DE TORRES, BATAS Y PECES
(LA REBELIÓN DE LOS PECES 2)
Magín Méndez
imag/r193.jpg

DÍA 1

8:00

Mike pasó su tarjeta electrónica por el lector que respondió con un pitido agudo. Se le abrió la boca, claro síntoma de que debería haberse acostado algo antes y no dejarse seducir por el nuevo canal de la tele de pago. La falta sueño y el cansancio no valían la pena, comparados con esa mala película ochentera de zombies.

Probablemente, su bata amarillenta no era una de las más limpias del complejo, pero estaba entre las cinco menos sucias, seguro. Siempre había estado algo obsesionado con la limpieza, pero no más que cualquier persona que ordena los botes de las especias alfabéticamente, o pasa el trapo del polvo tres veces al día. Cuando consiguió aquel puesto de especialista eliminador de residuos, EEDR para los amigos, fue uno de los días más felices de su vida. Aquel día parecía que le habían inyectado un cóctel de anfetas o cocaína, no dejó de sonreír desde que supo la noticia hasta que sus párpados se cerraron, de puro agotamiento, ya de madrugada.

Tuvo que pasar unas duras pruebas de selección, en las que ocultó su curriculum y parte de su pasado, pues no se correspondía ni al perfil requerido por la empresa, ni a la cualificación usual para el puesto. Examen teórico sobre sustancias de desecho, reglas de seguridad, productos de limpieza, y la que le hizo más gracia: la prueba de cultura general. ¿Para qué demonios iba a servirle a un bedel, que no hacía otra cosa que limpiar caquitas de ratas blancas, saber cual era la capital de Islas Vírgenes? En ese momento estuvo tentado a contestar: la virgen María, pero se cortó porque deseaba el puesto más que ningún otro candidato. Hizo el examen bien, aunque no perfecto, sin pasarse, había que guardar las apariencias.

Cada día que pasaba en aquellos laboratorios de alta seguridad, más se divertía a costa de los individuos que por allí pululaban. Siempre nerviosos, siempre alerta, nunca peinados, algunas veces afeitados. En los dos sexos se adivinaban las mismas frustraciones inherentes al gremio científico. Ellos nunca tendrían una cita con una bonita chica de graciosa mirada y lindo vestido, y ellas nunca quedarían con un cachas de gimnasio bien depilado y recién salido de un solarium….

Arrastró su carrito cargado de productos químicos avanzando por el angosto pasillo de paredes curvas y pulidas. La fregona arrastraba ligeramente por el suelo, tendría que revisar su sujeción, quizá fue el golpe que le dio ayer contra el bordillo. No debió lanzar el carrito por la rampa del aparcamiento.

Entró en el despacho Uno-Beta, el primero que debía limpiar. El doctor, pero no en medicina, estaba sentado sobre una incómoda silla. Miró al bonachón limpiador con la indiferencia con la que se mira por la ventanilla del coche a mitad de un largo viaje. Mike le sonrió con la vana ilusión de que ese día, ese día sí, al fin, le devolviera la sonrisa.

El científico tenía la camisa sudada. Se le notaba incómodo, agobiado. Parecía peligrosamente cerca del punto en el que el cerebro humano confunde la persistencia con la obsesión, pero esto no le impedía seguir mirando la pantalla con cara de pocos amigos.

Cuando pasó a vaciar la papelera, Mike no pudo evitar echar un vistazo a la pantalla. Eran un montón de cifras, letras, signos, ecuaciones y flechas múltiples, en una fuente negra sobre un fondo verde. — Ligeramente bonito, casi perfecto, comparable a un poema de algún desarrapado y brillante artista del siglo diecinueve — reflexionó Mike .

En la sintaxis de la línea treinta y seis había un error muy claro, estaba mal definida la proposición técnica. Mike lo detectó como un murciélago detecta a su presa en la oscura noche. Sus habilidades siempre habían sido una pesada losa y a la vez un bonito mosaico romano.

Una sonrisa de pícaro quería asomar en su cara, pero su frío y calculador córtex pugnaba con esa idea. Casi como un pequeño milagro surgió la oportunidad. Se iluminó un pequeño piloto verde en una consola llena de luces y botones y el doctor, aunque no en medicina, se levantó y salió del despacho con premura.

—Sólo un par de pulsaciones — pensó Mike. La lucha de la razón contra esa personalidad infantil que lo corroía no duró demasiado. Era una lucha desigual y siempre ganaba el mismo bando. Tecleó con velocidad, con prisa y sin pausa. Después cogió su fregona, la bolsa de basura y todos sus trastos y salió de allí.

