
—¡Arriba! ¡Arriba! —Gritó papá—. ¡Nos vamos de vacaciones!
Silvia abrió un ojo. Miró el reloj de su mesilla.
—¡Pero papá! ¡Que son las seis!
Enrique subió de un tirón la persiana, dejando entrar la luz del sol. Silvia parpadeó, deslumbrada.
—El gran atasco va a ser a las siete, tenemos que cogerlo. ¡Venga, arriba, dormilona!
Lleno de energía salió por la puerta. Quique, el enano, entró, aún con el pijama puesto. Silvia se subió la sábana.
—¡Mamá! ¡Dile a Quique que se vaya!
—¡Quique! ¡Deja a tu hermana que se vista! —Dijo Ana, automáticamente.
El enano se fue, dando saltos. Decía: «El gran atasco, el gran atasco» sin parar. Silvia se levantó y fue corriendo al cuarto de baño de sus padres. Cerró la puerta con cerrojo, tras de sí.
Al cabo de un rato, vestida con la camiseta y los pantalones cortos que había escogido la noche anterior, se presentó en la cocina. Mamá había preparado ya el desayuno: café para los mayores, cacao para los hijos. La taza de papá estaba ya vacía, la de Quique pronto seguiría el mismo camino, por la forma en que el enano engullía.
—Me voy a preparar las trikes —dijo papá, saliendo de la cocina—. Quique, ¿te vienes?
—Voy —dijo éste, cogiendo un puñado de galletas.
Nadie los llamaba trikes, salvo papá. Su nombre oficial era VEE, otro nombre que nadie, en su sano juicio, usaba. Vehículos Especiales Ecológicos. ¡Especiales! ¡Pero si todo el mundo tenía uno! La gente lo llamaba por la marca, si era buena, o por el nombre habitual de «ruedas». Silvia miró la mesa y frunció el ceño.
—¿Tengo que comerme todo esto?
—Lo que quieras —dijo mamá—. Pero recuerda que hoy hay que pedalear.
Cogió una tostada y le untó un poco de mantequilla. Mamá le empujó el tarro de mermelada.
—No. Se me picarán los dientes.
—Pues te los lavas antes de irnos. Necesitas azúcar.
Se dejó convencer, aunque untó sólo un poco. Terminó la leche con cacao y ayudó a su madre a recoger la mesa. Ana se puso a lavar los cacharros y guardó lo sobrante en una bolsa. Al cabo, Quique se presentó haciendo sonar las llaves de papá.
—Las ruedas están listas. Papá dice que nos demos prisa.
—Recoged vuestras bolsas. Nos vamos.
Silvia y su hermano esperaron fuera de casa, mientras Ana daba la última vuelta, cerrando todo. Bajaron la escalera, lentamente, llevando las bolsas.
Las ruedas estaban aparcadas frente al portal, apuntando ya en la dirección correcta, las capotas alzadas. El sol naciente daba contra ellas, haciendo destellar las placas de energía. Silvia las miró, con desánimo.
—¿No podíamos haber cogido un autobús?
—Ya no hay autobuses —respondió su madre.
—Hace dos años había —insistió Silvia.
—Pues ya no —dijo su padre, aún lleno de energía—. La tercera es la tuya —añadió innecesariamente.
Silvia suspiró. ¿Cómo no iba a reconocer el suyo? Aunque no le gustara usarlo. Cada uno tenía tres ruedas, dos delante y una detrás, de donde venía el antiguo nombre de trike de papá. Un lateral de la rueda impulsora estaba ocupado por la batería. Silvia levantó su bolso y lo puso en el otro lado. Sobraba por todos sitios. Papá, desde ese lado, cogió la bolsa y la puso de pie.
—Mejor así —dijo, tensando las gomas y enganchándolas. Silvia rezó por que el champú hubiera terminado de pie o estuviera bien cerrado. A ser posible las dos cosas. Papá, terminado el trabajo, sonrió.
—¿Has visto estas nuevas preciosidades?
Silvia parpadeó. ¿Preciosidades? Miró hacia abajo. Debía referirse a las nuevas baterías. Tenían un sesenta encerrado en un círculo rojo. Como una señal de tráfico. Papá, pasando a las ruedas de mamá, comenzó a colocar las cosas, mientras decía.
