EL MEJOR AMIGO
Raúl Alejandro López Nevado

—Entonces, ¿crees que es posible?

—Más bien diría que es probable.

—Explícate.

—Hace mucho tiempo que compartimos nuestra vida con ellos, y sin embargo hasta ahora no han dado pruebas de demasiada inteligencia. Existen animales mucho más torpes, es cierto, pero eso no nos permite concluir que una vez salvado el abismo lingüístico se nos revelen como animales racionales.

El psicólogo guardó silencio un instante, pensativo. Probablemente estaba en aras de uno de los momentos más esperados de toda su vida, de la existencia de la especie incluso; y pese a todo, o quizá precisamente por ello, sentía miedo. ¿Y si finalmente no salía bien, o peor, y si salía bien y descubría que sus idolatradas mascotas, de las que había aprendido a esperarlo casi todo sin sorpresa, demostraban tener el mismo entendimiento de una lagartija o una ardilla? Tal vez fuera tan sólo su costumbre de verlos con buenos ojos lo que lo había llevado a considerarlos como unos seres lo suficientemente inteligentes, como para alcanzar el estado de racionalidad con sólo que se los dotase de un lenguaje articulado.

—No deseo desanimarte —continuó diciendo el informático —sólo quiero que tengas presente que nos enfrentamos a un problema verdaderamente complicado. Y que incluso sería posible que no diera resultado positivo únicamente por culpa de nuestra falta de medios.

—Sí, soy consciente. Pero creo que merece la pena intentarlo. ¿Te imaginas lo que pensarían nuestros tatarabuelos si les dijéramos que alguna vez llegarían a entenderse con perfección con aquellos animalitos que estaban recogiendo del bosque?

—Creo que sí me lo imagino —el psicólogo parpadeó perplejo—. Verás Samuel, la comunicación entre perros y hombres ha sido siempre verdaderamente buena. Que hoy inventemos un dispositivo capaz de traducir ondas cerebrales en palabras no podrá mejorarla mucho más.

 

El laboratorio permanecía en penumbra, se había acostumbrado a trabajar así para no despertar las sospechas de sus animales. Manipuló los fósiles con cuidado. No podía caber ninguna duda acerca de su significación. Habían sido encontrados en una caverna a orillas del Cáucaso, en la actual Armenia, y databan de unos ochenta mil años atrás. Cuando se los trajeron los pastores, que habían sido informados de que existía una recompensa por hallazgos de ese tipo, no eran más que una amalgama de restos humanos, perrunos y de bisontes. Era claro que los huesos de estos últimos habían sido depredados, cabía averiguar entonces sí había existido algún tipo de depredación entre las otras dos especies.

No, parecía que no... definitivamente no, los estudió con detenimiento, pero no pudo hallar ningún vestigio de mordedura en los huesos de humano y de perro, lo cual venía a demostrar que era cierta la hipótesis que los hacía compañeros desde una fecha muy previa al nacimiento de la civilización, en pleno Neolítico.

Walter dejó los fósiles a un lado, y lanzó una mirada soñadora por la ventana, intentando reconstruir en su mente aquellos tiempos duros, pero hermosos, en que hombres y perros luchaban hombro contra hombro —bien, tal vez ésa no era la mejor imagen— para conseguir el sustento.

 

—¡Inmoral! —dijo el viejo cardenal en un acceso de rabia.

—Pero, monseñor —intentó intervenir Samuel —, aquí no estamos hablando del alma ni de ninguna otra premisa religiosa que deba permanecer inalterada. Se trata únicamente de dotar de palabra a un ser que no la tiene.

—¡Inaudito, Imposible, Inmoral! —volvió a concluir el cardenal en un verdadero alarde de ingenio argumentativo.

Con la Iglesia hemos topado, pensó Axel. Él ya tenía bastante con ocuparse de la parte técnica como para que encima lo obligaran a intervenir en un debate como aquél. Y sin embargo, sabía que era importante. Por imposible que pudiera parecer, en pleno s. XXII la Iglesia seguía teniendo un peso demasiado grande sobre la opinión mundial como para minusvalorarla.

—Un momento —dijo la presentadora de piernas largas, mientras miraba con una sonrisa cómplice a Samuel—, creo que sería buena idea darle la palabra al Dr. Jorenatsí. Como la mayoría de nuestros telespectadores ya sabe, el Dr. es uno de los más eminentes filósofos especialistas en asuntos de bioética del panorama actual.

