Parodias irreverentes, 20
UN FACTOR IMPREVISTO
José Carlos Canalda

El Gran Tass, Señor de los Cielos y los Planetas, emperador del sistema estelar de Nahum, era desde su trono de Kindal, la capital del planeta Noreh, el amo omnímodo de once planetas y dueño y señor de las vidas y haciendas de sus miles de millones de súbditos. Sus deseos eran ley, su voluntad indiscutida, y su poderío mayor que el de cualquier ser viviente que jamás hubiera alentado en todo el universo conocido.

Vencedor siempre sobre sus enemigos, a los que había exterminado sin piedad y sin cuartel, incluso había hecho morder el polvo a esos extraños invasores que tiempo atrás habían osado internarse en sus dominios pilotando un sorprendente planetillo hueco con el que se podían desplazar a voluntad, los cuales, camuflados tras falsas promesas de hermandad, no intentaron sino derrocarlo incitando para ello a la rebelión a los planetas súbditos Bagoah, Ursus, Naujan e Ibajay.

Cierto era que, tras haberse apoderado fugazmente del fabuloso vehículo, sin parangón con sus más poderosos autoplanetas, un audaz golpe de mano del líder enemigo se lo había arrebatado antes de que sus científicos hubieran podido arrancarle sus secretos, huyendo a refugiarse a las profundidades del universo para no volver nunca más a Nahum; de hecho, en su precipitación ni tan siquiera se habían preocupado en rescatar a los millones de compatriotas suyos que habían pasado a engrosar las nutridas filas de esclavos del pueblo de Nahum.

Pero eso era historia antigua, y si bien había tenido que tragarse la frustración de no haber podido convertir al planetillo en el buque insignia de su poderosa Armada Imperial, lo cierto era que ésta se había recuperado con creces de sus heridas siendo ahora mucho más fuerte de lo que hubiera sido nunca. Según sus estrategas, dado el tiempo transcurrido no era ya previsible que los uluranos, como se autodenominaban los invasores, volvieran a intentar de nuevo retar su poderío; y si lo hacían sería peor para ellos.

Castigados con la muerte los almirantes responsables del parcial descalabro, del que llegaron a enterarse muy pocos de sus súbditos gracias a la férrea censura imperial, los miembros de su actual Estado Mayor se mostraban muy seguros de su fortaleza; y él estaba de acuerdo con ellos. No había en el universo conocido rival capaz de retar a su poderío sin correr el riesgo de ser aplastado sin miramientos.

Pese a sus éxitos, había algo que le preocupaba cada vez más. Había triunfado ante todos, excepto frente al inexorable paso del tiempo. Se estaba haciendo viejo, y le parecía un sarcasmo que aquello que no pudiera lograr ninguno de sus numerosos enemigos, lo acabara consiguiendo la simple e inevitable decadencia de su propio cuerpo. Fueron muchos los científicos a los que recurrió para intentar retrasar siquiera los estragos de la edad, y no pocos de ellos acabarían pagando con el destierro a las insalubres minas de dedona, lo que equivalía a una inexorable sentencia de muerte, su incapacidad para conseguirlo.

Había renunciado ya a su obsesión por recobrar la juventud perdida, cuando de repente volvió a recobrar la esperanza; quizá, pese a todo, hubiera una solución. Ésta vino de manos de un cirujano excéntrico, discutido por sus colegas y menospreciado por la élite nahumita, que le propuso una solución tan drástica y revolucionaria como innovadora, puesto que jamás hasta entonces se había ensayado en ser humano alguno cuanto menos de forma oficial, aunque sí, afirmó su interlocutor, de forma clandestina con condenados a muerte -un material, por cierto, tan abundante como barato a lo largo y ancho del imperio- a los cuales se había encargado él mismo de liquidar una vez comprobada la viabilidad del experimento.

Éste consistía en efectuar un trasplante de cerebro o, por decirlo con más exactitud, de cuerpo. Trasplantado el cerebro del anciano emperador a un cuerpo joven y vigoroso, podría empezar una nueva vida olvidándose durante bastantes décadas de los estigmas de la vejez. Y cuando ésta volviera a amenazar de nuevo, bastaría con volver a repetir la intervención. El Gran Tass podría convertirse así en un ser virtualmente inmortal. Por supuesto se trataba de una actividad que estaba, y seguiría estando todavía con mayor razón, radicalmente prohibida para sus súbditos; no tendría ninguna gracia que el todopoderoso emperador nahumita tuviera que vérselas con una estirpe de seres inmortales. Pero él estaba por encima de sus propias leyes, de modo que sería el único beneficiario de la misma.

El trasplante se realizó con éxito, y poco después el Gran Tass se veía de nuevo joven y vigoroso en el interior de un nuevo cuerpo. Tenía toda una vida -una no, se corregía, muchas- por delante, gracias a las cuales podría llevar su poderío hasta cotas jamás insospechadas. Ahora era Nahum, pronto serían los planetas thorbods, la lejana patria de los invasores uluranos, la totalidad del universo conocido... ¿quién sería capaz de poner límites a su inconmensurable ambición de poder? El Gran Tass se veía ya como el amo y señor de la galaxia entera; y ése sería tan sólo el primer paso.

Consolidado en el trono, con una renovada salud de hierro y con todos los posibles pretendientes a su corona convenientemente neutralizados, cuestión ésta nada baladí por cuanto el amor filial no era precisamente el fuerte de los ambiciosos príncipes de la casa real de Nahum, sobre todos si éstos llegaban a impacientarse ante la perspectiva de una espera demasiado larga, el Gran Tass, sin nadie que pudiera osar hacerle la más mínima sombra, se sentía exultante. Incluso volvió a recobrar el perdido interés por los placeres de todo tipo, incluido el sexo, ahora que podía volver disfrutar como lo hiciera antaño antaño de su recobrado vigor físico.

Al principio todo fue sobre ruedas en su renovado —en el sentido más literal de la palabra— reinado, pero pronto comenzaría a vislumbrarse un factor imprevisto que se encargaría de ensombrecer sus planes. Por una cruel paradoja del destino su cerebro, el único órgano que conservaba de su antiguo cuerpo, cedía ante los embates de la vejez, sin que existiera en todo el imperio un solo médico capaz de frenar el inexorable avance de la terrible enfermedad que lo atenazaba:

El alzheimer.

© José Carlos Canalda, (1.031 palabras) Créditos