
Es la hora, ya llegan, siento sus pasos en la galería, mi tiempo se acaba, el de todos vosotros hace años que se agotó...
1
La culpa fue del camarero, digno oficio que no todos saben apreciar en lo que vale.
Julián era de los buenos, demasiado para el tugurio donde acostumbraba a terminar mis tardes.
A la tercera o cuarta copa yo comenzaba a filosofar.
—El mundo es una mierda.
Y el asentía ante tan gran verdad, frota que te frota con su bayeta verde mientras calmaba con un gesto tranquilo a los demás clientes.
—Todos felices y satisfechos, confiados en que papá estado les protegerá de todo mal si se portan bien y pagan sus impuestos.
Y de nuevo Julián afirmaba paciente con un cabeceo, mientras cobraba alguna cuenta.
—¿Donde ha quedado la rebeldía? ¿Donde los profetas que gritaban libertad? Sólo esclavos que engordan con la sopa boba ¿Engordar? ¡Qué barbaridad! Debo estar muy borracho para decir algo así ¡Eso es blasfemia!
Más o menos a esa altura de mi discurso yo golpeaba la barra con el vaso vacío y él evaluando con ojo experto lo volvía llenar o me decía.
—Es tarde.
Y enfrentaba una mirada serena a mi furia vidriosa.
Sí, Julián era un gran tipo y podría haber seguido así muchos años, él sirviendo copas y yo reventando mi hígado sin importarle a nadie. Pero no, todo se fue al traste aquel martes.
* * *
Yo soy... No creo que os importe demasiado, sólo os diré que lo único bueno que hizo mi padre por mí, fue dejarse matar por una compañía aérea aportando a mi cuenta corriente la mitad de una sustanciosa indemnización que junto a la mitad de la herencia, sumó lo suficiente para que las rentas de un fondo de inversión alcancen a pagar un apartamento, una señora que limpia, las cuentas del bar y algún que otro alivio. No tengo familia cercana ni lejana si hablo de mitades es, claro está, por la minuta de mi abogado. Pero vayamos a lo que cuenta, como decía todo se torció aquel martes, en que un extraño ocupaba el espacio tras la barra...
La cosa empezó mal. Yo venía cargado, el tardó unos segundos de más en prestarme atención y cuando lo hizo fue con desconfianza, deteniéndose en mis ojos brillantes, mi barba de dos días y mi traje arrugado.
—¿Donde está Julián? —Gruñí como saludo.
No contestó a mi pregunta.
—Ron —pedí paciente, obviando el desaire. Debo aclarar que no tenía ganas de bronca, era una de esas borracheras cansadas, tirando a triste, pero el gil... —dejémoslo ahí, borremos por una vez el lenguaje malsonante, dejémoslo en él—, él tiró de un brebaje barato.
—Eso te lo tomas tú, a mi dame de ese otro —le aclaré ceñudo señalando mi botella—, tengo el hígado delicado.
Me miró un par de veces sin decidirse a cambiar de marca.
—¿Necesitas que te pague por adelantado? —saque la cartera y le arrojé la tarjeta, soy un clásico—. Pruébala, hay saldo para agotar tus existencias.
El muy desconfiado lo hizo antes de servirme una copa con mucho hielo y poca sustancia.
Tomé un trago largo, resoplé y volví a preguntar por mi amigo.
—No lo sé —condescendió por fin a responder— ayer era su último día.
—¿Qué? ¿Así, sin despedirse? No puede ser ¿Dónde se ha ido?
—Lo siento, señor —un señor lento y engolado—, no tengo por costumbre inmiscuirme en asuntos ajenos.
Como hace usted, le falto decir. Le indiqué con un gesto que rellenara y me quedé mirando el vaso. No podía creerlo ¿Tantos años aguantándome y desaparecer sin decir nada?
—Algo sabrás si ocupas su lugar —usurpas hubiese sido un verbo más apropiado.
Torció el gesto y no fue el desprecio sino la lástima lo que terminó por encenderme.
Apuré de un trago el poco ron que quedaba y me encaré con él.
—Otro, mejor déjalo, me sirvo yo, veo que esta casa ha perdido mucho estilo—agarré la botella y llené el vaso hasta el borde.
—Disculpe, señor —otra vez el mismo silabear lento— Si no se comporta me veré obligado a pedirle que salga del local.
Sólo me faltaba eso.
—Mira chaval, llevo viniendo a este garito desde antes de que te saliera barba y ni tú ni tu puta madre van a decirme cuando tengo que largarme de aquí.
Algunos clientes se giraron nerviosos en nuestra dirección.
Sois todos unos desechos —pensé— queréis fiesta, pues la vais a tener.
—¿Algún problema? —dijo una voz a mi espalda.
Siempre hay un metomentodo dispuesto a entrar donde no le llaman y aquel había llegado justo a tiempo.
Me volví hacía él con lo que pretendía ser un gesto cargado de dignidad, deslucido quizá por un ligero balanceo y le miré a los ojos. Él me observó tranquilo y seguro, demasiado tranquilo y demasiado seguro, un cartel luminoso anunciando el momento de callarse y desaparecer.
No lo hice.
—Los que tú te estás buscando —farfullé con voz pastosa.
El muy chulo no perdió un ápice de su calma. Se limito a alargar su mano hacía mi vaso mientras decía: —Creo que ya ha bebido bastante por hoy.
Y ahí se la ganó.
Eché el brazo hacía atrás tomando impulso y lo lancé contra su cara.