—Es lo que tiene que te hayan robado la infancia. Mis padres debieron pensarlo antes de meterme en la universidad a los nueve años. No tuve tiempo de vivir mi niñez. Yo no tengo la culpa—. Se justificaba con su cantinela habitual.

Mike siguió su ruta riéndose por dentro mientras analizaba las pobres justificaciones de su travesura. Siempre había sido un incomprendido.

Cuando el doctor Beckett, con un doble doctorado en ciencias físicas y matemáticas llegó a su ordenador, no pudo hacer otra cosa más que temblar compulsivamente. Desde la punta de los dedos en el teclado hasta las últimas falanges distales de los pies, le recorrió un progresivo escalofrío. Y al momento, recordó, gracias a su enorme montaña de soberbia y egocentrismo, acumulada a pulso, tras años de elogios, alabanzas, aplausos y algunos pequeños éxitos, que tal vez, no era tan difícil, y la solución simplemente estaba allí….

Mike se alejaba con paso tranquilo y susurrando parafraseaba a uno de sus autores más releídos: Solo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, de la primera no estoy seguro.

14:00

Cuando Mike salió a comer se dirigió como todos los días hacia el parque de los pinos. Estaba a cinco minutos andando del laboratorio y constituía un remanso de paz. Para él, como buen adorador de las cosas simples, era su propio mundo virtual de ensueño. Era su Edén particular. Entraba siempre atravesando las dos columnatas de piedra. En ese preciso instante, cada día, comenzaba a sacar el papel de aluminio de su crujiente y bien preparado bocata. Era un animal de férreas costumbres. Cruzaba entre los pinos por un caminillo de grava, mientras tanto comía el primer bocado de su delicioso almuerzo. Eso si que era un bocata. Era la única enseñanza que creía haber adquirido de su madre. Como colocar el pan, el orden exacto de los ingredientes, las cantidades, untar lo justo y necesario, oler para comprobar el estado de la comida, sazonar con la habilidad de un chef... Aprender todo eso había sido para Mike como escalar el Everest. Podía hallar la solución a esos temibles problemas matemáticos que volvían locos a reputados científicos, pero nunca, nunca, consiguió averiguar porqué se coloca la lechuga encima del tomate y no al revés.

Caminaba con su continuo buen humor y su eterna sonrisa. De lado a lado de la cara, natural, espontánea y viva. Nada que ver con esa falsa del vendedor de perritos con el que se cruzaba al salir del camino. El hombre tensaba los músculos faciales como si fuera un arco, en un burdo intento de marketing callejero, pero sus ojos decían otra cosa muy distinta.

Todos los días se acercaba al centro del parque. Se sentaba en el borde de la fuente y se tomaba su bocata y su media botella de agua mineral.

La fuente era una gran estructura redonda, construida en piedra, llena de agua limpia y transparente. Con un único y pequeño chorro manando del centro, coronado por una gran estatua del valiente soldado de alguna guerra ya olvidada. A Mike no le interesaban esas cosas. Pero si admiraba las hojas de loto que cada día invadían unos cuantos centímetros más de la superficie. Admiraba la precisión de sus monótonas vidas. Le gustaba la naturaleza, la tranquilidad, la sencillez, la regularidad, la vida. Miró como los peces, un surtido de vectores en blanco, rojo, negro y naranja, nadaban distraídamente en busca de algo que llevarse a la boca. Algo no encajaba. Su cerebro chispeó y cientos de neuronas se activaron de repente. Según sus cálculos sobre el crecimiento de la vegetación de la fuente… había un desfase, si, en la invasión en superficie de las hojas del loto. Los misterios biológicos siempre le habían gustado. Éste debía haber tomado otros cinco centímetros cuadrados en su crecimiento natural. En esas observaciones tan peculiares no había dudas, como cuando su madre cambió la bombilla de su habitación por otra igual pero con cinco vatios menos. Detectó la diferencia lumínica al instante, y ni corto ni perezoso, presentó un informe de diez páginas de reacciones y contramedidas. Provocó la primera mirada asustada de su querida madre. En aquel momento no levantaba más de un metro veinte del suelo y siempre tenía dibujada aquella sonrisa de maníaco.

