Y VENDERÉ MI ALMA CUÁNTICA
Jacinto Muñoz

Quince segundos de tiempo. Un punto arriba. Posesión para el equipo contrario.

El pabellón es un resorte tenso a punto de estallar. Quince segundos y serán campeones del mundo. Quince segundos, una eternidad en un partido de baloncesto.

Sus compañeros se disponen en zona y él se adelanta a presionar al base contrario, un viejo veterano que se gira protegiendo el balón, alza la mano y marca la jugada de ataque.

Lanza el brazo buscando robar la pelota, se queda corto, tiene miedo, una nueva falta podría ser definitiva. Su enemigo le observa con ojos tranquilos, desafiante, echa un rápido vistazo al reloj y ajusta el bote al lento pasar de los dígitos luminosos, es un baile pausado, casi hipnótico. Izquierda, atrás, izquierda, atrás, izquierda y una salida fulgurante por la derecha. Él lo estaba esperando y le persigue, intentando convertir su cuerpo y sus brazos en un muro infranqueable. Choca contra un pívot que bloquea a dos pasos de la línea de triples, trastabilla, un compañero acude a la ayuda. Demasiado tarde, el contrario ya está en el aire y lanza. Es un tiro forzado, bota contra el hierro, sube casi en vertical, cae, bota de nuevo y entra en la canasta esquivando manos desesperadas.

Dos segundos de partido. Un punto abajo. Tiempo muerto.

La historia sólo recuerda a los ganadores ¡Tira!

Recuerdos lejanos: un viejo pabellón, gritos ásperos, frío.

—Pasádmela a mi —Dice con absoluta seguridad.

El entrenador le mira, duda, es el mejor base que ha tenido a sus órdenes, pero sus números no están siendo buenos ¿demasiado joven? ¿demasiados nervios? Busca al alero que lleva mejor porcentaje de tiro, el alero baja la vista y el entrenador asiente despacio, toma su pizarra y diseña la estrategia para el saque de banda.

Manos juntas al centro, un grito y el aullido de la multitud.

El equipo contrario presiona en individual y el balón llega a sus manos demasiado lejos de la zona, no hay tiempo para más, bota una vez, dribla al defensa y salta sobre la bocina.

Flexionar el brazo y lanzar con un último golpe de muñeca trasmitido a la punta de los dedos. Sin pensar, el mismo gesto repetido una y otra vez, hora tras hora, tarde tras tarde, bajo un techo desvencijado y la amarga mirada de un seco entrenador.

¡Tira! No lo pienses. ¡tira! No dudes, el aro siempre debe estar en tu cabeza, en cualquier momento, en cualquier posición.

El mundo se detiene y el balón vuela, golpea el interior del hierro, un cuarto de la esfera de goma está dentro, se desliza en un vertiginoso giro y sale despedida hacia la tabla.

El agudo silbido de bocina sella la sentencia y el joven base se deja caer sobre el parqué, perdido en el aro vacío, rodeado de un silencio impermeable a los gritos de victoria de los contrarios y a las palmadas de ánimo de algunos compañeros.

Se dejó llevar como la víctima al sacrificio. Recoger la medalla de plata, soportar las miradas de lástima, los intentos de consuelo, las preguntas y las fotos de la prensa, la decepción de todo un país, un pequeño e insignificante país donde el baloncesto más que un deporte, es una religión. Se hundió. Esquivó a cuantos le salieron al paso, buscó un lugar apartado, atrancó la puerta y se sentó con la cabeza entre las manos y la amargura infinita de un rostro clavado en la memoria: Si fracasas no eres nadie, nadie, nadie.

—Es increíble lo que puede cambiar la vida en un instante.

La voz era tan suave que al principio no le prestó atención.

—Es fina la línea que nos separa del desastre, infinitesimal diría, una pequeña rugosidad, un defecto en la goma o en la estructura del aro y... —la voz guardó silencio, esperando un efecto que no logró y se elevó para terminar en un tono de tele-tienda—. ¡Pero todavía hoy puede ser su día de suerte!

¿Que estupidez era aquella? Levantó la vista y le vio allí plantado, tranquilo y sonriente como un vendedor de seguros. Un tipo bajo y regordete, con escasa cabellera cana, un fino bigote, también blanco, una boca pequeña, unas mejillas sonrosadas y unos ojos que chispeaban divertidos.

Nunca supo si fue la suficiencia del sujeto o su estúpida frase lo que le hizo reaccionar.

