LA OTRA ORILLA DEL CREPÚSCULO
Rodrigo Juri
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1

Jazmín despertó angustiada y con ganas de llorar. Estaba confundida, sin saber que pasaba, desorientada por los efectos del cóctel de barbitúricos que había ingerido antes de dormir.

Serena, su inteligencia artificial de soporte, detectó su inquietud e iluminó tenuemente la habitación. La mujer se arrastró sobre las sábanas y se incorporó a medias. Comprobó con cierto alivió que no había nada extraño en el cuarto. La puerta estaba cerrada, la ventilación funcionaba y todas sus pertenencias estaban donde recordaba haberlas dejado; su blusa y sus pantalones colgaban del respaldo de una silla mientras su ropa interior y otras prendas permanecían tiradas en el suelo en medio de botellas vacías, restos de comida y cajas de medicamentos.

No le importó el desorden, no le había importado en mucho tiempo; allí no estaba el problema, decidió.

—Mensajes —pidió, aunque sin hablar, la instrucción suprimida antes de que la palabra surgiera de su garganta, pero especificada con suficiente precisión como para ser reconocida por el implante que llevaba injertado bajo su cerebelo.

Justo delante de sus ojos se desplegó una lista de correos en nítidos pero suaves caracteres de color gris; información descargada directamente en la base de su nervio óptico y que su mente interpretaba como letras y números flotando en el aire.

Hizo abrir el único mensaje que llevaba marcas de urgente, pero solo se trataba del Consorcio de Bienestar Público recordándole de nuevo que había pasado mucho tiempo desde su último respaldo. Que se jodan, pensó. Su vida era una porquería y no había nada en ella que mereciera ser respaldado. Que se fuera toda entera por la taza del inodoro.

—¿Noticias de Marte? —le preguntó a Serena, siempre sin emitir ningún sonido.

—Nada —dijo aquella voz tan suave que era como si su propia madre le susurrara en el oído. Ese era el estilo prescrito para su soporte por los sicólogos de Bienestar Público luego de su último intento suicida—. Las comunicaciones entre Marte y la Luna siguen interrumpidas. Supe de intensos combates en la Planicie Amazónica, pero muy poco más.

—Eso es muy cerca de Puerto Héspero, ¿no es cierto? —preguntó ella intentando recordar la geografía marciana, pero volvía a sentirse adormilada y no pudo con ello.

—Cierto. La ciudad sigue sitiada, por lo que sé —Serena le ayudó generando un mapa del planeta rojo frente a ella y destacando los puntos mencionados con destellos parpadeantes.

—Avísame cualquier novedad de Ismael —le pidió.

—Por supuesto.

Serena retiró todos los datos y apagó la luz del dormitorio. Jazmín cerró los ojos, ganada de nuevo por los sedantes que viajaban por su sangre y saturaban sus conexiones sinápticas.

* * *

Ileana llegó hasta la puerta que buscaba luego de atravesar media Ciudad Armstrong. Había salido temprano desde su minúsculo despacho en las oficinas centrales del Consorcio de Bienestar Público, en el distrito gubernamental, pero se había demorado entre los frecuentes retrasos del siempre atestado servicio de trenes subterráneos de la capital selenita. Luego tuvo que soportar los malos olores y el aire viciado tan propios del Corredor Korolev; los pasillos estrechos, sus paredes sucias y rayadas, los indigentes, la podredumbre.

No tendría porque haber sido así. Su jefa había dicho que bastaba con una comunicación vía implante, unas escuetas palabras y un sentido pésame, nada más. Pero no podía decirle a una madre que su hijo había muerto; no así, virtualmente.

Ahora ya habían pasado algunas horas, estaba cansada, sudada, y no dejaba de sentir las miradas poco amistosas de los patanes que rondaban por el lugar. Quizás no había sido una buena idea después de todo.

Como sea ya estaba allí, así que hizo que su inteligencia de soporte contactara a la mujer que, se suponía, vivía en aquel sitio de mala muerte. Jazmín da Ferreiro. Alguna vez modelo publicitaria ahora caída en desgracia. Más que eso, una niña de laboratorio, diseñada genéticamente por la Corporación Trilliux, y criada y educada para cumplir el rol que ellos habían determinado. Trilliux ya no existía y sus antiguos empleados ahora deambulaban por los barrios bajos de la ciudad, sin trabajo, sin esperanza, descastados.

Por eso no se sorprendió cuando al abrirse la puerta apareció ante ella una mujer de expresión somnolienta y ojerosa, de cabellos enredados, mostrándole sus pechos caídos y fumando un cigarrillo. Del interior de su morada surgió un hálito de olores a rancio, a alcohol, incluso a podrido. Una fracasada, pensó Ileana, y sintió lastima por ella.

—¿Jazmín da Ferreiro? —preguntó.

—Sabe que si. ¿Qué necesita? —contestó la mujer con aspereza.

—Soy Ileana Neumayer, agente del Consorcio de Bienestar Público —se presentó aunque era innecesario; la inteligencia de soporte de la mujer ya debía contar con su identificación hacía rato.

—Mierda, si es por lo del respaldo de nuevo... ya me tienen harta con eso.

—No señora da Ferreiro, no es nada de eso.

De pronto no supo como continuar y se produjo un incomodo silencio. La mujer la miraba sin ocultar su molestia, esperando impaciente por una explicación. Supo que su jefa había tenido razón, todo habría sido mucho más fácil desde lejos.

—Lo lamento mucho —comenzó—. Pero hace unas horas Puerto Héspero ha sido bombardeada y tomada por los rebeldes marcianos. Tenemos una lista provisional de víctimas, pero ya confirmamos que su ex-marido y su hijo, Ismael, están entre los fallecidos. De nuevo, lo lamento mucho.

La mujer la miró con menos de hostilidad.

—Bueno. Esas cosas pasan. ¿Acaso necesitan mi permiso para la recarga? —preguntó Jazmín recogiendo una prenda del piso y usándola para cubrir sus hombros y sus senos.

