ESPERANDO A ERNESTO
Eduardo Delgado Zahino

Los dos tipos llevaban un pedo del carajo.

El muchacho detuvo su scooter justo al lado de la camioneta y se quedó un rato esperando a que repararan en su presencia, cosa que no ocurrió. Se hablaban a gritos a través de la radio del casco.

Al muchacho le molestaba no solo el volumen de voz innecesariamente alto que utilizaban para comunicarse el uno con el otro, también lo soez del lenguaje. Este había estado resonando en sus oídos a través de los auriculares desde el momento en el que estuvo a la distancia suficiente para sintonizarlos.

Uno de ellos hacia grandes aspavientos al hablar y no paraba de dar palmadas en el hombro del otro.

—Como te lo digo —gritaba a su tambaleante interlocutor— la muy zorra me quería cobrar el doble y solo por una bofetada de nada.

—¡Que cerda la tía! —respondía el otro— ¡El doble nada menos!

El muchacho tímidamente dio otro par de pasos al frente para llamar su atención, pero al comprobar que aún no se hacia notar abrió su micrófono e intentó que le escucharan.

—Señores... —otro pasito al frente— Señores, por favor.

Los dos tipos no le oyeron.

El muchacho reparó entonces en el lugar en el que se encontraban y un estremecimiento recorrió su joven cuerpo. Desde luego estaban en la zona prohibida, pero lo que más le inquietaba era el agujero que alcanzaba a divisar apenas a veinte pasos de los hombres. Un boquete de cuatro o cinco metros de diámetro. La madriguera de un gusarap.

¿Que narices estarán haciendo estos dos aquí? Pensó, y avanzo otro paso mas, esta vez dispuesto a hacerse escuchar y así salir lo antes posible de aquel peligroso lugar.

—¡SEÑORES!

Los dos tipos callaron, miraron a su alrededor perplejos hasta que acertaron a dar con el origen de la voz que les había interrumpido. A través del visor del casco podían apreciarse sus caras, abotargadas y enrojecidas por el alcohol.

—¿Y tú quien eres?

Ellos eran dos tipos bastante gruesos, y con el traje de exterior puesto aun lo parecían más. El muchacho reconoció al que había hablado, era nada menos que el Director General de la colonia.

—Señor, no es mi intención molestar, pero me han ordenado que venga a buscarles. Llevan horas intentando contactar con ustedes por RLE.

—Pa lo que hemos quedao —dijo el otro tipo, el Subdirector Gerente—, ahora nos mandan a buscar a niñatos, como si fuéramos dos viejos tontos.

—La RLE la hemos apagado niño. No queríamos que nos molestaran ¿llevaras activado el difusor no?

—Si, claro señor —se golpeó el pecho dos veces indicando que llevaba puesto y activado su difusor.

—Bien, entonces ponte aquí con nosotros y no te muevas, en un rato nos vamos.

El muchacho obedeció. Se colocó cerca de ellos y se dedicó a mirar a su alrededor mientras los dos tipos seguían gritando sandeces como si el no estuviera. El terreno era llano hasta donde alcanzaba la vista, como correspondía a aquella región del planeta. Allí se encontraba la más alta concentración de gusaraps.

Los gusarap no eran más que la principal fuente de carne no mutada de la que se proveía el viejo Sistema Solar. Comprobó en la consola de su muñeca que el difusor seguía funcionado correctamente.

El sol principal se estaba poniendo. En unos minutos anochecería y se verían envueltos en la tenue luz azulada del sol secundario, más lejano, y aparentemente pequeño, del sistema binario. Ese era el momento en que empezaban a salir de sus madrigueras los gusaraps. El peor momento para estar en la zona prohibida. El nerviosismo comenzó a hacerse insoportable en el muchacho que no dejaba de preguntarse que narices estaban haciendo aquellos dos jefazos de la Corporación, completamente borrachos, al borde de una madriguera de gusarap habitada. Porque estaba habitada. Así lo demostraba la montaña de excrementos que afloraba a unos treinta metros de allí, y en la que revoloteaban infinidad de pequeños insectos alados (en realidad no eran insectos, pero no tenían otra forma de llamarlos) alimentándose de los mismos.

—¡SEÑORES! —la intranquilidad estaba empezando a transformarse en miedo, y esto le hacia olvidar el respeto que debía a aquellos dos estúpidos.

—¿Que te pasa nene? —otra vez le hablaba el Director General.

