UNA ALTERNATIVA DIFERENTE
Adhemar Terkiel
Crepúsculo, Galería de Javier Gutierrez, CC by-nc-sa 2.0

Solamente la esperanza y el fuerte deseo de reencontrarme con mi añorada familia, me permite aún seguir viviendo y andando cansinamente, como un zombie por este interminable mundo desbastado. Todas las mañanas, cuando al amanecer observo con ojos velados por el dolor, el Sol subir por ese cielo color rojo sangre, con esas partículas de negro carbón que se elevan sobre mi firmamento, con esa lluvia ácida que corroe todo aquello que toca, es en esos momentos cuando más necesito pensar en mi amada Rossina y en nuestros queridos hijos Erika y Bruno. ¿Qué será de sus vidas? Tienen que estar vivos, es necesario que así sea. En caso opuesto, todos mis esfuerzos serían en vano y mi existencia carente de sentido alguno.

Las praderas tienen un color gris pálido similar al de la ceniza, los pocos árboles que todavía subsisten de pie, tienen aspecto de haber sido quemados por un fuego invisible, carecen de hojas y mueren lentamente al igual que yo y mis tres compañeros de viaje, o los pocos animales que se cruzan en nuestro camino y que huyen desesperados por el miedo atroz que sienten cada vez que ven algún ser desconocido moviéndose. Esos dos hombres y una mujer cuyos nombres desconozco, con quienes no he intercambiado ninguna palabra, es más, no conozco siquiera el sonido de sus voces, pero que tienen algo en común conmigo; el deseo de retornar a nuestros respectivos hogares, de encontrarnos nuevamente con nuestros seres queridos. La mujer parece ser joven y, seguramente también fue hasta hace poco, sumamente hermosa, pero ahora no es más que una sombra de todo el esplendor que tuvo hasta hace escasos días. Los hombres tienen edades indefinidas, pueden ser jóvenes o ancianos, a los efectos me da la mismo. Todos los miembros del grupo parecemos fantasmas y, si bien no poseo un espejo a través del cual observarme, no tengo ninguna duda de que mi aspecto no es mejor que el del resto de los integrantes del cuarteto. Y lo peor es que siento que poco a poco me voy quedando y que me estoy muriendo. ¡Hay, Rossina, Erika y Bruno! Ojalá viva el tiempo suficiente como para volver a estar juntos aunque no sea nada más que por unas pocas horas, saber que han sobrevivido y que se encuentran en buen estado, con grandes expectativas futuras.

Hoy hemos atravesado una pequeña ciudad, ni siquiera pude reconocer de cual de ellas se trataba. Tuvimos que acelerar el paso para acortar en el tiempo aquello que nos tocó ver en dicho poblado. Todos los habitantes que aún permanecían con vida, se arrastraban por el suelo como pesados lagartos, perdido todo resto de su antigua humanidad, peleándose entre ellos por restos de quien sabe que clase de podridos alimentos. Y ahora que toco el tema, ya he perdido la noción del tiempo que llevo caminando sin ingerir ningún tipo de comida. Solo avanzo al igual que mis compañeros, sin detenernos en ningún momento salvo cuando cae la noche, que nos recostamos a dormir en donde nos encuentren las penumbras, sin saber si al día siguiente conseguiremos despertarnos. Seguimos sin considerar en ningún momento que sin alimentarnos no podremos seguir por mucho más tiempo adelante, y de todos modos, tampoco hay a la vista algo que pueda llamarse comestible, algo que nos hiciera recordar el agradable sentimiento producido por la saciedad del hambre.

El pueblo para nuestro alivio, ha quedado atrás, y si debemos atravesar algún otro núcleo urbano, entonces con seguridad, daremos un largo rodeo para evitarlo, aún sabiendo del preciado tiempo que estaremos perdiendo. Todo con tal de no tener que volver a presenciar aquel terrible espectáculo nunca más.