Si, esas cosas pasaban, se recordó Ileana. Ella misma había sido recargada una vez, después de morir asfixiada cuando todo el aire de la cámara donde que se encontraba escapó al espacio a través de una esclusa mal cerrada. Por supuesto ella no recordaba nada del asunto, y tampoco de los dos meses de su vida que habían transcurrido desde su último respaldo. Pero allí estaba ella de nuevo, sólida, viva, lista para seguir adelante.

Esta vez, sin embargo, no era tan simple. Si lo fuera habría bastado con unas escuetas palabras y un sentido pésame, tal como le había dicho su jefa.

—No señora. Lo que sucede es que en Marte no se hacen respaldos.

Por supuesto que la mujer lo sabía. Según su expediente había estado casada siete años con un marciano, y no podía no saberlo. Solo se había demorado en recordarlo, comprendió Ileana, al observar como la expresión de Jazmín se transformaba en una mueca de angustia y desesperación.

* * *

Lo conoció una de aquellas noches en un club cualquiera del Río Crepuscular, en el Mare Frigoris, bajo la tenue luz de la Tierra en cuarto creciente suspendida apenas sobre el horizonte, por detrás de los amplios ventanales presurizados del recinto, todos ellos orientados hacia el planeta madre. Había velas en las mesas y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con las suaves melodías de Claire Vivianne 3.2 que eran inyectadas directamente en el lóbulo temporal de los clientes a través de sus implantes.

Ella, Jazmín, era uno de los rostros y cuerpos de una nueva campaña de productos cosméticos producidos por Trilliux. Una joven belleza de veinte años, alta y esbelta, de piel clara y cabellos largos y ondulados flotando alrededor de un rostro angelical. Una verdadera obra de arte de los geneticistas de la Corporación que, junto a otras de su mismo tipo, gozaba de algún tiempo libre entre las agotadoras actividades de promoción.

Él, en cambio, era un hombre más maduro, de rasgos severos y mirada penetrante. Entró en el club acompañado por Alba, la jefa de Jazmín, luciendo un traje negro con pliegues y bordados que recordaban los de una yukata japonesa. Supo de inmediato que era extranjero; no era tan alto como la mayoría de los habitantes de la Luna, era más robusto y su piel era de un color canela del todo inusual.

Alba se acercó seguida por su huésped. Él se movía con cierta torpeza, probablemente a causa de la escasa gravedad lunar a la que no estaba acostumbrado, pero de todas formas con dignidad, confiado de sí mismo, con un aura misteriosa y exótica.

—¿Les molesta? —les preguntó su jefa haciendo un espacio para ella y su acompañante en la mesa.

Algunos saludos y las presentaciones de rigor. Él era Edmundo Ochoa y Santoro, recién nombrado representante del Grupo Financiero Union Solaris, de Marte, para Ciudad Copérnico y todo el Mare Imbrium. No es que fuera el emperador marciano, que de todas formas no existía, pero a Jazmín le pareció que estaba bastante cerca de eso.

Alba les explicó que Union Solaris había estado buscando un socio local para la distribución de algunos de sus productos en mercado selenita y unos días atrás habían cerrado un trato con Trilliux. Eso también implicaba publicidad y por eso había traído a Edmundo, para que conociera a algunas de las bellezas de su equipo.

Llegaron los tragos y la conversación se desvió hacia temas mundanos. Todas se disputaban los turnos de intervención intentando darle consejos al marciano sobre que hacer y no hacer la Luna. Que lugares visitar, cuáles no. Que comer, donde vivir, donde salir. Jazmín también, y tenía la impresión de que Edmundo apreciaba y se interesaba especialmente por sus sugerencias. Ella no era ninguna jovencita inocente ni pudorosa, así que supo condimentar sus palabras con alguna sonrisa atrevida, un guiño o alguna insinuación disimulada. Después de todo estaba hecha para eso, para atraer la atención y despertar el deseo de hombres y mujeres. Era un juego en el que sabía que tenía todo para ganar.

A continuación Edmundo tuvo que soportar un intenso interrogatorio sobre lo que significaba vivir en Marte y las expresiones de asombro se sucedían mientras contaba sobre las grandes cúpulas de Puerto Héspero y los estilizados rascacielos de Ciudad Utopía, o intentaba describir las suaves laderas del Monte Olimpo y las empinadas paredes del Valles Marineris. Durante todo eso sus miradas siguieron encontrándose y a ratos era como si él le estuviese hablando solo a ella, intentando mostrarle lo mucho que amaba su mundo y lo orgulloso que estaba de él.

Pronto las demás también se dieron cuenta y una por una fueron abandonando la mesa en dirección a la barra. Incluso su jefa. Para entonces Edmundo estaba hablando sobre la terraformación de Marte, de cómo estaban intentando hacer del planeta rojo un mundo habitable. Le contó, sin poder ocultar su emoción, sobre los riachuelos que volvían a fluir por las cuencas del Laberinto de la Noche, todavía pequeños pero que cada año traían un caudal un poco más grande. Y sobre la hierba transgénica creciendo sobre la tierra roja de la Planicie Acidalia, y los primeros bosques, apenas unos troncos famélicos no más altos que un hombre adulto. De los niños que salían al exterior igual que en la Luna, con traje presurizado, casco y estanque de aire en sus espaldas, pero que quizás alcanzarían a ver el día en que sus propios nietos no necesitaran de nada de eso para jugar al aire libre, bajo los árboles y un cielo azul.

Fue eso, su pasión, lo que más impresionó a Jazmín. Lo que hizo la diferencia. Aquel era un hombre vivo, con sueños y con una visión más grande que él mismo. Cuando terminó de hablar le tomó la mano y supo que era hora de irse de allí.

Pasó el resto de la jornada en un exclusivo hotel junto a Edmundo, amándolo con impetuoso entusiasmo, sospechando ya que esta vez sería diferente a todas las demás.

2

—¿De qué se trata ahora? —inquirió Jazmín con ligera hostilidad apenas apareció frente al escritorio de Ileana, en su pequeño despacho.

Habían pasado tres días desde su anterior y único encuentro. Ahora la mujer lucía mejor, con un elegante vestido negro que la cubría desde el cuello a los tobillos. Sus largos cabellos estaban tomados en la nuca y caían limpiamente por su espalda. Su rostro pálido, sin mucho maquillaje, era hermoso a pesar de la tristeza.

