LA CAJITA DE MUSICA RADIACTIVA
Pablo Montero Martín
Para Mª Ángeles, por su ayuda y paciencia.
imag/r179.jpg

Pulsó el timbre. Escuchó un nítido ding-dong detrás de la puerta, un ding-dong cristalino que hizo vibrar levemente las delicadas vidrieras. Pensó en lo anacrónico de todo aquello. Un timbre victoriano, vidrieras con nervios de plomo, puerta de madera, geranios en el alféizar, en pleno siglo XXII. Un leve rozar de zapatillas le sacó de sus pensamientos. Alguien, en el interior de la casa, buscaba una llave entre un manojo, y con pulso torpe intentaba introducirla en el bombín. Al fin, la puerta se abrió. Un anciano bajito de ojos acuosos le miraba en silencio.

—Buenos días —dijo el recién llegado.

—Buenos días —respondió el anciano—. ¿Puedo ayudarle?

—Mi nombre es Theo. Theo Dungren, y vengo de la revista Científicos. Tengo una entrevista con la señora Cockcroft.

—Con la señorita Cockcroft... espere un momento —contestó el anciano. Sin invitarle a entrar, se alejó lentamente, arrastrando las zapatillas, hasta desaparecer en un recodo del pasillo.

Al minuto apareció de nuevo.

—Entre, por favor, la señorita Cockcroft le recibirá en breve.

Theo entró en el recibidor, cruzó el pasillo. El anciano le hizo pasar a una sala muy grande y cuadrada donde esperó de pie. De algún lugar provenía el tic-tac de un antiguo reloj de pared, y un suave aroma a brécol lo inundaba todo. Como tardaban en atenderle, se entretuvo en observar aquella habitación. Estaba extrañamente decorada con muebles y cuadros antiguos; aquella mezcla abigarrada de objetos y estilos le hizo sentirse incómodo. Anduvo dos o tres pasos, hasta llegar a una estantería colgada en la pared. Varios libros polvorientos sobre física, una foto en tres dimensiones un tanto desvaída, una réplica a escala de un sincrotrón soviético del siglo XX. Arriba, a la derecha, una cabeza de jabalí disecada sobre un sillón de cuero verde. Se sintió aliviado cuando el anciano entró en aquella habitación.

—Me pregunta la señorita Cockcroft que si viene usted por la entrevista de la cromodinámica —preguntó.

—No, eso es asunto de mi compañero, Ferries. Yo me ocupo de aparatos y tecnología digital.

—Ah, entonces, pase.

El anciano le dejó en otra sala, esta vez vacía. Una simple alfombra cubría el suelo. Por la ventana, Theo pudo ver cómo el viento agitaba suavemente los sauces del campus.

—Señor Dungren —susurró una voz a sus espaldas.

Theo se giró. Una mujer de cuarenta años más o menos, de pequeña estatura, algo regordeta, le sonreía. Theo se acercó a estrechar su mano.

—Es un honor para mí, señorita Cockcroft.

Ella hizo un gracioso mohín.

—Por favor, llámeme Lisa —contestó.

A menor distancia, Theo pudo apreciar sus vivaces ojos verdes, rodeados de tenues arrugas, su nariz respingona y pequeña, sus labios gruesos sobre una barbilla redonda. Sus manos eran pequeñas y pecosas, el aspecto juvenil y risueño. Lisa tomó su mano derecha y le dio suaves golpecitos en el dorso con sus dedos gordezuelos.

—Ya sé a lo que viene usted —exclamó ella con gesto travieso, y con un fugaz movimiento extrajo un termómetro del bolsillo de su pantalón y lo aplicó al oído de Theo.

—¿Qué hace? —preguntó Theo, un poco nervioso.

—Silencio —chistó ella—, el tiempo de análisis es fundamental.

—Mantuvo el aparato durante un instante y después lo consultó.

—Treinta y siete grados. Tiene unas décimas de fiebre.

—¿Eso es importante?

—Por supuesto —contestó ella—, todo es importante.

—Señorita Cockcroft... Lisa, yo quería tener una charla con usted sobre el último hallazgo de la Expedición.