—Muchas gracias. Lo primero que me gustaría decir es que el experimento de los señores Samuel, Axel y Walter me parece un proyecto de lo más interesante. Sin entrar ahora a valorar en cómo afecta a la imagen que tenemos de nosotros mismos, que es el tema que molesta a Monseñor, creo sinceramente que el hecho de poder acceder a una comunicación directa con nuestras mascotas podría suponer una de las revoluciones más importantes de nuestra historia. Llevamos siglos empecinados en la búsqueda de una inteligencia extraterrestre con la que poder comunicarnos directamente, y ahora se abre ante nosotros la posibilidad de entrar en contacto no con seres de una lejana galaxia, sino con nuestros eternos compañeros de andanzas. Mi opinión acerca de todo el proyecto es, pues, inmejorable; y sólo puedo desearles la mejor de las suertes.

Samuel respiró aliviado al oír estas palabras, había esperado una crítica mordaz por parte del filósofo, que tan conocido era por su furibunda capacidad de argumentar hasta hacer añicos cualquier teoría, y sin embargo éste, en lo que quizá fuese su única intervención televisiva con carácter conciliador, se había mostrado a su favor. La presentadora de piernas largas seguía mirándolo, tal vez pudieran cenar juntos después de acabar el programa. Echó una ojeada al público y vio que todos parecían muy interesados en lo que se estaba diciendo, sí, aquello iba bien.

—¿Cuándo creen que podría estar listo el prototipo? —preguntó la presentadora a Axel.

—Aún falta ultimar algunos detalles, pero podríamos decir que ya está casi todo dispuesto para su primera prueba.

—¿Y no será peligroso para el sujeto con el que lo prueben?

—Oh, no. En absoluto. Para el sujeto, el experimento es tan poco invasivo como pueda serlo un EFC. De hecho, en este campo no hemos inventado nada nuevo, nuestro trabajo ha estado más en la parte de interpretar esas ondas cerebrales —rebuscó en su mente la explicación más sencilla —del mismo modo en que una radio interpreta las señales de radio que llegan hasta su antena y las traduce en sonidos inteligibles para nuestros oídos.

La presentadora pareció complacida.

—¿Pero no cree —esta vez se dirigió a Samuel— que, pese a que no existan peligros médicos para el sujeto con el que se experimenta, sí que existen peligros sociales para nuestra propia especie?

Samuel se humedeció los labios antes de responder.

—Es cierto que ésa es una cuestión de gran importancia. Sería una ingenuidad por nuestra parte pretender que un descubrimiento de las dimensiones del nuestro podría pasar desapercibido y no tener ningún tipo de consecuencia social. Pero no creemos que se pueda derivar nada negativo de lo que aprendamos de esta experiencia. Es cierto que a lo largo de los siglos la ciencia ha seguido un camino constante de descentralización del mundo. De ser el centro del Universo, pasamos a ser un planeta más que orbitaba alrededor del Sol, que a su vez, dejó de ser el centro del Universo para convertirse en una estrella más perdida en la Galaxia, una Galaxia más entre otras muchas, por otro lado. Sin embargo, lo que nosotros esperamos encontrar es algo totalmente distinto, es la prueba de que nos hemos ido a asociar con los otros únicos seres de la Tierra capaces de alcanzar la racionalidad. Creo que esto, lejos de continuar en el proceso de descentralización del mundo, nos convertiría en especiales.

Y verdaderamente lo pensaba. Por un instante, el debate, las cámaras, las pruebas, la increíble maquinaria en la que había estado trabajando con Axel, el Cardenal y la propia presentadora de piernas largas desaparecieron de su vista, y se encontró solo ante sus sueños.

—¡Inaudito, Imposible, Inmoral! —volvió a refunfuñar el Cardenal.

 

Unos pequeños ajustes y el aparato quedó completamente listo. Habían trabajado en él durante años, pero si finalmente funcionaba, todo el esfuerzo habría valido la pena.

—¿Estáis nerviosos? —preguntó Axel.

—Es estúpido estarlo, claro, pero sí —respondió Samuel.

—Nos jugamos mucho —continuó Walter.

—Bien, hemos hecho todo lo que hemos podido. Creo que lo conseguiremos.

Los tres guardaron silencio, mientras intercambiaban algunos gestos de confianza. Tommie sería el individuo adecuado, lo habían hablado en multitud de ocasiones, era sumamente inteligente, y si el traductor de ondas no funcionaba con él podrían estar seguros de que no lo haría con ningún otro. Así que marcharon a buscarlo. Cuando Tommie los vio, los recibió con un gemido de satisfacción. Ellos se le acercaron moviendo las colas. En verdad apreciaban a aquel humano. Ojalá funcionase el traductor, había tantas cosas que querían explicarle y que él les explicase.

© Raúl Alejandro López Nevado,
(1.452 palabras)