Lo que aún no consigo comprender es como la copa termino en su poder y yo en el suelo, no sin golpearme antes la cabeza con el asiento forrado de cuero de un taburete. De lo que pasó después, antes de perder la consciencia, sólo quedan imágenes borrosas mezcladas con una frase: —Tranquilos, soy policía.
2
Dolor de cabeza, un asqueroso sabor de boca y sobre todo, ganas de orinar.
Hasta ahí como cualquier mañana.
Fue el olor lo que me sorprendió, el olor a limpio. Después las paredes, pulcras y verdes, la suave luz indirecta, la cama, el par de sillas, la mesita de noche con un vaso y dos analgésicos y el pijama. Nunca uso pijama.
No era mi apartamento, un pensamiento más lúcido de lo que parece dadas mis circunstancias. Por otro lado, no era la primera vez que amanecía un lugar extraño y averiguar a donde me habían arrastrado esta vez, no era lo prioritario. Tenía dos puertas a mi alcance, una no respondió a mis intentos de apertura con la otra, hubo suerte. Alivié la vejiga, me tragué los analgésicos, el agua y me senté en el borde de la cama masajeándome las sienes.
Unas pocas piezas comenzaron a encajar.
—¡Mierda! si el tipo era un policía... —Murmuré. No, descarté la idea, mucho tenían que haber cambiado los calabozos desde mi última visita, más bien, la habitación tenía el aséptico aspecto de un hospital, claro que en los hospitales no cierran con llave las habitaciones ¿o sí?
Me lancé a examinarlo todo con detalle: la puerta cerrada, sin ventanas, pocos muebles de material plástico sin bordes peligrosos, paredes cubiertas de un ligero acolchado.
¡Ah no! Eso no, unas cuantas noches en chirona, bueno; una multa, una amonestación del juez, incluso una orden de alejamiento lograda por una furcia que se creyó que tenía algún interés en ella, eran cosas que podía asumir. Tratarme como si estuviese loco era lo último que pensaba permitirles. No, por supuesto que no, no iba a quedarme ni un minuto más encerrado en aquella celda.
Una chica con bata blanca interrumpió mi silencioso alegato. Entró sin llamar y aparcó al lado de la cama un carrito con el desayuno.
—¿Qué tal se encuentra? — preguntó con dulzura.
La voz, la sonrisa a juego y el cuerpo que las acompañaba me despistaron sólo por un instante.
—¡Con que derecho me han traído aquí!
Ella mantuvo la sonrisa y la dulzura.
—Tómese el desayuno, le sentará bien.
—¡No tengo hambre! Quiero mi ropa, mi cartera y marcharme a mi casa. Inmediatamente —recalqué— o dígale al jefe de este chiringuito que se prepare para una demanda que le enterrará bajo tantos documentos que lamentará toda su triste vida el día en que me conoció —una amenaza que en manos de mi abogado, podía llevarse otros dos tercios de mis ahorros.
La enfermera, tal cosa parecía, no perdió la compostura, pero dio un paso atrás antes de contestar: — No se preocupe, enseguida vendrá el doctor.
—No necesito a ningún doctor —repliqué alzando el índice— y vista su actitud, tampoco necesito que le diga nada a nadie, ya me encargo yo.
La empujé a un lado y me encaminé hacía la salida donde un sujeto cuerpo y cara de armario me detuvo usando una sola mano.
—¡Como se atreve! ¡Maldita sea! —Grité luchando por zafarme— Exijo... —y entonces caí en la cuenta de un pequeño detalle: la placa sobre el pecho izquierdo, con un nombre y unas siglas: INEM.
—¡Dios mío! — mascullé trastabillando hacía atrás.
La enfermera aprovechó para escabullirse y el armario cerró la puerta.
—Dios mío —repetí abrazándome la cabeza con las manos.
—¿Se encuentra bien?
Necesitaba un trago más que respirar y no me enteré de que un nuevo personaje entraba en escena.
—No tiene buen aspecto —insistió con voz grave y sosegada— Soy el doctor Horacio Quindós y estoy encargado de su caso.
—¿Mi caso? —Alcé la vista, un hombre de mediana edad, enjuto, con barba de chivo, pelo canoso y cara angulosa me tendía la mano— No soy ningún caso —repliqué sin aceptarla.
—Eso el algo que no le compete decidir usted —la enfermera, el doctor, allí todo el mundo sonreía, hasta el armario de la puerta había esbozado algo parecido cuando me agarró.
—¡Esto es un centro del INEM!
—Sí —respondió él medico con naturalidad.
—¿Sí? ¿Así si más? —me levanté y pude comprobar que su cara quedaba por debajo de mis hombros. Eso me animó.
—Cálmese todo irá mejor si se tranquiliza.
Un aura de paz y comprensión rodeaba al doctor Quindós, un aura trasmitida en cada movimiento y en cada palabra. Lo puede comprobar hasta la nausea en los días que siguieron.
—¿Que me tranquilice? Estoy muy, muy tranquilo.
—No lo parece.
—No lo parece porque estoy siendo retenido contra mi voluntad en un centro del INEM.
—No nos queda otro remedio, al menos hasta que no completemos su diagnóstico.
—¿Diagnóstico? No necesito ningún diagnóstico, me encuentro perfectamente y exijo, óigame bien, exijo que se me deje en libertad inmediatamente.
Agarré al pequeño médico por las solapas y él, sin perder la serenidad, hizo un gesto hacía la puerta.
Nunca hubiese imaginado que un armario pudiera moverse tan rápido ni inyectar el contendido de una jeringuilla en mi brazo con aquella velocidad. Después toda mi ira se disolvió en un agradable calor y hasta la cara de chivo del doctor Quindós me resultó simpática. Creo que sonreí bobalicón cuando el celador me tendió con delicadeza sobre la cama.
