LA ESPERANZA DE BENI
Eduardo Delgado Zahino
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—...Te quiero.

En su cabeza resonaron esas últimas palabras de Elisa, provenientes de sus aun vibrantes tímpanos, pero la realidad luminosa y familiar había cambiado abruptamente para convertirse en una extraña penumbra azulada.

—¿Qué demonios...? —Se preguntó a sí mismo.

Estaba solo en una estancia de la nave, recostado sobre la cálida superficie del artefacto alienígena. Su mente luchaba por intentar comprender qué había ocurrido en el último segundo de su existencia. Se fijó en su desnudez al mirarse el cuerpo y también en las cinchas metálicas que le mantenían pegado al artefacto. Las soltó, entonces le sobrevino el dolor. Era el dolor del cáncer que le mordía los intestinos cruelmente. Hasta ese momento no lo había sentido gracias a las ondas alfa inducidas y los fármacos, pero ahora se adueñaba de su persona, de su mente, de su pensamiento lógico y le arrojaba a las simas del sufrimiento más allá de la razón. Se encogió sobre sí mismo en posición fetal y le gritó a la azulada penumbra. Llamó a su amada Elisa, llamó a su querido Cesar, pero ninguno de los dos respondió.

El cerebro humano posee un sistema de seguridad que evita que los impulsos nerviosos del dolor sean demasiado fuertes, o eso había creído siempre, así que no le extrañó que poco a poco la tortura fuera remitiendo dejando en su lugar una especie de opresión fuerte en su abdomen y una palpitación insistente en las sienes. Abrió los ojos y vio unas pequeñas gotas transparentes alejándose lentamente de su cabeza. Era su propia saliva, sudor y lágrimas flotando. Se dio cuenta de que él mismo flotaba debido al impulso infligido a su cuerpo por los espasmos. El tambor rotatorio no giraba. Apenas unos minutos antes había estado tumbado sobre el artefacto alienígena con todo su peso, a la espera de que Elisa lo activase, pero ahora la gravedad brillaba por su ausencia. Esperó pacientemente a que la inercia le condujese al techo de la estancia para poder impulsarse otra vez hasta el suelo. No quería llevar a cabo los violentos movimientos de auto impulso aprendidos para estos casos porque ello podría suponer nuevos accesos de dolor intestinal. Llegó al techo y una vez allí se fijó en la menuda letra que se apretaba en finas líneas. Alguien se había dedicado a escribir sobre la superficie metálica de las paredes con algún objeto punzante. Ladeó la cabeza para que su propia sombra, generada por la luz del artefacto, no le impidiese ver bien y leyó una línea al azar.

...a la espera de que se produzca un nuevo sonido que me dé la más mínima esperanza de ser rescatado...

Intrigado buscó sobre líneas anteriores para coger el hilo de lo que quiera que fuese que significara aquello.

Estoy en la que creo que puede ser mi reencarnación numero 940.456, si hago caso del numero de equis. Sé que en anteriores reencarnaciones he debido escuchar algún tipo de sonido que he descrito como roce metálico y pasos como de insecto sobre el casco de la nave, lo que me parece, al menos, esperanzador. Podrían ser los alienígenas que vienen a recuperar sus artefactos robados. Tal vez mi persona les resulte lo suficientemente curiosa como para desear conservarme. Lo que sea. Así que permanezco a las espera de que se produzca un nuevo sonido que me dé la más mínima esperanza de ser rescatado de este absurdo infierno *.

Dejó de leer. Lo que quiera que significasen aquellas palabras escritas con su propia letra era algo tan abrumador que decidió no darle la importancia que merecía, al menos de momento. Antes que nada estaba entender que había sucedido en los últimos cinco minutos. Por qué había pasado de estar en manos de Elisa y Cesar, a punto de comenzar el experimento con el artefacto alienígena, a estar en esta habitación desconocida, en penumbra, solo.

