
La hoguera relumbraba perfecta, en la noche, en el bosque, bajo las titilantes estrellas. Los pequeños rostros iluminados por el fuego esperaban, impacientes, a que el viejo Juan empezara a contar la historia de miedo.
—¿Sabéis qué es lo que más miedo me da? –empezó el viejo.
Los pequeños abrieron mucho los ojos. No hizo falta que respondieran.
—Vosotros, los niños.
Los ojos se abrieron aún más.
—Y, claro, os preguntareis porqué. Pues bien, la historia comienza cuando yo no era mucho mayor que vosotros, apenas unos años...
»Por aquel entonces yo no sabía nada de la vida, y me esmeraba en aprender lo más rápido que podía. Nada fuera de lugar, todo correcto. Yo era un adolescente que iba a los conciertos de moda, gustaba del fútbol y salía a ligar hasta que llegaba la hora de volver a casa.
»La noticia de la luces en el cielo llenaron los telediarios, periódicos y páginas Web, tan de moda. Sí, nada que no sepáis por el colegio. Pero yo tengo algo más que decir al respecto. Sí, algo más.
»Como ya sabréis, las luces en el cielo comenzaron a aparecer una noche, o un día, según en la parte del mundo en la que te encontrases. Primero una, después otra... Así hasta que, cuando mirabas al cielo, ya no se veían las estrellas, si no un orden de luces que subía desde el horizonte, cruzaba la bóveda celeste y se perdía por el lado contrario, tras las montañas. Perfectamente ordenadas en cuadrícula, las luces iluminaban la noche hasta el punto que uno podía leer bajo su luz el mismo periódico en el que se te hablaba de ellas. Todo un misterio.
»¿Qué os puedo contar sobre eso que no sepáis? Nada, lo sé. Pero permitidme que lo haga de todos modos, ¿vale?
»Bien, las luces aparecieron y todo el mundo se volvió loco. Hablaban de Dios, del Diablo, del fin del mundo, de invasiones alienígenas..., de muchas cosas. Pero el caso es que las luces estaban ahí, en órbitas geoestacionarias, cada una sobre un punto estratégico del planeta. Permanecieron meses. Tanto, que incluso llegó el momento en que nos acostumbramos a ellas. Eran muchas, millones, y nada podía acercárseles. Ni una nave de las que se envió regresó de inmediato, y en aquellos momentos no se sabía nada de su paradero. Simplemente partieron, llegaron, y desaparecieron de la existencia. Los satélites seguían allí, y la base internacional también, aunque situada muy por debajo de ellas, en una órbita inferior.
»Que extraño me parece ahora todo al recordarlo. Mis padres no me dejaban salir, al principio, pues temían por mi vida. Después, como ya digo, accedieron a dejarme ir de vez en cuando al parque donde nos solíamos reunir la pandilla, porque la costumbre es algo que afecta al ser humano incluso en la salvaguarda de sus cosas más queridas, como los hijos.
»Y así, mientras bebíamos y fumábamos, mientras retozábamos unos con otras, las luces nos iluminaban. El ayuntamiento había dejado de encender las farolas, pues no eran necesarias, y una especie de concordia entre los seres humanos sustituyó al viejo temor a la oscuridad. No había robos, ni guerras... Todo esto lo habréis leído en distintas versiones, supongo. La verdad es que simplemente se paralizó todo, los robos, las guerras..., sustituidos por la espera de algo que nadie podía decir que iba a ser. Yo opino que de haber seguido así, al final habrían vuelto los viejos males, pero vete tú a saber. La mayoría nos lo tomamos como un regalo. Poco nos importaba que las especies nocturnas se estuvieran volviendo locas en los bosques y en las selvas, al desaparecer su hábitat, la oscuridad, bajo esa luminosidad blanquecina que lo llenaba todo. Así éramos.
»Bueno, el caso es que un día, cuando ya dábamos por hecho que la noche nunca volvería, las luces cayeron sobre el mundo, estallaron en un flash, y desaparecieron.
