Parodias irreverentes, 19
VIAJE ¿AL CENTRO? DE LA TIERRA
José Carlos Canalda
Noé construyendo el arca. Gustave Doré
Noé construyendo el arca. Gustave Doré

Tras un azaroso viaje por las entrañas de la Tierra, que a punto estuvo de costarles la vida, el afamado profesor Otto Lidenbrock, acompañado por su sobrino Axel y el guía islandés Hans Bjelke, habían llegado a un lugar inesperado e inexplicable para la ciencia. Allá donde creyeron que encontrarían tan sólo roca sólida y lava fundida, se abría ante sus ojos una vasta extensión de agua, inicio de un lago u océano, que se prolongaba más allá del horizonte visible. La orilla, sumamente escabrosa, ofrecía a las últimas ondulaciones de las olas que rompían contra ella una arena fina e inmaculada, sembrada de pequeñas conchas que probaban la existencia de vida en tan remoto lugar.

Al fondo de la playa unos enormes acantilados avanzaban sobre las aguas formando con sus agudas aristas un complicado perfil batido por las olas. Más allá la vista se perdía en el horizonte, iluminado por una claridad especial que permitía percibir hasta los menores detalles; no era la luz del Sol, no podía serlo en el seno de aquella profunda sima; las características de aquella luz, fantasmagórica y fría, parecían indicaban un origen eléctrico, algún tipo de aurora boreal que alumbraba aquella inmensa caverna.

—¡Es fascinante! —exclamó el joven Lidenbrock— Un mar aquí.

—Sí —respondió su tío—, el mar de Lidenbrock. Ningún navegante me disputará la gloria de su descubrimiento, ni el derecho de bautizarlo con mi nombre.

—¿Y esa luz? ¿De dónde proviene?

—Lo ignoro —reconoció el sabio—. Parece emanar de la atmósfera; es posible que se trate de algún tipo de meteoro de naturaleza desconocida para la ciencia.

—¿Qué habrá detrás de esos acantilados? —insistió Axel, frustrado al comprobar que su aguda vista quedaba bloqueada por los recios farallones.

—Tendrás que tener un poco de paciencia, hijo; mañana mismo echaremos un vistazo a lo que se oculta tras el promontorio.

—¿Cómo? Bordeando la orilla resultaría imposible, ya que las olas nos arrojarían contra esos peñascos destrozándonos en tan sólo unos segundos. Y en cuanto a escalar esos riscos... ni siquiera una cabra montés sería capaz de hacerlo sin perecer despeñada.

—No hará falta, Axel. Lo rodearemos por el mar.

—¿Por el mar? —se extrañó el muchacho, barriendo de forma involuntaria la tersa superficie del océano en busca de un imaginario navío— ¿Y en qué buque tomaremos pasaje?

—En ninguno —respondió divertido el profesor—, sino en la sólida balsa que está construyendo nuestro buen amigo Hans. ¿Acaso no oyes los golpes de su hacha?

—Tanto me da... ¿de dónde ha sacado la madera?

—¡Oh, los troncos ya estaban allí! Tan sólo ha tenido que recogerlos.

Y efectivamente, sobre la arena yacía una balsa medio terminada, construida con troncos y maderos de todos los tamaños y formas tomados de entre el maremágnum de desechos vegetales que cubrían literalmente el suelo. No una, sino multitud de balsas podrían haber sido construidas con tan abundante material.

—Tío, ¿qué madera es esta? ¿De dónde procede?

—Son troncos de árboles de todo tipo, arrancados por la furia de las fuerzas naturales y arrastrados hasta aquí, vete a saber por qué vericuetos; desde luego han de proceder del mundo exterior ya que aquí, al no haber sol, no pueden crecer las plantas verdes. Dentro de suficiente tiempo acabarán convertidos en madera fósil.

—Pero entonces no podrán flotar.

—Por supuesto, pero todos estos desechos, dependiendo de su antigüedad, se encuentran en diferentes estadios de petrificación; Hans tan sólo ha tenido que buscar aquellos que todavía eran los suficientemente livianos como para sernos útiles.

Al anochecer —aunque en rigor no se podía hablar de días y de noches en un lugar en el que no existían los ciclos diurnos, los viajeros seguían rigiéndose por el acendrado hábito de consultar sus relojes—, gracias a la habilidad de Hans, estaba terminada la balsa, de proporciones suficientes como para alojar cómodamente a los tres viajeros junto con sus reducidas pertenencias. Una vez lanzada al agua, la improvisada embarcación flotó tranquilamente sobre las olas del mar de Lidenbrock.

A la mañana siguiente, tras un sueño reparador que les sirvió para recobrar las perdidas fuerzas, los expedicionarios se hacían a la mar en su rudimentaria, pero sólida, embarcación, a la que no le faltaban ni mástil, con una vela improvisada con sus mantas de viaje, ni remo trasero a modo de timón. Pese a que la intención del profesor Lidenbrock era atravesar el océano en busca de la invisible orilla opuesta, había decidido doblar antes el afilado promontorio con objeto de explorar la región que quedaba oculta tras él. Si tenían suerte, quizá pudieran desentrañar parte del misterio que se escondía en ese remoto rincón del corazón del planeta.

