7:59 Ó LA REBELIÓN DE LOS PECES
Magín Méndez Sanguos

DÍA 1. YO. 7:59.

En aquella isla paradisíaca del caribe, flotando en un mar de nubes y brumas, pisando la arena blanca sin dejar huellas... Es extraño, siento alguna clase de miedo no muy definido, contestatario y repetido.

—¡Sí! —pienso afirmando sin demasiada rotundidad—. Empiezo a entenderlo, estoy en la madriguera de conejo, estos son mis fantasías. No puedo caminar con esta desesperanza en el mundo real, con este cansancio indefinible, con este ir y no llegar jamás, con esta pesadez muscular...

Y surgiendo suavemente del mar, entre los blancos algodones, una forma vaporosa e incolora. Entorno los ojos, y mientras mi esfuerzo parece infinito, luchando contra mi ficticia miopía, logro distinguir...

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Bostezo, bostezo, bostezo. Yo no soy persona hasta que no he completado mi ritual mañanero. Hasta entonces soy sólo una extraña masa móvil de tendones, huesos y vísceras. Mi materia gris siempre se levanta 3 o 4 minutos después que yo. Con mis bostezos, mis estiramientos y la mecánica manera que tengo de echar de comer a mi pez, comienzan a llegar los primeros indicios de vida a mi masa cerebral.

Hoy es… Martes, o tal vez Miércoles, los detalles insignificantes nunca fueron de mi agrado. Lo importante es que tengo que ir a trabajar. Baño, pantalón, tostada, llaves y ánimo. Llamo al ascensor un par de veces, sin verdadera insistencia, con la paciencia que dan las tostadas bajando por el esófago y las ganas que hay de ir a ganarse el sueldo.

En cuanto piso la calle comienzo a sudar. No es normal. Un pie después del otro y mis articulaciones luchan por entrar en movimiento y conseguir una correcta lubricación. El calor ayuda, eso es cierto, pero el sofá y la videoconsola compiten férreamente entre ellos por intentar crear un físico más desastroso.

Cojo el autobús rojo, me siento y — ¡Mierda!— se me escapa una voz gutural que no pasa apenas por las cuerdas vocales y suena como un íncubo ronco. Vuelvo a mirar y lo confirmo, los calcetines están del revés. Era de esperar, con los ojos a medio rendimiento son cosas difíciles de apreciar. Me saco las zapatillas sin muchos miramientos. Suena la radio por el altavoz, como siempre demasiado alto para estas horas: Científicos desconcertados ante la hola de calor en todo el planeta. Algunas mentes privilegiadas como el alemán ganador del Nobel Alfred Vaugh afirman la relación inequívoca entre el nuevo compuesto químico hallado en la atmósfera y las condiciones climatológicas que… escucho cual taladro en mi oído. La ventana está algo sucia, y tiene esa estúpida pegatina de publicidad de gafas de sol. Enciendo y miro a la gente a través de mi MP3, parecen moverse como en un vídeo musical, como en un ritmo casi coreográfico. Todos con prisa, todos con poca ropa, todos con calor, sudor y más sudor. Parece que pisan el suelo al ritmo de la base de hip hop y que los coches frenan en los semáforos con las inflexiones en la voz del MC.

Tengo diez minutos para ordenar en mi cabeza lo que hoy me toca hacer. Misión imposible, como buen PC necesito aire acondicionado para que funcionen mis procesadores.

Lista mental: Regar orquídeas de la tercera fila, transplantar los ficus bonsáis, limpiar las hojas de la jardinera principal, regar todos los maceteros, ordenar las tarjetas regalo... la playa, el mar..., no eso no...

Nota mental: llevar al veterinario a mi pez. Llevo unas semanas notándole una sospechosa hiperactividad. Como no tenga cuidado saltará de la pecera y me dará un infarto antes de que llegue a caer en la tarima. Luego morirá sobre la madera y seremos como Romeo y Julieto y el forense nos encontrará tendidos en el suelo en amorosa postura. Pintarán una línea de tiza en mi contorno y otra con tiza azul a mi lado más pequeña y con forma de pez.

