EL CHANCHULLO
Eduardo Delgado Zahino
succo, Pixabay License

—El planeta se recortaba contra el negro aterciopelado del espacio. La cercanía a la estrella local realzaba la diferencia entre la oscuridad de su noche y la claridad de su día y le infería el aspecto primordial típico de los mundos de clase...

—Comienza la última secuencia de frenado. En quince minutos treinta y siete segundos podremos ver La Chispa de la Vida a través de los ventanales de popa. Prepárate.

Gaspar dejó la grabadora flotando libre por el camarote y se impulsó hacia la puerta. Tenía el tiempo justo para llegar al puente.

—Me has interrumpido —dijo, nada más entrar.

—Lo sé —respondió la voz fantasmal de la computadora de a bordo.

—¿Qué tenemos?

Respondiendo a la pregunta de Gaspar, una pantalla flexible apareció desde algún compartimento oculto. Desenrollándose, a medida que se aproximaba a su persona, terminó por mostrar la imagen del planeta.

—Eso ya lo estaba viendo yo en mi camarote. De hecho, lo estaba describiendo en mi grabadora.

—No entiendo porqué te gusta tanto usar esos chismes prehistóricos.

—Ni tienes porqué entenderlo. Anda, muéstrame ya la puñetera cosa.

En la pantalla apareció una extraña forma. A primera vista parecía una tibia.

—Parece una tibia.

—Corre, ve a coger tu grabadora prehistórica.

—¿Qué?

—Sí, tu grabadora. Podrías grabar algo como esto, apunta. La nave se recortaba contra el negro aterciopelado del espacio..., parecía una tibia.

—¡Vete a tomar por culo! —Exclamó Gaspar entre risas—. Vamos a tomarnos esto en serio.

—Claro, Gaspar.

—Quítame este chisme de delante de la cara y recrea una forma.

La pantalla se alejó obediente y se colocó en un lateral de la estancia, siempre mostrando la imagen de La Chispa. De algún otro lugar oculto surgió lo que parecía ser un chorro líquido de color metálico. Gaspar aprovechó el momento para sentarse en la única butaca del puente y encenderse un cigarrillo. La primera exhalación de humo se mezcló con el líquido, que no era tal, si no una miríada de partículas manométricas que se organizaron en una forma, la de la nave generacional La Chispa de la Vida.

—Y ahora, cuéntame que narices estoy viendo.

La forma tridimensional comenzó a girar lentamente, de manera que Gaspar pudiera verla completamente. La computadora habló.

La Chispa de la Vida pertenece a la clase de naves generacionales llamadas impregnadoras, que a finales del siglo XXII se hicieron muy populares como forma de expansión humana por este sector de la galaxia. También conocidas como carretes, la principal peculiaridad de estos vehículos era que portaban, enrollada en su misma estructura cilíndrica, un cable de carbono de miles de kilómetros destinado a proporcionar a los colonos un medio para acceder al espacio después de arribar al planeta de destino.

—He oído hablar toda la vida de ellas. Eran, en esencia, un ascensor espacial...

—Más que eso —interrumpió la impertinente computadora—. Eran una mezcla curiosa de, mundo cilíndrico rotatorio clásico, congelador de cuerpos criogenizados y ascensor espacial. La idea era, uno, portar miles de personas en el cilindro rotatorio principal de forma activa, con el fin de promover un supuesto avance tecnológico y de desarrollo, dos, portar cientos de miles de personas de forma pasiva en estado criogenizado, con el fin de dotar al nuevo mundo de una población abundante que pudiera beneficiarse de los logros conseguidos por los del primer grupo y, tres, dotar a la civilización inminente de un medio sencillo, barato y seguro de acceder al espacio a través del cable espacial.

—Vale.

A medida que la computadora relataba el contenido de sus archivos, la forma tridimensional iba evolucionando de distintas maneras. Se partía para mostrar el interior del cilindro rotatorio en el que podía apreciarse la bucólica estampa de cientos de casitas, huertos y lagos. Después se amplificaba para que pudiera verse el interior del enorme congelador, donde dormían el sueño de los muertos miles de pequeñas figuritas apiñadas unas contra otras. Por último mostró una escena en la que el cable de carbono se iba desenrollando lentamente hasta anclarse al suelo del puente.

—Fueron diversos los motivos para fabricar así este tipo de naves. El cilindro principal necesitaba de otra sección rotatoria, de idéntica masa, que girase en sentido contrario para poder maniobrar en el espacio de forma segura. En un principio se pensó, sencillamente, hacer dos cilindros del mismo tipo, pero en aquella época, y debido a las guerras, la Tierra mostraba un excedente de huérfanos de los que no podían ocuparse, digamos, de forma pertinente. La solución fue congelarlos y meterlos en naves. En aquella época el exceso de población era un problema y no una virtud de la especie. De esta forma, y al ser niños menores de cinco años en su mayoría, se dotaba a la nueva colonia de futuros ciudadanos, capaces de asimilar las tecnologías y formas de gobierno resultantes. Todo estaba pensado para hacerse de forma gradual, claro. A medida que la colonia fuera capaz de alimentar a, pongamos, mil ciudadanos más, se podrían descongelar mil niños y bajarlos al planeta. Se suponía que en poco menos de cien años la superficie del mundo debía presentar el aspecto de un planeta tipo Tierra.

Gaspar fumaba mientras asimilaba toda la información. Le gustaba que la Computadora se la suministrase de ese modo, pero en su dispositivo de memoria cortical ya se habían descargado todos los detalles de la historia de las Impregnadoras de finales del siglo XXII.

—La historia de lo que le ocurrió a las cinco impregnadoras lanzadas al espacio se pierde en el tiempo. Esta es la primera de la que hemos tenido noticias —concluyó la maquina.

—Por eso me atrae este caso. Será como viajar al pasado.

—Si tu lo dices... ¿Deseas hablar con los habitantes de La Chispa?

—¿Ya se puede?

—Se puede desde hace más de quince horas, Gaspar.

—¡La madre que te parió! ¿Por qué no me avisaste?

—Dijiste que no te molestase hasta que estuviéramos llegando.

—Cierto, pero... ¡Bah, déjalo! —Gaspar apuró la última calada de su cigarrillo y arrojó la colilla contra la forma tridimensional de La Chispa de la Vida. Esta impactó de lleno contra la figura, introduciéndose dentro de la misma. Saltaron chispas anaranjadas.

—¿Que se cuentan los chispanos?

Una voz joven y masculina resonó abruptamente en el puente.

—...aquí la estación La Chispa de la Vida. Inspector Gaspar, inspector Gaspar. ¿Me copia? Cambio...

—¡Vete a tomar por culo! ¿Ni siquiera has hablado con ellos?

—Dijiste que querías ser el primero...

—Abre el puto canal.

—Abierto.

—Aquí la Nena 7 en fase de aproximación a la nave... o estación La Chispa de la Vida. Al habla el inspector Gaspar, de la Grande, adelante, La Chispa de la Vida.

Después de unos segundos de silencio, la voz respondió.

—Por fin responde, señor... Llevamos muchas horas siguiendo su aproximación. Esperábamos un impacto inminente...

—Son maniobras de aproximación estándar, no deben temer nada...

—Espera a que digan cambio, Gaspar.

—¿Qué?

—Usan una radio unidireccional, no te pueden oír hasta que dejan de emitir ellos.

—¡Caramba, que anticuado! Me encanta.

La voz, que no era consciente del intento de interrupción de Gaspar, seguía hablando.

—...nos impresiona la velocidad y maniobrabilidad de su nave, si es que se trata de eso, cambio.

—Ahora puedes...

—Ya, joder... Estooo, decía que son maniobras estándar de aproximación, no deben temer nada. Informen del modo de acceso a la estación.

—Di cambio.

—Sí,... cambio —a Gaspar se le escapó una pequeña risa al dar el cambio. Le parecía estar en una vieja película de submarinos del siglo XX.

—Imaginábamos que se trataba de eso, pero comprenderá que la tecnología que usted usa nos es desconocida. Pueden anclar en la zona iluminada y acceder a través de la exclusa. ¿Va a usar traje de exterior? Cambio.

—Nena...

—Podemos acoplarnos bien, Gaspar.

—Ok. No, tenemos medios para acoplarnos a la esclusa y acceder correctamente a la estación... cambio.

—Entendido Nena 7. Le esperamos.