Cuando comenzó todo, yo me encontraba sobre un ómnibus de recorrido interurbano regresando a mi hogar luego de algunas largas y agotadoras jornadas laborales en el norte del país. Lo único que pude percibir en ese instante, fue esa impresionante luz que me despertó de mi sueño y afectó mi vista para siempre e hizo perder el control del vehículo al desdichado conductor. Todos los que allí viajábamos, dimos vueltas reiteradamente en el interior del rodado hasta que cuando se detuvo, varios de los pasajeros, los más afortunados, ya se encontraban muertos. Algunos perecieron más tarde, asfixiados en su desesperación por salir al exterior, empujándose unos contra otros; también estaban quienes se encontraban atrapados en sus asientos sin poder moverse de sus lugares. Solo algunos pocos tuvimos la calma suficiente como para mantenernos en nuestros asientos y aproximarnos a los sitios por donde la salida era más sencilla. Nunca podré olvidar esos gritos de desesperado dolor en aquellas personas. Y comprendo cada vez más, que ya me queda muy poco tiempo para recordar aquel episodio. De los que pudimos abandonar el destrozado vehículo, algunos fallecieron inmediatamente después, al no poder resistir sus pulmones, el tener que respirar el aire contaminado, con un olor del todo nausebundo, del exterior.

Solamente sobrevivimos los cuatro que, luego de mirar hacia delante, a lo que quedaba de la carretera, comenzamos a caminar hacia nuestro lejano destino y, aún lo seguimos haciendo.

Rossina, Erika y Bruno, mi único motivo de vida, siento cada vez más cómo las fuerzas me están abandonando y pronto ya no podré continuar con mi camino. Cuando eso suceda, mis compañeros no harán nada para ayudarme. ¿Por qué deberían hacerlo? Ellos no tienen nada que ver conmigo, siempre fuimos extraños y lo seguiremos siendo luego que esto haya acabado y sea tan solo un mal recuerdo en nuestras existencias. Solo una terrible y desafortunada circunstancia nos mantiene unidos mientras nuestros desgastados físicos resistan. Mis deseos de volver a ver a mi mujer y mis hijos pudo más que todo hasta el momento, pero mi debilidad física y espiritual acabará siendo la triunfadora en esta inútil lucha que estoy llevando a cabo. Pronto tendré que detenerme y ya no podré seguir adelante.

* * *

—En nombre de todo el personal de este laboratorio, deseo expresarle nuestra muy sincera gratitud por el hecho de haber respondido a nuestra invitación y venir a visitarnos. ¿Gusta un café?

—No, gracias. Ahórrese los elogios y los cumplidos, vayamos directo al grano. Soy un hombre sumamente ocupado y no dispongo de mucho tiempo.

—Me parece muy bien lo que usted ha dicho señor, así que vamos directamente a aquello que nos atañe. Tenemos aquí un manuscrito muy desprolijo y sucio, escrito en una situación para nada cómoda por su autor, pero que trata temas muy interesantes para nosotros y que quisiera que usted revisara. Por favor, tómese todo el tiempo que precise y no dude en preguntar todo lo que considere necesario.

—Es evidente que quien escribió esto, tiene una letra idéntica a la mía o me la imitó muy bien. Por otro lado, esos son los nombres de mi mujer y mis dos hijos. Pero como usted se imaginará, esto no tiene nada que ver con lo que me pueda haber ocurrido en la realidad.

—Sabemos que esa no es su realidad. Pero nos tomamos la molestia de consultar con un perito experto en caligrafía quien nos confirmó que efectivamente, se trata de su letra.

—Entonces estamos frente a alguna broma pesada que no logro entender por más que lo intente.

—Poco a poco voy a intentar aclararle el asunto. Primeramente necesito que me diga si en las últimas dos semanas, hizo usted algún viaje al norte del país.