El loto no había avanzado en todo el fin de semana. Le encantaban los acertijos y aquello era un enigma de los suyos. Con su sonrisa de palurdo sopesó las opciones. A ojos de todo el mundo parecía un vagabundo algo atontado que se había quedado mirando fascinado los pececillos. En su mente, las variables se movían a una velocidad sobrehumana, cálculos de PH, temperatura, organismos extraños, fotosíntesis, climatología... sus ojos observaban fijos la gran fuente en medio del parque. Estaba a punto de llegar tarde a su cita. Le dedicó unos segundo más a sus pensamientos y una variable extraña cruzó por sus sinapsis de golpe.

—¡Peces!

No están moviéndose como siempre. Parece casi..., como, como, no puede ser..., como si estuviesen fingiendo. Nadan con su estilo habitual. Pero sus ojos son distintos. Atentos a todo su entorno, como buenos actores de teatro, metiéndose en sus personajes. Observando con atención.

Mike se levantó de un salto y siguió su camino. Llegaba tarde a sus partidas. No le gustaba llegar tarde a ningún sitio. Si había algo que no se le daba bien, entre todas las materias teóricas, científicas y pseudo científicas que dominaba con los ojos cerrados, era la psicología. Y la psicología piscícola, en fin...

DÍA 2

9:30

Pep se había levantado hacía ya media hora. Tecleaba en su ordenador. Jubilado hacía ya casi un año aún tenía apuntadas en su pequeña libreta un millón de cosas por hacer. Durante los veinte años que había dado clases de ajedrez, había ido rellenando aquellas páginas de la libreta amarilla. Ahora de canto, parecía un viejo y húmedo periódico, arrugada, negruzca y llena de anotaciones. Había apuntado un montón de cosas: donde le gustaría viajar, que cosas quería aprender, a quien le gustaría conocer..., siempre la llevaba consigo por si tenía nuevas ideas.

Pero todo su mundo finamente cuadriculado se estaba viniendo abajo.

Desde los quince años retenía el título de gran maestro internacional, y había competido hasta los cincuenta y tres con gran éxito. Le gustaba pensar que se había retirado en la cumbre, invicto e imbatible. Había ganado partidas a genios rusos, a maestros indios, a niños prodigio y también alguna vez, había humillado a algún que otro campeón del mundo con los humos muy subidos.

Nunca había sido un tipo nervioso. Pero esta mañana su mano izquierda tenía un temblor involuntario que no le dejaba teclear con solvencia y tranquilidad. Un hilillo de sudor bajaba por su frente y unos ojos concentrados devoraban y analizaban todos los datos en pantalla.

Estaba repasando movimientos. Memorizando partidas. Pasando hojas. Tomando notas. Analizando pruebas lógicas. Al mismo tiempo, jugaba una partida en otra pantalla, contra un ordenador derivado del supercomputador Deep Blue que le habían regalado cuando consiguió el campeonato nacional. Siempre conseguía la victoria, pero le ayudaba a relajarse.

Una cara sonriente le obsesionaba, la veía cada vez que cerraba los ojos al recostarse en el sofá, la veía en cada nube deforme que circulaba por el cielo, aquellos labios entreabiertos, esos dientes tan blancos, con aquella bata tan ridícula...

14:00

Mike salió como todos los días del laboratorio para tomar sus bocadillos. Hoy se lo estaba tomando con calma. Se rascó su calva cabeza mientras decidía que no quería pasar cerca de la fuente. No le daba buenas vibraciones. Calculó en un segundo una ruta alternativa, por la que seguro tendría que andar algo más lento. Quería llegar a sus partidas a punto para abrir el plástico que rodeaba su segundo bocadillo.

Cuando llegó estaba ya todo listo. Entre los árboles, en la pequeña plazoleta de adoquines, había diez mesas de piedra, con diez ajedreces con sus fichas colocadas para iniciar las partidas. Peones enhiestos y reyes y alfiles orgullosos, con caballos bien rectos y sus torres asentadas en sus esquinas. Las reinas desde su alto puesto observando por encima del hombro, con diez jugadores decididos y preparados en una tensa espera. Rostros concentrados que apenas elevaron una ceja al ver aparecer su bata. Valoró el panorama y sintió el canto lejano de un pájaro. Decididamente tendría que acabar con esta rutina, era casi enfermiza, aquella gente tenía mala cara.

Las partidas empezaron hacía ya unos cuantos meses. Todo comenzó como un entretenimiento durante la comida. Jugaba cada mediodía contra uno o dos chicos que se afanaban sobre los tableros de piedra, pasando el rato relajadamente. Ellos se divertían, aprendían, y él acababa su segundo bocadillo sintiéndose extrañamente útil. Al poco tiempo fueron apareciendo más personas, a las pocas semanas el nivel de los asistentes sobrepasaba lo meramente lúdico, y ahora ya parecía haber una lista de genios del ajedrez haciendo cola para ocupar una de las mesas de piedra en el parque.