La esclusa tenía aspecto de haber estado cerrada y a la intemperie espacial durante siglos. Gaspar permanecía esperando en el tubo de acceso de la Nena 7, que había adoptado la forma, gracias al material maleable de la que estaba formada, del sistema de acoplamiento.

—Nena.

—Dime, Gaspar.

—Sé que no permitirías que yo corriera un peligro tan evidente y absurdo, pero...

—Tu sistema inmunológico de nanitos está perfectamente, y tú no tienes ningún organismo vivo que pueda afectarles a ellos.

—Gracias, me dejas más tranquilo.

—Siempre preguntas lo mismo.

—Me hace sentir útil.

La esclusa se abrió con el sonido sibilante de la igualación de presiones. Al otro lado estaba oscuro, pero pudo apreciar una forma humana esperando.

Ella era negra y de formas impresionantes. Las pupilas de Gaspar se dilataron, en parte por la falta de luz, en parte por lo «exuberante» del recibimiento. En su cabeza resonó la voz de Nena.

Recuerda que estás trabajando.

Yo siempre estoy trabajando —respondió, también mentalmente, Gaspar.

La mujer no estaba sola. Detrás de ella pudo percibir a otras personas en diversas posturas, flotando o agarradas a invisibles asideros, que intentaban adaptar sus ojos a la excesiva luminosidad del tubo de acceso de la, comparada con su nave, modernísima Nena 7.

—Inspector Gaspar, sea bienvenido a La Chispa de la Vida.

Gaspar mostró la más sincera y luminosa de sus sonrisas. La mujer permanecía seria, en un estado aparente de salvaguarda.

—Gracias, ¿Usted es?

—La asesora presidencial Tania.

—Tania —repitió Gaspar—, un nombre curioso... y bonito.

—La computadora de su nave nos ha estado informando en los últimos minutos de todas aquellas cosas importantes a tener en cuenta en un arribe de este tipo. Principalmente nos interesaban los posibles peligros biológicos por ambas partes. Estamos llevando a cabo un gran acto de fe con usted, señor inspector.

Gaspar, en un principio, no entendió a que se refería la hermosa mujer, hasta que cayó en la cuenta de que hablaba precisamente del asunto que acababa de discutir con Nena.

—¡Ah, sí! —Respondió atropelladamente—. No hay problema con eso. Cualquier cosa que pudieran contagiarme ustedes podré asumirla gracias a la inmunidad nanotecnológica de mi cuerpo, y yo no porto ningún peligro para ustedes. No se preocupen, está todo estudiado.

—Eso mismo nos ha dicho su computadora. De todos modos ¿No le parecerá mal que tomemos algunas muestras de su sangre antes de entrar definitivamente a la estación, verdad?

A Gaspar no le habían sacado sangre en su vida, de hecho, jamás la había visto. Pero todo aquello, tan anticuado, le parecía encantador. De nuevo era como estar en una vieja película.

—Permaneceremos aquí unas cuantas horas, si le parece bien, hasta que los análisis se hayan completado. Mientras, le presentaré a los miembros del equipo médico.

Esperar era una de las cosas que Gaspar odiaba, pero el estar en compañía de aquella mujer solventaba felizmente todas las molestias. Tardó más de media hora en conseguir que una sonrisa aflorara en su bonito rostro. No era momento ni lugar, desde luego, pero la misión prometía volverse más larga y tediosa de lo habitual. Mucho tiempo disponible para hacer y deshacer relaciones.

El equipo médico constaba de cinco personas de diferentes genotipos humanos. Todos parecían competentes en su trabajo, pero Gaspar solo acertaba a fijarse en su juventud y atractivo.

—Gente guapa —rijo en voz alta.

—¿Qué? —Respondieron a la vez Tania, con sonido, y Nena, en su cabeza.

Gaspar ignoró a esta última.

—Los habitantes de La Chispa sois personas muy jóvenes y atractivas.

—Tenemos casi todos la misma edad, más o menos. Ya le explicará la presidenta los detalles de nuestra situación. Si es tan amable de acompañarme.

Los análisis se habían completado satisfactoriamente. Uno de los médicos no paraba de asombrarse en voz alta de la extraña tecnología de nanitos que podía ver a través del microscopio en una de las muestras de sangre de Gaspar.

—Con usted al fin del Universo señorita —respondió sonriente—. Y respecto a los nanitos —dijo, dirigiéndose al asombrado medico—, Nena, proporciona a estas personas todo lo que quieran referente a la tecnología inmunológica.

Empiezas pronto con los regalos —resonó en su cabeza.

¡Calla y obedece, ahora sí estoy trabajando!

—...

Pasaron por numerosos pasillos mal iluminados con luz rojiza. Le informaron que debía ser así por motivos de ahorro, no tanto energéticos como materiales.

—Nos cuesta mucho fabricar una sola bombilla —le dijo Tania, algo quejumbrosa, cuando preguntó por el motivo.

El tambor rotatorio era espectacular, más por dentro que por fuera. A Gaspar le resultaba encantador eso de poder mirar hacia arriba y ver la otra parte del mundo. Un enorme tubo fluorescente, eso le pareció, atravesaba de cabo a rabo el espacio central del tambor. Era el sol artificial que suministraba luz, calor y energía a los huertos hidropónicos que podían apreciarse a todo lo largo y ancho de la estructura. Habían entrado por uno de los laterales del cilindro y habían pasado de la ingravidez total a un estado de gravedad, sin mediación. Le costaba acostumbrarse, pero los nanitos de su cuerpo ya se estaban encargando del asunto.

Elvira, la presidenta de todo aquello, era una chica menuda, pero presentaba una postura de seguridad y determinación que chocaba frontalmente con su frágil aspecto.

—Inspector Gaspar —saludó cordialmente al tiempo que le estrechaba la mano con un fuerte apretón.

—Presidenta...

—Elvira, para usted.

Se sentaron a unas mesas que parecían estar colocadas aleatoriamente en medio de la calle. Después descubrió que pertenecían a un local que bien podría ser un restaurante. Un camarero les preguntó por su pedido y él pidió la bebida local habitual. Le trajeron una especie de vino, o cerveza extraña.

—¿Qué es?

—Cerveza de maíz.

La probó. Le supo a rayos.

—Así que presidenta ¿Eh? —dijo Gaspar—. Poseen un sistema democrático, por lo que veo.

—Sí, como en la Tierra, supongo.

—Nunca he estado en la Tierra, pero sí, allí usan un sistema democrático también.

La presidenta se hacía acompañar, además de la asistente Tania, por un par de tipos muy serios, seguramente guardaespaldas. Todos vestían con ropa de algodón teñida de diversos colores. Parecían prendas bastante usadas en contraste con el mono níveo que Gaspar se había colocado para la ocasión.

Después de un incomodo silencio la presidenta Elvira habló.

—Inspector Gaspar...

—Gaspar, por favor.

—Bien, Gaspar, creo que deberíamos empezar a tratar el tema que le ha traído hasta aquí. Supongo que el viaje habrá sido largo.

—Viajar por el espacio es un poco diferente ahora, pero sí, aun así ha sido un viaje bastante largo.

La presidenta carraspeó.

—Desde el día en que recibimos la primera visita de Industrias Cárnicas Menéndez han ocurrido muchas cosas. Una de ellas ha sido la actualización de nuestro concepto del Universo. La idea de una civilización humana extendiéndose por todo el Cosmos, más allá incluso de la Vía Láctea, nos sigue resultando, digamos, abrumadora.

—Lo entiendo. Han estado aquí demasiado tiempo solos.

—Los representantes de Industrias Menéndez han intentado llegar a acuerdos con nosotros, referentes a la materia prima principal con la que pretendemos comerciar, si ello es posible...

—Tengo entendido que nunca les han visto en persona.

—Estuvieron orbitando junto a La Chispa varios periodos de tiempo y creo que incluso bajaron a la superficie...

—¿Creen?

—Sí, no nos han confirmado nada aún, los de abajo...

—Los de... abajo —Gaspar se arrellanó sobre su asiento e hizo ademán de tomar el vaso de cerveza, pero recordó el espantoso sabor de la misma y desistió visiblemente de ello.

—Creo que será mejor hacerle un resumen de lo acontecido en los últimos periodos, antes de entrar de lleno en el problema. Por las preguntas que hace, supongo que no sabe demasiado del tema.