—Descanse, dentro de unas horas volveré a verle.
3
El segundo despertar fue algo mejor, mi boca ya no era una pasta reseca ni mis sienes un parche de tambor, pero lo que quedaba de mi cerebro nadaba en una espesa bruma. Me incorporé despacio, tanteando inseguro cada movimiento, esforzándome por enfocar alguna imagen entre los jirones de niebla.
Y de repente lo recordé todo.
—¡Hijos de puta! —Rugí—. Para, quieto, despacio —pensé a continuación. Las ideas comenzaron a circular con cierta fluidez en mi cabeza. De aquí no sales con una multa y una condena a trabajos sociales, esto es el Instituto Nacional de Empleo y no se dejan asustar ni por las voces ni por todas las demandas del mundo. Tienes que actuar con más cautela si quieres escapar entero. Siéntate y piensa en algo que no sea un trago.
Y eso hice, tirando, no quedó otra, del zumo de naranja y el café que aún esperaban en el carrito.
La enfermera, y el doctor Quindós aparecieron por la puerta al poco de dejar la taza vacía sobre la bandeja. Cámaras de vigilancia, supuse, una medida elemental por otro lado.
Incliné la cabeza en su dirección saludando con deferencia.
—Quería disculparme por mi anterior comportamiento —les pedí a los dos— despertarme aquí fue un poco... sorprendente.
Educación sobre todo educación, ese era el plan.
—No tiene importancia —respondió el médico agitando una mano— ¿verdad María? —La joven no abrió la boca, asintió con modestia, recogió el carrito y nos dejo solos— ¿Le molesta si me siento?
—Faltaría más —Le indiqué una silla, se sentó y, cómo no, sonrió.
—Parece que el descanso le ha sentado bien.
—Muy bien —convine—, eso no quiere decir que haya cambiado de opinión —en mi plan, la educación no está reñida con la exigencia—, sigo creyendo que este no es mi sitio y antes de someterme a ningún diagnóstico me gustaría hablar con mi abogado, entiendo que estoy en mi derecho.
Sus ojos reflejaron por un segundo algo parecido a la lástima, igual que el cretino del camarero.
—Claro, claro, está usted en su derecho si me indica quien me encargaré de avisarle. ¿Si prefiere uno de oficio?
—Gracias dispongo de un buen abogado —respondí devolviéndole mi mejor sonrisa.
Tanta deferencia debería haberme puesto sobre aviso.
* * *
El inútil de mi abogado confirmó la legalidad del procedimiento. El anillo y reloj de oro, el traje a medida, la manicura y los retoques, recientes, de la nariz, la boca y la papada, me recordaron la pasta que me costaba su visita y decidí que tenía que sudar sus honorarios.
—¿Me estás diciendo que pueden enchironarme por tomar un par copas?
—Esto no es la cárcel y no fueron un par de copas.
¿También él? ¿Desde qué altura moral se creía con derecho a sermonearme?
—Un par o quinientas, vivimos en país libre ¿no?
Se encogió de hombros, la libertad no era un concepto que le preocupase demasiado.
—Fue una bronca con un inútil que no conoce su oficio y un maldito policía, nadie salió herido, ni siquiera rompí el vaso —si al menos hubiera logrado estampárselo en la cara al entrometido—, eso se arregla con una multa.
—Se arreglaría de no ser por tus antecedentes —giró hacía mi su tableta mostrándome el listado de mis hazañas— si a esto sumamos que no dispones de un trabajo estable ni de familia que pueda...
—¡Maldita sea, algo podrás hacer! No sé si te has enterado ¡Esto es el INEM!
Dudó antes de sugerir: — Tal vez no sea tan malo, puede que te venga bien.
—¿Bien?
—La vida que llevas...
—¿La vida que llevo? ¡Qué te importa a ti la vida que llevo! Vas a recurrir lo que sea que tengas que recurrir y lo vas a hacer ya.
—No tenemos ninguna base.
—Pues te la inventas.
—¿Contra el INEM?
—Contra quien haga falta.
—Te costará dinero —objetó con su mejor expresión de rábula codicioso.
—Siempre que hablo contigo me cuesta dinero.
Desapareció en cuanto autoricé la trasferencia y yo me quedé sentado en la cama, dándome cuenta de que exceptuando a Julián, mi abogado era la única persona con la que había mantenido una relación continuada desde hacía muchos años.
Necesitaba una copa ya.
4
Dos días, el recurso me supuso dos días de aburrimiento y ninguna salida, al tercero el recibí la notificación del juzgado denegando mis alegaciones y media hora más tarde el doctor Horacio Quindós se presentó con su bata verde y su cara de psicoanalista de folletín.
—¿Cómo se encuentra hoy?
—Mal.
Asintió como si no esperase otra cosa y volvió a pedir mi permiso para sentarse.
—Haga lo que quiera.
—Gracias.
Ocupó la silla libre, cruzó las piernas y comenzó a leer.
—Estudiante de periodismo graduado con honores en la UAL, fue expulsado del curso de postgrado por agredir y lesionar al catedrático de estructuras sociales. Poco después la muerte de su padre le dejo en posesión de una pequeña fortuna y abandonó los estudios dedicándose a trabajar como colaborador externo en diversas publicaciones de segunda fila hasta que la mayoría dejo de aceptar sus trabajos por violentos y provocadores. En la actualidad edita su propio sitio —aquí sacudió la cabeza—: saldelamierda, que actualiza esporádicamente dada la falta de visitas. Sin oficio productivo conocido, vive de las rentas de un fondo de inversión.