Se impulsó por fin hacia abajo, buscando la falsa seguridad mental de verse situado de pie sobre el suelo de la habitación. Flexionó las rodillas para eliminar el efecto rebote, lo que le produjo un nuevo acceso de dolor. Esperó a que remitiera y miró a su alrededor.

La luz azulada provenía del artefacto alienígena. Esa era una de las peculiaridades del mismo, que brillaba siempre con aquella luminosidad fantasmal. No había en la estancia ninguna otra luz, así que instintivamente buscó con la vista el interruptor. Lo localizó y suavemente se impulsó contra el artefacto para llegar, contrarrestando la inercia que le desplazaba hacia arriba con el movimiento de brazos, hacia abajo, aprendido años atrás en la academia de astronautas.

El interruptor permanecía duro, resistiéndose a ser pulsado. Parecía como si llevara siglos así. Justo debajo del mismo estaba el pulsador manual de la puerta. Intentó presionarlo con el mismo éxito. Alrededor de los pulsadores se apretaba la minúscula letra, su letra. No pudo eludir leer una de las líneas.

...evitar dejarte llevar por el odio. Lo que pasó, pasó...

De nuevo buscó el principio del párrafo para entender.

Debes aceptar que Elisa y Cesar * se han limitado a vivir una existencia soportable para ellos. No les juzgues mal, tú habrías hecho lo mismo. Ella nunca dejó de amarte y siempre cuidó de ti en todas y cada una de tus encarnaciones. Así que debes evitar dejarte llevar por el odio. Lo que pasó y tu nada puedes hacer por impedirlo. Acepta que... SUPONGO QUE ESTAS AQUÍ, INTENTANDO DAR LA LUZ. DEJALO YA. SI QUIERES ENTENDER UN CARAJO DE LO QUE OCURRE, HAZ EL FAVOR Y VETE A LA ESQUINA SUPERIOR DERECHA DE LA HABITACIÓN. AHÍ EMPIEZA TODO.

Sobre la letra menuda alguien había escrito en mayúsculas. También era su letra. Se giró sobre sí mismo. La esquina superior derecha de la habitación estaba a un impulso, pero no lo llevó a cabo inmediatamente. Desde aquella posición podía apreciar el conjunto de la estancia. El artefacto alienígena dominaba la escena, absolutamente rectangular y luminoso, con algo de aspecto irregular pegado en una de sus esquinas superiores. Todo lo demás era una amalgama de aparatos de aspecto viejo... no, viejo no, de aspecto antiguo más bien. Había algunos ordenadores portátiles, una pequeña nevera y varios recicladores de oxigeno. Todos parecían haber dejado de funcionar por puro agotamiento de su vida útil y se amontonaban, sujetos a la pared de la izquierda con cintas magnéticas, junto a otros objetos de diversa índole. Iluminados por la tenue luz azulada del artefacto alienígena Beni creyó reconocer lo que parecían libros, o cuadernos. En un segundo decidió que antes de analizar los objetos, debía leer el principio de aquel relato escrito a cincel y que se extendía a lo largo y ancho de la habitación. Se impulsó de nuevo para encontrarse con aquello que iba a aclarar su completa ignorancia de los acontecimientos. Justo como prometía la letra mayúscula escrita irrespetuosamente sobre la letra menuda de encima del interruptor de la luz, encontró la primera respuesta.

Elisa y Cesar han muerto. Lo siento, estas solo...

Aunque de algún modo, viendo la situación, había imaginado aquello, no pudo evitar sentir el aguijonazo del dolor por la pérdida de sus seres más queridos. La punzada aguda y mucho más real del dolor de su cáncer metastásico subrayó el desagradable momento y le obligó a encogerse a la espera de que cediese lo suficiente. Se preguntó si en alguna de las pequeñas cajas que había visto en el montón de cacharros de la esquina quedaría algo de morfina, aunque sabía que posiblemente no quedaría ni un gramo de la misma en toda la nave. Una vez el dolor remitió lo suficiente prosiguió leyendo.

