Dios.

—Dama.

—¡Joe! —espabiló abruptamente al ver una silueta junto a su cama. Buscó bajo la almohada el Millenium. Pero, al reconocerme, abortó el gesto, y reposó en el lecho, cubriéndose recatada. Se deslizó del pegajoso légamo del sueño, cargado de proyectos y premoniciones—. ¿Qué haces aquí? Has crecido en estas dos semanas. ¿Tienes barba?

Dios, ¿qué haces en mi dormitorio? —repitió. Nunca entraba en él, salvo que el Armagedón estallase en la sala de estar. Nuestra intimidad era sagrada.

—Verás... He... he llegado a comprender que... que a veces... hay que hacer cosas indeseables... Te entiendo. ¿Tú comprenderás luego lo que debo hacer, Dama?

—Depende de qué tengas en mente... –Temía profundamente mi inteligencia, la emplease para efectuar una terrible represalia.

—No temas.

—¿...entonces?

—He curado al gato.

—¿Qué?

Se lo mostré: sano, robusto otra vez, rejuvenecido. Alargó la mano para tocarlo.

Pero le dio miedo, como supongo que a esos hebreos les aterraba cruzarse con Lázaro, y la retrajo.

Fue algo instintivo, celular, primigenio, más que intelectual.

—Jamás volverá a estar enfermo. De nada. Con nada. Me he asegurado.

—¿Cómo lo has hecho?

—La Fuerza estuvo intensa en mí.

Se animó a acariciarlo, y conforme lo hacía, lo veía más prodigioso.

—¿Habéis matado ya a Crepúsculo?

Pegarle una hostia le hubiera dolido menos.

—Olvida ese asunto —zanjó avinagrada. El imperio asomó a su mirada.

—Vale. —Recuperé el gato—. Estoy cansado. Dormiré.

—Espera un momento. Estás... distinto. ¿Qué te ha pasado ahí abajo?

—Maduré, supongo.

Ella podía ser el ama, pero el miedo acababa de insertárselo yo.

* * *

Había aprendido veterinaria; sobre nanobots. Del ADN humano. Aburrido, hice una incursión en FUERZA. Impedí despegar aviones de Japan Airlines ZB. Modifiqué las agendas del PragmaSoc para el V de noviembre.

Salí de San Brandán cuando el Viva Las Vegas apareció. Guiaba una procesión: dos Sierra Oscura negros. Mostraban discretamente en los parachoques pegatinas de una IG de alquiler de coches.

Esa semana me había quedado pillado viendo Traición sin límite. Me dio por ir del Ranger que encarnaba Nick Nolte, pese a que era un pasma, el enemigo. Me pareció lo adecuado, puesto que estábamos en el Estado de las Seis Banderas.

En vez de un Stetson blanco, Bujías me compró uno negro en Buen Rey.

Acaricié al gato, me aseguré de que estuviese confortable en el sótano convertido en mi laboratorio y, tras revisar el Mander, subí al porche.

Revisté la explanada solana y polvorienta.

Quizás de verdad estaba enamorado de Crepúsculo, titubeé según ascendía.

No. No era eso. Me injuriaba que fueran a sacrificarla.

Y Dios no impediría ese crimen.

Por cobardía, yo tampoco.

* * *

Dick me atrapó en el acto, enmarcado en la puerta con mosquitera. Le miraba como sólo a los enemigos se les debe mirar.

Hot Gates brillaba, siempre espléndida, próxima a la exuberancia de la Bendita Bianca Beauchamp, y Crepúsculo, ese día, esbozaba las formas de la mujer que NUNCA llegaría a ser. Me acongojé al pensarlo.

Su peinado resaltaba su cándida inocencia. Pese a su hosca expresión, Dick no la impidió acercárseme, con su vestido con presencias de blanco y sandalias nuevas.

Dama miró, curiosa. Bujías acudió a su lado cuando lo reclamó con un gesto. Pensaba rellenarlo de instrucciones tajantes respecto a mí. Y, ¡ay de él! si fracasaba.