La navegación resultó plácida gracias a la quietud de la superficie marina, tan sólo alterada por el rebufo de la resaca en los rompientes de los cercanos farallones. Hábilmente conducida por Hans la balsa comenzó a bordearlos a una distancia prudencial, acercándose cada vez más al afilado espolón que marcaba el límite entre la roca y el agua. Poco después la embarcación rebasaba a éste y, merced un recio golpe de timón, cambiaba de rumbo doblando en dirección a la otra vertiente de la roca.

—¡Mirad! ¡Allí! —exclamó el joven, señalando hacia la vasta extensión que se abría frente a la proa de la embarcación.

Y en efecto, algo había cambiado. En llamativo contraste con las cristalinas olas que rompían en la abandonada playa, el agua se mostraba ahora turbia y oscura, en una súbita metamorfosis que ninguno de los viajeros fue capaz de explicar.

—¡Qué extraño! —musitó el profesor— ¿A qué se deberá este cambio tan repentino de color?

—No sólo de color, tío —le corrigió Axel—. ¿Acaso no lo hueles?

—¿Oler? ¿El qué? Yo no noto nada. ¿Qué es lo que hay que oler?

—¿De verdad que no lo notas? Es un tufillo como a no sé... estiércol, o algo parecido. ¿Lo notas tú, Hans?

Un gesto afirmativo con la cabeza fue la única respuesta del taciturno guía, pero resultó suficiente para sembrar la duda en el perplejo científico.

—Al parecer la vista no debe de ser el único sentido que comienzo a tener atrofiado —masculló malhumorado—. Sigamos adelante, así podremos salir de dudas.

Y salieron, puesto que el tufillo detectado por el joven se fue convirtiendo poco a poco en un penetrante hedor capaz de taladrar a la nariz más resistente, a la par que las aguas por las que navegaban se transformaban en una negra y pestilente sopa a la que la balsa cada vez le costaba más esfuerzos hender, pese a contar con la ayuda de un viento favorable.

—¿Qué demonios será esto? —preguntó el sabio, indudablemente perplejo.

—El Nifleheim —rezongó Hans en tono sombrío—. La antesala del infierno según las antiguas tradiciones de mi pueblo.

—No veo por qué el infierno tendría que oler tan mal —le respondió con sorna—; pero ya que hemos llegado hasta aquí no podemos retroceder. Hans, mantén el rumbo —ordenó—. Esto tendrá que conducir por fuerza a alguna parte.

—Sí, hacia el Nastrond, donde nuestras almas quedarán atrapadas para siempre —porfió tercamente el islandés, aludiendo al tenebroso infierno de la mitología escandinava.

Pero no desobedeció la orden, manteniendo firme el timón.

Algún tiempo después la situación de los tres navegantes comenzó a ser complicada. La balsa a duras penas lograba abrirse camino entre unas aguas putrefactas de consistencia semisólida, y el olor resultaba tan insoportable que tuvieron que protegerse los rostros con sus propias ropas. Pese a todo, siguieron adelante.

—Tío, —jadeó Axel con dificultad, acercándose a él para evitar que el impasible guía pudiera oírle— ¿tendrá razón Hans? ¿No estaremos adentrándonos en las puertas del infierno?

La furibunda mirada que a modo de respuesta le dirigió el digno científico bastó para acallarlo. Para el profesor Lidenbrock tan sólo existía un tipo de explicaciones, las científicas, siendo todo lo demás pura superchería. Y desde luego, jamás estaría dispuesto a aceptar lo que él consideraba meras supersticiones, fueran sus orígenes paganos o cristianos, entre los cuales por cierto no hacía la menor distinción. Aunque en ese momento se sentía incapaz de articular cualquier tipo de interpretación racional, no dudaba lo más mínimo que esta tenía forzosamente que existir... lo cual reafirmaba su cada vez más firme empeño en descubrirla.

No se equivocaba. Tras una navegación cada vez más penosa, un ruido sordo a modo de gorgoteo descomunal les advirtió de que estaban llegado a su destino, frente al cual se dieron poco menos que de bruces cuando menos lo esperaban: se trataba de un colector gigantesco que desaguaba en el mar toda clase de inmundicias imaginables y aun otras muchas imposibles siquiera de imaginar.

—¡Dios mío! —exclamó Axel luchando por hacer oír su voz por encima del estentóreo bramido del colector— ¿Acaso esto es lo que pienso que es?

—Si, querido sobrino, mucho me temo que estás en lo cierto —respondió con flema el hierático profesor—. Nuestro largo viaje ha concluido al fin; sin duda hemos sido los primeros humanos en llegar... ¡al culo del mundo!

© José Carlos Canalda,
(1.499 palabras) Créditos