—¿Cómo coño ha entrado aquí? —gruñó.

El hombrecillo amplió la sonrisa todo lo que permitía su estrecha boca, metió la mano en el bolsillo interior de su elegante traje gris y le tendió una tarjeta de visita.

—Soy el hombre que puede cambiar su destino —replicó.

La tarjeta era de plástico plateado brillante y en su centro, en refinada letra inglesa, dos únicas líneas: La segunda oportunidad, Departamento comercial.

¿Qué mierda de broma es esta? —dijo él sin reparar en la tarjeta.

—No es ninguna broma amigo mío —recalcó el hombrecillo sin perder la compostura— le estoy ofreciendo la posibilidad de cambiar su futuro.

Él le observó sin atinar a responder en medio de aquel absurdo.

—No soy su amigo —terminó por decir—, y será mejor para usted que se largue por donde ha venido.

—Vamos, vamos —insistió conciliador el curioso comercial—, creo que aún no se da cuenta del alcance de mi propuesta. Le estoy ofreciendo la posibilidad de ver ese último tiro entrar en la canasta, les estoy ofreciendo el triunfo, ¡la gloria!

Se dejó arrastrar por la fantasía: el balón sacudiendo la red en su caída, la victoria, el júbilo, el campeonato... y de repente comprendió: ¡todo aquello no era mas que una sucia broma! Una jugada miserable de uno de esos programas de televisión que no conocían límite en su ansia de carroña y audiencia. Ya le habían acosado durante la semana anterior, aludiendo a su fama de cobarde en los partidos importantes y ahora, volvían a cobrar su presa. Apretó los puños con rabia y conteniendo lágrimas de impotencia se dejo caer de nuevo sobre la silla. Pensó en golpear a aquel enano, descargar toda su frustración sobre aquella máscara sonriente, darles lo que querían y... ¿Por qué no? decidió aferrándose a los restos de su dignidad, ¿Querían carnaza? pues les daría carnaza.

—¿De modo que puede cambiar el destino? —preguntó con toda la ironía que fue capaz de reunir— Muy bien, y ¿qué quiere a cambio? ¿Mi alma?

El hombrecillo cabeceó divertido ante aquella ocurrencia.

—No, que tontería, sólo le cobraré la tarifa habitual.

—¿La tarifa habitual? —el jugador emitió una leve risa— ¿Dinero?

—Bueno, he de reconocer que mis propósitos no son altruistas —respondió el hombrecillo en tono culpable—. De algo hay que vivir. Por lo que sé, es usted un hombre de posibles y yo un simple hombre de negocios con un producto que ofrecer, un producto que en mi opinión le interesa adquirir.

Así que dinero ¡Que guión tan chabacano!

—Y ¿de cuanto dinero estamos hablando? Comprenderá que ahora mismo no estoy en condiciones de firmarle un cheque —dijo mostrando las palmas de las manos vacías.

—Por supuesto me hago cargo de la situación —convino comprensivo el comercial—. Por el momento sólo tendría que firmar un sencillo documento y más adelante, digamos dentro de un mes, me pondré en contacto con usted para indicarle la forma en que puede hacerme efectivo el pago. Estoy seguro de que para entonces estará usted más que satisfecho con nuestros servicios —Introdujo de nuevo la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo un tarjetón alargado del mismo color gris brillante, con el logotipo de la supuesta empresa en una esquina y breve texto en el centro: Acepto la propuesta de cambio de realidad y me comprometo a un pago razonable por sus servicios en el plazo de cuatro meses.

¿Un pago razonable? ¿Que entiende usted por un pago razonable?

—¡Oh! por favor, no se preocupe en absoluto —repuso conciliador el hombrecillo—, no le exigiremos algo que no esté al alcance de sus posibilidades, somos caballeros.

—Claro, ¿Por qué no habría de confiar en usted? —Él jugador casi empezaba a disfrutar de los ademanes exagerados y el aire de gordito bonachón.

Animado por la muestra de reconocimiento, el tipo sacó una elegante pluma nacarada y se la tendió.

—En ese caso, si tiene la bondad.

El jugador aceptó la pluma, miró el tarjetón y al vendedor. Por primera vez algo en su aspecto, en su seguridad, en el ligero brillo de codicia de sus ojos, le hizo dudar. ¡No seas estúpido! se dijo. Extendió un garabato en parte inferior de la tarjeta, se la devolvió al hombrecillo y torciendo la boca. preguntó:

—¿Ya es suficiente, no? ¿Dónde está la cámara?

