ATARDECER EN LA PLAYA
por Ángel Torres Quesada

AMANECER EN LA PLAYA y ATARDECER EN LA PLAYA forman un interesante y muy personal experimento dentro de la obra de Ángel Torres Quesada: un díptico, dos relatos distintos pero paralelos sobre el mismo tema, la misma situación, los mismos sucesos contador por dos protagonistas distintos, aunque ambos, y otros personajes compartan ambos relatos.

Pero, pese a todas las alusiones y los indicios apenas esbozados, al final de ambos el autor sigue manteniendo cerrada la puerta del misterio. Cabe preguntarse: ¿qué ocurrirá en la playa cuando llegue al fin el amanecer del día 333? Indudablemente Ángel Torres en ellos como los componentes de una trilogía, a la que le falta el tercer relato [...]

Presentación de Domingo Santos. Asimov, ciencia-ficción número 14, noviembre de 2004
SOFCOR, Pixabay License

Esta mañana la habitación sabía a flores.

Olí el perfume de las rosas apenas desperté.

Acababa de amanecer, la primera luz del día entraba por la ventana.

Tardé un poco en volver la mirada hacia el lado de la cama en que ella dormía.

Como esperaba, como temía, ya no estaba conmigo.

Cerré los ojos y le dije adiós en silencio. Espérame, no tardaré en reunirme contigo. Es una promesa.

Permanecí un rato sin moverme, respirando con dificultad, esperando que las lágrimas humedecieran mis ojos.

Pero no lloré.

Siempre pensé que el día en que ella no estuviera a mi lado lloraría amargamente; siempre creí que si yo me marchaba antes, ella humedecería las sábanas con sus lágrimas.

Le dije muchas veces que cuando esto sucediera no debía llorar por mí, se lo pedía siempre que hablábamos acerca de quién sería el primero en marcharse.

¿Acaso se debe llorar por alguien que desaparece dejando un aroma a flores?

Me digo que ha sido afortunada por haber sido ella la primera. Aunque le arranqué la promesa de que no le entristecería mi marcha, estoy seguro de que me hubiera llorado; lo vi en sus ojos, supe que me dijo que no lloraría para que yo abandonara el tema.

Trato de hacerme a la idea de que ahora es a mí al que le toca esperar. Me consuelo pensando que no tardaré en seguirla.

Como si hubiera sabido siempre que se iría antes que yo, ella intentó convencerme de que su marcha no tenía por qué entristecerme.

Ella decía que no era morirse el hecho de desaparecer dejando en su lugar un olor a flores. No lo consideraba morir, lo llamaba marcharse. Creo que tenía razón. La muerte de un ser querido deja un cuerpo que se marchita; ella había dejado un perfume a rosas, como lo dejan todos los que se marchan.

Siempre le gustaron las rosas.

Me levanto despacio, camino alrededor de la cama sin dejar de mirar donde la vi acostarse y quedarse dormida. Ni siquiera han quedado señales de ella, la sábana está casi lisa. Acaricio la tela y no siento el calor de su cuerpo. ¿A qué hora se marchó? Nadie sabe cuándo se marchan las personas, nadie las ha visto irse. Pero los que quedan perciben ese suave y grato olor a flores cuando despiertan.

No quiero abrir la ventana para que el aroma de su despedida no desaparezca tan pronto.

Permanezco sentado en el sillón, junto a la ventana, contemplando el amanecer.

Al cabo de unos minutos el olor a rosas ya ha desaparecido. No dura mucho, se disipa con la claridad del día. Cuánto lo lamento.

Me quedo un rato bajo la ducha, dejando que el agua tibia me relaje. Estoy demasiado tenso. Tener que preparar el desayuno es para mí un gran esfuerzo. Sólo café y un par de tostadas. No tengo mucho apetito.

Ya no la acompañaré más al mercado. A su lado pasaba buena parte de la mañana recorriendo los pocos puestos abiertos, escuchándola hablar con Pepa la de la fruta, con José el carnicero y con la viuda de Paco el pescadero. Paco se marchó hace un mes, y desde entonces su mujer se ocupa del puesto. Antes de volver a casa siempre comprábamos el pan. Últimamente teníamos que buscarlo en otra panadería, pues a la que siempre íbamos cerró un par de semanas antes al no quedar nadie para atenderla.