»O eso es lo que vosotros sabéis, lo que todo el mundo cree saber, lo que os han contado. No, mi historia es distinta. Veréis, el día que las luces cayeron, lo hicieron sobre todo el mundo, al unísono. Cualquiera que estuviera mirando en ese momento al cielo las vio hacerse más grandes cada vez, llegar al suelo, estallar en un resplandor de nívea luz y desaparecer para siempre. Sí, esa es la historia oficial, pero no la mía. Porque la luz que debería haber caído sobre nuestras cabezas, no lo hizo, y se quedó allí, suspendida, apenas a un centenar de metros del suelo.
»El radio de acción que la luz debería haber asumido era grande, y ocupaba mucho campo, incluido nuestro pueblo. Pero todas las comunicaciones cesaron. Se fue la corriente eléctrica, por lo que nada funcionaba, ni tele, ni radio, ni internet, pero claro, cuando encendías un generador y enchufabas una tele, por ejemplo, tampoco recibías señal.
»Así que nos quedamos incomunicados del mundo, y sentimos miedo. El día terminaba con el Sol poniéndose tras el horizonte montañoso, y la luz, la misma que nos había iluminado durante meses junto a sus compañeras, permanecía suspendida, sola, como si todo formara parte de un plan superior incomprensible.
»Por aquel entonces nuestro pueblo, ahora tan grande que casi se ha unido a los pueblos colindantes, era pequeño, y apenas estaba habitado por dos mil almas. Muchos nos reunimos en la plaza, alumbrados por la blanca luz, para preguntarnos los unos a los otros, para comunicarnos nuestro miedo e ignorancia.
»Yo estaba asustado, sí, pero no iba a quedarme parado esperando que llegase la ayuda. Cogí mi moto y salí disparado de camino al pueblo más cercano. Lo hice sin pensar y a pesar de mi madre, que sollozaba incontroladamente, y de mi padre, amenazante, que comprendió que ya no podía dominarme como antaño.
»Aún recuerdo la carretera, pasando veloz bajo las ruedas de la moto, iluminada por aquella cosa que iba dejando atrás, suspendida como una espada de Damocles sobre mis seres queridos. El hecho es que fui rápido, más rápido que nadie en decidir el buscar respuestas, y por eso os puedo contar lo siguiente, niños.
»Llegué al borde del radio de acción de la luz vecina de la nuestra. Lo supe porque, en un momento dado, su luz ya no fue lo bastante fuerte como para iluminar mi rededor, pero sí lo suficiente para comprobar, como comprobé, que ya no había plantas, ni arboles, ni nada vivo. La vida se cortaba de tajo en un punto, entre un metro y el siguiente, de modo que incluso pude ver un árbol partido a lo largo, como si una cuchilla enorme lo hubiera cortado y se hubiera llevado el resto al país de Nunca Jamás. Detuve la moto y bajé para ver aquello. Solo quedaba polvo. Lo que antes habían sido las amarillentas plantas de nuestros campos castellanos, ahora no era otra cosa que polvo finísimo batido por el viento.
»Por mi cabeza pasaron muchas ideas, pero la más insidiosa fue aquella que se me antojaba como la peor. Las luces habían pulverizado la vida. Ese era su fin. Para eso existían. Miré atrás, al pueblo. Allí estaba, oculto tras los árboles inmediatos, iluminado por la luz que aún brillaba sobre los tejados de las casas. Lo que quiera que le hubiera pasado al resto del mundo, aún no le había ocurrido al pueblo. Pero entonces, ocurrió. Lo vi, vi la luz terminar su recorrido descendente, estallar en un flash de luz blanquísima que me deslumbró.
»No pude abrir los ojos hasta pasados unos minutos. Cuando al fin lo hice, tan solo había oscuridad. Una oscuridad tan absoluta que me asusté y comencé a temblar descontroladamente. Mi mente se había acostumbrado de tal modo a la noche iluminada por las luces, que la vuelta de ese miedo a la noche ancestral me sobrecogió. La moto, que había quedado parada, apuntando al árbol partido con su débil luz, iluminaba un espacio vacío. No estaba el árbol, ya no. En su lugar, un montoncito de polvo, junto al montón que había sido la otra mitad. No pude hacer otra cosa que acuclillarme en la oscuridad, mirando lo que antes había sido un árbol, centrándome en la débil luz del faro de la moto, como si ese punto fuera lo único real en el mundo. Lloré aterrado durante el resto de la noche.
