HOY POR LA MAÑANA
Sandra Becerril Robledo
imag/r127.jpg

Hoy por la mañana, desperté un poco tarde, enjuagué mi pálido rostro con el agua fresca del estanque, tomé mi cartera y salí a hacer unas compras. Llegué hasta el mercado. Compré unas naranjas rojas que se veían saladísimas, unas fresas azules con sabor a mango y huevos de ornitorrinco. De regreso, mientras la boca se me hacía agua al pensar en el sabor de las naranjas, adquirí también un vaso para no tirar baba en la calle y me detuve en el puesto de periódicos. Una veintena de viejitos encuerados cruzaron corriendo la calle y desaparecieron en el horizonte. Conseguí el periódico de ayer, lo coloqué bajo mi brazo izquierdo, saqué mi llave maestra y robé un auto negro que estaba en la acera de enfrente.

Dejé el auto estacionado a media calle porque no tengo lugar dentro de mi casa. Para entonces, mi boca ya era completamente de agua, mis labios se escurrían por mi barba. Me vi en el espejo y me reí: mi rostro era como un Picasso. Dejé las bolsas sobre la mesa, no me fijé que apachurré a una rata hasta que su olor fétido inundó la cocina. Saqué una de las naranjas, la metí toda en mi boca antes de que patinara hasta mi garganta y en efecto: el sabor era el más salado que había probado jamás. Tocaron mi ventana interrumpiendo mi comida: Era Sarita, la vecina que siempre está fastidiando. Abrí sacando mi lengua que, para aquel momento, ya llegaba hasta mi cintura. Sarita río mucho también al verme así y me sacó una foto instantánea que descubrió sus alas y se colgó junto con las demás, en los alambres del teléfono.

—Buenas Sarita, ¿Qué se le ofrece? —le dije en voz muy alta para que no escuchara mis pensamientos, fue inútil porque los rebeldes se veían a través de mi cabeza como letritas provenientes de una máquina de escribir: Ya viene otra vez a fregar ¿No se dará cuenta de lo poco deseable que es su presencia? ¿Qué cree? ¿Qué por ser su vecino le tengo que resolver la vida?

—Buenas vecino —contestó con su vista fija en mis pensamientos—. No mi buen fronterizo, no lo vengo a molestar. Necesito su ayuda. Verá usted, mi abuela está en mi jardín y no puedo meterla a la casa yo sola y pues usted que es taaaan fuerte...

Si cree que con halagos me va a convencer esta tonta

—¡No es ninguna molestia! Vamos...

—Pero antes, ¿me permitiría entrar a su baño? Es que el caimán que habita el mío, se comió la taza...

¡Aparte gorrona! No, si nomás eso me faltaba que se metiera a cagar en mi casa

—No faltaba más. Pase, esta usted en su hogar.

¿Se notara mucho mi risa fingida?

Entonces mi vecina entró a mi casa meneando su enorme y flácido trasero frente a mis narices. Quise voltear hacia otro lado pero mecánicamente mis ojos regresaban como resortes hasta esas bofas, gigantescas y celulíticas nalgas. La tipa ni siquiera preguntó dónde estaba el baño. De inmediato sus inquietos ojos brotaron de sus cavidades y en menos de tres minutos ya habían inspeccionado cada rincón, cada habitación y hallado el baño. Los horribles verdi-azules ojos regresaron a su dueña brincando hasta aquellos huecos dónde habitaban. Mi vecina se encerró en el baño. Yo fui a la cocina por un Pepto Bismol porque después de aquella visión se me había revuelto el estómago.

Lo peor es que hasta la pieza dónde me hallaba, podía escuchar con claridad que Sarita canturreaba mientras orinaba. Me dieron ganas de vomitar. Logré controlarme.

Sarita salió del baño con su habitual sonrisa plástica (Así la dejaron desde la cirugía) mostrando todos los falsos dientes. Había de todos colores: rojos, azules, amarillos, violetas, ¡en fin! Toda una gama que se puso de moda hace mucho pero que ahora ya es obsoleto. Le ofrecí algo de tomar y aceptó un refresco con aspirinas. Se recargó sobre la mesa viéndome de frente. Su escote también me observaba de frente. Sucedió lo mismo que con su trasero: mis ojos rebotaban de un lado a otro sin poderlos controlar.

—¿Por qué no te has casado? —inquirió sin delicadeza.

Porque me da pavor que mi esposa se convierta en una tipa como usted

—Ya sabe. Estoy muy ocupado para pensar en eso…

Y yo me pregunto ¿Porqué su esposo no se ha divorciado de usted?

—Porque me ama —respondió indiferente a mis pensamientos. Había olvidado por completo que últimamente mis reflexiones se reflejaban en mi frente pero no lograba evitarlo.

Pon tu mente en blanco. Así no sabrá que lo que pensamos de ella ni de su inmenso trasero y de sus pechos que rebotan como pelotas desinfladas sobre mi mesa…

Vio por un momento el elefante que se acercó a mi ventana pidiendo limosna para el zoológico. Cerré las persianas. Me molestan los pordioseros. Ella me miró de arriba abajo. No era una mirada despectiva, todo lo contrario. No sé si nadie se había fijado antes en sus mal distribuidas carnes, pero me vio con deseo.

¡Me lleva la…! ¡Ahora resulta que a la vieja esta se le antoja conmigo! ¡Ni madres!

Salimos de mi casa dos horas después. Al dar un paso en la calle, un niño que lamía una paleta me señaló con el dedo y gritó:

—¡Señor! ¡Trae abajo el cierre! Después desapareció en una coladera. Total que llegamos hasta el patio de Sarita dónde su abuela nos esperaba. Yo no entiendo aun porque la mandó traer del panteón, pero ya se ve muy descompuesta, ni siquiera la cera que le aplicaron la logró arreglar bien. La cargué y pesaba tanto o más que las nalgas de su nieta. La llevé hasta la planta alta mientras mi vecina me dirigía como si su abuela se tratase de un mueble. La colocamos cerca de la ventana, desde afuera parecía que la señora observaba el cielo con ojos soñadores. Eran ojos de vidrio porque los verdaderos ya se los habían comido los gusanos.

A la salida, me troné la espalda. Mi vecina me agradeció, no sé exactamente porque, y regresé a mi cómoda casa. En mi jardín me encontré con uno de los viejitos encuerados que andan por las manifestaciones. Estaba en el pasto como muerto, lo moví con una bota y nada; me acerqué a su pecho y me percaté de su respiración. El condenado estaba vivo. Con mi antena integrada llamé a una patrulla que se tardó horas en llegar (hay cosas que nunca cambian) y se lo llevaron al matadero. Estoy harto de sus manifestaciones, no quieren donar su piel ni sus órganos cuando todavía sirven. Harían un favor a la humanidad. Los mataderos ya no se dan abasto.

Justo antes de abrir la puerta de mi casa, un meteorito me cayó en el cráneo y me abrió la cabeza en dos. Mi lado derecho volteó al suelo y observó al lado izquierdo quejarse. Lo levanté y traté de pegarlo. No pude coordinarme bien. Creo que los pegué al revés. Es por eso que vine al hospital ¿Ahora si entiende mi urgencia? ¿O debo esperar cuatro semanas más para que me atiendan?

La enfermera lo ve a través de sus gruesas gafas y limándose las uñas. Nunca le han agradado los hombres, por eso decide que lo dejará esperando dos meses más, hasta que el cerebro le termine de chorrear por el rostro, llegue hasta la boca echa agua y se lo coma...

© Sandra Becerril Robledo, (1.253 palabras)