—Sí, por supuesto. Soy Ingeniero Agrimensor y estoy realizando un complejo estudio topográfico en unos terrenos rurales tremendamente quebrados; estoy allí todas las semanas de Lunes a Jueves. Pero ¿qué tiene eso que ver con el dichoso manuscrito?

—Ya le voy a explicar. ¿Cómo es que hace sus viajes?

—Voy en ómnibus. Tengo una camioneta que me está esperando en el lugar con todo mi equipo.

—Entonces esto comienza a cerrar mucho mejor de lo esperado.

—Explíquese por favor.

—¿Ha usted sentido alguna vez hablar sobre los universos alternos?

—Nunca que yo recuerde.

—Es lo que me imaginaba. Se trata de que cada vez que alguien tiene que decidir entre dos o más opciones, está creando dos caminos alternativos diferentes que van a producir una serie de cambios en el desarrollo de los acontecimientos futuros. La inmensa mayoría de esos cambios son menores y las modificaciones afectan únicamente un pequeño entorno, pero cada tanto, alguien toma alguna decisión que va a producir grandes variaciones, algunas veces en forma radical. Piense en todas las decisiones que usted debe tomar a lo largo de su vida. Esto multiplíquelo por la cantidad de habitantes que hay en el mundo y luego por los millones de años que han transcurrido desde el comienzo del hombre, y sin olvidarse del ejemplo del tiranosaurio que debe elegir cual de los muchos animales de la manada debe atacar. Entonces le va a quedar que la cantidad de universos alternos tiende a infinito.

—Todo esto me suena a un relato de ciencia-ficción, es más, me recuerda a una serie de televisión que miraban mis hijos hace algunos años. ¿Cómo era que se titulaba?

—Todos los inventos y descubrimientos de la historia fueron ciencia-ficción hasta su concreción. ¿Acaso hace doscientos años, alguien podía llegar a imaginarse como algo posible, el volar a través del cielo? ¿O qué hubieran opinado los europeos si alguien les hubiera contado que del otro lado del Océano Atlántico había personas de piel colorada, antes del viaje de Cristóbal Colón? En lo que respecta a esa serie de televisión, tampoco recuerdo el título pero la vi algunas veces y era solamente una tibia aproximación a la realidad.

—Bien, ¿y qué tiene que ver este lugar con todo eso?

—En este laboratorio estudiamos la posibilidad de conectarnos de alguna manera con varias de esas alternativas diferentes. No logramos trasladarnos de una a otra como en esa serie, no obstante conseguimos algo mucho más modesto pero igualmente interesante. Nos contactamos con esas realidades en el preciso instante en que se produce el desfasaje y las podemos seguir por un tiempo prudencialmente corto de unos ocho a nueve días hasta que, antes de perderlas, podemos realizar breves incursiones a través de ellas. ¿Me sigue?

—Hasta ahora sí, aunque me está costando un poco. De todos modos, ya puedo imaginarme el final.

—Por supuesto que sí. Tuvimos una serie de intentos en que no se había producido ningún cambio tangible en esta zona hasta que nos encontramos con esa alternativa. En algún lugar del mundo, un maníaco decidió presionar un botón que produjo una tremenda explosión atómica con el resultado que usted describe en forma tan clara y dramática.

—No fui yo quien lo describió.

—Por supuesto, fue simplemente una versión diferente de usted al haber cambiado de forma radical las circunstancias de su vida. Afortunadamente, nosotros quedamos en la alternativa en que, quien sabe por qué motivos, ese loco maníaco se arrepintió y nos permitió seguir normalmente con el curso de nuestras vidas. Fue justamente cuando su homólogo estaba frente a nuestro lugar de trabajo, que logramos ponernos en contacto con él y acceder al manuscrito.

—¿Y yo logré llegar junto a mi familia en esa realidad? ¿Hablaron conmigo en algún momento?