—A plena carga, estas hermosuras pueden llevarte durante sesenta kilómetros a sesenta por hora, sin mover un dedo. Bueno, sólo uno —se corrigió a sí mismo, agitando un dedo. Se refería a conectar el motor, claro. Silvia gimió.
—¿Sólo sesenta kilómetros?
—¡Pero somos cuatro! Con esta configuración te garantizo un mínimo de ciento veinte kilómetros. Además, no hay ni una nube. Las placas nos darán el equivalente a una carga plena o más durante el viaje. Doscientos cuarenta kilómetros, seguro.
—¿Y el resto? —Volvió a gemir Silvia. La Manga estaba a cuatrocientos ochenta, el doble.
—Ya lo sabes —dijo mamá, cortando más lamentos—. ¿Cuánto falta para el atasco?
—Unos veinte minutos —dijo Enrique mirando el reloj—. Llegaremos a tiempo.
Quique ya estaba en sus ruedas, por delante de Silvia. Ésta, suspirando, se sentó, apoyó los pies en los pedales, bajó la cubierta. Ésta estaba levantada por delante, formando una unidad con la del enano por delante y mamá por detrás. Sólo papá conservaba el morro transparente. Éste se metió en su sitio, bajó la cubierta.
—¡Adelante!
El primer tramo era fácil, cuesta abajo. Cogieron velocidad, se incorporaron a Sinesio Delgado. No estaba vacío, pero no era comparable al atasco diario. A la altura del primer semáforo, Quique señaló un cartel.
—¡Papá! ¡Ahí dice que no pueden ir más de tres juntos!
—Eso no es válido para el día del gran atasco —respondió papá volviéndose—. Ya verás cómo no encontraremos ningún guardia.
—Cariño, atento —dijo mamá desde atrás.
—Estoy buscando un hueco, para colocarme en el carril izquierdo. —Respondió papá. Sinesio Delgado tenía cuatro carriles en cada sentido. Antes habían sido tres, uno amplio para los autobuses y dos estrechos para las ruedas. Sin autobuses, el carril de la derecha se había desdoblado en dos. Papá aprovechó un semáforo a punto de cambiar para pegar un volantazo y saltar tres carriles de una vez. Aceleró, intentado unirse con el grupo que acababa de pasarlos. Quique pedaleaba como un poseso, sin parar. Silvia, en cambio, no se movió. Faltaban muchos kilómetros, esperaría hasta que la obligaran. Y si las baterías les llevaban solas, pues mejor.
Un ligero topetazo indicó que papá lo había conseguido. Levantó su cubierta, para igualarla con la del hombre con que había conectado.
—¡Buenos días! —dijo alegre—. ¿Nos vamos de vacaciones?
El hombre respondió con un «sí» seco que le hizo callar. Papá miró un instante hacia atrás y se encogió de hombros.
Llegaron al túnel. Silvia miró los focos apagados. Cruzaron el túnel a oscuras, iluminados sólo por las luces de las ruedas.
El gran atasco. La Calle 30 estaba a rebosar, en los dos sentidos. Papá iba en el mejor carril, sólo necesitaba saltar uno o dos a la izquierda para tener el correcto hasta la salida. No se veía ni un hueco.
Pasaron a la calzada central: ocho carriles para ruedas, llenos por delante y por detrás. Papá, aún conectado al hombre seco y sus compañeros, tuvo que mantenerse en el arcén hasta pasada la plaza de toros. Allí un guardia redirigía los cuatro carriles, dos de la M-30 y los dos falsos del arcén, hacia la vía de servicio. Podían entrar en el túnel de salida hacia Valencia. Irían en el carril de la derecha, pero serviria.
—¡Vamos bien! —dijo papá animándoles.
El segundo túnel era más corto, pero igual de oscuro. Silvia vio saltar el indicador, de uno a cuatro, según se iban conectando los motores. Comenzó a pedalear. Tras ella escuchaba la cadena de mamá, que también había esperado ser necesaria. La cuesta era larga y pronunciada.