—¡Oh, sí! Bien, debemos pasar al laboratorio. Comprenda que se trata de un objeto muy delicado, que debe estar rodeado de la máxima seguridad. Entrará usted en una zona de acceso restringido, por lo que hay que guardar ciertas normas. Tiene usted prohibido publicar asuntos que no tengan que ver con el objeto en cuestión.

Lisa había abandonado su aire jovial y esto desconcertó un poco a Theo.

—¿Qué tiene que ver con todo esto mi temperatura corporal?

—Oh, nada —respondió ella, otra vez sonriente—. Acompáñeme.

Atravesaron un pasillo, y al final, una puerta metálica. Lisa la abrió y entraron en otra sala muy iluminada, de paredes, techo y muebles blancos, de aspecto impoluto. Tomaron asiento en sendas sillas, uno a cada lado de una mesa de plástico. Encima de ella sólo había un bloc de notas y un pequeño micrófono. Lisa apretó un botón y acercó su cara al aparato.

—Traedme un vaso con agua muy fría y un té con leche, bien caliente, por favor —dijo.

—Enseguida —dijo una voz monótona por la megafonía del laboratorio.

Lisa levantó de nuevo su mirada.

—Bien, Theo, supongo que estará deseando hablar del tema.

—Desde luego. ¿Cómo empezó todo? —preguntó Theo en tono profesional.

Ella aspiró profundamente. Miró al techo durante unos segundos, y luego habló con su voz cantarina.

—Como sabe, durante la última expedición al planeta Marte, los operarios que inspeccionaban el terreno encontraron semienterrado un objeto de procedencia desconocida. Una vez comunicado el descubrimiento, nuestro gobierno se puso en contacto con el Gobierno del Mundo Este, para averiguar si ellos estaban involucrados en ello. Como la respuesta fue negativa, enviaron el objeto, que a primera vista parecía un dispositivo, a los laboratorios de la Agencia Espacial. Durante varios meses, los científicos del laboratorio de la agencia examinaron el dispositivo y emitieron un informe, un tanto incompleto.

—¿En qué sentido? —inquirió Theo.

—Quiero decir que confirmaron que era un mecanismo, ciertamente. Incluso detallaron hasta un grado notable su composición y funcionamiento, pero el origen y la utilidad del aparato permanecía ignorada.

—¿Cuál es la teoría acerca del origen?

—Creemos, más bien, estamos convencidos de que es un artefacto alienígeno.

—¿Extraterrestre?

Lisa miró fijamente a Theo.

—Sí, hombrecillos verdes y cosas por el estilo.

Theo rió brevemente, sintiendo como su rostro enrojecía. La señorita Cockcroft se encogió de hombros y frunció sus labios.

—No es la primera vez que encontramos objetos pertenecientes a razas extraterrestres. Recuerde la bomba de fisión no transuránica que encontramos en Titán. En el siglo XXI todavía no teníamos posibilidades tecnológicas para fabricar uno de estos artilugios, y su análisis permitió la manufactura de otros similares, esta vez de fabricación humana —Lisa meditó durante unos instantes, y luego continuó—: Aunque, a decir verdad, ese descubrimiento fue más un mal que un bien. Desearía que jamás hubiéramos encontrado ese monstruo destructivo.

Theo asintió en silencio, gravemente.

—¿Cree que el objeto encontrado en Marte pertenece a la misma civilización que fabricó la bomba de Titán? —preguntó.

—Si es así, no cabe duda de que esa raza es tan extraña y contradictoria como la nuestra. ¡Ah, aquí está mi infusión!

Un joven vestido con una bata traía una bandeja con las bebidas que había pedido Lisa. La mujer retiró su infusión, y acercó el vaso de agua helada a Theo.

—Gracias, no me apetece tomar agua ahora —rehusó Theo, amablemente.

—No es para que se la beba. Sostenga el vaso, por favor.

Theo sujetó el vaso con expresión perpleja.

—¿Recuerda que tenía una temperatura corporal ligeramente alta? —preguntó Lisa.

—Sí, pero...

Lisa hizo un aspaviento para que Theo se callara.

—Usted está emitiendo, igual que yo, ondas electromagnéticas. En este caso, calor. Esa energía excita las moléculas del aire; dicho más claramente, está calentando la atmósfera. El agua fría compensará la transferencia de energía, absorbiendo el exceso de calor.