El ascensor sube con ese ruidillo característico. Me arreglo la camisa en el espejo y la señora que va a mi lado me vigila con gesto extraño. Giro la cabeza y doy un paso hacia ella mirándola fijamente pero sin decir nada, aún cuando en mi rostro se lee claramente: ¿Quería usted algo señora? Ella retrocede unos centímetros con una mueca pero mantiene esa expresión desafiante. Desde luego si estuviésemos en la edad media y luchásemos contra un terrible ejercito bárbaro que osase venir a profanar nuestra adorada forma de vida y nuestra venerada y graciosa religión, nada me haría más feliz que tener de escudera a esta señora viejucha y pequeñaja, pero aguerrida y feroz. Sin duda capaz de encararse con diez luchadores de sumo con cara de malas pulgas y sin haber probado bocado en días.

Se bajó un piso antes que yo. Un segundo más y le hubiese dicho un par de cosas bien dichas. Algo así como darle los buenos días, pero dicho con retintín.

Entré en la tienda y enseguida me puse el mono de trabajo. Verde y feo, con un delantal a juego en color marfil, que en realidad quiere decir blanco. Pero eso no es lo peor, desde luego que no. Lo que realmente haría trepar del infierno al mismísimo Satanás, solo para tirarse desde el pico más alto en un suicidio ritual es: la gorra oficial. Tiene el símbolo de nuestra empresa, una margarita de pétalos impolutos en blanco y un botón central en amarillo chillón. Con un ojo guiñado y una boca sonriente que siempre se me parece a la del malvado personaje que vuelve loco a Batman.

Mi jefa me saluda con un gesto característico de las ocho y media de la mañana, a medio camino entre un tirón muscular en el trapecio y ese tipo chulo que guiña un ojo en una discoteca digno del mal gusto de una película antigua. Respondo enarcando mis pesadas cejas.

Comienzo con la primera bandeja. Me gustan los bonsáis, tienen ese no se que, son especiales. Ese regusto a oriental, a épocas en los que la vida venía marcada por las recogidas de las cosechas, años en los que podías sentarte durante horas en una piedra contemplando la naturaleza y sin ninguna señora dispuesta a fulminarte con la mirada. Empiezo echando la grava para un correcto drenaje. Veo caer los granos, el tiempo se detiene, parece que caen a cámara lenta, pausados, blancos, armoniosos, como arena de playa, un déjà vu...

DÍA 1. PEZ. 7:59.

Claridad. Luz. Dar vueltas en este recipiente. Más vueltas. Más luz. Mirar a todos los lados, revisar todas las esquinas, todos los salientes. Mordisquear estas plantas.

De repente muchísima luz, ahhh, ruido, vibraciones, tiemblan mis aletas. Más vueltas. Giros, reflejos. —¡Soy yo!— En el reflejo. Por primera vez. En mi mundo transparente. Soy consciente de mi existencia. Una gran sombra. No hay miedo, confianza. Cae comer. Velocidad, giro, esquivo la comida. Feliz, nadar, nadar, nadar, girar, girar, girar... El tiempo, el tiempo pasa, chispitas en la cabeza, chispitas...

DÍA D. YO. 7:59.

Ya estoy corriendo por la calle, mis cuádriceps protestan, mis isquiotibiales ladran furiosos. Si Dios hubiese querido que los seres humanos nos moviésemos tan rápido nos habría puesto ruedas sin duda. No puedo llegar tarde a trabajar. Estoy perdiendo el aliento, ya no sólo por el esfuerzo, sino por este maldito y pegajoso calor..., hasta Dante echaría de menos el aire acondicionado...

Llegué a la tienda de mascotas justo cuando el señor elevaba la verja de seguridad. Se oía un ligero run-run.

Me miró con esos ojos. Si. Esos ojos a medio camino entre el desprecio y la superioridad que creía que le daba su corbata oscura de marca frente a mi camisa desabotonada y mis bermudas medio rotas. Creía firmemente que yo no iba a ser su mejor cliente del día. Levanto con gran esfuerzo la metálica barrera.