—Lo siento mucho pero no fue así. Encontramos los escritos junto a su cadáver que los sujetaba fuertemente así como al gastado bolígrafo. También había muy próximo a él, un cuerpo femenino sin vida que debió pertenecer a la mujer que lo acompañaba. No había rastros de los otros dos hombres que debemos suponer que continuaron con su camino.

—¡Qué pena! En realidad, no me puedo imaginar a mí mismo viviendo una situación similar. Le diría que me sorprende haber durado tanto tiempo de pie y no haberme rendido antes.

—Lo que sucede es que nadie es capaz de imaginar hasta donde pueden llegar sus fuerzas en una situación límite hasta tanto no tenga que enfrentarla. Bien amigo, con esto podemos dar por concluida nuestra entrevista. Su aporte fue de un incalculable valor para continuar con nuestros estudios. Le reitero mi más profundo agradecimiento.

—Me alegra haber podido serle útil. Que tenga una muy buena tarde.

—¿Conoce el camino o le acompaño a la salida?

—Descuide, sé como salir.

* * *

El hombre salió al exterior y se dirigió a su automóvil estacionado a la sombra de un viejo plátano. Antes de abordarlo, miró con desconfianza por algunos instantes aquella interminable autopista que se extendía hasta donde alcanzara la vista de norte a sur.

Ya en la ruta, pensó que debía decidir si continuar por la autopista o, en cambio tomar la salida más próxima, que le llevaría a su casa por un camino más directo pero también más lento. La disyuntiva, en circunstancias más normales podría haber parecido del todo intrascendente, pero su opción de tomar el camino lento estaba condicionada a lo que iba a decidir un anciano, de cruzar la calle apresurado y sin mirar a los costados, convirtiendo así al conductor en un involuntario asesino o hacerlo prudentemente, con lo que el automovilista y el peatón llegarían a sus respectivos destinos sin siquiera haber prestado atención a ese fugaz encuentro.

Pero si, por otro lado se mantenía en la autopista, dependía de que el conductor del automóvil último modelo que avanzaba en sentido opuesto, decidiera ir a una velocidad lógica siguiendo ambos con sus rutas planeadas sin percatarse en absoluto del cruce o, acelerara peligrosamente hasta llegar a velocidades extremas donde perder el dominio de su rodado y chocar de frente al otro vehículo, acabando inmediatamente con la vida y con los sueños de su ocupante.

La duda que le invadió, le hizo considerar una tercera posibilidad, detenerse a pensar mejor qué camino debía tomar. Pero en esas circunstancias, cabía la incertidumbre de que el hombre que se encontraba de pie en el borde de la autopista, fuera un asaltante dispuesto a convertirlo en su próxima víctima o se tratara simplemente de un ciudadano decente. Y esas dos alternativas significaban para él, las grandes diferencias existentes entre pensar tranquilo que camino tomar o acabar sus días con un disparo de revolver en la nuca.

También estaba en su camino, ese camión cuyo conductor podía elegir entre ceder el paso o seguir su marcha en forma prepotente causando el accidente. O el perro que tal vez cruzaría la calle corriendo o se detendría a esperar que no viniera ningún vehículo. En el primer caso, el hombre podría, al intentar esquivarlo, salirse de la calzada y subir a la vereda atestada de peatones causando de esa forma, un gran desastre. O el niño con la honda que en sus juegos apuntaba a cuanto vehículo circulase por el lugar, que podría decidir lanzar la piedra justamente cuando pasara este automóvil.

Y mientras las vidas de todas esas personas en un pequeño y tranquilo país dependían de las decisiones que tomara separadamente cada una de ellas, quedaba aún la factibilidad de que en algún lejano rincón del planeta, un maníaco desequilibrado revirtiera su opción tomada días atrás y retornara al sitio donde se encontraba aquel botón que tanto deseaba oprimir para acabar con todas las disyuntivas de los seres vivientes que poblaban este planeta.

© Adhemar Terkiel, (2.522 palabras) Créditos