Cuando terminó, Silvia se entretuvo con el indicador. Las baterías tenían un noventa y seis por ciento de carga, las placas cargaban un ocho por ciento a la hora. Demasiado poco. Papá, pedaleando solo y ayudado por dos motores, mantenia los sesenta con facilidad.
El enano se había cansado, por supuesto. Miraba hacia todos lados, saltaba sobre su asiento, malgastando su energía. Papá lo notó y se volvió.
—Quique, necesito que me ayudes.
El enano puso por fin los pies en los pedales. Papá continuó.
—Cuando veas un dos en el indicador, quiero que me ayudes a pedalear. Cuando veas un uno, para.
—¿Un dos? —dijo Quique acercándose a su indicador.
—Pulsa dos veces el botón, enano —dijo Silvia desde atrás. El crío le sacó la lengua, pero lo hizo.
Llegaron a la primera cuesta abajo. Silvia vio un cero, iban sin motor. Desde detrás, mamá dijo.
—Enrique, conecta los frenos.
—Vamos bien así —respondió el aludido.
—¿Los demás van a recargar y nosotros no? ¡Conecta los frenos!
Papá cedió, aunque no pudo evitar decir.
—Si todos fuéramos conectados, no habría que pedalear en las cuestas.
Ana lo dejó pasar. Era una discusión permanente: su marido era demasiado generoso.
La bajada terminó, demasiado pronto. Llegados a la marca de sesenta kilómetros desde Madrid, mamá dijo.
—Nos hacemos cargo Silvia y yo. Deja de pedalear.
—Puedo seguir, no estoy cansado —respondió papá, como Silvia esperaba oír.
—Nos toca —respondió su esposa, firme. Papá volvió a ceder, Silvia gimió. Desde atrás, Ana dijo.
—Empiezo yo, tú me apoyas.
Mamá no tenía práctica con las ruedas, menos incluso que Silvia. Ésta comenzó a pedalear cada vez que se activaba el segundo motor.
Treinta kilómetros después, mamá le pasó el testigo. Silvia volvió a gemir: no le gustaba tener que pedalear, pero era peor tener el control. Puso el indicador en rotación, para no perder ningún dato: motores activos, velocidad, índice de carga y descarga. Una conexión de atasco, no permanente, saltaba con una diferencia de un par de kilómetros de velocidad. ¿Cómo se las apañaba mamá para no desengancharse desde atrás? Al final se dio cuenta que lo mejor era mirar a los de su izquierda: todos iban a la misma velocidad, lo único que tenía que hacer era mantenerse a la altura. Cuando, una enormidad después, papá volvió a coger el testigo, suspiró de alivio. Su madre le felicitó, sinceramente. Se lo había merecido.
Poco después, mamá comenzó a repartir bocadillos y galletas. Silvia miró el suyo.
—¿De qué es?
—Mermelada, claro —respondió su madre.
Silvia lo dejó a un lado. Se limitó a mordisquear las galletas. Ana, atenta, dijo.
—Si no te lo vas a comer, devuélvelo. Ya encontraré quien lo quiera.
El enano, seguro. Silvia se retorció y lo pasó. Era mucho más fácil pasar las cosas de atrás a delante, por eso mamá iba la última.
Llegaron al desvío justo en el comienzo de su segundo turno. Ciento ochenta kilómetros. Durante los diez anteriores había habido un baile de ruedas de un lugar a otro, según iban a Valencia o no. Papá se mantuvo en el carril derecho. Era el mejor, si iban a parar en La Roda.
Les dirigieron al segundo aparcamiento, a pesar de que el primero parecía medio vacío. Mamá y ella fueron al servicio y al bar. Allí Ana, generosa, le preguntó qué quería tomar.
—Una Coca-Cola —dijo Silvia después de pensárselo. Su madre miró al camarero.
—Un café con leche y un refresco de cola, por favor.
El hombre esperó, sin moverse. Silvia se dio cuenta que estaba esperando su protesta, por si conseguía vender una cola de marca, mucho más cara. Apretó los labios y se negó a hacerlo. Su madre añadió.
—Con dos de azúcar. Y sin hielos.
El camarero, vencido, se fue a preparar el pedido.