—No, lo parece, pero no es una cámara —Replicó el vendedor apuntándole con el objetivo de una aparato que semejaba una mini cámara de vídeo— ahora relájese y disfrute de su nueva vida.

El brillo de un flash le sorprendió mientras caía en la cuenta de que no había lugar donde ocultarse en aquel pequeño vestuario, que la llave seguía en la cerradura y que estando allí, no era posible abrir la puerta desde el otro lado.

El flash le seguía deslumbrando, ahora eran muchos y disparaban desde todas direcciones a la vez. ¡Maldita sea! pensó asqueado. Inclinó la cabeza y alzó un brazo para protegerse los ojos.

—Por un momento parecía que brillabas —gritó una voz ronca cerca de su oído.

—¿Eh?

—Que parecía que brillabas —repitió la voz—, debe ser la aureola de los héroes.

¿Quien le gritaba y por qué? Todo era ruido, una estruendosa confusión de música y gritos de alegría, El que le hablaba, con la cara radiante de felicidad, era uno de los pívot del equipo, su amigo y compañero habitual en las concentraciones.

—¿Qué pasa monstruo? ¿Aun no te lo crees?

—¿Qué? —logró decir él.

El pívot le miró perplejo, sacudió la cabeza y le atizó una palmada en la espalda.

—¡Reacciona chico! Mira ahí —añadió señalando hacía uno de los fondos— ¡Eres tú entrando en la historia!

Las pantallas gigantes, repetían una y otra vez la última jugada: el saque de banda, el quiebro, el triple de ocho metros, el bote contra el aro y el suave giró del balón antes de colarse en la canasta. Los mismos movimientos, la misma secuencia paso a paso, excepto que el final era otro.

—No puede ser —murmuró.

—¿Qué dices? —preguntó su amigo, bajando la bufanda que agitaba sobre la cabeza.

—Que no... —Con esfuerzo apartó la vista de aquellas imágenes imposibles y observó alrededor. El equipo y el cuerpo técnico estaban en el centro de la pista pegando saltos y saludando al público que respondía entusiasmado. Colgando de su pecho, la medalla de campeones. La alzó para observarla de cerca. No cabía duda, era la medalla de oro.

—¿Qué? —insistió su compañero.

¿Que podía contarle? ¿Que era mentira? ¿Que estaba encerrado en un vestuario con un hombrecillo que...?

—Que todo esto me parece increíble.

—¡Toma! y a mí —exclamó su amigo—. Quién te lo iba a decir hace una semana, ¿eh? Campeón del mundo con un triple de ocho metros en el último segundo. ¡Ni en las mejores películas! Y mira lo que he guardado para ti —Añadió guiñando un ojo.

Sujeta con una de sus grandes manos, le tendió una pelota.

—El balón del milagro.

Él lo tomó y lo giró despacio, sintiendo el conocido tacto de la goma, buscando algún indicio de racionalidad, de que todo aquello no era el delirio paranoico de una mente perdida en un oscuro rincón. Allí estaban las bandas negras y rojas, la pequeña válvula, el logotipo de la federación internacional, el del campeonato y el de la marca de.

—La marca —murmuro.

—¿Qué le pasa a la marca? —preguntó extrañado su amigo.

¿Qué le pasaba? ¿Qué era roja en lugar del verde que recordaba? ¡Una estupidez! El error de alguna fábrica de balones. Una detalle sin importancia, sin ninguna importancia. Había ocurrido un milagro ¡Un sueño!

—¡Nada! —gritó— no pasa nada. Besó el balón lo alzó por encima de su cabeza y soltó toda su angustia en un grito que fue coreado por la totalidad de la grada: ¡Campeones! ¡Campeones! ¡Campeones!

Los acontecimientos se desataron, la bajada al vestuario, la ducha con champaña, las autoridades, sus padres, sus hermanos, su novia. La semanas siguientes llegaron los homenajes, entrevistas y actos públicos. No tuvo tiempo para pensar en un balón escupido por un aro ni en un incongruente gordito de pelo cano ni en los detalles, detalles que salpicaban sus recuerdos, una ventana, una calle, una fotografía, piezas sueltas que se negaban a encajar en un rompecabezas. Poco después llegó la millonaria oferta de la NBA y todo se difuminó como un espejismo, una realidad que nunca había sido, sólo quedó la gloria y unas merecidas vacaciones antes de incorporarse a su nuevo equipo.