—Señores, con todo el respeto que me merecen —ahora buscaba las palabras adecuadas intentando suavizar la brusca interrupción— ¿podrían decirme, por favor, que están haciendo aquí?

El Director General levantó los brazos en un exagerado ademán de asombro.

—¿Qué que estamos haciendo aquí? —parecía no encontrar las palabras— Pues...

—Estamos esperando a Ernesto —dijo de pronto el otro hombre.

Los dos tipos se miraron durante un segundo y acto seguido estallaron en carcajadas tan abruptas y exageradas que el muchacho no tuvo más remedio que bajar el volumen de su radio.

Mejor callar y esperar le habría dicho su abuela. ¿Esperando a Ernesto? ¿Allí? ¿Quién demonios era Ernesto? ¿Y que les hacia tantísima gracia a aquellos dos bribones?

El sol principal se había puesto y la tonalidad de aquel desierto cambiaba del blanco intenso al azul pálido. No era el momento de permanecer en aquella zona. Ni mucho menos de estar justo al lado de la madriguera de un gusarap, aun con el difusor activado.

El muchacho decidió que había llegado el momento de salir de allí, solo o acompañado. Esos dos tenían que comprender de una vez que no tenía sentido arriesgar la vida de aquella manera absurda.

—Señores por favor, si desean acompañarme.

—Sssh, calla niño... Mira.

El muchacho no necesitó que le indicaran donde debía mirar. Automáticamente sus ojos se dirigieron a la madriguera del gusarap donde podía apreciarse movimiento. Los pelos de la nuca se le erizaron y un escalofrío se apodero de todo su cuerpo.

—Observa niño... y no muevas ni un músculo —le habló en un susurro el Director General—. Si llevas el difusor y no te mueves el bicho no podrá verte.

Desde pequeño había aprendido lo peligrosos que eran los gusaraps, enormes masas de carne que lanzaban una poderosa y larguísima lengua elástica de más de sesenta metros para atrapar sus presas. Eran parecidos a las pequeñas orugas de la Tierra, o eso decía siempre una vieja profesora de instituto. Por supuesto el nunca había visto una oruga de la Tierra, pero sabiendo como era un gusarap podía hacerse una idea. En realidad le gustaba pensar en las orugas terrestres como si se trataran de gusaraps pequeñitos, eso siempre le había hecho gracia.

—Ya sale —el Director General hablaba en un murmullo apenas audible—. Quietecitos.

Lo que se movía en el agujero eran los largos sensores dispuestos en la parte delantera del animal. Antes de salir los desplegaban para detectar posibles peligros. Los tres humanos estaban relativamente seguros gracias a los difusores, que, de alguna manera que ninguno de los tres comprendía, hacia que se confundieran con el ambiente.

—¿A que nunca habías visto a uno tan cerquita nene?

El que había hablado era el Subdirector Gerente, también en un susurro casi inaudible a través de la radio. En un momento el gusarap sacó la mitad de su cuerpo del agujero con un rápido movimiento ondulante. Todo el mundo sabía lo rápido que se desplazaban esas bestias. Otra ondulación y la totalidad del animal ya estaba fuera.

El muchacho deseaba salir corriendo pero no fue capaz de mover un solo músculo.

Allí estaba el gusarap, la materia prima que mantenía a la colonia en la que vivían y trabajaban absolutamente todos sus familiares y conocidos. La razón de ser de la misma. Debía medir más de veinte metros de largo, así como casi cuatro de diámetro, lo que indicaba que casi estaba maduro para ser cosechado. Ahora de momento vivía libre en la llanura, alimentándose de las bestezuelas que correteaban y volaban por aquellos parajes.

Al muchacho siempre le habían gustado, sobre todo, el azul brillante de la dura piel de aquellos animales, que se utilizaba para confeccionar prendas de trabajo.

El bicho levantó la parte delantera de su cuerpo y realizó un barrido circular con los sensores por encima de las cabezas de los tres humanos.

—Joder —susurró el chico verdaderamente asustado—. ¿Este es Ernesto?

—Sssh.

Lo mejor era quedarse quieto y esperar a que el gusarap abandonase el lugar. Cosa que comenzó a hacer a buena velocidad no sin antes, y como era costumbre en esos animales, defecar en la zona que para tal efecto tenía reservada. Levantó su voluminosa parte trasera y con un sonido largo y seco soltó sobre la cima de la montaña de excrementos un cuajarón de material de desecho, espantando y enterrando a buena parte de los bichos que vivían de los excrementos.

Algo grande bajó rodando por el montón de porquería.

