EL MOMENTO FINAL
por Jacinto Muñoz
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Cáncer, inoperable.

La temida palabra. Una descarga brutal que abre las compuertas a todos los miedos acumulados en las últimas semanas de pruebas y hospitales.

Mi mujer deja escapar un grito contenido y me aprieta la mano, yo clavo la vista en el médico buscando una vana esperanza en un rostro insensibilizado por años de miradas como la mía. El oncólogo deja el expediente sobre la mesa y me niega la salvación.

—Las pruebas son concluyentes, no hay ninguna duda.

—¡Dios mío! — la mano de mi mujer es una garra de hierro, las mías sudan y la angustia se derrama ahogando toda idea racional.

—El procedimiento en casos como el suyo... —dice el médico pero yo ya he dejado de oírle.

* * *

—¡No!

Mi propio grito me despierta y me levanto entre las sábanas empapada en sudor. Me palpo el cuerpo buscando signo de enfermedad o dolor y respiro aliviado. Otra vez la misma pesadilla que lleva asaltándome desde... No lo recuerdo, ni se el porque de su repentina aparición, nunca me he sentido enfermo, nunca he estado casado y nunca le he tenido especial miedo a la muerte. Sacudo la cabeza mientras me preparo un café. Quizá debería consultar a algún psiquiatra sólo que no conozco a ninguno en nuestro pequeño paraíso, ninguno excepto Pedro, siempre me quedará el viejo y arrugado Pedro. ¿Tan malo es acercarse a los cuarenta? Abro la puerta y salgo al porche, estiro los brazos y lleno mis pulmones con el aire salado. El día es azul claro, diáfano, el mar esta en calma y yo, observo mi cuerpo y me digo que no estoy tan mal para mi edad.

Aun es pronto, los clientes no llegaran hasta dentro de una hora y tengo tiempo de sobra para recorrer la playa y sumergirme en el mar. Nado hasta que la playa y mi cabaña no son mas que una línea lejana y me dejo acunar por las olas mientras los rayos del sol evaporan los últimos recuerdos de mi sueño.

* * *

Ha sido un buen día, los alumnos no eran de los peores, chicos jóvenes de vacaciones que no han vomitado sobre mi barco y con suficiente experiencia en inmersiones como para que mi atención descansase de torpes movimientos, válvulas mal abiertas y peligrosos ascensos hacia la superficie, para centrarse en una chica morena que no ha dejado de mirarme ni de jugar a hacer preguntas tontas cuyas respuestas conocía de sobra. Hemos quedado en vernos esta noche.

—No —me digo—, no estas nada mal para tener cuarenta ni tienes necesidad de ningún psiquiatra.

El viejo Pedro está sentado en su vieja barca fumando su vieja pipa de caña, lo veo al pasar de camino a la tienda donde he de recoger algunas provisiones y me saluda con la mano. Me acerco y la pesadilla regresa.

Pedro me conoce bien a veces pienso que mejor que yo mismo.

—¿Problemas? —pregunta sin mirarme.

—No —niego con un gesto de la mano. El me mira y espera otra respuesta.

—¿Alguna vez piensas en la muerte? —digo sentándome a su lado.

Pedro aspira el humo sin apartar los ojos de mi, unos ojos del mismo color del mar que se mece a sus espaldas, igual de viejos, igual de vivos. Desde donde alcanza mi memoria su imagen es la misma piel arrugada sobre años de sol, los mismos gestos.

—No, supongo que tú nunca te morirás —sonrío para espantar los fantasmas y me levanto para irme.

El señala al océano con su pipa y presiento que el gesto esconde la respuesta, asiento despacio y continuo mi camino.

* * *

Ha sido una buena noche, sin pesadillas, la chica morena aún duerme cuando me levanto y su cuerpo joven y desnudo es una buena visión antes de mi encuentro con el mar. Cuando regreso, ya se ha ido. El día no es de los mejores, cuarentones de juerga, muy peligrosos con un traje de neopreno y una botella a la espalda en el fondo del arrecife, peligrosos para ellos y para mi. La tarde, tranquila, Pedro seguía sentado en su barca y en el local de José no había mucha gente, ni rastro de la morena ni de sus amigas, quizá terminaron ya sus vacaciones, no se lo pregunté la noche anterior.