Estaba en el paraíso, un paraíso de palmeras, arena blanca, aguas diáfanas y luz, esos que nunca figuran en las ofertas de las agencias de viajes y que sólo el dinero, mucho dinero, puede pagar.

Su novia se había marchado de compras y él saboreaba una copa en el porche de un lujoso bungalow. Aquello era un exceso y lo sabía, pero ya tendría tiempo de recuperar la forma física y de perder los kilos de más. Estaba muy cerca de culminar los sueños de las frías tardes de su infancia.

Alejó con un trago y un gruñido un arranque de melancolía, la misma duda y la misma angustia que le despertaba por las noches sudando, de regreso al destartalado pabellón, al silbido del aire helado en las rendijas, a un balón que nunca alcanzaba la canasta, mientras un enano vestido de gris gritaba sin parar haciendo fotos con una extravagante cámara.

Gruñó de nuevo y decidió que era mejor pensar en las pocas veces que había hecho el amor con su novia desde la consecución del campeonato y que aquella noche se resarciría. La imaginó desnuda, mientras él recorría con la punta de los dedos cada centímetro de su piel, deteniéndose con un beso en un lunar, en cada una de las conocidas imperfecciones que la hacían aún mas deseable. Tomó un nuevo sorbo de ron y suspiró adelantando el placer. El sol caía ya sobre el horizonte y ella regresaría pronto, con lo que fuera que había ido a comprar: recuerdos, regalos o cualquier otra cosa inútil a las que tan aficionadas eran las mujeres.

—Un sitio verdaderamente idílico, debo alabarle el gusto.

Se atragantó con el segundo sorbo y a punto estuvo de tirar el vaso.

¡No podía ser! Allí estaba, surgido de ninguna parte, con el mismo traje gris y la misma sonrisa estúpida.

—Perdón —se excusó el hombre, compungido—, no era mi intención asustarle, a veces mis apariciones son un poco, como diría yo, sorpresivas, pero esperaba que usted recordase nuestra cita.

Él se pasó una mano por el pelo. ¿La cita? ¡Claro que había olvidado la cita! y de haber sido capaz habría olvidado también el resto.

—La cita, un mes —dijo bajando la vista.

El hombrecillo sonrió complacido. Embutido en un terno poco adecuado para aquellas latitudes, empezó a sudar mientras subía con esfuerzo los escalones de madera apoyándose en la barandilla.

—Me permite —dijo señalando una silla—, el calor me mata.

Él asintió con desgana.

—Muchas gracias —el comercial tomó asiento y abarcó con un gesto del brazo todo aquel paraíso—. Bueno, creo que puedo considerar que está usted satisfecho con el resultado de nuestro trato.

—¿Satisfecho? —musitó él—. Sí, supongo que debería estarlo. Hasta hace un momento casi lo estaba, pensó.

El hombrecillo enarcó una ceja y le observó con semblante preocupado.

—¿Algún problema?

—La verdad —dijo él tras un instante de silencio— es que hubiese preferido no volver a verle.

—¡Ah! —asintió el vendedor aliviado— Entiendo, suele ser una reacción normal en estos casos, adaptarse a un cambio de realidad es complicado y el proceso de negación es hasta cierto punto inevitable, pero no se preocupe, en cuanto liquidemos nuestro pequeño negocio desapareceré de su vida para siempre.

—Dígame cómo lo hizo —la pregunta le había rondado desde el principio y encontrar una respuesta convincente se impuso de repente como una necesidad imperiosa, una suerte de redención.

—¿Cómo hice qué? —simuló no entender el hombrecillo.

—Yo no encesté aquella canasta —dijo él con vehemencia.

—Por supuesto que la encestó, usted lo ha visto, todo el mundo lo ha visto.

—No —insistió él—, yo sólo he visto imágenes grabadas, yo fallé aquel tiro. ¿Quién es usted? ¿Un hipnotizador? ¿Un mago? ¿El diablo?