Echo un vistazo a la nevera. Tengo comida para varios días. Ella siempre compraba de más por si acaso. Calculo que tengo reservas para una semana. De todas formas no me apetece cocinar. Creo que tomaré algo por ahí, si encuentro un bar abierto donde todavía hagan buenas tapas. Tal vez me decida a comer en un pequeño restaurante. Ayer pasé por delante de uno. Un plato combinado bastará.

No enciendo la radio ni la televisión. No me parece bien que lo haga. Hoy debe ser para mí como un funeral, un día de luto. El silencio que reina en la casa me parece lo más adecuado.

Me visto sin prisas, me pongo una chaqueta ligera, pensando que como siempre no hará ni frío ni calor. Atisbo por la ventana, y una vez más contemplo el cielo con ese tono rosado que luce desde hace... ¿Cuánto tiempo ha pasado? Es extraño que no recuerde con exactitud cuándo empezó todo. El otro día me encontré con mi amigo Aurelio, mientras paseaba, y se lo pregunté. Me respondió que no lo sabía con certeza, pero lo tenía apuntado en alguna parte. Quedamos que me lo diría cuando volviéramos a vernos, que me telefonearía. Se marchó después de decirme, medio en broma y medio en serio, que yo ya estaba chocheando y la memoria me fallaba. Cosas de jubilados, añadí para mí, viéndole alejarse por la acera mirando los escaparates con las mismas cosas puestas en ellos desde hacía meses.

Ojalá vuelva a ver hoy a Aurelio. Antes nos fumábamos un cigarrillo a escondidas de nuestras mujeres. Desde que todo empezó, nadie siente el deseo de fumar. Los estancos cerraron al poco tiempo, como hicieron las funerarias. ¿A quiénes iban a enterrar? Me reí el día que el cobrador de rostro serio llamó a la puerta y me tendió el recibo del entierro. Le dije que me diera de baja. Nunca me gustó que una vez al mes acudiera a mi casa. Consideraba su visita como un augurio funesto. Se marchó sin protestar, como si hubiese estado esperando oírme decir aquello, como si últimamente se lo hubieran dicho muchas veces. Sentí lástima por él.

Salgo del piso sin preocuparme de si cierro bien la puerta. Aunque la deje abierta, nadie entrará a robarme. Los robos, como la violencia y los asesinatos, han desaparecido. Ahora no se roba, pero se toma lo que uno necesita si con ello no se perjudica a nadie. El otro día salí a comprar unas pilas para la radio y encontré la puerta de la tienda abierta. Entré. No había nadie. Llamé al dueño y esperé en vano a que apareciera. Me llevé las pilas, dejando sobre el mostrador el dinero que valían. Pasé ante una cadena de música y vi un gran televisor, pero no me pasó por la cabeza llevármelo, a pesar de que el mío es viejo y lleva tiempo fallando, tal vez el mando, quizá el sintonizador. Ni siquiera me guardé un DVD, y eso que había un estante lleno de ellos.

A veces me sorprende la forma cómo nos comportamos.

La puerta del piso contiguo al mío se abre y aparece Laura.

Me da los buenos días, le contesto lo mismo y añado que ya he llamado al ascensor. Esperamos.

Como temía, me pregunta por mi esposa.

Laura tiene unos cuarenta años, pero parece más joven. Es divorciada, trabaja como funcionaria en Hacienda. Bueno, ya no va a trabajar; como otros, dejó de ir a su despacho cuando se dieron cuenta de que ya no tenían que cobrar impuestos ni enviar cartas amenazantes a los morosos. De mutuo acuerdo, todos los funcionarios dejaron de ir a trabajar. Siguieron cobrando sus salarios a través de un banco que aún abre sus puertas cada mañana. Un día Laura me comentó que cuando menos lo esperase, su banco le avisaría que habían dejado de ingresarle su dinero. Lo dijo con indiferencia, como si no le importara.

Su comentario me obligó a pensar en mi pensión. Me la siguen enviando. ¿Hasta cuándo? Tampoco me preocupa.

A mí sólo me inquieta lo larga o breve que puede ser la espera. Supongo que a los demás les ocurre lo mismo.