—Fui avisado de que debía presentar un informe fehaciente sobre la posibilidad de inteligencia alienígena en un mundo recién descubierto, pero no sé absolutamente nada de la historia ni situación actual.

—Bien, Gaspar —las palabras surgieron transportadas en un suspiro de impaciencia—, desde la llegada de La Chispa de la Vida al planeta, hace ya varios periodos largos de tiempo, hemos creído que nos encontrábamos solos. Pero no crea que cuando digo solos me refiero a solos en esta parte de la galaxia, si no solos totalmente. Nos llegamos a convencer de que éramos los últimos seres humanos vivos en la galaxia. Después de un viaje de siglos a velocidad relativista y la total desconexión con la humanidad era la única explicación lógica a la que podíamos llegar... como pueblo, quiero decir. Le estoy hablando de acontecimientos que ocurrieron mucho antes de mi reanimación.

—Entiendo. Es usted uno de los niños criogenizados.

—Aquí, en La Chispa, todos lo somos.

—Los de abajo no lo son.

—No. Los de abajo son los descendientes de los habitantes del tambor principal.

—Entonces existe una diferenciación entre los que habitaron el tambor y los niños congelados.

—Es algo más que eso, Gaspar. La historia de La Chispa es un cúmulo de dictaduras y guerras absurdas. Ocurrieron muchas, siempre determinadas por antiguas rencillas terrestres. A nivel social el experimento resultó un fracaso total. El problema de verdad llegó en uno de los últimos periodos, casi cuando llegábamos al planeta. Hubo una hambruna entre los pobladores. La última guerra había acabado con casi todos los suministros y se habían destruido incluso las infraestructuras que generaban alimento. La población, por el contrario, nunca había sido tan masiva. Esto les llevó a una nueva confrontación por los únicos recursos alimenticios disponibles en aquel momento.

—Acaba de decir que no quedó alimento... —Gaspar, cuando quería, podía ser rápido entendiendo— ¡Oh, vaya! Es terrible.

—Sí, el único alimento disponible éramos nosotros. Los quinientos mil niños huérfanos criogenizados. La forma en que se vivieron aquellos periodos está registrada en imágenes que, si quiere, podrá visualizar en todo momento, mientras esté aquí. Todo es mucho más complicado, desde luego, tenga en cuenta que le estoy haciendo un resumen...

Mentalmente, Gaspar, ordenó a Nena que hiciese una copia de todos los archivos contenidos en las bases de datos de La Chispa.

—Ya lo hice, Gaspar.

Como siempre, Nena, se tomaba las libertades por su cuenta.

—Bien, entiendo entonces que existen diferencias de tipo... ¿ideológico? Entre los pobladores y los criogenizados...

—Siempre les culpamos y siempre les culparemos de aquello, Gaspar. Éramos críos indefensos y ellos podrían haber hecho las cosas de otra manera.

—La llegada al planeta acabó con aquello, supongo.

—Bueno, hay que admitir que primó la racionalidad. Antes de llegar al mundo ya habían firmado tratados de paz y reconstrucción, además de tratados para el uso y disfrute de la carne... Al final, cuando arribaron al planeta, tan solo quedábamos unos cuantos miles de niños. La decisión de descongelarnos vino ante la necesidad de mantener la estación operativa. Las condiciones de vida en el planeta son paupérrimas y necesitan a La Chispa y su capacidad para producir alimentos.

—¿La situación actual es?

—Actualmente existe un comercio activo entre la superficie y La Chispa. Ellos nos suministran materias primas del planeta, además de compuestos orgánicos utilizables... para que me entienda, abono.

—Ya.

—Y nosotros a cambio les proporcionamos frutos, resultado del cultivo intensivo al que nos vemos obligados. No podemos reproducirnos mientras haya niños criogenizados a los que despertar y tampoco podemos sencillamente irnos. La Chispa no podría resistir otro viaje a través del espacio. Así que debemos mantener una población de apenas mil ochocientos habitantes, mientras abajo... bueno, la verdad es que no tenemos ni idea de lo que hacen abajo.

—¿Nunca han bajado al planeta?

—No nos lo permiten. Nosotros, por supuesto, evitamos que ninguno de ellos suba hasta aquí.

—Interesante. Entonces —Gaspar decidió que como resumen ya estaba bien—, ¿qué estoy haciendo yo aquí?

La presidenta retomó la cuestión con un gesto de clara gratitud hacia Gaspar.

—Cuando los de Industrias Menéndez llegaron, tuvieron que atenerse a la normativa que les rige a ustedes. En el planeta existe una criatura que podría utilizarse como alimento, pero no pueden explotarla sin nuestro permiso, ni sin firmar un contrato, ya que, legalmente, el planeta pertenece tanto a los de abajo como a nosotros. Los de abajo están muy interesados en poder empezar a comerciar con la carne, pero les ha surgido un problema. Se llama Aurora.

—¿El problema se llama Aurora? ¿Qué diablos es Aurora?

—Aurora es una mujer. Una científico, de las primeras que fueron despertadas del sueño criogénico. Ahora es la principal defensora de los nativos del planeta. Según ella es inmoral comerciar con su carne, pues son inteligentes.

—Y por eso estoy yo aquí.

—Y por eso está usted aquí. Aurora nos informó del asunto y nosotros llegamos a un acuerdo con Industrias Menéndez, por el que no permitiríamos la explotación de la materia prima hasta que fuera seguro que los habitantes autóctonos del planeta pudieran ser considerados como simples animales.

—Entiendo. ¿Son ustedes conscientes de que si llego a determinar que la especie es inteligente, seguramente tendrán que irse de aquí, verdad?

La presidenta Elvira no pudo evitar sonreír. Gaspar entendió entonces, que era ese el asunto al que quería llegar.

—Mire, Gaspar, lo que nosotros, los habitantes de La Chispa, queremos, es precisamente eso. Tenemos entendido que la Grande está obligada a suministrar todo lo necesario para asegurar la vida de los humanos que, por un motivo u otro, tengan que abandonar su mundo.

Gaspar asintió. En realidad, la cosa no era tan sencilla. Los chispanos no tenían ni idea de cómo funcionaba el sistema, pero no quiso explicarse para que Elvira no se cerrase en banda. Mientras pensara que tenía la sartén por el mango hablaría sin reservas.

—Pues eso es lo que queremos, —prosiguió Elvira, siempre sonriendo— irnos de aquí. Verá, en la superficie no tenemos mucho futuro, ni lo deseamos. No queremos convivir con los caníbales y despegarnos de ellos ahora sería un suicidio. No tenemos medios suficientes para sobrevivir fuera, pero tengo entendido que la tecnología actual es muy útil en lo que se refiere a velocidades y medios de subsistencia en sistemas cerrados. Queremos irnos, pero con todas las garantías.

—Si tuvieran que irse, aun con los medios para ello, ¿no tendrían que cargar también con los de abajo?

—Ellos no quieren irse. Están dispuestos a quedarse aunque se declare la inteligencia de los nativos. Creo que, con el consentimiento de estos, podrían hacerlo.

—Siempre y cuando la comunicación intelectiva entre las dos especies lo haga posible, sí.

—Y de todos modos, creo que existen otros medios para evitar que tengamos que cargar con ellos, por ejemplo, declararnos independientes.

Gaspar no pudo evitar sonreír. Era tan ingenua.

—Bueno, ¿y si resulta que no son inteligentes?

—Entonces nos veremos obligados a no dar el permiso de explotación hasta que se satisfagan nuestras necesidades. De un modo u otro, queremos que el Estado lleve las riendas legales de todo el asunto. Si nos limitamos a firmar ahora, sin más, como pretendían los de Industrias Menéndez, corremos el riesgo de seguir siendo prisioneros en nuestro propio mundo.

—En definitiva, lo único que desean es que el Estado esté presente, y que se les reconozca como miembros de pleno derecho.

—Exacto.

Gaspar suspiró. Aun siendo una cerveza terrible la que se calentaba delante de él en la mesa, le dio un trago. Buscó mentalmente las palabras y por fin habló.

—Elvira, las cosas no son como creen.

La presidenta se puso ligeramente tensa. Gaspar continuó.

—Hace siglos que no existe un Estado, tal y como ustedes lo conocieron. Ahora todo lo llevan las grandes corporaciones, con el consentimiento democrático de las pequeñas empresas, no sé si me entiende.

—No, no le entiendo.