Allí había diez caras serias que no levantaban la vista del tablero y que ya habían hecho su primer movimiento.

En fin..., a Mike no se le daba bien decir que no a las personas. Prefería preparar un memorándum y entregarlo por triplicado en sobre, fax y por correo electrónico. Las habilidades sociales no eran su fuerte. Ni el mundo lo entendía a él, ni él entendía a las personas.

Pep, desde la primera mesa elevó la mirada con impaciencia. Era su segundo día y su expresión había perdido totalmente el brillo de ayer. Había pedido dos favores ya para poder sentarse en aquella mesa.

Lo de ayer había sido sólo pura suerte —. Se repetía sin cesar como un mantra obsesivo y liberador. Aunque no surtía efecto, ya que en su interior sólo había inquietud y desprecio. Inquietud hacia Mike y desprecio hacia si mismo. Algo oscuro crecía en su interior.

Mike comenzó como más le gustaba, siempre movía una ficha distinta en cada tablero, siempre en los dos primeros movimientos. Si se hubiesen enmarcado los diez ajedreces en ese momento formarían una conjunción de peones con un orden militar digno del mismísimo Bonaparte.

Mordisco, movía ficha, un par de pasos, siguiente tablero, mordisco, movía ficha, un par de pasos… algunas veces al llegar a una mesa su rival aún no había movido, lo cual le dejaba saborear el pan crujiente de su bocata.

Pep comenzó la partida con algo de ánimo. Su concentración era máxima. En su cabeza pululaban miles de movimientos, posibilidades, jugadas, números, letras, fichas... Siempre con las dos pupilas fijas como clavos en aquellos cuadros a dos colores con los que había convivido toda su vida. Había fuego en sus ojos.

Cayó el primer jaque mate. Y luego el segundo. En menos de diez minutos las partidas simultáneas se habían transformado en un mano a mano entre dos genios.

—El limpiador y el anacoreta—. Susurró Mike acabando su último bocado.

Pep no lo escuchó. La cosa no iba bien. Estaba contra las cuerdas. Y esa sonrisa, ese maldito semicírculo de dientes blancos y encías sonrosadas que tenía delante lo estaba obsesionando, rayando ya en la locura. La presión estaba acabando con él. Parecía totalmente inverosímil que aquel individuo con esa cara de estúpido fuese capaz de ganarle con tanta facilidad. Asumir la derrota. Nuevas sensaciones para él. No sabía si sería capaz. Tendría que ser capaz. El reto parecía imposible. Y entonces se dio cuenta de que no tenía nada que hacer. La impotencia lo inundó y rebosó todos los canales, diques y presas que protegían su frágil ego. Bajó la cabeza y sus párpados cayeron para esconder un hilillo lacrimal de rabia.

Se levantó y se marchó.

Mike movió el alfil para ganarse un cálido aplauso y felicitaciones dispersas de algunos curiosos y sus otros rivales ya derrotados. Giró la cabeza para intentar localizar a su fugado contrincante pero no pudo verlo y ya sólo le quedó su vago recuerdo.

21:00

Pep caminaba pesadamente, sin dirección. Arrastraba las puntas de los pies y sus brazos y manos parecían las de un muñeco de trapo. Caminó y caminó durante horas en línea recta. Cuando ya no le respondían las piernas y la fatiga aderezaba su cuerpo con crueles punzadas se sentó en un banco y reposó.

Meditó durante horas. Algo hizo ¡clic! y a partir de ese momento recobró la lucidez pausada y progresivamente. Una lucidez algo macabra, casi demoníaca, muy malsana. Una lucidez que estaba arrinconando a toda una serie de sistemas y valores morales que había ido construyendo ladrillo a ladrillo desde su tierna infancia. Una lucidez semejante a la de Jack Nicholson interpretando a Jack Torrance en el Resplandor de Kubrick. Sacó su mechero y lo encendió. El mismo fuego que en sus ojos. Sacó su libreta. Todos sus sueños y anhelos estaban escritos allí.

Ardió más rápido de lo esperado.

DÍA 3

16:30

El busca de Mike emitió un desagradable pitido de aviso que rompió la magia del armonioso deslizamiento de su carrito.

Limpieza a despacho tres-ocho-seis. Limpieza a despacho tres-ocho- seis.

Por primera vez en la semana, Mike refunfuñó ligeramente y relajó su sonriente cara hasta dejarla en una expresión medio contrariada y medio indiferente. No le gustaba ir por aquella zona del complejo. La edad y los caprichos iban de la mano.