Se detuvo esperando mi reacción, en vano.
—Alcohólico potencialmente agresivo observa conductas que responden a pautas típicas de individuos caracterizados por un elevado cociente intelectual, tendencias antisociales y brotes paranoicos en los que se supone por encima de cualquier ley y en posesión de verdades inalcanzables para el resto de sus conciudadanos.
Volvió a guardar silencio recorriendo datos que no consideró pertinente comunicarme, supuse que la ristra de demandas civiles, y fue directo a mis causas penales.
—Detenido en cuatro ocasiones por alteración del orden público, fue condenado a...
—¿Me va a contar mi vida?
—No tengo inconveniente en que me la cuente usted a mí.
Afable, sonriente, atento.
—No insista, no voy a entrar en su juego —dije con toda la moderación que pude reunir.
—¿Mi juego?
—No soy ningún idiota doctor, ni ningún paranoico diga lo que diga ese informe, se lo que hacen aquí y se como la hacen.
Apagó la tableta, como dejando claro que no le importaban mi pasado y que estaba dispuesto a mantener una charla amistosa, en confianza, de amigo a amigo.
—Dígame, si usted se rompiera una pierna o le fallara un riñón, ¿No aceptaría de buen grado los servicios de un médico?
—No tengo ninguna pierna rota y mis riñones funcionan perfectamente, lo he comprobado esta misma mañana.
—Podemos elegir otro órgano, el más le duela —fue uno de sus escasos arranques de sarcasmo.
—Para eso están los hospitales no los servicios del INEN.
—Tiene razón aquí nos ocupamos de otro tipo de desajustes.
—Sí, aquí ajustan cerebros.
—¿Acaso el cerebro no es un órgano que puede fallar?
—Preferiría ejemplos menos ingenuos, doctor en —pronuncié despacio— ¿Psiquiatría?
—Tal como lo dice suena horrible.
—Horrible, sí, es horrible que una digna especialidad de la medicina que hasta hace unos años se ocupaba a curar mentes enfermas se dedique ahora a manipular a los sanos.
Por una vez la sonrisa de Horacio fue sincera.
—Manipulación, un tema interesante del que podríamos discutir durante horas, también del concepto de sano. ¿Es usted un hombre sano?
Me había propuesto no entrar al trapo y estaba corneando cada lance.
Me encerré en un silencio hosco.
—¿Le apetece una copa?
¡Cabrón!
—¿Ve? Puede empeñarse en negarlo pero reacciona a un estimulo de forma inevitable.
Dejé de frotarme las manos sudorosas y las crucé sobre la tripa repantigándome en la silla.
—La realidad es terca y no se pliega a nuestras fantasías.
Yo podía ser más terco.
—Puede negarlo todo lo que quiera, como le he dicho eso no cambiará la realidad.
—Me gusta mi realidad.
—¿De verdad?
—Silencio hosco.
Y venga, dale que te pego.
Silencio.
Cordial, siempre cordial.
Silencio.
Dando vueltas a la misma rueda.
Silencio.
Hasta que miró su reloj.
—Bien, hemos terminado por hoy —se levando para despedirse, respetuoso, amable, afable, insoportable—, continuaremos mañana.
La idea de pasarme el resto del día encerrado sin otra cosa que hacer que mirar las paredes pudo más que el propósito de permanecer mudo.
—¿Piensa dejarme encerrado sin nada que hacer? ¿Es parte de mi tratamiento?
—Lo lamento —y al ver su cara cualquiera hubiese creído que lo lamentaba en lo más hondo— hasta que no tenga un diagnóstico claro no puede darle permiso para salir de la habitación, aunque le traerán una pad.
—Mejor una botella de ron.
Me rió la broma.
* * *
Una enfermera, distinta, igual de rubia e igual de mojigata, me la trajo, no la botella, claro, una tableta de bordes redondeados y tacto gomoso. Una ventana al mundo que ellos querían que viera, canales oficiales y mucha basura del INEN, datos, artículos, loas y elogios a sus grandes y exitosos servicios en aras de mantener a la mayor parte de la población activa y satisfecha.
Activos y satisfechos. Yo conocía las técnicas de lavado de cerebro, los espectaculares avances de la neurología las habían depurado, optimizándolas hasta límites que nadie, una generación antes, hubiese creído, pero en el fondo las reglas continuaban siendo las mismas de siempre: aislar a la víctima, controlar lo que ve oye y piensa, cuestionar sus valores y su historia, presionando, manteniendo la tensión hasta que comienza a dudar de todo y busca alternativas que terminen con su sufrimiento. Ese el momento de colar el nuevo mensaje corto, simple y repetido, al tiempo que se afloja la presa y se premia cualquier comportamiento en la dirección deseada.
Si quería mantenerme cuerdo tenía que hacer algo más que frotarme las manos temblorosas y pensar en botellas de brillante licor. ¿Hacer qué? ¿Dar vueltas a mi celda y prácticas flexiones hasta que mi musculatura estuviese a la altura de la del armario-celador? ¿Golpear al doctor Quindós una y otra vez hasta que me sangraran los nudillos? Era una alternativa tentadora, aunque poco práctica. Resistir, resistir y resistir. No quedaba otra, soportar sus charlas, convencerlos de la inutilidad de sus esfuerzos y volver a la calle etiquetado como un caso perdido.
Un posibilidad entre un millón. Una pequeña esperanza a la que aferrarme y una de sudor y vueltas entre las sábanas.
5
—Tiene mal aspecto ¿ha dormido bien?
¡Un prodigio de agudeza, el doctor!