Gracias a sus privilegios de acceso supo que Jazmín, la verdadera Jazmín y no la representación virtual que descargaba su soporte en los implantes de todos quienes quisieran verla, estaba en esos momentos tirada sobre su cama, desnuda, siempre con los cabellos sucios y enredados, su expresión desfigurada, los ojos enrojecidos por el llanto. Ileana sintió que se le apretaba el pecho; había algo en esa mujer y en su caso que le había afectado desde el primer momento.

—Señora da Ferreiro... —comenzó Ileana—. De nuevo quiero decirle lo mucho que sentimos lo sucedido. Yo, y también el gobierno.

—No, no lo sienten. Pero no importa. No fue culpa de ustedes, así que no importa. Díganme que tengo que firmar y terminemos con esto.

—Señora, no... No es eso. La verdad es que la llamamos porque tenemos información nueva sobre su hijo.

Jazmín levantó la mirada y algo semejante a la esperanza se dibujó en su rostro.

—No, no es que esté vivo, señora da Ferreiro. No es eso exactamente —precisó Ileana.

—¿Entonces? —preguntó Jazmín llevándose ambas manos a las sienes, como si tuviera una repentina jaqueca.

Ileana le explicó: Ismael era menor de edad cuando partió junto a su padre rumbo a Marte. Lo era todavía el día que falleció. Para el gobierno lunar nunca había dejado de ser un selenita, aun cuando en Marte ya le habían dado una ciudadanía provisional. Por lo tanto sus registros en la Luna nunca habían sido borrados, no al menos el único que habían podido encontrar.

—El hecho es que todavía tenemos un respaldo de su hijo. Uno de hace diez años atrás, cuando él tenía siete.

La imagen de Jazmín se quedó estática por un segundo, signo de que la mujer ya no estaba allí y que su soporte había quedado a cargo del asunto. Ileana volvió a usar sus privilegios para violar la intimidad de su entrevistada. La encontró siempre en su pieza, desnuda, sentada al borde de la cama, con la cara entre sus manos, moviéndose hacia adelante y hacia atrás como haría un loco o un deficiente mental.

* * *

Lo habían conversado poco antes de casarse. Edmundo era de Marte y por lo tanto venía de una cultura que despreciaba profundamente la práctica de los respaldos e incluso la tecnología de los implantes y las inteligencias de soporte. Sus antepasados, hacía más de un siglo, habían partido en busca de la nueva frontera, lejos de las severas leyes y rígidos códigos sociales de la Luna, lejos de los complejos subterráneos, el hacinamiento y la casi total ausencia de intimidad. En Marte eran menos, había más espacio, y aunque seguía siendo tan peligroso como vivir en la Luna, sus habitantes no dejaban de soñar con el día en que los esfuerzos de terraformación finalmente dieran sus frutos.

Por todo eso y mucho más, Edmundo ansiaba poder volver pronto a su planeta, y llevarse con él a la mujer que amaba. Comprar allá una casa hermosa, tener hijos, y ser felices para siempre. Pero para eso lo primero era terminar con los respaldos.

—¿Para qué? —le había preguntado Jazmín—. ¿En qué te afecta eso a ti?

—Piénsalo de nuevo.

—No entiendo.

—Cuando te mueres, te mueres, Jazmín. No hay nada que pueda cambiar eso.

—Pero mi respaldo.

—Tú respaldo no puede evitar que te mueras. Vas a pasar por la agonía, por el dolor, lo que sea. Te vas a sentir sola, y con mucho miedo a medida que te vas dando cuenta que te vas quedando dormida y que ya nunca más despertaras —intentó él.

—Despertaré en mi respaldo.

—No. Tú respaldo despertará creyendo ser tú. Pero no eres tú. Tú ya te moriste. Y en el mismo momento que tú respaldo despierta, es ya otra persona.

Sí, era difícil de explicar, pero Jazmín sabía exactamente lo que Edmundo quería decir. Lo había escuchado muchas veces, el mismo argumento. Incluso te lo explicaban cada vez que te hacían un registro. Una recarga no era una resurrección. Lo que se traía a la vida era un ser igual a ti, pero no tú mismo.

Pero de todas formas, si te ibas a morir, era un consuelo saber que algo de ti iba a quedar. Que tus recuerdos, tus alegrías y tus tristezas, tus amores y desamores, no se desvanecerían en la nada, y seguirían siendo, y por lo tanto, de alguna manera, tú también seguirías existiendo. Mas importante aún, los demás te volverían a tener con ellos, no te habrían perdido y tu seguirías ocupando un espacio en sus corazones.

—¿Y no es eso la mayor expresión de egoísmo y vanidad que puede existir? —había planteado Edmundo—. ¿Pretender mantener la misma atención y la dedicación de los otros aun cuando tú ya te fuiste? ¿No lo crees?

Jazmín nunca lo había visto desde ese punto de vista. Que lo que importaba no era si uno moría o no, sino que los demás no te olvidaran. A través de la recarga uno se aseguraba de seguir existiendo en la vida de los demás, para bien o para mal.

—Por eso Jazmín, si yo me muero, quiero que sigas tu vida. Que sigas adelante. Que conozcas a otro hombre quizás, que encuentres otras formas de ser feliz. No quiero que un simulacro mío intente hacerte creer que soy yo, porque no lo seré. Prefiero que busques a alguien distinto, nuevo, original.

La discusión siguió por largo rato más, pero al final Jazmín aceptó los términos de Edmundo. Si iba a ser su esposa no habría más respaldos, ni para ella ni para los hijos que vinieran.

Ella lo prometió, y solo una vez rompería su juramento.

3

De nuevo Ileana estaba frente al departamento de Jazmín, en ese sector especialmente maloliente del Corredor Korolev. Pero esta vez la esperaban y apenas llegó ante la compuerta esta se abrió para dejarla pasar.