Cogió ánimos inspirando más profundamente de lo habitual y se encaminó al ascensor dos. Acercó la cara al escáner de retina. La máquina le reconoció, se iluminaron los números de los pisos y la energía fluyó al moderno ascensor. Marcó el sótano tres.

Había bajado ya en otra ocasión y había subido con un dolor lacerante en la sien que le acompañó durante todo aquel día. Para sus adentros, especulaba con las cosas horribles que estaban maquinando en aquel laboratorio, Cosas que podían alterar el sistema nervioso de una persona y conseguir que perdiera su permanente buen humor.

En su primera Operación Especial de Eliminación de Residuos, no pasó de la tercera puerta. Alguien había roto algún tipo de recipiente con un líquido transparente y sólo tuvo que recoger cristales y pasar la fregona.

En aquella ocasión era distinto. Se dirigía a limpiar un despacho de trabajo. Al fin saldría de dudas sobre la naturaleza de las misteriosas investigaciones.

Mike adoraba aquella sensación de hormigueo y tensión que el espionaje y el cotilleo le producían. Era como su droga. Deambulaba con mono de conocimiento, con curiosidad y con la total y estupenda falta de responsabilidad que su cargo de limpiador le proporcionaba.

Se abrieron las puertas del ascensor y ante sus ojos se mostró ese pasillo que ya había repasado en una ocasión. Todas las puertas cerradas, silencio total.

Salió y tiró de su carrito saltando el incómodo desajuste entre el piso del ascensor y el suelo que no permitía deslizar las ruedas.

Echó un rápido vistazo al mapa de planta que adornaba la pared lateral y comenzó a caminar. Allí no parecía haber nadie. El eco de sus pasos resonaba nítidamente por todo el pasillo.

Llegó a su destino. Despacho tres-ocho-seis. Apretó los nudillos de su mano derecha pero en el último momento se contuvo y acercó su oreja a la puerta. Escuchó el roce de papeles al ser amontonados y el sonido de pisadas crujientes como si estuviesen aplastando una bolsa de patatas fritas.

Golpeó dos veces y agarró el pomo. La puerta se abrió desde el otro lado con un gesto intenso y agresivo. Una mujer de bata blanca, morena, alta, despeinada y con el rostro agarrotado y endurecido por las horas sin dormir, lo recibió sin saludo alguno. Llevaba unas gafas negras con patillas plateadas que descansaban sobre la punta de su nariz y le daba un toque a institutriz británica de época.

El pequeño despacho tenía todo el aspecto de un campo de batalla medieval. Con sus cadáveres desfigurados y desmembrados esparcidos por el suelo. Sus espadas ensartadas en el barro y los cuervos revoloteando pesadamente, hartos ya de picotear carne. Aunque la realidad mostraba bolígrafos, papeles, cuadernos, cristales, piezas de plástico, cajones, tierra, portafolios, cables… más una mesa volcada con su correspondiente silla incrustada en el archivador principal.

Detrás de la mesa de trabajo, había una enorme cristalera que daba a lo que parecía el laboratorio principal. Aquello sí que llamó la atención de Mike, que decidió en ese momento la zona por la que iba a empezar a ordenar aquel despacho. El desorden y los destrozos no lo inquietaron ni por un momento. Claramente era obra de una perturbada mente humana. Algún científico que entró en un estado psicótico absorto en su trabajo y olvidando la necesidad básica de interactuar armoniosamente con el entorno, preferiblemente sin arrollarlo. Mike había visto muchas historias similares en su juventud. Era una de las principales razones que lo habían llevado a decidirse por su actual empleo y su cómoda vida.

La científica de gafas prosiguió rebuscando en una pila de papeles revueltos mientras Mike comenzaba por detrás del moderno escritorio. Se le abrió un poco la boca al contemplar la estancia a través del vidrio transparente.

El laboratorio era una oda a la ostentación, un vergel para cualquier investigador. Todo muy pulcro, aseado, aséptico, lacado, brillante. Eso era el Ying y el despacho en el que estaba, el Yang.

Todos los despachos de trabajo del sótano tenían un cristal que permitía a los investigadores observar en todo momento lo que allí ocurría. En aquel momento los investigadores hervían de actividad. Se desplazaban con pequeñas y rápidas zancadas que denotaban el nerviosismo subyacente.