Elisa y Cesar han muerto. Lo siento, estas solo. Aparte de esto que considero es lo más importante y lo primero que tienes que aceptar, debes entender que el artefacto alienígena es una mera maquina que hace copias de seres vivos y no sirve para curar, pero esto ya lo sabes. El experimento que Elisa realizó contigo consistía en determinar la utilidad de la maquina más allá de los vegetales y animales de las primeras pruebas. El resultado es el que ves en tu persona. En el momento que escribo esto he contabilizado 405.589 reencarnaciones desde la primera. En cada una de ellas vivirás aproximadamente una semana. Recuerda que cuando vayas a morir debes hacerlo sobre la máquina para que pueda volver a reconfigurar en ti la copia primera. Los recicladores de aire se ocupan del oxigeno, por lo menos mientras la nave produzca energía suficiente, cosa que podría no durar demasiado. De todos modos el sistema funciona al mínimo. Me he decidido a transcribir sobre la pared los resultados de las investigaciones que Elisa y Cesar han llevado a cabo durante años, en la previsión de que en algún momento los aparatos dejaran de funcionar. Ellos han vivido tres vidas juntos. En cada una de ellas han soportado tus repetidos surgimientos desde la muerte. Se comprensivo desde ya y haz el favor de barrer ese sentimiento de cornudo que empieza a florecer en tu cabecita. No me queda mucho tiempo así que, si cuando leas esto lo encuentras incompleto recuerda que debes transcribir sobre la pared con el cincel lo que consideres importante de los videos de las investigaciones. Los ordenadores no van a funcionar mucho tiempo más. Los cuadernos debes utilizarlos para ir sumando una equis nueva en cada encarnación. Así que ya sabes, obvia todo sentimiento de perplejidad, vete al cuaderno que tiene la equis marcada en la tapa y escribe en ella tu equis. Tus siguientes encarnaciones sabrán cuantas veces se ha repetido el proceso. He pensado que cada vez que vaya a morir y tenga que abandonar la transcripción colocare un asterisco señalizador. Haz tu lo mismo, también servirá para que sepas cuantas encarnaciones han hecho falta para ir escribiendo esto. Esto ha sido el resumen informativo de bienvenida, a partir de aquí es cosa tuya *.

Beni comprendió esto instantáneamente. De hecho le parecía lo más lógico dada la situación y, como aconsejaba ese primer escrito de la pared, barrió todo sentimiento de odio hacia Elisa y Cesar. Después de todo hacía mucho tiempo que habían muerto, aunque para él no hacia ni media hora que habían estado a su lado dándole ánimos mientras se esforzaban por entender para qué demonios podía servir aquella estúpida maquina fotocopiadora alienígena. La decisión de usarla en su persona fue un intento desesperado que se le había ocurrido a Elisa ante su inminente muerte. Sabían que la maquina hacia copias de los seres vivos y que, una vez muertos si se colocaba el cadáver en la misma, esta se ocupaba de devolverle la vida basándose en la primera copia. Beni recordaba que el experimento consistía en producir esa primera copia... y hasta ahí podía recordar. La esperanza de Elisa era que al morir y colocar su cuerpo sobre la maquina la resurrección consiguiente se produjese sin rastro del cáncer que le devoraba. Al parecer la maquina no curaba el cáncer. Se limitaba a devolver a la vida el cuerpo tal y como lo había copiado, con cáncer y todo. Maldijo a los alienígenas y lo estúpido del invento. Comprendió también que el dolor, que hasta ese momento de su enfermedad no había sentido en toda su magnitud, se producía porque la maquina no reproducía los fármacos que se hallaban en su sangre al realizarse la primera copia.

Elisa y Cesar juntos, a lo largo de tres vidas...