—Por Dios, todo eso es inapreciable —protestó Theo con suavidad.

—Nada es inapreciable —repuso ella.

Theo la miró con extrañeza.

—¿Qué me dice de su taza de té? ¿No supone un aumento de la temperatura? ¿No se perderá el equilibrio... térmico? —preguntó.

—Hace diez minutos mi temperatura era de treinta y seis grados y cuatro décimas —repuso ella—. La infusión servirá.

—Pero acabará enfriándose —repuso Theo.

—Yo prefiero decir que el té calienta la habitación, antes que se enfría... Mi sentido de la termodinámica se siente más tranquilo.

—¿Puede continuar con el tema, por favor? —pidió Theo.

—¡Claro! Como le iba diciendo, los investigadores no fueron capaces de averiguar la finalidad práctica de aquel objeto. Tras unas semanas de incertidumbre, la Agencia Espacial lo envió a mi laboratorio.

—¿Era usted el último recurso, quizá?

—Es posible que en mi laboratorio apliquemos criterios más imaginativos —murmuró Lisa.

—No creo que sea sólo una cuestión de criterios. Es usted experta en física, química, exobiología, ingeniería… —Theo consultaba unos apuntes que tenía escritos en su libreta— Premiada con el Nobel de Física, ha intervenido en proyectos de investigación aeroespacial con científicos de todo el planeta… ¿segura de que se trata sólo de imaginación?

Lisa parpadeó con gracia y sus mejillas enrojecieron ligeramente.

—Dicho así, parezco importante… —musitó—. Es usted muy amable. ¿Tiene usted algo que hacer esta noche?

—Bien, tengo… planes. Gracias de todos modos.

—Es lástima. Creía que quería cenar con una joven lista y guapa.

Theo miró fijamente a Lisa durante un momento. Ella mantuvo su mirada y le hizo un guiño.

—Le agradecería que continuara, por favor —pidió el periodista.

Ella se atusó el cabello.

—Recibimos el objeto hace unos quince días. Volvimos a realizar análisis y confirmamos que el informe de nuestros colegas de la Agencia era exacto, al menos en cuanto a la estructura y funcionamiento.

—¿De qué objeto se trata? —preguntó Theo.

—¿Quiere verlo?

El periodista abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Puedo verlo?

—Claro —contestó Lisa, y pulsando de nuevo el intercomunicador, anunció al resto del personal—. Atención, entraré con un invitado a ver la caja.

—Recibido —dijo la misma voz monótona.

—Es una lástima que no podamos acercarnos demasiado —dijo Lisa, dirigiéndose a Theo—. Está en un entorno protegido, ya sabe, a temperatura constante y en completa asepsia, pero no se preocupe, podrá verlo con cierto detalle.

Salieron de aquella sala y penetraron en otra. Justo delante de ellos había un panel de mandos. Lisa posó la palma de su mano en una pantalla, un escáner leyó su piel y se abrió una puerta. Un corto pasillo daba a otra sala, bastante pequeña. En una de sus paredes había una compuerta. Transcurridos unos segundos, la compuerta se deslizó. Detrás de ella había un grueso cristal, a través del cual podía verse otra habitación, blanca también, y muy iluminada. A medio metro, una mesa en la que habían colocado sensores de temperatura y de esterilidad. De hecho, aquella pequeña sala era un enorme autoclave.

Junto a los sensores había un objeto cúbico, construido en algo parecido al metacrilato, transparente y sin ningún tipo de abertura. Apenas tenía treinta centímetros de lado. De su base, y en el espacio interior, surgía una pieza rectangular, negra, que sujetaba una especie de bobina, colocada exactamente en el centro de aquel pequeño volumen. Theo se fijó un poco más y descubrió que aquella bobina tenía un aspecto similar a una cinta de Moebius, pero no dejaba ver su interior. Estaba fabricada con un metal cobrizo, dividido longitudinalmente en franjas de diferentes tonos. Theo se volvió hacia Lisa, quien hasta el momento había permanecido callada, observando también el ingenio.

—¿Y este es el objeto? —inquirió Theo.