En el centro del laboratorio había una especie de máquina alargada. Mike la identificó de inmediato como un pequeño reactor nuclear, aunque la estructura a modo de sombrero del mismo lo tenía intrigado. Alrededor, y a intervalos regulares, descansaban seis recipientes rebosantes de líquido acuoso. De cada uno de ellos salía un ancho tubo transparente que se dirigía hacia el techo.

—¡Ey, atontado! Ponte a trabajar de una vez—. Comentó, sin amabilidad ninguna la bruja de bata blanca.

Mike recompuso su sonrisa y levantó algunos papeles del suelo, en un afán de aparentar tranquilidad e indiferencia, cuando su mente trazaba planes, conjeturas e hipótesis sobre lo que estaba viendo en aquel lugar.

Al levantar la tercera hoja lo vio con meridiana claridad, allí estaba la solución. Era una variante de una ecuación de Prandtl-Glauert medio tachada. Sin lugar a dudas estaban trabajando con ondas sónicas o algún tipo de derivado en mecánica de sonidos. El sombrero era un emisor de ondas en miniatura. Aunque no le cuadraba la inmensa cantidad de energía que podía suministrarle aquel reactor. Se irguió y lo miró con atención. Acercó su cara al cristal hasta emborronar la visión con su aliento.

La especie de babysitter de gafas empezó a impacientarse. Golpeaba con los nudillos en un archivador medio caído y bufaba como un toro de lidia . —Quizá tenga algún tipo de tic nervioso — ironizó la mente de Mike, mientras seguía concentrado en la vista panorámica que se ofrecía a sus ojos.

El enfado de la arpía empezaba a adquirir proporciones catastróficas.

Un libro voló por el aire. Ella lo arrojó con una puntería tan penosa y una furia tan desmedida que era imposible que alcanzase su objetivo. Estaba apuntando a la pared lateral, donde colgaban unos gráficos tridimensionales.

Pese a la falta de destreza, la poca fuerza, la aerodinámica imposible del objeto, el impacto contra en el hueso occipital de Mike fue tan desafortunadamente preciso que el limpiador cayó a plomo contra el suelo con un ruido sordo y seco. Varios papeles volaron por el aire.

DÍA 4

10:30

Pep caminaba con paso firme y abrió la pesada puerta de la tienda de artículos de caza con un fuerte tirón. Entró y aspiro el olor a cuero, aceite mineral y barniz. Era un hombre nuevo. Ya no había piezas de ajedrez en su mente. No más sistemas de ataque. No más defensas. No más libros en los que primaba el número ante la letra y el gráfico frente a la prosa.

Ahora, por primera vez en su vida, estaba pensando con claridad. Cada pensamiento seguía al anterior, en un línea recta infinita carente de toda retroalimentación. No existían los remordimientos, ni el pasado, ni las sensaciones. No había pesadez, ni pena, ni nostalgia, sólo una línea terrible y recta.

Se dirigió al mostrador y sonrió forzadamente.

Una anciana salió de la trastienda y con una ligera cojera se acercó a él. Tardó en hablar unos segundos, ya había vivido mucho, y su relación durante decenios con tanto instrumento de muerte había desarrollado un sexto sentido que le indicaba cuando algo iba mal.

—¿Qué desea, joven? —Preguntó confiada y con la seguridad que le daba una escopeta cargada debajo del mostrador.

10:30

Mike entreabrió los ojos y sintió aquel intenso dolor en su cabeza. En su sien izquierda notaba un dolor machacante, y en su cogote notaba la quemazón de un palpitante chichón que sobresalía unos centímetros. Todo borroso. Las formas se estaban perfilando y la nitidez volvía a sus sentidos. Veía cristales, papeles, extraños artilugios de plástico... y, en un instante, ya tenía ordenada su cabeza. Limpiar, laboratorio alta seguridad, doctora, stress, borrador, no, eso no, eso se lo tiraba a la cabeza su profesora de matemáticas, fue otra cosa..., golpe en la cabeza, ¡Pam!

Cuando consideró que sus piernas lo mantendrían en pie, hizo un esfuerzo, se levantó y miró a su alrededor. El despacho estaba exactamente igual. Miró su reloj.

—Si, pero ya no es hoy, ahora es mañana —. Su mente analítica comenzaba a funcionar con más o menos normalidad. — Me he pasado casi un día entero inconsciente. Vaya experiencia.

Miró hacia el laboratorio, inmerso en una frenética actividad. Dentro de los recipientes con líquido se movían unas formas de colores. El movimiento no era aleatorio ni se correspondía con ninguna de las leyes de la física autónoma. Sin duda era biológico. Probablemente algún organismo acuático. Se fijó bien. Sin duda. ¡Peces!