—Buenos días —dijo con una brutal condescendencia. Respondí de igual modo pero con una amabilidad que me dejo sorprendido. Se ve que hacer la pelota se me da bien. Ya desde el instituto, siempre conseguía un par de puntos más en las revisiones de exámenes, y casi siempre tenía mis treinta minutos extra en la hora de llegada a casa después de mis salidas nocturnas de juventud.

Entramos juntos en la tienda. Lo que allí vimos nos dejó a ambos helados.

Era una de esas tiendas con un largo pasillo de entrada cuyas paredes están surcadas de acuarios con peces de miles de colores, bien alineadas y desde el suelo al techo.

Aquello parecía un musical de Broadway. Todos los peces alineados en filas, como matrices finitas en bases de datos. Formaban cubos, cilindros, esferas, a cada cual más perfecta y refinada, a cada cual más fantástica, barroca y loca.

Y al segundo siguiente… nada. Todos deambulaban con normalidad y el desorden aleatorio normal. Yo y aquel malhumorado tipo parpadeamos dos veces casi sincronizados, para al segundo siguiente continuar andando como si nada pasase. El asombro a veces parece gastado en el tiempo que nos toca vivir.

Le iba a preguntar sobre las actitudes de mi pez, si es que había llegado a la adolescencia o algo así, pero definitivamente ahora me parecía de lo más estúpida la pregunta. Mientras avanzaba por el pasillo miraba de reojo con temor las peceras que me rodeaban. A mi sudor caliente se le unió un sudor frío y una piel de gallina contra la que no podía luchar.

Gire en redondo pivotando sobre mis zapatillas y salí de allí al galope. Mientras corría a empujar la puerta, sentí como miles de ojos se me clavaban como agujas de acupuntura en mi espalda. Céntrate pensé. Cartel: Tirar para abrir. Tiré con fuerza y cuando pise la ardiente acera mi corazón aún bombeaba a un ritmo demoníaco que azuzaba mis músculos y sentidos.

Avancé por la calle tambaleándome en los primeros pasos e inconscientemente buscando sombras. Todo el mundo iba con paraguas, por primera vez me paré a mirar y algo saltó en mi mente como una revelación. 20 de diciembre, 40 grados a la sombra, me he cagado de miedo con unos peces de colores... ¡Sin duda aquí pasa algo muy, muy malo!

MP3, rápido, enchufo un auricular, el otro me cuesta más, siempre se caen. Tan modernos, la ergonomía es un concepto que aún no ha llegado a las fábricas de Laos.

La cabalgata de las Valkirias y más volumen, más, 5-6-7-8-9... no da para más, el minúsculo aparato se queja con un agudo pitido de aviso, mis tímpanos resuenan con Wagner.

Giro hacia la calle principal, es una calle peatonal, cientos de personas en cada dirección, ordenadamente, con un crisol de paraguas y pequeñas sombrillas para protegerse de ese sol cada vez más aterrador.

Aquellos pobres olmos que bordeaban la calle hacía días que habían perdido su follaje. Tristeza total. De poder hacerlo, los habría cubierto todos con un toldo gigante, el típico pensamiento por defecto profesional. Los violines lanzaban con furia sus notas en mis oídos.

Y de pronto… todo cambió…, en menos de 2 segundos.

Paraguas y sombrillas volaron por el aire, formando casi el colorista repertorio en escena de la ópera que yo escuchaba. Algunos giraban y otros se volteaban en direcciones infinitas. Elevé la barbilla para mirar el espectáculo un momento y automáticamente la bajé para ver desplomarse a todas las personas que caminaban delante de mí. Mi MP3 se fundió al instante, junto con todos los MP3 del mundo, junto con los millones de personas del planeta..., o eso creo.

DÍA 100. YO. 7.59.