Lo peor es que nadie sabe qué estamos esperando mientras vemos cómo cada día que pasa hay menos gente en la ciudad. En el mundo entero ocurre lo mismo. A veces escucho las noticias que dan en las emisoras que siguen funcionando, y pienso en lo mucho que los técnicos y los locutores y los periodistas se esfuerzan cada día en mantenernos informados. Lástima que ninguno nos dé una explicación. Creo que no la tienen.

Las carencias de la televisión me preocupan menos, quizá porque me cansa que repitan tantas veces las mismas películas. Lo mejor es que ya no emiten programas estúpidos, reality shows ni series de violencia.

El ascensor llega, se abren las puertas y entramos. Lo pongo en marcha y me doy cuenta de que Laura sigue esperando que le diga cómo está mi mujer.

Le explico que esta mañana, al despertar, olí a rosas.

Ella lo entiende y me responde que lo siente.

No me mira con pena, nadie siente lástima por los que huelen a rosas al amanecer.

Le digo que no tiene por qué sentirlo. Cuando pedí a mi mujer que no me llorara, me hizo prometer que yo tampoco la lloraría a ella. Le di mi palabra de no hacerlo convencido de que yo me iría antes. Se lo cuento a Laura y me dice que lo entiende.

Guardamos silencio hasta que el ascensor se detiene y salimos. Noto en Laura cierto nerviosismo. Miro hacia la calle y veo llegar al hombre que algunos días viene a buscarla. No recuerdo su nombre, pero me parece simpático. Mi vecina y él están saliendo. Habían sido novios cuando iban al instituto. Él se casó con otra novia años más tarde. Creo que su mujer se fue poco después de que el cielo se volviera rosa. Laura y él se encontraron un día, se saludaron y pasearon juntos.

Observo a Laura de reojo, la veo sonreír, iluminarse sus ojos. Ella le quiere. Vuelvo la mirada hacia él y le veo alegre, pero me mira con recelo. Su actitud me divierte. No puede tener celos de mí. Sería un estúpido si los tuviera. Ya soy demasiado mayor; además, ya nadie siente celos. Ni envidia. Este mundo sería perfecto si no fuera por el olor a rosas que dejan nuestros seres queridos al marcharse.

El hombre me saluda cortésmente, ella me dice hasta luego y los dos se despiden de mí. Los veo alejarse en dirección a la playa, cogidos del brazo, mirándose a los ojos, hablando en voz baja. Apuesto a que ella le está contando que me he quedado solo.

Camino entre los coches aparcados; unos acumulan más polvo que otros, según sus dueños los cojan o no. Por las calles apenas circulan vehículos. En la esquina, el barrendero acaricia con la escoba los adoquines. Aunque los semáforos están todos en amarillo, no he visto un accidente desde hace no sé cuánto tiempo. Todas las personas que aún conducen lo hacen con precaución, parecen tener un sexto sentido que les avisa cuando de una calle va a salir un coche que tiene la preferencia.

Lo que más me gusta es que siempre se cede el paso a los peatones.

Me alejo de la playa, no sé por qué. El rumor de las olas me suena extraño esta mañana. Entro en una calle, luego en otra, y sin darme cuenta me encuentro en el paseo marítimo. Me quedo turbado al ver que Laura y su acompañante caminan hacia mí. No se sorprenden al verme y me sonríen. Me dispongo a saludarlos, pero ello me obliga a detenerme. Me paran y me preguntan si ya estoy enterado de que hoy debo estar en la playa al atardecer. Le pregunto por qué y él me responde que no puedo perderme el próximo amanecer.

Les miro sin entender nada. El hombre da por sentado que yo estaré esta noche en la playa, como todo el mundo. ¿Todo el mundo? Bueno, todos los que aún continuamos aquí, me responden. ¿Qué han querido decir? Sus palabras me recuerdan algo. Alguien me lo ha dicho, dice él, sorprendido. Tras mirar a Laura, añade que lo sabe por el chico de la cafetería donde desayuna cada mañana. Laura coge mi mano, y siento el calor de sus dedos y me estremezco. No quiero discutir y les digo que estaré en la playa. Me dan los buenos días y se marchan.