»Amaneció, lentamente. La luz del incipiente Sol iba iluminando lo que quedaba del mundo, y con ello, infundiéndome el valor suficiente como para levantarme de mi posición fetal. Poco a poco la luz se fue abriendo paso, en el mundo, en mi mente. No quedaba nada. Bueno, sí que quedaba. La carretera estaba. Los mojones de piedra estaban. No era así para los postes de la luz, pues habían sido de madera, aunque los cables sí que estaban, caídos en el suelo. Lo entendí perfectamente. Toda cosa que estuviera viva, o lo hubiese estado, había desaparecido.
»Necesitaba tiempo. Tiempo para pensar, para dejar de temblar, de sentir miedo. Pero no se me concedió semejante cosa. No, porque entonces empezaron a aparecer las cosas más monstruosas que jamás hayan flotado en el aire. Eran circulares, enormes y ocupaban gran parte del cielo visible. El caso es que no las vi descender desde las alturas. Simplemente aparecieron de la nada. La sombra que proyectaban apareció de repente. Sí, niños. Un segundo antes el cielo se adivinaba azul con la naciente luz de la mañana, para pasar a ser de nuevo oscuridad. La oscuridad que proyectaban esas cosas enormes. Y allí se quedaron, de momento, sobre mi cabeza. No, no iba a tener ese tiempo que necesitaba con premura. No, niños, no iba a tenerlo. Me subí a la moto, deseando que batería no se hubiera agotado durante la noche, y la puse en marcha. Tenía que regresar al pueblo, tenía que ver con mis propios ojos que ya no quedaba nadie allí.
»Deshice el camino sin observar, por miedo a paralizarme de nuevo, la aridez reinante. Pasé por la granja de Cosme, alguien de quien seguramente habréis oído hablar a los más viejos, sin pararme a comprobar que ya no estaban las vacas, ni los caballos, ni las gallinas, ni los cultivos... Nada. Entré al pueblo bajo aquella sombra antinatural. Los bancos de madera habían desaparecido, los árboles decorativos también. De la gente no quedaba nada más que pequeños montones de polvo y algo de ropa. La ropa que no había sido de lana, o algodón... Mis padres, solo podía pensar en mis padres. Llegué a los pisos, donde vivíamos. Seguían en pie, como cualquier construcción de ladrillo y vigas metálicas que hubiera en el pueblo. Subí las escaleras, entré en mi casa. No estaban, por lo que deduje que no se habrían movido de la plaza en los minutos que falté desde mi partida. Con el corazón en un puño salí para allá. Busqué en vano. Recordaba a mi padre vistiendo el plumas rojo que tanto odiaba mi madre, esperando que su naturaleza artificial hubiera sobrevivido. Pero había demasiados montones de polvo con algo de ropa roja, y desistí. Lo que tenía que mantener y fomentar, comprendí, era mi instinto de supervivencia. Para eso tenía que salir del pueblo. Observé que la cosa sobre mi cabeza estaba descendiendo, pues me parecía más grande ahora que hacía unos minutos y, si no quería ser aplastado, tenía que salir de su sombra, ponerme al margen. La moto no arrancaba. Corrí. Pero la distancia que debía recorrer para escapar al aplastamiento era demasiado grande. No, necesitaba un vehículo. Intenté arrancar un par de coches, una moto... No entiendo el porqué de mi fracaso al respecto. Supongo que las baterías se habían descargado, o que alguno de los componentes de los vehículos debía de ser orgánico... Seguí corriendo al tiempo que aquella cosa enorme se me echaba encima. Podía ver los detalles de su base. Lo que mejor recuerdo eran las proyecciones en forma de enormes pinchos que supuse debían clavarse al suelo, para anclar la estructura en la nueva tierra.