—Verá, actualmente lo que usted llama Estado es La Grande, a la que pertenezco como, bueno, ustedes me llamarían funcionario, pero para mí esa es una palabra muy fea. Digamos que soy un autónomo a sueldo. La Grande es un conglomerado de corporaciones que se extiende a través de varias galaxias y que se encarga de llevar a cabo la interacción legal entre empresas. Lo único que puedo decirles es que si estoy aquí, es porque Industrias Menéndez teme explotar a espaldas de la Grande lo que quiera que haya ahí abajo. La Grande se quiere llevar su parte, lógicamente. ¿Entiende?

Elvira dudó un momento.

—No —respondió por fin.

Gaspar disfrutaba. Él tenía ahora la sartén por el mango.

—Para que lo entienda, La Grande no está obligada a un carajo. Si estoy aquí es para determinar la posibilidad de inteligencia por parte de los habitantes de este mundo. Si resultan ser inteligentes, La Grande estudiará la posibilidad de comercio con ellos. El triunfo del sistema actual no es resultado de una antropomorfización del Universo, si no de un complicado sistema de inteligencias que comercian unas con otras. Ustedes, para la Grande, no son humanos a los que tienen que servir si no, más bien, seres inteligentes con los que el comercio podría ser una posibilidad beneficiosa. ¿Me entiende ahora?

Elvira no respondió, pero el enrojecimiento de sus ojos habló por ella.

—Si La Grande no llega a ver negocio de ningún tipo en este lugar, se acabó para ustedes. Tendrán que quedarse o arriesgarse ahí fuera, porque nadie les va a regalar nada. Si La Grande determina que los habitantes de este mundo son inteligentes e inteligibles, podrá obligarles a abandonarlo, sin más, por los medios que sean necesarios y, créame, los medios actuales son terribles, como usted no será capaz de imaginar siquiera.

Elvira asintió. Poco a poco recobraba la compostura y el aplomo. Era una buena presidenta, no había duda, pero le faltaba actualizarse.

—¿Y si resulta que se puede comerciar con la carne? —Preguntó, con voz casi firme.

—Entonces —Gaspar abrió los brazos de manera teatral— ¡No habrá ningún problema! Si la carne merece la pena tendrán un mercado ante ustedes como nunca habrían soñado. Cientos de mundos consumistas, deseosos de nuevas experiencias, de nuevos sabores... Si merece la pena el tiempo y los medios para llevar la carne a esos mundos, puede estar segura de que, en no mucho tiempo, podrán ustedes independizarse, si así lo desean, y surcar el espacio en su mundo independiente, con las ganancias convertidas en medios para sobrevivir.

Elvira asintió de nuevo, se incorporó y, como de pasada, mientras se daba la vuelta para huir de aquel lugar, dijo.

—Le esperan abajo, inspector.

Gaspar se terminó de un trago la insoportable cerveza.

* * *

El ascensorista era un tipo peculiar. Lo primero que llamaba la atención era su atuendo, compuesto por piezas de un color negro azulado, cosidas unas a otras de manera torpe. Su aspecto físico también resaltaba. Viéndole al lado de las jóvenes bellezas de ambos sexos que habitaban La Chispa, resultaba evidente que debía de tener, al menos, diez años más que estos. Estaba claro, el ascensorista era uno de los de abajo.

La asistente Tania estaba a su lado. Desde el encuentro con la presidenta había dejado de sonreír y se la notaba ligeramente compungida. Gaspar observaba el ir y venir de algunos atareados habitantes de La Chispa, que sacaban del ascensor pequeños contenedores y los depositaban ordenadamente en lugares diversos del hangar. Al mismo tiempo, otros jóvenes y atractivos lugareños, se afanaban en colocar contenedores en los lugares vacíos que habían quedado dentro del ascensor.

—Huele a demonios —dijo Gaspar.

—Huele a mierda —recalcó secamente Tania.

—Ah, claro, el abono del que me habló antes Elvira.

—Sí, nosotros les suministramos productos agrícolas y ellos, a cambio, nos devuelven mierda.

El ascensorista irrumpió en la agradable conversación.

—Mierda, mantillo, hidrogeno pá el generaor de fusión... Diga las cosas como son, señorita.

Gaspar apreció el extraño acento, rudo y algo chabacano del habitante del planeta.

—Las cosas son como son, es cierto, pero si abajo coméis tomates es gracias a nosotros.

—Pos sí —respondió divertido el ascensorista—, y bien ricos que están.

—¿No pueden cultivar en el planeta? —preguntó Gaspar.

—Es que, verá, espacio, lo que se dice espacio, no tenemos mucho...

—Inspector Gaspar —interrumpió Tania—, no entiendo porque prefiere bajar en el ascensor, pensaba que su nave tenía capacidad para abordar planetas.

—Sí, sí, la tiene sin duda, pero me hace ilusión bajar en el ascensor. Es la primera vez que veo uno.

—El viaje va a durar muchas horas.

—Tengo tiempo.

—Y el olor es...

—No me molesta, he olido cosas peores.

Gaspar se encendió un cigarrillo ante los atónitos ojos de Tania y el ascensorista.

—¿Qué cojones está haciendo, señor? —preguntó el ascensorista.

Gaspar no entendió de primeras a que se refería, entonces cayó en la cuenta.

—Ah, perdonen. ¿Es peligroso encender fuego aquí?

—Que yo sepa no —respondió Tania—. Pero creo que el ascensorista se refiere al hecho de que esté usted aspirando humo de... eso.

Gaspar comprendió lo que ocurría. No sabían lo que era fumar. Ambos pertenecían a un mundo donde el tabaco no existía.

—Bueno, pues a esto se le llama fumar, y es una costumbre muy beneficiosa para el libre mercado.

—¿Y para qué sirve? ¿Le... alimenta, o algo? —preguntó Tania.

—Eeeeh, no. Se supone que produce cáncer, a la larga.

—¿Eso le puede enfermar?

—A mi precisamente no. Mis nanitos se encargan de ello. Otras personas, en otros mundos, si que enferman.

—De momento, le puedo decir que apesta.

—Pos a mí, mal no me güele —dijo el ascensorista—. ¿Me da uno?

Gaspar sonrió y le tendió al ascensorista el paquete, con un pitillo sobresaliendo.

—Un futuro consumidor de tabaco, diga que sí.

A continuación se sucedieron las situaciones típicas en estos casos. No saber aspirar el humo, las toses primerizas. Esto alivió la espera a la que Gaspar se veía sometido, antes de que el ascensor estuviera listo para partir.

—Creía que nadie de abajo podía abordar la estación —señaló Gaspar a Tania, mientras el ascensorista se afanaba por cogerle el gusto al pitillo.

—Este hombre no puede pasar del hangar, solo es el piloto.

—¿No han intentado nunca llegar a un acuerdo de paz?

—¿Amnistía dice?

—Sí, amnistía.

—Se comieron a más de cuatrocientos cincuenta mil niños.

—Fueron nuestros padres —apostilló el ascensorista.

—Vuestros padres, de los que todavía algunos viven, y que aún no se han dignado a pedir perdón.

—Bah, vosotros habríais hecho lo mismo.

—Eso no podéis saberlo...

—Claro, mujer, sus habríais muerto de hambre antes que comeros un peazo carne muerta y congelá.

—Nosotros no habríamos llegado nunca a la situación de guerra y miseria a la que llegasteis vosotros.

—Señorita, por favor... —El ascensorista empezaba a calentarse— Vosotros sois hijos de la guerra misma, no me joas...

Gaspar aprovechó la ocasión para entender hasta que punto se odiaban aquellas personas... y de que modo podría aprovecharlo a su favor.

—Mira, gusano de tierra —Tania también se ponía tensa por momentos—, estás en mi casa, ¿entiendes? Ni se te ocurra decirme lo que yo habría hecho o dejado de hacer... ni se te ocurra mirarme siquiera.

El ascensorista empezó a ponerse visiblemente colorado. Alzó un dedo y lo puso delante de la bonita cara de Tania, muy, muy cerca. Los tipos de seguridad se adelantaron. Hasta ese momento habían permanecido apartados en la sombra. Uno de ellos agarró la mano del ascensorista, mientras el otro le sujetaba por detrás.

—Valeee, valeee —gritó el ascensorista entre risas—. Tranquilos, muchachones.

Le apartaron a la fuerza, situándole a unos metros de Tania y Gaspar.

—Siento que haya tenido que ver esto —dijo Tania.