Jazmín apareció luciendo un sofisticado corte de pelo, con impecable maquillaje y una cálida sonrisa. De nuevo se sintió anonadada por la belleza de la mujer, que ahora podía apreciar en plenitud. Imaginó como los hombres debieron haberla admirado cuando era joven y lamentó mucho más el desperdicio en que había convertido su vida. Pero al parecer eso estaba quedando atrás y era evidente que la mujer estaba intentando volver a ser la de antes; no en lo de impresionar a los varones, claro, sino en lo que se requería para criar a un hijo.

Los arreglos no se limitaban a su persona. Pudo ver detrás de Jazmín como su pequeño departamento había dejado de ser un chiquero. Eran pocas sus posesiones y era imposible ocultar la pobreza, pero todo se veía ordenado y limpio. Ileana se sintió conmovida por su esfuerzo.

—Buenos días Ileana, ¿quieres pasar? —sugirió Jazmín, esta vez encantadora.

—Gracias señora da Ferreiro —aceptó ella.

—Jazmín, por favor —corrigió ella indicándole un sillón donde sentarse—. ¿Un refresco? ¿Jugo de naranja?

Jazmín ya estaba en la esquina del cuarto que servía como cocina disponiendo dos vasos y agregando en ellos una pastilla de sucedáneo de naranja. Un producto barato, supo Ileana, un concentrado de nutrientes sin sabor y que dependía de que los implantes de cada uno pudieran comunicarse con el fabricante y descargar las indicaciones sensoriales recomendadas. Hubiese preferido agua pura, pero no quiso ofender a su anfitriona.

—Bien, Jazmín, entonces. ¿Cómo has estado?

Debían haber sido días agitados para la mujer, pensó Ileana, y así se lo confirmó. Primero hacerse la idea de que el tiempo parecía haber vuelto atrás y que pronto podría reunirse con su hijo. Que volvería a ser madre, y entonces la duda y el temor de no saber si estaba preparada.

Luego vino aquel golpe inesperado del destino. Algún funcionario del Consorcio de Ley y Justicia había revisado los expedientes de Jazmín y había decidido impugnar la custodia del menor Ismael Ochoa y Santoro solicitada por Ileana a nombre de la madre del niño.

Jazmín le contó cómo había sufrido todo aquello mientras bebía. De cuanto enojo y frustración había sentido al enterarse, y de cómo eso le había hecho querer todavía más el tener a su hijo en sus brazos, y verlo jugar y reír junto a ella.

—¿Me tienes lo que te pedí? —preguntó Ileana, imitando la informalidad de Jazmín.

—Por supuesto. ¿Te lo transfiero?

—Sí, claro.

Las inteligencias de soporte de ambas mujeres, Serena y Hump, establecieron un canal seguro de comunicación y varios paquetes de información fueron traspasados de la una hacia la otra. Horas, días, meses completos de la vida de Jazmín, registrados y archivados por su soporte, guardados en memorias confidenciales del Consorcio de Información y Redes y a los que solo se podía acceder a través de una petición conjunta de la usuaria, en este caso Jazmín, y de alguna oficina del gobierno. Lo que ahora estaba siendo descargado en el implante de Ileana eran momentos especiales de la vida de Jazmín junto a su hijo, registros tomados hace diez años o antes, y que servirían para demostrar que la mujer había sido, y podía volver a ser, una buena madre.

Con ello la consejera Neumayer intentaría convencer a esos entrometidos del Consorcio de Ley y Justicia. Si lo conseguía, todo estaría bien. Si no, tendrían que enfrentar un juicio y no quería que Jazmín pasara por eso. Ya tenía bastante con todas las emociones y frustraciones que había sufrido en el último tiempo.

Pero no servía de nada adelantarse, lo primero era revisar el material que ahora tenía guardado en su implante y ya se vería lo que venía después.

* * *

El agua era de verdad, descubrió Jazmín sorprendida cuando desestimó la escenografía virtual transmitida por el parque de diversiones hacia su implante y se encontró mojada de pies a cabeza. Momentos atrás había estado maniobrando un kayak en los rápidos de una exótica jungla y ahora solo se mecía a bordo de un cilindro de plástico que avanzaba por un circuito de tuberías en dirección a la plataforma de salida. Había creído que todo era un montaje, pero se preocupó al comprobar que al menos en parte la experiencia había sido real.

Miró hacia el asiento delante del de ella y allí estaba Ismael, también completamente empapado. El niño dio vuelta el rostro mostrándole una amplia sonrisa que iluminaba su expresión traviesa. Más adelante iba Edmundo, que no se molestó en mirar hacia atrás, ansioso por abandonar rápidamente la pequeña embarcación.

Era la primera vez que volvían al Río Crepuscular desde que se habían casado. Claro, antes de eso habían frecuentado las cúpulas centrales que concentraban los bares y clubes dirigidos a un público bohemio y hedonista. Ahora en cambio eran una familia, y como tal esos sectores no eran los más apropiados. Lo de ellos ahora era el parque de diversiones, el zoológico, los museos. Jazmín estaba feliz con el cambio. Edmundo no tanto.

Lo cierto era que había sido una verdadera hazaña lograr que su esposo los acompañara, pero ahora Jazmín se preguntaba si había valido la pena después de todo. El hombre se mantenía distante; respondía con desgana ante la alegría y el entusiasmo de su hijo, y a ella no le había hablado desde que se habían encontrado en la entrada del parque. Pero era el cumpleaños de Ismael, el séptimo, y Jazmín sabía que lo que más quería el chiquillo era disfrutar junto a su padre. Si tan solo Edmundo pusiera un poco más de su parte, se lamentó.

Las cosas no habían estado bien entre ellos desde la última crisis bursátil, la misma que había llevado a Trilliux hasta la quiebra. Jazmín se convirtió en una mujer desempleada y que pasaba largas horas del día en su casa, cuidando a su hijo y esperando por su esposo. El cambio no fue bueno. Ahora él era el único que trabajaba de los dos y eso hizo que adoptara una actitud más autoritaria con ella y con Ismael; Edmundo lo negaba afirmando que era ella la que no lograba adaptándose a su nuevo rol de ama de casa y de mujer dependiente.