»Pronto comprendí lo inútil de correr. Aquello tan grande, que al mirarlo se unía con el horizonte, iba a aplastarme. Parecía que al mundo le hubieran puesto un techo oscuro. Pero entonces vi la luz del sol, iluminando una porción de polvoriento terreno. Miré hacia arriba y comprobé que la estructura no era del todo uniforme, y que ciertos agujeros la componían aquí y allá. Solo tenía que ponerme bajo uno de ellos y dejar que la cosa se posase sobre el terreno, sobre el pueblo, sobre la gente pulverizada y sobrevivir el tiempo que se me concediera. A esas alturas ya no tenía dudas sobre lo que ocurría. Estaba claro que el mundo estaba siendo colonizado por alguna especie extraterrestre, como en las películas del sábado por la tarde, sin más explicación, a lo bestia, sin posibilidad de resistencia por parte de la humanidad.
»Ahora cuento esto porque lo recuerdo con claridad cristalina, pero no os engañéis, no soy ningún héroe. El pánico que sentía era tan grande que se había anulado. Mi mente lo había aturdido para posibilitarme la acción. Lo sé, lo sé, es increíble, pero lo hice. Me situé bajo uno de aquellos huecos y dejé de correr. Vi a lo lejos uno de esos pinchos clavarse en l tierra, con un ruido ensordecedor, el más demoledor que jamás volvería a escuchar. Se clavó hasta la base, y ya no se escuchó nada más.
»Allí estaba yo, mortalmente asustado, rodeado de algo que no comprendía. Pude ver lo que me parecieron edificios, o torres altísimas. Oscuras, enormes, subían hasta que casi se perdían de vista. Los restos de nubes que la estructura había arrastrado consigo en su descenso me rodeaban, disipándose rápidamente. El silencio era estremecedor. Respiré una y otra vez, tomando como un regalo aquel aire, llenando mis pulmones de vida prestada. Qué miedo, chicos, no os lo podríais imaginar ni en mil años que vivieseis. Pero, entonces, caminé. Varios cientos de metros me separaban del comienzo de la nueva superficie que lo llenaba todo. Así, sin más historias, me encaminé hacia el borde mismo, con intención de escalar y plantarme en medio de aquella extraña ciudad.
»Pensar era lo último que podía hacer. Simplemente actuaba, buscaba que ocurriese algo, aunque fuera mi propia muerte. Pronto llegué al borde. No era liso, ni metálico. Lo palpé nerviosamente hasta que pude encontrar asideros a los que agarrarme. Llegar hasta arriba no iba a resultarme difícil, pues no estaba demasiado alto. Y lo hice. Escalé.
»El viento soplaba por entre los edificios. Creo que era el aire removido por el descenso de la ciudad, que ocupaba su lugar. Era intenso, y al pasar por los orificios redondos que llenaban las construcciones provocaban un sonido ululante que infería al entorno una atmósfera, si cabe, aún más extraña. Ya digo que no se trataba de una estructura metálica. Parecía estar hecha de madera, o de un material leñoso. Al pisarlo me recordaba al tablado del teatro, donde unos años antes había practicado mis torpes dotes como actor colegial. Todo estaba hecho de la misma materia leñosa y parecía que la ciudad se conformaba de una sola pieza, como si se tratara de un enorme hongo gigante, cultivado por seres que temía empezaran a aparecer de aquellos agujeros.
»Caminé un buen rato por entre los edificios. Había uno especialmente alto, situado justo en el centro de la estructura. Como no tenía nada mejor que hacer, me fui para allá, a buscar la muerte, o lo que fuera. Era altísimo, ya os digo. Por lo menos superaba por triplicado la altura media de los demás. Pero no era diferente en aspecto. Oscuro, leñoso, parecía tratarse del tallo de la seta, solo que era como si al hongo le hubieran dado la vuelta y lo hubiera arrojado al mundo con desdén algún gigante mitológico imposible de concebir en tamaño.