Aunque se notaba que no lo sentía en absoluto.

* * *

El ascensor, una vez listo y cerrado, apestaba terriblemente peor de lo que Gaspar hubiera previsto o deseado. En esencia se trataba de un contenedor cilíndrico de unos veinte metros de largo por unos cinco o seis de diámetro. Gaspar y el ascensorista se encontraban en la parte inferior, en un pequeño habitáculo dispuesto en un lateral, con dos asientos atornillados al suelo y alrededor de un ojo de buey de cristal macizo y bastante sucio. Toda la carga estaba sobre sus cabezas y podía accederse hasta ella por una escalerilla metálica. Justo al lado del asiento del ascensorista había una consola de la que sobresalían varias palancas y algunos botones. A través del ojo de buey podía verse el planeta, cubierto de nubes grises. También se veía el cable. Empezaba a hacerse visible a unos cincuenta metros y se introducía directamente en el cilindro, atravesándolo de punta a punta a través de un conducto de metal central. No había podido verlo, pero Gaspar intuyó que la maquinaria responsable de que aquel artefacto trepara por el fino cable, de apenas un centímetro de grosor, estaba situada al final del ascensor, sobre sus cabezas y sobre la carga.

—Supongo que esto es seguro, después de tanto tiempo utilizándose...

—Claro, hombre —rió el ascensorista—. A mí me daría mucho más mieo montar en esa cacharra en la que ha venío usté.

—¿La Nena 7? No tiene ni idea. La Nena podría aterrizar y despegar de su planeta cincuenta veces antes de que este chisme hiciera un solo viaje.

—Seguro, seguro, pero ya le digo que la he visto cuando llegaba y no crea que tié buena pinta. Paece floja.

—Lo parece, pero no lo es...

—Si usté lo dice...

Al cabo de ocho horas de descenso no podía soportarlo más. El olor, lejos de parecer atenuarse por acostumbrarse a su presencia, parecía volverse más y más denso.

Por otro lado, la información que el ascensorista le proporcionaba no era del gusto de Gaspar. Se limitaba a responder con monosílabos, cuando no estallaba en fervorosas y extrañas retahílas doctrinales sobre la libertad de los de abajo, su valentía al enfrentarse sin medios a un ambiente hostil, o la ceguera de los de arriba, que pretendían pertenecer a otro tipo de persona, con más derechos, más necesidades y más deseos de libertad.

El descenso se alargó todavía otras treinta horas, en las que Gaspar durmió o jugó al ajedrez con Nena. Comieron algunos vegetales de La Chispa, pero eso no saciaba el apetito de Gaspar, que se incrementaba por momentos debido al aburrimiento. Explicarle al ascensorista el modo en que la Nena 7 se desplazaba a través de la cuarta dimensión, haciendo que los viajes resultaran mucho más cortos, alivió por un rato la terrible monotonía del descenso. El hecho de que aquel hombre no entendiese nada sobre universos rugosos y plegados sobre si mismos le aturdió, pero puso especial afán por hacerle entender.

—Imagine que esta hoja de papel es nuestro Universo...

—Caramba, papel. Jamás lo había visto.

—Bueno, sí, le regalaré una libreta, pero escuche. Imagine que esta hoja de papel es nuestro Universo, solo que tiene que imaginar que es un Universo plano, tan solo con dos dimensiones...

—¿Cualo...?

—A ver, usted sabe que existen tres dimensiones espaciales por las que podemos desplazarnos ¿Verdad?

—...

—Sí, usted puede caminar hacia delante, hacia los lados, o puede desplazarse hacia arriba o abajo. ¿No?

—Eso son... cuatro dimensiones...

—No, no, arriba y abajo son la misma dimensión. Podemos movernos arriba y abajo en esa dimensión...

—¿Y si nos ponemos de lao?

—Da igual, solo escuche. Para que una hormiga pudiera ir de esta esquina a esta otra esquina del papel, tendría que recorrerla en línea recta, así, ¿ve?

—¿Una hormiga?

—¡Bueno, un bicho cualquiera... un bicho pequeño!

—No entiendo.

—¡¿No sabe lo que es un bicho?!

Por fin atravesaron la densa capa de nubes grises y el ascensor comenzó a decelerar. La gravedad se hizo patente y, en un momento dado, apareció la superficie del planeta ante los curiosos ojos de Gaspar. Una negra, brillante y aparentemente lisa extensión de tierra que abarcaba toda la cara visible del mundo, desde lo que se veía abajo, hasta la curva del horizonte.

Desde aquella posición podía apreciarse movimiento. Eran como ondas sobre la superficie que aparecían y desaparecían en cuestión de minutos y que abarcaban decenas de kilómetros.

Cuando le preguntó al ascensorista sobre aquello, recibió una enigmática respuesta.

—Los cimbres, señor, hacen esas cosas.

Gaspar no quiso insistir. En unas pocas horas estaría caminando sobre esa curiosa superficie, oscura y móvil y todas sus preguntas obtendrían respuesta.

Después de todo, solo se trataba de otro extraño mundo.

Gaspar enviaba a Nena todas las imágenes que visualizaba y a veces le pedía que intentase analizar la superficie más allá de lo que él era capaz de poder hacer.

¿Tú que ves?

El suelo es extraño. Parece estar compuesto por cientos de miles de millones de seres individuales muy pegados unos a otros y en la totalidad de la superficie visible.

Ya, ¿Y aparte?

Caéis hacia una plataforma. Supongo que será la estación del ascensor.

¿No ves algo aparte?

Aparte de unos cientos de humanos en la plataforma no detecto ninguno más.

¿Todos los humanos que viven en el planeta están ahí?

Sí, no veo ninguna otra construcción, aparte de la plataforma hacia la que caéis.

El arribe de ascensor llevó todavía otra hora más. A medida que se aproximaban el ascensor deceleraba, de modo que en los últimos minutos apenas llevaban una velocidad de unos pocos metros por segundo.

Con un sonido metálico el ascensor se detuvo. Los crujidos de su estructura eran ahora muy intensos.

La base del ascensor espacial consistía en una suerte de planchas metálicas, muy oxidadas, que se extendían varias decenas de metros alrededor de la cabina. Una serie de cajas enormes de apariencia plástica les rodeaba.

—¡Casas! —comprendió Gaspar de repente.

—Sí, inspector. Nuestras casas —corroboró el ascensorista.

Las placas metálicas, de las que estaba constituido el suelo, tenían agujeros uniformes, a través de los cuales no podía verse nada, pero de los que surgía un sonido de roce quitinoso. Algo que Gaspar ya había escuchado antes.

Parecen los roces de antenas de los seres de Magnolia oscura —Dijo Nena— pero producidos por una cantidad inmensa de apéndices...

Eso estaba pensando yo.

El alcalde, como se hacía llamar, era un tipo patizambo, de mirada fija y modos toscos, que le agarró la mano entre las suyas, callosas y ásperas, con tanta fuerza que Gaspar llegó a temer por sus metacarpos.

—Bienvenido a Patria Liberta —exclamó efusivamente—, o Pali, como a los jóvenes les gusta llamarla.

Sonreía abiertamente, mostrando unos enormes dientes amarillos, pero sus ojos eran inquisidores, fríos, y no hacían juego con la cordialidad que se esforzaba en aparentar.

Te está probando —alertó Nena—. Ese apretón de manos es para medir tu fuerza.

Ya, es como un toro embistiendo, le tengo calado desde antes de cogerme la mano —acertó a pensar Gaspar a pesar del dolor creciente.

Por fin, el alcalde liberó su dolorida mano, acto seguido se colocó a su lado y le propinó un fuerte golpe en la espalda.

—Vamos pá mi casa, Inspector —dijo sin miramientos—, allí me contará lo que tenga que contarme...

—Claro, señor...

—Alcalde.

—Bien, señor Alcalde, y de paso podríamos comer algo...

—Comerá, inspector, ya lo creo que comerá...

En la casa del alcalde les esperaban varias personas. Gaspar se fijó, sobre todo, en una joven medio desnuda que permanecía de pie en un rincón.

—Es Layeni.

—¿Qué?

—La chica del rincón, se llama Layeni. Los demás son concejales...

Se sucedieron las presentaciones y en un momento dado, cuando le llegó el turno a Layeni y mientras Gaspar estrechaba su pequeña y suave mano, la boca del alcalde envolvió de un cálido y fétido aliento su oído derecho.

