FUENTE DE INSPIRACIÓN
Adhemar Terkiel
junko, Pixabay License

Una vez más me encuentro sentado frente a mi procesador de textos, dispuesto a comenzar con la escritura de un nuevo relato. Esta vez estuve pensando en narrar una historia post apocalíptica. Sí, ya lo sé, cualquiera diría con razón, «Otra más». Bien, voy a ver cómo puedo hacer para resultar lo suficientemente original. Ignoro si lo puedo lograr. Por lo pronto, en esta oportunidad, voy a suponer que el hombre fue totalmente borrado de la faz de la Tierra, extinguido de manera irremediable. No quedó ni un solo sobreviviente. Su lugar fue ocupado por una especie verde, un árbol mutado por la radiación resultante del Apocalipsis. Deberán poseer un organismo completamente vegetal para lo cual no queda otra que entrar en Internet a estudiar un poco de botánica. Lo tengo decidido, no van a ser similares a los trífidos de John Wyndham. Prefiero tener árboles con sus raíces asentadas en tierra, unidos entre sí en bosques ubicados en lugares fijos, expuestos a los vaivenes climáticos y con su comunicación propia. De esa forma, esta idea comienza a gustarme.

¿Cómo puedo empezar? Lo más importante es la concentración; también parece ser lo más complicado. Por más que lo intento, no puedo evitar el pensar una y otra vez en mi encuentro de hoy con Waldo. ¡Pobre chico! A los diez años ya tiene que enfrentarse a un peso tremendo para su corta edad. Todas las tardes, al salir de la escuela, hace un desvío para pasar por el bar García, un boliche de mala muerte frecuentado por los parroquianos que van allí a mamarse. Uno de ellos es su padre, que termina su jornada laboral y se dirige allí a beber todas sus frustraciones. Waldo entra siempre y se lo lleva tirándole de la manga. Luego van hasta la casa caminando lentamente, haciendo eses y soportando cada vómito de su predecesor. Su madre derrotada, ya no mueve ni un dedo por él. ¿Qué mierda puedo hacer para ayudarlo? Y esto no es ciencia-ficción. En este momento no debo pensar en eso, tengo un texto para escribir y mi futuro depende de él. Veamos cómo hago.

«Hoy el día amaneció tremendamente ventoso. El viento proveniente del sur oeste tiene una gran intensidad y nos azota sin siquiera una pizca de piedad. Los compañeros ubicados en el extremo occidental del bosque lo sufren de continuo, sus troncos se tuercen y tal vez ya no vuelvan a enderezarse nunca más. En eso consiste su karma de vida. En cambio, aquellos que estamos ubicados en el centro, lo vivimos mucho menos a pesar de que nuestras ramas chocan una contra otra a cada instante y el frío nos cala en lo más profundo hasta llegar a la albura.

Entre todos, Benny es el que más se queja de su mala suerte. Está casi solitario ante el claro y es castigado por toda la furia venida desde la pampa. Ve perder sus hojas, sus ramas y en cualquier momento, su tronco expuesto a un esfuerzo supremo, acabará cediendo a semejante surestada y caerá irremediablemente.

Somos unos cuantos, algo más de cien quienes luchamos palmo a palmo contra esta injusta situación. Y peor aún es cuando nos enfrentamos a la caída de un rayo que incendia todo y nos quema sin que podamos siquiera detenernos a pensar alguna defensa o una huida. Pero no nos queda otro remedio que seguir ahí, luchándola con nuestras limitaciones y tan pocas posibilidades de éxito.»

Eso no me disgusta. Hasta diría que puede llegar a ser aceptable. Debo pulir un poco más la redacción, mejorarla hasta poder estar a esa altura que siempre deseo para mis escritos.

Otra interrupción. Esta vez no es el pensamiento de Waldo sino el teléfono celular que emite su música característica, una vieja melodía de los Beatles. ¿Quién será? Sara, mi compañera que quiere hacerme recordar que a la vuelta debo pasar por el supermercado.

—No te olvides que nos quedamos sin leche y pan. ¡Ah! Y comprá también la cena, que se nos terminó la comida.

—Descuidá, te prometo que cuando salga, voy por ahí —le respondo aunque sé muy bien que llegado el momento, lo voy a olvidar. Por eso me responde;

—Si no pasaste por el super, no te dejo entrar, ¿está claro?

Así es difícil concentrarse. Ahora que Sara colgó, puedo volver a lo mío. Sigo explicando los efectos del viento sobre el bosque. Ya llevo varias páginas hablando de lo mismo y corro el riesgo de aburrir al lector. Y por encima de todas las cosas, está la posibilidad de ser rechazado por el editor. Y eso sí que es doloroso.

La última vez se quejó y me pidió que en mi próximo relato, incluyera algún extraterrestre. «Acordate — me dijo— que elegiste un género muy poco popular entre el público. Tenés que escribir lo que tus lectores esperan encontrar». ¿Por qué todo el mundo insiste en recordármelo? Veamos qué se pude hacer.

¡Qué contrariedad! Otra vez suena el celular. En cualquier momento lo estoy tirando por el water. Atiendo. Se trata de Sandra, una promotora que me consulta si ya recibí el folleto con la publicidad de su nueva tarjeta, si me quedaron claras las ventajas que el tenerla me proporcionaría. Le respondo que sí.

—¿Qué le pareció? ¿Ya tomó alguna decisión?

—Sí, lo rompí en pedazos y lo mandé a la basura, donde corresponde. Te pido por favor que elimines mis datos y no me manden más publicidad.

—Cómo no, ya lo borré del registro, muchas gracias.

A ver, ¿en qué andaba? Ah sí, en lo de los extraterrestres. Veamos cómo puedo resolverlo.