—¿Le parece poco maravilloso? ¿Esperaba quizá algo más… alienígena?

—No me interprete mal. Quiero decir que, a simple vista, parece sencillo. Más que sencillo, básico.

Lisa sonrió serenamente. Parecía haber rejuvenecido varios años.

—Lo importante es lo que encierra en su interior —dijo, con aire misterioso, y ante la muda interrogación de Theo, prosiguió:

—Lo que ve usted es un cubo de casi novecientos centímetros cúbicos, en el que se ha hecho un vacío perfecto en su interior. El metal que forma la bobina está fabricado en varias aleaciones metálicas desconocidas hasta el momento; tiene tan sólo unas micras de espesor, y una anchura de unos diez centímetros. Carece de orificios y en el interior se ha vuelto a reproducir el vacío. Gracias a diversos experimentos, hemos podido averiguar que dentro de la bobina hay un fragmento de material radiactivo.

—¿Radiactivo?

—Sí, emite radiaciones.

—¿No es peligroso?

—No, ya que el material del armazón externo anula las posibles fugas, y además, el tipo de radiación es bastante inocuo, y, en este caso, el átomo radiactivo emite únicamente núcleos de helio, es decir, un par de neutrones unido a un par de protones. Aunque están cargados eléctricamente y portan mucha energía, son inocuos salvo ingestión. Después de salir despedidos del núcleo, viajan unos pocos centímetros, hasta que son absorbidos por otras sustancias...

—En este caso, por la bobina.

La señorita Cockcroft asintió, visiblemente satisfecha por la asociación de ideas de su entrevistador.

—Exactamente —afirmó—. Los núcleos de helio chocan contra la lámina metálica que nosotros llamamos bobina. Parece una sola lámina, pero en realidad se trata de veintitrés láminas, cada una de una aleación distinta.

—¿Y qué sentido tiene todo esto? —quiso saber Theo.

—Déjeme que le explique paso a paso. Debemos analizar los hechos para llegar a nuestra conclusión final. Ya verá como todo encaja.

—De acuerdo —convino él.

—Toda sustancia radiactiva sufre un proceso que los científicos llamamos transmutación, es decir, a medida que pierde partículas, va transformándose en otro isótopo completamente distinto. Por ejemplo, el Uranio-238 perderá neutrones y protones hasta transformarse en Torio-234, que también es radiactivo, y éste transmutará a su vez en Plomo, que es un elemento estable, es decir, no radiactivo, y por ende virtualmente eterno. ¿A qué velocidad se desintegra un núcleo radiactivo? Bien, aquí hemos de basarnos en probabilidades, pues es imposible saber cuándo se producirá una desintegración, según las leyes de la mecánica cuántica. Lo que sí podemos averiguar es el número de desintegraciones por segundo, o mejor, la probabilidad media de que una determinada sustancia radiactiva emita una radiación por segundo.

Theo suspiró largamente.

—Perdone, pero sigo sin ver hasta dónde quiere usted llegar —dijo. Se sentía confuso. Lisa respondió con otra pregunta.

—Usted, ¿para qué colocaría material radiactivo en el interior de una coraza metálica?

—Si los mejores investigadores no han llegado a la respuesta, no veo por qué yo... —empezó a decir Theo, pero Lisa le interrumpió con un gesto.

—Vamos, especule... —sugirió Lisa con una sonrisa burlona.

El periodista se rascó el mentón.

—¿Quizá algún aparato médico?

—No.

—¿Un sistema de radiobalizas, o algo así?

—No.

—¿Un telecomunicador?

Bah, me decepciona usted...

—Me rindo.

—Hay un detalle que los investigadores de la Agencia Espacial pasaron por alto. Y yo creo que es la clave del asunto: ¿por qué motivo pusieron ese material en el núcleo de la bobina? ¿Por qué no otro elemento radiactivo? Pensé que la clave estaba en el número de desintegraciones por segundo. Generalmente, creemos que los misterios tienen un fin elevado; nos convencemos falsamente de que lo que no comprendemos tiene un objetivo trascendente. Y puede que la solución sea más sencilla e inocente.

—¿Inocente?