La imagen de ambos retozando alegremente en una cama mientras él se retorcía de dolor en la habitación de al lado le asaltó de repente. Se obligó a borrarla de su mente. Debía centrarse en seguir las primeras instrucciones que se había dejado a sí mismo para dar un cierto orden a toda aquella locura. Lo primero, poner la equis en el cuaderno.

Se impulsó hasta el montón de objetos de la esquina inferior izquierda. Lo primero que hizo fue mirar en una de las cajitas con la cruz roja impresa en su tapa para comprobar por sí mismo que no contenía nada.

—No hay morfina, jodete —le dijo al artefacto.

Vio el cuaderno con la enorme equis dibujada en la portada. Era un cuaderno de hojas de plástico polimerizado, no de papel. Casi no se usaba en el quehacer diario de la misión, pero eran unos cuadernos fabricados exclusivamente para durar. Para escribir sobre esas páginas se usaba un lápiz magnético que no encontró en un primer vistazo. Debajo de la gran equis había algo escrito.

Cada cuaderno tiene 100 hojas, que son 200 si sumas la otra cara de cada hoja. En cada hoja caben bien 1000 equis de este tamaño X Procura que en cada línea puedan haber al menos 20 equis para que la suma de todas sea 1000 en cada página.

Justo debajo de aquellas instrucciones había otras.

Se acabaron los cuadernos, 3 en total. Esto es una locura, lo he pasado muy mal echando cuentas, pero creo que debo seguir. He pensado que debemos empezar a poner una equis en los huecos que han quedado entre equis y equis, de modo que de nuevo queden 20 en cada línea ¿te parece? Tú empiezas.

Y debajo de aquellas nuevas instrucciones había otras.

Acabo de poner la última equis en el último hueco de la última página del último cuaderno de los cojones Ja, Ja, Ja. Esto no tiene ni puta la gracia, pero si te apetece puedes aprovechar los huecos de debajo de cada equis, de modo que otra vez haya 20 por línea y tal y cual... tu mismo.

Debajo de aquellas nuevas instrucciones ponía lo siguiente.

Acabo de marcar la última equis del tercer cuaderno, ya no caben más equis. He pensado que podrías poner en la primera equis un palito vertical, de modo que cada palito en cada equis subsiguiente signifique una nueva encarnación.

Y debajo.

Se acabaron los palitos verticales. Empieza con palitos horizontales para que cada equis forme un asterisco. Recuerda que cada asterisco equivale a 3 encarnaciones.

Justo al final de la portada del cuaderno, cuando ya casi no era posible seguir escribiendo por falta de espacio aparecía una única frase grabada con un objeto punzante.

Se jodió el lápiz, abandono.

Beni no podía creer que aquello fuera en serio. Abrió el cuaderno por la primera página y observo la miríada de asteriscos alineados apretadamente. Abrió el segundo cuaderno marcado con un enorme 2 en la portada para comprobar que estaba lleno también. El tercer cuaderno presentaba el mismo aspecto. Lo lanzó al montón de objetos notando por primera vez un terrible agobio y sobrecogimiento. No tenía ganas de hacer cuentas, pero estaba claro que si cada encarnación duraba una semana y cada año tenia cincuenta y dos semanas y cada cuaderno mostraba el paso de cientos de miles de semanas literalmente... no, cada cuaderno mostraba el paso de millones de semanas... ¿Cuánto tiempo habría tenido que pasar para conseguir desgastar y romper un lápiz de punta magnética?

—¿Pero esto qué es?

Permaneció junto a los objetos más de dos horas, flotando perezosamente, inmerso en sus pensamientos, tal vez durmió. El caso es que decidió no pensar en el tiempo que podría llevar viviendo aquella situación una y otra vez. Lo que debía hacer era enterarse de porqué se encontraba en aquel cuarto remoto de la nave y si existía alguna posibilidad real de ser rescatado. Algo que le diese sentido a aquella locura. No podía hacer otra cosa que volver a la esquina superior derecha del cuarto y seguir leyendo.

