Parodias irreverentes, 15
LOS ¿NUEVOS? BRUJOS
José Carlos Canalda

Después de muchos meses de demoras y discusiones, la máquina karendón fue llevada al autoplaneta Valera, atrayendo el interés de una multitud de científicos que esperaban con curiosidad ver surgir de aquella a los últimos supervivientes de la antiquísima raza barpturana.

Éstos no estaban ni muertos ni vivos. Existían reducidos a una expresión algebraica, sobre una delgada lámina de oro perforada arrollada a un tambor. Su espíritu, separado del cuerpo, esperaba en una dimensión espacio-temporal el momento de reencarnar dentro de la máquina karendón recobrando no solamente su apariencia física, sino también conservando íntegra su personalidad.

El ingeniero Ferrer apretó un botón en el cuadro de mandos y se escuchó un chasquido. Sobre la karendón, entre dos electrodos revestidos de porcelana, latigueó un cordón brillante formado por un arco voltaico. La máquina empezó a zumbar. La lámina de oro empezó a desenrollarse entrando en la karendón, donde era leída. Cuando todos los datos estuvieran acumulados en la máquina, ésta se dispararía integrando a un hombre sobre una fórmula muy precisa.

Los valeranos que rodeaban la karendón permanecían inmóviles como estatuas. Se acusó un cambio de intensidad en el zumbido de la máquina. De pronto estalló un relámpago de luz vivísima que chisporroteó un segundo y se apagó. Instantes después un hombre salía por detrás de la pantalla, vestido con una túnica amarilla que le llegaba desde los hombros hasta los pies desnudos calzados con sandalias. Era un hombre de cabeza y frente abultada, rasgos que resaltaban todavía más al estar ésta completamente rapada. Los brazos, largos y delgados, salían desnudos de las aberturas de la túnica, con una gruesa pulsera en cada muñeca.

El barpturano se detuvo al salir de la cámara y miró a su alrededor como haciéndose una composición del lugar. El hombre sonrió feliz. Mientras éste hablaba brevemente con Izrail en su desconocida lengua, brilló nuevamente un relámpago en la caja receptora de la karendón. El recién llegado se volvió hacia la máquina y avanzó un paso en dirección a ésta.

Un segundo individuo salió de la cabina, ataviado de idéntica manera que el primero. Detrás de él lo hizo un tercero. Y un cuarto, y un quinto... Cuando en el estrecho recinto se podían contar ya alrededor de una docena de ellos, varios de los recién llegados esgrimieron unos extraños instrumentos con los que comenzaron a acompañar la monocorde letanía entonada por sus compañeros:

-Hare Krishna, hare hare, Krishna Krishna, Krishna hare.

Miguel Ángel Aznar y los demás valeranos cruzaron entre sí una mirada de asombro. El almirante, paralizado por la sorpresa, preguntó a Eladio Ross:

—¿Quién demonios son éstos?

Recibiendo, como única respuesta, un encogimiento de hombros del perplejo erudito.

—¡Pues sí que estamos apañados! —refunfuñó dando media vuelta y abandonando el lugar en el que la karendón seguía escupiendo sin interrupción nuevos hare krishnas.

© José Carlos Canalda,
(471 palabras) Créditos