—No diga tonterías —el hombre de gris se acomodó con gesto sereno en la silla y alzó las manos pidiendo calma. Un cliente nervioso, sobre todo si aún no ha pagado la factura es uno de los peores enemigos de un buen negocio y la ansiedad del jugador subía de tono en cada palabra—. Por favor tranquilícese. No soy ningún charlatán de feria ni hay ningún truco escondido. Todo esto —el vendedor enfatizó sus palabras golpeando con la mano abierta sobre la mesa—, es tan real como usted o como yo y no se va a desmoronar de la noche a la mañana. ¿Qué importa si usted no recuerda haber acertado el tiro? El caso es que entró y no hay nadie en este universo que pueda negarlo. Usted ha triunfado y tiene maravillosas perspectivas por delante —volvió a señalar el paraíso y concluyó—: ¡Aproveche su oportunidad! ¡Disfrute! ¡Sea feliz!

Él tomó el vaso, lo agitó y volvió a dejarlo sobre la mesa.

—¿Cómo lo hizo? —repitió más tranquilo, pero sin aceptar una explicación tan simple.

El hombrecillo suspiró, se levantó y sacó otro tarjetón gris del interior de su chaqueta.

—Confíe en mí —rogó—. Es un fenómeno puramente físico, científico, sería demasiado complejo de explicar y no disponemos de tiempo. Hagamos un trato —planteó tendiéndole el tarjetón— En esta tarjeta se indica el modo de pago por nuestros servicios, quizá el sistema le parezca un poco peculiar, pero estoy seguro de que no le resultara complicado conseguir lo que le pedimos. Hágalo y yo me comprometo a aclararle todo en nuestra próxima cita, dentro de tres meses.

Él tomó la cartulina sin leerla y la dejó sobre la mesa. ¿Por qué no se fiaba? Por los detalles, todos esos pequeños cambios, como si algo estuviese equivocado, como si alguien hubiese desordenado el mundo.

El hombre de gris echó un vistazo a su reloj, impaciente.

—Permítame que insista —dijo—, su novia debe estar a punto de volver y nos queda poco tiempo. Siga mi consejo, aproveche esta nueva oportunidad y dentro de tres meses, si aún sigue interesado, le daré todas las explicaciones que me pida.

Él le miró a los ojos, el hombrecillo le tendió la mano, plácido, seguro, convincente.

—Ya verá como tendrá ocasión de encestar otros muchos tiros decisivos.

—Esta bien —consintió él al fin, aceptando la mano— seguiré su consejo, nos veremos dentro de tres meses.

El vendedor de segundas oportunidades desapareció tras el bungalow y él tomó la tarjeta. En dos líneas de la misma letra inglesa un poco exagerada en los trazos, se detallaba los objetos que debía adquirir y el lugar de compra. No eran productos habituales y no iban a resultar baratos.

Escondió la tarjeta entre las páginas de un libro y apuró de un trago el resto, ya aguado, de la copa. Se decidió: pagaría la deuda, se olvidaría de todo aquello para siempre y esa noche, le haría el amor a su chica como la primera vez, o mejor.

La cabellera rubia, blanqueada por el sol brillaba sobre suavidad dorada de la espalda. Ella estaba desnuda y fingía dormir con la cabeza apoyada en los antebrazos. Él apartó con delicadeza el mechón que cubría los hombros y la besó, un delicado roce de los labios, sin prisas. Acarició muy despacio, muy suave, la línea de la columna, desde la nuca hasta la curva de las nalgas y la besó de nuevo. Ella suspiró mimosa y se dejo hacer, abandonándose a las caricias pausadas y expertas, a la excitación que crecía en sus pezones erguidos y en la humedad de su pubis. Gimió de placer cuando él buscó su cuello y gritó cuando la tiró del pelo.

—¡Qué haces!

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—¿Qué es qué? —dijo ella con cara de incredulidad y disgusto.

Él se había sentado sobre el colchón y señalaba con el dedo su cabeza.

—¿Qué? —insistió ella sin comprender— ¿Qué te pasa?

—Esa mancha.

—¿Qué mancha?

—La que tienes en la nuca, oculta entre el pelo.

—¿Por eso casi me arrancas la piel? —preguntó ella cada vez más asombrada.

Él la miraba de una forma extraña, como a..., como a una desconocida.

—Sólo es una peca grande, siempre ha estado ahí —dijo ella sin entender nada.

—No —replicó él al tiempo que agitaba enérgicamente con la cabeza—, nunca la había visto.

—No seas ridículo, no te acuerdas.

Él dejó de prestarle atención, se levantó, buscó su albornoz y salió de la habitación. Ella le siguió, sin vestirse.

—¿Qué te pasa? —era otra vez la misma ansiedad insólita que le asaltaba desde la consecución del campeonato, la misma angustia de la que nunca había querido hablar. Intentó relajar la situación—. No iras a dejarme ahora por una imperfección que casi no se ve —bromeó luciendo su rotunda desnudez en el marco de la puerta.