—¿Sa fijao que tetas tiene?

Gaspar empezó a sentirse algo más incomodo de lo que podía aceptar. Sí, el jefe de aquel lugar embestía como un toro, pero lo hacía bien el condenado.

* * *

Las conversaciones no solo no avanzaban, ni siquiera se estaban produciendo. En un momento dado, mientras se apuraban los vasos con la cerveza local de La Chispa, el Alcalde anunció que había llegado la hora de comer, cosa que Gaspar agradeció, pero, en vez de sentarse a la mesa, todos comenzaron a salir del habitáculo.

Caminaron por las callejuelas que formaban el entramado de cajas plásticas.

Un lugar horrible —dijo Nena.

—Esta es la única construcción humana en todo el planeta ¿verdad? —preguntó Gaspar al alcalde mientras caminaban.

—Verdad. ¿No le gusta?

—No estoy aquí para juzgar...

—Ya sé paqué está usté aquí —interrumpió el alcalde—, a eso vamos.

Estaba claro que los acontecimientos se desarrollaban según los planes previstos por aquel hombrecillo.

La escalinata descendía directamente hasta la verdadera superficie del planeta. Abajo podía vislumbrase un caos negruzco, casi de tipo insectoide, que vibraba y producía el sonido quitinoso y ensordecedor que Gaspar había estado escuchando durante toda su estancia en Patria Liberta.

Unos tipos de aspecto rudo, vestidos con las mismas prendas confeccionadas a base de retales oscuros, se colocaron delante del grupo. Layeni estaba también con ellos y no parecía sentirse muy contenta con la idea de descender al suelo. Los tipos portaban diversos objetos, parecidos a altavoces antiguos, que a Gaspar llamaron la atención desde el primer momento.

—¿Qué son? —preguntó.

—Ahora lo verá —respondió el alcalde.

Uno de los tipos comenzó a descender, apuntando el altavoz directamente hasta la masa oscura y vibrante. Gaspar no podía ver claramente lo que ocurría, pero de repente se abrió un claro que dejó libre la base de la escalinata.

Poco a poco, los tipos rudos fueron desapareciendo por la trampilla. El último de ellos llevaba un aparato zumbador, a modo de mochila, del que salían varios cables que iban unidos a cada uno de los altavoces.

En un minuto una voz varonil avisó a los de arriba que ya podían bajar, y así lo hicieron.

La verdadera superficie del planeta era blanda, pero no llegaba a hundirse bajo el peso de los humanos que la pisaban. Los tipos rudos se habían posicionado alrededor del grupo, apuntando directamente con los altavoces a la masa oscura, que parecía querer escapar de ellos.

—¿Me va a explicar qué demonios estamos haciendo? —Gaspar estaba tan interesado como molesto ante tanto misterio.

—Bueno, Inspector, le presento a los cimbres.

—¿Los cimbres?

—Sí. Algún maricón de La Chispa les puso el nombre de cimbreantes porque no dejan de menearse todo el tiempo.

Gaspar afinó la vista. La masa oscura parecía estar compuesta por seres individuales. Fijándose bien, pudo apreciar lo que parecían largas patas que culminaban en una especie de cuerpo ovoide del que surgían otras tantas patas, o antenas, que apuntaban directamente hacia arriba. Y, sí, cimbreaban constantemente.

—Lo que sale por los altavoces es una frecuencia concreta de ultrasonido. No sabemos por qué, pero los cimbres sapartan ante esta frecuencia. Es la manera que tenemos de movernos entre ellos. Si fallase el generador que lleva ese hombre a la espalda, se cerrarían sobre nosotros y nos aplastarían.

—Peligroso.

—No sapure, lo hacemos tos los días.

Por la escalinata descendió otro tipo, con algo de aspecto muy pesado a la espalda.

—Y ahora, amos, salgamos de la sombra de Pali —dijo tajante el Alcalde.

El grupo comenzó a caminar, despacio, abriéndose paso y siempre dentro del círculo que los altavoces iban creando a medida que se desplazaban. Detrás de ellos, la base de la escalinata volvió a quedar cubierta por los cimbres.

La atmósfera era agobiante, húmeda y cálida, y les hacia sudar profusamente a medida que avanzaban al descubierto. Gaspar observó la estructura de Patria Liberta. Desde aquella posición inferior podían verse las columnas que la sostenían a varias decenas de metros sobre el mar de cimbres.

—Todas esas piezas metálicas, columnas y casas...

—Es tó lo que nos trajimos de La Chispa.

—¿No pueden traer más?

—Negociamos tó el rato con los darriba. Tenga en cuenta que ellos las necesitan también.

—Planchas metálicas a cambio de estiércol...

—Y agua, y carne de cimbre... pero las planchas metálicas nos salen mu caras... estamos en un equilibrio... —pensó durante unos segundos la palabra a utilizar —...precario.

—¿Y ahora va a decirme que hacemos aquí?

—En cuanto salgamos a cielo descubierto lo verá.

Pronto salieron de la aparente protección de Pali. El hombre que llevaba la cosa pesada a la espalda se situó en el centro del grupo y la dejó en el suelo. Los tipos de los altavoces se empeñaban en mantener a raya a los cimbres, que aprovechaban cualquier hueco momentáneo para intentar invadir el espacio libre.

El sonido quitinoso era ensordecedor, el calor agobiante y le costaba respirar.

Estas respirando demasiado anhídrido carbónico, Gaspar.

¿Es peligroso?

No inmediatamente.

Vale, pues avísame cuando lo sea.

El hombre de la cosa pesada la desplegó, sacando cuatro patitas y abriendo lo que parecía...

—¿Qué es eso? —Gaspar no entendía absolutamente nada. Desde luego se encontraba en el territorio de aquel hombre grotesco y estaba tan muerto de miedo que no era capaz de desplegar todo su potencial de seducción.

La voz de Nena irrumpió de nuevo en su cabeza.

Gaspar, voy a frenar un poco tus constantes. Estas muy acelerado.

No, no —respondió—, quiero vivir esto tal cual.

Lo que el tipo terminó de montar, allí mismo, ante sus ojos, era una especie de mesa metálica.

—Bien —dijo el alcalde—. Ahora observe.

Saco de uno de sus bolsillos un par de guantes, que parecían estar confeccionados con retales metálicos, y se los puso. Acto seguido se acercó a la pared de cimbres más próxima e introdujo en ella las manos enguantadas.

Lo que extrajo de allí, tan solo podría ser llamado insecto. Era un ser negro y de extremidades largas. Debía de medir en su totalidad unos tres metros, de cabo a rabo. En esencia, parecía que estaba compuesto tan solo por patas, tres inferiores, que parecían mantenerlos en pie a modo de trípode y tres superiores que se alzaban y conformaban en conjunto aquel océano de antenas. En su centro, una masa ovoide, negra también. El alcalde la sujetaba por la base de las seis patas que sobresalían del centro, sujetando con fuerza el incesante cimbreo de la criatura, que no parecía desear otra cosa que querer escapar.

La acercó a Gaspar.

—Esto, es un cimbre.

Gaspar observó la criatura de cerca. De sus patas inferiores salían unas pequeñas, pero afiladas puntas que prometían un dolor seguro a todo aquel que las tocase.

Mientras tanto, el tipo de la extraña mesa metálica se había estado ocupando de poner una materia negra debajo de la plancha. Le había dado fuego y humeaba.

Gaspar estaba empezando a entender lo que ocurría.

Estáis de picnic —dijo Nena.

—¡Estamos de picnic! — Comprendió en voz alta Gaspar.

—¿Qué dice? —Preguntó el Alcalde.

—Nada, nada... olvídelo.

Pasaron varios minutos hasta que la materia oscura que el tipo de la parrilla se empeñaba en hacer arder estuvo lista. Ahora eran brasas, parecidas al carbón vegetal que se podría usar en cualquier parrilla de cualquier lugar del Universo.

Le explicaron que se trataba de quitina de cimbre, que, una vez desecada ardía bastante bien.

El alcalde, usando uno de sus guantes metálicos, se dedicó a eliminar con pasadas enérgicas todos los pinchos de las patas inferiores del cimbre. Después se aproximó a la parrilla, siempre agarrando a la criatura por la base de sus patas y la golpeó suavemente, como quien casca un huevo, contra una de las aristas del borde de la plancha. Un líquido blancuzco chorreó del cimbre.

—Este aceitillo —dijo— le da un sabor mu bueno a la carne.