Pero también pasó que Edmundo comenzó a llegar tarde a la casa y que ya muy rara vez hacían el amor. Él insistió en que todo era igual pero que antes ella había estado demasiado ocupada para darse cuenta y que ahora no tenía nada mejor a que dedicarse que a estarlo controlando. Quizás tenía razón, había pensado ella. Quizás siempre había sido así y no lo había descubierto hasta ahora.

Al final, luego de una discusión especialmente dura, él terminó confesando que tenía una amante, y que había tenido otras con anterioridad. Eso había pasado unos meses atrás y desde entonces Edmundo rara vez llegaba a dormir y cuando lo hacia se quedaba en el cuarto de huéspedes. Aquella era la primera vez en todo ese tiempo que salían juntos, ella con Edmundo y el hijo de ambos.

Un empleado del parque le ayudó a salir del cilindro y tuvo que apurarse para alcanzar a Edmundo y a Ismael. Avanzaron por un túnel estrecho encarando un viento cálido y seco que terminó removiendo prácticamente toda la humedad de sus vestimentas en menos de un minuto. Al salir ya estaban de vuelta en la avenida principal del parque de diversiones, bajo la flamante cúpula meridional del Río Crepuscular.

El niño señaló un puesto de helados y Edmundo tuvo la decencia de comprarle uno. Una vez se lo hubo terminado, juntos los tres se dirigieron hacia la siguiente entretención. Tras cruzar un umbral semicircular ingresaron a una especie de anfiteatro. Bajo las graderías había una gran piscina donde unos cuantos delfines nadaban y realizaban algunas piruetas junto a sus entrenadores. No había nadie más en el recinto.

—La próxima función es en una hora más, señores —les indicó una mujer con buzo de inmersión que surgió repentinamente por detrás.

—Discúlpenos —contestó Edmundo.

Pero antes de que pudieran darse la vuelta Ismael se había precipitado escaleras abajo y ya estaba al borde de la piscina mirando con entusiasmo a los delfines.

—Ismael, ven para acá enseguida —grito Edmundo.

—No se preocupe —indicó la mujer—. Venga, vamos todos.

Jazmín y Edmundo bajaron hasta donde estaba el niño, precedidos por la mujer, que fue la primera en llegar.

—¿Quieres tocarlos? —le ofreció.

Ismael no respondió pero miró a la mujer con ojos grandes y una sonrisa anhelante. Ella a su vez giró la cabeza hacia sus padres con una expresión interrogativa.

—Por supuesto —dijo Jazmín.

La mujer tomó a Ismael de la mano y lo guió por costado hacia unas escaleras y luego por una plataforma que se extendía por sobre la piscina. Hizo que el muchacho se sacara los zapatos y sentara en el borde, con los pies sumergidos en el agua. La entrenadora hizo lo mismo y se quedó junto al muchacho. Como si supieran lo que se esperaba de ellos un par de cetáceos se dirigieron inmediatamente hacia la plataforma.

—Jazmín, ¿has tocado alguna vez a un delfín? —le preguntó repentinamente Edmundo.

Ella estaba afirmada en las barras de acero que separaban las graderías del público de la piscina. Él se había ubicado justo detrás de ella.

—Nunca.

—Yo tampoco. Qué envidia.

Entonces él la abrazo desde atrás. Ella se sintió sobrecogida y abrumada, como cada vez que estaba junto a Edmundo. Pero también estaba la rabia y el rencor, su orgullo herido. Pensó en desprenderse, en decirle lo dolida que estaba y no podía perdonar todo lo que le había hecho. En cambio apoyó su cabeza en el pecho del hombre. No hubo palabras. Solo la efímera esperanza, la ilusión de que quizás él estaba arrepentido, de que iba a cambiar, y de podrían volver a ser una familia feliz, ella, Edmundo, e Ismael, que desde la distancia les devolvía una sonrisa extasiada mientras sus manos recorrían la suave piel del lomo de uno de los delfines.

Al final, para Jazmín ese fue uno de los días más felices que era capaz de recordar. Por eso cuando Edmundo ya se había ido, según él a trabajar, ella no lo dudó mucho y se dirigió a una agencia de respaldos. Allí ella y su muchacho terminaron pasando por un scanner nanográfico y generando una copia virtual de sí mismos, fidedigna incluso en las intrincadas redes sinápticas que determinaban la personalidad y los recuerdos de cada cual.

Mucho después aquel sería el único registro que los oficiales del Consorcio de Bienestar Público fueron capaces de encontrar del ciudadano selenita Ismael Ochoa y Santoro fallecido diez años más tarde en medio de una guerra civil en Marte.

4

—¿Pero que les importa a ellos? —preguntó Jazmín frustrada.

Esa era la cuestión. ¿Qué les podía importar a unos aburridos empleados del Consorcio de Ley y Justicia el que una madre quisiera tener una nueva oportunidad de ser feliz junto a su hijo? Ileana no podía estar más de acuerdo con Jazmín mientras ambas compartían un refresco en un pequeño café a la salida de la estación de tren en el Jules Boulevard, en el distrito de las oficinas gubernamentales de Ciudad Armstrong.

—Lo siento Jazmín. No hay mucho que podamos hacer.

Lo había intentado al menos. Había concurrido a las oficinas de un tal Brian Sullivan, agente de los tribunales de familia, y le había mostrado todo lo que había descubierto sobre lo buena madre que Jazmín había sido mientras había tenido a su hijo con ella. Él se había limitado a mirarla con cierto desdén y le había mostrado a su vez alguna de las cosas que él había descubierto sobre la vida de la señora da Ferreiro.

—Es que no entiendes, Ileana —aseguró Jazmín—. En los últimos diez años de mi vida he hecho cosas de las que no me enorgullezco precisamente.

—Lo sé y lo entiendo. Créeme. Pero yo estaré ahí, Jazmín. Y le diré al juez todo lo que te tocó sufrir. La pérdida de tu hijo, la infidelidad de tu marido, lo de tu trabajo. Estoy seguro de que entenderá.

—¿Usted estará ahí?

—Sí.

—Oh —dijo cabizbaja, llevándose una mano hacia la frente, como avergonzada.