»Me quedé allí, parado, mirando aquella cosa enorme, intentando decidir si me ponía a escalarlo para penetrar en el agujero más próximo y ver qué narices se escondía dentro.
»Y, entonces, chicos, empezaron a salir los seres más horribles que podáis imaginar. Descendían directamente de los agujeros practicados en los edificios, por las paredes, agarrándose a las mismas con aquellas patas arácnidas. No eran arañas, no las imaginéis así. Eran más bien... Imaginad enormes lentejas de un negro azabache, rodeadas en sus bordes por innumerables patas. Eso eran, o así las recuerdo. Si poseían ojos, boca, o algo que las igualara a cualquier cosa viva que yo haya visto en el mundo, o en algún documental de la tele, estaba fuera del alcance de mi vista. Simplemente eran todas iguales, y tan solo variaba el tamaño en algunas de ellas. Y descendían por miles, decenas de miles, hasta el suelo. El ruido que hacían sus patas sobre la superficie leñosa lo llenó todo. Pasaban por mi lado, ignorándome. Yo no podía hacer otra cosa que permanecer quieto, y no sentía temor, ya no. Casi agradecía que la muerte estuviera tan cerca que solo tuviese que esperarla, en forma de aplastamiento rápido, o devorado por sus invisibles bocas.
»Pero no ocurría ni lo uno ni lo otro. Cuatro de aquellas cosas se habían colocado a mí alrededor, evitando que la marabunta de congéneres acabase con mi vida con sus nerviosas patas. Estaban ahí, supongo que mirándome, agitadas por los roces que sus iguales producían al tener que rodearlas. Eran la mitad de altas que yo, y debían de tener como dos metros de circunferencia, en el cuerpo, que aumentaba a tres si contábamos los racimos de miembros articulados que era sus patas. Creo recordar que les grité algo, animándolas a terminar con mi locura de una vez, pidiendo que me matasen. Representaban para mí la peor pesadilla que jamás haya tenido, ni antes ni después, de aquello, y no parecía llegar a su fin. Durante incontables minutos, muchos, muchos minutos inacabables, las cosas con patas siguieron saliendo de los edificios, llenando el suelo. Y yo, allí, plantado, de pie, intentando parecer digno con mi humanidad, esperando que me saltasen encima..., o algo, lo que fuese.
»Pero nada de eso ocurrió, al contrario. Dejaron por fin de salir seres de los edificios, de modo que pude intuir que todos estaban ya fuera. De pie como estaba, y al ser más alto que ellos, veía el mar de caparazones lisos a mi alrededor. No hacían nada, solo estar ahí, quietos, esperando algo. Y algo llegó.
»De pronto, al unísono, empezaron a temblar. Era como si millones de teléfonos móviles vibrasen a la vez. A veces pienso en ello, y creo que estaban agradeciendo a su dios alienígena el haber llegado a buen puerto. No era ensordecedor, ni desagradable. Del mismo modo que no me parecen desagradables ni ensordecedoras las alabanzas que los que seáis cristianos soléis pronunciar en la iglesia los domingos, o como los canticos que los musulmanes promulgan desde las mezquitas llamando al rezo de los fieles. No necesito creer en ningún dios para encontrar, incluso agradables, tales cosas. Esto era lo mismo, o muy parecido. A pesar de lo extraño que me resultaban todos ellos, supe reconocer una canción vibrante de agradecimiento.
»Después callaron. Todo quedó en calma.
»No puedo decir porqué supe que me estaban observando. Yo era el centro de atención, estaba claro, aunque no poseían ojos visibles que apuntaran hacía mi persona. El silencio era, esta vez sí, demoledor. Vino a durar otro montón de minutos insoportables que no acababan. Poco a poco el miedo se abrió paso de nuevo en mi sentir, a medida que entendía que no querían matarme. Creo que eso me asustaba, porque, si no querían matarme, ¿qué querían?