El gusarap, después de aquella demostración gratuita de comportamiento costumbrista, salió a toda velocidad a buscarse el sustento. Todavía les dio tiempo a ver como atrapaba en pleno vuelo con su larguísima y fuerte lengua a una criaturilla alada que pasaba por allí. En unos segundos se perdió de vista en la distancia.

—Intenso... ¿verdad nene?

El muchacho no sabía si contestar o hacérselo encima directamente. Optó por no hacer ninguna de las dos cosas.

Los dos tipos se acercaron al montón de porquería de gusarap lo cual incomodó aun más al muchacho.

—Señores por favor... esto es absurdo...

El Director General habló.

—Ernesto... ¿Dónde estas?

De repente el bulto que había rodado por el montón de excrementos se puso en pie y respondió por la frecuencia común.

—¡Aquí señor! ¿Alguna cosa más?

El Director General estalló en carcajadas.

—TOMAAAA —gritaba—. AHÍ LO TIENES.

¿Un hombre? ¿El gusarap había cagado a un hombre?

Durante unos segundos la mente del muchacho, de por si bloqueada por el miedo, no acertaba a comprender lo que estaba ocurriendo. Ernesto era un tipo más bien alto y de complexión fuerte. Ningún atributo más a la vista, en parte por la tenue luz del ambiente, en parte por tener su cuerpo cubierto de excrementos pringosos y oscuros. Fijándose bien, el muchacho creyó ver que estaba desnudo. Eso fue lo que le hizo comprender. Ningún ser humano podía estar a la intemperie de aquella manera, no sólo por el intenso frío, si no por la imperiosa necesidad de llevar el casco y el equipo depurador necesarios para poder respirar aquella atmósfera excesivamente rica en oxigeno.

Ernesto era un androide.

El Director General y el Subdirector Gerente estudiaban al androide que permanecía de pie, muy firme, esperando alguna orden.

—Esta un poco corroído... mira, mira —decía el Subdirector Gerente —, ¿ves? por aquí se nota mas, mira.

—¡No me jodas! Eso no es nada, puede arreglarse, el caso es que ha soportado una digestión completa de gusarap.

El muchacho ya comprendía completamente lo que aquellos dos ceporros se traían entre manos. No era mas que una apuesta. Hacia unos días que había llegado un cargamento de androides trabajadores de ultima generación.

—Esta claro que he ganado, vámonos.

—Bueno, bueno, todavía no esta claro. En cuanto lleguemos a casa veremos si ha soportado tan bien como dices la digestión del bicho.

—Como quieras, pero aunque esté un poco corroído es evidente que funciona perfectamente. He ganado.

El muchacho caminó hacia su scooter, impaciente por regresar a la zona segura.

—¿No querrás volver montado en eso? —dijo el Director General— Tú vienes en la camioneta con nosotros. ¡Ernesto!

—¿Señor?

—Sube la moto a la plataforma... y ya puestos, súbete tú con ella también. No quiero que me manches la tapicería.

—Sí, señor.

Volvían a la colonia a toda velocidad. La camioneta se conducía con el sistema automático. Era mas seguro. Así evitaban caer en algún agujero o incluso chocar contra algún gusarap que rondara por la zona ocupado en sus cosas. El muchacho se había quitado el casco y escuchaba la conversación de los dos tipos, sentados en la parte delantera, que volvía a ser soez y desagradable. De vez en cuando alternaban una botella de licor. Se volvió para mirar por la ventanilla trasera y comprobar el estado de su scooter. Entonces se fijó en el androide. Estaba sentado en un lateral de la camioneta, muy tieso, mirando al frente con una especie de dignidad absurda mientras la mierda le chorreaba por el cuerpo. Algunos insectos revoloteaban a su alrededor... Fue entonces cuando el muchacho lo comprendió todo y un acceso histérico de risa le asaltó sin previo aviso. El estómago se le encogía y apenas si podía coger aire para poder seguir riendo. Los dos tipos le miraban.

—¿Qué te pasa ahora nene?

Con un hilo de voz que surgió de su garganta en un momento en el que consiguió dejar de reír, el muchacho musitó:

—Esperando a Ernesto... —y la risa volvió a adueñarse de su cuerpo convulsionándolo.

—¡Que cabrito el niñato! —dijeron a la vez los dos tipos y al unísono estallaron en enormes risotadas.

—Creo que llegarás lejos —bramó el Director General pasándole la botella de licor al muchacho.

© Eduardo Delgado Zahino, (2.176 palabras) Créditos