Ileana podía comprenderla. Para nadie debía ser fácil permitir que todas sus vivencias, todo lo que su implante había grabado y archivado en las cuentas del Consorcio de Información y Redes desde el día de su nacimiento, fuese expuesto frente a personas que ni siquiera conocía, y donde iban a ser minuciosamente examinadas a fin de que un juez, un hombre, que no tenía idea lo que significaba la maternidad, pudiese decidir si ella estaba preparada o no para criar a su propio hijo. Pero eso era precisamente lo que el Consorcio de Ley y Justicia había solicitado y lo que se le había concedido.

* * *

—¿Donde está Ismael? —preguntó el hombre parado en el umbral del dormitorio.

La habitación estaba en penumbras y Jazmín estaba sentada en bata de dormir al borde de la cama. Sostenía una copa de vino en la mano y una botella casi vacía descansaba en el velador.

—Ándate, déjame tranquila, a mí y a mi hijo —le contestó ella mirándolo con ojos vidriosos, llenos de ira.

—La orden del juzgado.

—Me importa una puta lo que dijo un juez corrupto. ¿Cuánto le pagaste al cabrón? No, no te llevaras a mi hijo —anunció desafiante.

—No lo hagas más difícil, Jazmín.

—Tú lo hiciste difícil, maricón de mierda. Tú y la puta de tu amante. Noelia la puta —gritó ella, enardecida por sus propias palabras. Siempre había evitado las vulgaridades, pero ahora eran cómo una válvula de escape que le permitían canalizar la rabia—. Ella nunca será la madre de mi hijo, ¿entiendes? Yo soy la madre de Ismael y nadie más.

—Ella no pretende ser la madre de Ismael.

—Cállate cabrón. Y lárgate de una vez.

—No me iré sin Ismael. Oficiales, por favor. —llamó Edmundo. Detrás de él aparecieron dos fornidos agentes del Consorcio de Seguridad enfundados en sus trajes azul oscuro—. Yo iré a buscar en la planta baja.

—No —chilló la mujer que se abalanzó hacia la puerta, derramando en la alfombra el vino que llevaba en la copa.

Los policías la interceptaron tomándola del brazo y la cintura. Ella intentó liberarse, pero ellos la mantuvieron férreamente asida.

—No, déjenme, esta es mi casa... No... —gritaba ella mientras intentaba escabullirse. Edmundo ya había desaparecido de su vista—. Ismael, Ismael, no dejes que te lleven, Ismael.

De pronto dejó de forcejear y pareció rendirse.

—Señora, por favor... —intentó uno de los oficiales, pero antes de que el hombre pudiera reaccionar ella rompió la copa contra la muralla y enterró en el rostro del policía los afilados restos que le habían quedado en la mano.

Pero el otro agente no la soltó en ningún momento, y la inmovilizó doblándole el brazo por detrás de la espalda y luego arrojándola al piso donde le puso unas esposas. Solo entonces se preocupó por su compañero, quien trataba de limpiarse la sangre y los restos de vidrio en su cara. Una de las puntas más aguzadas parecía haberle perforado el ojo derecho y parte del órgano resbalaba por su mejilla. No importaba, pensó su Jazmín, aturdida; un ojo podía ser regenerado, y si era muy caro siempre se podía hacer una eutanasia y recargar al hombre completo, pagado por el estado.

* * *

—Treinta días de confinamiento por agredir a un agente de seguridad- —le informó el juez Elderfield cuando terminaron de revisar el archivo—. Fueron desestimados a petición de su misma oficina debido a la condición emocional de la señora de Ferreiro, antes señora Ochoa y Santoro.

—Lo sé. Revisé su expediente —señaló Ileana—. Solo que no me lo había imaginado tan sangriento.

—Habrá leído también que se le retiraron los cargos a cambio de que se sometiera a un tratamiento de reprogramación emocional. Nunca lo hizo.

—Pero nadie se preocupó de recordárselo —argumentó ella.

—Así fue, en efecto —concedió el hombre—. Veamos el siguiente archivo.

* * *

El dinero que recibía como parte del acuerdo de divorcio no era mucho y no le permitía seguir con el estilo de vida que había llevado mientras estuvo casada con Edmundo. Al final tuvo que abandonar el lujoso departamento que tenían en el Distrito Orkin y trasladarse a una minúscula habitación en el Corredor Korolev, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad.

De hecho en la misma callejuela donde ella vivía solían reunirse pandilleros para traficar privilegios de acceso a recursos virtuales, hardware y software para alterar de distintas formas el funcionamiento de los implantes y las inteligencias de soporte, y también algunas mercancías mucho menos sofisticadas como las drogas y el sexo.

De ellos Jazmín pudo obtener los calmantes que necesitaba. El vino y el whisky podía comprarlo en las tiendas cerca de la estación. El poco dinero que tenía se le iba en ello y pronto no tuvo como pagar siquiera el modesto cuarto donde se alojaba.

—Necesito algo de dinero para pagar la renta —le había dicho a Wei, su proveedor de drogas.

—Trabaja —le había contestado parcamente.

—De acuerdo —había aceptado ella.

Dos horas después golpearon a su puerta. El cliente era un hombre obeso, de piel pálida y floja, mirada torva. Creía saber lo que se esperaba de ella; cada parte de su cuerpo había sido diseñado para el deseo, aunque hasta entonces solo unos pocos habían tenido la oportunidad de apreciar de cerca e íntimamente lo que ingeniería genética había sido capaz de hacer en su caso. Ninguno de ellos se había ido decepcionado. Ni siquiera Edmundo. Él menos que nadie.

Pero no. El hombre que ahora estaba sobre ella, sudoroso y jadeante, no se interesaba en nada que no fuera sexo bestial y primitivo. Simplemente se arrojó sobre ella, le sacó a tirones el vestido, le abrió las piernas y sin ningún otro preámbulo introdujo su pequeño miembro en ella. Terminó en pocos minutos, se subió los pantalones y se retiró sin decir una palabra. Jazmín se quedó sola, mirando las manchas de semen sobre las sabanas, preguntándose por el significado de todo eso.