* Vale, llevo 3 días mirando videos y creo que ya puedo hacer un resumen de lo que ocurre, para que tú, que no tienes la posibilidad de poder verlos, te enteres un poco. Después del accidente el motor quedó dañado. La computadora realizó una secuencia de frenado de emergencia mucho antes de llegar al siguiente punto de salto. El resultado fue que consiguieron entrar en órbita alrededor de una gigante azul. Una órbita muy abierta que se completa cada 5.987 años. No hay posibilidad de poder arreglar el motor. Lo único que puede hacerse es emitir una señal de auxilio automática con la esperanza de que sea captada por alguna nave que esté de paso dentro de un radio de pocos años luz. La colonia habitada más cercana está a 3.456 años luz según la compu, así que esperar que la señal llegue a ella es absurdo. Eso por un lado. También he descubierto en otro video un mensaje que me hice a mí mismo y que explica porqué estoy encerrado en este lugar. Bien, estoy en el habitáculo donde se guardaban los productos de limpieza. Sí, parece de coña, pero resulta que es el cuarto de la nave que se encuentra más centrado dentro de la misma. En un video explico que al despertar encontré varios agujeros de meteoritos que atravesaban el casco. Es lógico, estar en el espacio tanto tiempo da como resultado una lenta degradación. Decidí llevar el artefacto a este lugar, junto con algunos aparatos de supervivencia y un traje espacial. * En un video salgo explicándole a Elisa y Cesar mi decisión de parapetarme en el cuarto de la limpieza. Intento convencerles de que me acompañen para intentar sobrevivir juntos, pero ellos son unos ancianos de aspecto cansado y me dicen que no, que no quieren seguir viviendo en un habitáculo de una nave muerta, que no tienen la menor esperanza de que seamos rescatados y que no van a esperar a que la energía se agote * Son muchos miles de horas de videos, esto es agotador. * He visto un video en el que salgo diciendo que hay que reforzar las paredes aledañas al cuarto de la limpieza. Por lo visto me dediqué a soldar placas de otros sectores de la nave hasta llenar literalmente los cuartos contiguos * Por lo visto no le queda mucho tiempo de vida a los aparatos, de hecho uno de los recicladores de aire no funciona, pero tengo una idea para cuando todos fallen. Ese musgo que crece en el laboratorio puede servir bien. Si lo dejo en el artefacto para que haga una copia y lo vaya regenerando cada vez que muera podría suministrar oxigeno suficiente para asegurar la supervivencia. El calor que produce el aparato mantendría, llegado el caso, la temperatura * No se que numero de copia soy desde el último escrito, pero ahora mismo no funciona casi nada, excepto un ordenador. En él hay una grabación en la que explico que el problema de los meteoritos es alarmante y que lo último que voy a hacer para reforzar el cuarto es colocar placas detrás de la puerta. * Estoy sellado aquí dentro, no sé qué más puedo añadir. * El musgo recicla el aire mientras vive y el calor que emite el artefacto mantiene una temperatura constante. Si no fuera por esto y por el hecho de que vivo tan poco tiempo que no necesito alimentos, no sé qué sería de mí. * Supongo que ya te habrás dado cuenta, pero hay agua condensada en las paredes, producto sin duda de este estúpido microclima. Me he pasado un par de horas lamiendo las paredes. * No funciona nada, no me explico cómo es posible no haber dejado información sobre el aparato. Lo que se supone que descubrieron Elisa y Cesar durante el transcurso de esas tres vidas. A la mierda, creo que no investigaron nada, que solo se dedicaron a follar a mis espaldas. Me pregunto si el día del accidente que mató a todos los demás y me dejó a mí el cáncer en las tripas estaban jodiendo sobre la superficie del planeta ¿tu qué piensas? Yo creo que sí, que lo suyo no empezó a raíz de este asunto. * No debo escribir estas cosas, no estoy para recibir esta clase de información *. Duele. * Dolerá, pero ¿Qué otra cosa puedo hacer aquí mientras espero palmarla? * Puedo intentar aprender por mis medios como funciona la puta maquina alíen ¿no? De momento sabemos una de sus funciones, la de copiar un organismo y repetirlo a partir de su cadáver, bien, algo es algo, a partir de aquí tenemos que anotar lo que descubramos nuevo. Por ahora nada * Nada * Nada * Solo sé que brilla y que la energía le dura y dura * Nada * El musgo parece llevarlo bien, quien fuera musgo. * Recuerdo el día que conocí a Elisa, en el centro de desarrollo y recuerdo también el día que conocimos a Cesar, justo antes de partir. *Que hijo de puta*Si*Si*Si*Me duelen las tripas * Duelen sí * Creo que esta vez no voy a dejarme morir sobre la maquina, esto tiene que acabar aquí y ahora*Evidentemente no lo he hecho, aquí sigo. * Procuremos escribir sobre la maquina ¿vale? *No, casi que prefiero escribir sobre el coño de Elisa y la polla de Cesar...

