EL COLOR QUE FALTABA
Hugo José Bano
imag/r104.jpg

El artista se retiró unos pasos y contempló con orgullo su obra.

Aunque aún no estaba terminada, era sencillamente majestuosa.

Lo que más lo satisfacía era que había podido plasmar en la tela todos y cada uno de los detalles que hasta ese momento habían existido solamente en su imaginación. Bueno, casi todos.

Con toda seguridad, las personas que lo habían contratado, El Comité Ejecutivo de la Feria Espacial Mundial, estarían por demás satisfechos. Ellos le habían pagado una considerable suma de dinero y él les entregaría una obra maestra. Y todos conformes.

Como tema para su pintura había elegido un paisaje espacial, totalmente acorde con el lugar donde sería exhibida.

Sobre un gran lienzo se destacaba en primerísimo plano una vista monumental del gigante del sistema solar, el colosal Júpiter. Estaba realizada con tal grado de perfección, que los gases que conforman la superficie del planeta parecían bullir y retorcerse ante el asombrado espectador.

Del gigantesco ojo que se destacaba nítidamente, parecía surgir un infernal coro de gemidos, producido por los vientos moviéndose a velocidades inimaginables dentro de la milenaria tormenta.

Como fondo, la negrura aterradora del espacio, tachonado aquí y allá por la luz parpadeante de lejanos soles y la belleza deslumbrante de algunas nubes estelares.

Era tal el efecto logrado, que el observador sensible sufría una inquietante aprehensión de acercarse demasiado a la tela y ser arrastrado a esos vacíos insondables.

Destacando contra los mil tonos de rojos y amarillos del planeta, se veía a alguna de las numerosas lunas de Júpiter. Cada una de ellas de un color característico, conferido por la composición química del satélite.

Todas... menos una.

En el lugar que debía ocupar Ganímedes, que el artista había situado emergiendo tras el disco del gigante, se veía una incongruente mancha blanca.

¿Qué había pasado que justificara ese sorprendente detalle?

Algo muy sencillo, y a la vez sumamente preocupante.

El pintor no lograba dar con el color y tono exacto del cuerpo espacial.

El sabía (no se le ocurría cómo, pero de alguna manera lo sabía) que en esa posición exacta, con la luz solar incidiendo sobre su superficie de tal manera y la luz refleja de Júpiter de tal otra, el color exacto debía ser... debía ser.

¡Debía ser un color como ningún otro!

¡Pero no lograba dar con él!

Revisó mil cartas de colores, consultó cuanta Enciclopedia de Pinturas pudo conseguir... y nada. Desesperado recorrió cuantos museos o pinacotecas pudo visitar, por si alguna vez algún colega hubiese utilizado ese exclusivo tinte... ¡Y nada!

Compró todos los pigmentos imaginables y se pasó las horas, días, semanas, machacando y mezclando y rogando... ¡Y nada!

Mientras tanto, la fecha comprometida para entregar la obra se iba acercando inexorablemente... ¡Y Nada... Nada... Nada!

Algunos de sus amigos, que conocían sus tribulaciones, se acercaron a conocer la obra y todos sin excepción quedaron extasiados ante ella.

Entonces le aconsejaron, rogaron, exigieron que se dejara de niñerías y pintara a esa luna de un color medianamente lógico y dejara la búsqueda de la perfección para otro momento menos apurado.

A todos los sacó tronando del estudio.

Los Directivos de la Feria Espacial lo visitaron, argumentaron, exigieron y finalmente amenazaron... ¡Inútilmente! Ni siquiera los dejó entrar a dar un vistazo a la obra.

Cuando finalmente le anunciaron que iniciarían acciones legales contra él por incumplimiento de contrato, los corrió a gritos.

La fecha de entrega se acercó, llegó y pasó; y el cuadro seguía igual.

Se fue quedando sin amigos, sin dinero, hasta sin alimentos... ¡Y Nada!

Todo lo que le quedaba era su determinación.

Había llevado un catre a su atelier y dormía junto a su obra inconclusa.

En una de esas noches fantasmagóricas de Luna llena en que el hambre, el cansancio y la desesperación lo habían sumido en un inquieto duermevela, fue sacado del mismo por una sensación desconocida. De repente lo inundó una luz tan intensa que al intentar cerrar los ojos para atemperarla, notó extrañado que aún los mantenía cerrados.

Sobre sus párpados sentía la presión que ejercía esa portentosa luminosidad que, a pesar de su intensidad, no lo deslumbraba.

Todo se había esfumado a su alrededor. Sólo quedaban él y esa claridad tan omnipresente que parecía viva.

Luego de unos momentos de total desconcierto adivinó más que vio unas formas vagamente familiares, distinguibles por la única razón de ser un poco menos luminosas que su entorno.

No escuchó ninguna palabra.

Tampoco le llegó ningún pensamiento.

Pero se incorporó y las siguió, porque sabía que debía hacerlo.

Solamente era consciente de que daba lo mismo mantener sus ojos abiertos ó cerrados.

El lugar, si así puede llamárselo, al que arribó no difería demasiado de lo que estaba experimentando. Lo único distinto era que allí se podían distinguir vagamente algunos colores que fluctuaban constantemente, y eso era todo.

De repente, la oscuridad.

Tan total y absoluta que lo hizo gritar de espanto.

Sus sentidos parecían haberlo abandonado. Ningún tacto, o aroma, ó sonido. Mucho menos, imágenes. Sólo el sentido del gusto parecía acompañarlo aún, ya que sentía en su boca el acre sabor del terror.

Luego esa sensación inenarrable de estar desplazándose a velocidades inimaginables.

Fue tal el vértigo que experimentó que perdió el conocimiento.

Cuando al fin se recuperó y abrió temeroso los ojos, le llevó un buen tiempo adaptarse a lo que estaba viendo.

Se encontraba en una caverna de dimensiones tan extraordinarias que no alcanzaba a verle el fin. De no ser por el techo que se veía a gran altura, habría pensado que se encontraba en un lugar descubierto.

El sitio se hallaba en una semi-penumbra, divisándose a los lejos lo que parecía ser una gran ciudad.

Nada de esto lo impresionó.

Había quedado absorto, contemplando una y otra vea el suelo y el lejano techo.

¡Ambos eran del mismo color! ¡De ESE color inasible al que persiguiera durante tanto tiempo!

¡Entonces, era real, no estaba loco! ¡SI existía ESE color indescriptible, distinto a todos los que uno pudiera imaginar.

Como algo absolutamente natural, le llegó el conocimiento de estar en Ganímedes.

Lo invadió una agradable sensación de pertenencia. Como si en cada uno de sus genes existiera una memoria primigenia que le aseguraba que él aquí no era ningún extraño.

Ahora supo que debía regresar.

Era necesario que todos vieran ESE color.

Principalmente, los niños.

Los niños de todas las razas y creencias, que verían ESE color y solo sonreirían y asentirían con la cabeza.

Despertó empapado en sudor y temblando excitado, se lanzó hacia la mesa de trabajo, a la luz de la Luna diluyó, mezcló y ya ante el lienzo, extendió compulsivamente el color sobre el jirón de tela aún virgen.

El alba lo sorprendió contemplando su obra, llorando de emoción y recordando, recordando...

© Hugo José Bano, (1.127 palabras) Créditos