Al otro día un chiquillo golpeó a su puerta y le entregó un paquete por encargo de Wei. Pastillas y algo de polvo que le podían alcanzar para un par de semanas, y unos pocos billetes que le permitirían pagar el arriendo, eso sí, a modo de préstamo.

* * *

—Supongo que así es la vida de los pobres y marginados —comentó Ileana un poco abrumada; que Jazmín se prostituyera para comprar drogas era algo que no sabía.

—Y la de los viciosos —agregó el juez.

Ella miró el rostro del hombre, cuya expresión de desagrado indicaba su opinión acerca de la experiencia sensorial que había sido descargada en su cerebro con toda la fidelidad con que había sido captada por el implante de Jazmín cuando aquello había ocurrido.

5

El último archivo había sido el peor. Una de las tres veces que Jazmín había intentado suicidarse. Rabietas de niña chica, había dicho el juez Elderfield.

—Si realmente quieres matarte, aquí en la Luna es de lo más fácil —había agregado—. Sales afuera, te abres el casco y listo. En cambio ¿pastillas? Ya ve, esas le dan suficiente tiempo a tu soporte para dar aviso y de hacer que te vengan a rescatar. No, la señora da Ferreiro nunca quiso matarse, solo dar lastima y que se compadecieran de ella.

Después de escuchar esas palabras Ileana supo que habían perdido el caso. Para Elderfield Jazmín no era más que una prostituta y una drogadicta que jamás podría hacerse cargo de un niño. Y tal vez tenía razón, pensó Ileana. Quizás se había dejado llevar por sus emociones, por la simpatía que le inspiraba la mujer, por su encanto.

No valía la pena mentirse a sí misma, pensó Ileana. Se sentía atraída por Jazmín, por sus gestos, su tono de voz, su aroma y por el color y la suavidad de su piel. Por todos esos rasgos que, bien lo sabía, eran la expresión de genes que habían sido hábilmente ensamblados por Trilliux de manera de producir ese tipo de efectos en los demás. Al principio había creído que era solo lastima y compasión, su propia vocación de servicio (un programa introducido en su propio genoma mediante vectores virales) encarnada en los padecimientos de una pobre desdichada. Pero no. Desde el principio había sido una guerra entre el ADN fabricado por las corporaciones y aquel que era usado por las oficinas del gobierno, y como solía ocurrir, la empresa privada había resultado victoriosa. Como consecuencia, ella se estaba enamorando de Jazmín.

Meditaba en todo aquello mientras descansaba en el sofá de su departamento, a oscuras con la cabeza apoyada en el respaldo. Habían pasado ya tres días desde que el juez había enviado la notificación de su veredicto, ordenando la postergación del procedimiento de recarga de Ismael o incluso su cancelación si no se encontraba a alguien mejor preparado que Jazmín para encargarse del muchacho.

Había tratado de hablar con ella apenas su soporte, Serena, reportó haber entregado del mensaje del juez. Pero no había logrado comunicarse y por esta vez sí tuvo temor y vergüenza de aparecerse en el departamento de la mujer. No había mucho que decir en todo caso. Un lo siento y poco más. ¿Hablarle de lo que había comenzado a sentir por ella? Que inapropiado, que absurdo. Intentó pensar en otra cosa.

* * *

—Ileana —le susurró Hump intentando despertarla—. Ileana.

—¿Qué pasa? —dijo ella en voz alta, saliendo de la somnolencia. Nunca había sido muy buena con eso de la subvocalización.

—La señora da Ferreiro.

—¿Qué pasa con ella? ¿Intentó matarse? —preguntó sobresaltada.

—No, tranquila —contestó Hump percibiendo su inquietud—. Su soporte me acaba de informar que viene para acá.

—¿Para acá, a mi departamento?

—Sí. Va a llegar en unos pocos minutos —continuó su inteligencia artificial al tiempo que prendía las luces de la sala donde Ileana se había quedado dormida—. Y, Ileana.

—¿Qué más?

—Viene ebria y también se tomó unos estimulantes antes de salir.

—Mierda.

Fue al cuarto de baño y se lavó la cara. También tuvo necesidad de orinar y mientras estaba sentada oyó golpes en la puerta.

—Ya llegó —anunció Hump.

—Ya me di cuenta —indicó con sarcasmo—. Dile que ya voy.

Terminó de arreglarse la ropa y comenzó a caminar hacia la sala.

—Ileaaanaaah... —escuchó gritar del otro lado cuando ya se acercaba a la compuerta.

—Ya va, ya va —respondió ella dándole instrucciones a Hump para que abriera el cerrojo.

—Maldita... —chilló Jazmín entrando a tropezones en el departamento—. Eres una maldita puta.

Tuvo que retroceder para evitar que Jazmín la empujara y le diera con el puño. La mujer estaba tan borracha que perdió el equilibrio y hubiera caído al suelo de no ser por Ileana que alcanzó a tomarla del brazo. Tenía que tener cuidado con ella, pensó la consejera, que ya había sido testigo de lo que esa mujer podía hacer cuando estaba fuera de sí.

Pero no. Esta vez Jazmín se limitó a quedarse ahí, aferrándose a Ileana, sollozando.

—Mi Ismael, mi niño... Ileana. Lo van a borrar, Ileana. Tú lo sabías, ¿no es cierto? Siempre supiste que nunca me dejarían tenerlo.

—No, yo no sabía, Jazmín —dijo Ileana mientras intentaba sostener a Jazmín.

La arrastró hasta el sofá y se sentó a su lado. La mujer se refugió en sus brazos y comenzó a llorar entre gritos y temblores.

—Malditos, malditos hijos de puta... —reclamaba con rabia en medio de su dolor, golpeando con los puños apretados el pecho de Ileana —. Ahhh... Mi Ismael, mi Ismael... —repetía luego menos enfurecida, mirando a la consejera con el rostro descompuesto y sus ojos enrojecidos.

Para Ileana era una situación a la que no estaba acostumbrada. No había filtros ni disfraces virtuales, nada que se interpusiera entre ella y la desesperación de aquel otro ser humano. No sabía cómo reaccionar, pero casi instintivamente comenzó a acariciar los cabellos de la mujer y a contestar con breves palabras de consuelo.