Miro hacia la playa. El agua está serena, las olas rompen suaves en la arena. Hay personas de todas las edades caminando cerca de la orilla. No hay distinción a la hora de elegir a los que se marchan. Siempre queda ese olor a flores donde antes dormía un niño, un adulto o una persona mayor. Que los niños estén en el juego me enfurece. ¿Por qué no los dejan en paz? Que desaparezcamos los viejos me parece incluso justo, pero que haya olor a rosas donde antes hubo una niña o un niño, un muchacho o una mujer joven, me parece una crueldad.

Contemplo el cielo. Es un cielo de hermoso color rosa, casi sin nubes. ¿Por qué dirijo mi crítica a él? Me encojo de hombros. No sé a quién dirigir mis reproches, no sé a quién culpar de lo que está pasando. Pero me gustaría saberlo.

Una ola rompe con más fuerza y su sordo bramido hace que me estremezca. ¿Por qué habría de enfadarme que el cielo sea de color rosa, que suelten sus escasas nubes un breve chaparrón cada madrugada y la ciudad continúe vaciándose de personas?

A cambio de que hayamos dejado de pelear entre sí y no estallen guerras en ninguna parte del mundo, las personas desaparecemos.

No me parece justo. Pero, ¿a quién puedo reprochárselo? ¿A quién debo protestar?

Me cuesta alejarme de la playa, sus arenas parecen ejercer una irresistible atracción en mí. El paseo marítimo es largo y mi andar es lento. Tardo en llegar a la altura del viejo cementerio y contemplo sus paredes blancas, escucho su silencio. Cruzo la calzada y camino a lo largo de sus muros, los rodeo y me dirijo a la entrada. En el centro de la pequeña plaza me quedo un instante inmóvil, preguntándome por qué quiero vagar por sus casi vacíos patios, alrededor de sus ausentes sepulturas.

El viejo cementerio se estaba quedando vacío desde antes de que el cambio nos sorprendiera, ya llevaban no sé cuánto tiempo trasladando a los muertos a otro cementerio en otra ciudad. Pero todavía quedan muchos recuerdos en él.

Al entrar me cruzo con una anciana y una niña. Llevan en las manos los utensilios que han empleado para adecentar alguna lápida.

Dejo atrás varios patios y busco el nicho que ella y yo compramos antes de que decidieran cerrar el cementerio. Lo encuentro y miro al fondo de su oscura garganta. En el nuevo camposanto aún no habíamos reservado un lugar para nosotros; ella no lo quiso. No se lo discutí y le dejé que hiciera lo que quisiese. Cuando nos devolvieron una parte de lo que habíamos pagado, no le reproché nada. Aquella noche nos fuimos a cenar. A la mañana siguiente ella repuso parte de la vajilla rota con el resto del dinero.

Mientras miro las sombras del nicho que ya nunca será nuestro llego a la conclusión de que he ido hasta allí para recordarla. Si hubiera encontrado su cuerpo en la cama ahora estaría velándola, tendría la casa llena de vecinos que al principio hablarían en voz baja y al atardecer empezarían a contar chistes y a intercambiar chismorreos, y yo tendría que invitarles a café y pasteles.

El olor a rosas de ella me ha librado de tener que soportar a tanta gente estúpida. Rezo un par de oraciones al nicho hueco y vuelvo sobre mis pasos.

Paseo por la avenida principal hasta el casco antiguo de la ciudad, bajo la cuesta mirando hacia el puerto. Hay dos barcos. Llevan amarrados allí no sé cuánto tiempo; cerca de la verja hay gente paseando. Algunos bares siguen abiertos. Entro en uno, pido una cerveza y bebo despacio, mirando hacia la plaza del Ayuntamiento. Un guardia pasea delante de la puerta con gesto aburrido.

Sólo hay otra persona además de mí en el bar. Pago la consumición y salgo. Me detengo en el quiosco para comprar el diario. Tiene pocas páginas. Apenas miro las noticias. No serán muy diferentes de las que publicaron el día anterior. Con el periódico bajo el brazo continúo mi paseo hasta la alameda. Hay dos hombres pescando, apoyados en la balaustrada, mirando el agua en que se hunden sus sedales. Antes de alejarme, uno tira de la caña y saca una mojarra. Su compañero le felicita y empiezan a recoger los avíos de pesca. Se marchan.