Parecía que los experimentos consistían en emitir un tipo de onda sonora hacía organismos acuáticos con algún inexplicable fin. ¿Comunicación? tal vez. ¿Estimulación? más probable. Divagaciones ociosas sin poseer todos los datos.

Entonces recordó el parque y la fuente de los peces. No podía ser posible. Tal vez la estanqueidad de aquel gran y carísimo sistema había sido comprometida de alguna manera. Parafraseó mentalmente a Ian Malcom: la vida se abre camino.

Levantó la silla caída y tomo asiento para ver el espectáculo. La cabeza le seguía doliendo. Le dolía más que nunca en su vida.

Llamaron a la puerta. Giró la cabeza para mirar y vio entrar a su agresora con cara de asombro. Su rostro denotaba un arrepentimiento real y su absoluta incapacidad para la socialización, como había demostrado al dejarle tirado, inconsciente, incluso puede que muerto, un día entero. La científico bipolar llevaba una plaquita en la bata con el nombre de Dora.

Mike la tranquilizó con un gesto y su mágica sonrisa, aunque ella no pudo llegar a disfrutarlo.

Las luces se apagaron. Una sirena a gran volumen les hizo encogerse de dolor. Luces rojas intermitentes iluminaban las estancias como parpadeantes coches de bomberos.

Ella se contrajo como una esponja y emitió un lastimero gemido. Su expresión le hizo creer a Mike que había un serio problema en el complejo. Él no tenía información acerca de las señales luminosas o de los posibles peligros. Su rango era demasiado bajo. Por primera vez se arrepintió de eso.

Dora se lanzó hacia la puerta e intentó abrirla en un esfuerzo inútil. Los cierres automáticos y el protocolo de emergencia estaban haciendo su trabajo. Todo el complejo estaba cerrado a cal y canto. Las máquinas solían ser eficientes en ese tipo de cosas.

En el laboratorio principal cundía el pánico. Doctores tropezando y cayendo. Brazos levantados con movimientos epilépticos. Carreras sin rumbo por el recinto. Batas ondeando. Pomos estrujados sin resultado. Gritos. Frustración. Tal vez les hubiera convenido leerse más a fondo las doscientas páginas de sus contratos y no sólo la parte de su sueldo y sus prerrogativas.

Los peces, sin embargo, eran claramente la antítesis de los humano. Permanecían inmóviles y vigilantes. Agitando sus aletas lo justo para permanecer flotando en la misma posición sin alterarse. Se movían en parejas, en tríos y en cuartetos, perfectamente coordinados. Se podía adivinar quien era el conejillo de indias y quien el investigador en aquella luminosa sala.

En el desordenado despacho, pausadamente, Mike recogió del suelo el monitor del ordenador y lo subió a la mesa. Parecía en buen estado. Dora gritaba y pataleaba agarrada a la manilla de la puerta. Mike vio el teclado bajo unos papeles y su sonrisa se agrandó. Enchufó uno, dos, tres, todos los cables necesarios. Antes de conectar el ordenador a la red eléctrica y digital cruzó los dedos y miró hacia la puerta. Dora se agarraba ahora del pomo con ambas manos y con su pie bien apoyado en la pared tiraba con todas sus fuerzas. Esfuerzos vanos para una persona de cincuenta kilos y varios días sin dormir, enfrentada a una puerta de seguridad cuyo único objeto en la vida era no abrirse.

En la gran sala el griterío se estaba convirtiendo en un atronador coro de lamentaciones y palabras gruesas a partes iguales. Los científicos, grandes amantes del control, la perfección y la seguridad estaban ahora ante su Némesis, demostrando que eran capaces de comportarse como niños sin ningún pudor. Y a Dora no le iba mejor. Estaba buscando por toda la habitación algún objeto contundente y pesado cuando advirtió que Mike estaba enchufando el ordenador.

La corriente de emergencia estaba funcionando a plena potencia y la máquina se iluminó como un árbol de navidad tecnológico. Dora, sorprendida, dejó momentáneamente su comportamiento salvaje y se acercó tragando saliva e ignorando por fin las señales sonoras y visuales.

Cuando se acercó a Mike sus ojos abiertos como platos apenas parpadearon una sola vez. ¿El de la limpieza estaba crackeando su sistema? No tenía ningún sentido. Tal vez fuese algún tipo de terrorista o un enviado de alguna compañía rival. Miró el monitor pero apenas entendía todas aquellas cifras, números e instrucciones que Mike tecleaba a gran velocidad.