—Sí, inocente. Verá: la sala en la que hemos colocado el artilugio está comunicada con esta habitación mediante un sistema de audio. Este canal ha estado cerrado desde que usted y yo llegamos, y ahora voy a conectarlo.

Pulsó un botón en el panel de mando. Se oyó un ligero chasquido, y después un sonido dulce, aflautado, luego otro más corto con distinta afinación, luego otro más largo... Theo podía escuchar una lenta melodía, que no obedecía a ningún patrón, a ningún compás.. extrañas notas se sucedían con calma, lánguidamente, sin ritmo ni esquemas, una música totalmente libre y atonal.

—¿Qué... qué demonios suena? —preguntó Theo desconcertado.

Lisa sonreía.

—Lo que usted escucha es música alienígena —respondió.

—No comprendo.

—Yo pienso que este artefacto se creó para producir melodías. ¿Recuerda aquellas antiguas cajitas musicales? Dabas cuerda a un mecanismo, y si levantabas la tapa podías escuchar una melodía. El mecanismo gira y golpea varillas metálicas afinadas que producen una nota en concreto. Aquí sucede lo mismo: un núcleo de helio escapa de la sustancia radiactiva, choca aleatoriamente contra una de las veintitrés láminas. Cada una de ellas está afinada en un tono. La lámina recoge el impacto y envía una señal a un colector.

—¿Y cual es el colector?

—¿Ve la varilla negra que sujeta la bobina, unida a la base del cubo? Esa pieza recibe la señal. Yo me limité a aplicar un amplificador muy sensible a la base.

—¿Cómo se le ocurrió esa idea tan…? —Theo pensó en la palabra disparatada pero prefirió callarse. No obstante, el sentido había quedado claro para Lisa.

—Sí, ya sé que es extraño. Un momento de intuición, supongo —señaló la científica—. Lo cierto es que el hecho que me llevó a pensar en esta posibilidad fue el análisis de las ondas.

—Hábleme sobre eso —pidió Theo.

Ella sorbió un trago de té. A primera vista meditaba su respuesta, pero la expresión de sus ojos mostraba la seguridad nacida de muchas horas de trabajo en el laboratorio.

—Todas las ondas de sonido tienen su propia huella identificable. Uno de esos parámetros es la llamada frecuencia, es decir, la cantidad de veces que la onda oscila en un segundo. La unidad que mide la frecuencia es el Hercio. Pues bien, en uno de mis experimentos, apliqué un osciloscopio a la caja, y me di cuenta de que, a pesar de que la melodía era caótica, había un conjunto de frecuencias que siempre se repetía. Así, después de registrar varias horas de música, encontré que eran veintitrés las frecuencias que se repetían. Una vez obtuve las mediciones, comparé los resultados con frecuencias terrestres, y encontré el punto más importante de mi teoría: de las frecuencias dadas, la mitad de ellas coincidían con nuestra escala occidental, o sea, coincidían con las frecuencias de nuestros doce semitonos musicales.

—No puede ser... —musitó Theo—. Es imposible, Lisa, se supone que la música es un producto humano. ¿Está usted segura que el dispositivo tiene un origen extraterrestre? —insistió él.

—No hay ninguna duda, Theo. Los materiales que componen la caja no existen en nuestro planeta. Lo confirman los registros de todos los organismos internacionales, sean industriales, militares o científicos. Es un aparato alienígeno.

Theo vaciló un instante. Luego balbuceó al hablar.

—Entonces, ¿cómo se puede explicar? Que yo sepa, las posibilidades de que coincidan la mitad de esas frecuencias con nuestros sonidos terrestres son...

—...ínfimas, lo sé muy bien —repuso Lisa con un hilo de voz—. Más concretamente, la frecuencia más baja que medí con el aparato fue de 261,63 hercios, que se identifica con nuestro Do, y la más alta, 493,88 hercios, es decir, nuestro Si.

—De acuerdo —convino Theo, y luego repuso—, pero si no recuerdo mal, de una a otra nota hay doce semitonos, no veintitrés.

—Porque ellos intercalan notas intermedias. Nuestro Do oscila a 261 hercios, y la nota siguiente en la escala es Do sostenido, que vibra a 277 hercios. Para ellos, entre ambas notas hay otra, similar, pero que tiene una frecuencia de 269 hercios, ¿comprendes?