—Hola, Pequeño Joe.

—Hola, Crepúsculo.

—Hoy me enseñarán a ser como mi hermana, ¿sabes? ¡Qué nerviosa estoy!

—¿Eso quieres de verdad?

—No; pero ganaremos muchos KS, y viviremos fuera de Las Barricadas. —Llegó tras otear los confines del horizonte polvoriento, moteado de aulagas.

—Vale.

—¿Cómo está tu gato?

—Le curé.

—¿De veras? —fue escéptica, aunque hizo un educado esfuerzo por ocultarlo—. Me alegro. Se ve que le quieres mucho. Hacía años que no veía uno. Ya sabes, los están exterminando... como a las personas mayores y a los enfermos... los Invitados...

—Sí, el Protocolo Pabellón Once, lo sé.

—Tú no mirarás cuando... —se atragantó—. Ahora.

—Nunca miro. Bujías edita las pátinas y tal. Soy joven, y el juego no me va.

—¡Crepúsculo! —llamó Dick. Alzamos la mirada hacia el arisco fulano. Ella se fue; se cruzó con Dama cuando ésta invadió el porche, clavándome una severa mirada.

—Vete abajo. No quiero verte rondando por las mazmorras.

—¿Quiénes son esos tíos?

—Los sacrificadores —reparé en el ominoso término—. Comisarios del Partido. Influyentes —los miró con asco y potente odio—. Esa pátina, cuando Bujías la difunda por metaNET, les destruirá. Mandaremos al carajo gran parte del PragmaSoc de Occidente y el Partido. ¿Lo entiendes? Esa chiquilla va hacerles tal daño que tardarán décadas en recuperarse.

Es lo horrible de la guerra: las víctimas inocentes. Pero... son inevitables.

—Ya, la mierda de los daños colaterales —el acero, ¡MÁS ACERO! que me dio la interpretación de Nolte fluía por mis arterias entonces, y daba pavor verme—. ¿Sabes, Dama? Es una extraña sensación oír hablar a los muertos. Sus voces carecen de sentido.

—¿Qué quieres decir?

Mas la dejé in albis. Torció el gesto. Menoscabé su determinación. Vaciló.

Para mí, estaban muertos: Dama, Bujías, Dick, Hot Gates incluso.

Había cortado los vínculos radicalmente con ellos y sería cuestión de tiempo que les abandonara. Me afligía sobremanera por Dama, pues la quería, DE VERDAD.

Pero así ella lo quiso. Esgrimí una sonrisa y volví a mi fortaleza de la soledad.

* * *

Tardaron un día entero en matarla. Largo. Tortuoso. Indescriptible.

Espanto Nivel MAX.

Lo vi a través de las cámaras instaladas en el búnker que había pirateado.

Los Comisarios la hicieron pedazos. Dick: colaboró. Hot Gates lo alucinaba, LO ALUCINABA, y gritaba que pararan, que soltaran a su hermana (Dama se aseguró de encadenar bien al muro a Hot), que aquello era una BESTIALIDAD. ¡Un CRIMEN!

Creo que el instinto de Dama captó mi presencia de ese modo remoto: miró uno de los objetivos con esa expresión, la de descubrir que yo espiaba.

Estuvo a punto de salir el búnker para venir a San Brandán y reprenderme.

Pero Dick le pegó tal piñote a Hot Gates que tuvo que intervenir, recordarle que en el potro estaba la víctima del sacrificio.

Crepúsculo alcanzó el cénit de su agonía, se rasgó su piel, y siguieron azotándola esperando una reacción. Pero salvo sangre salpicando la pared, nada salió de ella, ni el más mínimo-nimio gemido, ni más súplicas, nada.

Abandoné San Brandán, con un núcleo de ODIO estallándome en el pecho.

Esperé en el porche, parado donde la conocí. Parado. Esperando. Parado...

* * *

El raso celestial: preñado de estrellas brillantes. Cómo realzaban el Cosmos.

