Parodias irreverentes, 17
CUESTIÓN DE PRIORIDADES
José Carlos Canalda

Erguidos en mitad del imponente puente de mando del Silente, los comandantes Alice Cooper y Adán Villagran contemplaban en silencio la pantalla panorámica en la que se apreciaba la superficie del planeta en torno al cual orbitaba la Unex.

—¿Cómo dices que se llama? —preguntó Alice a su compañero.

—Según las cartas estelares, corresponde a las siglas EX2-7005/AAEWF-4 —respondió éste tras consultar la agenda electrónica que tenía en la mano—. Pero al parecer los imperiales lo conocían como Gadir, vete a saber de donde sacarían ese nombre. Supongo que sus habitantes lo seguirán llamando así.

—Quien sabe. Lo cierto es que, según los informes de que disponemos, los habitantes de Gadir, aunque perdieron la técnica de la navegación espacial, han debido conservar una notable capacidad tecnológica, probablemente similar a la de la Tierra de finales del siglo XX. Supongo que esto nos facilitará el contacto, al menos por una vez no tendremos que habérnoslas con salvajes hostiles.

—Eso espero —suspiró su esposo—. Voy a ir preparando la unidad de desembarco para...

—Mi comandante, el radar acaba de detectar la presencia de una nave desconocida —le interrumpió uno de los navegantes sin especificar a cual de los dos se dirigía.

—¿Cómo dice? —Alice Cooper se anticipó a su consorte— ¿Una nave? ¿Aquí? ¿Dónde está?

—Acaba de surgir tras el borde del planeta, y se dirige hacia nosotros. Aunque todavía no he podido calcular su órbita con precisión, diría que lo más probable es que se nos acerque bastante. Espere... ahora tengo contacto visual. Voy a intentar ampliar su imagen.

En el sector central de la pantalla se abrió un rectángulo en el que se podía apreciar, todavía sin demasiada nitidez, una astronave de extraño aspecto, con una especie de cuerpo lenticular cabalgando sobre un huso alargado en cuya popa se alojaban los que parecían ser unos potentes motores.

—¿Quiénes demonios serán éstos? —se extrañó el comandante Villagran— Parece grande.

—Al menos tanto como el Silente, si no todavía mayor —masculló Alice—. Parece que tiene unas letras en el disco superior. ¿Podemos leer lo que dicen?

—Voy a intentarlo, mi comandante; todavía está muy al límite de la potencia de nuestros telescopios.

Un nuevo salto de escala permitió vislumbrar la zona de la nave indicada. Aunque la imagen era borrosa, los algoritmos informáticos del ordenador central permitieron descifrar las siglas que, con toda seguridad, correspondían al nombre del navío intruso:

NCC-1701 USS ENTERPRISE

—No lo entiendo... —masculló Villagran— Está escrito en caracteres terrestres, pero esas siglas no corresponden a ninguna unidad del Orden Estelar. ¿Serán erróneos nuestros informes y los gaditanos, o como quiera que se llamen los nativos del planeta, sí disponen de buques espaciales?

—Si me lo permite, mi comandante... —carraspeó el teniente Koritz— Creo saber de que se trata.

—¿Sí? preguntaron ambos mandos de forma simultánea.

—Yo... bien, como ustedes sabrán, soy aficionado al cine antiguo, en especial a ese género que en su día llamaron ciencia-ficción y que pretendía reflejar el futuro, es decir, nuestro presente —explicó Koritz ruborizándose—. Y creo recordar que esas siglas correspondían a una astronave que aparecía en una serie de televisión, y posteriormente en varias películas. Además, no sólo coincide el nombre sino también la forma de la astronave, es inconfundible.

—Koritz, ¿pretende tomarme el pelo? —gruñó Adán frunciendo el ceño— Me habla usted de una serie de ficción de tiempos de maricastaña, y eso que tenemos ahí enfrente es algo real y no sabemos si también una amenaza... por cierto, Alice, yo creo que deberíamos activar el zafarrancho de combate, no me fío nada de esos tipos.