En aquella cama de 1.50. Soñoliento, dormido pero despierto. Intentando levantarme de la cama. Estoy usando todas mis fuerzas, pero no me responden los músculos. Me hundo cada vez más como en arenas movedizas. Es un hundirse que no se acaba, que no tiene principio ni final. Veo el cielo, esos algodones teñidos de rosa y púrpura. Escucho mi despertador y me llega el miedo. Un temor inhumano, irracional y conocido. Sudo. Sudo mucho.

Y surgiendo desde algo parecido a un armario, entre una bruma inglesa de películas de Stephen King, una sombra se eleva.

Me despierto sobresaltado. Ahora siempre es así. Me sacudo la arena de los pantalones y busco mi pecera. Nunca me muevo sin aquel recipiente esférico en forma de casco de buzo. Pez me mira con intrigantes ojos. Parece que cada día que pasa crece más, dentro de poco voy a tener que llevarlo en un barril. Y el barril en un carrito de un supermercado, quizá uno de esos que vi tirados ayer tras aquel edificio derruido. Desecho el pensamiento, no quiero volver atrás, es peligroso volver atrás. Me pongo mis gafas de sol y mi mítica gorra que parece reír al universo, y se me escapa una sonrisa arcaica y ligera. Hace algún tiempo habría vomitado sobre mis pies antes que ponerme ese ridículo atuendo. Pero todo había cambiado. Ahora ya no leo cómics, esto es un claro síntoma de que mis neuronas están degenerando. Quizá la fuerza eléctrica de antaño que corría sobre sus axones ha sufrido algún tipo de cortocircuito.

Arrastro un pie detrás de otro y cojo mi pecera bajo el brazo. Cuesta andar por la arena, pero no se porqué siempre acabo durmiendo en una playa. Quizá cuando el mundo era mundo, siempre quise ir a la playa en mi subconsciente, aunque siempre estaba ocupado viendo la televisión o buscando algunas tonterías en Internet. ¡Ja! Otra sonrisa descafeinada.

Camino por entre los cascotes, subo a la derruida biblioteca. Me encanta ir a esos sitios. Leo algo y es como si hablase con gente. Cada día pienso que si no lo hago me voy a volver loco. Tomo prestado un par de volúmenes en edición de bolsillo.

No se donde estoy, es como andar por el laberinto del Minotauro. Aunque tampoco me importa, le he puesto nombre a esta ciudad: Arkham. Pero no el Arkham del psiquiátrico de Batman, sino la de Lovecraft, la original, la única. Busco en cada edificio raro y roto el Necronomicon. Fantasía. Es lo único que me queda.

Tal vez debí haber muerto aquel día, como todo el mundo. Tal vez.

Levanto la pecera al aire y la miro con aires de grandeza. Como Tom Hanks imitando a Hamlet, con aquel balón de voleibol con la cara pintada, en su película imitando a Defoe, imitando a... todo tonterías. Nada permanece.

Solo me quedas tu, rojito, aletas, panchi, decididamente algún día voy a ponerte algún nombre, antes de que pierda la capacidad de hablar.

Veo un pequeño roble de diez centímetros, luchando por sacar sus hojas a través de la ceniza y la gravilla, déjà vu...

Sigo mi camino.

DÍA 100. PEZ. 7:59.

Los fotones y la radiación ultravioleta está aclarando mi piel de un modo alarmante. Ya lo dije yo. Tengo que ultimar mi plan para salir de este recipiente esférico y resbaloso.

Repaso mental: Huir de aquí, coger carrerilla, saltar al agua grande, nadar sin parar, encontrarme con otros como yo, charlar sobre el origen de la vida, disertar sobre la caída de los grandes... Aaah, seré feliz, sin duda.

En medio de la ensoñación, recordé aquel fragmento que un día leyó el tipo grande que me lleva con esa flor sonriente en la cabeza:

Y el húmedo astro a cuya influencia está sujeto el imperio de Neptuno, se oscureció como si hubiese llegado el juicio final de un tal Shakespeare, un visionario sin duda.

© Magín Méndez Sanguos, (2.574 palabras) Créditos