
Su gran ambición, era conseguir una cabina privada, instalada en su propia vivienda. La suya y la de tantos otros, que no disponían de los ingresos necesarios, para pagar la cuota de conexión a la red de teletransporte y el recibo de la compañía eléctrica. Porque aquellos maravillosos cacharros chupaban lo suyo, y lo de otros, al enviar un cuerpo de un extremo del planeta, entero y en microsegundos. Así las cosas, soportaba la cola de la estación pública de su barrio, lamentando su suerte con paciencia. Sí, era un hombre paciente, educado, cumplidor. No confiaba en la lotería, ninguno de sus parientes próximos o lejanos le legaría una fortuna inmensa, nunca podría instalar una terminal en el salón de su casa pero, mirándolo bien, tampoco podía quejarse.
La final era en una ciudad de nombre impronunciable que no se había preocupado de memorizar. Total no llegaría a ver otra cosa que el túnel de acceso al estadio, el techo que protegía el campo de juego y el partido. ¡El partido! La entrada, que parpadeaba brillante frente a sus ojos, le había supuesto tres cuartos de sus ahorros. Merecía la pena. Por fin, tres décadas después, la copa sería suya. No tenía ninguna duda, su equipo se había mostrado muy superior a todos aquel año y el contrario, se presentaba en la final, mermado por las lesiones de sus mejores hombres y gracias a que la suerte le había deparado la parte fácil del cuadro. Todos los rivales de entidad estaban fuera de juego, destrozados en los cruces anteriores por la voracidad del futuro campeón.
¡Campeones! Murmuró ensoñador. El ejecutivo que le precedía entró en la cabina, la puerta se deslizó con la suavidad de mecanismos hidráulicos bien engrasados y volvió a abrirse casi inmediatamente. Él, apretó los puños y entró. Cerró los ojos, se mantuvo quieto, como mandaban las normas de uso, y reprimió el leve escalofrío del miedo que le asaltaba siempre que utilizaba el servicio. Sabía que era una tecnología muy fiable, la publicidad no se cansaba de repetirlo, la probabilidad de un fallo era de diez elevado a un gigantesco número negativo. Un número tan pequeño como inconcebible, pero no nulo, y cuando las cosas pueden ocurrir, pensaba siempre, a veces, ocurren.
La primera sensación extraña, antes de abrir los ojos, fue el frío intenso que traspasó su camiseta. La oficial, adquirida en la tienda del equipo, no una de esas holográficas pirateadas de cualquier manera, de fibra natural, cara y muy poco adecuada para el paisaje de oscuridad y nieve que se extendía sin fin a su alrededor. Ese fue el segundo dato. No se necesitaba competir en agudeza visual con el extinto lince, para darse cuenta de lo evidente: no se hallaba en el túnel de acceso a ningún estadio. La transferencia de materia, había fallado.
Pero ¿donde estaba? y ¿cuando?
El donde nunca lo supo. La respuesta a la segunda cuestión, tuvo que ver con su obsesión con las normas y la seguridad, temas, donde aquella máquina, que anhelaba y temía, ocupaba un lugar preferente. Estudios, informes, estadísticas, cursillos, teorías, conspiraciones, catástrofes simuladas, de todo había picado y de todo había aprendido, hasta adquirir un vasto conocimiento sobre cualquier materia relacionada con el teletransporte, que no tuviese que ver con los retorcidos fundamentos físicos en que se basaba. Por eso sabía muy bien que, entre los efectos colaterales, estaba la posibilidad de viajar en el tiempo, si se daba una casi imposible combinación de fenómenos cuánticos, del todo incomprensibles para él y para el resto del género humano.
En este punto, a falta de dinosaurios, selvas tropicales, volcanes o feroces guerreros a caballo, la constatación del hecho llegó con las constelaciones. Así lo explicaba uno de sus documentales preferidos y de haber dispuesto de cobertura —la falda de la misma era una prueba más de su viaje a algún rincón perdido del espacio-tiempo—, con un vistazo al cielo y la ayuda de varias aplicaciones de la red, incluso podría haber calculado una fecha con cierta aproximación.
No era el caso.
Inmóvil, en medio de la nada, sintió como el terror, uniéndose al frío, se colaba por cada uno de sus poros. El magnífico y exhaustivo documental hablaba de muchas cosas, entre otras de las aterradoras consecuencias que cualquier acto, cualquier mínimo movimiento, cualquier pequeño cambio en el pasado, tendría en el futuro. Una pequeña gota en el océano del tiempo que se multiplicaría en ondas exponencialmente agigantadas hasta convertirse en un tsunami que arrasaría todo.
Debía estarse quieto y no hacer nada o el mundo que conocía y con él, la raza humana y la civilización al completo, desaparecerían.
¿Cómo podía un sólo hombre cargar con tamaña responsabilidad? Nadie estaba preparado para algo así. Claro qué... ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Buscar refugio? ¿Gritar pidiendo ayuda al vacío insondable? Sí, decidió, se sacrificaría por todos ellos. Un sacrificio supremo que se perdería en la noche de los tiempos. Sería un héroe del que nadie nunca sabría nada, incluida su mujer, que tantas veces había dejado clara su opinión sobre la inutilidad de su persona. Eso haría, sus piernas, sus brazos y su nariz congelada ayudaron en la decisión. También un comentario bastante ambiguo, leído en alguna parte, que hablaba de los sistemas de rescate cuando la estación de destino no confirmaba la recepción correcta del envió. Aunque no terminaba de explicar con coherencia como se producía tal rescate, sin una cabina y una toma de corriente. Se limitaba a elucubrar vaguedades recurriendo a los manidos jeroglíficos cuánticos.
Una mínima luz de esperanza, que se congeló junto con su consciencia quince minutos después.
* * *
El dieciocho de agosto del año dos mil ciento cincuenta y cuatro de la era cristiana, un gigantesco trozo de roca errante, impactó contra la Tierra terminando de un plumazo con su dilatada carrera de planeta y dando inicio a otra en forma de asteroides dispersos. Nada pudo hacer la humanidad y toda su tecnología para salvarse del desastre. Conviene reseñar aquí un hecho curioso: un hombre tuvo ocasión de evitar la catástrofe, el primero en viajar en el tiempo, y el último. Un único paso hubiese sido suficiente, un paso adelante, un desplazamiento de átomos entrelazados, una mínima variación en el caos, y unos millones de años después, el mentado trozo de roca errante, impulsado por sus leyes, o lo que sea, habría pasado a años luz de distancia de la malograda Tierra.
Pero ese hombre, no hizo nada.