No llego hasta el parque, no quiero pasar por cierto lugar que tantos recuerdos me trae. Un poco nervioso, me vuelvo, entro en las calles y alcanzo el otro lado de la ciudad. Llevo horas caminando pero no me siento cansado.

Me viene a la memoria lo que me dijo Laura. ¿Por qué debo estar en la playa al anochecer, y esperar a que amanezca? La idea de pasar la noche al relente no me atrae; prefiero la cama, aunque tal vez hoy duerma en el sofá. No es que me dé miedo acostarme, pero creo que debería esperar al menos un día. Cambiaré las sábanas, airearé el colchón. Si ha quedado una brizna de perfume de rosas, prefiero que desaparezca de una vez.

Me siento en un banco del paseo del sur, abro el periódico y lo vuelvo a cerrar. ¿Qué puedo leer en él? Me fijo en la fecha, hago mecánicamente un cálculo y compruebo que han pasado algo más de once meses desde que todo empezó. 332 días. ¿Qué importancia tiene que a medianoche se cumplan los 333 días?

El breve oscurecimiento que ya se avecina por el este me advierte de que no tardará en anochecer.

Me queda un largo camino hasta la playa.

Me incorporo. Varios niños pasan corriendo por mi lado. También se dirigen a la playa. Llego a la parada del autobús. Pienso que no tardará en pasar uno. Aunque no estoy cansado, no me apetece caminar. Llegaré hasta la playa, echaré un vistazo, comprobaré que nada extraordinario pasa y volveré a casa. En la mesita de noche hay un libro esperándome.

Pasan varios coches, más despacio de lo que tienen por costumbre. No parecen tener prisa. Varias personas caminan delante de mí. No se vuelven para mirarme. Se dirigen hacia la playa.

Paro a un chico y le pregunto si aún funcionan los autobuses. Me mira, me sonríe y me dice que no lo sabe. «¿Por qué no da un paseo, señor?», me pregunta. Y añade: «Todavía tiene tiempo de llegar, aunque camine despacio.» Se aleja sin darme ocasión de preguntarle qué ha querido decirme.

Observo a mi alrededor. Toda la gente se dirige hacia la playa. Algunos ríen, otros sonríen, las mujeres llevan a los niños de las manos, un padre empuja el cochecito de su bebé. Me sorprende que queden familias enteras.

Los sigo con el periódico bajo el brazo, la mirada fija en la lejana playa. Como mi caminar es lento, todos me adelantan, sus pasos son más ágiles que los míos.

A la altura de la vieja muralla encuentro dos autobuses parados. Están vacíos, las puertas abiertas. Uno parece hacerme guiños con sus intermitentes encendidos.

Toda la gente que queda en la ciudad peregrina a la playa, pero no es una multitud. Qué pocos somos los que quedamos, pienso.

A lo lejos veo a mi amigo Aurelio. Trato de alcanzarle, pero parece haber rejuvenecido esta tarde, camina deprisa y se distancia más de mí. Me doy por vencido y vuelvo a andar a mi aire.

Mientras paso por delante de la vieja playa que el mar ha ido despojando de su arena empiezo a ver gente que avanza cerca de la orilla. Tengo la impresión de que asisto a una romería, que todo el mundo se siente impulsado a hacer lo mismo.

Cuando alcanzo el gran brazo de arena la marea está bajando. En la amplitud de la playa parece que son menos las personas que caminan; pero a lo lejos, cerca de los grandes hoteles, hay más gente. Es allí donde todos se detienen. ¿Qué esperan?

En el primer chiringito, al que llego cuando su dueño está cerrándolo, compro una botella de agua. Bebo pequeños tragos mientras camino con la mirada puesta en lo que parece que es mi destino. Me pregunto por qué no cruzo la calzada del paseo marítimo, entro en las calles solitarias y me encierro en casa.

Pero no me apetece. La idea de quedarme en el piso me horroriza, la considero un sacrilegio. Esta noche debo pasarla en la playa.

Trato de pensar, recordar lo que ha pasado; pero las ideas se me atropellan, las siento cómo se golpean unas contra otras. Sólo intento encontrar una explicación y no lo consigo porque algo dentro de mí parece impedirme analizar los hechos con lógica.