«Nadie sabe qué son esas luces en el cielo. Si bien no tenemos ojos, nuestro instinto nos dice que hay unos extraños objetos flotando sobre nuestras copas, uno de ellos acercándose al claro próximo al bosque. Ahora, el viento ha comenzado a amainar sin haber derribado a nadie, pero el pobre Benny salió demasiado maltrecho. Siempre dijo que fue su maldición haber crecido en esa ubicación tan distante de sus iguales.

El objeto se posó sobre la hierba y de él surgieron cuatro seres bípedos, tan diferentes de los animales que conocemos. Algunas leyendas que circulan entre nosotros, nos hablan de sujetos que responden a la misma descripción, o por lo menos muy similar. Pero, de haber sido reales, hace mucho que se extinguieron.

Se trasladan de un lugar a otro igual que los perros que se detienen a orinar en nuestros troncos. Caminan hacia nosotros, pasan cerca de Benny sin detenerse, pero se fijan en Pup, circulan alrededor de él y se paran. Formando un círculo, parecen estar dialogando, o lo que sea similar a eso. Luego hacen lo último que nosotros hubiéramos esperado. Comienzan a inyectarle sustancias a Pup, las mismas circulan por sus vasos llenos de savia y llegan hasta las hojas.

Es terrible y conmovedor el grito de angustia proferido por nuestro buen amigo, pero no podemos movernos de nuestros lugares y nos es imposible siquiera pensar en acudir en su auxilio. Parece que los extraños no se conformaron con lo hecho y quieren más. Han enviado un rayo azul que amputa algunas de las ramas de Pup. Lo laceran y no hacen nada para calmar su terrible dolor. Todos podemos ponernos en su lugar y sufrir con él, aunque sea en forma indirecta.

Esto nos gusta cada vez menos. Por suerte han dejado en paz a Pup pero no quedaron conformes y se dirigen hacia Terple».

Ahora la cosa parecería estar comenzando a tomar forma, lo que me alegra. Pero me siento un tanto agotado y se me cierran los ojos. Tal vez deba acostarme y dormir una pequeña siesta. Eso me va a despabilar, así que me dirijo a la cama y me tiendo en ella.

* * *

Me despierto, mas esto no ha mejorado nada. No sé cuánto tiempo dormí, pero soñé que tuve un encuentro con Vanesa, una joven y hermosa compañera de oficina que falleció de cáncer el verano pasado. Un buen trauma nos ha dejado a todos los que trabajábamos junto a ella. En el sueño, conversábamos un rato largo, ella ignoraba que se encontraba muerta y seguía hablando con naturalidad de temas laborales y haciendo sus planes de futuro. La imagen fue tan vívida que son vanos mis esfuerzos por sacarla de mi cabeza.

Suena el timbre. Parece que hoy no tengo mucha suerte. Es la vecina del piso de abajo, como es su costumbre quejándose de las humedades que pasan de mi apartamento al suyo. Resignado le hago pasar, le muestro todos los ambientes y por enésima vez, le convenzo de que sus problemas no son producidos por filtraciones procedentes de la casa. Por las dudas, le recuerdo que soy inquilino, que ésta no es mi vivienda y le garabateo el número de teléfono de la inmobiliaria. Cuando se retira por el pasillo no muy convencida, veo acercarse caminando cuatro anacronismos, dos hombres de saco y corbata y dos mujeres con falda larga. Testigos de Jehová, lo único que me faltaba. Les digo que no tengo tiempo dándoles las gracias por su atención. Quedaron en volver la semana que viene. Para entonces, ya veré lo que les respondo.

De regreso frente a la computadora, repaso y comienzo a corregir lo escrito esta tarde. Solamente doce páginas, ¡qué poco! Y ya son las... Miro el reloj y veo la hora. Las siete de la tarde, ¡cómo pasó el tiempo! No voy a poder seguir con esta historia que cada vez me convencía más. No tengo ni la más remota idea de cómo finalizarla. Solo sé que a partir de ahora debo hacer un cambio en el relato y continuar con los hechos mirados desde el punto de vista de los alienígenas, para luego centrarme en los motivos del holocausto detallando los sucesos que exterminaron la humanidad.

En estos casos, quisiera que existiera esa droga que inventé para otro relato. Se trataba de un escritor cuya única fuente de inspiración era una sustancia misteriosa que le permitía visitar mundos imaginarios de todo tipo. ¡Qué magnífica fuente de inspiración! ¿Cuántos escritores como yo quisieran poseerla? Como era una historia dramática, le tuve que dar un final en que el protagonista sufre los efectos secundarios del producto, perdiendo su personalidad y cayendo en desgracia. Fue un relato que disfruté escribiéndolo, porque en cada uno de sus viajes, pude aplicar el máximo de creatividad e imaginación de los que soy capaz. Pero ahora las cosas han cambiado, sintiéndome necesitado de algún estímulo exterior, y no de cuanta interrupción pueda recibir por parte del entorno.

Comienzo a juntar mis cosas, guardo el archivo en la memoria de la máquina y en el pen drive y me apresto a retirarme. Ahora que dejé la computadora, siento con más intensidad el drama que vive Waldo, la ausencia de Vanesa, Sara con la visita al supermercado, la tarjeta que rechacé, la vecina del piso de arriba y los testigos de Jehová. Apago la luz, cierro la puerta con llave y me apresto a enfrentarme a este atardecer tan tormentoso. Estoy en el horno, no traje mi paraguas ni el impermeable. Una lluvia torrencial arrasa con la ciudad y me empapo mientras voy corriendo hacia la ubicación donde estacioné mi vetusto vehículo.

FIN

© Adhemar Terkiel, (1.879 palabras) Créditos