LA BATALLA FINAL
Jacinto Muñoz
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Éramos la última esperanza de la humanidad y teníamos miedo.

Un reducido círculo de miradas fijas en el recorrido fatal de un cronómetro.

Un silencio apenas roto por los zumbidos de la electrónica, las respiración nerviosa y el roce de manos secándose el sudor sin encontrar un sitio donde descansar.

Y el rápido golpear de los segundos, como los últimos latidos de un corazón cansado.

Nuestros últimos segundos.

Nuestra última batalla.

Nuestra última esperanza.

Veinte, diecinueve, dieciocho, .

El plan de batalla había sido revisado hasta la saciedad por nuestros mejores cerebros, humanos y máquinas.

Estudiado una y mil veces hasta agotar su capacidad de análisis.

Todos los recurso, todas las fuerzas, todo el valor.

Y no teníamos ninguna posibilidad.

Un uno contra una cifra con demasiados ceros.

El margen de error de la incertidumbre era el último clavo del que colgar nuestra historia. Desde la lejana mañana en que bajamos del árbol y aprendimos a caminar de pie, a comunicarnos, a matarnos, a protegernos, a sobrevivir. Hasta el día en que unidos, al fin, bajo la misma bandera, dimos el salto a las estrellas.

El día en que perdimos el futuro.

Nunca supimos de donde surgieron, como llegaron, ni porqué.

Sobre todo porqué.

Algunos lo creyeron un castigo divino por la soberbia del los hombres. Como en Babel.

Otros hablaron de la cruel y fría lucha de la vida por la supervivencia. Otros, simplemente pensaron en la mala suerte Y muchos no tuvieron tiempo de pensar en nada.

Una a una nuestras colonias fueron arrasadas, nuestras ciudades destruidas, nuestros ejércitos barridos.

Sin mediar palabra, sin una provocación, sin una exigencia.

Sin conocer el rostro de aquellos que nos aniquilaban.

Sin que nada salvo la muerte surgiera de aquellas inexplicables masas oscuras en respuesta a nuestra peticiones de paz, a nuestra súplica de clemencia.

Y apelando a lo que quedaba de orgullo en la raza humana, decidimos vender cara nuestra piel.

Nuestra táctica era tan vieja como la guerra, emboscados en la superficie de la luna, confiábamos en que nuestro último descubrimiento nos mantuviera invisibles a sus sistemas de detección durante sus maniobra de anclaje orbital en torno a la Tierra. El único momento en que nuestros análisis estimaban que ofrecerían un punto débil en sus impenetrables escudos defensivos.

Para completar el engaño, una segunda fuerza atacaría desde el planeta actuando de señuelo.

El reloj descontaba los últimos segundos. Todo el proceso se iniciaría automáticamente en el tiempo fijado, no teníamos nada que hacer salvo esperar la muerte.

O un milagro.

Tres, dos, uno, cero.

Una esfera banca, brillante y silenciosa crece, devorando al enemigo en una orgía de luz.

Una luz como jamás habíamos visto.

Una luz que nos devuelve la esperanza.

Una luz que se extingue en décimas de segundo, dejando el espacio poblado de naves enemigas.

Intactas, sonriendo con una mueca macabra.

Arrojo de mi cabeza ese último y absurdo pensamiento. Se lo que viene ahora, no lo he sentido pero les he visto actuar muchas veces.

No sabemos como lo hacen, pero sabemos las consecuencias.

Un explicación, un motivo, una causa, eso era todo cuanto pedía antes de morir.

* * *

El leve empuje de un deseo para desconectarse del juego y otro para expresar la alegría del triunfo.

Triunfo que su adversario aceptó con resignada elegancia y clara contrariedad.

Un lapso de tiempo antes de manifestar nada más.

—Tengo que mejorar mis algoritmos de evolución.

Era una forma de darle la razón.

—Tus creaciones no tenían ninguna posibilidad.

—¿No?

—¡Vida de carbono y tu mayor logro una cosa blanda con cuatro extremidades! Es lo mas ridículo que he visto nunca.

—¿Eso crees? Pues puede que lo vuelva a intentar, sigo creyendo que tienen posibilidades.

© Jacinto Muñoz,
(617 palabras)