El líquido chisporroteó sobre la plancha caliente. El Alcalde dio otro par de golpes contra la arista, esta vez mucho más enérgicos y el cimbre acabó por abrirse en dos partes, dejando salir una nívea masa cárnica. La criatura dejó de moverse. Con una paleta terminó de desgajar la carne, que cayó con un golpe seco sobre la plancha y comenzó a cocinarse. El alcalde arrojó los restos del cimbre a un lado y con la paleta comenzó a separar la masa cárnica en filetes. Parecía como si estuviese compuesta por capas, enrolladas unas sobre otras. Resultaba evidente que no era la primera vez que hacía aquello y mostraba ostentosamente una gran maestría.

—No hace falta ni cortarla —aclaró sonriente—. Ya viene fileteada.

El húmedo aire se llenó de un olor delicioso. Los filetes de cimbre se cocinaban con energía. No pasaron dos minutos cuando los sacó y los colocó en un plato, que inmediatamente puso ante las narices de Gaspar.

—Ahora —dijo el alcalde— cómase uno.

Gaspar cogió el plato y lo olisqueó.

—Sin ceremonias, questamos en familia —rió el alcalde, apoyado por las risas de varios componentes del séquito.

Gaspar cogió uno de los filetes con el pulgar e índice de su mano libre y le dio un mordisco pequeño.

Un sabor graso, que se le agarró inmediatamente al paladar, una suavidad cárnica incomparable con cualquier otra cosa que hubiera probado antes y el inmediato convencimiento de que aquello era muy, pero que muy, comercializable.

—¿Qué le parece?

—Que espero, por su propio bien, no estar comiéndome a una criatura inteligente...

—Sí, sí, ya, pero ¿Qué le parece?

Gaspar perdió el último resquicio de autocontrol que le quedaba.

—Me parece que es una delicia y que quiero largarme inmediatamente de este lugar.

* * *

Aurora era una mujer madura, aunque a Gaspar se le antojaba que la permanencia en el planeta la había avejentado más de lo normal. Aun así, le pareció atractiva. De mirada inquisitiva e inteligente, Aurora, le recibió casi desnuda en uno de los habitáculos que servía a los palianos de hogar.

—¿Qué tal la excursión? —le preguntó Aurora.

—Horrorosa —respondió Gaspar, que todavía no se había quitado el susto de encima.

—Lo han estado preparando desde que se enteraron que venias. Querían impresionarte.

—Y lo han conseguido, vaya si lo han conseguido. Ha sido intenso.

Desde el mismo momento en que Aurora le habló, Gaspar se sintió cómodo. Buscó con la mirada un lugar donde sentarse y sin ceremonia lo hizo.

—¿Y ahora tienes que hablar con la loca? —Dijo Aurora, que en ningún momento había dejado de hacer lo que estaba haciendo.

—Bueno, si tenemos en cuenta que mi presencia aquí es debida a ti... supongo que es necesario que hablemos.

Aurora levantó la mirada de la mesa y escudriñó a Gaspar de arriba abajo.

—Tienes un aspecto extraño.

Gaspar sacó un cigarrillo del paquete, se lo puso en los labios y lo encendió, dando una primera y profunda calada.

—Hacía tiempo que no veía fumar a nadie —apreció Aurora y los ojos le relampaguearon de deseo—. ¿Me das uno?

Gaspar le tendió el paquete.

—Vaya —dijo Gaspar, mientras Aurora extraía un pitillo y se lo colocaba hábilmente en la boca—. ¿A ti cuándo te descongelaron?

Aurora aceptó el encendedor de gasolina que Gaspar le ofreció, lo miró un momento, y prendió su cigarrillo.

Gaspar observó como tosía.

—Es tan malo como recordaba. Me encanta —la mujer miró a Gaspar con los ojos llorosos por el humo—. Llevo despierta unos 25 ciclos solares.

—Los habitantes de La Chispa también llevan despiertos poco tiempo y sin embargo no recuerdan el tabaco...

—Eran muy pequeños cuando los congelaron. Yo fui congelada ya de adulta. Tenía 25 años. Fui seleccionada por mis conocimientos en botánica y por haber trabajado de profesora, como tantos otros. Querían gente que perteneciera al mismo contexto histórico que los mocosos y que se ocupase de ellos al ser despertados.

—Y sobreviviste al conflicto.

—Sí, yo estaba bastante al fondo de la nevera... tuve suerte.

—Te despertaron y te enviaron aquí.

—La verdad, me desterraron. Para los de arriba yo era enemiga, supongo que por mi edad y porque me llevaba bien con estos. Aquí se me aceptó bastante bien... hasta que me opuse a la comercialización de los cimbres... si no hubiera sido por mí, los de la empresa cárnica se habrían aprovechado de lo lindo de estos idiotas.

—Te acogiste a la única regla a tener en cuenta ¿no?

—Supuse que habría unas normas de comportamiento con respecto a la explotación de seres con fines comerciales y les pedí a los de la cárnica algún manual...

—Muy lista...

—Muy responsable, más bien. El alcalde hubiera firmado cualquier cosa sin mirarla. El planeta nos pertenece y tenemos algo que ellos quieren. Lo justo es que las normas las pongamos nosotros.

—Así es —Gaspar estaba satisfecho. Por fin había encontrado a alguien con quien hablar abiertamente—. Entonces, el asunto de la posible inteligencia en estos seres...

—Es del todo cierta.

Gaspar fumaba, pensaba y deseaba entender.

—Veras —continuó Aurora—, el hecho de que exista una inteligencia en este mundo no está reñido con la utilización comercial de los... recursos.

—¿Y cómo es posible?

—Imagina que alguien sacara provecho de tu pelo, del que se te cae o te cortas de vez en cuando. Imagina que pudierais llegar a un trato con respecto a ese pelo...

—No entiendo.

Aurora dio una buena calada a su cigarrillo, lo miró, reteniendo el humo en sus pulmones y por fin lo expulso hacia el techo. Consiguió a duras penas contener la tos.

—No son individuos. Son células que forman parte de un único individuo.

Gaspar comprendió de repente. Inmediatamente aprendió todo lo disponible en la base de datos de Nena sobre seres planetarios.

—¡Claro, como el ser masivo de Múscula IV!

—¿Qué?

—Nada, que no es el primer caso de ser único del que tenemos noticias.

—Vale ¿Y ese ser de Múscula IV es comestible también?

—No, pero es capaz de realizar cálculos cuánticos. A los colonos de allí les viene muy bien.

—Entiendo. Este caso, entonces, es diferente.

—Si, muy diferente. A este os lo queréis comer.

—Exacto.

—Pero...

—Pero creo que es importante obtener el consentimiento del ser.

—¿Has logrado comunicarte con él?

—Sí... bueno, un poco.

—Adelante, explícame.

—Veras, en los últimos ciclos, he conseguido elaborar un rudimentario sistema de comunicación, basado en ondas ultrasónicas.

—El ultrasonido es el medio, entiendo.

—Y poco a poco he podido hacer entender al ser la naturaleza de nuestra presencia aquí.

—¿Cómo?

—Con un sistema de preguntas y respuestas alternas... ¿Quieres verlo?

—¡Claro!

Salieron al exterior. Un poco apartados de la casa de Aurora, el Alcalde, concejales y Layeni, observaban. Fueron hasta el borde mismo de Pali, a la vera de un armatoste metálico del que sobresalía un altavoz que apuntaba directamente a la masa de cimbres.

—Espere un momento —dijo Aurora y se perdió detrás de una caseta— ¡Voy a quitar la luz! —Gritó a través de la ventana, al interior de una casa.

—¡Vale! —respondió alguien desde dentro.

—Es Jeremías. Me deja usar su conexión —explicó Aurora con naturalidad.

Volvió al lado de Gaspar, aferrando el extremo de un enchufe y lo conectó al aparato. El chisme empezó a zumbar.

—Vale, parece que hoy funcionará. Lo estuve poniendo a punto ayer mismo.

—Imagino lo que es.

—Claro, se te nota listo.

Gaspar rió. Le gustaba aquella mujer.

—Pues bien, ahora voy a llamar su atención.

Levantó una tapa y apareció un arcaico, sucio y desgastado teclado de ordenador.

—Voy a saludarle —dijo Aurora, al tiempo que escribía la palabra hola en el teclado.