Silvia, fuera de oídos indiscretos, se atrevió a protestar.
—¡Hace calor!
—Los pagas tú, si quieres —respondió su madre. Ambas sabían que Silvia no tenía ni un céntimo. Ésta frunció los labios.
El camarero trajo el café, un vaso y una botella de dos litros, una marca blanca habitual. Sirvió la cola, esperó a que bajara la espuma, volvió a servir. La mirada de mamá le obligó a seguir rellenando hasta que el líquido quedó a menos de un dedo del borde.
Cuando volvieron a las ruedas, Silvia tuvo un sobresalto. Papá y el enano no estaban. Había una pareja al lado del sitio donde habían dejado las ruedas. Se detuvo, contó: seis. Había seis ruedas conectadas. Mamá, que se había adelantado, se paró al lado de la pareja.
—Buenos días —dijo el hombre—. Somos Miguel y Marisa. Su marido se ha ofrecido a conectarnos. También vamos a La Manga.
¡Papá! ¡Siempre papá! Pero esta vez, mamá asintió, simplemente.
—Por supuesto.
Silvia frunció el ceño. ¿Por qué? Se dio cuenta que la mujer estaba embarazada. Desde su lado, se puso a mirar las dos últimas ruedas. Las baterías tenía un cuarenta y cinco. Viejas. El hombre, interpretando su mirada, dijo.
—No están conectadas.
¡Claro que no estaban conectadas! Unir baterías de distinto tipo sólo podía conducir al desastre. Eso lo sabía hasta ella. Incluso si eran iguales era mejor no hacerlo, salvo que se hubieran cargado juntas. Mamá, desde su lado, comentó.
—Muy buena idea la de los pedales.
¿Pedales? Silvia los miró. El último no tenía pedales. Abrió mucho los ojos: ¿iban a llevar en volandas a la mujer? El hombre asintió.
—Me ha costado discutir mucho, pero lo he conseguido. No tengo ganas de perder a mi primogénito sólo porque ella quiera colaborar.
La mujer no decía nada, parecía avergonzada. Ana comentó.
—Enrique hizo lo mismo conmigo.
¿Papá? ¡Pero si habían ido en autobús hasta hacía nada! Los ojos de mamá la miraban, exigiendo su silencio. Silvia agachó la cabeza y suspiró.
Papá y Quique vinieron con las botellas de agua. A Silvia se le había olvidado y eso que casi había vaciado la suya antes de llegar. Quitó al enano la suya, escrito el nombre con rotulador. Eran todas iguales, pero la suya era sólo suya.
Salieron del párking. Varios otros salían al mismo tiempo. Papá topó con unos, justo en la salida. Levantó la cubierta.
—¡Buenos días! ¿De vacaciones?
—Hasta Albacete —respondió el último.
—Nosotros vamos a La Manga —añadió papá innecesariamente.
Silvia comprobó los niveles. Habían conseguido un cinco por ciento más de carga en el aparcamiento, pero continuaban por debajo del cuarenta. Treinta y ocho, para ser exactos. Demasiado poco para llegar.
Habían acordado que papá haría grupo con Miguel y que mamá, Silvia y Quique harían el segundo equipo. Bueno, lo había exigido Ana, para impedir que los hombres se hicieran los machitos. Y era el turno de ellas. Silvia ayudaba a su madre. Cuando le tocó el turno, dijo.
—Quique, apóyame.
Éste se volvió para sacarle la lengua, tropezando con la firme mirada de su madre. El enano era un desastre: lo mismo pedaleaba como un loco cuando no era necesario que se cansaba y se negaba a seguir justo cuando más se le necesitaba. ¿Qué se podía esperar de un crío de ocho años? Mamá estaba al quite, sustituyéndolo. Silvia, mientras movía las piernas con ritmo constante, comenzó a soñar: iba de vacaciones. Con suerte encontraría un chico aceptable con el que descubrir la magia del beso. Ensimismada, se le pasó el turno rápidamente.
Los de delante se desviaron en Albacete. Empezaba a haber muchos claros, demasiados. La carretera ya no era llana, pero las bajadas superaban las subidas, estaban saliendo de la meseta.