Él admiró su cuerpo deseable, su sonrisa pícara, el brillo de burla en los ojos verdes, y.

—No es eso, es... — ¿Qué podía decirle? ¿Que él había fallado? ¿Que un tipo regordete vestido de gris había cambiado el pasado? ¿Que aquella mancha significaba...? ¿Qué? Ni siquiera estaba seguro de no haberla visto antes.

Se dio la vuelta, sintió el abrazo de la brisa y el rumor de las olas en la playa privada de su paraíso de pago. ¡Tan falso como todo lo demás!

—Necesito estar solo —dijo— no es nada, se me pasará, mañana estaré bien.

Ella se quedó en la puerta, frustrada, rabiosa, preocupada. Asintió despacio y le dejó solo.

El día siguiente, no fue mejor. Él desconfiado y distante, negando caricias y guiños, empeñado en hablar de historias pasadas, preguntando por detalles sin importancia, como en un interrogatorio policial. Ella se cansó de buscar explicaciones contra su muro de silencio.

Con la excusa de aclimatarse lo antes posible a su nueva vida, él propuso adelantar el final de los quince días de vacaciones, ella estuvo de acuerdo. Se separaron, él voló directamente a Estados Unidos, ya sabes, dijo, buscar casa, conocer a los nuevos compañeros, recuperar la forma. Comprendo, dijo ella, debo volver a mi trabajo, ya nos veremos.

Un país nuevo, nuevos compañeros, nuevas relaciones, sin un pasado con el que comparar. Una esperanza que no tardó en derrumbarse, primero las mentiras y justificaciones para evitar a su familia y a sus amigos, después el temblor en los dedos, los fallos incomprensibles en posiciones de tiro seguras y al final la neurosis, la obsesión compulsiva por el orden. Cualquier cambio, cualquier pequeño objeto desplazado de su sitio, un pliegue insospechado en la ropa recién planchada, un nuevo corte de pelo de alguien conocido..., Extravagancias de las estrellas, murmuraba el servicio del hotel cuando le veían detenerse a colocar en su sitio exacto, un pequeño jarrón una silla o el mando de la televisión. Está loco pensaban sus compañeros de equipo. Estrés y dificultades de integración, indicó el psicólogo en su informe.

Comenzó la temporada en el banquillo, con pocos minutos, alternando actuaciones aceptables con partidos malos. Sus porcentajes bajaron de forma espectacular. Los cronistas deportivos se cebaron con él, los más suaves, hablaron del difícil proceso de adaptación de los europeos a la mejor liga del mundo, el resto, de estrepitoso fracaso, de fiasco, una más entre tantas jóvenes promesas sin el carácter necesario para soportar la alta competición.

Él sólo pensaba en el plazo de tres meses y en las respuestas que aquel maldito enano había prometido darle.

Reunió, con mucho dinero y poca dificultad, los objetos de la lista y el día señalado, se encerró en la habitación de su hotel, apagó los teléfonos, dio orden de que nadie, bajo ningún concepto, le molestara y se sentó a esperar.

A media mañana, precedido de un breve fogonazo, puntual, sonriente y vestido de gris, el hombrecillo se materializó en mitad del cuarto.

—Es un placer volver a verle —saludó festivo y enseguida, con cierta preocupación, preguntó—: ¿Se encuentra bien?

Él estaba recostado en un sillón, demacrado, sujetando en una mano temblorosa una bolsa de fieltro negro.

—Tome sus treinta monedas —espetó arrojándole la bolsa.

El vendedor, sorprendido por el movimiento, no llego a atraparla y el contenido se derramó por el suelo: pequeños rubíes y diamantes sin tallar y algunas pepitas de oro. Bajó la cabeza resignado, otro caso de rechazo, diagnosticó. Había esperado a su cliente más dispuesto a aceptar cualquier explicación plausible tras unos meses de adaptación, sabía por experiencia que en aquellas circunstancias contar toda la verdad podía provocar reacciones inesperadas. Al menos éste, estaba dispuesto a pagar.

—¿Qué es lo que me ha hecho? —preguntó él con voz cansada.

—Cálmese, se lo ruego —pidió el vendedor de segundas oportunidades—; sólo lo que prometimos.

—No —porfió él en el mismo tono lastimero—. Quiero las respuestas que me aseguró.