—No se preocupe hoy no toca charla.
¿Otra vez sarcasmo o era una amenaza?
—Confío en que los resultados de estas pruebas le convenzan o al menos le hagan dudar de sus certezas.
Aislar al individuo, sembrar la duda. No era sarcasmo.
El celador entró, empujando un sillón lleno de cables, sensores y correas para sujetar brazos piernas y cabeza.
Di un paso atrás, Horacio Quindós negó con la cabeza.
—No se deje asustar por las correas, son reliquias del pasado, hace años que no tenemos que atar a nadie ¿Verdad Miguel?
La muda e insensible respuesta del armario no me convenció demasiado, retrocedí otro paso.
La mirada del doctor me hizo sentir como una rata de laboratorio.
—No sea niño, es un simple escáner para establecer un mapa de sus circuitos neuronales, no le dolerá y será más fácil si permanece tranquilo y consciente.
Ni por instante consideré la posibilidad de sentarme en aquel sillón tranquilo y consciente. El celador me vio venir y tomo posiciones, el médico cabeceó, resignado.
—También podemos hacerlo aunque se pase todo el rato gritando pero las correcciones y los ajustes llevarán más tiempo.
Yo sabía cómo funcionaban aquellos chismes y lo que podían llegar a hacer sus cascos repletos de electrodos si se conectaban a un cerebro.
—¡No! Quiero a mi abogado —qué triste acorarme de él en aquel trance— ¡Soy un ciudadano libre! ¡No tienen derecho!
El armario me arrinconó bloqueando cualquier salida, mientras el doctor fruncía los labios, decepcionado.
Lo intenté y fue un golpe contra un muro. Con un hábil movimiento y sin rastro de esfuerzo, el celador me alzó del suelo oprimiendo mis brazos contra el tronco y me arrastró hasta la máquina. Una mano le bastó para sujetar las mías, la otra empujó la cabeza contra el respaldo, aguanto un par de patadas mientras las correas de sujeción se ajustaban de forma automática a la frente, el pecho y la barriga y otras dos cuando se ocupo de mis muñecas.
—¡No tienen derecho a hacerme esto! —mascullé casi sin aire.
—Vamos no sea ridículo, sólo es una sencilla prueba, no le estamos haciendo nada.
El casco descendió sobre mi cabeza y sentí el frío contacto de cientos de sensores manoseando en mis sienes, mi nuca, mi coronilla...
* * *
Cerré los ojos con fuerza, procuré no pensar en nada y comencé a gritar hasta que me quede sin aliento. No volví a mirar hasta que sentí el casco desconectarse de mi cabeza.
—¿Que me han hecho?
Horacio Quindós había aguantado como un campeón mi serenata, sacudió la cabeza con paternal paciencia.
—Como le dije era una prueba sencilla para confirmar el diagnóstico previo y...
—Dígamelo, confiese que no me ha manipulado que sigo siendo yo.
—Venga, tranquilícese si promete comportarse como un adulto razonable se desataré y le pediré a Miguel que nos deje solos.
Repasé mis recuerdos de los últimos días, al menos seguía odiando aquel sitio, echando de menos una copa y sin soportar las gentiles sonrisas de Horacio Quindós.
Algo era algo.
—Está bien —suspiré tomando aire.
—Gracias. Miguel, si es tan amable.
El armario soltó las correas y me lanzó una mirada de aviso antes de desaparecer arrastrando su instrumento de tortura.
Horacio aguardó a que apurase un trago de triste agua y me mostro la pantalla de su tableta.
—Por lo que leído en alguno de sus artículos sabe algo de neurociencia, creo que lo suficiente para comprender estas gráficas. Estos son los resultados de una persona sana y estos los suyos, como verá las matrices psi y los niveles de neurotransmisores...
—Estoy loco —le corté— soy un peligroso elemento antisocial que debe ser reeducado.
—No dramatice —en realidad su caso no es grave, con un poco de colaboración por su parte...
—¿Colaboración? —Le interrumpí de nuevo— no, amigo, no espere nada parecido de mi parte, saldré de aquí tan entero como he entrado.
Él Apagó la tableta cruzó las manos sobre el regazo y optó por la vía didáctica.
—A todos nos gusta creernos únicos, especiales y en cierto sentido así es, en otros funcionamos como cualquier ser humano, estímulo y respuesta, la felicidad está en pequeñas cosas, algo de seguridad, ser admitidos por el grupo, sentirnos útiles...
—Ciudadanos modélicos, limpios, aseados, trabajadores y obedientes.
—¿Porqué se empeña invertir los valores?
—Porque hay un ingrediente que no ha incluido en su receta, la libertad.
—La libertad —inclinó un momento la cabeza, satisfecho porque la conversación tomaba el camino adecuado— que gran palabra ¿Qué es para usted la libertad?
—No me fastidie doctor, no pienso entrar ahí.
—Le haré una pregunta, puede contestar o no, aunque el silencio también es una respuesta. ¿Es usted feliz?
—Tanto más que usted.
—Muy seguro parece, sin conocerme de nada y su recorrido, sus fracasos, sus comportamientos habituales no hablan de una vida feliz.
—Mi vida es mi vida.
—Y es una condición inamovible, ¿Está condenado a seguir arrastrándose de bar en bar sin nada mejor que hacer que beber y renegar de su suerte?
—Yo no reniego de mi suerte.
—Nadie la diría leyendo lo que escribe o, mejor dicho, escribía.
—Tal vez no sea un ejemplo a seguir, es igual, lo importante, doctor, es que yo tomo mis propias decisiones no dejo que otros lo hagan por mí en función de las supuestas necesidades de una sociedad ideal.