Los escritos continuaban incesantes, llenando la pared a medida que se habían producido las sucesivas encarnaciones. El dolor intestinal empezó de nuevo y Beni aprovechó esta circunstancia para descansar de la delirante lectura. Se dejó flotar mientras pensaba. Pensar le aliviaba el dolor, o eso se decía a sí mismo. El caso era no centrarse en aquella maldita tortura. Pensó en lo inútil que le iba a resultar llegar a conclusiones, pues todas las encarnaciones anteriores habrían llegado a ellas millones de veces antes que él. Pensó que seguramente habrían hecho lo mismo que estaba haciendo él en ese momento, flotar doloridas mientras cavilaban, llegando a la misma jodida deducción de que no podían hacer nada, pero entonces recordó lo primero que había leído en el techo.

—Ruidos en el casco de la nave... —dijo en voz alta.

Abrió los ojos y miró hacia el lugar donde había leído aquello por primera vez. Estaba flotando lejos de cualquier punto de impulso, aunque se acercaba lentamente al suelo, así que espero paciente durante un par de minutos hasta que la ocasión de poder moverse hacia arriba con un mínimo esfuerzo se hizo posible.

Sí, allí estaba el escrito con el asunto de los ruidos. Buscó el final del párrafo para continuar leyendo.

Así que permanezco a las espera de que se produzca un nuevo sonido que me dé la más mínima esperanza de ser rescatado de este absurdo infierno* Si, son como patas caminando sobre el casco. Lo que llega, más que un sonido, son las vibraciones que se producen en el metal de la nave. En el vacio no puede haber sonidos, aunque no puedo estar seguro de estar en el vacío en estos momentos. * He oído un golpe fuerte, evidentemente un impacto meteórico en el casco de la nave, me temo que lo que ocurre no es más que eso*. Yo también lo he oído, golpes y patas caminando. ¿Serán alienígenas? * Propongo que cada vez que se oiga pongamos un asterisco y si no lo oyes coloques una equis. Yo lo he oído*xxx....

La consecución de equis que se producía a continuación ocupaba muchísimo espacio con algunos comentarios sarcásticos intercalados entre medias.

*Demasiadas equis, creo que ya se lo que pueden ser los sonidos. Son trozos sueltos de la nave agitándose lentamente y rozando con el casco. Los micro meteoritos la deben estar desguazando poco a poco, aunque eso no explica los aparentes pasos de insecto que acabo de escuchar. xxx... Mierda, estoy a punto de morir y no he oído nada xxx... Nadaxxx*Creo que sí, que son trozos de la nave flotando y golpeando el casco. Seguramente no pueden escapar de la atracción gravitatoria de la nave y la están orbitando, de vez en cuando chocan con ella, pero yo no he oído pasos de insecto...