—Por supuesto, por supuesto, las respuestas. Si me permite un momento.

El hombrecillo se arrodilló a recoger el pago de sus servicios y sólo cuando lo tuvo a buen recaudo en uno de sus bolsillos interiores, acercó una silla y se sentó frente a él.

—¿Qué cree que le hemos hecho? —preguntó con aire de psicoanalista— Creía que las condiciones de nuestro acuerdo estaban bastante claras.

—Esta no es mi vida.

—Claro que es su vida. Su nueva vida —matizó el hombrecillo— ¿Qué le hace pensar que no es así?

—Todo —sentenció él—. Todo es distinto, hasta el sabor de las comidas. Intenté no darle importancia, quise creer que todo era una mala pasada de mi imaginación. Entonces se presentó usted de nuevo y después aquella mancha en su piel.

El jugador calló y se quedó mirando fijamente al hombre de gris, deseando, rogando que pudiera demostrar el error de aquella historia.

El vendedor titubeó, el peso de las joyas en su chaqueta era tranquilizador y por un momento pensó en largarse de allí si más, pero hasta el más despiadado de los negociantes tiene su punto de generosidad.

—Es cierto que en sus recuerdos usted no ganó aquel partido —reconoció en un último intento de convencerle—, pero nosotros nos encargamos de corregir ese desafortunado error y si obviamos esas... ligeras singularidades de su memoria, todo lo demás es exactamente igual que en su vida anterior ¿por qué darle tanta importancia a algo tan nimio?

—Porque ella no es ella, es otra mujer.

El hombrecillo miró su reloj, el tiempo pasaba y de alguna manera tenía que liquidar aquel asunto. ¿Quiere saber la verdad? Pensó, pues tendrá la verdad. Juntó las manos cruzando los dedos y se inclinó hacia delante.

—Es difícil de explicar, créame, todo se basa en leyes físicas demasiado complejas. ¿Sabe usted algo de física cuántica, estructura de la materia, teoría de cuerdas?

El jugador no respondió.

—Yo tampoco mucho —dijo el hombrecillo guiñando un ojo—. Todo puede resumirse diciendo que las cosas no son lo que parecen y que nuestros sentidos son una herramienta muy pobre para saber como son en realidad. Desde hace siglos la física se ha empeñado en descubrir las leyes que gobiernan el universo, desde lo más grande hasta la más pequeña de las partículas. Einstein, demostró que materia y energía no son mas que caras de una misma moneda y que el tiempo y el espacio se mezclan en un continuo inseparable; Heisenberg que sólo podemos medir con incertidumbre y él mismo y Schrödinger que los corpúsculos pueden ser en realidad ondas. La teoría de cuerdas afirmó, grosso modo, que todo se reduce a vibraciones de supercuerdas multidimensionales.

El jugador puso cara de no entender nada y no fiarse demasiado y el hombrecillo aceleró.

—En realidad no son exactamente cuerdas sino un inmenso tapiz multidimensional, en concreto veintinueve dimensiones y nosotros, todo lo que usted cree ver y sentir no son más que propiedades concretas en un tiempo y un espacio de esa especia de tejido primordial.

—¿Qué tiene todo eso que ver con cambiar la historia?

—No cambiamos la historia, nos limitamos a aprovecharnos de ella.

—¡Qué coño quiere decir!

—Espere, espere. Alguien en alguna parte, descubrió —resumió el hombrecillo— que todas las probabilidades permitidas ocurren, sólo que en dimensiones distintas.

Y otro alguien, recordó con una sonrisa, decidió que lo más práctico era sacarle partido económico.

—¿Todas?

—Todas las permitidas según el principio de exclusión de los campos de realidad, que es como su inventor llamó a su teoría.

—¿Está hablando de mundos paralelos y toda esas estupideces de las películas?

—No, no son múltiples universos paralelos que evolucionan de forma independiente, sino un único universo con múltiples estados. Es un matiz importante puesto un cambio en cualquier realidad tiene consecuencias en las otras, por eso nuestro negocio es tan difícil ya que encontrar situaciones como la suya, donde sea posible realizar una transferencia de propiedades sin desequilibrio energético, son bastante improbables, por eso también el pago debe hacerse con objetos muy concretos y.

-El vendedor suspiró y volvió a mirar su reloj, el tiempo se agotaba.