—O sea que la suya es una lucha contra un estado perverso y opresivo.
—Puede plantearlo como una paranoia —yo también me recosté en mi silla imitándole— y siga usando ese tono, es encantadora tanta amabilidad, no espero que me entienda, es otra víctima del sistema.
—¿Un sistema que me ha privado de mi libertad?
—Un sistema que le hace creer que es libre.
—Y por eso usted se mantiene al margen.
—Sí.
—Para seguir siendo libre y tomar sus propias decisiones en lugar de las que pretende imponerle un siniestro gobierno.
—Ironice todo lo que quiera, le da un toque divertido a nuestra charla.
El doctor Quindós, como no, sonrió.
—¿Qué cree que queremos obligarle a hacer?
—No se trata del qué sino del cómo.
—Duda entonces del método no del objetivo.
—No retuerza el argumento, dudo de una sociedad que etiqueta cualquier rebeldía como trabajo improductivo —repliqué marcando las dos últimas palabras.
—De modo que sus antecedentes penales son la manifestación de su rebeldía política.
—Han sido cuatro peleas de bar, cinco con la del otro día sin contar mi enfrentamiento con un catedrático incompetente. Pagué las correspondientes multas, no saquemos las cosas de quicio.
—Y la falta de interés del público por sus manifiestos responden a un bloqueo o conspiración por parte de las autoridades.
—Le gusta hacerme repetir las cosas ¿Es un truco para pillarme en contradicciones o pretende que le confiese que soy un pobre loco convencido de que todo el mundo le persigue? No, doctor, es un hecho que han logrado transformar a la humanidad en felices marionetas y lo peor de todo, es que no ha sido ninguna conspiración, ha sido la humanidad la que se han castrado a sí misma.
—¿Castrado? Un término muy interesante.
—¿Ahora toca psicoanálisis? ¿Una relación paterna mal digerida, complejo de Edipo y traumas de pene? Pensé que todo eso estaba superado.
—Lo está, lo está, pero sigue siendo interesante lo que manifiesta: una sociedad que se limita a sí misma que renuncia a su futuro a cambio de un poco de seguridad y trabajo.
—Usted lo ha dicho.
Cabeceó satisfecho como si las piezas de su plan fuesen encajando una a una.
—Es la hora —dijo—, piense en la libertad. Mañana hablaremos de ese interesante concepto.
—¿Me está poniendo deberes?
—Tómelo como mejor le parezca, con total libertad —qué gracioso— y si lo desea puede consultar con más tranquilidad los resultados de su análisis, los tiene disponibles en el pad.
* * *
Comenzaba a estar hasta las narices del sarcasmo del simpático doctor. Por mi podía meterse su paraíso donde le cupiera. Pan trabajo y paz la misma terna que todo salvapatrias había esgrimido como garantía de bondad a lo largo de la historia que se encarnaban una vez más y en su forma más perversa por la gracia de una tecnología capaz de hacer, ver, creer o querer cualquier cosa a cualquier ser humano.
Activé la tableta y estudie los resultados, demasiadas horas muertas como para no ceder a la tentación y arriesgarme a caer en su trampa.
Las cifras y las gráficas lo dejaban muy claro, la mía era una mente enferma cuyos circuitos procesaban la información de forma inadecuada obteniendo conclusiones erróneas ante estímulos normales.
Loco, estaba loco, loco según su esquema ¿Quiénes eran ellos para decidir que la escala de la primera página, aquella bonita escala coloreada de verde era la norma? Las cifras de su éxito que ocupaban las páginas de presentación de sus servicios, cifras aterradoras que hablaban de millones de personas acudiendo voluntariamente a sus cursos de adaptación profesional, millones que a los pocos días regresaban al mundo convencidos de que su nuevo empleo era el más adecuado a sus capacidades, a las necesidades de la comunidad, al equilibrio de la población, al consumo energético, al bien global. Y lo peor de todo es que eran ciertas. Bien ellos podían disfrutar de su nirvana tanto como quisiera yo me iría de este mundo nadando en alcohol o más sobrio que un asceta y lo haría por mi propia y enferma voluntad.
6
—Usted piensa que es libre y toma sus propias decisiones ¿Se ha detenido alguna vez a reflexionar en serio sobre eso?
—¿Venga ya, doctor, me ha tenido toda la noche trabajando para esto?
—La mayoría de las grandes preguntas tienen respuestas sencillas, el problema es que a veces nos negamos aceptar las consecuencias.
—Y la suya es el libre albedrío no es más que una ilusión, el resultado de la casualidad, la confluencia de múltiples y factores cuya complejidad caótica nos hacen creer que bla, bla, bla... Me conozco el discurso.
—Y no lo comparte.
—No entiende nada doctor, me da igual que seamos el producto de infinitas casualidades o que un ser superior haya decidido otorgarnos un don, es mi casualidad y mi fantasía de libertad, mis gustos, mis deseos, mis sueños, no los que ustedes pretenden imponerme.
—Tiene usted una vena dramática muy desarrollada, podríamos limitarnos a dejarle destruirse sólo.
—Háganlo, se lo ruego —supliqué con sorna.
—Habla de imposiciones y manipulaciones ¿Cree acaso que sus formas de pensar no han sido manipuladas desde que nació, por sus padres, sus profesores, sus amigos, por todo lo que ha visto, leído y escuchado? La historia de la humanidad es una historia de manipulaciones la única diferencia es que ahora la técnica permite hacerlo de una forma mucho más sencilla, una manera limpia que busca la felicidad del individuo no su uso.