—Tranquila —comentó Mike por fin—. Sólo una fuga en el sistema estanco del nivel inferior. Los sistemas de refrigeración auxiliares aún pueden mantener el reactor estable un par de horas más.

Y Dora cayó redonda más o menos donde había yacido él las últimas veinte horas.

Mike sabía que allí no tenía los medios para detener el desastre. Necesitaba acceder al ordenador de su piso y descargar manuales de sistemas y traerse algo de software. Maldijo el día que decidió borrar los datos del servidor. Tecleó sus últimas instrucciones para apagar las alarmas y abrir todas las puertas. Rebajó la prioridad de los protocolos de emergencia y bloqueó temporalmente la fuga en el sistema. Se levantó de un salto y por primera vez en años aceleró la velocidad de sus pasos. Lo de correr no iba con él. La última vez que lo había intentado tenía diez años y había tropezado y caído en un charco de barro. Cogió el ascensor y pulsó el piso superior cuando ya oía a lo lejos el murmullo de los técnicos liberados que corrían hacia su tan ansiada salvación.

Realmente el problema era preocupante. No conocía exactamente el contenido y las investigaciones de todos los pisos del complejo, pero sospechaba que no albergaban nada inofensivo. Lo más probable era que hubiese mil y una sustancias peligrosas que multiplicarían exponencialmente la virulencia y alcance de la reacción.

Llegó a su casa batiendo un record y prosiguió su carrera contra el tiempo tecleando y descargando en su disco portátil. Cuando obtuvo todo lo que necesitaba salió de nuevo dando un fuerte portazo. Mientras avanzaba velozmente por la calle comenzó a calcular de nuevo todas las posibles variables y su miedo aumentó. El complejo estaba demasiado cerca de una planta química y de una central nuclear de energía. Por primera vez en su vida el miedo lo atenazaba como una sombra oscura y maldita que caía inexorable sobre él.

Este tipo de cosas eran las que él odiaba. Sentir la presión, la ansiedad, esa opresión sobre su pecho, por eso había dejado atrás una carrera hacia el premio Nobel. Por eso no le gustaban las competiciones. Estaba claro que ni como un humilde limpiador se podría librar de su destino. Ese determinismo que se presentaba ardiente y puntual cuando menos se lo espera.

Y siguió andando a toda velocidad.

Entró en el parque para atravesarlo y ahorrar unos minutos. Iba calculando como un GPS-humano la ruta más eficiente hacia el laboratorio. A lo lejos avistó la fuente. Esbozó una media sonrisa. Continuó con paso rápido y firme. No pudo evitarlo. Frenó. Se detuvo sólo un segundo y medio y miró hacia el agua cristalina y plagada de plantas.

Un círculo de ojos saltones, alineados como reclutas, le miraron fríamente, Los peces abrieron y cerraron la boca en un mudo saludo, rozando apenas la superficie para, de repente, desaparecer en el fondo de estanque sin apenas chapoteo.

Entonces lo sintió. Una punzada en la base del cráneo atravesando su columna vertebral y seccionando su médula.

13:00

Pep, agazapado tras un árbol, esperaba la ocasión. Cuando Mike se paró un momento no lo dudó y asestó un único golpe mortal. Para Pep fue una triunfante sensación de poder y de alivio. Para Mike fue la nada. Salpicó las botas de Pep cuando chocó con el agua de la fuente al caer. Yació boca abajo sin vida. Tiñó de rojo las aguas. No llegó a saber que había muerto.

Pep tiró el cuchillo y se sentó en el banco de enfrente algo ofuscado. La lucidez había desaparecido de su mente. Intentaba aclarar porque a la euforia inicial le seguía un cúmulo de angustia, remordimientos y miedo. Otros si que reaccionaron. Ligeras ondulaciones surcaban el agua en dirección al cadáver. Los peces de la fuente se agolparon alrededor de Mike en una especie de simbólico funeral del mundo animal. Había química. Había una intensa sensación de algo parecido a la afinidad. Ese ruido que torpedeaba los pequeños cerebros de aquellos animales seguramente tendría mucho que ver. Tenían pensamiento propio, y ahora mismo estaban pensando en arropar a Mike.

No duró mucho más.

Pep vio el resplandor inmenso. Blanco y extraordinario. Fantasmagórico y barroco. Todo acabó. No sintió nada ni por fuera ni por dentro.

Quizá, en el firmamento, el Dios Loki estaba de guardia en aquellos días extraños.

© Magín Méndez, (5.847 palabras) Créditos