—Veamos, veamos, cada uno de esos conceptos que conocemos como partícula, no es más que una vibración o manifestación multidimensional, es decir, cada ser en un campo de realidad determinado es una manifestación de un único objeto, como un corte tridimensional en el tejido multidimensional. No se trata de una simetría puesto que los estados permitidos pueden dar lugar a pequeños cambios, como en el caso de su canasta o esos otros que usted ha detectado. Estos cambios pueden provocar diferencias en la historia local, por supuesto, siempre dentro de los márgenes definidos por el principio de exclusión que antes mencioné. Como le decía nos limitamos a intercambiar sus estados cuánticos con los de otra realidad... Más ventajosa para usted.

El jugador sacudió la cabeza y se agitó en su asiento, completamente desconcertado.

—¿Quiere decir que tengo... Que todos tenemos por ahí veintinueve gemelos, viviendo al mismo tiempo, haciendo lo mismo, recordando lo mismo?

—Bueno, los recuerdos, el funcionamiento de la conciencia, no está muy claro y lo único que puedo decir es que al realizar la transferencia de estados también se transfiere la memoria y que esta funciona de forma independiente, algunos fenómenos como el deja vu podrían indicar un cierto tipo de conexión entre ellas pero ninguno de los datos disponibles permite confirmarlo.

—Entonces —dijo el jugador completamente perdido—, ¿quién es ella?

—Pues su novia claro está, sólo que... percibida de otra manera.

—¡No! —negó el jugador con rotundidad levantándose del sillón— Quiero volver.

—¡Como! —exclamó el comercial.

—Quiero volver a mi universo.

—Ya le he dicho que no son universos distintos sino.

—¡Me da igual que mierda sean! Quiero volver, quiero volver con ella, con mi familia, con mis amigos, con mi vida.

—Pero su novia, y su familia, también están aquí y con la ventaja de.

—No, son distintos, son... ¡No sé lo que son!

El vendedor de segundas oportunidades miró la hora por tercera vez, tenía que irse o uno de sus hermanos podía tener problemas y a fin de cuentas había cobrado e insistido lo suficiente.

No entendía el fundamento físico pero sabía por propia experiencia que la reversión era posible, sólo que las circunstancias del otro yo del deportista eran tan... Se encogió de hombros y saco su cámara.

—Debo advertirle que es probable que no le guste lo que encuentre al otro lado.

El jugador negó, resuelto a no ceder.

—Como usted quiera —claudicó el hombrecillo— si tiene la bondad de quedarse quieto. Alzó el aparato y pulsó el botón con resignada expresión de tristeza.

El mismo fogonazo, un pinchazo cerca del hombro izquierdo y una sensación de mareo.

Intentó tocarse la zona dolorida pero algo le inmovilizaba los brazos, estaban cruzados sobre el pecho y atados a la espalda. El mareo se convirtió en sopor, la cabeza le daba vueltas y sus sentidos se embotaron. Le costó abrir los ojos, todo eran manchas borrosas. A su lado, creyó ver a alguien vestido de blanco depositando una jeringuilla hipodérmica en una bandeja metálica. Quiso gritar pero sólo un sonido gutural salió de su garganta.

Alguien con tono didáctico, hablaba a su espalda.

—Este es un paciente especial, un ejemplo extremo de las consecuencias de la presión de la fama o de una gran responsabilidad. En este caso un deportista de elite, quizá no le reconozcan en este estado, pero sí recordarán el último tiro de la final del mundial que se disputó hace unos meses en nuestro país.

—¡No puede ser! ¡Sí! ¡Es él! — recitó un coro de murmullos.

—Veo que sí le reconocen —continuó la voz—, pues bien, este hombre ha desarrollado una curiosa neurosis paranoica muy agresiva que nos obliga a mantenerle sedado. Está convencido de haber encestado ese ultimo tiro y que ha sido víctima de alguna perversa conspiración para robarle el título y la gloria. Pueden ver algunos ejemplos clásicos y un análisis exhaustivo del caso en un articulo que publique recientemente en la revista de la facultad.

Los estudiantes asintieron admirados y tomaron notas antes de salir en busca del siguiente paciente.

Una semana más tarde el director del centro comentaba con un colega la evolución del ilustre paciente.

—Ha cambiado su historia, ya no cree que le robaron aquella canasta.

—¿No? Qué curioso ¿Y que dice ahora?

—Léelo tu mismo —dijo el director pasándole el informe— me temo que su enfermedad va a peor.

FIN

© Jacinto Muñoz, (5.679 palabras) Créditos