—¡Oh! ¡Sí! la felicidad no su uso —no pude evitar soltar una carcajada— Lo siento, no hay plazas de ejecutivos con deportivo y urbanización de lujo, te ha correspondido ser barrendero, pero no pasa nada, nosotros nos encargaremos de que seas el más feliz de los barrenderos, cuando salgas de nuestras oficinas no desearás trabajar en otra cosa.
—¿Qué tiene eso de malo? —su sorpresa parecía sincera.
—No me joda doctor, si no lo ve, no puedo explicárselo.
—¿Es malo ser feliz? Una persona satisfecha de la vida que lleva, que disfruta con su trabajo y las personas que le rodean. ¿No ha sido ese el objetivo durante siglos? ¿Por qué hemos de renunciar a él cuando está al alcance de nuestra tecnología?
—Tentador, sin duda —me reí— ¿Qué me ha tocado a mí, rico con mansión o arreglar tuberías y llegar con dificultades a fin de mes?
—¡Oh! Créame —río a su vez— un buen fontanero no tiene ninguna dificultad para llegar a fin de mes. Pero no se trata de eso, el dinero no da la felicidad, es un dicho tan antiguo como cierto. Podría contarle casos de altos directivos amargados y angustiados por la responsabilidad que han encontrado realizados trabajando como dependientes o conserjes o trabajos que no se imagina después de pasar por uno de nuestros cursillos.
—Claro ustedes conectan unos cables a su cabeza y arreglado.
—La igualdad de los seres humanos es un mito superado, todas las utopías igualitarias de la historia fracasaron porque partían de un principio falso. Los hombres no somos iguales, unos deben tomar decisiones y otros llevarlas a cabo. El secreto está en que todos asuman su papel con honradez y responsabilidad y sacar el máximo partido a sus posibilidades.
—Asumir el papel que ustedes les asignan.
El suspiró resignado y por un instante pensé que había ganado, fue instante, al segundo siguiente recuperó su insufrible y paciente sosiego.
—Asumir el papel que analistas de probada eficacia determinan como óptimos y en su caso particular, asumir que se equivoca, que su vida es un desastre, que no tiene por delante más que sufrimiento y que nosotros le podemos ayudar a romper ese círculo vicioso —miró el reloj y alzó una mano— no diga nada, piénselo, escriba, cuente su historia, léala, le ayudará a verlo todo con perspectiva.
* * *
Le hice caso, comencé a escribir esto que estáis leyendo y mi perspectiva se aclaró: no tenía escapatoria, salir indemne de allí era una fantasía, estaba escrito en su cara, Horacio Quindós era un hombre del sistema, un fanático que no pararía hasta convertirme en uno de tantos.
Mi única posibilidad era huir. ¿Adonde? ¿A un mundo poblado por miles de millones de Horacio Quindós? Era como en el cuento, cuando todos los demás pierden la razón, el último cuerdo es el loco. Cerrado por falta de visitas, era cierto lo que decía mi expediente, salvó Julián, que asentía amable y atento, cumpliendo con su trabajo un trabajo proporcionado por el mismo INEM, y mi abogado que me escuchaba por dinero, nadie prestaba atención a mis diatribas sin volver la cabeza unas veces con asco, otras con la misma lástima que el camarero que lo empezó todo.
* * *
Lo dicho, loco y estos tiempos no está bien visto que andemos sueltos por la calle, mejor encerrados en un centro de reeducación. ¡Encerrados en centros de reeducación!
Salté de la cama, recordé las cámaras y volví a sentarme. La idea se abrió paso imponiéndose a mi desolación, era una posibilidad remota, pero suficiente, la confirmación de mi cordura antes de desaparecer, de que una máquina me convirtiera en otro. Recorrí los muros de mi encierro alimentando la pequeña esperanza, los pocos que aún pensaban como yo podían estar al otro lado de cualquiera de ellos, esperando a ser procesados. ¿Cuantos? Uno me bastaba, un último ser humano con quien hablar. ¿Por qué uno? Mi imaginación se desbocó ¿Por qué no cientos? Escaparía, los liberaría y juntos pelearíamos la última batalla, un último grito de advertencia, el último resquicio de esperanza para la humanidad.
¿Un vena dramática muy desarrollada, doctor Quindós? me dije, no sabe usted hasta que punto.
Necesitaba más información ¿Qué fue lo que me dijo el primer día? No puedo darle permiso para salir de su habitación hasta que no disponga de un diagnóstico claro, muy bien doctor, le doy mi consentimiento para realizar todos sus diagnósticos.
7
No era tonto y a pesar de reconocer todos mis fracasos vitales, de saludar y asentir amablemente a sus requerimientos, incluida una segunda prueba en la silla, tardó una semana en concederme permiso para salir, acompañado por él a pasear por un bonito jardín con bancos, fuentes y árboles y nada más.
—¿Soy el único interno?
—No, claro que no, estamos al completo.
—¿Y? —añadí señalando a nuestro alrededor.
—Estarán en sus habitaciones, el paseo no es obligatorio.
Una respuesta poco satisfactoria que confirmó mis mejores previsiones: mis futuros compañeros de revolución, se mantenían firmes, encerrados hasta que el bueno de Horacio Quindós no completara sus diagnósticos
.
En los dos días siguientes tomé nota de todo y continué elaborando mi estrategia. El edificio contaba con cuatro alas y veinte habitaciones como la mía en cada una. Un sólo armario celador por pasillo a cargo de los controles de apertura y las cámaras de vigilancia. Ochenta presos, más que suficiente para tomar el control, aprovechar los altos muros para hacernos fuertes, resistir y enviar al mundo nuestro mensaje. Sólo quedaba armarse de paciencia y esperar una oportunidad.