Antes de que su esposa y colega pudiera responder, el mismo navegante que les alertara sobre la presencia de la Enterprise volvió a llamar la atención de sus superiores.

—Mi comandante, solicitan contacto por radio. ¿Qué respondo?

—Abra la comunicación —respondió Alice con resolución—. Pronto saldremos de dudas.

En la pantalla desapareció la imagen de la Enterprise, sustituida por el busto de uno de los tripulantes del navío intruso, el cual se dirigió a ellos en un inglés arcaico, aunque todavía inteligible.

—Les habla el capitán Kirk, comandante de la NCC-1701 Enterprise, de la Flota Estelar. ¿Quiénes son ustedes, y qué hacen aquí? Identifíquense, por favor.

—Soy la comandante Cooper, al mando de la unidad de exploración Silente, del Orden Estelar. Estamos en misión de exploración y contacto con este mundo, de cara a su posible ingreso en nuestra federación. Y a mí también me gustaría saber lo que hacen ustedes aquí.

—Me temo que algo parecido a lo suyo —sonrió torvamente Kirk—. Nuestra misión es integrar a Gadir en la Federación de Planetas y protegerlo de una posible invasión de los klingon. Aunque ustedes sean humanos, desconozco la existencia de ese Orden Estelar suyo, y no me agrada verles merodeando por aquí. Les ruego que abandonen este sistema lo antes posible.

—¿Cómo dice? —explotó Adán Villagran— Son ustedes los que se tienen que marchar, no queremos que entorpezcan nuestra misión de contacto con los gaditanos.

—Lamento decirles que el Enterprise está armado, y que no dudaré en abrir fuego contra ustedes si no obedecen mis órdenes.

—¡También el Silente está armado, y estamos dispuestos a defendernos de su ridículo buque!

—¡Calma, Adán, no lo vayas a estropear todo con tus arrebatos! —terció Alice— Capitán, ¿no le parece que sería mejor que dialogáramos en lugar de discutir? Lamentaría mucho que mi nave y la suya tuvieran que combatir.

—Está bien, señora, me parece adecuado. ¿Dónde prefiere que nos entrevistemos? Le ofrezco mi hospitalidad, si así lo desea.

—De acuerdo —aceptó Alice—. Iré a su nave. Hasta pronto, capitán.

—¿Estás loca? —se alarmó Adán apenas hubo cortado la comunicación— ¿Quién te garantiza que no te vas a meter en la boca del lobo?

—Alguno de los dos tenía que hacerlo, y eso implicaba necesariamente confiar en el otro —se defendió la interpelada—. Y prefiero ser yo, ya que así tendré ocasión de echar un vistazo al interior de su nave; nunca está de más cualquier tipo de información.

—Tú verás tan sólo lo que ellos quieran dejarte ver —rezongó su esposo—. Y nada nos garantiza que te dejen volver.

—En ese caso, cariño, siempre podremos contar con la ventaja de que la Silente disponga de dos comandantes. Y ahora disculpa, pero tengo que ir al hangar a preparar un deslizador, no quiero hacer esperar a ese capitán Kirk.

Y abandonó el puente de mando, dejando a su compañero sumido en lúgubres pensamientos.

* * *

La entrevista, descontando el tiempo consumido por los dos viajes entre la Silente y la Enterprise, no resultó demasiado larga, apenas un par de horas. Cuando la compuerta de la navecilla, de vuelta al hangar de la Unex, se abrió para dejar paso a la comandante Cooper, toda la plana mayor del navío aguardaba expectante en torno suyo.

No fue necesario que ésta abriera la boca para que sus compañeros supieran que la misión había fracasado. Pese al férreo autocontrol del que hacía gala Alice Cooper, ésta no podía disimular su expresión de abatimiento, la cual indicaban bien a las claras cual había sido el bando perdedor.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó con impaciencia su esposo al tiempo que la abrazaba sin preocuparse por guardar el protocolo.

