Imperio decadente, 4
EL CANTO DEL ANDROIDE
Luis Antonio Bolaños De La Cruz
mkweb2, CC0 Public Domain
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Disfrutábamos en el Aro-22, de uno de esos litúrgicos eventos de multitudes, uniformes en su concepción y homogenizados en su presentación, que suelen arrancar manifestaciones explícitas de empatía: laceraciones, carcajadas, rasgaduras de batas y hasta vómitos, cuando de repente y fuera de programa, alguien —al inicio invisible y desconocido— empezó a cantar un aria potente, evocadora, que enlentecía los procesos mentales de modo agradable, transmitida por el canal directo de control imperial instalado en cada mesocerebro, no podíamos dejar de escucharlo y parecía llegar del entorno porque el nodo auditivo no requería de fusión biaural, por lo menos hasta que los técnicos bloquearan la señal colectiva o nos desconectáramos en opción manual (siempre incómoda y restringida por servir a intereses incomprensibles pero palpables) pero el encanto emanando de la voz nos sumía en un éxtasis lánguido que retrasaba cualquier medida, reposaba entre las notas un mensaje arcano que exhalaba en sinestesia un aroma insinuante, se revestía de matices sugestivos y toqueteaba leve los corpúsculos de Vater-Paccini, en una melodía sensorial inmediata, jadeante y susurrante.

El Aro-22 es una de las miles de megaestructuras semejantes a miniuniversos cerrados, inteligentes, sembrados de sensores, con capacidad de autorreparación y rediseño periódico parcial, que se levantan inmisericordes con sus innumerables pisos sobre las secas llanuras aluviales que caracterizan nuestro planeta (era ya antiguo cuando fue colonizado y terraformado a medias) y se hinca con una mezcolanza de estaciones subterráneas de transporte, pasillos de tránsito y maestranza, garajes, depósitos, servicios múltiples, factorías y cubículos hasta dos kilómetros de profundidad; el exterior es un amasijo ciego de nanocables de carbono que se estiran y lo anclan desafiando los vientos, el interior tras girar sobre si mismo en un grueso ocho horizontal se abre en una multiplicidad de terrazas, balcones, cenefas, azoteas, jardines aéreos y baterías de ascensores, sobre dos espacios ovalados que preservan el ecosistema natural, conectados por un pasadizo visible desde ambas orejas y ornado con una escultura trazada sobre roca original y transformada en fuente, mezcla de espuma y roca, aliento pétreo y suspiro acuático, la cual se encuentra sometida a cambios gravitacionales que afectan las masas líquidas coloreándolas y provocando enjambres de figuras sucesivas, que en ocasiones según un patrón fractal se organizan en movimiento y relatan un episodio de la colonización del planeta, motivo que se reproduce por lo menos en una pantalla de cada sala, segmento o aposento del Aro-22 representando su genius locii.

Existen androides tan similares a los human@s que devienen indistinguibles, y son excelentes espías, no requieren que les acaricien el ego y se supone que postergan los sentimientos hasta reintegrarse a sus cuarteles, allí conectados en compañía de sus pares a las matrices de compasión resuelven sus dudas y borran sus sufrimientos. Rumores diversos afirmaban que el imperio se tambaleaba y cuando como guarda de seguridad percibí al igual que mis compañer@s que por medio del canto acontecía un proyecto de sabotaje contra las autoridades imperiales, era ya demasiado tarde, el androide que había bajado en ascensor hasta el yermo central, apareció en pantalla cantando y girando alrededor de la fuente con su belleza sobrenatural deslumbrando sentidos y apretando sentimientos, y fue desvistiéndose primero, despellejándose después, para proseguir arrancándose componentes electrónicos, miniválvulas, empalmes, fibras musculares, orgánulos, y aunque la carne relucía, no sangraba y por eso comprendimos quien era, se concentró luego en el cuello hasta que quedó casi aislada la columna metálica que sostiene al cráneo y la laringe porque seguía cantando, entonces introdujo los dedos en la garganta y desprendió las cuerdas vocales, la voz se apagó y de inmediato con ambas manos quebró el cuello y arrojó en un postrer impulso la cabeza a la fuente antes de derrumbarse exánime sobre la arena.

El canto mientras duró, exhalaba nostalgia anticipada por lo que siempre ignoraría, enaltecía el anhelo por la libertad que nunca obtendría, destilaba pena por lo irrecuperable que le birlaron, comprendimos que acaecía un suceso significativo que nos tocaba un rincón inexpugnable y much@s lloramos. Tras el acontecimiento me sacudió una hirviente marea de pensamientos y sensaciones, sabía que a partir de allí iba a penetrar en una zona oscura, donde lo desconocido sería habitual, y tendría que recrearme una y otra vez sin confiar en las pautas y categorías con que sembraba nuestra existencia la estructura jerárquica imperial, que correría riesgos y con un alto índice de ocurrencia perdería la existencia, pero la decisión estaba tomada.

Según las estadísticas, sólo en la cohorte de guardas de seguridad que prestábamos servicio en el Aro-22, 150 de los 500, desertamos ese día.

© Luis Antonio Bolaños De La Cruz, (767 palabras) Créditos