Creo que la gente se ha vuelto un poco estúpida desde que las personas empezaron a marcharse dejando olor a flores. Yo debo ser el más idiota de todos, pues cada vez que me pongo a pensar me abandono a la comodidad, me digo que hay que aceptar las cosas como son, y dejo para otra ocasión el tratar de averiguar lo que está pasando.

Me resisto a caminar por la arena y sigo en la acera, cerca de la barandilla, mirando hacia la orilla o adelante.

Vuelvo a ver a Aurelio. Está junto a un puesto de bebidas cerrado, hablando con otras personas. Me descubre y me saluda. Le respondo con la mano y continúo mi camino. No tengo ganas de hablar con él. Ya no.

De pronto me siento cansado, quiero parar y sentarme. Bajo a la playa y me echo en la arena. El restaurante, que funciona sólo en verano, está cerrado, pero sus puertas permanecen abiertas. De entre las personas que pasean ante él aparecen Laura y su amigo. Van cogidos del brazo, se besan sin dejar de sonreír. Parecen felices. Su felicidad me obliga a pensar. Si ellos no están preocupados, yo tampoco debería estarlo.

Los veo desaparecer en el oscuro interior del restaurante.

Al volverme me encuentro con un chico de unos doce años. Está sentado y me mira fijamente.

Le pregunto si está solo y me responde que sí. Es evidente que no tiene familia. Tal vez haya percibido el aroma de la marcha de los suyos más de una mañana, primero su padre y después su padre. O al revés.

—¿Por qué me miras? —le pregunto.

—¿Le importa que le haga compañía? —pregunta él a su vez.

—No, claro que no.

—Genial —dice, como los niños de la televisión—. Esperaremos juntos.

—¿Qué debemos esperar?

Se echa a reír.

—Los mayores no se dan cuenta.

—¿De qué debemos darnos cuenta?

—Hoy sabremos la verdad.

—¿Qué verdad?

—¿Cuál va a ser? ¿Acaso no se ha preguntado por qué el cielo es rosa, llueve todas las madrugadas a la misma hora y la gente se marcha mientras duerme?

—Debo admitir que sí, pero...

No sé qué decir a continuación y callo.

—Esta noche no dormiré. Oh, usted puede echar una cabezadita si le apetece —le escucho decir.

—Tú eres el más joven. Deberías dormir tú.

—No tengo sueño.

Le ofrezco la botella de agua.

—Tampoco tengo sed.

—¿Qué esperas que pase?

—No lo sé, pero no será desagradable. Creo que será bonito.

—Si tú lo dices...

—Será agradable, será guay.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

No quiero discutir con él. Alrededor de nosotros la gente pasea, va y viene. Ya es de noche. No llevo reloj desde hace once meses, pero deben ser cerca de las doce. Unas horas más y empezará a amanecer. Ahora amanece a las seis en punto. Durante estos últimos meses no ha variado la hora de la salida del sol. Sonrío. Esto no puede ser, pero es. ¿Para qué discutir, para qué ponerlo en solfa?

Siento que se me cierran los ojos. El chico me mira y dice.

—No se preocupe. Le despertaré cuando esté a punto de salir el sol. No se perderá el espectáculo.

—¿Qué espectáculo?

—No debí llamarlo así. Será otra cosa. Será bonito.

Me tiendo en la arena. Las sombras de la noche, apenas disipadas por las luces del paseo que se encendieron hace un rato, no me desvelarán. La arena es cálida, no la siento húmeda debajo de mí.

Antes de quedarme dormido noto que la mano del niño acaricia mi frente. Le escucho desearme feliz sueño y me repite su promesa de despertarme a tiempo.

Sé que lo hará. Puedo confiar en él.

Me duermo pensando en mi mujer y en nuestro hijo, preguntándome qué contemplarán mis ojos cuando despierte.

Sobre todo deseo volver a verlos.

A mi mujer le diré: Te prometí que no tardaría en reunirme contigo.

Y a mi hijo... No sé lo que le diré a mi hijo, pero se me ocurrirá algo después de abrazarle.

Me pierdo en el sueño con una sonrisa en los labios, convencido de que no quedaré defraudado cuando despierte.

No sé si el chico percibirá al amanecer el olor a flores que tal vez deje detrás de mí.

© Ángel Torres Quesada, (4.284 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Asimov, ciencia-ficción nº 14 noviembre de 2004