Iban solos, en medio de la nada, cuando se escuchó una voz desde atrás.
—Miguel. Necesito parar.
Mamá restalló.
—¡Enrique! Busca un lugar para comer. ¡Y pronto!
Papá levantó una mano, dándose por enterado. Pocos kilómetros después encontraron un párking. Papá detuvo las ruedas al lado del servicio. Miguel se apresuró a levantar su cubierta, para ayudar a su esposa a salir. Silvia salió también.
Cuando salió del baño, las ruedas habían desaparecido. Estaban lejos, al sol, al lado de una mesa. Marisa se le acercó.
—Os agradezco mucho lo que estáis haciendo —dijo ésta—. Miguel se ha empeñado en que cojamos vacaciones, porque dice que con el niño no vamos a poder ir a ninguna parte durante mucho tiempo.
Silvia preguntó, sin mucho interés.
—¿Es un niño?
—Eso dice mi ginecólogo. Futbolista, por las patadas que da —respondió la mujer, poniendo la mano sobre el abultado vientre.
Silvia miró. Apartó la mirada inmediatamente, un poco avergonzada. Cuando llegaron, la mesa estaba dispuesta. La mujer miró con desgana su propia comida. Mamá, atenta, dijo.
—Escoge lo que quieras.
Marisa dudó.
—No tengo mucha hambre.
—¡Anda ya! Tienes que comer, ya lo sabes. —Cogió el bocadillo de Silvia y se lo ofreció—: ¿un poco de pan con mermelada?
Silvia abrió los ojos. ¡Pero era suyo! Mamá debía haberle pedido permiso, aunque no tuviera ganas de comérselo. Cogió uno de chorizo, adelantándose al enano, mientras Marisa desenvolvía el paquete y lo mordisqueaba cuidadosamente.
Estuvieron una hora en el aparcamiento, recargando las baterías. Consiguieron un doce por ciento más, el doble de lo que tenían antes de parar. Silvia agradeció ponerse en marcha: bajo las placas hacía menos calor y algo de aire se filtraba por las junturas. Mejor que estar a pleno sol.
En Murcia consiguieron un buen atasco que los llevó hasta el pie del puerto. Allí todos tuvieron que esforzarse y sudar para conseguir subirlo, con los motores funcionando a tope. En la larga cuesta que siguió, con el mar Menor ya a la vista, papá conectó los frenos, para recargar. Ya en el llano, mamá preguntó.
—Enrique. ¿Tenemos energía para llegar?
Papá sacó unos papeles y los consultó. Se volvió y dijo.
—Casi. Fallamos por cinco kilómetros.
—Pues deja de pedalear —respondió su esposa—. Lo haremos al final, si es necesario.
Seguía escuchándose una cadena. Ana se volvió a Miguel, que continuaba pedaleando.
—¿No me ha oído? Con lo que tenemos, y las placas, llegaremos.
—Señora —dijo el aludido—, a nosotros nos queda sólo un cinco por ciento.
—Suficiente para esos cinco kilómetros. ¿De qué nos sirve llegar con las baterías cargadas?
El hombre debió encogerse de hombros, porque no respondió. Dejó de pedalear, eso sí.
Unos minutos después, Silvia sintió un topetazo. Miró hacia atrás. Se les había unido un grupo de chicos. El de delante, elevando la cubierta, dijo.
—Tranquilos. Tenemos carga.
¡Y tanto que tenían! Los empujaban a sesenta y cinco por hora, por encima de la velocidad máxima permitida. Bueno, si los pillaba la Guardia Civil se llevarían ellos la multa. Siempre se la llevaban los de atrás, si la conexión no era permanente. Volvió a mirar, otra vez. Se excusó ante la mirada de su madre.
—Sólo estoy contando.
—Cinco —dijo su madre—. Demasiado mayores para tí.
Silvia enrojeció y miró hacia delante. Por suerte el enano debía estar dormido, porque no aprovechó para burlarse.
Los jóvenes se desconectaron en el desvío a San Pedro del Pinatar. Se despidieron alegremente. Silvia lo lamentó un poco: tener un amor de ruedas, por un topetazo oportuno, era un clásico muy actual. Papá volvió a mirar sus papeles.