* * *
Llegó ese mismo día, como si por una vez en mi vida, los acontecimientos se desarrollaran al ritmo de mis deseos. ¿Demasiado fácil? Entonces no lo pensé así, sólo vi el puesto de control vacío. ¿Por qué no? Estaban tan seguros de su poder que cualquier descuido era posible.
Corrí, accioné los mandos de desbloqueo y comencé a gritar recorriendo el pasillo, como un loco, reí mi propia broma a carcajadas y volví a gritar.
—Arriba compañeros, ha llegado la hora de la libertad.
Sí, doctor, lo dicho, una vena dramática exagerada.
Llegué al final del pasillo, me di la vuelta y alcé los puños.
Doce rostros me observaban con diferentes grados de asombro y curiosidad, varios con miedo y uno, el de un tipo alto y tan corpulento como el celador, enfadado.
—¿Quién eres y que se supone que estás haciendo? —preguntó dando dos pasos en mi dirección.
—¿No lo ves? —Respondí con la dolorosa punzada de la comprensión abriéndose paso en mi cabeza—. Liberaros —balbucí.
—¿Liberarnos? ¿De qué?
—¿Qué está pasando aquí? —Preguntó una nueva voz al fondo. El armario estaba de vuelta.
8
—Era una trampa.
—No es la definición que yo usaría —el doctor Quindós me estudiaba con claras muestras de desencanto—, digamos que una prueba y en su caso una demostración para convencerlo de aquí no encerramos a nadie contra su voluntad ¿Aún cree que esto es una prisión?
—Todos han sido manipulados, convertidos por sus malditas máquinas.
Horacio Quindós negó sucesivas veces apretando los labios.
—Lo crea o no, es usted el primer caso en mis cinco años de servicio que se niega a recibir ayuda.
—Un caso curioso, para usted no soy más que eso.
—No voy a engañarle, creo que siempre lo ha sabido, nuestro tratamiento no lleva más de uno o dos días, de la formación técnica adecuada a cada profesión se encarga otra sección del Instituto.
—Un caso curioso —repetí— por eso me ha dedicado tanto tiempo.
—Por si le sirve a su vanidad, tuve que solicitar un permiso especial, quería comprender sus motivaciones, el porqué de su rechazo frontal a lo que con tanta rabia llama manipulación. ¿Ha pensado alguna vez que con llamarlo educación o motivación no suena tan trágico, que es algo tan normal y tan antiguo como la especie humana?
—No es... no tienen nada que ver.
El doctor suspiró dando muestras de cansancio y me cortó si más.
—Lo lamento, el tiempo de las charlas amistosas ha terminado, ha logrado convencerme de la inutilidad de mis esfuerzos, su caso está suponiendo gasto extra en el presupuesto y mi curiosidad personal debe estar por encima del bien común. Mañana le curaremos por el procedimiento habitual.
Poco más que un mono en un laboratorio ¿Gasto extra? ¿Curarme?
—¡No estoy enfermo! —grité abalanzándome sobre él.
El celador aguardaba detrás del psiquiatra y me clavo la inyección sin moverse de su sitio.
—Créame —escuché decir al médico en medio de la bruma provocada por la droga—, hace años era importante reconocer la existencia de un problema para lograr la solución, hoy en día la reconfiguración de algunos circuitos neuronales convierte el tratamiento en algo bastante más simple y eficaz. Nos vemos luego.
* * *
Poco más me queda que escribir, no importa, ya llegan, siento sus pasos en la galería, mi tiempo se acaba...
Epilogo
—¿Y bien? ¿Qué opina? —Horacio Quindós aguardó con su proverbial amabilidad.
Su ex paciente, vestido con un elegante traje de chaqueta azul marino, permaneció absorto unos segundos la última frase del escrito. Cuando al fin alzó la vista su cara reflejaba resignación y algo de culpa.
—No tiene de qué avergonzarse, no es la misma persona que lo escribió.
—No, ya no —reconoció el hombre del traje y la afirmación pareció ayudarle a recuperar la normalidad—. ¿Siempre lo hacen así?
—El qué.
—Enfrentarle a uno con los errores de su pasado.
—No siempre contamos con testimonios similares —el doctor acompañó la negación con amplios movimientos las manos—, y ya que ha venido usted a verme...
—Mi intención sólo era darle las gracias.
—Perdone entonces mi atrevimiento, pero no me ha respondido ¿Qué le parece?
El hombre del traje contestó con una media sonrisa.
—Una vena dramática muy desarrollada.
—No cabe duda, quien sabe, puede que algún día termine usted en el mundo del teatro.
—Quite, quite, no tengo ni el talento ni las ganas, me gusta mi actual trabajo.
—Me alegro. En un centro de reciclado si mal no recuerdo.
—Recuerda bien —el hombre del raje mostró su sincera alegría y comenzó explicarse—, análisis y clasificación de residuos. Casi todo el trabajo lo hacen las máquinas pero el ser humano sigue siendo imprescindible en algunos pasos del proceso. También planificamos las políticas de recogida e información a la población. Es una tarea muy importante, esencial diría ¿Ha meditado alguna sobre la cantidad de basura que genera una sociedad como la nuestra y lo fundamental de un proceso adecuado de reciclaje? Durante el año pasado fuimos capaces de recuperar...
El doctor Quindós alzó una mano, el mundo del reciclaje no estaba en sus ámbitos de interés.
—Perdone —se excusó el hombre de azul— tiendo a entusiasmarme cuando hablo de mi trabajo.
FIN