»Entonces escuché algo que provenía de la cima del edificio más alto de la ciudad, aquel del cual no me separaban ni cincuenta metros. Con todo el silencio reinante, se escuchaba perfectamente el traqueteo de algunas patas. Miré a lo alto, y lo vi. Estaba muy arriba para distinguirlo, pero supe que se trataba de uno de ellos, pero de color rojo, o granate más bien, y grande, mucho más grande. Bajaba como lo habían hecho sus congéneres un rato antes, pero pesadamente debido a su gran tamaño. Esto duró bastante tiempo, pues parecía que le costaba moverse. Cuando llegó al suelo, fueron dejándole sitio para que pudiera acercarse a donde yo estaba.
»No me preguntéis como lo supe, pero lo supe. Se trataba de un sacerdote, un guardián de su fe, fuera la que fuera esa fe. La forma majestuosa de avanzar, el respeto que intuía en las pequeñas lentejas que me rodeaban... Supe que era especial, que sus genes lo convertían en algo diferente a ellos. Y se me acercó tanto que mis cuatro salvadores, los que evitaron que fuese aplastado, se apartaron también, reverencialmente, con muchísimo respeto.
»Era incluso algo más alto que yo, más ancho que los demás seres y, como ya dije, granate. La diferencia era esa. Por lo demás era tan liso y redondo como cualquiera. Y portaba algo. Bueno, decir que portaba algo es intentar explicar que algo flotaba sobre él. Al principio me pareció una esfera plateada, pero después empezó a brillar. Y reconocí lo que era. Era una luz, como las que había brillado durante meses sobre el mundo, pero más pequeña. Comprendí que se trataba de lo mismo, pero que esta era unipersonal, solo para mí. Dejé de temblar, pues comprendí que iba a ser sacrificado, y que mi sufrimiento acabaría en muy poco tiempo.
»Qué sensación, chicos. No podéis imaginar lo que es sentir que con la muerte va a acabar una pesadilla, lo que es aceptarlo, desearlo, agradecerlo...
»La luz se separó de la influencia del ser rojo y avanzó hacia mí. La cogí, la miré. Estaba fría y su tacto era suave, aterciopelado. Me la acerqué al corazón, en un gesto que pretendí entendiesen. Después, abrieron el círculo a mí alrededor. Era evidente que se alejaban de la influencia de la luz para no ser pulverizados por ella. Yo tan solo acepté mi muerte con sincero agradecimiento. Agradecimiento por no ser aplastado, ni devorado. Agradecimiento por permitir que mi fin fuera el mismo que el del resto de las personas que amaba. Vibraron, otra vez, aunque en esta ocasión me pareció diferente a la primera. Me estaban ofrendando a su dios alienígena, comprendí. Lo acepté, y cerré los ojos.
»Después, morí.
»Cuando volví a abrirlos, estaba todavía sobre la leñosa superficie de la que se componía su mundo, pero solo era una porción. Yo estaba en el centro de la misma, en la posición sumisa que había adoptado para recibir a la muerte. Pero el mundo volvía a estar, como siempre, a mi alrededor. Los árboles, las plantas... Vi pasar un camión a unos doscientos metros, lo que me hizo deducir donde me encontraba exactamente. Si allí estaba la carretera, quería decir que... Me di la vuelta, y allí estaba el pueblo.
»No entendía nada, pero me dio igual, porque en menos que canta un gallo estaba en brazos de mi madre y mi padre, y palmeado en la espalda por mis amigos, que no cesaban de preguntarme donde narices había estado. Por supuesto, recibieron mi historia con muchos reparos, y nadie me creyó, como ahora no me creéis vosotros, niños.
»No importa, no os preocupéis, me he acostumbrado a que me llamen loco.
* * *
La hoguera se apagaba y alguien añadió un par de troncos. Los rostros infantiles, ocultos en la oscuridad, cobraron de nuevo forma ante la nueva luz del fuego reavivado. El viejo Juan permanecía quieto, mirando las llamas, pensativo. Fue uno de los críos el que interrumpió el momento con una impertinente pregunta soltada a bocajarro.