Beni se durmió, se encontraba muy débil. Cuando despertó no era consciente del tiempo que había pasado. El dolor era un latido en sus tripas y no le quedaban fuerzas ni ganas de seguir leyendo. Pensó en intentar hacer funcionar algún ordenador para poder ver, aunque fuese, un vídeo, pero olvidó pronto el tema, a saber los miles de años que llevarían sin funcionar los malditos cacharros. Allí solo marchaba el jodido artefacto alienígena, insistente, extrayendo la energía de algún lugar inaccesible a su entendimiento o simplemente agotando una batería que podría perfectamente durar mil millones de años más. Lo jodido de todo aquello era que, a pesar de haber vivido aquella situación tantísima veces, no se había vuelto loco. El artefacto se ocupaba de dejar sus neuronas y procesos químicos exactamente igual que cuando se tumbó por primera vez en su luminosa superficie. No había remedio para aquello.

¿O sí?

¿Y si esta vez sencillamente no se tumbaba sobre el aparato? ¿Y si terminaba con todo de una maldita vez negándose a proseguir aquella pesadilla?

Pensó en el futuro. En algún momento un meteorito acabaría atravesando las placas protectoras por un punto débil y el oxigeno escaparía del habitáculo. Eso tenía que pasar, iba a pasar seguro. Si ese momento fatal ocurría mientras se encontraba despierto, sencillamente el infierno acabaría, moriría fuera del influjo de la maquina y todo habría sido en balde. ¿Pero... y si ocurría mientras esperaba tumbado? Entonces moriría y despertaría una y otra vez, sin saber por qué demonios estaba ocurriendo aquello. Despertaría, moriría de asfixia y volvería a despertar para morir de nuevo en la más absoluta perplejidad. No, su cuerpo acabaría congelándose. ¿Hasta qué punto la maquina podía solucionar ese detalle? ¿Descongelaría su cuerpo una y otra vez? Se imaginó flotando libremente sobre el artefacto, sujeto con las cinchas al mismo, en el espacio abierto, rodeado tal vez de los pedazos de la nave, orbitando eternamente la gigante azul, muriendo y despertando sin tiempo siquiera para hacerse aquella primera pregunta ¿Qué demonios...? Pensó también que, incluso llegando a esa situación delirante de existencia, cualquier meteorito pondría fin a todo en un momento dado, aunque tal vez el artefacto podía soportar los impactos ¿Por qué no? Y tal vez podría también regenerar cualquier parte de su cuerpo que fuese cercenada en alguna colisión meteórica...

Se iba a tumbar sobre el artefacto una vez más, después de todo la esperanza de ser rescatado por alguna raza alienígena existía. El factor tiempo contaba a su favor, tenía todo el del Universo. Contar con un rescate humano estaba descartado. A saber si seguía habiendo humanidad en algún sitio, o si no se habrían convertido en otra cosa... menos afín a su sufrimiento. No, si había rescate sería llevado a cabo por alguna raza primeriza en los viajes espaciales, llenas de curiosidad por el misterioso hallazgo. Tal vez se encontrarían estudiando la gigante azul y en sus pantallas de radar aparecería un pequeño punto palpitante, o la energía del artefacto seria detectada por alguno de sus sensores. Su atmósfera no sería respirable para él, probablemente, pero en cada resurrección tendrían la posibilidad de probar distintos gases y mezclas de los mismos hasta que dieran con el oxigeno y el nitrógeno. Después, tal vez, cuando fueran consciente de su enfermedad, podrían aplicarle algún remedio alienígena... y viviría. Viviría sin saber porque unos minutos antes Elisa le ayudaba a tumbarse en el artefacto mientras le decía que le quería dulcemente, para encontrarse un segundo después siendo observado por aquellos extraños ojos alienígenas, que tal vez se alegrarían de ser capaces de mantener con vida por fin a aquel ser encontrado varios cientos de años antes. Esperarían respuestas a sus innumerables preguntas. Aprendería su idioma, con el tiempo, y viviría. ¡Viviría maldita sea!