* * *

—Es un tratamiento sencillo que cubre por completo su seguro. Cualquier otra alternativa.

La voz del médico es profesional y distante, evitando establecer cualquier tipo de vinculo emocional con el condenado condenado, aunque tiene el valor de mirarme a la cara. Yo sigo sin prestar atención a sus palabras.

—Pero.

La voz de mi mujer es un grito desesperado y yo vuelvo a despertarme sudando.

* * *

El mar me redime y me limpia hasta que el sueño no es mas que eso, un sueño que desaparecerá igual que llegó. Es un nuevo día limpio y transparente como el anterior y el anterior y todos los días que recuerdo. Hoy toca otra vez un grupo de jóvenes, espontáneos y agradables, distintos pero iguales a los de hace dos días. Es extraño. Decido que el mundo intercomunicado y consumista nos va convirtiendo poco a poco en copias unos de otros y vuelvo a ligar, esta vez con una sonriente pelirroja.

Pedro sigue sentado en su barca, me mira cuando paso, le saludo pero no me acerco a hablar con él ¿tengo miedo? El asiente en la distancia como si estuviese leyendo mis pensamientos y vuelve a señalar el mar con su pipa de caña.

* * *

Otra noche agradable, sin pesadillas, si no fuera por la mata roja sobre la almohada habría jurado que era el mismo cuerpo moreno y denudo de la vez anterior. También se ha marchado cuando vuelvo con el frescor del agua pegado a mi piel. Es día de descanso y lo dedico a repasar el equipo y limpiar el barco, su casco está limpio y reluciente, parece que nunca hubiese surcado la bahía.

* * *

La garra de mi mujer no suelta mi mano mientras me mira con una súplica en el fondo de los ojos brillantes que contienen las lágrimas. El médico también lo hace, el no me suplica, espera una decisión.

—Quizá quiera pensarlo unos días —dice—. Puede considerarlo como unas buenas vacaciones.

¡No! —respondo yo. Pretendía ser una respuesta firme pero es un ruido ronco el que sale de mi garganta.

Vuelvo a despertarme empapado.

* * *

Han pasado dos semanas y la absurda pesadilla ha regresado, como siempre que duermo sólo. Me levanto recorro la playa despacio, el mar está distinto esta mañana, mas azul, mas acogedor, como si el agua estuviese esperando sólo por mi. No se porqué, pienso en el viejo señalándola con su pipa y nado despacio, dejándome llevar por su abrazo hasta que la playa y mi cabaña no son más que una línea lejana. No quiero detenerme y sigo, la línea desaparece y el mar me llama, me purifica, nunca he llegado tan lejos, pero no siento ninguna necesidad de parar, ni de volver atrás.

* * *

El pitido continuo que marcó el último latido arrancó a la mujer de sus ensoñaciones.

—Era lo mejor —dice el médico poniendo la mano sobre su hombro— hay enfermedades a las que nunca hemos podido derrotar y hace tiempo que comprendimos que no tenía sentido el coste y el sufrimiento de alargar artificialmente la vida en casos como el de su marido. La interfaz neural nos proporcionó la herramienta perfecta para eliminar todo rastro de dolor.

—Pero.

—Puede estar segura de que no ha sufrido en absoluto, la interfaz aísla el cerebro del resto del cuerpo sustituyendo sus impulsos nerviosos por los generados por el sistema de realidad virtual.

No era eso lo que la mujer quería preguntar.

—¿Cuanto tiempo?

El médico la mira sin comprender.

—¿Cuanto tiempo podía haber vivido si no...?

—¿Con un tratamiento tradicional? Quien sabe ¿Meses? tres años como mucho.

Tres años de sufrimiento frente a tres semanas de paz, tres años más que compartir, tres años más para decir todo aquello que no.

La mujer comenzó a llorar muy despacio.

—Créame —insiste el médico— no hubiesen sido tres años fáciles, hay clínicas privadas donde a un precio exorbitante todavía se practican alguno de esos tratamientos y los resultados no compensan el esfuerzo, un caso entre un millón... No. Es mejor enfrentarse cuanto antes a lo inevitable.

© Jacinto Muñoz, (1.381 palabras) Créditos