Parodias irreverentes, 1
PLAFMAN
José Carlos Canalda

El revuelo organizado en los aledaños del edificio más alto de Gotham City era más que considerable. Protegido de la curiosidad morbosa de la multitud por un tupido cordón policial, y piadosamente cubierto por una discreta manta, sobre el asfalto yacía un cuerpo destrozado en mitad de un macabro charco de sangre.

Una persona de edad avanzada se acercó titubeante al cadáver con el rostro demudado. Se trataba de Alfred, el fiel mayordomo de Bruce Wayne, uno de los ciudadanos más famosos de Gotham.

Obedeciendo a un mudo gesto del comisario, uno de los policías levantó parcialmente la manta con objeto de que Alfred pudiera identificar al fallecido. Éste vestía un traje negro que le cubría en su totalidad y una capa, asimismo negra, colgaba flácida de su espalda.

El agente retiró asimismo la máscara que ocultaba el rostro, descubriendo las facciones crispadas de quien fuera Bruce Wayne. Alfred no pudo contener un entrecortado sollozo, al tiempo que se cubría la cara con las trémulas manos. El policía, sin esperar la orden de su superior, extendió de nuevo la manta.

—¿Qué ocurrió, Alfred? —preguntó el comisario— Tiene todo el aspecto de un suicidio, y hay docenas de testigos que aseguran que su jefe subió hasta la azotea, se encaramó a la barandilla y se arrojó al vacío como quien se zambulle en una piscina... nunca hubiera esperado esto de alguien tan ponderado como el señor Wayne.

—No lo sé, señor comisario, le juro que no lo sé —gimió desconsolado el mayordomo—. El señorito Bruce llevaba unos días muy raro, se ponía muy nervioso cada vez que leía en el Daily Planet las nuevas hazañas de Supermán. Esta mañana montó en cólera y bajó a la batcueva gritando que él no era menos que ese imbécil, y que cualquier cosa que pudiera hacer el payaso de los leotardos lo haría él mejor... traté de detenerlo, pero me resultó imposible. El resto ya lo sabe usted.

—Es suficiente, Alfred, retírese a descansar. Siento mucho lo ocurrido, Wayne era un buen amigo mío y nunca pensé que pudiera acabar así.

Mientras el mayordomo era conducido por un agente al interior del coche patrulla, el veterano policía agitó la cabeza apesadumbrado.

—¡Qué mala es la envidia! —se dijo a sí mismo al tiempo que sacaba del bolsillo el teléfono móvil para llamar al juez de guardia.

© José Carlos Canalda,
(392 palabras) Créditos