Sí, se iba a tumbar de nuevo, pero antes sintió la necesidad de dejar constancia de su paso por la eternidad, algo que ayudase a una futura encarnación a comprender lo que ocurría. Buscó a la luz del artefacto el punzón que había utilizado tantas veces para escribir. Tenía que estar en algún lugar visible para que fuera fácil encontrarlo. Lo localizó en el suelo, contra la pared, debajo de lo que parecía un espacio vacío de escritura. Aquello le extrañó. ¿Cómo podía quedar un espacio libre para escribir?

El espacio era un pequeño rectángulo, entre miríadas de pequeñas letras, equis y asteriscos contabilizadores de alguna cosa. Era un espacio vacío y maravilloso que se había preocupado de no rellenar. Algo para que una de las encarnaciones pudiera exponer lo extraño de un posible suceso que no hubiera ocurrido anteriormente. Eso pensó, y se dispuso a escribir sobre la superficie metálica, pero no sabía que poner. Pensó en transcribir los pensamientos sobre el futuro que acaba de visualizar en su mente, colocar un poquito de esperanza en toda aquella demencia. Había un pequeño punto marcado sobre el lateral superior izquierdo del rectángulo. Apoyó allí el cincel, y entendió que muchas de sus antiguas encarnaciones habían hecho lo mismo. Habían hincado la punta ahí para empezar a escribir, seguramente los mismos pensamientos que él acababa de tener. ¿Por qué no escribieron nada?

Apartó el cincel y lo dejó en el lugar donde lo había encontrado.

—No seré yo el que rompa las tradiciones —se dijo.

Sin saber exactamente porqué, se impulsó hasta el artefacto. Se sujetó las cinchas que lo mantendrían sujeto y esperó la muerte. Le había quedado mucho por leer, pero ya no le importaba.

Pasó mucho tiempo antes de morir en el que gritó de dolor hasta romperse las cuerdas vocales. Por suerte perdió el conocimiento en varias ocasiones y hasta tuvo un sueño.

Soñó con la ocasión en que estaba con Elisa en aquel restaurante bendesiano, el que regentaba un tipo gordo muy simpático. Reconoció el momento. Fue la vez que comían un potaje de garbanzos de Bendesia y él le confesaba que aquello ni eran garbanzos realmente, ni eran vegetales siquiera, si no huevos de una criatura nativa de ese mundo. Ella había dejado de masticar un momento, como espantada, para a continuación mostrarle sonriente el contenido de su boca, demostrándole que estaba dispuesta a todo con tal de ser astronauta. Pero en el sueño no ocurría esto. En el sueño estaba Cesar también, sentado al lado de Elisa, y él no le confesaba nada sobre los garbanzos. Tan solo se echaba a llorar diciendo que se alegraba mucho de estar con ellos en Bendesia y no encerrado en el cuarto de la limpieza con el musgo, entonces Cesar, sin darle la menor importancia, empezaba a besar a Elisa que tenia la boca llena de huevos... Despertó un momento, se aseguró de estar sobre el artefacto alienígena, a años luz de Bendesia, y volvió a dormirse agotado. Ya no se despertó.

Mientras permanecía muerto no pudo apreciar que la luz azulada del artefacto se intensificaba levemente mientras recomponía sus tejidos a partir de la primera impresión que, de algún modo, mantenía en su memoria mecánica. Tampoco pudo escuchar los sonidos sordos que se produjeron, un golpe y un precipitado pataleo como de insecto, en el silencio sepulcral de la estancia.

De todos modos, probablemente, no se tratara de alienígenas.

© Eduardo Delgado Zahino, (5.156 palabras) Créditos
© Ilustación de Jesús Rubio Ortega,