Parodias irreverentes, 5
SUPERGERIÁTRICO
José Carlos Canalda

Sentados plácidamente en uno de los bancos de la pequeña plaza, dos ancianos charlaban acariciados por el tibio sol invernal. En nada se diferenciaban de cualquier otra persona de su edad, excepto en sus llamativos -y asimismo raídos- atuendos: completamente negro el del primero, incluyendo la amplia capa plagada de remiendos más piadosos que eficaces, y una curiosa combinación de azul y rojo el del segundo. Ambos se habían quitado las respectivas máscaras, que ahora reposaban flácidas sobre el banco, mostrando unos rostros surcados de arrugas y unos ralos cabellos de color blanco.

—Esto se acaba, Bruce. —decía el de azul y rojo— Creímos que nosotros estaríamos libres de la esclavitud hacernos viejos, y ya ves... —exclamó con resignación al tiempo que extendía el brazo derecho con la palma de la mano hacia arriba; un pequeño chorro de algo blanquecino borboteó mansamente en la muñeca antes de interrumpirse instantes después— ¡Y pensar que en mis buenos tiempos me servía para saltar edificios!

—Yo al menos eso sí que lo tuve siempre claro, mi querido Peter. —confesó el de la capa negra— A diferencia de vosotros siempre fui un hombre normal y nunca llegué a tener superpoderes, tan sólo me auxiliaba de la tecnología. Pero ha sido todo tan rápido...

—Nadie se ha librado, ahí está la ironía... absolutamente nadie. Ni siquiera Clark.

—¿Clark? ¿Qué le ha pasado? —preguntó Bruce con voz inquieta— ¿También él?

—¿No te has enterado? Hace una semana se empeñó en volar y se arrojó por la ventana de un quinto piso antes de que las cuidadoras pudieran hacer nada por detenerle. Está en el hospital con varias costillas rotas y una fractura de pelvis, pese a todo su constitución le salvó de una muerte segura, pero lo peor de todo es que, según los médicos, tiene la cabeza perdida... llevaba ya varios días persiguiendo supervillanos por los pasillos de la residencia.

—Pobre chico...

—Pues no es lo peor. Reed se arrancó un brazo cuando intentaba coger no sé qué cosa que estaba a tres metros de distancia... sin levantarse de su asiento. Creo que se lo han reimplantado, pero a saber si lo podrá seguir usando con normalidad aunque no vuelva a tratar de estirarlo.

—Por cierto, ya que veo que estás bastante enterado, ¿qué sabes de mi tocayo?

—¿Te refieres a Robert Bruce? Tampoco se puede decir que le vaya demasiado bien. —suspiró Peter— El pobre no gana para sillas de ruedas, cada vez que se metamorfosea revienta una; al final lo han tenido que acomodar en un diván sin brazos, pero esto le obliga a estar encerrado en una habitación, y su mal genio habitual se le ha agriado aún más. Las cuidadoras no se atreven a acercarse a él hasta que se le pasa la crisis, pero como a la par que los pantalones también suele reventar los pañales, pues ya me dirás tú el espectáculo que da el pobre.

—Nos morimos, Peter, nos morimos...

—Algunos ya lo han hecho. —respondió el interpelado con tono sombrío— Y quizá hayan sido los más afortunados de todos nosotros.

—¿Han muerto? ¿Quiénes? —la inquietud se reflejaba en el sombrío rostro de Bruce.

—Pues... varios, fundamentalmente los mutantes. Al parecer, con el tiempo sus mutaciones les han acabado acarreando unas enfermedades metabólicas incurables, todas diferentes como diferentes eran sus respectivos superpoderes, pero todas igual de malignas. Como cabe suponer los médicos están completamente desconcertados, ya que no existe precedente alguno en la literatura médica. Algunos como Scott o Hank han fallecido, y en cuanto al resto la mayoría son ya enfermos terminales. Un desastre, chico, un desastre. —concluyó Peter con desaliento.

—¿Y nuestros enemigos?

—¿Los supervillanos? Ja, ahí está la gracia, no te creas que andan mejor que nosotros. Todos con sopitas y bien abrigados para no coger una gripe, que ya no están para muchos trotes.

—Flaco consuelo...

—Flaco consuelo. —repitió su amigo— Tantos años luchando contra ellos en defensa de la humanidad, y al final los vence la artritis...

—Como a nosotros... además, tengo el colesterol y la tensión por las nubes.

—No me hables, que a mí me está fastidiando la diabetes; la dichosa araña que me picó me debió de inocular algo más que mis habilidades arácnidas, ya que tengo el páncreas y el hígado hechos unos zorros. En fin, aguantaremos mientras se pueda...

—Oye, ¿te parece que demos un paseo? Empiezo a cansarme de estar sentado, y el médico me ha dicho que es bueno andar un rato todos los días.

—Como quieras, hasta dentro de dos horas no tengo que volver a la residencia para comer.

Dicho lo cual, ambos jubilados se levantaron y, tras cogerse del brazo —ninguno de los dos quería utilizar bastón, pese a sus problemas de movilidad—, enfilaron la calle cercana.

© José Carlos Canalda,
(794 palabras) Créditos