—Vale, buena historia, de mucho miedo, sí, pero... Al principio dijiste que los niños te asustábamos.
Juan miró al pequeño, y a todos los demás pequeños, uno a uno.
—Claro —dijo— porque no sois reales.
—¿Cómo que no somos reales?
El viejo tomó aire, lo expulsó, y contestó.
—Veréis, lo que me ocurrió aquel día ha permanecido en mi memoria, y he podido buscarle muchas definiciones. La que más me satisface es aquella que explica el comportamiento de los seres, tan... digamos, religioso. Creo que se trata de una raza que recorre el Universo en busca de mundos oxigenados, creo que son conquistadores dotados de una tecnología monstruosa, comparada con la nuestra, y creo que su religión está en grave discordia con su naturaleza parasitaria. Por ello, creo que cuando llegan a un mundo nuevo, lo copian. O, bueno, digamos que hacen una copia digital del mismo mediante un escaneado rápido. Es una forma de matarnos para que no interfiramos en su proceder y al mismo tiempo una forma de permitirnos seguir viviendo. Es decir, que el mundo en que vivimos es una copia del mundo que fue, del físico, que permanece en algún incomprensible computador alienígena. Nos mataron, pero no nos mataron. Nos quitaron nuestro mundo, pero no nos lo quitaron.
El niño impertinente torció la cabeza.
—Ósea, ¿que el mundo no es el mundo? ¿Es una copia informatizada?
—Eso es.
—Venga, vale, eso da mucho miedo, pero si todos somos copias informatizadas, ¿por qué te asustamos los niños?
—Bueno, veras... Yo, y el resto de viejos que vivimos el fenómeno de las luces en el cielo, estuvimos vivos, alguna vez. Nos pulverizaron y ahora somos la copia de lo que una vez fuimos. Vosotros habéis nacido después.
—¿Y...?
—Pues, que me pregunto, ¿qué coño sois vosotros?
La monitora saltó como un resorte ante el taco dicho en tono de cabreo por el sucio borracho.
—¡Señor Juan, le dije que nada de palabrotas!
El viejo hizo un mohín de entendimiento y se puso en pie, dio un trago largo directamente del tetrabrik que sacó del bolsillo de su chaqueta, salió de la superficie leñosa en la que estaban acampados los niños y desapareció en la oscuridad. Todavía se le pudo oír decir algo, casi en un susurro.
—Tú tampoco eres real.
La monitora se encaró con su compañero.
—¡Ya me dirás que clase de actividad ha sido esta!
—Nada, mujer, es un clásico. El viejo Juan nos ha contado esta misma historia a todos los del pueblo durante generaciones. Tú, como no eres de aquí...
—Un alcohólico hablándole a los niños, ¡menudo clásico!
—No es para tanto. Los críos ya lo conocen de verlo por ahí, siempre bebido. Contar su historia es una de las pocas veces en las que se permite estar sobrio. Y, reconocerás, la historia da miedo. Recuerdo haber tenido pesadillas con ella.
—La historia es estúpida. ¿Que los niños le asustan porque no son reales...?
—De momento, es la única versión que conozco que explica lo de las luces.
La monitora abrió la boca, como si fuera a decir algo. Se contuvo. Dio dos palmadas para enviar a los niños a la cama y se dispuso a vigilar que todos entraran en sus respectivas tiendas de campaña.
Una vez solos, se sentaron junto a los moribundos restos de la hoguera. Una pequeña petaca plateada surgió de no se sabe dónde.
—Y, dime, ¿tú te crees la historia del viejo?
La petaca pasó de su boca a la de él, tras un pequeño trago dado sin apartar la mirada de sus ojos.
—Yo creo que hay misterios en el mundo. Y creo que uno de ellos es este.
El monitor dio un par de toques con los nudillos en el suelo. El sonido que se produjo, como de madera al ser golpeada, se perdió en el bosque.
Se gustaban. La noche ofrecía la posibilidad de amarse, como siempre había ocurrido entre seres humanos, al amparo de la oscuridad, con las estrellas como testigos.
Y eso, tenía que ser real.