—Nos vamos -respondió ella con un hilo de voz—. No podemos quedarnos aquí.

—¿Acaso te han amenazado? —insistió éste en tono retador— Si ha sido así...

—¡Oh, no! —denegó con vehemencia— A decir verdad han sido muy amables y comprensivos dadas las circunstancias. Verás, según me explicaron, al parecer ha debido de haber algún tipo de perturbación espaciotemporal de origen desconocido, de resultas de la cual nuestros respectivos universos se han entrecruzado precisamente aquí. En opinión del segundo de Kirk, un humanoide llamado Spok, la única manera de revertir la perturbación sería marchándonos ellos o nosotros lo antes posible de aquí, ya que el solapamiento actual es inestable y de no obrar así podría agravarse hasta provocar consecuencias difíciles de evaluar, pero en cualquier caso graves.

—¿Y tenemos que ser necesariamente nosotros los que cedamos?

—No. Se obtendrían los mismos resultados fuese quien fuese el que se retirara.

—Entonces... ¿os lo habéis jugado a cara o cruz? Conociéndote, no me imagino que hayas cedido así por las buenas.

—Ojalá hubiera ocurrido de esa manera; por lo menos, habríamos tenido un cincuenta por ciento de probabilidades —suspiró la comandante con desconsuelo.

—¿Cuál ha sido entonces la razón que han esgrimido esos individuos?

—Una vez que quedó claro que una de las dos naves debía abandonar este sistema, se planteó la forma de elegir cual de las dos era la elegida. Ellos propusieron guiarse por algún criterio objetivo que pudiera ser aceptado por todos y yo estuve de acuerdo, no tenía ningún sentido una lucha de resultados inciertos. Ese Spok... ¡oh, Dios mío! Es un témpano, parece que en vez de cerebro su cráneo encerrase un ordenador. Fue él, el muy ladino, quien esgrimió un dato que no pude rebatir... es cierto lo que dijo Koritz, nuestros rivales son los protagonistas de una antigua serie de televisión llamada Star Trek, y también intervinieron en varios largometrajes de la misma temática.

—Ve al grano... —se impacientó Adán.

—Ellos argumentaron que contaban con no sé cuantos millones de espectadores en todo el mundo, a los cuales no podían defraudar. Me invitaron a superar esta cifra, ¡y yo no pude! —gimió al borde del sollozo.

—¿Espectadores? ¿Nosotros? ¿Qué estupidez es esa?

—Yo les dije que no los teníamos, que nosotros no pertenecíamos a ninguna serie de cine o televisión, sino a unas novelas escritas por un autor español. Me pidieron entonces que les dijera el número de personas que nos habían leído, y bueno... la comparación era odiosa, pero apabullante.

—Bueno, ¿y qué? No es cuestión de hacer una competición.

—Para ellos sí, ya sabes como son los americanos. Argumentaron que, puestos a frustrar a nuestros respectivos seguidores, sería injusto que los perjudicados fueran los más numerosos, es decir, los suyos. Así pues... mucho me temo que nos tenemos que ir de aquí. —concluyó avergonzada.

—Está bien, Alice, ya me encargo yo de todo —suspiró Adán con resignación—. Vete a descansar, que buena falta te hace.

Y dirigiéndose al capitán Kelemen, que había permanecido en silencio a su lado, ordenó:

—Volvamos a Vega-Lira. Otra vez será.

Dicho lo cual se encaminó hacia el puente de mando, rezongando entre dientes al tiempo que una socarrona sonrisa comenzaba a aflorarle en el rostro:

—Así que crees que has triunfado, ¿eh Kirk? porque sois yanquis y os exhibís en el cine y la televisión... pero la rubia me la he quedado yo. ¿Qué van a pensar ahora de ti todos esos millones de espectadores de los que te muestras tan orgulloso?

© José Carlos Canalda,
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