Poco a poco volvió la calma. La respiración de Jazmín se hizo más regular y ya no había sollozos ni gemidos. Su cabeza ahora descansaba en el regazo de Ileana y se dejaba sosegar por sus caricias. Ileana, con la vista perdida en algún punto de la habitación, supo que ya no podía ser de otra forma. La presencia de Jazmín, la cercanía de su cuerpo, su mirada, su llanto, alimentaban el cálido delirio que se había prendido en su pecho. Una locura, la euforia de tenerla en sus brazos, el intenso dolor de saber lo que se avecinaba.

—Solo queda una cosa por hacer, ¿no es cierto, Ileana?

—Es cierto —respondió ella incapaz ya de contener su propio llanto.

—Ileana... Dulce y compasiva Ileana, gracias —dijo Jazmín totalmente transformada; la expresión serena y la mirada confiada de quien ha tomado una decisión de la que no pretende desistir.

La mujer se incorporó y acercó su rostro al de Ileana. Los labios de las mujeres se fundieron en un beso gentil y vaporoso. Las manos de una buscaron las de la otra y se acariciaron ambas, sus caras, su pelo, sus brazos, sus espaldas y pechos. Ileana, un poco tensa, se sorprendió intentando fijar en su memoria cada sentir, cada intención, cada descubrimiento, todo aquello que su implante jamás sería capaz de entender o transmitir, y que si no fuera por aquel propósito resultaría tan efímero como cualquier otro instante.

* * *

La Tierra, apenas una fina tajada de ella, suspendida apenas unos grados sobre el horizonte, en medio de la oscuridad y las estrellas que brillaban con un fulgor que Jazmín no recordaba haber contemplado nunca. Estaba en lo alto del Cráter Harpalus, mirando hacia el Mare Frigoris, donde incluso podía distinguir las resplandecientes cúpulas del Río Crepuscular, donde había vivido algunos de los momentos más felices de su vida.

Le habría gustado compartir aquella preciosa vista con Ileana, la bellísima Ileana. Pero no era posible; eso habría complicado todo, la habría puesto en peligro a ella y todo lo que habían decidido. No. Nadie podía acompañarla ahora, lo que tenía que hacer tenía que hacerlo sola. Ni siquiera Serena había podido seguirla hasta allí. Wei le había facilitado un aparato, el cual llevaba en uno de sus bolsillos, y que interfería la señal de su inteligencia de soporte enviándole información falsa, haciéndole creer que nada inusual estaba ocurriendo. No podía dejar de sentirse mal por ello, era como si estuviera traicionando a Serena, pensó. Pero claro, ella no se lo reprocharía, las inteligencias artificiales estaban más allá de la desilusión y del rencor. Quizás incluso la entendería, ¿quién sabe?

Miró de nuevo hacia el espacio, el cielo negro de la Luna. Era mejor apurarse, decidió. No sabía de cuánto tiempo disponía, pero no podía ser mucho. Tarde o temprano alguna alarma se prendería y vendrían por ella. Lo que había que hacer era mejor hacerlo de una vez.

Buscó con sus manos la válvula de sus tanques de oxígeno, allí donde encajaba el tubo que llevaba el aire a su casco. Un solo movimiento, fuerte, hacia abajo bastaba para desgarrar la juntura. Decían que era rápido y sin dolor. En un instante más sabría si era verdad.

6

—¿Te acuerdas, mama? —dijo el niño señalando los delfines que nadaban en círculos dentro de la piscina. Era de día y el Sol pendía esplendoroso en lo alto.

—¿Quieres pasar a verlos?

—No, no mama. ¡Prefiero subirme a eso! —señaló indicando una empinada montaña rusa, tan alta que casi rozaba el techo de la cúpula.

Desde la cima debía verse una buena extensión de las llanuras del Mare Frigoris, supuso Jazmín y también quiso vivir la experiencia. Porque claro, esa montaña, y muchas otras atracciones del parque no existían la última vez que había venido. Y eso había sido solo unos meses atrás. No, claro que no, recordó. Habían pasado más de diez años.

En ese tiempo habían pasado tantas cosas que seguía sin entender; se había divorciado, había perdido a su hijo, se había vuelto drogadicta y prostituta. No ella, por supuesto, sino Jazmín, la otra Jazmín. Le habían entregado todos los archivos de Serena y allí pudo observar, impactada, como esa vida, que pudo haber sido la de ella misma, se había convertido en un infierno. Pero también había sabido del coraje de esa mujer, y de lo que una madre es capaz de hacer por la felicidad de su hijo. Por eso, por haberle dado una oportunidad a ella junto a Ismael siempre le estaría eternamente agradecida.

Porque al final, el Consorcio de Ley y Justicia había retirado sus objeciones; ya no tenían ningún sentido ahora que la que había sido traída a la vida era una mujer trabajadora y responsable, una madre ejemplar.

Así ella había podido tener de regreso a su hijo, su hermoso Ismael, y poder reír y divertirse junto con él, tal como se suponía que tenía que ser. No estaba Edmundo, era cierto, y eso habían tenido que explicárselo a ella y también al niño. No fue fácil, por supuesto. Pero Ismael la había tenido a su lado para consolarlo y ayudarlo a aceptar la perdida. Y ella, a su vez, había tenido a Ileana, la dulce y compasiva Ileana, la misma que le había dado un lugar donde alojarse y la había ayudado a buscar un buen trabajo. Su ángel protector que desde el primer momento, cuando había abierto sus ojos en la clínica de recarga, había estado apoyándola y guiándola en ese difícil periodo de adaptación, que finalmente, después de tantos meses, comenzaba a quedar atrás.

Por supuesto que sabía lo que había habido entre la consejera y la otra Jazmín. También lo había visto en los registros. Pero Ileana nunca le había exigido nada, nunca había pedido nada a cambio. Ambas lo sabían en el fondo; ella podía ser igual a esa otra mujer, pero nunca sería la misma.

Había llegado su turno para la montaña rusa. La madre tomó de la mano a su pequeño y juntos entraron riendo en el vagón que les esperaba.

© Rodrigo Juri, (8.035 palabras) Créditos