—¡Llegamos!
—¡Bien! —respondió Ana. Y repitió, hacia atrás—: ¡Bien!
Sin nada que hacer, salvo ver pasar los kilómetros que faltaban, Silvia volvió a soñar. ¡Estaba de vacaciones! Todo podía ocurrir. Inspiró profundamente, sintiendo el olor del mar.
Les pilló el semáforo de entrada a La Manga. Miguel salió de sus ruedas y soltó la conexión permanente.
—Marisa y yo os lo agradecemos profundamente, de verdad.
—No ha sido nada —dijo papá—. ¿Volvéis el treinta?
Miguel negó con la cabeza.
—Sólo tenemos quince días.
—¡Buen atasco! —Gritó Quique. Parecía que se había despertado. Mamá se volvió hacia atrás.
—Cuídate mucho —dijo a la mujer—. Cuidaos los tres —añadió.
Silvia murmuró algo, demasiado bajo para ser comprendido. Pero sonrió, a su pesar. El semáforo cambió a verde. Papá esperó hasta que el hombre volvió a montarse y bajó la cubierta. Quique se puso a pedalear como un loco.
—¡Estate quieto, enano! —gritó Silvia.
—¡Quiero llegar, quiero llegar! —canturreó su hermano.
—¿Qué quieres? ¿Que nos pongan una multa y nos quiten los pedales? A ver cómo volvemos, entonces —replicó ella. En La Manga no se podía circular por encima de los cuarenta, estaba llena de señales.
—Estate quieto —dijo papá, apoyándola un poco—. Ya casi hemos llegado.
Se desviaron en el tercer semáforo. Miguel y Marisa los rebasaron, saludando con la mano. Iban hasta Puerto Maestre, en mitad de La Manga. Al hombre le tocaría pedalear, seguro.
Consiguieron un buen hueco para aparcar. El apartamento estaba bien, muy cerca de la playa, en un segundo piso. Tenía dos habitaciones. Silvia tendría una para ella sola, Quique dormiría en el salón. Seguro que se pasaba las noches viendo la tele, a escondidas.
La Manga seguía como antes. Los agoreros que anunciaban su desaparición bajo las aguas, antes de que naciera Silvia, se habían equivocado: era cierto que Groenlandia y la Antártida seguían fundiéndose, pero ahora nevaba mucho más en la Antártida, haciendo que se engrosara al mismo tiempo que disminuía su tamaño. En el instituto decían que, si seguía así, la montaña más alta del mundo estaría en el polo sur, una montaña de más de nueve kilómetros de hielo. Eso no impedía que el petróleo se hubiera convertido en un bien demasiado valioso como para quemarlo, como atestiguaba la desaparición de los autobuses. El enano, al lado de Silvia en la terraza, gritó.
—La piscina está abierta. ¿Puedo ir, mamá?
—Si tu hermana te acompaña. —Respondió Ana. Silvia suspiró: no tenía ganas de cuidar del enano todas las vacaciones, eso no entraba en sus planes.
Mamá debió de escuchar su suspiro, porque añadió.
—Podías empezar a buscar amigas de tu edad. Seguro que hay alguna.
No le importaba tener amigas. Pero lo que realmente quería era encontrar un chico interesante con el que poder hablar y, ¿quién sabe? quizás algo más. Se dejó convencer. Cinco minutos después tenía puesto su bikini nuevo. Quique bajó la escalera corriendo, ella lo hizo quejándose a cada paso: bajar era mucho más difícil que subir, después de todo un día pedaleando. Ana, en la puerta, comentó a su marido, en voz baja.
—Es una buena chica. Un poco quejica, pero termina haciendo lo correcto. No creo que debamos preocuparnos, aún.
—Hablando de hacer —dijo su marido, acercándose un poco más y murmurando en su oído—. Se me está ocurriendo una cosita...
Ana suspiró y cerró la puerta.
—¿No estás cansado?
—Para nada —replicó Enrique— Esto ha sido sólo un entrenamiento.
«Fanfarrón», pensó ella para sí. Estaba agotada, pero se dejó llevar. Estaban de vacaciones, por fin.