—Sí, claro… por eso me resultaban vagamente familiares las notas del dispositivo —Theo estaba tan concentrado que no captó un leve matiz en la voz de Lisa, ni que le había tuteado. Lisa habló con tono firme:

—Tu cerebro está sintonizado, culturalmente, con las frecuencias de cada nota. Si percibes la frecuencia ligeramente alterada, tu cerebro notará el error e inmediatamente la calificará como desafinada. Así que, en el caso de la música extraterrestre, esto sucederá en la mitad de los casos, según la probabilidad, claro.

El cubo extraterrestre seguía emitiendo sus hipnóticos sonidos.

—Esto nos lleva a preguntas muy importantes —señalaba Lisa—. Piense que esta cultura extraterrestre, tan exótica para nosotros, ha creado una armonía musical casi exacta a la nuestra, teniendo en cuenta el número de probabilidades en contra. Pudieron aceptar otros colores, pero eligieron los mismos que nosotros, con algunos matices más.

La científica hizo una pausa significativa. Theo meditaba.

—La armonía de las esferas... —murmuró él gravemente.

—Es una idea interesante, desde luego —respondió Lisa con una amplia sonrisa—. No obstante, y lejos de mecánicas celestes, piense en la implicación de este aparato: una sociedad probablemente culta, refinada, que disfrutaba con la música. Quizás tuvieran bebés que dormir con estas cajas. Acaso las formas de vida adultas necesitaran relajarse, igual que nosotros; quizá se trate de mantras, o tal vez este aparato obedezca a otros fines, aunque yo, personalmente, no lo creo. Yo pienso que el fin es disfrutar. Quién sabe si también tendrían su propia pintura, su propia escultura. O que grupos de seres danzasen al, por otra parte inexistente, compás de esta música absolutamente aleatoria, nacida del caos más absoluto que podemos imaginar.

Theo asentía pensativo. La vehemente mirada de Lisa capturaba su atención.

Permanecieron unos segundos callados. Finalmente Theo rompió el silencio.

—¿Envió sus conclusiones al Departamento de Gobierno?

—Sí.

—¿Y?

—Recibí un mensaje del Departamento de Defensa en el que me comunicaban la necesidad urgente de retirar la caja de mi laboratorio —respondió Lisa, exhalando un suspiro.

—No lo entiendo.

—Parece ser que la idea de una cajita de música no es una teoría aceptada por la cúpula militar. Mi idea les parece ridícula. Documenté mi informe con pruebas experimentales, pero ellos adujeron que todo era una simple casualidad, o, en el mejor de los casos, una demostración de que ellos también tenían oídos para escuchar, no música, sino claves o mensajes que sus cerebros eran capaces de decodificar, al igual que nosotros. Simplemente, estoy esperando a que venga un funcionario a recoger el hallazgo.

El periodista contempló su semblante triste. Había un leve brillo en sus ojos, y las comisuras de sus labios caían en un rictus desesperanzado.

—¿Y adónde se llevarán el aparato?

—Creo que a un laboratorio militar. Pretenden descifrar el mensaje secreto que contengan esas señales —y, ante un gesto de Theo, Lisa continuó—. Sí, ya sé que puede ser una teoría factible. Al fin y al cabo, las ondas llevan consigo información.

—Pero tú no lo crees —dijo Theo.

Lisa denegó con la cabeza tristemente.

—¿Y qué vas a hacer?

—¿Qué puedo hacer? —inquirió Lisa abriendo los brazos.

—No sé... buscar apoyos, supongo. Yo puedo ayudarte. Recuerda que escribo para una revista científica. Yo escribiré en tu defensa.

Lisa le miró con expresión llorosa, aunque sus ojos irradiaban agradecimiento.

—Muchas gracias, Theo, pero ahora mismo sólo quiero que hagas una cosa.

—Dime.

—Invítame a un café.

Theo sonrió cálidamente.

—Claro, Lisa. ¿A las seis de la tarde?

—Sí, a las seis. Theo...

—¿Sí?

—¿Puedo tomarte otra vez la temperatura?

© Pablo Montero Martín, (4.296 palabras) Créditos