Corrió una cortinilla, elaborada con la misma materia negra y quitinosa de cimbre, descubriendo una pantalla, con una grieta que la cruzaba de lado a lado. En la parte superior izquierda de la pantalla estaba escrita la palabra que acababa de introducir.

—Han sido varios ciclos, en los que he conseguido elaborar un lenguaje rudimentario, basado en las observaciones de los ultrasonidos que el ser emite.

Pasaron dos minutos.

—A lo mejor está en el baño —dijo Gaspar.

—Ya, je, je, muy agudo. ¿Me das otro pitillo?

—Caray lo que fumas.

—Tenía mucho vicio.

En la pantalla apareció la palabra Hola Aurora justo debajo del primer hola.

—¿Ves? Esa secuencia concreta de ultrasonido significa Hola Aurora. El ordenador lo traduce.

—¿Has conseguido elaborar un vocabulario?

—Sí.

—Impresionante.

Tecleó una frase corta: Visitante ha venido para permiso por tu parte.

Treinta segundos después llegó una respuesta.

No permiso, no, no permiso.

—¿Se niega? —preguntó Gaspar.

—He hablado mucho con él sobre el tema. Imagina lo que le cuesta siquiera comprender que existan criaturas como nosotros. La idea es comerciar con su carne, entiéndelo.

—Entiendo.

La voz de Nena irrumpió en su cabeza.

Gaspar, tengo de decirte algo.

Ahora no, Nena.

Vale, espero.

Aurora tecleó una nueva frase: Recuerda Aurora amiga tuya, no temer nada.

Extraños en mí, miedo.

—Dice que le asustamos. Es comprensible.

—Claro.

Gaspar empezó a sentirse incomodo, del mismo modo que se hubiera sentido incomodo estando ante una pitonisa que le asegurase que podía comunicarse con los muertos.

Nena —dijo mentalmente.

¿Lo vas pillando? —respondió Nena.

A ver, dime que has descubierto.

Te lo estas imaginando. La masa de cimbres no está emitiendo ningún ultrasonido. Toda esa conversación está en el ordenador. Ella pregunta y el ordenador responde.

Ok.

Aurora seguía tecleando: Importante, nada se mueve si tú no quieres.

no.

paz entre amigos importante.

—Con esto le hago saber que si da su permiso para comerciar, podremos vivir en paz. Ya te digo que esta conversación la hemos tenido muchas veces...

—Aurora.

—...anteriormente. Ahora es diferente, porque sabe que estás tú...

—Aurora, déjalo.

—¿Qué?

—Mi nave es capaz de detectar lo que está pasando dentro de ese ordenador.

Aurora dio una calada a su cigarrillo. Pareció, por un momento, que iba a replicar ante Gaspar, pero en vez de eso dijo:

—Gaspar, tienes que sacarme de aquí.

Gaspar aceptó la invitación de quedarse a pasar la noche en Pali. El alcalde insistió mucho en ello. En la pequeña casa acondicionada para su estancia había una cama y una mesa con cubiertos para dos personas, con sus dos sillas correspondientes. Al día siguiente vendría Nena para llevárselo a él y a Aurora. Ella era el único escollo que se anteponía a la prosperidad de aquellas gentes y él le había prometido un destino en otro lugar. Sin duda, pensaba Gaspar, era lo coherente. Sacarla de aquel mundo y proporcionarle la oportunidad de vivir en cualquier otro sitio donde pudiera volver a empezar. Todo tenía sentido. Entre el alcalde y Aurora existió un romance, y esa era la razón por la cual se le había permitido poner trabas a todo el asunto. La única razón por la cual no la habían asesinado, al fin y al cabo. Aunque, Gaspar, también sospechaba que el Alcalde había permitido que la única persona capaz de entrever las posibles cuestiones legales llevara el asunto. Ellos eran guerreros, gente valiente, los de arriba eran niños asustados y Aurora era la persona que recordaba el mundo que habían dejado atrás. El Alcalde podía parecer una mala bestia, pero en absoluto era estúpido y sabía utilizar a la gente.

Todo había resultado muy sencillo. Un par de tratos personales con el Alcalde, un informe fehaciente que negaba la posibilidad de inteligencia en la especie autóctona, firmado personalmente por él y apoyado por los mandatarios directos de las dos naciones planetarias.

Layeni entró en el cuarto.

—Hola, señor Inspector —dijo tímidamente.

En sus pequeñas manos portaba un cuenco con lo que parecía ser una ensalada de tomates de La Chispa con pedazos de carne de cimbre a la brasa.

—Hola, Layeni —respondió Gaspar.

La historia tocaba a su fin. En realidad, Aurora, sí que había conseguido comunicar con el ser, pero todo se reducía a una incongruente serie de intercambios ultrasónicos que no significaban nada. Si aquello que vivía en el planeta era un ser único e inteligente, era evidente que no era capaz de mantener una conversación entendible con los colonos.

Por lo tanto y hasta que alguien demostrase lo contrario, los cimbres solo eran animales.

—¿Puedo cenar con usté? —preguntó Layeni.

—Claro guapa —respondió Gaspar.

Layeni colocó el cuenco en medio de la mesa y comenzó a servir la ensalada en los platos.

Gaspar pensaba, o más bien, tramaba la forma en la que endilgaría a Aurora y sus servicios. El donde, el cómo y el cuanto (sobre todo, el cuanto) iba a ganar. Antes, claro, tendría que adiestrarla y actualizarla. Conocía lugares donde los servicios de una mujer provista de nanotecnología y sinapsis informática sería muy bienvenida. No en todas partes se disponía de aquella tecnología y estarían dispuestos a pagar bien por ella.

Después de cenar tomaron un licor fortísimo elaborado por los chispanos.

—Vodka —le dijo Layeni.

—¿Qué?

—Lo hacen con la piel de las patatas —especificó.

—Vale, servirá —eespondió Gaspar.

La Casa estaba situada al borde de la plataforma y justo debajo de la ventana, y a petición suya, los palianos se afanaban en recolectar la carne de cimbre. Estaban deseosos de empezar a hacerlo y querían estar preparados para que, nada más firmar el contrato con Industrias Menéndez, pudiera mandarse un primer envio a algún planeta consumidor.

La noche se había hecho presente en aquella cara del planeta y toda la escena que se representaba, solo para él, estaba iluminada por anticuados focos de luz blanca. Los tipos rudos apartaban la masa con los altavoces mientras otros sacaban y cascaban cimbres allí mismo, introduciendo la carne en contenedores hasta llenarlos. Gaspar supuso que los enviarían rápidamente a La Chispa para ser congelados y se preguntó si la carne resistiría el largo trayecto sin descomponerse. Esto le preocupó durante un segundo, pero inmediatamente pensó que los palianos eran más listos de lo que, tal vez, había llegado a creer. Tenían métodos para sacar adelante el negocio, seguro.

—¿Sabes? —dijo Gaspar— Me dais cierta envidia.

—¿Nosotros?

—Sí.

—¿Y eso porqué?

—Tenéis algo bello. Un comienzo, un futuro.

—¿Y tú no lo tienes?

Gaspar la observó. Era tan joven y bonita.

—Yo me limito a disfrutar estos momentos.

La escasa ropa de Layeni consistía en algunas placas negras de cimbre adheridas a su cuerpo. Un pequeño sujetador unido mediante tiras a unas braguitas. Pudo observar que, en medio de sus pechos, sobresalía una especie de interruptor. Acertó a entender su utilidad.

Lo pulsó y todas las placas se soltaron a la vez, dejando a la muchacha completamente desnuda ante él.

Ese pequeño hombrecillo y sus mezquinos sobornos... —dijo Nena.

—Sí —respondió Gaspar a viva voz—. Me encanta ser inspector de la Grande.

Alargó una mano hacia Layeni, pero la dejó rígida en el aire.

—¿Oyes? —dijo ladeando la cabeza.

—¿El qué?

—No se oye nada.

Repentinamente, el rumor quitinoso que lo envolvía todo como una segunda piel se había detenido. Durante unos segundos no se escuchó nada, pero poco a poco el rumor resurgió de forma palpitante hasta volver a su intensidad habitual.

—¿Qué es lo que no hay que oír? —respondió Layeni lentamente con una medio sonrisa, mirándole fijamente a los ojos— Bueno... no tenemos toda la noche, campeón.

Gaspar terminó de extender la mano, dubitativo.

© Eduardo Delgado Zahino, (10.405 palabras) Créditos