Los Comisarios salieron a trompicones, como zombis. Pese a todo, sus sucios cerebros seguían hambrientos de CRIMEN (se sentían estafados, defraudados; querían más Más MÁS carne que desgarrar y hacer gritar), pero sus pistoleros, de HomeCorp IG quizás, comprendían que el espectáculo acabó y los pastorearon fuera del matadero.

Los metieron en los Sierra Oscura. Un subalterno aleccionaba a Dama; alternó sobornos con amenazas. Ella interpretó su papel de puta madre magistral.

Se largaron creando una polvareda; los faros tanteaban el desigual camino de la trocha que comunicaba nuestro rancho con el resto del ancho mundo.

Dick había bombardeado a Hot Gates a gusto. Bujías la guió a casa, con la más pálida y tensa expresión que jamás tuviera; ella no veía nada. Los puñetazos habían cerrado sus ojos, roto la nariz, desencajado la mandíbula.

Bujías temía que, además, tuviera hemorragias internas. No lo solucionaría sólo con Pastillas Potentes. Igual debían pedirme que arreglara aquello también.

Bujías pasó a mi lado, con su faz aterrada, incapaz de pronunciar palabra.

Me levanté. Fui hasta donde Dick, apoyado en el paragolpes trasero del Viva Las Vegas, encendía un Mors Certa con su Zippo IG de Soy Un Cabrón De Primera.

Salpicado de sangre. Enseguida me miró con odio, amenazador.

—¿Qué coño quieres tú ahora, capullo?

Disparé el Mander a la boca del estómago, un gesto súbito que no podía ser, de ninguna forma, anticipado.

Su primer alarido de dolor mutó de pronto a otro de estupor.

La bala no había penetrado: extendió una mancha de pintura roja por sus abdominales, enredando algunas gotas en su vello pectoral.

—¡Hijo de...! Pero... ¿qué has disparado?

Dama llegó corriendo. Me arrancó el calibre de las manos, con cara tensa y odio en la mirada. Temió hallar a Dick retorciéndose de dolor en el suelo, con una barrena brutal causada por una crackeadora sobre el ombligo.

Pero sólo vio una mancha de múltiples tentáculos esparcida por el estómago y hacia el pecho del fulano.

—¡Ese hijo de puta me ha disparado una bala de pintura! —rugió Dick—. ¡Voy a matarlo! ¡Esta vez lo mato!

La primera convulsión le dobló violentamente.

Y el grito de rabia se trocó en otro de un horror/dolor inédito.

Cayó al suelo. Se revolcó en el polvo mientras aullaba aterrado que algo le comía ¡las tripas! ¡¡Las Tripas!! ¡¡¡LAS TRIPAS!!! Sus dedos se hundieron en el tejido estomacal que estaba disolviéndose, efectivamente.

Las yemas se le pelaron como sumergidas en un corrosivo ácido; vislumbramos el hueso de las falanges.

—No le toques —aconsejé a Dama de Picas.

—¿Qué has hecho?

—Nanobots. Lo disolverán lento-lento. Tardará en morir, no importa lo cruel y extenso que sea el estrago. También he amplificado los neurorreceptores del dolor y...

—Dios mío —Dama me llamó por mi verdadero nombre, horrorizada.

Bruñí la sonrisa que, años después, me haría peligrosamente famoso.

Con delicadeza tomé mi calibre de sus manos y regresé a la casa complacido con los horribles gritos que Dick lanzaba a la noche (y seguirían laaaargo tiempo).

Los nanobots que habían erradicado el cáncer a mi gato a él lo hacían burbujas de sangre y harapos de carne picoteada, pendiendo de los huesos.

E igual le sucedería pronto a la Eurotopía de los Pueblos...


En Una historia de la frontera encontrarás este Breve Glosario para clarificar los distintos neologismos presentes en el relato parte de una precuela de mi novela RECALIBRADOS..

Además, esta breve nota sobre el universo de Recalibrados ayudará a situar el contexto.

© Antonio Santos, (6.763 palabras) Créditos